Hoy viene a mi memoria un viaje familiar extraordinario que hicimos a Canadá hace unos años por estas mismas fechas que corremos ahora. Nuestro hijo estudiaba en la universidad de Cornell, cerca de Nueva York y de la frontera con Canadá. Nueva York ya lo conocíamos todos, así que organizamos un tour por Canadá y, cómo no, lo primero que fuimos a visitar fueron las cataratas del Niágara. Quedamos impresionados.
Hoy pienso en el agua y en la atracción que siempre ha ejercido sobre mí. Creo que sobre todos nosotros. Al fin y al cabo procedemos de ahí, de los océanos, empezamos como larvas acuáticas y luego alcanzamos la tierra firme.
Pasado mañana, cuando vuelva de ver a mis entrañables compañeros de internado de hace más de 50 años en Sigüenza, me voy al mar de Altea. Cada vez necesito más ir a ver el mar. No a bañarme en él, aunque lo haga, ni mucho menos hacer deporte sobre sus olas, que nunca practico. Sino solo mirarnos los dos. Hablar entre nosotros de nuestras cosas. Y volver renacido de nuevo a continuar el camino.
En las cataratas del Niágara, esa fuerza acuática de la naturaleza, nació el poema que adjunto. Y florecieron un ramillete de fotos de las que extraigo algunas.
LA FUERZA DEL AGUA

En el principio nació la vida y con ella el tiempo. La vida no existe sin el tiempo y mucho menos el tiempo sin la vida. La vida y el tiempo crearon una casa, un humilde hormiguero, donde la hormiga pasa un tiempo, es decir una vida. En el jardín de la casa del tiempo y de la vida crece una extraña y misteriosa flor, el cuidarla y cultivarla es la única misión que tiene la hormiga. Cuando esa flor florece el tiempo y la vida no pasan y la hormiga piensa que su casa es el sitio más bonito del mundo. Cuando esa flor se agosta o se malcría o, simplemente, se muere, dicen que se muere el amor, pero al fin es el tiempo y la vida que terminan / aunque la vida y el tiempo continúen / recorriendo día a día su jardín / y llorando por todas sus esquinas.
Álvaro Artola se inclina sobre la balaustrada del Sea and Sky Dreamer y mira al mar.
—¿Por qué no aquí y ahora? Estas aguas fueron navegadas y dominadas durante muchos años por los venecianos. ¡Venecia! Ah, Venecia, Venecia... Anegada siempre en agua. La cuna del Renacimiento.
Se queda con esta última palabra que coincide con lo que él lleva dentro.
—Para que algo renazca primero tiene que morir y dónde mejor que en el mar, cuando empieza el día. El mar, que un día lejano nos alumbró, nos va recogiendo ahora, a todos sus hijos, que regresamos vencidos y, tal vez, fecundos. Como a Fio Yaram, como a mí mismo.
Abrázame, padre eterno / que ya no puedo con mi estrella. / Abrázame, padre bueno / y quítame el alma, que me pesa. / Déjame que repose, otra vez, en tu sueño. / Déjame que me duerma, otra vez, contento...
Entonces Álvaro cierra los ojos y se deja caer al vacío con los brazos abiertos, como un pájaro. Algún día fuimos aves o, solo peces voladores que, luego, más tarde, conquistaron la tierra firme.
Cuando entra en el agua, fría pero estimulante, siente que regresa a un mundo que ya conoce. Abre los ojos mientras desciende y la luz se va apagando lentamente, allá arriba. Pronto, en la oscuridad más absoluta, él se dormirá en el regazo marino para descansar de su intenso viaje. Luego, se irá deshilachando en pequeñas briznas de vida, cada vez más diminutas, hasta disolverse enteramente en la corriente de energía que navega entre las aguas.
—¿Recordará algún niño la luz de mi sonrisa / cuando me haya ido? / ¿O, tal vez, susurrará mi nombre la brisa / cuando mueva los geranios, hasta alcanzar tu oído? ¿Notará alguien en su corazón / como un latido extraño / un lejano eco / un poco de vacío? ...
Cuando por fin, reducido a casi nada, ascienda Álvaro de nuevo a la superficie, habrán pasado ya muchos años, solo unos pocos minutos marinos. Y, tal vez, diluido en unas nubecillas de vapor, será, entonces, arrastrado muy lejos por el viento. Quizá hasta las altas cumbres de la Sierra de Navacerrada, donde su familia suele esquiar en invierno.
—Eso es posible, ¿por qué no? Ver corretear, hecho nieve, a tus nietos y abrazarlos mientras resbalan en el blanco suelo.
O, tal vez, será empujado hacia oriente, en medio de las altas corrientes que chocan contra los Himalayas. Un poco más al sur los monzones riegan los valles del Yom y del Ping donde una joven huérfana, ingeniero agrónomo, de nombre Tashmina, quizá estudiará, con ahínco, cómo fertilizar más adecuadamente aquellas lejanas tierras.
Incluso le parece ver a través de la neblina de las aguas a Fio Yaram, a su querido Florián, que se acerca sonriente. Alguna vez pensó que todos los tailandeses parecen iguales pero eso debió ser, piensa ahora, hace muchísimo tiempo.
—Sí, es sin duda Fio Yaram, qué alegría.
Se detiene por un momento en su descenso y es entonces cuando siente el abrazo fuerte y fraternal de Fio y él definitivamente cierra los ojos y se abandona. Se deja anegar por el agua que tanto le fascina y abre todas sus puertas para que lo posea, lo purifique y, ya limpio, lo haga suyo para siempre...
Acaba de amanecer un nuevo día y las aguas de los mares se desperezan estirando sus olas y el sol empieza, otra vez, a mostrar su paleta de colores en un estremecedor silencio. Pero hoy es un día especial y la sirena del Sea and Sky Dreamer silba con toda su potencia mientras los limpiadores de cubierta, que han acudido a su trabajo, animan con grandes gritos a Lee Tao que acaba de lanzarse al rescate de su amigo Artola.
Algunos dicen que lo conseguirá, es un gran nadador. Allá abajo nada se oye, solo dos sombras abrazadas se mueven en el mar dormido, en la profundidad de las aguas.


