Acabamos de volver de las Rías Bajas, las maletas todavía sin deshacer, un viaje parecido a aquel que hicimos en el año 1989, el año que nos casamos. Me apetece escribir de este viaje, que es escribir sobre ti, sobre nosotros.
Me acuerdo entonces de otras veces que he escrito recordándote.
UN ANIVERSARIO LITERARIO
Te escribo, como cantaba Serrat en su famosa canción dedicada a su esposa, por halagarte y para que se sepa, que me parecen dos de los más bellos e importantes motivos para hacerlo. Pero, también, escribo para mí, para recordarte a ti, todavía más, y para revivir otra vez algo de todo el tiempo que llevamos juntos.
Hace ahora treinta y cinco primaveras que te hice la primera foto con mi cámara. Esa que conservaba en mi mesilla, a la que yo miraba por última vez antes de apagar la luz e irme a dormir, mientras apostaba por ti, por nosotros, por tener tu sonrisa siempre a mi lado. Nunca había visto el parque del Retiro tan bonito, ni nunca lo veré, salvo cuando vuelvo contigo.
Recuerdo también nuestro primer viaje por tu tierra, por las Hoces del Duratón y sus impresionantes desfiladeros. Con aquel vestido rojo que me encantaba y tu alegría que me inundaba de dicha. El fotógrafo no nos sacó una parte de nuestras cabezas. Intuía que no las necesitábamos. Solo queríamos sentir, vivir aquellos días mágicos e inolvidables. Muchos años más tarde, también como un homenaje a ti, situé allí la escena cumbre de mi novela "El día que fuimos dioses", una historia que, formalmente, no era la nuestra pero que sí recogía, absolutamente, el espíritu de aquel tiempo que fue el nuestro, en el que nos conocíamos, en el que nos disfrutábamos, en el que nos ilusionábamos, en el que fuimos como dioses. El día que fuimos dioses...
Ya de novios íbamos a charlar de nuestras cosas a aquellos pubs de Rosales, de las Vistillas... Donde tú no parabas de hablar y de reír. Siempre me ha gustado escucharte, absorber la alegría de tus palabras que es inmensa cuando estás contenta, que es casi siempre. A veces, te detenías y se hacía un silencio, como si pasara un ángel, te abrazabas a mí y me susurrabas: "Dime cosas bonitas...".
Y eso es lo que hago, escribirte cosas bonitas. Para mí es fácil, porque voy al almacén de mis recuerdos y tengo las estanterías llenas de ellas. O abro nuestro álbum de fotos y me encuentro con tu belleza sin igual, como la de aquel día en que nos prometimos amor para siempre. Promesa que, a pesar del largo camino juntos y de las muchas curvas que hemos transitado ya, no hemos dejado de cumplir, ¡nunca!
Va por nosotros. Por ti y por mí. Por aquel tiempo y por el que nos queda. ¡Gracias por todo ello, por estar a mi lado, siempre, de corazón!
Sí, escribir sobre ti es encontrar cosas bonitas a tu lado. Gozar de tu compañía mientras hacemos cientos y cientos de kilómetros sin cansarme ni aburrirme jamás. No te gusta conducir en carretera, salvo que yo te lo pida, quizás por ser una persona tan responsable y cuidadosa que necesitarías llevar todos tus sentidos en alerta para proteger como se merecen para ti los tuyos. Pero, a mí me gusta que me hables. Me concentro así mejor que en el puro silencio. Así que tenemos conversaciones interminables: sobre nosotros, sobre nuestros hijos, sobre nuestros amigos, sobre nuestros políticos y sobre el mundo en general. Y, mientras tanto, te interesas por mí, si tengo sed, si tengo hambre, si me pican los ojos y necesito una toallita refrescante, me cuidas y me mimas de una forma inigualable. Tú buscas las gasolineras, los restaurantes, me avisas si va a haber algún problema en el tráfico, o en el tiempo, llevas tu propio GPS que complementa al mío, en fin… Dicen que un viaje es una vida comprimida, … y así, diría yo, es como yo hago el viaje de mi vida junto a ti.
Ah, mi vida, mi vida, toda mi vida a tu lado, como en un interminable y entrañable viaje.
Y me acuerdo entonces de otro post que escribí hace algún tiempo. Ahí va:
TODA UNA VIDA
Llega otro año más. Hasta conformar toda una vida juntos. Recuerdo aquellos momentos de vino y rosas envueltos en aquel amor que arrancaba lleno de ilusión y de vida.
Sí, aquel amor que vivíamos en aquel viaje a las Rías Bajas, por ejemplo, con la luz de tus ojos, de tu sonrisa, de esa alegría inmensa que derrochabas entre el verde de las campiñas y el azul de las Rías
Y miro esta foto que te he hecho hace tan solo unas horas. Es fácil seguir enamorado de ti. Ha pasado el tiempo, pero no ha borrado tu sonrisa. Ni tu alegría. Ni la viveza de tus ojos. Ni tus ganas de conversar. Todo lo que me encandiló entonces, permanece. Y, a estas alturas, como nos decimos a menudo, ya no va a cambiar. Toda una vida juntos: la que ya hemos vivido y la que nos queda.
Encuentro este poema que escribí hace unos cuantos años y que forma parte de ese libro especial: “Treinta y cinco gramos de oro” que publiqué para ti en nuestro treinta y cinco aniversario. En él ya estaba todo esto que te digo hoy. Se llama precisamente
HOY COMO AYER
Tu sonrisa me seduce,
alegría y luz que sube a tus pupilas,
y a las mías, al verte.
Me seduce la armonía de tus labios.
La música de lluvia que cae sobre la tierra húmeda
que me trajeron tus pasos, me seduce.
Me seduce cuando caminas a mi lado
y vemos el mismo mundo
de forma tan diferente que nos hace reír.
Me seducen tus ojos chispeantes y risueños,
verte feliz me seduce,
acompasar nuestro paso.
Me seduce ver pasar los años contigo.
Amarnos por el día, me seduce,
con nuestras pequeñas cosas y nuestras rutinas.
Me seduce tu amor de noche,
cuando creamos nuestro mundo de dulzura y pasión,
bajo las estrellas que nos miran,
tu amor me seduce.
Me seduce ese mundo de recuerdos
de todo lo que hemos hecho juntos,
envejecer contigo me seduce.
Me seduce pensar en ti,
en tu compañía,
vivir los días que vendrán, me seduce.
Simplemente te quiero decir
que me seduces tú.
Como la primera vez que te vi,
como ayer,
como siempre,
me seduces.
Brindo por este año tan especial para nosotros. Y brindo también por el resto de nuestra vida juntos, que espero que sea larga y fructífera. Y tan feliz como lo ha sido siempre. Muchas gracias por todo ello.
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Y siguen viniendo a mi mente tantos recuerdos y versos que he escrito para ti. Libros enteros, que no cabrían aquí, ni mucho menos.
Sí, sigues siendo esa mujer sencilla, austera, guapa a la que no le gusta presumir nunca, trabajadora, realista y pragmática, con una sola meta en el horizonte, tu familia, tu casa, tu gente, tu ciudad, tú día a día, lejos de farándulas y alharacas. Yo soy, quizás, el soñador, el platónico, como tú me llamas, el bulle bulle que se mete en todos los charcos, el amante de los viajes, qué se yo, tengo la inmensa suerte de que no solo me dejas ser lo que quiero ser, sino que a tu lado me sube la autoestima en todo lo que emprendo.
Aunque también tengo un lado organizado y previsor al máximo, como mi profesión de financiero, que convive tan ricamente con la de poeta o escritor o cineasta.
Así que en este viaje yo tenía dos cosas principales en mi mente: soñaba con encontrar esos dos lugares en los que te grabé hace treinta y siete años: aquella puesta de sol espléndida junto a una ría romántica y maravillosa, ya me gustaría a mí saber cuál, y encontrar aquel aparcamiento al lado de una carretera comarcal donde bailaste para mí. Sí, estaba como loco por llegar a aquellos dos símbolos de aquel amor joven y primigenio, convertidos ya en dos lugares íntimos y literarios. Y quería también hablar largo y tendido contigo sobre nuestros próximos veinte, veinticinco años que, en el mejor de los casos, nos quedan por estar juntos. Sí, siempre me ha gustado ser previsor, para gestionar luego bien las cosas.
Hace un par de semanas nos encontramos con una amiga del barrio a quien hacía algún tiempo que no veíamos. Le dijimos esas cosas que se dicen, qué joven y guapa estás, el tiempo no pasa por ti, etc. Se nos quedó mirando de una forma especial. ¿Sabéis?, nos dijo, ya tengo todo arreglado por si me pasa algo, es algo mayor que nosotros y divorciada, aunque con cinco hijos y un montón de nietos. Se había hecho el testamento vital y hasta buscado residencia después de haber visitado varias y tras un análisis minucioso, distancia respecto de los hijos, precio, etc.
Te miré, aunque no dije nada. Pensaba hacerlo durante nuestro viaje.
Rápidamente tú, con tu pragmatismo, te diste cuenta de que no íbamos a encontrar aquel par de lugares, símbolos de aquel amor juvenil nuestro. En 37 años había crecido la población, habían trasladado las carreteras, el paisaje era otro… No me quería dejar convencer por tu realismo, pero, al final, tras un par de días no me quedó otra, y eso que le mandé fotos y descripciones voluntariosas a mi amigo sabelotodo GPT. Tampoco mostraste un interés desmedido por hablar de todo aquello que nos había comentado nuestra amiga del barrio. “Uf, todavía no he pensado nada al respecto, ya hablaremos en Madrid”.
Así que solo nos quedó, me quedó por fin, vivir el presente. Ese pequeño puñado de días bajo un tiempo espléndido y un paisaje tan bello que impresiona y conmueve al que por allí pasa. Sí, vivir el presente contigo. Descubrir una vez más lo agradable que es viajar, vivir, disfrutar de eso que es lo único que tenemos: un pedazo de tiempo.
Descubrimos Allariz, pasear contigo por su viejo barrio románico, cenar unas tapas de marisco viendo un partido del mundial, sentir tu alegría, tu belleza a mi lado, junto al río. Ir a ese hotel recoleto, familiar, íntimo y entrañable, Eurostar, lo digo para que todo el mundo lo sepa y querernos allí como dos novios. Todo sencillo, agradable, natural, importante, como la vida misma.
Y revivir Sanxenso, su paseo marítimo lleno de alegría sana, de gente divertida y cordial, con una luna sobre el firmamento pedazo de oro sobre el intenso azul. Y los hórreos de Combarro, llenos de hondura y tradición y el albariño de Cambados. Gastar una tarde en la playa de La lanzada, animada de gente, pero sin avasallar, la brisa suave de veinticinco grados y el mar un poco estremecedor cuando te abraza, cuando lo sientes.
He descubierto los spas en este viaje. A ti no te gustan todavía como a mí tampoco me gustaban. Cosas de viejos, me decía. Esa forma de disfrutar pasiva no le atrae a un joven que encuentra placer solo en su impronta, en su actividad. Pero, el tiempo pasa y te descubres en sus aguas calientes y en sus chorros relajantes que no eres el más joven, ni por asomo, de sus visitantes. El spa rima con la reflexión, con saborear el tiempo tranquilo que va siendo propio de los que vamos cumpliendo cierta edad. Sí, me he enamorado de los spas que allí, en Galicia, son buenísimos.
Y llegar a El Grove, donde hace treinta y siete años no encontrábamos alojamiento, y acabamos en una pensión de mala muerte, en aquel viaje todo improvisación y aventur. Cruzar este pueblo de pescadores y llegar al puente que lo une a ese pequeño paraíso que es la Isla de La Toja. En esta ocasión, para compensar, habíamos reservado en uno de sus magníficos hoteles.
Tal vez por eso, esa tarde te pusiste un vestido que me encanta. Brillabas con él como una estrella más de las que sacaba el sol sobre las olas. Quise grabarte y tener así un recuerdo tuyo, tal vez para compensar el fracaso en mi búsqueda de aquella puesta de sol sobre la ría de hacía 37 años.
Sí, así fue: https://www.youtube.com/watch?v=BjgY8W3FbNk
Ahora, cuando lo reveo, me doy cuenta de que son los mismos diálogos chispeantes que los que se adivinan en aquella antigua película muda de la puesta de sol junto a la ría.
Y de que no hay mejor plan, ni previsión alguna que lo iguale, que esperar a que llegue la noche y que ésta deje hablar a nuestros corazones.
Sí, la vida avanza, se moderniza. Al poco tiempo, llegaron los vídeos con sonido, como ahora acaba de llegar la inteligencia artificial. Yo le había pedido al chat GPT un sitio especial para llevarte a cenar. Nada excesivamente formal, sino algo con buen marisco, ambiente agradable y sabor a lo auténtico de la tierra.
GPT me recomendó encarecidamente la tapería Adrede. Le insistí en que tenía que estar cerca del hotel, transitamos estos días los dos por algunos achaques, y me confirmó que por la distancia podríamos llegar a pie en veinte o veinticinco minutos. Fenomenal, nos dijimos, un paseíto para estirar las piernas.
No sabíamos cuánto. Yo desconocía que pudiera haber un promontorio tan alto al lado del mar. Llegamos a una cuesta tan pina como el filo de una enhiesta navaja. Allí se terminaba el pueblo y empezaba no sé el qué, hicimos un descanso a mitad de la cuesta, bajaban unos negros altos y rocosos que se nos quedaron mirando en la desierta calle. Una vez que se alejaron nos interesamos ambos por nuestras dolencias. Yo arrastro una tendinitis desde hace tiempo en el talón de Aquiles con origen artrósico, el mal de la familia materna, me había advertido mi médico antes del viaje: “Sobre todo nada de pendientes, ni de subida ni de bajada”. Y qué decir de tu rodilla, me dijiste que si abandonábamos y buscábamos otro sitio. Sobre todo, cuando vimos bajar una pareja con niño en un carrito, diciendo que aquello estaba cerrado a cal y canto y tenía pinta de que a lo mejor no se abría.
Pero, yo soy terco como una mula y te propuse subir yo solo antes de abandonar. Allí, afortunadamente, me encontré con un camarero que entraba y me dijo que abrían a las ocho y media, en cinco minutos. Era un chalet con muy buena pinta, aunque rodeado de obras y grúas en los colindantes. Empezó a llegar gente bien vestida y agradable y te animé a subir.
Compensó y de qué manera. No hemos comido vieiras semejantes ni queso tan bien curado.
Volvimos a El Grove dos horas más tarde, aunque allí la noche tarda más en entrar que en Madrid. Y, junto al puente de La Toja, quise despedirme de aquel mar nocturno, a saber cuándo regresaríamos a verlo de nuevo.
Hacía una brisa que te revolvía el pelo, pero yo te veía tan guapa como siempre. O más.
https://www.youtube.com/watch?v=s-8wB35GHRc
Sí, entonces me di cuenta de que nada había cambiado de aquello que vivimos juntos hacía treinta y siete años. Bueno, sí, había llegado el sonido, y la inteligencia artificial, y habíamos arrancado muchas decenas de hojas al calendario, y tu rodilla y mis talones nos dolían como si hubiéramos subido al Everest. Pero, aquello que nos unió, seguía vivo en nosotros: tu belleza, tu alegría, tu chispa, aquella luz que una vez sentimos seguía en nuestro interior.
Sí, ahora me acuerdo de ese destello que habla de esto mismo que nos pasa a nosotros. Y a otros muchos, el amor tiene más hijos de los que se piensa. En la voz inmensa de Rocío Dúrcal.
https://www.youtube.com/watch?v=1xlj-zAWEfg
Sí, el tiempo seguirá pasando. Es una lucha en la que él siempre gana. Nosotros nos hemos jurado volver por las Rías Bajas dentro de veinte años. Y juntos, claro. Los deseos firmes mueven montañas. Nosotros, por si acaso, se lo hemos pedido al “Círculo de los deseos” que se exhibe en el Paseo Marítimo de Sanxenso.
Nos queda por recorrer nuestra última etapa. Aquella en la que uno de los dos se quedará solo. Ojalá tarde mucho. En la Iglesia de la Concha de la Isla de la Toja encendimos aquel día veinte bombillas, la gente nos miraba, por qué tantas, pensarían.
Sí, el tiempo siempre gana. Yo, mañana, retomo mi novela “Sole, de soledad”, para ir practicando, y aprendiendo, supongo, hasta que nuestro documental, que se rodará en septiembre y en octubre, me deje, un documental, qué curioso, que versará sobre la soledad de las personas mayores. Ojalá no me toque a mí experimentarla, no me importaría volar el primero. Cuando piensas que hay otra vida, eso no tiene mucha importancia.
Me acuerdo cuando empecé a escribir una historia de amor como la nuestra, una historia de amor de las de antes, de toda la vida, esa que narro en mi novela “Regreso al Sauce Curvo”. Yo la presenté, qué curioso de nuevo, con un resumen de aquellos vídeos que grabamos en aquel nuestro primer viaje por las Rías Bajas:
https://www.youtube.com/watch?v=zFtLLvoWfiA
Ahora hemos realizado el segundo, treinta y siete años más tarde. Lo hemos pasado muy bien, volvemos con las pilas cargadas, yo, lleno de sueños y proyectos y tú, deseosa de pegarte a las personas que quieres otra vez, y a tu día a día, pragmático y realista, del que vivimos todos.
Nada me gustaría más que realizar ese tercero que hemos pedido.
“¿Y cómo lo haremos?”.
“Anda, pues alquilando un coche con conductor. ¿No te digo?”
Porque así sea. Cuando las cosas viren y los bastos se enseñen en la mesa, yo me colgaré de esas colinas verdes de esperanza y de esas rías que son igual que el cielo. Y de tu sonrisa. Y de tu alegría. Y de todas esas cosas que allí viví contigo.

























