En España, casi todos los eventos importantes acaban en una comida.
En este caso, no podía ser menos. Todos juntos le deseamos a nuestra graduada todo lo mejor. ¡Viva nuestra Ali!
Aquí va este videoclip de recuerdo.
En España, casi todos los eventos importantes acaban en una comida.
En este caso, no podía ser menos. Todos juntos le deseamos a nuestra graduada todo lo mejor. ¡Viva nuestra Ali!
Aquí va este videoclip de recuerdo.
Por fin, pude sacar tiempo y hacer lo que me gusta, y más en este caso: transmitir en imágenes la emoción de los momentos vividos.
Fueron unos momentos hermosos, llenos de emoción, cariño y orgullo. Cuando algo cuesta, luego merece mucho más la pena. Como en este caso.
Enhorabuena, Ali. ¡Eres grande! ¡O, simplemente, THE BEST!
Ya solo me queda llevar a nuestra mente, y a nuestro corazón, la comida de celebración, ya con toda la familia: Guillermo y Sofía llegaron justo a ella. Buenos momentos también.
Eso será para otro día. Espero que pronto.
Y ayer cerramos nuestro viaje a Londres. El día 2 nos espera otra graduación a lo grande en la London Business School. ¡Tenemos que ver a Guille, THE BEST!
Ayer estuve en El Sauce Curvo, segando y regando el césped, una excusa como otra cualquiera para acercarme al pueblo donde nací, respirar su aire, más puro que ninguno, y capturar ese sentido circular de la existencia que tanto impregna a los que vamos siendo ya un poco más que maduros. Mientras segaba, entró un primo mío unos años mayor que yo y le pedí que me comentara novedades del pueblo, no voy tanto como quisiera y a veces no estoy totalmente al día. Se rascó la cabeza buscando qué contarme y de repente vi cómo su cara se ponía triste: “Otro que ha caído, Paco, de mi misma edad. El Susi, ¿te acuerdas?”. Cómo no me iba a acordar, fue secretario del ayuntamiento durante muchísimos años.
Sin poderlo evitar, ambos hicimos un recuento de toda la gente de nuestra edad que ya no estaba con nosotros. Bueno, sí que estaba, pero en ese otro barrio del pueblo en el que, dentro de unos años, o, mañana mismo, ¿quién lo sabe?, acabaremos residiendo nosotros.
Y sentimos los dos, esa unión de las personas que caminan en la misma cordada y también, por supuesto, la de aquellos que nos precedieron por poco en completar el ciclo de la vida.
Llego a casa y me acuerdo de un artículo que escribí hace unos años, para un libro que todavía no he terminado, afortunadamente, que se llama: “Yo también me iré”. Ahí va.
LA COMUNIDAD:
Dicen que sentirte parte de un grupo, de una comunidad de personas afines, te reconforta sobremanera, te alivia la sensación de soledad, eleva tu autoestima y da un sentido más amplio a tu existencia, más allá de tus cuatro paredes interiores.
Yo, últimamente, y cada vez más, debe ser cuestión de los números del calendario, me siento parte de esa comunidad fraternal, de ese grupo tan frágil y especial de "homo sapiens" al que llamamos "humanidad".
Lo que ocurre es que últimamente para mí este grupo es más amplio de lo que era antes. Ahora incluyo en él también a los muertos, quizás porque, por cuestiones de calendario, como decía más arriba, me encuentro cada vez más próximo a ellos.
Ayer estuve en mi pueblo, El Sauce Curvo, me conmueve cuando llego al mismo y paso junto al cementerio, al lado de la carretera y al comienzo del casco urbano. Mis padres y mis abuelos están allí, pero también muchos de mis tíos, algún primo ya y mucha gente que yo conocí y traté en mi niñez y también más adelante. Sus tumbas y mausoleos son sus casas; los pasillos, las calles; y todo el camposanto un barrio más del pueblo. Forman parte de él, como forman parte de mi vida, igual que el resto de los vecinos que viven un poco más abajo, en casas más grandes y que están vivos.
Los saludo cuando paso, puedo hablar con ellos, construir fluidos diálogos entre nosotros, sentirlos, percibir sus vidas a través del recuerdo que ellas han dejado en mí. Exactamente igual que cuando saludo a alguien en la calle y le pregunto por su vida y me cuenta sus novedades.
Me siento cada vez más unido a los muertos. ¿Qué les separan de nosotros? Solo un poco de tiempo. Muy poco (comparado con la historia del mundo). En 25 años me reuniré con ellos, eso si la cosa va bien, si no, antes. Es como si se hubieran ido de viaje, o hubieran cogido unas vacaciones. En nada volveremos a estar juntos de nuevo, no porque ellos vuelvan a donde nosotros estamos, sino porque nosotros iremos a verlos.
Nosotros, los vivos, somos unos pocos, comparados con todos los muertos que en la historia han sido. La muerte es el estado mayoritario de nuestra comunidad, del grupo de los homo sapiens, pero también de otros grupos parecidos al nuestro como los animales y las plantas que también ocupan su sitio en nuestro recuerdo. Puedo sentir el palpitar de los corderos domésticos, de los gatos, de los perros que latían junto a mi niñez, también el olor de los ciruelos, de los manzanos, de los rosales, de la lavanda... todo eso que murió, pero que formaba parte de mí.
Me alegro de ser parte de esa comunidad global, que incluye también a los muertos. Visto así, me enriquece mucho más, me reconforta, me tranquiliza, me acompaña, sé cuál es mi destino en no muchos años: visitar su barrio, su casa, descansar en la pradera, recuperar todo lo que perdí, que formó parte de mi vida en algún momento, completarme, ayudar desde allí a los vivos con la impronta de nuestro recuerdo, como ellos me están ayudando ahora a mí mismo, esperarlos con los brazos abiertos cuando les toque también a ellos el dulce tránsito.
Por eso envejecer no es el tranco final que te prepara para desaparecer, sino justamente aquel que te conduce al principio de la vida plena y duradera, con todos los que vivieron y con todo lo que antes vivió en ti.
Me gusta eso que tienen los pueblos de reflejar en su micromundo el mundo global. El mundo completo. Ver las dos comunidades de vivos y muertos, los dos barrios colindantes que forman parte de un solo caserío. "Se fue para el otro barrio", dice el dicho popular. Y así es. En El Sauce Curvo, solo subir una pequeña cuesta y ya estás en el distrito de al lado.
En aquel donde solo tienes sobre ti el cielo azul de día y el universo estrellado de noche. Y todo ese mundo de recuerdos que fuiste acumulando mientras viviste es, entonces, la totalidad de tu esencia. Formas parte armónica de la comunidad de la vida, rodeado de la compañía de todo lo que una vez vivió, mientras esperas que se reintegren en él todos los que dejaste en el otro barrio. Ese en el que solo empleas 90 años, ¡en el mejor de los casos!, frente a toda la eternidad.
¡Cuánto me reconforta ser miembro de esta comunidad de la vida!
Deberíamos ir más a menudo a los pueblos, para no olvidar estas cosas tan sencillas, tan hondas y tan importantes, que a veces nos tapa, con su neblina, el ajetreo de la gran ciudad o, lo que es peor, la depresiva inercia nuestra de amargarnos en exceso porque el calendario siga engrosando nuestros ya abultados números.
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Y llego a casa, rescato este artículo y me acuerdo entonces de este “destello” maravilloso, una de las canciones más bellas jamás escrita. Y no lo digo yo, sino la prestigiosa revista “Rolling Stone”. Ahí va: “Tears in Heaven” (Lágrimas en el cielo), del maestro, uno de los mejores guitarristas de la música moderna, Eric Clapton.
https://www.youtube.com/watch?v=b_z5nj0At1Y
Sí, el cielo es ese otro barrio con el que soñamos, donde se acabarán nuestras penas y nos encontraremos con todos nuestros seres queridos. Un día llegó Eric Clapton a su casa en Nueva York, y la encontró llena de policías, también había una ambulancia con la sirena puesta. Se acercó y no lo podía creer. Su hijo, Conor, de cuatro añitos, se acababa de caer, accidentalmente, desde el piso 53 del rascacielos donde vivía con sus padres.
La asistenta estaba haciendo limpieza y abrió un ventanal. Conor estaba jugando a esconderse en diversos sitios de la casa y, corriendo, tropezó y acabó cayendo por el vano.
Sí, el cielo fue el refugio de Eric Clapton para digerir aquella tragedia, para encontrar un sentido a la existencia. El maestro Ghandi nos dejó dicho: “Si no hubiera otra vida, esta solo sería una broma cruel”. Yo creo en ella. A veces me llaman iluso, a mí me da igual. El que la haya o no, no depende de mí. Pero, sí, la ilusión que te llena de esperanza el pecho para continuar dando pasos hacia el abismo. Con el anhelo pintado en tus ojos por volver a ver a todos aquellos que un día compartieron su vida con nosotros.
Alegría y buenos momentos en la graduación de nuestra hija en el IE University de su Executive MBA, tras 18 meses de arduo esfuerzo y dedicación, compatibilizándolo con su trabajo. ¡Enhorabuena, campeona, y a continuar!
Este está siendo un año disperso. En el que toco muchas cosas y no termino ninguna. Ya no es como antes, cuando llegaban estas fechas hacía vida de monje. Inmerso y concentrado en mi creación literaria. Ahora, pasa la vida a mi alrededor, la observo, y la huelo intensamente, como si fuera una flor. Debe ser, simplemente, que el impulso vital a esta edad que uno ya va teniendo, le urge a aprovechar el tiempo en vivir, y no solamente en soñar, en imaginar otros mundos para el cómplice lector.
Hago un resumen de tareas pendientes: tengo que terminar, si o sí, entre hoy y mañana la primera versión del guión de nuestro documental. Los chicos en prácticas me ayudan con sus ideas, con su cartelería, confeccionado los primeros presupuestos económicos y diseñando el primer borrador del plan de rodaje y de la puesta en escena. Pero, el guión es cosa mía, aunque también hay una chica que me ayuda. ¡Me pongo las pilas ya! Tenemos para completar la producción hasta final de año, pero si no empezamos vendrán los nervios.
Mi novela "Sole" duerme en el sueño de los justos. Espero que mis petunias del alma me lleven otra vez junto a ella. Y lo mismo digo de las correcciones que tengo pendientes sobre la novela que escribí el pasado año: no me queda otra que terminarlas entre esta y la próxima semana.
Mi hijo y su prometida han estado en España diez días y han acaparado toda nuestra atención. Hoy se han marchado a Londres, el duro y competitivo trabajo les espera, sobre todo a Guillermo que arrancará en unos días.
Nuestra hija, Alicia, se ha graduado en el Executive MBA del IE Universitiy. La hemos estado acompañando, felicitando, ¡y celebrando! todos con ella, como se merece. Ya tenemos los billetes sacados para primeros de julio para asistir en Londres a la graduación de Guillermo en la LBS.
Tengo también pendiente el tema del Museo del Recuerdo en El Sauce Curvo, ya tengo el espacio y las estanterías, me falta dotarlo de contenido. Pero, estoy tan liado que no sé cuándo le podré meter mano. Me gustaría también pasar unos días en mi refugio de Alicante, cada día los aprecio más. Y también nuestra tradicional semana en el Sur, en la frontera entre Málaga y Cádiz, que me llena de tantas fragancias. También me encantaría pasar una semana en las Rías Bajas, si es que el calendario me lo permite.
Amén de varios videoclips pendientes, terminar la edición en inglés de algunos libros que me faltan. Me dice Amazon que también habrá pronto traducción al francés para nosotros, el grupo Beta, que nos han elegido para pioneros de esta internacionalización de nuestras obras. Tengo que actualizar mi web, escribir sobre las ciudades de la Coste Este Americana continuar con "Destellos". En fin..., lo dejo porque me estreso, y no merece la pena.
El videoclip "Cuando me enamoro" sigue ascendiendo en el número de visitas, a pesar de que le han metido publicidad, entre uno y dos anuncios previos. Hay que tener realmente interés para esperar y verlo. Debe andar ya cerca de las 5600, que no está nada mal para un youtuber aficionado y escalando cada día nuevas posiciones. ¡Viva por él! ¡Se lo merece! ¡Y su protagonista, más!
En fin, no me entretengo más. Que lo paséis bien y a cuidarse. ¡Yo, a trabajar!
Acabo de ver “Las gratitudes”, basada en la novela de Delphine de Vigan, en el teatro de La abadía. Y no dejo de pensar en las pocas veces que nos sentimos afortunados, agradecidos a la vida. Agradecidos a todas las personas que nos han querido y nos quieren. Agradecidos a la vida y todo lo que nos ofrece. Sí, gracias a la vida, como dice la famosa canción de Mercedes Sosa.
A veces una persona mayor, en sus últimos días, como en esta obra, o alguien a quien la vida ha repartido unas cartas difíciles es capaz de sentir ese agradecimiento íntimo y vital por el solo hecho de vivir. Y esta actitud es contagiosa. A mí me contagia. Y me estimula, cuando la percibo. Me hace apartar los ojos de mi ombligo y mirar el mundo, y sentirme parte de él, una estrella diminuta en la belleza infinita, inconmensurable del universo.
Y me acuerdo, entonces, de un amigo escritor como yo, que es ciego, pero no de nacimiento, sino que fue perdiendo vista paulatinamente, que es mucho peor, hasta perderla toda cuando tenía poco más de veinte años. No podría yo imaginarme sin mis ojos. Antes preferiría que me cortaran una mano, o las dos, o ambas piernas, o quedar inmóvil y paralizado para siempre. Todo, antes que perder mis ojos. Mi conexión con el mundo.
Hace algún tiempo yo escribí algo para él. Ahí va.
Ella nació en un pueblecito de Toledo, donde sus padres, maestro y ama de casa, la bautizaron con el bello nombre de Elena. Aunque ellos probablemente no lo supieran, Elena significa en griego: «brillante como el Sol». Pero los ojos de la niña Elena no brillaban como los de los demás niños. Eran ojos apagados, cargados de miopía y escasos de luz. Elena lo que más recuerda de cuando era niña, en Toledo y luego en Cuenca donde a su padre lo destinaron de maestro, eran los muñecos de nieve. Hacerlos con sus padres y hermanos y, luego, verlos al sol, cómo brillaban. Hasta que iban perdiendo sus contornos y entonces se derretían y se convertían en agua que huía por los sumideros. Como cuando ella se duchaba.
Aquel día, que ella no ha olvidado ni olvidará jamás, después de ducharse se secó el pelo delante del espejo. El vaho no la dejaba ver bien, todo le resultaba muy confuso. Hasta que limpió con la toalla la pátina de humedad y entonces se vio en el cristal con toda la nitidez con que ella podía. Observó su ojo derecho, entre morado y púrpura, que parecía como el de un boxeador maltratado.
Sus padres acabaron llevándola al doctor Barraquer, en Barcelona, la eminencia española de los problemas de la vista. No había nada que hacer. Ya se sabe, desprendimiento de retina, ceguera total en ese ojo. Tenía once años y aquel mismo día a España, curiosamente, se le ofrecía la oportunidad de encender la luz de la libertad, tras cuarenta años de dictadura.
Pero para la niña Elena los siguientes años no serían propicios para la libertad y el desarrollo personal sino todo lo contrario. Su ojo izquierdo también se iba debilitando. Su sitio en la escuela era estar pegadita a la pizarra, para poder distinguir los exponentes. Y en el patio, ella intuía que ninguna chica quería jugar, pero lo hacían, a regañadientes, porque ella era la hija del maestro. Así que no le llamaban cuatro ojos, no, pero seguro que cuchicheaban a sus espaldas.
Cada vez tenía que echarse más gotas. Los chicos le preguntaban a menudo qué tal. Pero luego en la discoteca ella quedaba en un rincón o sentada en una silla toda la noche.
No sabría decir cuándo se quedó totalmente a oscuras. Su ojo izquierdo fue languideciendo como un candil sin brea. Hasta que al final se apagó la luz totalmente. En cierto modo fue una liberación. Por el reconocimiento y la asunción definitiva que había que hacer de su problema.
Y ahí tuvo un poquito de suerte. O sus padres atinaron con la decisión. Con el cariño la habían arropado siempre. De las dos posibles soluciones: mantenerla con ellos en el pueblo y quedar a su completo cuidado o afiliarla a la ONCE, eligieron la segunda. Y ahí empezó una segunda vida para Elena, casi ya con veinte años.
Entras en un mundo de sensaciones nuevas y aprendes a suplir la falta de un sentido, tal vez el más importante, con otros. Oyes los espacios. Aquí el hueco de una puerta, ahí el vano de una ventana, la brisa del viento que cambia bajo un puente, o el murmullo de las hojas que te explica el día de hoy. Y practicas la amistad de ese amigo, pintado de blanco, que deberás tener siempre al lado. Hasta que os conocéis a fondo.
Cuando ya tienes confianza te atreves a salir con él a la calle. Elena reservó ese momento para un terreno que conocía. Y una noche les dijo a sus padres en el pueblo. «Yo voy a por la botella del vino». Y, decidida cogió su bastón blanco. «¡Vamos, amigo!».
El amigo no le falló, fue la lluvia reciente la que hizo que resbalara y se rasgara el codo. Y se quebrara también, un poco, la confianza que había vendido a sus padres. Supo entonces que empezaba una batalla que no terminará nunca: la de demostrar que puede manejarse sola, que puede hacer vida como los demás, que puede ofrecer, orgullosa, su valía a quienes tanto le han ayudado, a quienes tanto debe. A pesar de las dificultades, a pesar de los retrocesos.
A aquellos que le dieron la vida, que dedican todos sus desvelos a su Elenita, les querría decir muy alto una sola cosa: que ha merecido la pena. Y que sigue mereciéndola, cada día. Porque cada día les sorprende y se fija metas un poco más ambiciosas.
Por ello se hizo telefonista en la ONCE. Por ello consiguió, luego, entrar en el BBVA y ser la imagen sonora del Banco cuando llamas. Y lo debe hacer tan bien que, recientemente, ha sido nombrada, nada más y nada menos, que Embajadora destacada del BBVA. Por ello quiso hacerse también universitaria y sacar una carrera estudiando lo que más le gusta: Pedagogía. Nada fácil, pero lo consiguió. Tardó entre unas cosas y otras casi diez años. A veces tenía que dejarlo hasta que hubiera disponibles libros de texto en braille. Y ha conseguido convivir, como una más, con la gente que ve, tener buenos amigos en el mundo de la luz y en el de la oscuridad.
Le gustaría hacer tantas cosas. Recuperar aquel tiempo perdido y gris de su adolescencia, sentirse útil. Ayudar. Devolver a otros toda la ayuda que ella ha recibido. Tal vez por ello participa con una energía sin igual en tareas de voluntariado. Quisiera que los niños que nacen hoy con dificultades puedan vivir mejor que vivió ella.
Dentro de unos años se prejubilará, pero no se piensa quedar en casa. Hará otra carrera, trabajará en una ONG. Sólo una sombra cruza por su rostro: sus padres, con los que vive, comienzan a ser mayores, pero no contempla ni por asomo el momento del adiós. Querría devolverles tanto.
Elena y la pasión por vivir. La pasión por la familia. Elena y la pasión por los amigos, por viajar. Recuerda la primera vez que viajó sola. Fue en un autobús en Valencia y nunca llegó a su destino. Salió de su casa y su hermana se la encontró de vuelta de nuevo cuando subió en la parada de su calle. Era el autobús circular y Elena no había decidido todavía dónde bajarse. Hoy conoce medio mundo y te puede describir perfectamente a qué huelen Las Hoces del Duratón o las calles de Cracovia.
Yo cuando veo a Elena, me parece una persona muy valiosa. Que brilla tanto como su nombre dice. Como el Sol. Y, por un momento, los que estamos a su lado, podemos reparar en la luz, como antes no lo habíamos hecho jamás y vernos, a nosotros mismos, como un universo iluminado y brillante lleno de infinitas posibilidades.
Él fue a nacer en un pueblo del Moncayo soriano, hace 46 años, donde le bautizaron con un nombre muy bonito, que proviene del alemán Adalbreicht, o Adalberto, y que, de forma contraída se convierte en Alberto: «El que brilla por su nobleza».
Pero, aparte del nombre, pocas cosas bonitas traía el pequeño Alberto. Para empezar, nació con seis dedos, un defecto que puede producirse en pueblos pequeños, como los castellanos, donde el matrimonio se establece a veces con parientes próximos. Pero esa rareza no era lo relevante, hoy sólo quedan las cicatrices. Otro gen más importante nació dañado: y las células de la retina no se regenerarían e irían muriendo paulatinamente.
Al añito, más o menos, sus padres se empezaron a dar cuenta. El niño era más torpe que otros al agarrar las cosas, o se chocaba continuamente con los objetos. Particularmente de noche, o con poca luz, donde la visión en estos casos es muy escasa.
Empezó entonces un peregrinaje por los médicos de los contornos. Y por los curanderos. Cualquier persona que pudiera darles algo de luz, nunca mejor dicho, y que alumbrara las apagadas pupilas de su retoño era buscado, per-seguido con ahínco por sus padres, que sacaban el dinero de donde podían. Cuando Alberto tenía dos años más o menos, acudieron a Barcelona y el doctor Barraquer les explicó lo que iría pasando.
Alberto recuerda su infancia de forma bipolar. A un lado el amor incondicional de sus padres y hermano y al otro, la marginación, unas veces larvada y otras directa que sufría sobre todo por el resto de los niños. En los pueblos hay que ser avispado, buscarse bien y rápido la vida. Y al que se queda atrás, pues que se lo lleve la corriente. Alberto no podía jugar por la noche y llevaba unas horribles gafas. A veces los niños no le esperaban y Alberto se quedaba solo, caminando al oscurecer, o lloviendo, cuando volvía de la escuela.
Así que Alberto leía. Y también quería ser misionero. Por esa cosa tan curiosa de querer dar ayuda el que lo necesita tanto.
Sus padres lo enviaron a un colegio religioso a los doce años. Pero sólo logró estar allí uno: los sacerdotes de verdad no quisieron que continuara, porque no podía hacer vida comunitaria. Lo que sí hacía era leer continuamente. Leía tanto que una vez le tapiaron de libros sus compañeros por todos los lados, sin que se diera cuenta.
Alberto recuerda todos aquellos años como de una dureza extrema: cada año veía un poco menos y cada año se sentía más marginado. Recuerda las fiestas de su pueblo, llenas de música y alegría donde él acababa siempre en un rincón llorando.
Y en aquellos momentos de dolor, de frustración, de angustia y de impotencia, Alberto sólo hacía que repetir una y otra vez el mismo juramento: «Seré algo en la vida. Y, entonces, recordará toda esta gente quién estuvo una vez a su lado, aunque solo». Pero, paralelamente, él siempre guardaría también cariño hacia ellos.
Por ello arremetió como un toro contra la carrera que siempre quiso hacer: estudió Geografía e Historia, con el fin de hacerse arqueólogo, con tal intensidad que acabó perdiendo la poca vista que le quedaba. Tiene libros quemados a la luz del flexo que se lo recuerdan.
Y lo consiguió. Era un universitario. Era una forma de resarcirse de todos los ratos de soledad, andando a trompicones, abandonado por sus compañeros en el camino de la escuela. O viendo cómo lloraban sus padres cuando tuvo que abandonar el colegio de religiosos, o no le aceptaban en alguna excursión. Él era un problema. Y causaba dolor y llanto a los que más quería.
Él les compensaría con creces, a sus padres, en forma de orgullo por todo lo que ellos habían pasado. Claro que lo haría: sería el único propósito de toda su vida. Su única pasión.
Pero, ahora estaba ciego. E ingresó en la ONCE. Para él fue una liberación. Había tocado fondo, así que sólo habría una cosa ya: remontar. Allí le enseñaron a no sentirse un inútil. Y él aprendió que, si otros lo hacían, si eran capaces de desenvolverse por su cuenta, él también lo haría.
Pero es muy duro el bastón. Y, además, es para siempre. Alberto no ve nada. Pero todavía puede sentir la claridad. Y recordar cómo eran los colores. Aunque de alguno no se recuerda: como el color pistacho. Sí, fue muy duro la primera vez que salió a la calle con su bastón.
Fue en Zaragoza. Sentía el estruendo de los coches cada vez más cerca, como si se fueran a abalanzar sobre él en la acera. Así que pegaba su espalda a la pared y se quedaba petrificado, tanteando con su bastón, solo, indefenso y a oscuras. Aunque él no lo sabía un monitor iba detrás.
Pero en la ONCE, dada su preparación universitaria rápidamente lo pusieron delante. Con 24 años le nombraron Jefe Administrativo en Lérida, con ciegos, videntes y secretaria a su cargo. Las pasó canutas, dice, para enfrentarse a todo ello, un chico de pueblo como él, sin experiencia. A veces se pasaba metido todo el fin de semana en la habitación del hostal, armándose de valor para la semana siguiente. Ése fue sólo el principio, luego vino una carrera dilatada, siempre en la ONCE: Coordinador provincial de Servicios Sociales, Director, Jefe de Recursos Humanos, moviéndose siempre de un lugar a otro. Hasta que hace poco encontró el sitio que estaba buscando inconscientemente desde siempre: Técnico de Biblioteca en Madrid, con la misión de acercar la cultura a las personas invidentes.
Y en este entorno de cultura y de sosiego ha desarrollado la que, sin duda, es su vocación más profunda. Aquella que nació en sus ratos de soledad, cuando le tapiaban de libros. Tras sus muchas lecturas le ha llegado el momento de escribir.
Después de practicar en su blog literario, en estos días ha publicado su primer libro. ¿Quisieran saber ustedes cómo se llama? Pues miren el título de esta historia y lo sabrán.
Elena y Alberto. Dos huellas de luz. Dos personas enormes hechas a sí mismas. Yo me alegro mucho de haberlas conocido. Y les agradezco de corazón haberme permitido conocer algo de sus vidas y milagros, nunca mejor dicho.
Sus vidas dejarán huella. Como las de tantos otros que se enfrentan a condiciones adversas y tienen el coraje de superarlas. Porque tienen la pasión por vivir, por ayudar tanto como les han ayudado.
Yo he visto sus huellas llenas de luz, de esfuerzo, de constancia, de valor. Y eso hace que me sienta bien, mejor, que afronte también, con energía, con decisión, mis propios retos. Y eso es dejar huella. Ser marcas brillantes en el sendero, por donde todos transitamos, antorchas que llevan los mejores, los que están acostumbrados a no derrumbarse, ni atemorizarse, ante tanta oscuridad.
¡Feliz cumple, Guille! ¡Y muchas enhorabuenas!
Han sido dos años de intensos esfuerzos en Londres y en Filadelfia. Bueno, más de dos, si tenemos en cuenta la preparación para el GMAT, cuya nota te abría las puertas a entrar en el selecto club de la LBS. ¡Pero ya lo tienes! Ya eres un MBA MAN por dos de las más prestigiosas universidades del mundo: la London Business School y la Wharton de Pennsilvania.
¿Te acuerdas en las Navidades del 23, cuando en nuestro refugio de Alicante te recordábamos de forma cariñosa tus objetivos escribiéndolos en el cristal de nuestro coche para que no se te olvidaran?
Aquello que parecía tan difícil y tan lejano en esos momentos ya lo has conseguido. Sabemos que no ha sido fácil, por ello el mérito es mucho mayor. ¡Estamos tan orgullosos de ti!
Hay un club numeroso de frustrados del MBA, hablan de un 40%. Son todos aquellos que después de pelear duro por conseguir este prestigioso título, solo logran encontrar una salida profesional que no compensa totalmente el ingente esfuerzo mental y monetario que supone. Logran una mejora, pero insuficiente.
Ha sido este un año muy duro para ti. Lo sabemos. Inmerso en muchos procesos de selección. Con el alma en vilo y viviendo un tobogán de emociones que te alejaban y te acercaban por momentos a tu meta dorada.
¡Al final ha sido sí! ¡Y posiblemente en el mejor sitio de todos! Allí te conocen y te aprecian, y te han ofrecido unas condiciones fabulosas. Serán muy exigentes, ya lo sabes, tendrás que trabajar muy duro. Pero te vemos muy ilusionado, lleno de fuerza y autoconfianza para alcanzar en unos años tu sueño de volver a España por la puerta grande.
Fue un placer visitarte el verano pasado en Londres. Posar contigo delante de la London Business School. Y luego que nos mostraras dónde querías trabajar cuando acabaras. Allí hiciste las prácticas de verano y han ido a buscarte ahora cuando has terminado tus estudios. Me alegro de esta foto que nos hicimos mamá y yo frente a las oficinas de F. Capital Group. Ha sido toda una premonición.
Y acometer tu nuevo año lleno de proyectos, expectativas y ganas de labrarte un brillante futuro.
Mañana mismo sacamos los billetes para asistir a tu graduación el próximo 22 de julio. Con esas imágenes me gustaría cerrar un videoclip que sabes llevo tiempo pensando en regalarte.
Sería la continuación de este entrañable que te hice de tus comienzos, en el que ya apuntabas a altos horizontes.
Hemos tenido la suerte de poder celebrar contigo tu cumpleaños en Madrid. Fuimos a un restaurante nuevo, el nuestro estaba cerrado y nos encontramos con esta pequeña y entrañable sorpresa que te dejo de recuerdo. https://youtu.be/-m40XKh8Q6U
Te dejo también esta nueva portada que seguro que te gusta, de aquel proyecto en el que tú ya mostrabas las inquietudes que te han llevado hasta aquí.