martes, 21 de julio de 2026

EL MUNDO DE LOS RECUERDOS (Y 2). ¡CÓMO HAN PASADO LOS AÑOS! (Para el proyecto "Destellos").

 



Acabamos de volver de las Rías Bajas, las maletas todavía sin deshacer, un viaje parecido a aquel que hicimos en el año 1989, el año que nos casamos. Me apetece escribir de este viaje, que es escribir sobre ti, sobre nosotros.
Me acuerdo entonces de otras veces que he escrito recordándote.

UN ANIVERSARIO LITERARIO

Te escribo, como cantaba Serrat en su famosa canción dedicada a su esposa, por halagarte y para que se sepa, que me parecen dos de los más bellos e importantes motivos para hacerlo. Pero, también, escribo para mí, para recordarte a ti, todavía más, y para revivir otra vez algo de todo el tiempo que llevamos juntos.
Hace ahora treinta y cinco primaveras que te hice la primera foto con mi cámara. Esa que conservaba en mi mesilla, a la que yo miraba por última vez antes de apagar la luz e irme a dormir, mientras apostaba por ti, por nosotros, por tener tu sonrisa siempre a mi lado. Nunca había visto el parque del Retiro tan bonito, ni nunca lo veré, salvo cuando vuelvo contigo.




Recuerdo también nuestro primer viaje por tu tierra, por las Hoces del Duratón y sus impresionantes desfiladeros. Con aquel vestido rojo que me encantaba y tu alegría que me inundaba de dicha. El fotógrafo no nos sacó una parte de nuestras cabezas. Intuía que no las necesitábamos. Solo queríamos sentir, vivir aquellos días mágicos e inolvidables. Muchos años más tarde, también como un homenaje a ti, situé allí la escena cumbre de mi novela "El día que fuimos dioses", una historia que, formalmente, no era la nuestra pero que sí recogía, absolutamente, el espíritu de aquel tiempo que fue el nuestro, en el que nos conocíamos, en el que nos disfrutábamos, en el que nos ilusionábamos, en el que fuimos como dioses. El día que fuimos dioses...






Ya de novios íbamos a charlar de nuestras cosas a aquellos pubs de Rosales, de las Vistillas... Donde tú no parabas de hablar y de reír. Siempre me ha gustado escucharte, absorber la alegría de tus palabras que es inmensa cuando estás contenta, que es casi siempre. A veces, te detenías y se hacía un silencio, como si pasara un ángel, te abrazabas a mí y me susurrabas: "Dime cosas bonitas...".
Y eso es lo que hago, escribirte cosas bonitas. Para mí es fácil, porque voy al almacén de mis recuerdos y tengo las estanterías llenas de ellas. O abro nuestro álbum de fotos y me encuentro con tu belleza sin igual, como la de aquel día en que nos prometimos amor para siempre. Promesa que, a pesar del largo camino juntos y de las muchas curvas que hemos transitado ya, no hemos dejado de cumplir, ¡nunca!


Va por nosotros. Por ti y por mí. Por aquel tiempo y por el que nos queda. ¡Gracias por todo ello, por estar a mi lado, siempre, de corazón!

–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

Sí, escribir sobre ti es encontrar cosas bonitas a tu lado. Gozar de tu compañía mientras hacemos cientos y cientos de kilómetros sin cansarme ni aburrirme jamás. No te gusta conducir en carretera, salvo que yo te lo pida, quizás por ser una persona tan responsable y cuidadosa que necesitarías llevar todos tus sentidos en alerta para proteger como se merecen para ti los tuyos. Pero, a mí me gusta que me hables. Me concentro así mejor que en el puro silencio. Así que tenemos conversaciones interminables: sobre nosotros, sobre nuestros hijos, sobre nuestros amigos, sobre nuestros políticos y sobre el mundo en general. Y, mientras tanto, te interesas por mí, si tengo sed, si tengo hambre, si me pican los ojos y necesito una toallita refrescante, me cuidas y me mimas de una forma inigualable. Tú buscas las gasolineras, los restaurantes, me avisas si va a haber algún problema en el tráfico, o en el tiempo, llevas tu propio GPS que complementa al mío, en fin… Dicen que un viaje es una vida comprimida, … y así, diría yo, es como yo hago el viaje de mi vida junto a ti.
Ah, mi vida, mi vida, toda mi vida a tu lado, como en un interminable y entrañable viaje.

Y me acuerdo entonces de otro post que escribí hace algún tiempo. Ahí va:


TODA UNA VIDA

Llega otro año más. Hasta conformar toda una vida juntos. Recuerdo aquellos momentos de vino y rosas envueltos en aquel amor que arrancaba lleno de ilusión y de vida.
Sí, aquel amor que vivíamos en aquel viaje a las Rías Bajas, por ejemplo, con la luz de tus ojos, de tu sonrisa, de esa alegría inmensa que derrochabas entre el verde de las campiñas y el azul de las Rías
Y miro esta foto que te he hecho hace tan solo unas horas. Es fácil seguir enamorado de ti. Ha pasado el tiempo, pero no ha borrado tu sonrisa. Ni tu alegría. Ni la viveza de tus ojos. Ni tus ganas de conversar. Todo lo que me encandiló entonces, permanece. Y, a estas alturas, como nos decimos a menudo, ya no va a cambiar. Toda una vida juntos: la que ya hemos vivido y la que nos queda.





Encuentro este poema que escribí hace unos cuantos años y que forma parte de ese libro especial: “Treinta y cinco gramos de oro” que publiqué para ti en nuestro treinta y cinco aniversario. En él ya estaba todo esto que te digo hoy. Se llama precisamente

HOY COMO AYER

Tu sonrisa me seduce,
alegría y luz que sube a tus pupilas,
y a las mías, al verte.
Me seduce la armonía de tus labios.
La música de lluvia que cae sobre la tierra húmeda
que me trajeron tus pasos, me seduce.

Me seduce cuando caminas a mi lado
y vemos el mismo mundo
de forma tan diferente que nos hace reír.
Me seducen tus ojos chispeantes y risueños,
verte feliz me seduce,
acompasar nuestro paso.

Me seduce ver pasar los años contigo.

Amarnos por el día, me seduce,
con nuestras pequeñas cosas y nuestras rutinas.
Me seduce tu amor de noche,
cuando creamos nuestro mundo de dulzura y pasión,
bajo las estrellas que nos miran,
tu amor me seduce.

Me seduce ese mundo de recuerdos
de todo lo que hemos hecho juntos,
envejecer contigo me seduce.

Me seduce pensar en ti,
en tu compañía,
vivir los días que vendrán, me seduce.

Simplemente te quiero decir
que me seduces tú.
Como la primera vez que te vi,
como ayer,
como siempre,
me seduces.

Brindo por este año tan especial para nosotros. Y brindo también por el resto de nuestra vida juntos, que espero que sea larga y fructífera. Y tan feliz como lo ha sido siempre. Muchas gracias por todo ello.

–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––


Y siguen viniendo a mi mente tantos recuerdos y versos que he escrito para ti. Libros enteros, que no cabrían aquí, ni mucho menos.

Sí, sigues siendo esa mujer sencilla, austera, guapa a la que no le gusta presumir nunca, trabajadora, realista y pragmática, con una sola meta en el horizonte, tu familia, tu casa, tu gente, tu ciudad, tú día a día, lejos de farándulas y alharacas. Yo soy, quizás, el soñador, el platónico, como tú me llamas, el bulle bulle que se mete en todos los charcos, el amante de los viajes, qué se yo, tengo la inmensa suerte de que no solo me dejas ser lo que quiero ser, sino que a tu lado me sube la autoestima en todo lo que emprendo.

Aunque también tengo un lado organizado y previsor al máximo, como mi profesión de financiero, que convive tan ricamente con la de poeta o escritor o cineasta.

Así que en este viaje yo tenía dos cosas principales en mi mente: soñaba con encontrar esos dos lugares en los que te grabé hace treinta y siete años: aquella puesta de sol espléndida junto a una ría romántica y maravillosa, ya me gustaría a mí saber cuál, y encontrar aquel aparcamiento al lado de una carretera comarcal donde bailaste para mí. Sí, estaba como loco por llegar a aquellos dos símbolos de aquel amor joven y primigenio, convertidos ya en dos lugares íntimos y literarios. Y quería también hablar largo y tendido contigo sobre nuestros próximos veinte, veinticinco años que, en el mejor de los casos, nos quedan por estar juntos. Sí, siempre me ha gustado ser previsor, para gestionar luego bien las cosas.

Hace un par de semanas nos encontramos con una amiga del barrio a quien hacía algún tiempo que no veíamos. Le dijimos esas cosas que se dicen, qué joven y guapa estás, el tiempo no pasa por ti, etc. Se nos quedó mirando de una forma especial. ¿Sabéis?, nos dijo, ya tengo todo arreglado por si me pasa algo, es algo mayor que nosotros y divorciada, aunque con cinco hijos y un montón de nietos. Se había hecho el testamento vital y hasta buscado residencia después de haber visitado varias y tras un análisis minucioso, distancia respecto de los hijos, precio, etc.

Te miré, aunque no dije nada. Pensaba hacerlo durante nuestro viaje.

Rápidamente tú, con tu pragmatismo, te diste cuenta de que no íbamos a encontrar aquel par de lugares, símbolos de aquel amor juvenil nuestro. En 37 años había crecido la población, habían trasladado las carreteras, el paisaje era otro… No me quería dejar convencer por tu realismo, pero, al final, tras un par de días no me quedó otra, y eso que le mandé fotos y descripciones voluntariosas a mi amigo sabelotodo GPT. Tampoco mostraste un interés desmedido por hablar de todo aquello que nos había comentado nuestra amiga del barrio. “Uf, todavía no he pensado nada al respecto, ya hablaremos en Madrid”.

Así que solo nos quedó, me quedó por fin, vivir el presente. Ese pequeño puñado de días bajo un tiempo espléndido y un paisaje tan bello que impresiona y conmueve al que por allí pasa. Sí, vivir el presente contigo. Descubrir una vez más lo agradable que es viajar, vivir, disfrutar de eso que es lo único que tenemos: un pedazo de tiempo.

Descubrimos Allariz, pasear contigo por su viejo barrio románico, cenar unas tapas de marisco viendo un partido del mundial, sentir tu alegría, tu belleza a mi lado, junto al río. Ir a ese hotel recoleto, familiar, íntimo y entrañable, Eurostar, lo digo para que todo el mundo lo sepa y querernos allí como dos novios. Todo sencillo, agradable, natural, importante, como la vida misma.




Y revivir Sanxenso, su paseo marítimo lleno de alegría sana, de gente divertida y cordial, con una luna sobre el firmamento pedazo de oro sobre el intenso azul. Y los hórreos de Combarro, llenos de hondura y tradición y el albariño de Cambados. Gastar una tarde en la playa de La lanzada, animada de gente, pero sin avasallar, la brisa suave de veinticinco grados y el mar un poco estremecedor cuando te abraza, cuando lo sientes.




He descubierto los spas en este viaje. A ti no te gustan todavía como a mí tampoco me gustaban. Cosas de viejos, me decía. Esa forma de disfrutar pasiva no le atrae a un joven que encuentra placer solo en su impronta, en su actividad. Pero, el tiempo pasa y te descubres en sus aguas calientes y en sus chorros relajantes que no eres el más joven, ni por asomo, de sus visitantes. El spa rima con la reflexión, con saborear el tiempo tranquilo que va siendo propio de los que vamos cumpliendo cierta edad. Sí, me he enamorado de los spas que allí, en Galicia, son buenísimos.

Y llegar a El Grove, donde hace treinta y siete años no encontrábamos alojamiento, y acabamos en una pensión de mala muerte, en aquel viaje todo improvisación y aventur. Cruzar este pueblo de pescadores y llegar al puente que lo une a ese pequeño paraíso que es la Isla de La Toja. En esta ocasión, para compensar, habíamos reservado en uno de sus magníficos hoteles.

Tal vez por eso, esa tarde te pusiste un vestido que me encanta. Brillabas con él como una estrella más de las que sacaba el sol sobre las olas. Quise grabarte y tener así un recuerdo tuyo, tal vez para compensar el fracaso en mi búsqueda de aquella puesta de sol sobre la ría de hacía 37 años.

Sí, así fue: https://www.youtube.com/watch?v=BjgY8W3FbNk

Ahora, cuando lo reveo, me doy cuenta de que son los mismos diálogos chispeantes que los que se adivinan en aquella antigua película muda de la puesta de sol junto a la ría.

Y de que no hay mejor plan, ni previsión alguna que lo iguale, que esperar a que llegue la noche y que ésta deje hablar a nuestros corazones.

Sí, la vida avanza, se moderniza. Al poco tiempo, llegaron los vídeos con sonido, como ahora acaba de llegar la inteligencia artificial. Yo le había pedido al chat GPT un sitio especial para llevarte a cenar. Nada excesivamente formal, sino algo con buen marisco, ambiente agradable y sabor a lo auténtico de la tierra.

GPT me recomendó encarecidamente la tapería Adrede. Le insistí en que tenía que estar cerca del hotel, transitamos estos días los dos por algunos achaques, y me confirmó que por la distancia podríamos llegar a pie en veinte o veinticinco minutos. Fenomenal, nos dijimos, un paseíto para estirar las piernas.

No sabíamos cuánto. Yo desconocía que pudiera haber un promontorio tan alto al lado del mar. Llegamos a una cuesta tan pina como el filo de una enhiesta navaja. Allí se terminaba el pueblo y empezaba no sé el qué, hicimos un descanso a mitad de la cuesta, bajaban unos negros altos y rocosos que se nos quedaron mirando en la desierta calle. Una vez que se alejaron nos interesamos ambos por nuestras dolencias. Yo arrastro una tendinitis desde hace tiempo en el talón de Aquiles con origen artrósico, el mal de la familia materna, me había advertido mi médico antes del viaje: “Sobre todo nada de pendientes, ni de subida ni de bajada”. Y qué decir de tu rodilla, me dijiste que si abandonábamos y buscábamos otro sitio. Sobre todo, cuando vimos bajar una pareja con niño en un carrito, diciendo que aquello estaba cerrado a cal y canto y tenía pinta de que a lo mejor no se abría.

Pero, yo soy terco como una mula y te propuse subir yo solo antes de abandonar. Allí, afortunadamente, me encontré con un camarero que entraba y me dijo que abrían a las ocho y media, en cinco minutos. Era un chalet con muy buena pinta, aunque rodeado de obras y grúas en los colindantes. Empezó a llegar gente bien vestida y agradable y te animé a subir.
Compensó y de qué manera. No hemos comido vieiras semejantes ni queso tan bien curado.
Volvimos a El Grove dos horas más tarde, aunque allí la noche tarda más en entrar que en Madrid. Y, junto al puente de La Toja, quise despedirme de aquel mar nocturno, a saber cuándo regresaríamos a verlo de nuevo.
Hacía una brisa que te revolvía el pelo, pero yo te veía tan guapa como siempre. O más.

https://www.youtube.com/watch?v=s-8wB35GHRc


Sí, entonces me di cuenta de que nada había cambiado de aquello que vivimos juntos hacía treinta y siete años. Bueno, sí, había llegado el sonido, y la inteligencia artificial, y habíamos arrancado muchas decenas de hojas al calendario, y tu rodilla y mis talones nos dolían como si hubiéramos subido al Everest. Pero, aquello que nos unió, seguía vivo en nosotros: tu belleza, tu alegría, tu chispa, aquella luz que una vez sentimos seguía en nuestro interior.

Sí, ahora me acuerdo de ese destello que habla de esto mismo que nos pasa a nosotros. Y a otros muchos, el amor tiene más hijos de los que se piensa. En la voz inmensa de Rocío Dúrcal.

https://www.youtube.com/watch?v=1xlj-zAWEfg

Sí, el tiempo seguirá pasando. Es una lucha en la que él siempre gana. Nosotros nos hemos jurado volver por las Rías Bajas dentro de veinte años. Y juntos, claro. Los deseos firmes mueven montañas. Nosotros, por si acaso, se lo hemos pedido al “Círculo de los deseos” que se exhibe en el Paseo Marítimo de Sanxenso.


                                         

Nos queda por recorrer nuestra última etapa. Aquella en la que uno de los dos se quedará solo. Ojalá tarde mucho. En la Iglesia de la Concha de la Isla de la Toja encendimos aquel día veinte bombillas, la gente nos miraba, por qué tantas, pensarían.
Sí, el tiempo siempre gana. Yo, mañana, retomo mi novela “Sole, de soledad”, para ir practicando, y aprendiendo, supongo, hasta que nuestro documental, que se rodará en septiembre y en octubre, me deje, un documental, qué curioso, que versará sobre la soledad de las personas mayores. Ojalá no me toque a mí experimentarla, no me importaría volar el primero. Cuando piensas que hay otra vida, eso no tiene mucha importancia.
Me acuerdo cuando empecé a escribir una historia de amor como la nuestra, una historia de amor de las de antes, de toda la vida, esa que narro en mi novela “Regreso al Sauce Curvo”. Yo la presenté, qué curioso de nuevo, con un resumen de aquellos vídeos que grabamos en aquel nuestro primer viaje por las Rías Bajas:

https://www.youtube.com/watch?v=zFtLLvoWfiA

Ahora hemos realizado el segundo, treinta y siete años más tarde. Lo hemos pasado muy bien, volvemos con las pilas cargadas, yo, lleno de sueños y proyectos y tú, deseosa de pegarte a las personas que quieres otra vez, y a tu día a día, pragmático y realista, del que vivimos todos.

Nada me gustaría más que realizar ese tercero que hemos pedido.
“¿Y cómo lo haremos?”.
“Anda, pues alquilando un coche con conductor. ¿No te digo?”

Porque así sea. Cuando las cosas viren y los bastos se enseñen en la mesa, yo me colgaré de esas colinas verdes de esperanza y de esas rías que son igual que el cielo. Y de tu sonrisa. Y de tu alegría. Y de todas esas cosas que allí viví contigo.


martes, 14 de julio de 2026

EL MUNDO DE LOS RECUERDOS (para el proyecto "DESTELLOS")

 


Hoy me acuerdo de un post que escribí hace algún tiempo. Dice así:

RECUERDOS Y ESPERANZAS

Ya sabes que solo el futuro existe. El presente es un instante efímero y el pasado dejó de ser hace tiempo. Pero a ti te gustan los recuerdos y allí buscas tú, precisamente, tus esperanzas para continuar con la lucha de la vida.
Sí, ya sabes que solo la juventud tiene futuro. Los demás solo son, somos te dices con cierto dolor, barreras que derribar. Muros que detienen a ese futuro que llega.
Ayer fuiste a una universidad puntera. Quizá la más puntera de España y una de las más preclaras de Europa en estos momentos. Y tuviste el placer de trabajar con los jóvenes que empezarán curso universitario en el próximo septiembre: diseñar empresas para el futuro, negocios brillantes para la gente que llega, pintar los sueños que harán prósperos a los nuevos hombres de negocios.
Estos fueron sus sueños: Redes sociales nuevas para promocionar la música, ese lenguaje sonoro que golpea al cerebro y al corazón de la juventud como ninguno. Localizadores a base de bluetooth y GPS, de objetos perdidos, para gente con mala memoria o inclusive Alzheimer. Drones para mensajería, llevar medicamentos a sitios inaccesibles o, simplemente, regalos de amor a parejas lejanas. Y, por supuesto, cremas, infusiones, artilugios y pócimas para rejuvenecer, para volver a ser jóvenes o, al menos, aparentarlo y, ojo, dedicadas fundamentalmente a hombres, fueron lo que presentaron.
Alguno será trending topic en breve. Lo sabes. Cada tiempo tiene sus héroes. Sus líderes. Y tú lo verás. Serás testigo y, quién lo sabe, si también usuario de tales inventos. Los jóvenes tienen la fuerza, el empuje, la fe inquebrantable que les da la naturaleza. Ellos son los protagonistas del tiempo que viene. Y aquí paz y después gloria. Siempre ha sido así. Y siempre lo será.
Pero, inclusive cuando tú eras joven, a ti te gustaba pensar en tus recuerdos. Saborearlos. Volverlos a vivir.
Y siempre los revestiste de un áurea de paraíso. Paraíso perdido tal vez. Un paraíso al que volver.






No sé si los jóvenes de hoy lo hacen. Supongo que sí. Que tal vez. Que, de vez en cuando, también.
Porque puedes imaginar un futuro mejor, inclusive maravilloso. Que sea como un catalizador, como un imán que te atraiga y te lleve hasta allá.
O también puedes pensar en algo mucho más fácil: puedes imaginar que ya lo tuviste alguna vez. Ese mundo maravilloso con el que sueñas. En el pasado. En tus recuerdos. Y, entonces, será más fácil volver a tenerlo en el futuro. El viejo pensamiento romántico.
Tal vez, piensas, vosotros sois una vieja especie a extinguir. Pero si los jóvenes de hoy sueñan en cremas, liftings, pócimas para no perder la juventud, tú tienes el derecho a ir a la fuente donde mana la que tú una vez tuviste. La que te hace volver a sentirte joven de nuevo y sentir, otra vez, que el mundo es tuyo. Y pelear por él como un joven más.
Tal vez por eso, y solo por eso, tú escribiste esa nueva novela de MEMORIAS DEL SAUCE CURVO. La novela que te hace sentirte niño de nuevo.
Porque siempre se alcanza el futuro apoyándote en un pasado que te pareció maravilloso y puede volver a repetirse. Porque si no ¿el futuro en qué se asienta?
Sí, el destello cegador de los recuerdos: https://www.youtube.com/watch?v=flCb7-7FveI




Hoy escribo sobre los recuerdos y sobre el pueblo donde nací, El Sauce Curvo, al que le he dedicado, no una novela solo, sino toda una trilogía, la Trilogía del Sauce Curvo, la memoria guardada de toda una generación. La nuestra.

Sí, hace relativamente poco, encontramos en el altillo de un armario en nuestra casa de El Sauce, por pura casualidad, los vestigios de unos recuerdos entrañables para nosotros.

Yo escribí sobre ellos. Y ahora vuelvo a traerlos aquí. Porque a un par de metros de donde escribo tengo abiertas las maletas y muy dentro de mí un mar de emociones.


RECUERDO DE GALICIA.

Hace dos meses nos llevamos un gran disgusto. En la casa de Sace, un fontanero dejó floja una tuerca y, en nuestra ausencia, una subida de presión del agua nos produjo una inundación en el piso de abajo que afectó, entre otras dependencias, al interior de un espacioso armario que tenemos en nuestro dormitorio.

Para facilitar el trabajo a los pintores del seguro, una tarde nos dedicamos tú y yo a vaciar totalmente el mismo. Y, cuál sería nuestra sorpresa, cuando, al llegar al maletero, tras sacar una guitarra y no sé cuántos cachivaches más, dimos con una caja que, al abrirla, contenía el viejo proyector de súper-8 con el que visionábamos las viejas películas, de tres minutos y mudas, que grabábamos con aquellos primeros tomavistas de los ochenta.

A su lado, encontramos el tesoro de unas cuantas de aquellas. Yo pensé que se trataría de grabaciones mías de soltero, que habría arrumbado a tan recóndito sitio. Las mandé a digitalizar y, tras tres semanas de tardanza, nos llevamos la gran y maravillosa sorpresa. Eran del año 1989, aquel en el que nos casamos. Ahora hacemos, precisamente, nuestro treinta y cinco aniversario, que vamos a celebrar como Dios manda. Por lo que significa, las bodas de coral, según dicen, y, porque nuestro treinta aniversario pasó casi desapercibido. En 2019, perdí a mis padres con un intervalo de apenas seis meses.

Sí, este año, a instancias de nuestros hijos, vamos a renovar nuestros votos en un viaje maravilloso que estamos planificando desde hace tiempo. Y, qué mejor para prepararlo, que recordar aquel primero y más importante que hicimos, ahora hace treinta y cinco años.

El de Galicia no fue, propiamente, nuestro viaje de luna de miel, lo hicimos unos meses más tarde de este, en verano. Nos lanzamos a recorrer la entrañable tierra gallega sin planificar nada, tú y yo y nuestro querido coche: un Seat 131 Supermirafiori granate, que todavía guardamos en nuestra memoria. Fue inolvidable. A veces dormíamos, con todo ocupado en agosto, en sitios inverosímiles. Descubríamos juntos rincones bellísimos en las rías, disfrutábamos de nuestra juventud y de nuestro amor de entonces, ese amor primigenio e inigualable que brilla en sus comienzos como un rayo de sol. ¡Como brillabas tú!

Me dices: “¡Qué pena, ya no somos tan jóvenes, ya no somos nosotros! Pero sí que lo somos”, rectificas luego, “porque aquello que vivimos sigue en nuestro interior, forma parte para siempre de nosotros mismos”.

Por ello, ahora lo sé, ahora lo recuerdo, en algunos momentos de desencuentro ninguno de nosotros dos se ha decidido a abandonar nunca nuestro barco, siempre ha habido un imán, una fuerza interior que nos ha atraído de nuevo a estar juntos.

Ahora vemos de dónde nace la fuerza de ese imán. La sentíamos, pero no recordábamos de dónde nacía. Estaba allí, en el maletero de la casa de Sace. Aquello que una vez nos unió sigue brillando. Su luz no se apagará nunca. ¡Va por ti! ¡Y por mí! ¡Por nosotros! ¡Para siempre!

Sí, aquel destello cegador: https://www.youtube.com/watch?v=ImfyN2Xy-mE



RECUERDO DE GALICIA ( Y 2)

Entre las cintas que encontramos en el maletero de la casa de Sace, había algunas otras adicionales, más o menos deterioradas todas. Pero lo importante es el recuerdo.
Encontramos esta sobre uno de los días que recorríamos Galicia con nuestro coche, aquel Seat 131 Supermirafiori granate, que sale en este vídeo. Al que le teníamos un cariño como si fuera un guardián nuestro, un protector fiable y fiel de aquella pareja de recién casados que éramos nosotros, que paseaban su amor con esa alegría indescriptible de los comienzos. Qué poco sabíamos en aquellos momentos que tenía el pobre los días contados y que nos abandonaría en apenas dos o tres semanas. Pero esa es otra historia.
Aquellos días eran un tiempo luminoso y alegre. Lleno de complicidad y encanto. En los que tú paseabas con tu gorrito azul y con esa alegría íntima que siempre llevabas contigo y que permanece a mi lado treinta y cinco años después.
Ya no recordábamos estos momentos que muestra la cinta. Yo ni siquiera logro recordarlos ahora, después de verla. ¡Hubo tantos y tan buenos en aquel viaje! Pero sí que llevo muy dentro aquella luz que brillaba entre el verde de la campiña y el azul de las rías gallegas. Y, sobre todo, recuerdo la luz de tus ojos, de tu sonrisa,
Me acuerdo también de algunas anécdotas. Como la de aquel día que visitamos la isla de La Toja, atestada de gente por un congreso que había de no sé qué. La estuvimos paseando y viviendo hasta tarde, ya de noche tratamos de encontrar alojamiento en El Grove. Resultaba imposible. Estuvimos preguntando en hoteles, absolutamente nada, descendimos luego a hostales, imposible también, terminamos en pensiones, todo lleno. Al borde de la desesperación, en la última de estas nos ofrecieron por fin una habitación. Era muy tarde y estábamos agotados, así que nos alegramos como si nos hubiera tocado la lotería.
Subimos al primer piso por una escalera un tanto decrépita, pero la absoluta ruina la encontramos en nuestra habitación. Nada más abrir la puerta, te dije: "Discúlpame. Vámonos de aquí". "¿Dónde vamos a ir a estas horas?", me sonreíste, "apaga la luz y nos imaginamos que estamos en el Ritz". Y eso hicimos, puedo jurar que la imaginación hace milagros. Nos levantamos por la mañana descansados y hasta felices.
Apenas habíamos deshecho la maleta. Casi a oscuras, excepto un rayito de sol que entraba entre los cortinajes de la ventana, recogimos a base de tacto nuestras cosas y salimos de allí entre risas.
Al día siguiente después de dar muchas vueltas con el coche, descubrimos un hotelito familiar en un pueblo del interior, Caldas del Rey creo que era, a una media hora de la costa. Eso sí que fue la lotería. Lo habían abierto hacía poco y trabajaba allí toda la familia, se esmeraban en agradar a los clientes hasta decir basta. Y tenía un restaurante a base de productos típicos gallegos, para chuparse los dedos. Así que montamos allí nuestra sede central y desde allí nos desplazábamos cada día a un sitio. Volvíamos casi corriendo a cenar. Tenían un albariño que todavía no he olvidado y nos poníamos ciegos de marisco, particularmente unas ostras fresquísimas. Les prometimos volver. Cosas que se dicen de verdad en aquellos momentos, pero que luego la vida pasa y te lleva por otros derroteros...
Pero lo que más recuerdo, como decía arriba, era lo bien que lo pasábamos. Fueron unos días luminosos, divertidos y entrañables. Paseábamos nuestro amor con esa alegría desbordante que nos nacía de dentro. Y, siendo los dos, más bien tímidos y responsables, hacíamos mil pequeñas locuras cada día, como esta que ahora, al verla, no me sorprende. En aquellos días que vivíamos, claro. Aunque, de vez en cuando, también las hacemos todavía, ¿verdad?
Con el tiempo se me fueron olvidando los detalles de este viaje, como por ejemplo los de este vídeo, pero sí que se me quedó muy dentro ese paisaje luminoso que sigo viendo en tus ojos.
Muchos años más tarde, sin yo darme cuenta realmente, lo trasladé a mi primera novela, El día que fuimos dioses, en la historia de los protagonistas Eva Sanlúcar y Ferdinand, que se recorrían enamorados media España siguiendo las huellas de Antonio Machado. Y, ahora, estas cintas también me ayudarán a recrear los años ochenta y noventa, donde se narrará el amor de Germán y Clara, los protagonistas de la nueva entrega de la saga de El Sauce Curvo, que empezaré a escribir en cuanto termine el documental, espero que no más tarde del uno de junio. Al final, un escritor acaba convirtiéndolo todo en literatura.
Por ello, me alegra tanto haber recuperado algunas de estas cintas, tiene que haber más, probablemente junto al tomavistas que todavía no hemos encontrado.
Porque hay veces que no es necesario literaturizar, ni adornar con mayores efectos, el recuerdo nítido, real y hermoso de aquellos días inolvidables que pasé contigo, recorriéndonos Galicia, y que hoy vuelven a revivir ante nuestros ojos.
https://www.youtube.com/watch?v=0TuDBFnZsaI

Sí, la maleta me espera, al final hemos logrado sacar unos días a nuestra agenda para pasarlos en las Rías Bajas. No hemos vuelto por allí desde entonces. Bueno, sí, hace como unos quince años hicimos una etapa del Camino de Santiago, pero aquello era otra cosa, apenas tocamos las Rías Bajas y siempre fuimos rodeados de gente.

Este será un viaje parecido al del año aquel. Hace ya treinta y siete. Tú y yo, y nuestro coche. Y la verde campiña y el mar azul.

Un antiguo filósofo, ahora no me acuerdo cuál, decía que el pasado no debe ser un sofá donde tumbarse y solazarse, sino un trampolín para lanzarnos hacia el futuro y que seamos en él más buenos, más sabios, y más justos. Y más enamorados, si cabe, añadiría yo.

Sí, siento un mar de emociones. Todas ellas positivas. Nada de nostalgias inútiles. Porque los recuerdos de algo bello traen de nuevo la belleza dentro de mí. Y la hacen crecer luego para revestir de nueva luz el futuro que no deja de llamar a mi puerta.

Así que me pongo esa música y ese destello que me traen los recuerdos a mí y me hacen más fuerte, como dice esta preciosa canción de Luz Casal.

Cuando la pena cae sobre mí
El mundo deja ya de existir
Miro hacia atrás y busco entre mis recuerdos
Para encontrar la niña que fui
Y algo de todo lo que perdí

Miro hacia atrás y busco entre mis recuerdos

Sueño con noches brillantes
Al borde de un mar
De aguas claras y puras
Y un aire cubierto de azahar
Cada momento era especial
Días sin prisa, tardes de paz

Miro hacia atrás y busco entre mis recuerdos

Yo quisiera volver a encontrar la pureza
Nostalgia de tanta inocencia
Que tan poco tiempo duró
Con el veneno sobre mi piel
Frente a las sombras de la pared

Miro hacia atrás y busco entre mis recuerdos

Y si las lágrimas vuelven
Ellas me harán más fuerte

Yo quisiera volver a encontrar la pureza
Nostalgia de tanta inocencia
Que tan poco tiempo duró
Cuando la pena cae sobre mí
Quiero encontrar aquello que fui
Miro hacia atrás y busco entre mis recuerdos

Vuelvo hacia atrás y busco entre mis recuerdos

https://www.youtube.com/watch?v=-e6W0aWJIOs

martes, 7 de julio de 2026

TODO ESTÁ EN LA EDUCACIÓN (PARA EL PROYECTO "DESTELLOS")

 



Acabo de llegar de Londres, donde he asistido junto con mi mujer a la flamante graduación en el MBA de la London Business School de nuestro hijo Guillermo. Momentos de emoción, de orgullo, de satisfacción, de relax también, ese que te da el deber cumplido, los deberes hechos.

Han sido dos años de intenso trabajo en Londres, y también en Filadelfia, en la Wharton School. Tres, si se tiene en cuenta todo el proceso de preparación para el exigente proceso de selección de este tipo de universidades, el famoso GMAT.

Recuerdo cuando nos comentó sus intenciones. Abandonar un trabajo, bien remunerado y donde estaba muy reconocido, por la aventura de abrir las alas e intentar volar lo más alto, lo más lejos, allá, al límite de tus fuerzas, dispuesto a competir con los mejores. Yo se lo puse muy difícil, claro. Hasta que pude comprobar que no era un sueño platónico sino una intención firme y persistente, dispuesta a fajarse con las dificultades una y otra vez hasta vencerlas a todas.

Cuando tuvimos esa certeza lo hemos apoyado a muerte. Nosotros mismos hemos hecho también un MBA junto a él. Navegando por sus valles de tristeza, desánimo y soledad, ascendiendo por las laderas de su esperanza , de su fuerza y de su optimismo sin límite. Así que nos hemos graduado también con él y hacemos un poco nuestra toda su alegría y su satisfacción.




Sí, parar de trabajar y hacer un MBA de prestigio está muy bien, le decía yo, pero no sé si sabes que hay un club de "Frustrados de los MBA´s", que asciende a un 40% nada menos de los que lo terminan, que vuelven con las orejas gachas al mismo trabajo, o a otro similar al que tenían, a rodearse de los mismos compañeros que no han hecho ese esfuerzo gigantesco ni se han gastado todo su capital y además se han endeudado, salvo que les ayuden sus padres, para pagar unos estudios carísimos, y que ahora están a tu mismo nivel pero con muchos más euros en la cuenta y con el mismo futuro que tú. Sí, es una frustración enorme.

Así que no es solamente pelear con un idioma que es el de otros compañeros, pero no el tuyo, adaptarte a sus costumbres, a sus comidas, a su clima infernal, a lidiar con tu soledad lejos de tu familia y amigos, sino sobre todo a luchar porque se te reconozca debidamente lo que estás haciendo. Decenas y decenas de entrevistas exigentes compitiendo con los mejores, momentos de desánimo, de flaqueza, de pensar que te has equivocado, de sentirte cerca del "club de los frustrados"...

Todo ha terminado bien, gracias a Dios. Y tus esfuerzos, y los nuestros, han merecido mucho la pena. Tienes tu trabajo en la capital financiera del mundo, en el private equity, que es lo que te gusta, y con las condiciones de remuneración y categoría propias de un MBA Man. ¡¡¡Felicidades!!! Nosotros también nos encontramos muy felices. Pero, nada se termina, ¿verdad? Ahora hay que continuar desarrollando una carrera profesional, aplicando todo eso que has aprendido... Sí, siempre hay que seguir pedaleando.

Y todo esto me lleva a mí, como siempre, a mi literatura, un escritor literaturiza todo lo que vive, todo lo que le ocurre.... ¡Ah, ser padre...! Ese oficio maravilloso que nadie nos enseña. Y que vamos aprendiendo con el viejo método del acierto y del error.

¡Ah, el día soñado que asumes que eres padre! Vas a ser el mejor padre, te dices. Y tu hijo va a ser el mejor en todo.

Yo escribí una novela , "Regreso al Sauce Curvo", dedicada a la gente de mi generación. También quisimos ser los mejores padres... Ahí va este capítulo:

QUERÍAS TANTO A TU NIÑO

Sí, no le entendías ni papa, pero querías tanto a tu niño, que querías que fuera el más alto, el más listo, el más guapo. Y te frustrabas cuando no lo veías el primero en todo.
Íbamos Clara y yo a nuestro pediatra, un médico ya maduro, cerca de los sesenta –y de los sesenta mil niños que habría visto en su vida–. No se inmutaba ni aunque viera un buey volar. Auscultaba al niño, que nada más verlo empezaba a berrear, pero él era como si estuviera escuchando música clásica. Terminaba:
–Germán está bien. Lo veo el mes que viene.
–Pero, doctor –le decía Clara– ¿no le mide la cabeza? Una amiga del parque me dice que es muy importante para prevenir que no venga con meningitis.
El médico no se sulfuraba.
–¿Es su amiga, médico? Ya veo yo que su niño es normal. No se preocupe. Y no hable tanto de estas cosas con sus vecinas y amigas, que luego se pone muy nerviosa.
–Mídasela, por favor.
Y el médico cogía al metro y le medía la circunferencia del cerebro, sin prestar mucha atención.
–¿Y no la apunta, doctor, para compararla con la del mes que viene?
El médico se empezaba a sulfurar.
–A ver, Clara, ¿está preocupada por algo?
–Pues sí, doctor. Mi Germán habla menos que otros niños de su edad.
El médico empezaba a resoplar.
–Nunca he visto a un niño normal que no acabe andando, y hablando, y comiendo… ¡Pero cada uno lo hace a su ritmo! ¡Concentrándose cada vez en una cosa! ¡Si Germán habla menos, seguro que anda más, o está más espabilado en otras cosas!, ¿no es así?
-Sí, doctor, pero a mí me gustaría que también hablara más.
Al médico se lo empezaban a llevar los demonios.
–¿Y qué quiere que hagamos? ¡Que le atemos para que no ande, a ver si así habla más…! Cuando domine una cosa, pasará a la siguiente, no se preocupe…
–Claro, si el niño fuera suyo…
Ahí el médico saltaba.
–He tenido cinco, señora… ¡Y por aquí han pasado miles! ¡No me enseñe mi profesión! ¡Se lo voy a decir en dos palabras! ¿A que esas mismas señoras que le ponen los dientes largos con su niño son las mismas que también se lo ponen con su coche, con su piso, o con la madre que las parió? –acababa fuera de sí el médico.
Ahí saltaba yo, claro.
–Oiga, háblele bien a mi mujer, no pierda los papeles.
Clara miraba a Germán con adoración.
–Yo solo quiero lo mejor para mi hijo.
El médico se enternecía.
–Y yo estoy para ayudarles. ¿Recuerdan por qué no dormía el niño? Pues con todo es igual. Denle cariño y protección a Germán y dejen a la naturaleza que haga su trabajo, no se metan ahí, ya verán cómo el niño crece fuerte y sano.
Sí, eso era muy fácil decirlo, claro, pero un padre primerizo se desvela cada minuto observando si su niño cumple sus expectativas.
Eso de cumplir las expectativas era muy importante para los padres de entonces. Habíamos pasado nuestra juventud llenos de carencias y esfuerzos. Y habíamos sido tremendamente austeros con nosotros mismos. Gracias a ello, habíamos progresado, como también lo había hecho nuestro país, y por las mismas razones, y, en aquellos momentos, gracias a ello, podíamos vivir mejor que lo habían hecho nuestros padres, y estos vivían a su vez, ahora de mayores, y jubilados, mejor que nunca.
Todo lo que nosotros no habíamos tenido de niños y de jóvenes, queríamos dárselo a nuestros hijos. Los abuelos, lo mismo. Y, claro es, queríamos ver unos resultados acordes.
Sí, con el tiempo, seríamos unos padres permisivos y mimaríamos a nuestros hijos hasta decir basta, dándoles el mejor móvil, el mejor ordenador, pagándoles viajes y estancias fuera para aprender inglés, etc., y no exigiéndoles nada a cambio.
Nosotros, habíamos simultaneado trabajo con estudios y encima ayudábamos a nuestros padres en lo que nos pedían, y no nos gastábamos ni un euro, digo, ni un duro. Nosotros queríamos que nuestros hijos no pasaran por esto.
Los protegíamos y los defendíamos a capa y espada. Íbamos a los colegios y nos sulfurábamos si algún profesor se atrevía a suspender a nuestro niño o trataba de explicarnos que nuestro hijo no servía para estudiar, pero que, quizás, sí valiera para otras cosas.
–Su hijo no vale para las matemáticas. No las ve, pero tiene otras fortalezas – decía el profesor de las ídem.
–¿Que no las ve? ¿No será que usted no se esmera con él? Ahora mismo voy al rector y le pongo una queja.
–Haga usted lo que le plazca. Su obligación, como la mía, es conocer a su hijo.
–¿Qué me quiere decir? ¿Que acepte que mi hijo es tonto, porque lo diga usted?
–Allá usted, si piensa que por ser hijo suyo va a ganar el Nobel. Puede ser muy bueno en ciencias sociales, por ejemplo.
–¿Ciencias sociales? Yo quiero que sea ingeniero, como yo. Pero mucho más importante, claro. De los que mandan, lideran, que se dice ahora.
Y en este plan. Dábamos todo a nuestros hijos para que fueran mucho más que nosotros. Para que fueran la bomba.
Criamos así unos hijos con todas las facilidades, ajenos a la crítica y súper protegidos. Alejados de la práctica de la cultura del esfuerzo y de la superación, que nosotros tanto habíamos practicado, e inexpertos, en cambio, en luchar contra la frustración que la vida humana trae consigo muchas veces.
Cuando nuestros hijos llegaron a mayores, los padres teníamos, claro es, las expectativas más altas. Y no entendíamos cómo, habiéndolo tenido todo en su infancia y juventud, eran capaces luego, de adultos, de conseguir tan poco, de ser tan torpes, y tan débiles, en la lucha por la vida.
¡Qué razón tenía nuestro pediatra! ¡Y la cuidadora de El Sauce, Adela! Queríamos lo mejor para nuestros hijos, y muchas veces no supimos dárselo, porque no queríamos que sufrieran y se esforzaran, que penaran con sangre, sudor y lágrimas el éxito, como nosotros lo habíamos hecho.


Sí, hoy leo en el periódico, que la educación que les dimos a nuestros hijos, ese exceso de protección, junto a unas altas exigencias para las que no están preparados, ha sido una bomba. Los pobres se sienten a menudo frustrados porque no cumplen con nuestras expectativas y los ansiolíticos y las depresiones crecen por doquier.
Los jóvenes reciben unos salarios exiguos, craso error, mucho más bajos que el resto, lo cual, junto al hábito del consumo excesivo, muchas veces de cosas superfluas, castiga el ahorro y, por tanto, la capacidad de inversión de las nuevas generaciones, que se ven obligadas a vivir en la casa paterna, muchas veces hasta los cuarenta.
Sí, los padres competíamos entre nosotros por darles lo mejor a nuestros hijos, repudiando la cultura del esfuerzo y de la superación que a nosotros nos había llevado hasta donde estábamos.
Hoy, el temor de los políticos es que los jóvenes se desenganchen de la cosa pública, son conscientes de que en muchos casos van a vivir peor que sus padres. Y temen que sea una generación fallida.


Quizás, esta mañana, en la que el doctor Alzheimer me deja pensar claro, encuentro, en esto, una de las muchas razones por las que las parejas de hoy no quieren tener hijos.
A lo mejor, todo este negativismo que siento, solo es porque hoy noto la ausencia de mi hijo más que nunca. Me falta aquel olor suyo, de cuando lo abrazaba para llevarlo a dormir. Me faltan sus brazos, de cuando le enseñaba a caminar. Me falta su lengua de trapo, pa-pa-pá, de cuando aprendía a hablar… ¡Me falta tanto de él!
Me acerco a Clara y le cuento todo esto que me pasa. Ella me abraza y me dice al oído.
–Germán, no te sientas culpable porque él no está. Esta vida es así, no atiende las preguntas que le hacemos cuando nos roba a alguien. Solo espera que nosotros, por nosotros mismos, nos las contestemos. Quisimos a nuestro Germán. Murió con 33 años. Y hasta entonces fue una buena persona, honrado y trabajador como ninguno, creó una familia, y nos quiso mucho. Y nos dejó al pequeño Germán, que tanto te quiere.
Y a mí, con estas cálidas palabras de Clara, se me hincha, por momentos, el pecho de buenos sentimientos. Y la cabeza, de buenos pensamientos.
–Gracias, Clara. Tú eres lo mejor que me ha pasado en esta vida.
Y veo cómo Clara se ruboriza un poco. Y unas lágrimas asoman a sus ojos, aunque ella me ofrece, para que no se las note, una amplia sonrisa. Yo, me acuerdo de la que tenía entonces. En aquel cuadro del salón. ¡Me reconforta ver que ambas sonrisas son la misma!
Y me siento, todavía, como me sentía entonces: como cuando miraba aquel cuadro con Clara en la cima de su belleza y de su alegría.
Sí, hoy me siento como entonces: el hombre más afortunado del mundo.

––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

Nada hay comparable, no creo que pueda haberlo, a la pérdida, a la muerte de un hijo, como tratan de afrontar en mi novela sus padres: Germán, encima con problemas de alzheimer, y su adorable mujer, Clara.

Pero, cuando nuestros hijos se hacen mayores y vuelan ya solos, y más si ese vuelo los lleva muy lejos, a otras tierras, a otros idiomas, a otros vínculos emocionales tan distintos a los nuestros, a la satisfacción inmensa por sus logros se une también una sombra de tristeza, de alguna manera también los estamos perdiendo, como Clara y Germán en su novela.

Y, contra más lejos lleguen, más distante estará en el futuro su mundo del tuyo. Y esto además de mucha alegría por sus sueños, produce temor, ya digo. Y tristeza.

Pero, yo quiero pensar que algo de lo que tú sembraste quedará siempre en ellos. Y eso será la unión inmarchitable que perdurará más allá de la geografía y del tiempo.

Al día siguiente de la graduación, su novia, una encantadora chica americana que afortunadamente habla unas palabras de español, trabajaba. Así que nuestro hijo nos llevó a dar un paseo cerca de su casa, por el mítico Hyde Park.
Y algo de esto que cuento rezuma en este destello que brilla para siempre entre el verde del césped y de los árboles de este parque lleno de vida.

RECUERDO DE HYDE PARK: https://youtu.be/_37kSMY8EBY

        



                       En el luminoso apartamento de Guille y Sofía, a dos pasos de Hyde Park.


              Los jóvenes que están llamados a liderar los negocios en los próximos años.

Y, por supuesto que volveremos muchas veces a Londres, será nuestra segunda ciudad, eso sí, los dos juntos: yo he perdido mucho inglés, pero todavía me defiendo y ella, con un inglés más básico, tiene un sentido espacial que a mí me falta, que me pierdo cada dos o tres calles. Así que siempre "together".

En casa siempre le hemos dado mucha importancia a la educación, mi mujer tras su trabajo ha hecho miles de deberes con ellos y siempre se ha encargado de que su formación académica fuera estupenda. Yo, con menos tiempo disponible, he tratado de que conocieran este mundo y se educaran en él. Recuerdo nuestra preparación conjunta para aquella vivencia inolvidable de la Ruta Quetzal y de nuestros viajes alrededor del mundo. Como este que narro abajo, que tiene que ver mucho con la educación.


    VIAJE A SINGAPUR. LA CIUDAD DEL FUTURO.

Yo había estado ya en Singapur en el año 2007, por motivos profesionales, y ya me había impresionado mucho esta ciudad que es un mini estado en sí. Me quedé un fin de semana por mi cuenta en ella y allí, en un flechazo mutuo, arrancó la escritura de mi primera novela "El día que fuimos dioses", ambientada en sus calles en su Libro I, "Lluvia en Singapur", que define el estilo literario de toda la obra.

Dieciséis años mas tarde compruebo que Singapur está en el podio de las grandes ciudades globales del planeta y quién sabe, para los gustos están los colores, si en primerísimo lugar. Para mí lo está. Y, en cualquier caso, debería ser de visita obligada para los occidentales, sobre todo para los jóvenes, para que conozcan la vanguardia de por dónde va el futuro.

Los europeos todavía nos consideramos el ombligo del mundo pero hace tiempo que ya solo somos lo que fuimos. La pujanza, la efervescencia, la ilusión y la creación de riqueza están en Asia. Y dicen que en la Costa Oeste americana, tengo pendiente una visita por allí, veremos.

Singapur te impacta con sus desarrollos espectaculares, el grandioso centro comercial y de ocio Marina Bay Sands, que no existía en mi primera visita, te deja boquiabierto, levantado en terrenos ganados al mar. Desde su terraza, con la piscina más grande y más alta del mundo, puedes disfrutar con el skyline de la ciudad, pero también de sus dos espectáculos diarios de luz, agua y sonido que congregan embobados a los visitantes. El parque y los invernaderos que lo circundan reúnen a la mayor colección de plantas tropicales del planeta. Y qué decir del Casino, del Art Science Museum, del centro comercial y de negocios. Todo ordenado y limpio, inundado de orquídeas por doquier...

No hay inversiones de esta magnitud en Europa. Pero no solo son las inversiones, la creación ingente de riqueza, hay una calidad de vida, generalizada, que supera con creces a la que ofrecen las grandes ciudades europeas. En Madrid tenemos un gran Metro, y un gran Aeropuerto, pero cuando llegas allá te das cuenta de los extras de calidad que nos faltan, simplemente van delante, y por mucho. Y a unos precios más bajos que en España. Las cosas funcionan, son más amplias, más limpias y más hermosas. Así de sencillo, así de claro. Y la gente tiene más ilusión, es más amable. Hay mucha más seguridad.

El índice de calidad de vida, la falta de corrupción, la renta per capita, más del doble que la española, la calidad de la sanidad, el índice de competitividad y eficiencia. Singapur es un referente mundial en cada uno de estos indicadores.

¿Y cuál es el secreto? Supongo que hay muchos, yo me quedo con este: Singapur encabeza el informe PISA mundial de calidad de la enseñanza. Los profesores son respetados y pagados como una de las profesiones más importantes y de más prestigio en el país. A mí, cuando regreso a España, y veo lo que hay, esto me hace reflexionar. Sin una buena educación, no hay futuro. Así de sencillo.

Por ello me alegro muchísimo que nuestros dos hijos nos hayan acompañado. Para que vean de primera mano, quién va por delante. Inclusive estuvimos en Insead, su prestigiosa escuela de negocios, que comparten con Francia. Y les proporcioné un contacto, y una reunión, a esta edad, uno es solo ya su agenda, con la General Manager del BBVA Southeast Asia, Singapur es también un centro financiero de primer orden mundial, y portuario y sanitario y de turismo de calidad...

Yo todo eso se lo reconozco, también es verdad que está en las chimbambas y que tiene un clima de mierda, también así de claro, con un grado de humedad cercano al del agua. También les reconozco que manejan la diversidad religiosa y racial, que allí es intensa, de forma envidiable. Cuando llegamos celebraban la fiesta nacional, todos unidos, y se me caía la baba: todos juntos, blancos, rubios y amarillos... Igualito que en España, vamos.

Pero uno ama a su país, más que a ningún otro y piensa, en su ingenuidad, que todavía es tiempo, que todavía tiene remedio, que tenemos una historia más importante que la de nadie y que solo nos hace falta lo que ellos tienen, una ilusión colectiva y una educación que forme a nuestros hijos para su mejor futuro. ¡Brindo por ello!

Yo probablemente no vuelva por Singapur. ¡Hay tantos otros sitios para visitar y el tiempo va menguando! Pero guardo en mi cabeza, para siempre, algunos ratos en la terraza de nuestro hotel a las tantas de la noche viendo el Sky Line de la ciudad o dándote un baño en la piscina con su temperatura tropical o rodeado de mis personajes de "El día que fuimos dioses", aquel tiempo..., todos lo llevamos en nuestro interior, pero a veces se despierta en una ciudad lejana y exótica que te lo recuerda, que te muestra que todo es posible...






Sí, fuimos a Singapur en 2023. Y en 2024 nuestros dos hijos decidieron ambos hacer un MBA

Ah, la educación, la educación, yo siempre lo he tenido muy claro. En mi libro "Mil palabras para la felicidad " hablo de ello:



LA NUEVA EDUCACIÓN Y LA FELICIDAD

Que la educación es una de las cosas más importantes de la vida creo que no le cabe duda a nadie. Es así ahora y también lo fue antes. Ya el primer filósofo griego, Hesíodo, allá por el año 700 a. C. decía: “La educación ayuda a la persona a aprender lo que es capaz de ser”. Nada más y nada menos. Y en los tiempos que vienen eso será también así. Si no más.
Pero ¿qué es educar? Proviene del latín educare que significaría “dirigir, conducir, encaminar a”. “Desarrollar las facultades intelectuales y morales”, dice la RAE. Siendo la educación: “el conjunto de habilidades o conocimientos intelectuales y morales que tiene una persona”. Casi nada, ¿verdad? Es decir, la educación es casi todo lo que somos.
Pero, ¿cómo debería ser la educación del mundo que viene, tras la revolución tecnológica a la que estamos asistiendo? En opinión de Jimmy Wales, el fundador de Wikipedia, el peso de la “educación informal”, cada vez será más importante.
¿Y a qué llamamos educación informal? Pues sería aquella que recibimos, o buscamos, o nos llega fuera del sistema tradicional: primaria, secundaria, bachillerato, grado universitario, máster, etc. Básicamente, todo el mundo de noticias, informaciones e interactuaciones con internet, redes sociales, blogs, cursos on-line etc., mucho más conectados con la comprensión y la velocidad del mundo de hoy.
En realidad, opina Jimmy Wales, el principal objetivo de la educación formal debería ser preparar e incentivar a los alumnos a saber cómo aprender. A dotarse de las herramientas para manejarse en la educación informal, ese maremágnum de información que hoy está al alcance de todo el mundo.
Admitamos que Wikipedia y otros instrumentos de la red han conseguido el mérito, no menor, de poner a disposición de cualquiera, y de manera gratuita, el conocimiento acumulado que existe sobre el mundo. Pero, también, en la red se vierten opiniones, a veces no fundadas, juicios sumarísimos, tergiversaciones, cuando no directamente falsedades con intereses ocultos, las famosas “fake news”.
¿Qué educación deberíamos recibir al respecto en el mundo que viene? La educadora y experta en tecnologías estadounidense Esther Wojcicki, afirma que la educación debería ser la clave para hacernos dueños de nuestro propio destino, el famoso empoderamiento personal. Y en una reciente entrevista concedida al BBVA, manifiesta que para ello son necesarias cuatro habilidades:
La comunicación: no solo saber cómo expresarnos nosotros, sino captar bien los mensajes de los demás, saber qué es lo que les mueve.
Sentido de la colaboración: aprender a trabajar en equipo, en un mundo tan interconectado esto es esencial.
Pensamiento crítico: saber separar el polvo de la paja en el montón de información que recibimos a diario. Tener nuestro propio criterio para diferenciar lo que es cierto y útil de lo que es solo ruido, cuando no fake news.
Creatividad: hemos de pensar que las tareas más rutinarias y automáticas pronto las coparán los robóts. Debemos cultivar la curiosidad y la innovación. Y superar el miedo al fracaso que conllevan ambas.
Anotemos que en ningún caso habla de conocimientos y preguntémonos cuál es el núcleo todavía de nuestra educación y de nuestros exámenes. Mucho por cambiar, ¿verdad?
Otro tema importantísimo es la formación en el trabajo. En el mundo que viene deberemos acostumbrarnos a vivir en un proceso continuo de aprendizaje de los nuevos paradigmas y de desaprendizaje, ojo, de los que ya no sirven. La formación no terminará en la universidad. Ahí, realmente, empezará y durará toda nuestra vida laboral, si queremos ser elegibles en los nuevos tiempos.
Y no será, esta de la formación, solo una misión de cada persona, de cada trabajador. Las empresas punteras deberán inculcárselo también en su ADN. Realmente, la formación, al final, será el elemento competitivo diferenciador entre unas plantillas y otras. Y las empresas deberán invertir cada vez más en ello, si quieren sobrevivir. Aquí no dejo de acordarme de aquel viejo visionario y emprendedor que fue Henry Ford: “Solo hay algo peor que formar a tus empleados y que se vayan. No formarlos para que se queden”. Palabra de sabio, ¿no creen?
Unas reflexiones últimas sobre la educación en la familia. En la generación que ahora tiene hijos de 20/30 años hemos sido buenos padres en unas cosas (nos hemos desvivido por ofrecer a nuestros hijos recursos que nosotros no tuvimos y también les hemos dedicado nuestro tiempo), pero hemos sido unos pésimos padres en otras: principalmente en esa sobreprotección que les hemos dado a nuestros hijos para evitarles todos los peligros, mezclada con un alto nivel de exigencia, de retorno, que correspondiera a nuestra dedicación, a nuestros desvelos por ellos. Esa mezcla ha sido una auténtica bomba de relojería: porque su resultado combina al mismo tiempo personalidades no duchas en las dificultades, junto con frustraciones derivadas de expectativas muy altas que recaen sobre ellas. La explicación de muchos fracasos de los jóvenes de hoy tiene esa raíz.
Para el futuro deberemos volver, sin embargo, al sentido primigenio de educar: encaminar, conducir a. Ese es el papel de los padres: orientar, motivar, vigilar, modular, nunca imponer o hacer el propio camino que lo deberán realizar los propios hijos. Confiar en ellos, en su libertad de elección. Y dotarlos de herramientas, no solo materiales, sino de una educación integral que realmente los empodere por dentro a ellos mismos: les haga capaces de realizar sus propios proyectos.
Yo me quedo, al efecto, con lo que resumía Ever Garrisson: “Un buen maestro –yo lo extendería a un buen padre– es una brújula que activa los imanes de la curiosidad, del conocimiento y de la sabiduría de los alumnos”.
Porque no nos olvidemos, y luego nos llamemos a andana, que “lo que se les de a los niños, los niños darán a la sociedad”, como ya advirtió el famoso psiquiatra estadounidense Karl A. Menninger.
Y todavía antes se dijo, recojo yo ahora barriendo para mi esquina literaria, el que para mí es el quid de la cuestión: aquello sobre lo que ya nos aleccionó el brillante escritor que fue Óscar Wilde: “El mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices”. No lo olvidemos.

Me viene a mi mente un destello que tanto ha hecho por la modernización de la educación en nuestro país entre el gran público. Se llama "Aprendiendo juntos", un canal de you tube. Yo lo sigo a menudo. Y no solamente porque está esponsorizado por la que fue mi empresa durante cuarenta años, sino porque merece mucho la pena:

APRENDIENDO JUNTOS: https://www.youtube.com/watch?v=imrNJZwmY0g


    Precisamente un viejo amigo mío de mis tiempos de financiero, Patxi,  a la sazón Senior Director del BBVA todavía en activo en BBVA Londres nos acompañó en una cena posgraduación. 

     



Guillermo con su novia, Sofía:


En la fiesta nocturna de posgraduación: 




Con sus amigos íntimos de MBA


En una excursión por Oxford donde yo hace cuarenta y cinco años gasté un mes estudiando inglés: la encontré igual que la recordaba.



 En ese monumento a los orígenes ingleses: Stonehenge.


Y, cómo no, en el castillo de Windsor, que es toda una ciudad, como no podía ser menos.


La London Business School, aprovechando el magnífico tiempo que hacía, nos obsequió en sus jardines con un delicioso cocktail a los alumnos y a sus padres. Mi mujer, siempre tan detallista, divisó un sauce cercano. Y quiso hacerme una foto en él:



Ah, la literatura, siempre la literatura...


Aunque esta semana me toca cine. Ya hablaré de ello.


Según estoy cerrando este post, mi hija, que no quiere ser menos, me dice que ya ha recogido su título del Executive MBA  en el IE University, cuya graduación celebramos hace unas semanas. Aquí queda, campeona.