viernes, 6 de febrero de 2026

LA PRIMERA NOVIA

 

LA PRIMERA NOVIA

            Mi pandilla y yo vivíamos entonces en la época de imitación de los mayores. Todo lo que veíamos lo copiábamos al instante, con el afán de experimentar en nosotros mismos aquellas sensaciones tan difusas y tan extrañas en las que debía consistir ser mayor, que era algo tan deseado y, al mismo tiempo, tan lejano para nosotros.
      Bebíamos a escondidas, fumábamos, nos peleábamos como ellos, jugábamos a sus juegos, sobre todo a las cartas con dinero, aunque en menores cantidades por supuesto, y menospreciábamos e ignorábamos, como hacían ellos, a los más pequeños que nosotros, claro.
       Pero en los temas amorosos no pasábamos todavía de la fase de observación de lo que hacían los mayores.
       Íbamos al baile del Callejón del Horno y clasificábamos a las parejas por la intensidad con la que bailaban, como ya expliqué. Y, cuando detectábamos a unos tortolitos, los torturábamos con ahínco.
      Lo más frecuente era pasar a su lado mientras les tirábamos “pegotes”, que eran unas bolas llenas de suaves pinchos provenientes de una planta común, parecida al cardo, que crecía por los caminos. Se pegaban, particularmente bien, en prendas de lana, muy habituales en otoño y en invierno.
      Los miembros de la acaramelada pareja, concentrados sin duda en los cálidos sentimientos que experimentaban sus cuerpos y sus corazones, ni lo notaban. Cuando acababan de bailar tenían las espaldas y el culo lleno de bolas. A veces no se daban cuenta hasta que hacían un descanso en el baile y se sentaban en alguno de los bancos y sillas que había alrededor del salón. Ahí sí que los sentían, claro.
      Entonces, el chico, aparentemente enfadado, miraba por los alrededores y amagaba como que se levantaba a perseguirnos,  mientras exclamaba.
     - ¡Malditos críos!  
      Aunque en el fondo, tanto la chica, aunque ella de pronto se escandalizara, como el chico, estuvieran orgullosos de haber sido elegidos por los críos como los más efusivos de la noche. Luego, se iban discretamente a un rincón y se quitaban el uno al otro, los pegotes de sus cuerpos, como el pago de un precio mínimo que debían efectuar tras el disfrute de un rato tan agradable bailando ambos tan  juntitos.
      Recuerdo a  una pareja particularmente embobada y hasta transfigurada que no se hubiera desenlazado ni aunque hubieran empezado a tañer las campanas, que estaban allí al lado, avisando que venía la aviación a bombardear el pueblo.
      A estos les llenamos los bolsillos de pequeñas piedras y guijarros. Al chico los dos bolsillos de la chaqueta, con medio quilo de piedras cada uno y a la chica los dos bolsillitos de su rebeca azul, que acabaron reventados por el peso. ¡Pues nada, ni por esas! Acabaron casándose al poco, claro. Supongo que para dejar de estar abrasados por aquella pasión tan absorbente como placentera.
      Para los casos más peliagudos teníamos al pequeño Agus. Le llamábamos el pequeño Agus, pero no porque fuera pequeño de edad, tendría sus ocho o nueve añitos como nosotros, sino porque en un momento determinado su organismo decidió no crecer y se quedó convertido en un auténtico tapón. Hasta que sus padres, muy preocupados, acabaron llevándolo a Guadalajara a que lo examinaran a fondo y le recetaron unas vitaminas con las que, unos años más tarde, consiguió despegar un poco.
      Pues bien, el pequeño Agus, aprovechando su estatura, era el experto en lo que denominábamos “el restregón”.  Lo mandábamos por los rincones donde recalaban las parejas particularmente enceladas y allí con una pequeña linterna las examinaba de cintura para abajo.
      Cuando detectaba las manchas típicas del “restregón” venía  todo alborozado a contárnoslo, sobre todo porque tampoco eran tan frecuentes como nosotros hubiéramos deseado.
       Entonces ejecutábamos nuestra estrategia, diseñada para estos casos, que era tan terrible como la que hubieran utilizado los más abyectos inquisidores.
      Desenrollábamos nuestro pequeño cartel y luego le pegábamos por las esquinas unos trozos de celo.
      A continuación, teniendo ya perfectamente identificada a la pareja infractora, les colgábamos el cartel en la espalda. A ser posible en la espalda de ambos, con un letrero cada uno, porque considerábamos culpables a los dos.  Aunque, puestos a elegir, más a la chica que, quién sabía por qué, concentraba siempre todas las culpas de aquella educación un tanto machista que era no poco infrecuente entonces.
        Les solíamos poner: “ ¡Guarros!”, “Cerdos”, o lindezas similares.
        Entonces, cuando se daban cuenta, la chica iba corriendo al perchero a ponerse el abrigo y ocultar las evidencias y el chico montaba en cólera y nos perseguía por el salón hasta que nosotros alcanzábamos la puerta y huíamos a toda velocidad para llegar a la fuente  y  rememorar allí, una y otra vez, nuestra hazaña.
     El pobre Agus que era, por su estatura, el que menos corría, sufría a veces las iras del mozo, que le alcanzaba y plantaba al pobre un par de tortas que le dejaban la cara calentita para toda la noche. Nosotros lo consolábamos cuando se reunía con nosotros en la fuente y lo coronábamos como héroe del “restregón”, sin que muchos de nosotros supiéramos, a ciencia cierta, en qué consistía aquel bochornoso espectáculo de las manchas.
      Con las chicas de nuestra edad, sin embargo, nos cortábamos como la leche con el vinagre y éramos, la mayor parte de las veces, todo lo contrario a héroes resueltos y decididos. A veces nos íbamos a jugar con ellas, pero todos sus juegos acababan en secretos,  risitas y cuchicheos y nosotros entonces nos sentíamos nerviosos y un tanto desorientados y siempre terminábamos tirándoles algo: agua, pegotes, arroz y similares para aliviar aquella tensión que sufríamos y sacudirnos de encima aquel complejo de inferioridad y de inexperiencia que, de una manera envolvente y difusa, experimentábamos a su lado.
     Sí,  una cosa eran las heroicidades de la pandilla  en grupo y otra, muy distinta, lidiar con aquellos incipientes sentimientos amorosos que empezaban a embargarnos en presencia de aquellas damas diminutas y, también, con los procesos de emulación de lo que veíamos, o intuíamos que hacían los chicos mayores con las personas del otro sexo.
      Además el ruido ambiente, o la rumorología, o el chismorreo, o las ganas de liarnos, o quién sabía qué, no hacía nada más que complicarlo todo, atenazándonos todavía más en la incapacidad de expresar aquellos incipientes balbuceos amorosos.
      Recuerdo muy bien la primera novia que tuve, a nivel de rumor, claro. Se llamaba Consuelito. Y todo fue porque una tarde salí de la escuela  hablando con ella.
      Al día siguiente subí a la plaza a jugar al arrime, juego que consistía en lanzar una moneda o una chapa contra una pared y tratar de quedar lo más cerca posible de la misma. Nosotros, en la plaza, jugábamos contra el frontón, que era la pared por excelencia.
      Estaban por allí Julián, mis primos Jesulín, Ricardo y Javierito, Angelín el hijo del carpintero,  el pequeño Agus y también el pecoso Chema, junto con su primo, el  otro tanto pecoso y rubiato Bertín que, últimamente, se unía bastante a nuestro grupo.
     Me alegré mucho de verlos, de hecho esperaba encontrarlos por allí.
    - Qué, ¿jugamos al arrime? – dije, a modo de saludo,  sacando del bolsillo mis chapas.
     Pero noté algo extraño. El pequeño Agus se empezó a reír con aquella risilla nerviosa que tenía, tapándose la boca con la mano. Y Jesulín empezó a mirar a lo alto, casi al campanario, huyendo su mirada de la mía.
     Entonces supe que tenía que mirar en dirección contraria a la de mi primo Jesulín, es decir, al frontón. Seguro que allí había escrito algo. Algo sobre mí, claro. Porque el frontón era como la gacetilla del pueblo, donde se recogían todos los rumores o seudo rumores que  se producían, sobre todo entre los chicos y los jóvenes.
     Y, efectivamente, allí estaba: “Consuelito y Germán son novios”.



      Inclusive vi, tirado en el suelo, el trozo de yeso blanco, con el que el gracioso de turno había escrito en la pared del frontón.
     - ¿Habéis visto quién lo ha hecho? – les pregunté, sobre todo mirando a mi primo Jesulín, pero no a los ojos, claro, porque me los huía permanentemente.
      - Nosotros, no – dijo Agus con aquel plural que quería representar a todos, porque, desde luego, el pequeño Agus, Papa no era.
       Entonces, ante el persistente silencio del resto, me acerqué al frontón y con el mismo trozo de yeso, borré lo que estaba escrito.
       Por fin Jesulín habló.
      - Germán, pues es una chica muy maja.
       Entonces me lancé sobre él con una furia desmedida. Menos mal que estaban mis otros dos primos y nos separaron.
      Jesulín se puso condescendiente.
      -Bueno, bueno, Germán, olvidemos el asunto. Qué,  ¿jugamos al arrime,…?  Pero con la pelota.
       Yo estaba que me subía por las paredes. Como aquel rumor se consolidara iba listo. Además, con lo tímido que me sabía que era, iba a sufrir lo indecible.
       Así que estuve de acuerdo en empezar rápidamente a jugar y desviar la atención de todo aquello.
       El arrime con la pelota consistía en hacer unos hoyos en el suelo, junto al frontón. Uno por cada jugador y luego tratar de embocar desde una distancia de unos diez metros una pelota de goma, cada jugador en su hoyo.
      El juego no tenía complicación. Pero el que perdía tenía una penitencia dolorosa.
     Yo era bastante bueno y embocaba con facilidad. Pero aquel día estaba desconcentrado al máximo y no daba pie con bola, nunca mejor dicho. Así que quedé inclusive por detrás del pequeño Agus, que era un desastre y siempre perdía.
     Bertín me señaló con el dedo.
     - Germán, ¡a la pared!
     El que perdía debía ponerse, apoyado de espaldas contra el frontón, con los brazos en cruz. El resto de los jugadores tenían que lanzar la pelota y tratar de darle en alguna de las dos palmas de las manos.
     Tenían tres intentos, si fallaban, sustituían después al penado. La verdad es que había algunos malos lanzadores y donde te daban era en la cara y en sitios peores.
     Yo me puse  de espaldas contra el frontón con los brazos abiertos.
     - ¡A ver la puntería que tenéis, sobre todo tú, Agus! – les dije.
     Entonces Agus se preparó a la distancia convenida.
     Con lo pequeño que era lanzaba la bola con todas sus fuerzas para compensar su baja estatura.
     La pelota, lejos de alcanzar mis manos, que probablemente estaban  muy altas para él, me dio en la entrepierna. Sentí un dolor intenso y mareante y caí de rodillas en el suelo.
      Entonces fue cuando oí la voz de Consuelito que pasaba por allí con su hermana.
     - ¡ A ver, brutos! ¡ Dejad a Germán ya, que vais a matarlo!
     Y se acercó a donde yo estaba con su hermana pequeña.
     Los chicos se quedaron pasmados. Aunque mucho menos que yo, que no sabía qué hacer, ni qué decir.
     - ¿Te encuentras bien Germán? ¿Quieres que te acompañe a tu casa?
     - No, no, Consuelito. Estoy bien. Ya sabes que es solo un juego
     Así que me levanté como si no hubiera pasado nada, aunque aquello me dolía la repera.
      - Adiós, Consuelito – le dije, acompañando mi voz con un gesto de que se retirara – Vamos a seguir jugando. Adiós – volví  a repetir, deseando que se esfumara como por arte de magia.
       Afortunadamente su hermana pequeña vino en mi ayuda.
      - Sí, vámonos, Consuelito, que  si no llegaremos tarde.
      Todavía no había desaparecido Consuelito por la esquina, cuando se oyó la risita de mi primo Jesulín.
       - Oh, amor, ¿te han hecho daño estos brutos?
     Entonces me lancé sobre él y lo tiré al suelo, lleno de una furia inconmensurable.  Allí le borré a golpes aquella risa de mofa. O, tal vez,  hubiera en ella también de algo de  envidia.
      Mi primo tampoco se defendía mucho y capeaba el temporal como podía.
      Nos separaron de nuevo, y el juego se acabó entonces de forma radical, sin reanudación posible. Pero aquello de “Consuelito y Germán son novios” volvió a aparecer  no solo en el frontón, sino también en el Chorlite y en el lavadero.
     A mí, Consuelito no me caía mal.  Inclusive hubiéramos sido buenos amigos si no hubiera ocurrido aquello. Pero, a partir de entonces, cuando la veía me entraba una timidez paralizante. A veces me la encontraba por la calle y  cambiaba de dirección con tal de no cruzarme con ella.
     Y peor era cuando empezaba el choteo de los chicos de la pandilla.
     - Mira, Germán, por ahí va tu novia. Hoy lleva unas trenzas muy bonitas.
     Sin que yo supiera entonces definirlo, hoy  calificaría a todo aquello como una presión mediática asfixiante.
      Yo lo pasaba realmente mal. Y creo que Consuelito, también.
      Un día Jesulín, que notaba que el tema se estaba pasando de castaño oscuro y me veía sufrir, se me acercó y me dijo.
      - Germán, tenemos que buscar a otros novios, para que dejen de fijarse en vosotros.
       La verdad es que Jesulín tenía también a veces buenas ideas.  Prácticas y resolutivas. Aunque de mayor me confesó que, en aquella ocasión, solo lo hizo porque tenía miedo de que al final Consuelito me separara de él.
      Así que no se nos ocurrió mejor idea que “liar” al pecoso Bertín con Sagi, la aguerrida lideresa de las chicas. Y lo que son las cosas, a Sagi no parecía disgustarle la idea pero, al atrevido Bertín le dio tal síncope, que empezó a recluirse en su barrio del Chorlite y no bajaba a la plaza ni por asomo.
       Lo cierto es que la presión sobre Consuelito y sobre mí bajó notablemente, aunque a Bertín se le veía al hombre, por el contrario, totalmente apesadumbrado. Con su nombre en todas las paredes. La verdad es que Jesulín y yo no parábamos de escribir.
      Un día me lo encontré por su barrio y hablamos. Como dos  “expertos novios”.
      - Germán, y tú qué haces. Porque yo, aparte de sufrir estos chismorreos, no sé lo que es ser novios. Me estoy cansando y eso que no he empezado. ¿Y tú cómo lo llevas?
       - Bertín, nosotros ya no somos novios, ni siquiera estamos ya en las paredes.  Lo hemos dejado – últimamente mentía con una naturalidad extraordinaria –   Pero, bueno, vosotros que sí lo sois debéis empezar como todo el mundo, con los besos y todo eso.
       - Sí, así en frío parece fácil. Pero luego, yo es que veo a Sagi y se me caen los pantalones. Del susto, quiero decir. Y eso que lo ensayo todas las noches para proponérselo al día siguiente. Pero por la mañana me entra el canguelo y sé que tampoco se lo voy a decir.
        Sí, no era fácil. Ni siquiera para Bertín, que tenía un aplomo y un arrojo fuera de lo común.
         Jesulín y yo dejamos de pintar su nombre en las paredes y, poco a poco, empezó Bertín a aparecer otra vez por la plaza, tan serio y aplomado como siempre.
        Un día, pasado ya algún tiempo, me encontré con Consuelito en la fuente. Íbamos cada uno con nuestro botijo. Aquel día me encontraba relajado y tampoco veía a testigos no deseados a mi alrededor que me cohibieran. Así que no huí de ella como en otras ocasiones.
        Llenamos cada uno nuestro botijo en los caños y luego nos quedamos uno frente a otro mirándonos.
       Yo no sabía qué decir. Así que solté lo primero que me vino a la mente.
       - Esta fuente la hizo mi bisabuelo, siendo alcalde. Mira.
       Y le enseñé la leyenda que había escrita al lado de la puerta del depósito del agua. Allí figuraba el nombre de mi bisabuelo y la fecha: 02-05-1911.
        Ella leyó en silencio aquellas letras. Nos habíamos quedado juntos, al resguardo de la pared del depósito del agua.
       - Yo creo que ya no somos novios, ¿verdad? – me dijo mirando al suelo.
        - Bueno, pero lo fuimos – le dije, sorprendiéndome de haberlo dicho.
         Entonces extendió una de sus manos y se la llevó al pelo. Cogió una horquilla  y me la dio.
         -Para que tengas un recuerdo mío.
         Yo no tenía nada que regalarle.
         Entonces me decidí dando un paso de gigante.
          - Yo te regalo esto – y me acerqué y le di un beso en la mejilla.
          Ella se dio la vuelta y, mientras se agachaba a coger el botijo, la oí.
          - Gracias, Germán.
           La vi marcharse por el camino, mientras recordaba aquellas dos palabras mágicas que me había dicho y me pareció la niña más bonita del mundo.
           Ahora que ya no éramos novios hasta me apetecía que lo fuéramos.
           Apenas tuvimos la oportunidad de volver a vernos. Sus padres se marcharon a Barcelona, como otros más de los emigrantes pioneros que, por aquel entonces,  se decidían a abandonar el pueblo, buscando nuevos horizontes.

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martes, 3 de febrero de 2026

TAMBIÉN QUERíAMOS SABER DE SEXO

 

También queríamos saber de sexo

        Los vientos del cambio soplaban sin cesar. Aunque los cambios no siempre eran para bien. Por lo menos en el corto plazo.
       En nuestra familia todo se empezó a complicar. A estropear, quiero decir.
       Pero todo esto ya lo contaré a su debido tiempo

      Hay un tema que, acabo de darme cuenta, se me había quedado pendiente.
      Y es el tema del sexo. De la sexualidad. Que también existía entonces, como siempre ha existido. Inclusive en aquel grupo de mocosos que éramos nosotros con nuestros ocho, nueve o diez años a cuestas.
      Entonces no había internet, así que la curiosidad sobre ciertas palabras, que tenían unas connotaciones subterráneas, o morbosas o, qué se yo, que te producían esa inquietud interior que te llenaba de confusión, de miedos y de esperanzas a un tiempo, había que satisfacerla por otras vías.

      Un día, yo me acordé, al respecto, del tío Ezequiel. Y de su gran diccionario que alguna vez había visto en la botica.
       Sí, una tarde que me rondaban por la cabeza algunas de estas cosas me fui a su casa.
      - ¡Hola tío, cuánto me alegro de verle! – le saludé muy efusivo -  Es que don Zacarías nos ha encargado una redacción y quería utilizar su diccionario, si no le importa, claro.
      - Germán, ¡cómo había de importarme!, es la mejor forma de incrementar tu lenguaje y tu cultura. Y si me necesitas, yo mismo puedo ayudarte en lo que pueda.
      - No, tío, descuide. Debemos tratar  de hacerlo nosotros solos.  Es lo que nos ha dicho el maestro.
      Mi tío Ezequiel que, probablemente, había pensado para sus adentros: “Bien dicho, Zacarías”, me sonrió y solo dijo, una vez bajó el diccionario de una estantería de libros que tenía en la botica.
       -Aquí lo tienes, Germán. Siéntate en la mesa, ahí en la cocina, al lado de la ventana.
       Yo cogí el diccionario y me alegré de que mi tío me dejara a solas con aquel libro mientras él volvía a la botica.
       Cuando ya estaba sentándome en la mesa oí de nuevo su voz.
        - ¿Y sobre qué es la redacción, Germán?
       Pero eso ya me lo tenía yo preparado.
        - Es sobre la caza, tío. Como ahora está de moda Sacecorbo, con los faisanes y todo eso…
       Ahí mi tío se quedó tranquilo y se fue a sus quehaceres.
      Yo llevaba una lista de palabras apuntadas en un papel. Pero no enteras , claro, sino solo una abreviatura. ¡Dios mío si me las hubieran descubierto!

       Por un momento dejo de teclear en el ordenador y buscó mi diccionario. Es un ejemplar de la última edición de la Real Academia Española de la Lengua. Ya no me acuerdo muy bien de lo que ponía en aquel viejo diccionario de mi tío y las cosas, estas cosas, no habrán cambiado mucho, ¡digo yo!
      Lo que recuerdo muy bien era en qué palabras estaban mis inquietudes por entonces.

      La primera palabra empezaba por j, claro.
      Pero como siempre en estos casos, cuando buscabas en el diccionario, te quedabas con más dudas que traías:
      “Practicar el coito”, decía.  Aunque también: “”Molestar, fastidiar”. Me fui corriendo a mirar coito, claro.
      Coito: “Practicar la cópula sexual”
      Me quedé frustrado. Estaba mucho peor que al principio. Así que me fui, un poco cabreado ya, a buscar rápidamente “cópula”.
      Cópula: “Atadura, ligamento de algo con otra cosa. Acción de copular”.
      Yo estaba desesperado. Pero los diccionarios, ¿realmente servían para algo?
      Me fui a mirar “copular”, claro.
      Mi tío se acercó mientras me preguntaba.
      - Qué tal Germán, ¿qué palabra estás buscando?
      Me sentí un poco horrorizado. No se me ocurría ninguna. Ninguna que le pudiera decir, claro. Busqué desesperadamente alguna cercana por el diccionario y encontré una un poco más abajo.
      Coquina: molusco acéfalo. Abunda en las costas gaditanas y su carne es comestible.
      Lo de molusco sí me sonaba, pero no lo de acéfalo ni lo de gaditano. Pero lo de carne comestible me animó.
      - Estoy mirando coquina, tío.
      - Pero eso no es caza, Germán. Sino pesca. Es un molusco.
      - Sí, sí, tío…  Es que don Zacarías nos ha dicho caza y pesca.
      Y mi tío llegó a la mesa y se sentó a mi lado. Y se acabaron las consultas al diccionario. Por lo menos las consultas que a mí me interesaban. Se me habían quedado en la recámara un par de palabras que, con la que había intentado buscar, formaban la auténtica trinidad de aquello que me perturbaba. Una se refería a aquello que teníamos los chicos y que empezaba por “p” y otra a lo que tenían las chicas y que empezaba por “c”. Seguro que tenían que ver todas ellas con aquello del coito y con la acción de copular. Pero el diccionario, en el poco tiempo que tuve, no me aportó ningún detalle, que era lo que yo más buscaba.
      Eso sí, mi tío Ezequiel me puso al día de la caza mayor y menor que podía uno encontrar en Sacecorbo y hasta en las selvas y sabanas africanas. Y cuando terminó con la caza empezó con la pesca: a mano, con sedal, con caña, con red… Bueno, hasta que desconecté y volví a pensar para mis adentros en aquello de la acción de copular. Que es lo que debían hacer los mayores, ellos con ellas,  sin parar…

        Sonrío por un momento recordando cómo nos sentíamos entonces en este campo. Y, luego, cierro, parsimoniosamente, el diccionario. La verdad es que no sé por qué, con el tiempo, se me ha ido quitando la curiosidad. Ya no busco en el diccionario nada que realmente me interese, sino solo cuando me atranco en alguna palabra que, cada vez me ocurre más a menudo, lo abro. Aunque, casi nunca la encuentro, porque acabo distrayéndome con otras cosas y con otras palabras que no vienen a cuento de la que yo necesitaba. A lo mejor esto es hacerse mayor, viejo, que uno va dispersándose y desconcentrándose. Cada día un poco más.
       Por eso me gusta tanto volver a aquellos años. Porque entonces todo estaba lleno de vida. Y de cosas desconocidas que te atraían, como un balcón entornado que esperaba que te acercaras  y empujaras sus portezuelas para enseñarte la belleza del paisaje que se escondía más allá…
       Aunque, a veces, los paisajes que descubríamos tratando de satisfacer nuestra curiosidad sin límites, eran crudos y realistas. Como la vida misma.
     
     Un día estábamos jugando a la estornija en la Plazuela del Olmo. En aquel momento llevaba la voz cantante Julián, que gritaba a más no poder.
      - ¡Cirrio, marrio! ¡Que vaya a casa de mi tío boticario…!
      Y entonces le pegaba un estacazo a la estornija, que era un palo de unos 30 centímetros de largo que descansaba sobre un poyete, enseñando al vacío uno de sus extremos. Julián le golpeaba con un palo más grande que llevaba en la mano (que era el cirrio o marrio) a la estornija en la punta y ésta saltaba por los aires. El resto de los chicos y chicas tratábamos de coger la estornija antes de que llegara a caer al suelo. Ahí las chicas tenían ventaja porque se cogían la falda con las manos y esperaban que la estornija cayera en su regazo.
      La verdad es que fue un gran golpe aquel de Julián. Estábamos jugando como unos cuatro o cinco chicos y tres o cuatro chicas.
       Pero entonces llegó corriendo el pequeño Agus gritando.
       - ¡Eh…! ¡Que en la esquina de la tía Vitorina hay dos perros chingando…!
      Todo nuestro mundo infantil se detuvo al instante. Saltó por los aires como la estornija. Y ya  nadie hizo caso,  de la estornija quiero decir,  que cayó al suelo olvidada por todos.
      El propio Julián tiró el cirrio lejos de sí y exclamó.
       - ¡Pues vamos a verlos!
      Y salimos todos  corriendo.
      Cuando decía todos me refería a todos los chicos. Las chicas se fueron de allí a jugar a otro sitio, cuanto más lejos mejor. No fuera que pensara alguien algo malo de ellas o que tenían algún interés en aquel tipo de cosas.
       Llegamos a la esquina de la tía Vitorina casi jadeando, porque no nos queríamos perder nada de aquel espectáculo.
       Estaban los pobres perros enguilados, mirando cada uno a un extremo de la calle y sin poderse destrabar. También jadeaban, como nosotros.
       Ellos y nosotros nos mirábamos mientras tratábamos de recuperar el aliento.
       Pero, los chicos de entonces, en cuanto no comprendíamos algo completamente o nuestra curiosidad no acababa de estar satisfecha, lo solíamos resolver tirando piedras y destrozándolo todo. Quizá ahora pasa lo mismo, porque el otro día estuve en el parque con mi mujer y estuvimos observando cómo dos niños le arrancaban a una  muñeca la cabeza y luego le sacaban los ojos.
       Así que el pequeño Agus, que ya los debía haber visto antes, se cansó el primero de mirar. Se agachó y dijo:
      - ¡Vamos a apedrearlos! ¡A ver si se desenguilan!
     Y eso hicimos todos.
     La verdad es que los pobres perros no se ponían de acuerdo hacia donde huir. Uno tiraba para un sitio y el otro para el contrario y claro, no conseguían moverse en dirección alguna, mientras, aguantaban dando quejidos, todas nuestras pedradas.
     Por fin encontraron un hueco en la pared de un huerto y huyeron  los pobres a trompicones. No sé si les quedarían muchas ganas de repetir, la verdad. Por mucho que se quisieran. Pero eso tenía que ser el amor. Bueno, el amor, a lo mejor no, sino solo la llamada de la carne, del sexo. Como a nosotros que, aunque todavía no la sentíamos, ya empezaba a rondarnos la primera curiosidad de saber en qué consistía todo aquello.

      Sí, nosotros éramos todavía muy pequeños para aquellas lides. Pero queríamos mirar y saber. Acercarnos más a aquel mundo que nos esperaba y al que nos veríamos abocados sin remisión cuando fuéramos algo más mayores.
      Y aquel mundo, a veces, se nos ofrecía al natural, crudamente, sin protección alguna.

      Un día salíamos de la escuela, como siempre a la una, para ir a comer a casa. Yo venía con Julián que vivía en la carretera, como yo. Nos habíamos rezagado un poco. Cuando llegamos a la Pontecilla, vimos la cabeza del Peliblanco por encima de las tapias de los huertos, junto a una pequeña casilla que había en uno de ellos. ¿Qué haría allí el Peliblanco?
     Para saberlo, nos acercamos sigilosamente a mirar por entre las paredes de piedra y allí entrevimos que había un grupo de cinco o seis chicos de nuestra edad rodeando al Peliblanco. Así que empujamos una puerta de madera entornada que daba a la calle y nos metimos dentro.
     Al principio no sabíamos qué ocurría.  Los chicos estaban en semicírculo rodeando al Peliblanco que estaba de pie frente a ellos y todos guardaban un silencio absoluto.
     El Peliblanco estaba rojo, quizá por el sol que le pegaba en la cara y tenía los ojos cerrados, aunque a veces los abría y lanzaba alrededor unas miradas extrañas.
      Cuando por fin nos acercamos y miramos nos dimos cuenta. Delante de mí estaban Chema y el pequeño Agus, así que yo lo vi todo muy bien porque este último me tapaba muy poco.
     El Peliblanco estaba ya terminando. Tuvo como un estremecimiento y luego nos miró a todos, uno por uno, sonriendo, mientras se buscaba un pañuelo en el bolsillo.
     - No ha estado mal, ¿verdad, chicos?
     Nosotros no sabíamos qué decir. Él se acabó de limpiar, se arregló un poco el pantalón y salió de nuevo a la carretera rompiendo nuestra fila, como si fuera un torero de los que yo veía en la tele, en olor de multitudes.
      Todos los demás salimos también en silencio a la calle. Estábamos anonadados. Como si, de repente, se hubieran descorrido los visillos y nos hubiéramos encontrado un paisaje que no habíamos visto nunca.
       Yo iba con Julián y ninguno de los dos nos atrevíamos a decir nada. Junto al olmo de la plazuela estaban dos chicas de nuestra edad: Dorita y Conchi, que nos dijeron cuando llegamos a su altura:
       - Estábamos pensando esta tarde en jugar al  pañuelo. ¿Vais a venir?
       Nosotros las miramos como si fueran marcianas. No les dijimos nada y debieron vernos tan blancos y tan pálidos que tampoco insistieron.
      Pero la vida continuaba. Cuando llegamos a mi casa, mi hermana Tere estaba en la puerta. Parecía muy contenta, casi eufórica.
      - ¡Germán, ven! ¡ He recibido carta de Pili! ¡De Madrid!
      Y entonces Julián y yo empezamos a pensar en otra cosa. En aquella imagen un tanto brumosa, pero también brillante y hasta fantástica, que resumía nuestras ideas y pensamientos que rodeaban a aquella mágica palabra, al nombre de aquella gran  ciudad.

      Hoy he leído en el periódico que más de la mitad de los anuncios que ponen diariamente en la tele tienen un contenido sexual. Que se utilizan las formas de los objetos,  la música, los fragmentos del cuerpo de hombres y mujeres que se exhiben y  hasta los colores, para despertar a esa fiera interna que todos llevamos dentro a la que llaman libido.  Pero no directamente, porque hay reglas y códigos legales que hay que respetar, sino de una forma subrepticia y oculta, para inclinarnos, sin que nosotros nos demos cuenta, a comprar todo aquello que nos quieren vender.
      También he leído que más del 80% de las visitas y búsquedas  que se realizan en internet son a páginas de contenido erótico o directamente pornográfico, que están disponibles para cualquier persona, de cualquier edad, que sepa encender un ordenador.
    Hoy, con lo que está cayendo, pongo en su debido lugar al Peliblanco. Un chico primitivo e inaceptablemente exhibicionista, sin duda. Tal vez lo único que pretendía no era vender nada a nadie, sino quizá, solo, demostrar, con orgullo y directamente, eso sí,  y ante una audiencia inapropiada, eso también y, por ello,  absolutamente rechazable, lo que él ya era capaz de hacer con su cuerpo.



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