sábado, 3 de octubre de 2026

MIRANDO AL MAR MIENTRAS LLUEVE A CÁNTAROS (PARA EL PROYECTO "DESTELLOS")

 


MIRANDO AL MAR

“Mirando al mar soñé que estaba junto a ti...”, decía una vieja canción. Y yo me encuentro en mi despacho donde escribo, mirando la lluvia que no cesa. Y preguntándome qué he hecho yo para merecer esto, como se decía en aquella también vieja película de Pedro Almodóvar, de cuando hacía buen cine, hace mil años ya.

Sí, el castigo ha caído sobre mí. Tenía unos días reservados en mi agenda, a base de apretujar mis tareas en los días previos, para irme a cargar las pilas mirando el mar y soñando cosas bonitas y motivantes a su lado, en nuestro refugio de Alicante.

Pero ya todo es papel mojado, nunca mejor dicho, empapado, añadiría yo. Incluso he leído que las autoridades han enviado un ES-Alert para que llevemos cuidado y no nos acerquemos a la costa levantina ni por asomo

Así que no me queda otra que mirar la lluvia, cómo limpia y embellece todo cuanto toca, pero, también, cómo destroza a mis petunias alfombrando las terrazas con sus pétalos coloridos e inocentes y zarandeando sin piedad a los árboles de la urba.

Y eso que a mí no me disgusta la lluvia, es más, me parece hermosa, poética, sugerente y necesaria. Cuántos ratos me pasé de niño embelesado cómo se esparcía por los cristales. Tengo una novela, la primera que escribí, El día que fuimos dioses, donde llueve casi tanto, o más, que en el diluvio de Noé y a mí me parece que es una de las más bellas que he escrito, ahora hace quince años que se publicó, Dios cómo pasa el tiempo, tendré que hacer algo urgente para su conmemoración. Otra tarea más, aunque agradable.

Lo que pasa es que esta lluvia en concreto me separa de mi mar, ese paraíso idílico en el que yo me pierdo, me busco y, por fin, me encuentro.

Así que no me queda otro remedio que sentir su luz que entiendo tan bien, y su azul, su añil, su verde y la oscuridad sugerente y poética que lo envuelve por la noche, mientras releo todo lo que he escrito sobre él, sobre sus playas que es el paseo que más me gusta y sobre el estremecimiento que te produce cuando te abraza, cuando te muestra toda su verdad.

Ah, el mar, el mar… quién pudiera hoy estar allí.

Yo, un chico de pueblo, y de secano, tardé mucho en ver el mar.

Lo cuento en “LEJOS DEL SAUCE CURVO”:

Llegó diciembre y yo no había cogido vacaciones en el banco por aquel medio año que llevaba trabajando, así que me dieron los quince días que me correspondían. No en Navidad, claro, sino del uno al quince, para que no se me olvidara que yo allí era el último, por edad y por antigüedad.
Ya he dicho antes que, casi a mis dieciocho años, yo no había visto todavía el mar, casi me da vergüenza decirlo. Hoy, un chico a esa edad, del mar lo conoce todo salvo el fondo donde está el Titánic.
Eran otros tiempos, a mí me hizo una ilusión tremenda coger el tren Costa Brava, ¡qué nombre tan bonito y exótico, por Dios, me decía, ilusionado! Salía de Atocha a las nueve de la noche y llegaba a Barcelona a las nueve de la mañana del día siguiente, donde mi padre tenía unas tías que me enseñarían Barcelona y sus alrededores.
Nunca olvidaré cuando, al amanecer, descubrí la luz del mar, y sus olas, de un azul dorado, casi salpicaban el Costa Brava que circulaba, paralelo al agua, por el litoral de Tarragona. Fueron unos momentos mágicos e inolvidables. Dignos de haberlos vivido.
¡Solo por ellos merecía la pena haber cogido todos los días el metro para ir al banco y a la universidad!

Con el tiempo, el mar, la añoranza de él, lo fue convirtiendo en un paraíso lejano al que desear volver. Y más en las estaciones lejos del verano, donde sus playas están abigarradas de gente y es muy difícil entrar en la intimidad de sus aguas, sus arenas y sus luces.



DÍAS DICHOSOS EN ALICANTE


Cuando el escritor se dispone a plasmar en literatura estos días navideños, al sol de las playas de Alicante, para este blog literario y personal, se acuerda del libro de memorias del gran Umbral: "Días felices en Argüelles". Lo que pasa es que el escritor no se atreve a titularlos así, aunque así los sienta. La felicidad es una liebre asustadiza que, de vez en cuando, corre a nuestro lado y, en un tris, desaparece tras los arbustos. Él no quisiera que estos días desaparecieran de su recuerdo y, mucho menos, que se asustaran por el uso de ese adjetivo tan rotundo de "felices" y tardaran en volver a aparecer.
El escritor viaja en coche con su mujer y sus hijos, ya mayores, que tienen, desde hace tiempo, sus propias parejas, pero que, por diversas carambolas del destino, quieren pasar unos días de estas navidades con sus padres. Y, ellos, encantados, claro, mientras quieran estar con sus papis y estos no interfieran en las vidas de sus hijos. El escritor sigue un viejo consejo que alguien sabio le dio una vez: "Para llevarte bien con tus hijos, tú, boquita cerrada, y cartera abierta". Y él añadiría: "Y que se sientan protagonistas".
El padre del escritor, muy sabio en casi todo, no llevaba bien, sin embargo, eso de ir en el asiento de atrás del coche. "Cuando te relegan al asiento de atrás, malo" le decía. Al escritor, por contra, no solamente no le importa, sino que lo prefiere. Ir él y su mujer relajados en la parte de atrás del auto, contemplando el paisaje, que es como ver pasar la vida, se dice, mientras piensa que envejecer es cada vez más mirar, reflexionar, recordar, aconsejar, dejando la acción para los más jóvenes, los protagonistas del futuro. Así que él hace una parte del trayecto y el resto se lo reparten sus dos hijos, encantados, además.
El escritor tiene un coche grande, muy aparente, un todoterreno negro de alta gama y marca de élite. En su época de financiero se lo prestaba su empresa como vehículo de representación, él, un chico ahorrador y de pueblo, nunca hubiera hecho ese dispendio. Cuando llegó su jubilación llegó a un acuerdo muy favorable con su empresa y ahora se pasea en él y, sobre todo, contempla, orgulloso, cómo disfrutan sus hijos, domándolo, y disfrutando de un vehículo más completo que sus utilitarios. Tal vez eso les incentive, piensa él, a pencar y pencar, para perseguir sueños y ambiciones que conllevan, también, sus correspondientes zanahorias. Como él hizo.
Alejarse de Madrid es alejarse de los problemas cotidianos. Y una persona sin problemas desarrolla buen carácter y un sentido del humor reconfortante y agudo. Así que todo son bromas y buen rollo dentro del coche. De vez en cuando, los jóvenes ponen música de ahora y los padres se dan cuenta que es maravilloso estar cerca de los jóvenes, el problema es que los jóvenes quieran estar cerca de los viejos, claro. Pero estos días están de suerte.
Al escritor le gusta pararse a comer en carretera y dejarse llevar por la improvisación. No tiene sitios predeterminados, eso que viaja con frecuencia por la A-3. Viajar es incentivar lo inesperado, lo sorprendente. Ello te sacude de la modorra de tu vida rutinaria en la gran ciudad, despierta tus sentidos y te hace rejuvenecer.
En la comida, el escritor y su mujer se interesan por los planes de sus hijos para el año próximo. No hay nada que les guste más a los hijos que hablar de lo que quieren hacer y que sus padres les escuchen, a ser posible sin opinar con esos juicios, que los hijos ya se saben de sobra. El escritor se piensa a sí mismo de joven, cuando tenía una edad parecida. Sí, envejecer es vivir dos veces.




Llegan al mar. El mar, piensa el escritor, nos recoge como afluentes suyos. Como ríos que vierten sus problemas en él, y nos despoja de todos los caparazones con que nos hemos ido vistiendo en la gran ciudad. Al escritor, ni muy playero, ni tampoco deportista del agua, bueno, ni de la tierra tampoco, lo que le gusta es mirarlo, pasear por su cinta de espuma que choca con la arena de la playa, con los pies refrescándose en él, sorprenderse con los rayos de la luna surfeando de noche en sus rizadas aguas y dejarse llevar por su inmensidad, por la inmensidad de su belleza, quiere uno decir.
Así que nada más llegar y dejar las maletas, se van al Paseo de El Albir, por esa primera estampa del mar, atardeciendo ya, hubiera merecido la pena este viaje, piensa. Con el paso de los días, sin embargo, el mar llega a ser también rutinario y anodino. Pasa como cuando compras un cuadro hermoso que te gusta, los primeros días no haces más que mirarlo, luego, quizás, ya ni reparas en él. Por eso él ama esos viajes cortos, de unos pocos días, como este, donde el embrujo del mar no pierde efecto.



DÍAS DICHOSOS EN ALICANTE (2)


Al escritor le gusta mucho, cada vez más, venir a pasar unos días a esta casa de Alicante. Se relaja y renueva en ella. Es amigable, acogedora. Está en una urbanización a mitad de camino de Altea, Alfaz del Pi y El Albir. Son unas casitas bajas de máximo dos alturas, unos bungalows, como dicen los ingleses, con una pradera a su alrededor, piscina, tenis y un club social para hacer barbacoas, celebrar cumpleaños y ver partidos de fútbol.
Al escritor, de todo esto, lo que más le gusta es la tranquilidad, el silencio que se respira por la noche, la silueta de los tejados rojos que ve desde su terraza (él vive en un segundo) y la escalera de montañas que se dibuja enfrente y que acompañan al promontorio del faro de El Albir. Esta ausencia de ascensores, de bloques altos agresivos, de tráfico, es lo que él busca. También, la sencillez de una casa escueta, con lo imprescindible para vivir. El escritor ha ido recargando su casa de Madrid, quizás porque nació y creció en una época de escasez. No le gusta tirar nada. Siempre encuentra, claro, pero, también, la presencia de tantos ornamentos, recuerdos, etc., no deja de agobiarle. Así que su mujer y él se juraron que, en esta casa de vacaciones, tendrían solo lo imprescindible. Y, quizás, piensa el escritor, ahí radica una de sus fuentes de la dicha que proporciona.





No tienen internet, ni ordenador, ni teléfono, ni buzón, no lo abren, quiere uno decir. Una cama grande y cómoda, una ola brava y azul hecha de azulejos llenos de vida en el baño principal, una cocina pequeña y coqueta, un salón con lo justo y con un par de cuadros marinos, una habitación de invitados con su cuarto de baño y una terraza hermosa y espaciosa, eso es todo. Una escalerita exterior entrañable, de piedra, para subir a ella y unos arcos en la fachada completan su imagen. Todo muy sencillo, básico. La compraron hace unos años, para cuando sus hijos les dejaran para hacer su propia vida, un apartamento de pareja, para envejecer juntos. Con una estación de tren a cinco minutos, para cuando se les haga duro ir en coche desde Madrid.
Casi siempre van solos, el escritor y su mujer y, algunas veces, sus hijos con sus parejas. Han cogido la costumbre de ir juntos los cuatro en Navidad, pero, probablemente, esto no dure. De ahí que estos días, padres e hijos de vacaciones, también hayan tenido un aroma de despedida. Por ello, todo ha sido humor, bromas y disfrutar de estar juntos.
El escritor sonríe al recordar los mensajes que se ponían en los cristales húmedos del coche. Ve una foto con el dirigido a su hijo pequeño, inmerso en exámenes para el CFA y para el proceso de selección para hacer un MBA en una prestigiosa universidad europea. Tardará mucho en volver por aquí. Es la vida, y su oleaje, piensa el escritor.





Y ratos sencillos e inolvidables, desayunando, por ejemplo, como éste que recoge este vídeo que, tras pedir permiso a su mujer, que es la discreción en persona, ilustra estas memorias literarias.
https://www.youtube.com/shorts/G8fg0kh9-i8
O ese día que fuimos a comer a un conocido restaurante de la Plaza de la Catedral de Altea, El Café de los Artistas. Antes de llegar, unos ingeniosos aprendices de paparazzi nos robaron a mi mujer y a mí una foto, sin que nos diéramos cuenta. Uno se acercó, con ella impresa en un símil de papel de periódico. Le eché un rápido vistazo y sonreí. “Podríamos hacerles otra a toda la familia, miró a nuestros hijos que nos acompañaban, en un posado como Dios manda, aquí, en el mirador.”
Nos miramos entre nosotros. “Es la voluntad, señor. ¡Vamos, es Navidad!”, nos animó. ¡Cómo no ser generoso con ellos, pensamos nosotros, es Navidad!




El mirador y el mediodía, sobre las playas de Altea y de El Albir, con su impertérrito faro al fondo, nos lo agradecieron con esa luz que todavía conservamos en nuestra retina. ¡Es Navidad!


Momentos felices de vacaciones.
El escritor se pone nostálgico. La nostalgia del mar, sin duda. Como la de hoy bajo este día plomizo, lluvioso y gris del otoño de Madrid. Así que sigue leyendo sobre el mar.



DÍAS DICHOSOS EN ALICANTE (3) – LA PLAYA DEL PARAÍSO


Una noche se toparon en Cala Finestrat con Papá Noel repartiendo sus juguetes entre los niños. Estaba metido dentro de una burbuja, junto al mar gris y el cielo azulado de la noche.
El escritor se acuerda de cuando era niño y se dormía, la víspera de los Reyes Magos, con la mente llena de alucinaciones y con ganas de despertarse al menor ruido de los camellos. Mira que ha pasado tiempo, se dice, pero es el mismo brillo el que detecta en las pupilas incandescentes de tantos pequeños de hoy. La ilusión viaja sin arrugas a través de los años, porque solo es el fruto de la pureza de los sueños. Y los mayores, que ya llevamos a nuestra espalda, una decena de trienios ejerciendo de Reyes Magos, no dejamos de regocijarnos por dentro siendo testigos de esta ilusión que se nos muestra al lado del mar.





Al día siguiente el escritor y su familia se desplazan a Elche. Su hijo quiere conocer esta ciudad. Nos explica que está en conversaciones con una empresa de allí para unirse a la misma cuando regrese de su máster. Al escritor, en principio, no le seduce mucho la idea, piensa que Elche debe ser un pueblo modesto y fuera de los circuitos empresariales más potentes. Pero se lleva dos sorpresas: Elche tiene más de 200.000 habitantes y es la 21ª ciudad más importante de España, por delante de la mayoría de capitales de provincia y en su polígono empresarial se halla una empresa muy puntera. Tan puntera que ha lanzado el primer cohete español al espacio y está tramitando el segundo. ¡Acabáramos!, no hay nada como rodearse de gente joven para volver al paraíso de las novedades y de los sueños. Así que, piensan, él y su mujer, que su casa de la playa bien pudiera convertirse en residencia de su vástago, está a menos de tres cuartos de hora en coche, y ellos tendrían un motivo más para venir a ella. Ya se verán los derroteros a los que les conduce el destino.
Comen allí y, a la vuelta, su hija les pide conducir el coche. Al paso por Villajoyosa, se desvía y les explica que les va a enseñar un gran descubrimiento que hizo el año pasado. Llegan a una playa, eso sí, bellísima y apartada, aparca el coche y mira a sus padres sonriendo, esperando su reacción. El escritor y su mujer se miran y, un tanto desconcertados, le devuelven la mirada a su hija.
–¿De verdad que no os acordáis? Pues vaya memoria.
Sus padres siguen sin caer.
–A ver, antes de esta urbanización de lujo hubo aquí una residencia. Esta es la Playa del Paraíso.
Ahora sí que caen en ello y abrazan a su hija. Saben perfectamente por qué les ha llevado hasta allí.
El banco donde trabajaba el escritor tenía una residencia de vacaciones para sus empleados y sus cónyuges, matrimonios, pero sin hijos. Allí recalaban sobre todo parejas jóvenes de recién casados. El escritor y su mujer fueron una pareja de aquellas. Estuvieron una sola vez. Y allí encargaron a su niña. Un auténtico regalo.
El escritor recuerda que cuando acordaron tener un niño fueron a su médico, para anunciarle que se ponían a ello. "Vuelvan dentro de seis meses por aquí", les sonrió. No sabía el hombre que iban a ir a aquella residencia. La residencia en sí no estaba mal, un hotel de 3/4 estrellas, pero tenía una finca paralela al mar, quizás de un kilómetro, o más, de auténtico lujo. Tenían un acceso directo, y casi privado, porque allí no había apenas nadie más, a la Playa del Paraíso, bellísima y solitaria.



Aquellas decenas de parejas jóvenes, por el día, no salían de aquella finca, el escritor recuerda sus juegos a la petanca, a los bolos, al futbolín, al tenis y sus salidas a la playa por aquella puerta de acceso directo. Después de cenar, tenían discoteca con alcohol a bajo precio, recuerda algunos momentos con copas de champagne dentro de la piscina y mucha camaradería.
Y cuando se retiraban a dormir, allí no dormía nadie. Aquellas parejas en edad se dedicaban a disfrutarse uno del otro. El aislamiento y la acústica de aquella residencia eran los típicos de la época. Así que traspasaban las paredes aquellos esfuerzos amatorios que servían de coro aleccionador a las habitaciones vecinas. No es de extrañar que el escritor y su mujer, al poco del regreso a Madrid de aquellos quince días tan especiales, hubieran de visitar al doctor. "¿Tan pronto?", les dijo sonriendo. No fueron los únicos, ni mucho menos.
Cuando fue mayor se lo contaron a su hija. "En mejor sitio no te pudimos encargar: La Playa del Paraíso, en el pueblo de La Villajoyosa". ¡Y ahora era ella quien se lo recordaba a sus padres!
Recorren toda la playa hasta el final, hablando de ello. ¡Cuántos recuerdos!
Su otro hijo escucha sin participar, claro. Hasta que su madre le cuenta que él también había venido con muchas ganas. Durante alguno de aquellos días de vino y rosas de Marbella en agosto de 1996, también cerca del mar.
Graban un vídeo de recuerdo, ya al final de la playa. El escritor lo incluye aquí, en estas memorias literarias, para que pueda recordar siempre a este sitio de El Paraíso y lo que significó para él y su familia.
https://www.youtube.com/watch?v=JSPDPIYfRTk


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Yo aún no tengo nietos, y como dice un amigo mío, como no los conozco no los echo de menos todavía, pero alguna vez he soñado jugar con ellos junto al mar, como en la novela REGRESO AL SAUCE CURVO:


Habíamos pasado el día en las playas de San Juan, para mí unas de las mejores de la región e inclusive de España.

Sí, habíamos disfrutado de un día estupendo todos, pero, sobre todo, el pequeño Germán. En dichas playas, podía adentrarse en mi compañía unos metros dentro del mar e, inclusive, con manguitos, saborear un buen baño. Luego, mientras el resto de la familia, bajo las sombrillas descansaba y charlaba, nosotros dos construíamos en la arena unos imponentes castillos, con un gran foso a su alrededor, que Germán inundaba trayendo innumerables cubos de agua.

–Abuelo, ¿y si se acaba el agua del mar?
Yo le sonreí. No quería decirle, para no desanimarlo, que el agua que él vertía en la arena del foso iría a parar otra vez al mar
–Germán, no te preocupes por eso. Lloverá. El mar te agradece tu esfuerzo, le gusta ver en su playa bonitos castillos. Está cansado de ver solo arena en ella.
–¿Y tú por qué lo sabes?
–Porque ya soy viejo. Tú tienes que vivir también mucho. Para poder hablar con el mar y entenderlo.
–Pues entonces yo también quiero ser viejo, como tú, abuelo.
–Sí, pero antes tienes que sacar muchos cubos de agua todavía.
Y, entonces, el pequeño Germán, se acercaba a la orilla con su cubo en la mano y lo llenaba de agua, si cabe con más ilusión que antes.


Ah, el mar, el mar… profundo y sabio. El escritor piensa que donde más días ha pasado junto al mar en su vida ha sido en el mar de Málaga.

Yo conocí Marbella a finales de los ochenta, en plena ebullición de su glamur. Por aquella época a mí me nombraron especialista en riesgos del sector turístico. Teníamos un cliente inmobiliario de origen árabe que tenía un fortunón allí. A mí me enviaba un Rolls con chófer a buscarme al aeropuerto y luego me invitaba a su mansión, que era un verdadero museo de arte plagado de reliquias históricas incluidos varios retablos de iglesias españolas. Pero, lo que a mí más me gustaba era sentarnos a hablar de negocios con un zumo de tomate preparado en los soportales de su mansión que daban a un jardín inmenso con una piscina gigantesca. La casa estaba sobre una colina y la visión de la piscina empalmaba con el mar como si fuera una misma superficie de agua. Ah, el mar, el mar… También contemplaba el mar de Marbella desde mi habitación en alguno de sus glamurosos hoteles: Los Monteros, Don Pepe, Puente Romano, el Marbella Club… aquellos sitios tan selectos para un tío de pueblo como yo.

Por entonces nació nuestro primer hijo, una niña, y soñaba yo en enseñarle un día aquel mundo de fascinación y de ensueño.

Poco después, se presentó mi oportunidad. Llegó la crisis inmobiliaria de principios de los noventa y las ventas se pararon en seco. Mi banco se quedó a medias de vender una urbanización de lujo en Nueva Andalucía, lo más selecto de Marbella. Y se le ocurrió venderla por semanas –el famoso time sharing de entonces– a sus clientes y también a sus empleados a precios muy atractivos. Mucha gente no confiaba en este sistema, pero el banco ofreció un producto muy seguro con inscripción en el registro de la propiedad y todo y con la gestión a su cargo.

Así que pude elegir de lo mejor: un ático dúplex frente a la gran piscina, con un salón de casi cien metros y varias terrazas. Compramos una semana y al año siguiente otra. Allí criamos a nuestros dos hijos y disfrutábamos de unas vacaciones deseadas con el mar de fondo.






Sí, días felices en aquella casa de Marbella:
https://www.youtube.com/watch?v=U-fi47vXgY4


Estuvimos unos quince años, luego el banco se salió de la gestión y decidimos nosotros también vender aquellas dos semanas a los nuevos propietarios: fue uno de los mejores negocios que he hecho en mi vida. Con aquel dinero financiamos en parte la compra de un apartamento en una nueva urbanización sobre las colinas enfrente de Sotogrande con un esquema también novedoso, yo siempre he sido vanguardista en esto, tal vez porque conocía muy bien las bondades y los riesgos. La urbanización, un pueblo precioso de casitas de colores, con unas vistas increíbles sobre Gibraltar y África, se convirtió en complejo hotelero. A los propietarios nos pagan un alquiler anual seguro y podemos usar nuestro apartamento cuando queramos a unos precios preferentes. Todos los años, sin faltar ni uno, vamos una o dos semanas allí, además de las que van nuestros hijos.

El Sur y el Mar, dos lugares sugerentes, motivantes y poéticos para mí. Cuántos recuerdos ligados a estos mares.

Ahí van algunos de ellos:

UNOS DÍAS EN EL SUR

El escritor acaba de regresar de uno de los lugares más al sur de España, justo en la frontera entre Málaga y Cádiz, frente a Sotogrande, Gibraltar y África. Se acuerda de la película del maestro Erice, El sur, todo añoranza sobre esta tierra.
Desde hace mucho necesita ir todos los años allá, aunque sea unos días solo. Recorrer los olivares de Jaén, el misterio de Granada, la luz de Málaga, la gracia de Cádiz... Todos estos lugares han tenido su sitio en su obra, la poesía del maestro sevillano Antonio Machado en El día que fuimos dioses, las callejas de Cádiz en El cazador de la Patagonia, esta frontera gaditano malagueña en ambas novelas...
Madrid tiene una luz bellísima, la luz de Velázquez, pero la de Marbella y Cádiz es inmensa. El escritor sale a la terraza de la que fue su casa de vacaciones un tiempo, ahora la gestiona un hotel, y él puede ir y nutrir su nostalgia en el mismo lugar donde fue más joven y dejarse inundar por los brillos del Estrecho que le llevan a África.





Puede bajar a la playa, una cala casi virgen, de pescadores, la llaman la cala de la Sardina, y pasar el día allí contando las olas y quién sabe si la vida. Respirar el aire y la sal, sentir el estremecimiento del agua, mirar la vida a su alrededor: ese padre, tal vez divorciado, que pasa las vacaciones con su hija de quince años que se le está yendo de las manos y no sabe qué hacer, solo le echa la bronca, esos abuelos rodeados de nietos: "Celia, quién te ha comprado ese bañador tan bonito", "Tú, abuelo", y los dos abuelos se miran entre sí, orgullosos. Esa pareja británica, él un tiarrón, tal vez de Escocia, ella, una rubia blanca y delicada, tal vez de Oxford, o de Canterbury, en ambas ciudades el escritor aprendió inglés, hace tantos años que ya no quiere recordarlo, que se miran en silencio, son una pareja reciente, todavía no saben cómo administrar esos silencios que el tiempo mete de repente entre los dos, ella saca las cartas y hace un solitario, él tira piedrecitas al agua... ¡El escritor podría escribir una novela entera con lo que está viendo! Comer en el chiringuito, "¡para mí, calamares al espeto!, ¿y para ti, reina?", luego cenar en el pueblo de pescadores, marisco de la tierra, gambas, coquinas... pasear bajo las farolas, mientras los vecinos toman el fresco y los miran pasar. Regresar a casa, aunque sea un apartamento de hotel, y disfrutar de esa compañía de tantos años, cada vez más sedosa, como si el viento del tiempo hubiera suavizado sus aristas, y dejarse llevar por ese murmullo del mar, con su voy y vengo eterno... La felicidad es una cosa simple, llena de cosas sencillas... No sé quién lo dijo..., piensa, a lo mejor no lo dijo nadie, se le ha ocurrido a él esta noche, mirando el mar nocturno del Estrecho.



Pero, hoy, el escritor ya solo pensaba en regresar. No ha escrito una sola línea estos días, solo vivido, se dice para compensar. Pero su obra le espera. El destino no es mirar el mar eternamente, sino cumplir con su misión.
Así que llega a su casa de Madrid y, tras ayudar a su mujer con las maletas, acude a su ordenador, como si de un imán magnético se tratara, que le impulsa a sentarse frente a él y continuar con su libro.
Pero, antes, no puede evitar dejar grabado el recuerdo de estos días sencillos, y felices, cuyo aroma todavía le ronda en su cabeza. Y en su corazón.


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Ah, el mar, el mar… su paz… y sus enseñanzas. El mar y su playa son como la vida y su destino.


NIÑO EN LA PLAYA


     Ya sabes que todo en esta vida es un acto fallido. Y, hasta a veces te lo dices, inútil. Es como sacar agua del mar. Por un niño y en un pequeño cubo y almacenarla en un hoyo, que éste ha hecho en la playa. No lo resiste la lógica. Ni siquiera la ilusión. Pero él lo hace. Y, además, disfruta mientras se siente bañado por el sol y por, qué se yo, el empuje que le hace sentirse importante.
A ti, si hay algo que te atrae y por lo que luchas, es por continuar siendo un niño. Y, como él, seguir sacando agua del mar que, luego, algo que no sabe el niño sin duda, siempre vuelve a donde tú la sacaste. Y queda todo igual. Uniformado por la gran fuerza de los océanos y de las mareas. Que siguen conformando esa inmensa mancha azul, que engulle todos tus pequeños esfuerzos e ilusiones. Pero esa es otra guerra.
A ti te gusta la personal batalla de coger el cubo, llenarlo y verterlo en el hoyo que, con tanta ilusión, has hecho en la arena. Y volver, una y otra vez, a llenarlo de agua en el mar inmenso, mientras se consume una larga tarde. O, tal vez, la vida entera.
Qué más da. De alguna forma hay que pasar el tiempo. O la vida. Todo se consume y se agosta cuando cae el sol en un atardecer dorado en la playa.
Solo permanece de nosotros el esfuerzo. Por llegar. Por sentir. No sabes el qué, ni a dónde.
Sólo quedan, al caer la noche, unos vagos recuerdos y el cansancio de la lucha.
Y esos brillos que una vez sentiste. Mientras el afán y la fuerza del empuje de la ilusión, te hicieron creer que te llevaban más allá.
A lo mejor lo hicieron. Quién lo sabe. Tú no podrías jurarlo, desde luego. Sino sólo contarlo. Escribirlo.
Y, en el fondo, te sientes agradecido por ello.

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Nostalgia del mar, sí nostalgia de sus playas, de sus olas, de sus murmullos que tú tan bien entiendes. Todo eso te lleva a una canción de hace unos años que se llama La playa, precisamente, llena de nostalgia y romanticismo. Ah, el mar y el amor…
https://www.youtube.com/watch?v=cx5qVmtfayA. Algún día hablaré también de los cruceros y sus destellos.


       Y al escritor lo despierta de sus nostalgias un relámpago que le llena de claridad la habitación. Y de lucidez su mente.

       No le queda otra que olvidarse del mar y sus recuerdos y preparar los siguientes días de rodaje de su documental LA HERENCIA DE PAQUITA: LA FUNDACIÓN ALICIA Y GUILLERMO.

       Pero, en cuanto termine, se jura, se promete y se compromete a que se irá unos días a charlar con su mar que tanto ama. ¡Porque así sea!

miércoles, 30 de septiembre de 2026

PRIMER DÍA DE RODAJE.


 

PRIMER DÍA DE RODAJE: Ayer empezamos el rodaje de "La herencia de Paquita: la Fundación Alicia y Guillermo".
Una historia de amor y amistad que narra la historia de Paquita, una mujer con una fuerza extraordinaria que perdió a sus dos hijos, Alicia y Guillermo y que, al final de sus días, encontró consuelo en la amistad con Lola.
A su muerte, dejó todo su patrimonio, ahorrado con tanto esfuerzo, para crear una institución que ayudara a otras personas mayores a vencer la soledad como había logrado hacerlo ella.
Su amiga Lola, actual presidenta, materializó el sueño de ambas creando la Fundación Alicia y Guillermo, un referente en Madrid en el cuidado de la soledad de personas mayores.
Un poco agobiado por la responsabilidad, soy el director y el guionista, pero muy ilusionado con llevar este proyecto de Hidalgo Films tan bonito a buen puerto.
¡Ojalá, amigos, todo salga bien durante octubre y pasemos a postproducción para acabar antes de fin de año!



Un merecido descanso tras siete horas de rodaje, comiendo en una terraza cercana. El cámara y el sonidista, unos pipiolos de veintipocos, más majos que las pesetas, nos acompañan al director de fotografía, Raúl y al director de producción, José Ramón y a mí mismo, que llegué justito tras mi reciente intervención. Pensaba que estaba al cien por cien, pero acabé agotado. Menos mal que ahora tengo unos días de descanso mientras preparamos las siguientes jornadas de rodaje.






Con Lola Carbonell, un encanto de persona y presidenta de la Fundación A y G, tras la entrevista que le realicé ayer junto a otras cuatro personas de su equipo.

Seguimos.

sábado, 26 de septiembre de 2026

MI PRÓXIMO LIBRO: "DESTELLOS"

 



Estoy rematando un libro muy especial que publicaré antes de final de año. O eso escribo aquí, para obligarme a no sobrepasar esa fecha. Espero que me deje huecos el documental, cuya primera sesión de rodaje empieza el próximo martes.


Este año no publico novela. Al año que viene, de penitencia, dos.


Ahí va la presentación:

"DESTELLOS".
La vida consiste en esos chispazos luminosos.

«Tú, sólo tú, tendrás estrellas que saben reír»
Antoine de Saint-Exupéry (El Principito)

Un destello es un resplandor vivo y efímero, o una ráfaga de luz que se enciende y se apaga casi al instante, nos dice el diccionario de la RAE.

Quién no ha sentido, de vez en cuando, ese relámpago, ese brochazo de luz, que, de repente, ilumina tu vida diaria con un resplandor, con un fogonazo, que hará inolvidables esos momentos, esas sensaciones, que viviste alguna vez.

Este libro, tan personal, tan literario, recoge esa gavilla de destellos que este escritor y cineasta sintió durante este año 2026 que ya declina.

Lo ha escrito quizá con la intención de no olvidarlos, de volver su mirada a ellos cuando los eche de menos, pero también para atender a esa motivación profunda que empuja a todo escritor a narrar esos retazos de vida propios, o de sus personajes, que es la forma que él tiene de compartir este breve camino que es la vida, con los que lo recorren con él, con sus lectores.

Y estos destellos vienen envueltos en las tres grandes pasiones artísticas de este autor: la literatura, la imagen y la música. Las tres musas que saben acariciarle el corazón y hacerle levantar los ojos hacia ese cielo por donde alguna vez cruzan esos chispazos de luz.

Ojalá alguno de ellos te recuerde, te haga revivir de nuevo, alguna estrella que tú también llevas dentro. Aunque fuera una estrella fugaz, de la que ya solo permanece en tu interior aquel resplandor intenso que te emocionó y que todavía guardas en tu memoria. EL AUTOR.


Ahí va una primera aproximación a la portada y contraportada.











Todos mis libros en: www.franciscorodrigueztejedor.com





miércoles, 23 de septiembre de 2026

ESE ESTRECHO PASILLO ENTRE EL AMOR Y SU AUSENCIA (Para el proyecto "DESTELLOS")

 


    Acabo de terminar el guion de nuestro documental, ayer me di una verdadera paliza.
    Me faltan las preguntas para las entrevistas al equipo de la Fundación, a los voluntarios y a las personas mayores que alguna vez se sintieron solas y encontraron compañía en ellos.
    Ah, la soledad… Ayer me llamó precisamente un amigo que se sentía también solo. Ya lo conocemos en este libro, en el capítulo sobre el desamor: ESA PUÑALADA, lo títulé.
    Su mujer, que lo abandonó hace un tiempo, quiere volver. Y mi amigo me llama para comentarme que qué opino yo.
    Y yo no digo nada. Solo escucho. Porque sé que, en realidad, no busca mi opinión, sino solo hablar, contármelo, desahogarse. Verbalizar todo lo que le está pasando, oírse a sí mismo, y ver, desde fuera, cómo le suena todo, para decidir qué hacer.
    Ah, las segundas vueltas. Las segundas oportunidades. El amor es simple, pero en la frontera entre él y su ausencia hay tantas esquinas, tantos recovecos…
    Yo he escrito mucho sobre él. Sobre el desamor. El amor a veces vuelve, sí, y otras es mejor que no volviera.

    En mi novela “El cazador de la Patagonia”, su protagonista, Isaac, a quien llaman “El mero” (el mejor disparando, en español latinoamericano), quiere salir del mundo de las mafias en el que habita. Ha encontrado una niña abandonada, Alicia, a la que adoptado como suya y ha encontrado a una mujer, guapa y compleja como todas, con las que querría formar una familia cuando todo termine y vuelva a ser una persona normal.

Yo volví junto a Celia. Había llorado todo aquel rato.
–Sólo soy una miserable atrapada entre esos monstruos. Esto es demasiado grande para mí. Pensé que podría sacar algo y me pasé de lista. Esa es la verdad y me importa poco que me creas o no.
De repente, la creí. Y, además, quise creerla.
–¿Tienes a dónde ir, hasta que acabe todo? –le pregunté limpiándole las lágrimas con mi pañuelo.
Ella me lo pidió y se quedó con él.
–No te preocupes por mí. Envíame un mensaje y estaré aquí cuando vuelvas… si es que vuelves.
Entonces me pareció ver a la auténtica Celia: cansada y desvalida. Que, en el fondo, era como yo. Y como Ali. Tres mimbres para hacer un buen cesto. Para crear una familia. Con todo el tiempo por delante. En el futuro.
Me acerqué y le acaricié el rostro.
Ella se arrebujó en mi hombro.
–No hagas eso... –me susurró.
–¿Por qué? –le sonreí con cariño.
–Porque me podría venir abajo... He peleado tanto... sola. No sé si puedo aguantarlo más... necesito… Creo que necesito que alguien por una maldita vez cuide de mí, para variar...
Yo le levanté la cara y me zambullí en aquellos ojos que eran como el mar. Calmos, negros y dulces.
Entonces la besé y ella se derrumbó entre mis brazos, llena de estremecimientos.

Ali, cuando se lo dije, comprendía y asumía, es más me animaba a hacerlo, el que saliera de España después de todo lo que había ocurrido. Y ella se uniría conmigo luego gustosa. Y seríamos una familia. Hasta ahí todo bien. Pero lo que no aguantaba ni por asomo era lo mío con Celia.
–No insistas más Ali. Lo hago porque lo siento así. Ya me entenderás cuando seas mayor– le decía con toda mi capacidad de convicción y de ternura mirándola a los ojos.
Pero ella se ponía como un basilisco. Se enrabietaba y gritaba llena de dolor y de desconsuelo.
–¡Esa! ¡Esa es una zorra! ¡Un putón verbenero! ¡No sé cómo no lo ves!
Eso me decía. Y lindezas semejantes. Pero, cuanto más la oía, más defendía yo en mi interior a Celia. Ali no podía sentir lo que yo había sentido cuando la abrazaba en La Caleta y notaba su total desvalimiento, su fragilidad y su absoluta verdad.
Por eso mismo no necesitaba ya defenderla más ante ella. Porque Alicia no la conocía, o no lo suficiente, y tampoco podía sentir lo que era un amor de verdad. Era muy pequeña para saberlo. Me centraba en hablarle de nuestro futuro juntos.
-–¡No puedo llevarte ahora conmigo Ali, créeme! Vendré a por ti cuando me sienta seguro. Y entonces podremos vivir los tres fenomenal.
Pero ella seguía llena de enfado, de rabia y de frustración.
–¿No ves que no te quiere? ¡Yo no pienso vivir con ésa! ¡Antes me quedo sola! -gritaba entre llantos.
Llegó un momento en que yo desistí de convencerla. Era muy evidente que resultaba imposible que aceptara de buen grado la situación. La de separarnos momentáneamente, quiero decir, y que yo me marchara con Celia. Así que me centré en los aspectos prácticos para que todo quedara lo mejor posible.
–Mira, Ali, aquí en esta bolsa –le dije señalando la de cuero negro– te dejo casi todo el dinero. Acabo de mandarle un mensaje al casero de que mañana le pagarás tres meses por adelantado. Aunque aquí te queda para vivir años… Escucha, ¡Escúchame Ali!... –casi le tenía que gritar para que me hiciera algún caso- Si un día hay algún problema…
Ella ni siquiera me miraba, volvía la cabeza y se tapaba los oídos. Aunque en el fondo yo sabía que me escuchaba. Era un pulso el que me echaba que yo no podía dejarle ganar. Porque no era posible en aquellos momentos.

Sí, era Celia, sin duda, aquella mujer que se divisaba en el chiringuito de la Playa de la Victoria, que había venido puntual a nuestra cita.
Aunque, ella, de medio lado, mirando al mar, probablemente no me veía en aquellos momentos.
La llamé y Celia se giró. Estaba hablando por teléfono con el móvil. En cuanto me vio colgó.
Estaba guapísima. Aunque un poco seria. Con aquel semblante un tanto trágico que ponía ante las grandes decisiones.
Yo, rápidamente, aceleré el paso y, poniendo la bolsa sobre una de las sillas, me senté a su lado. Estábamos solos.
La miré a los ojos, a los labios. Al pelo, un tanto azulado, ahora con el sol.
–¿Con quién hablabas? –le dije.
Me sonrió como solo ella sabía hacerlo.
–Con Belmonte –contestó–. Le he pedido que me recoja algunas cosas –añadió.
Yo quería hablarle de nuestro futuro juntos.
Abrí la bolsa que había dejado junto a ella. Se veían unos fajos de billetes y todos los bonos al portador metidos en bolsitas de plástico.
Yo estaba radiante. Con aquello podíamos iniciar una vida nueva donde nosotros quisiéramos. Lejos de allí.
–¿Nos vamos? –más que preguntar, afirmé.
Ella miró al paseo marítimo y a la calzada, por donde circulaban los coches.
Y luego me miró a mí. Y tragó saliva.
–¿A dónde? –dijo un tanto nerviosa.
Yo le ofrecí un mundo de seguridad, de esperanza y de futuro. Que estaba esperándonos.
–Al aeropuerto. Cogeremos el primer avión. Cuanto más lejos, mejor –le dije mirándola a los ojos.
Ella bajó un momento la cabeza y luego volvió a mirar al paseo y a la calle, antes de volver a poner sus ojos en mí.
–Me temo que no... lo siento, Isaac. Tengo que cuidarme yo sola.
No me lo dijo ni con un gramo de pena, ni tampoco con alegría. Solo desprendía una frialdad llena de distancia.
Yo me quedé un momento sin palabras. ¡No me lo podía creer!
Pero era mi Celia la que estaba allí. Así que intenté acariciarle la cara para que reparara de nuevo en mí. Ahora, desviando la mirada de mis ojos, se había puesto a observar el mar.
De repente los oí. Y me giré hacia la calle donde antes había estado mirando Celia. Aparecieron tres coches de policía haciendo sonar las sirenas.
Se salieron de la calzada y, subiéndose en la acera, entraron en el paseo que daba a la playa y se desplegaron en abanico frente al chiringuito.
De repente, miré a Celia y lo entendí todo. Ella desvió la mirada de nuevo.
–Robert, Fran, yo… ¿con quién estás? –le dije, mientras me palpaba mis dos pistolas–. ¿Quién es ahora el jefe?
Pero Celia no contestó. Se la veía muy incómoda, como si no me conociera.
Comenzaron a salir de los coches media docena de hombres uniformados con Darío al frente.
Yo reparé en el móvil de Celia que estaba en la mesa. Lo iluminé y vi la última llamada. Era precisamente a Darío.
Inquirí a Celia, mirándola a los ojos, mientras me sacaba la Glock y la Beretta y las mantenía listas por debajo de la mesa.
Ella me contestó aguantando mi mirada.
–Siempre necesito protección –me dijo.
No era verdad. Los demás necesitábamos protección frente a ella, pensé, por fin clarividente.
En un momento me di cuenta de todo. Cuando ya nada tenía remedio.
Los hombres de Darío se acercaban
Entonces la vi. A Alicia. Justo detrás de ellos. Saliendo de detrás de una furgoneta. Mirando asombrada lo que pasaba.
–¡Eh, Mero! –gritó Darío, con su pistola en la mano.
El resto de los policías también sacó sus armas.
Yo me puse en pie, mientras Celia se alejaba de allí. Y levanté mis dos automáticas contra ellos.
Alicia empezó a gritar, corriendo hacia mí.
- ¡No, no, no…! ¡Espera…!
Y su voz empezó a ser inaudible entre el ruido de los disparos.

Sí, mi amigo me dice que fue traicionado, que se sintió así aquel día. Y, sin embargo, está sopesando volver a darle una oportunidad. Solo si ella ha cambiado, si no va a volver a ocurrir, si viene de verdad… Porque, a lo mejor, ella también lo ha pasado mal, ha sufrido, ha sido demasiado dolorosa esa decisión de romper con él. Las viejas promesas que se piden, y tal vez se hacen, cuando se vuelve.

En El dia que fuimos dioses, Eva Sanlúcar ha quedado en el Aeropuerto de Madrid-Barajas con su novio, Nando, una relación para ella de amor-amistad que nunca se atrevió, o consiguió, clarificar.

Él la esperará allí para irse juntos a Asia y comenzar allí una nueva vida. Ah... el cambio que busca el enamorado para huir del sitio donde las cosas no funcionan.

Y ella llama a un amigo común, Guillermo, para que le diga a Nando que no irá, que no puede marcharse con él.


        Así fue cómo me dispuse a esperar a Guillermo Garmendia, metida en mi coche y pensando en Nando. Con la mirada perdida / y rodeada de noche / acaricio el filo / de la navaja abierta. / Aquí / en nuestro dulce nido / bajo la luna llena. / Y cuando se consuma / la mortal herida / y la navaja hunda / en tu dormido pecho / hasta la empuñadura. / Me quedaré en silencio / en la otra orilla / con el alma rota / y mirando lejos / a la triste Luna.

        Cuando llegó Guillermo y se sentó a mi lado rompí a sollozar, temblando de los pies a la cabeza.
    —No puedo Guille, no puedo irme con él. Tú me comprendes, ¿verdad?
    Guillermo Garmendia me abrazó contra su pecho y me estrechó fuerte contra él.
    —Eva, yo sí te comprendo. La vida está llena de renunciaciones.
En el reverso del billete de avión le escribí a Nando unas letras.
«No puede ser, Nando. Te he querido todo lo que he podido, que ha sido muchísimo. Vive sin mí, como yo lo haré sin ti. Eva.»
    —Llévaselo Guille, yo no tendría fuerzas. Ahora mismo me voy a Sevilla, ya no podría estudiar aquí, ¿sabes? Y no volveré a Madrid en mucho tiempo.
    —Eva, ¿esperarás mi llamada?
    —Sí, Guille, esperaré tu llamada. Me marcharé nada más hablar contigo.

        A la mañana siguiente, a poco de la madrugada me llamó Guille.
    —Todo está hecho ya —me dijo con una voz cansada.
    —¿Cómo ha ido? —le pregunté.
    —Estaba allí, en el mostrador de British Airways, y allí se quedó. Se le heló la sonrisa y luego arreguñó en su mano tu nota. Otro que ya sabe, como nosotros, que el mundo no está bien hecho, ¿verdad?
        No le contesté a Guille su pregunta. Simplemente le dije.
    —Adiós, gracias.
        Colgué y cerré mis maletas.
        Cuando me iba sonó el teléfono de nuevo, una vez y otra, hasta tres. Miré el reloj. Eran las siete y treinta, la hora límite antes del embarque. Luego el teléfono enmudeció ya para siempre.

A veces, la ruptura se produce por unas circunstancias difíciles y ajenas a la voluntad de ambos. O porque alguno de los dos no hizo lo suficiente por superarlas. Muchos años más tarde, en El Astrónomo, Alejandro, que acaba de recibir una noticia terrible sobre su salud, levanta el teléfono y llama a su antiguo amor, Irene. Ambos habían hecho, cuando se comprometieron, un viaje inolvidable por el camino de Santiago de Galicia.

Aquella noche tumbados al borde del camino, permanecisteis en silencio, contemplando el firmamento, hermosísimo y majestuoso, embriagados por su belleza, la misma que sentíais en aquel momento en vuestro interior. Rezasteis, en lo más profundo de vuestras almas, para que aquella bóveda luminosa os protegiera ante cualquier infortunio que os asediara en el futuro. Ya lo había escrito el escocés Stevenson, al que desconocíais por entonces: «No pido otra cosa que el cielo sobre mí y el camino bajo mis pies. ¡Qué grande sentirlo! ¡Y, más grande aún, creer que lo estás viviendo!».
    Tampoco habíais leído a Óscar Wilde, sentíais que aquello que escribió no os concernía. Vivíais la suerte de esa juventud primeriza, llena de empuje, inocente y temeraria. «Todos llevamos dentro el cielo y el infierno», había dicho.
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CAPÍTULO 37

    Irene y tú habíais elegido la cafetería más próxima, Riofrío, justo enfrente, en el arranque de Génova con la Plaza de Colón, tal vez porque los dos queríais llegar cuanto antes y empezar a hablar de aquellos años de ausencia, veintitrés nada menos.
    Solicitasteis un rincón tranquilo y allí, Irene y tú, os acomodasteis en un sofá de rinconera que rodeaba a una mesita baja donde yacían dos cervezas, los restos de unos aperitivos y dos cafés todavía humeantes.     Se produjo el silencio entre vosotros.
    –¿Recuerdas las tardes que pasábamos aquí, en esta misma mesa, Irene?
    –Sí, claro. ¿Cómo iba a olvidarlo? No sé si trabajará aquel camarero tan patoso, ¿cómo se llamaba?     –Irene sonrió con los restos de la dulzura de su juventud, mezclada con la dureza que la vida había vertido en los últimos veintitrés años– ...Ah sí, se llamaba Carlos; Carlos II, El Hechizado, le pusimos nosotros..., ¿te acuerdas?
    –¡Claro que me acuerdo! Pues no, no lo he visto, será ya una reliquia. ¿Tú eres consciente del tiempo transcurrido desde entonces, Irene?
    –Tampoco tanto, Alejandro... Bueno, sí... Veintitrés años –hablaba Irene, con nostalgia y tristeza.
    –Aquí preparamos nuestro viaje al Camino de Santiago... –la interrumpiste, tu rostro reflejó la ilusión y luego la nostalgia, aunque al final se revistió con la mueca de un inmenso dolor–. ¡Maldigo aquellos fuegos artificiales! ¡No sabes cuánto, Irene!
    Irene permaneció en silencio. Luego, alargó una mano dubitativa hasta su taza de café casi topándose con ella. Intentó agarrarla torpemente del asa mientras que hacías ademán de acercársela, te detuviste al ver que alzaba su café y se lo llevaba a la boca. Se reflejó en tu rostro un rictus de dolor.
    Tu mente te condujo en un segundo al Camino de Santiago veintitrés años atrás. Concretamente al pueblo de Padrón, donde celebraban las fiestas y, como cierre de las mismas, se organizaron unos fuegos artificiales espectaculares. Os faltaba solo una jornada, mucho más corta que las anteriores, para arribar a Santiago a las doce de la mañana, con tiempo para escuchar la misa del peregrino en la catedral compostelana y os apetecía un poco de diversión en aquella vuestra última noche de Camino.
    En las afueras, la gente, situada a una prudente distancia, observaba los fuegos artificiales que una máquina depositada en el suelo lanzaba al cielo a intervalos de tiempo regulares. Cada lanzamiento producía murmullos de admiración. El cielo y la luz y las explosiones eran un buen antídoto contra la depresión del fin de fiestas. Había chicos jóvenes con cervezas y combinados en la mano y parejas abrazándose y besándose bajo la noche estrellada, cruzada de punta a cabo por los estampidos y las luminiscencias de los fuegos.
    Os sentíais radiantes y felices. Aquella noche era la culminación del viaje en el que os habíais conocido más a fondo, lejos de decepcionaros, habíais confirmado vuestra mutua elección. Una elección que sería para siempre.
    Estabais apoyados contra el tronco de un pino, que tenía adosada a su corteza la típica concha del Camino de Santiago. Aquella antigua concha os vinculaba con todas las parejas que desde tiempo inmemorial se habrían detenido en aquel viejo árbol. Reparasteis en ello al unísono y os besasteis y, luego, para romper aquella solemnidad, le susurraste frases atrevidas al oído en un clima de complicidad y apasionamiento.
    De repente, la máquina lanzadora se detuvo. Pasados los primeros momentos, la gente se preguntó qué sucedía, todavía no se había alcanzado la tradicional cadena de explosiones que suponía el clímax del fin de fiestas. Después, se incrementaron los murmullos de expectación por lo que ocurría y un joven de la comisión organizadora alzó la voz, dirigiéndose al operario de los fuegos.
    –¡¡Eh!! ¿Qué pasa? Todavía falta más...
    No acabó la frase.
    Se produjo una explosión ensordecedora y la máquina saltó por los aires hecha pedazos. A su alrededor, se formó una gran nube de humo y de luces de colores. Menos mal que todo el mundo se hallaba a una prudente distancia y el operario manipulaba la máquina telemáticamente. Si no, hubiera provocado una catástrofe. Irene, sorprendida y asustada por la explosión, se abrazó a ti, llena de espasmos. Cuando cesaron las explosiones ella siguió pegada a ti. La oíste en un susurro:
    –Alejandro, Alejandro, algo me pasa...
    –¿Qué es, cariño, qué te ocurre...?
    –Ha sido en los ojos. Ya parece que se me va... –luego se los restregó y los abrió de nuevo–. Ha debido ser el susto.
    Irene te miró con los ojos humedecidos y con un anormal temblor en sus pupilas.

CAPÍTULO 38
    En la cafetería Riofrío, Irene había levantado sus ojos hacia los tuyos. A ti te recordaron los de aquel día en el Camino de Santiago. Todavía eran bellos, pero mostraban una mirada sin dirección. Tú sabías que apenas distinguían sombras, un rastro mínimo de luz que huía por las esquinas o, después de tantos años, ni eso siquiera.
    Había cambiado la expresión de su cara. Albergaba un trasfondo de inocente ternura, inclusive sus ojos conservaban un aire soñador. Pero sus facciones se habían endurecido. Un rictus de amargura marcaba su boca y un aire de resignación su barbilla.
    –¡Malditos fuegos artificiales...! –exclamaste, más para ti que para ella.
    Ella habló con el rescoldo de bondad y de inocencia que todavía le quedaba. Probablemente se esforzó para encontrarlo en su interior. Su voz sonó cariñosa y sin rencor hacia ti.
    –Lo que sucedió habría ocurrido en otro momento, Alejandro. Mis ojos eran el problema. Habían sufrido otros desprendimientos de retina en mi familia, pero nunca piensas que te ocurrirá a ti –notaste la amargura que asomaba por las comisuras de su boca, ella dirigió sus pensamientos hacia lo que sentía veintitrés años atrás–. Aquellos fuegos artificiales fueron muy bonitos. Casi nunca sueño con imágenes, Alejandro... Ahí sí que se notan los cinco lustros transcurridos... De vez en cuando, se cuelan los colores de aquellos fuegos y de nuestro cielo estrellado. Mi memoria ha borrado toda luz... Los ciegos soñamos de otra manera, a mí todavía me quedan aquellas estrellas, Alejandro... Y te lo agradezco...
    Te emocionaste, hasta tal punto que las lágrimas intentaron asomar a tus ojos, aunque de un manotazo las escondiste en sus madrigueras. Te acercaste y le cogiste la mano a Irene. Ella te dejó hacer.
    –Irene, Irene... fui un cobarde. Un jodido cobarde. No te convencí para que te quedaras a mi lado. Te hubiera querido igual. Te quería tanto... No, no, tú me querías tanto... Me he sentido culpable desde entonces, de no merecer tu amor, de no ayudarte, de no poder convencerte de que podíamos haber afrontado juntos tu enfermedad... La culpa, la culpa, Irene... Han sido veintitrés años de culpa.
    Ella puso la otra mano encima de las dos que teníais unidas.
    –Tú no la tuviste, Alejandro, ninguna culpa. Yo hubiera seguido a tu lado, pero...
    –Entonces... ¡tú hubieras seguido a mi lado! ¡Qué dulces y reparadoras suenan tus palabras! ¿Por qué no lo hiciste si lo deseabas? ¿Quién tuvo la culpa si no fui yo?
    Tú sabías de quién había sido la culpa. Y no querías que ella supiera que tú ya lo sabías. Irene tardó unos momentos en contestar. Y luego musitó unas palabras, aunque no evitó que aquel rictus de amargura de su boca se acentuara un poco más.
    –¿Qué tal está tu madre?
    –La enterramos hace unos días. Llevaba ya varios meses con un cáncer terminal.
    Irene permaneció en un silencio incómodo para ambos, no quiso conocer más detalles. Por fin, tras unos segundos eternos, te preguntó:
    –¿Y nunca te habló de mí?
    De repente, notaste otra vez que tu madre se interponía entre tú e Irene.
    –Lo sé todo, Irene, ¡todo! Lo dejó escrito en una nota, para que la leyera cuando hubiera muerto.
    –¿Todo, todo?
    –Creo que sí. En ella relataba que se ocupó de convencerte de que yo no te quería y que serías una carga. Ella no te deseaba cerca de mí. Ya había perdido a mi hermano que se fue a vivir a Nueva Zelanda. Mi padre se hallaba hemipléjico de un ictus y era para ella una pesada carga que duró quince años. No quería otra hipoteca adicional en la familia. Escribió que te había dicho cosas terribles para alejarte de mí.
    –¿Sabes lo que llegó a decirme cuando ya no veía apenas?
    –No.
    –Me dijo que si no desaparecía de tu vida, un día me tiraría por las escaleras, por el hueco del ascensor o la ventana.
    –Por Dios, no pudo ser tan cruel.
    –Lo fue. Aunque todavía no lo suficiente, esa amenaza no era bastante para alejarme de ti. Estaba dispuesta a permanecer contigo hasta que me matara. Porque mi vida sin ti no tenía ningún sentido.
    –Irene, Irene..., no sabes lo feliz que me hacen tus palabras. A pesar de todo. Me sentía culpable de no haber permanecido a tu lado. Y de abandonarte a tu suerte, aunque fueras tú la que desapareciste... ¿Por qué me dejaste? ¿Qué te contó mi madre para que me abandonaras?
Irene abrió las esclusas de un pantano de agua corrompida y turbia.
    –Me dijo que facilitaría que alguien me violara, sería muy fácil, me decía, acercando su voz a mi oído. Y luego te diría que había sido consentido. Pero me mantuve firme. Como vio que no era suficiente para alejarme, me dijo que si teníamos hijos, nunca podría protegerlos, que los mataría con sus propias manos. Allí entendí por fin que no existía ningún futuro para nosotros.
    –Por Dios, Irene, es terrible. Mi madre debió enloquecer. Siento muchísimo todo lo que te hizo sufrir. ¿Por qué no me lo dijiste?
    –No podía decirte nada, ella lo negaría todo y temía que si te lo contaba, te pondrías en mi contra. En el fondo, sabía que alejarte de tu madre suponía asimismo alejarte de tu padre, que te necesitaba. La mejor alternativa para todos era mi marcha. El quedarme ciega fue un golpe del destino que lo cambiaba todo. No me quedó más remedio que asumirlo. Así que te escribí aquella carta en la que te decía que no te quería.
    La carta que habías leído mil veces, que no olvidarías, jamás.
    Os quedasteis en silencio.
    –Alejandro ... No te entristezcas. Ninguno de los dos ha de culpabilizarse. Tú quisiste que quedara un bonito recuerdo entre nosotros. No las dificultades, las frustraciones, el mal rollo, que hubieran venido si hubiéramos seguido... Y así ha sido, Alejandro. Guardo un bonito recuerdo de aquella época y de aquel viaje maravilloso. Ha pasado mucho tiempo, no te atormentes más.
Bebiste un trago de tu consumición, lamentaste que no fuera Old Ripy.
    –He quemado mi vida, Irene. ¡Si supieras lo infeliz que he sido...! Me sentía culpable de que tú no te sintieras suficientemente querida por mí en tu situación y optaras por abandonarme. Y culpable de no insistir lo suficiente para que te quedaras. Y, mucho más tarde, cuando el tiempo y la distancia ya habían hecho su trabajo entre nosotros, intenté justificar lo sucedido. Pero no pude. Me fue imposible olvidarte.
Irene fue a hablar, alargaste tu mano y pusiste tu índice sobre sus labios.
    –No he hecho más que atormentarme todos estos años. Luchar por olvidarte, sin conseguirlo. Intentar pensar que yo estaba mejor sin ti, y que tú, ciega, nunca podrías contemplar mi cara, ni cómo envejecía contigo, ni ver a nuestros hijos imaginarios crecer. Ni podrías cuidar de ellos... Con esos cimientos traté de construir un edificio en el que no tuvieras ningún valor para mí. ¿Sabes lo que me repetía cada minuto? ¡Que nunca podríamos mirar el cielo igual que aquella noche! ¡Ni encontrar juntos nuestra Estrella Polar! En realidad, nunca compartiría ya nada maravilloso contigo y tú tampoco me aportarías jamás nada mágico como aquella noche, Irene. ¡Mi problema es que, después de beberme cientos de botellas de bourbon, no he conseguido olvidarte!
    Te quedaste en silencio tras esparcir todo tu dolor. Deseando que tus palabras hubieran sido reparadoras, un bálsamo reconfortante y tonificante para el lastimado corazón de Irene. Al final, ella te consoló.
    –No te atormentes, Alejandro. Han pasado veintitrés años. Fue una decisión muy dura. Muchos habrían hecho lo que tú... Yo no te lo puse fácil. Y tu madre seguro que ha sufrido tanto o más que tú –sí, tu madre, pensaste en aquel momento, también había pagado una factura muy alta, con tu hermano, con tu padre y contigo, contemplando tu tristeza–. Al destino se le fue la mano con nosotros, Alejandro. Nada más.
    Tú querías seguir escanciando tu dolor y frustración.
    –Me quedé vacío, Irene. ¿Sabes cómo me llaman...? El astrónomo. Me paso las noches mirando las estrellas, buscando lo que no tengo. Lo que desapareció para siempre.
    Hiciste una pausa mientras diste otro trago al café frío.
    –Irene, cuando la vida te golpea así, de este modo tan terrible, tan cruel, y tienes que seguir trabajando, hablando con la gente como si nada hubiera ocurrido, viviendo como un hipócrita, acabas pensando que, a lo mejor, no eres el único que se siente así y que, los que te rodean, son unos cadáveres andantes, lo que pasa es que lo disimulan, como tú mismo. Por eso me empezó a gustar descubrir las miserias de los demás, bajo su impecable fachada. Sus debilidades y secretos. Descubrir quiénes eran en el fondo, yo me sentía un sepulcro blanqueado. Por eso me hice policía, aunque no se lo haya dicho jamás a nadie. Y disfrutaba con ello. O, al menos, así era menos consciente de mi dolor. Al comprobar que todo el mundo sufría, mi desgarro resultaba más llevadero.
    Tu semblaste era como una foto del dolor acrisolado en el tiempo, rezumaba desesperanza y amargura.
    Levantaste la cabeza y miraste a Irene a los ojos. ¡Y algo ocurrió!
    Ojalá ella hubiera podido verte, pues en los tuyos brilló una luz llena de admiración y reconocimiento.
    Le dijiste lo que estabas pensando:
    –Me doy cuenta que hay estrellas que están en la tierra, no en el cielo. Como tú, Irene, capaz de perdonar. Como Gustavo, un padre que conocí que dio la vida por su hijo enfermo, Leonardo, que brilláis para todos nosotros, los mediocres, que no somos nada, zombis anónimos y sin vida...
Irene buscó a tientas tu mano.
    –Alejandro ... Tienes que perdonarte. Ha transcurrido mucho tiempo y aprendí a vivir sin ojos. Eres un buen hombre, al que el destino jugó una mala pasada...
    Te recostaste en el pecho de Irene, que pasó su brazo por tus hombros.
    – No, Irene. El destino te la jugó a ti. Yo no estuve a la altura... ¡Lo siento tanto...! ¡Por ti y por mí!
    –Alejandro ... Dejémoslo en que al destino se le fue un poco la mano con nosotros. ¿De qué sirve quejarse eternamente? Ni el camarero Carlos II El Hechizado, ¿recuerdas?, que era feo y patoso como nadie se quejaba tanto… –terminó Irene riéndose, relajada.
    ¿Por qué con ella era todo tan fácil?, no pudiste dejar de repetirte en tu interior, mientras escuchabas cómo se reía.

CAPÍTULO 39

    Luego salisteis a la calle. Por un momento te sentiste de retorno a aquel entonces. Fueron unos instantes maravillosos mientras paseabais juntos.
    Pero quizás había que caminar primero por la realidad del hoy, hablar de tantas cosas que no habíais tocado aún. Irene dobló su bastón blanco y se cogió de tu brazo. El Paseo de Recoletos estaba lleno de luces. Era un cielo terrenal y acogedor que os reunía de nuevo. Cuando llegasteis al cruce con la calle Prim, Irene comentó con desenvoltura.
    –Ahí está la ONCE. Donde trabaja mi marido. Mi ex, quiero decir...
    Se hizo el silencio. Rápidamente, cogiste ese hilo de intimidad que te ofrecía.
    –Irene, no he querido preguntarte nada... No tengo ningún derecho. ¿Qué ha sido de tu vida?, me gustaría tanto saber de ti...
    Irene siguió con su tono desenvuelto.
    –Seguro que siendo detective ya lo sabes...
    Te estremeciste y tardaste en reponerte.
    –Algo sé. Pero no lo que quiero saber, cómo te sientes.
Irene abandonó aquel tono intrascendente y adoptó otro propio de lo que erais vosotros en aquellos momentos: dos viejos amigos, antiguos amantes en el pasado.
    –Me casé con un ciego de nacimiento. Él es un directivo de la ONCE. La cosa no funcionó. Tal vez busqué lo opuesto a ti... –a Irene le tembló la voz al decirlo–... No ha sido fácil para mí. Nuestro viaje me marcó. Aunque lo intenté, nunca olvidé la luz que sentí contigo cuando mirábamos las estrellas, tumbados en el bosque. Tal vez porque fue la última vez que las vi... –luego respiró profundamente y añadió con un poso de resignación–, pero aprendí a vivir sin ellas. ¿Qué otra cosa podía hacer?... ¿Y tú?
    Tú la atrajiste contra ti, mientras caminabais más lentamente.
    –Me casé. Después de muchos años solitarios. Hace relativamente poco. Fue un desastre... Nos divorciamos a los pocos años.
    Luego hiciste una pausa larga y todavía ralentizaste más tu marcha.
    –Irene, ¿no te preguntas por qué te he llamado después de tanto tiempo?
    –Sí. Pero sabía que me lo dirías.
    –No tenía derecho a llamarte... A pesar de lo que te he echado de menos. Después de todo lo cobarde que fui, no...
    Respiraste hondo y musitaste con un hilo de voz.
    –...Me muero, Irene. Me muero...
    Te detuviste al fin, asimilando tus palabras. Levantaste la cabeza y miraste a lo lejos. Una luna enorme se alzaba por encima del Palacio de Cibeles.
    Irene no dijo nada. Solo se abrazó contra tu pecho.
    Otra vez aquella sensación de refugio que tenía su cuerpo al abrazarla. Así que continuaste ya muy cerca de su oído.
    –Es genético. Tendencia irreversible a la muerte súbita, lo llaman. En mi caso la tendencia ya ha llegado donde debía. Puede sucederme en cualquier instante. No quería marcharme sin verte una última vez.
    Le habías levantado mientras la barbilla, sin atreverte a dar el siguiente paso. Ella lo dio por ti. Se puso de puntillas y te besó en los labios. Entonces la besaste con toda la pasión del mundo. Ella sintió lo mismo que tú. Cuando os separasteis, te susurró:
    –Alejandro... Somos libres. Me gustaría pasar este tiempo que nos queda contigo. Nos lo merecemos.
    Por respuesta, la besaste de nuevo. Estabais en mitad de la acera, bajo los árboles del Paseo del Prado. Junto a la llama permanente del Monumento al Soldado Desconocido, que chisporroteaba con una viveza nueva.
    Por fin musitaste, con los ojos victoriosos sobre el malhadado destino:
    –Sí, Irene, nos lo merecemos. Siento que regresa la felicidad –la abrazabas y la besabas de nuevo, levantándola del suelo con la fuerza de un chaval–. Quiero que lo sepas...
    Entonces, con ella en vilo, empezaste a girar, a dar vueltas sobre vosotros mismos bajo la luna enorme y las estrellas de las farolas del Paseo del Prado.
    Gritabas. Y la gente que se cruzaba, se detenía un momento a vuestro lado. Os miraba con admiración y, quizás, con un poco de envidia...

    Un taxi se detuvo junto a la casa de Irene. La muchacha salió del coche tanteando con su bastón. Accediste a la calle por el otro lado del vehículo y os despedisteis con un largo beso junto al portal. Luego Irene metió la llave en la cerradura y abrió la puerta de la casa. Después se giró, agitó su mano con una despedida, se introdujo dentro del portal sin dar la luz y desapareció.
    Volviste al taxi y éste inició la maniobra para dar la vuelta y regresar por donde había venido, mientras escuchabas en tu interior las palabras de Irene, llenas de esperanza.
    –Alejandro, mañana mando a mi madre de vuelta a Oviedo y me mudo a tu casa. ¡Me tienes que enseñar tu telescopio y contarme cómo son las estrellas...!

Este final tan feliz, no es el final de El astrónomo, como bien sabe todo aquel que lo ha leído. Aunque podía haberlo sido. Se lo merecían Alejandro e Irene.
  Tal vez mi amigo piensa que ellos también se lo merecen, darse una segunda oportunidad. Pero, todavía duda, reflexiona, se pone condiciones a sí mismo, se las pone a ella.
Ah, el amor y la búsqueda de él, su presencia y su ausencia.
Entonces me acuerdo de este destello, de esta canción hermosísima y clarividente a la que yo le he puesto imágenes.