MIRANDO AL MAR
“Mirando al mar soñé que estaba junto a ti...”, decía una vieja canción. Y yo me encuentro en mi despacho donde escribo, mirando la lluvia que no cesa. Y preguntándome qué he hecho yo para merecer esto, como se decía en aquella también vieja película de Pedro Almodóvar, de cuando hacía buen cine, hace mil años ya.
Sí, el castigo ha caído sobre mí. Tenía unos días reservados en mi agenda, a base de apretujar mis tareas en los días previos, para irme a cargar las pilas mirando el mar y soñando cosas bonitas y motivantes a su lado, en nuestro refugio de Alicante.
Pero ya todo es papel mojado, nunca mejor dicho, empapado, añadiría yo. Incluso he leído que las autoridades han enviado un ES-Alert para que llevemos cuidado y no nos acerquemos a la costa levantina ni por asomo
Así que no me queda otra que mirar la lluvia, cómo limpia y embellece todo cuanto toca, pero, también, cómo destroza a mis petunias alfombrando las terrazas con sus pétalos coloridos e inocentes y zarandeando sin piedad a los árboles de la urba.
Y eso que a mí no me disgusta la lluvia, es más, me parece hermosa, poética, sugerente y necesaria. Cuántos ratos me pasé de niño embelesado cómo se esparcía por los cristales. Tengo una novela, la primera que escribí, El día que fuimos dioses, donde llueve casi tanto, o más, que en el diluvio de Noé y a mí me parece que es una de las más bellas que he escrito, ahora hace quince años que se publicó, Dios cómo pasa el tiempo, tendré que hacer algo urgente para su conmemoración. Otra tarea más, aunque agradable.
Lo que pasa es que esta lluvia en concreto me separa de mi mar, ese paraíso idílico en el que yo me pierdo, me busco y, por fin, me encuentro.
Así que no me queda otro remedio que sentir su luz que entiendo tan bien, y su azul, su añil, su verde y la oscuridad sugerente y poética que lo envuelve por la noche, mientras releo todo lo que he escrito sobre él, sobre sus playas que es el paseo que más me gusta y sobre el estremecimiento que te produce cuando te abraza, cuando te muestra toda su verdad.
Ah, el mar, el mar… quién pudiera hoy estar allí.
Yo, un chico de pueblo, y de secano, tardé mucho en ver el mar.
Lo cuento en “LEJOS DEL SAUCE CURVO”:
Llegó diciembre y yo no había cogido vacaciones en el banco por aquel medio año que llevaba trabajando, así que me dieron los quince días que me correspondían. No en Navidad, claro, sino del uno al quince, para que no se me olvidara que yo allí era el último, por edad y por antigüedad.
Ya he dicho antes que, casi a mis dieciocho años, yo no había visto todavía el mar, casi me da vergüenza decirlo. Hoy, un chico a esa edad, del mar lo conoce todo salvo el fondo donde está el Titánic.
Eran otros tiempos, a mí me hizo una ilusión tremenda coger el tren Costa Brava, ¡qué nombre tan bonito y exótico, por Dios, me decía, ilusionado! Salía de Atocha a las nueve de la noche y llegaba a Barcelona a las nueve de la mañana del día siguiente, donde mi padre tenía unas tías que me enseñarían Barcelona y sus alrededores.
Nunca olvidaré cuando, al amanecer, descubrí la luz del mar, y sus olas, de un azul dorado, casi salpicaban el Costa Brava que circulaba, paralelo al agua, por el litoral de Tarragona. Fueron unos momentos mágicos e inolvidables. Dignos de haberlos vivido.
¡Solo por ellos merecía la pena haber cogido todos los días el metro para ir al banco y a la universidad!
Con el tiempo, el mar, la añoranza de él, lo fue convirtiendo en un paraíso lejano al que desear volver. Y más en las estaciones lejos del verano, donde sus playas están abigarradas de gente y es muy difícil entrar en la intimidad de sus aguas, sus arenas y sus luces.
DÍAS DICHOSOS EN ALICANTE
Cuando el escritor se dispone a plasmar en literatura estos días navideños, al sol de las playas de Alicante, para este blog literario y personal, se acuerda del libro de memorias del gran Umbral: "Días felices en Argüelles". Lo que pasa es que el escritor no se atreve a titularlos así, aunque así los sienta. La felicidad es una liebre asustadiza que, de vez en cuando, corre a nuestro lado y, en un tris, desaparece tras los arbustos. Él no quisiera que estos días desaparecieran de su recuerdo y, mucho menos, que se asustaran por el uso de ese adjetivo tan rotundo de "felices" y tardaran en volver a aparecer.
El escritor viaja en coche con su mujer y sus hijos, ya mayores, que tienen, desde hace tiempo, sus propias parejas, pero que, por diversas carambolas del destino, quieren pasar unos días de estas navidades con sus padres. Y, ellos, encantados, claro, mientras quieran estar con sus papis y estos no interfieran en las vidas de sus hijos. El escritor sigue un viejo consejo que alguien sabio le dio una vez: "Para llevarte bien con tus hijos, tú, boquita cerrada, y cartera abierta". Y él añadiría: "Y que se sientan protagonistas".
El padre del escritor, muy sabio en casi todo, no llevaba bien, sin embargo, eso de ir en el asiento de atrás del coche. "Cuando te relegan al asiento de atrás, malo" le decía. Al escritor, por contra, no solamente no le importa, sino que lo prefiere. Ir él y su mujer relajados en la parte de atrás del auto, contemplando el paisaje, que es como ver pasar la vida, se dice, mientras piensa que envejecer es cada vez más mirar, reflexionar, recordar, aconsejar, dejando la acción para los más jóvenes, los protagonistas del futuro. Así que él hace una parte del trayecto y el resto se lo reparten sus dos hijos, encantados, además.
El escritor tiene un coche grande, muy aparente, un todoterreno negro de alta gama y marca de élite. En su época de financiero se lo prestaba su empresa como vehículo de representación, él, un chico ahorrador y de pueblo, nunca hubiera hecho ese dispendio. Cuando llegó su jubilación llegó a un acuerdo muy favorable con su empresa y ahora se pasea en él y, sobre todo, contempla, orgulloso, cómo disfrutan sus hijos, domándolo, y disfrutando de un vehículo más completo que sus utilitarios. Tal vez eso les incentive, piensa él, a pencar y pencar, para perseguir sueños y ambiciones que conllevan, también, sus correspondientes zanahorias. Como él hizo.
Alejarse de Madrid es alejarse de los problemas cotidianos. Y una persona sin problemas desarrolla buen carácter y un sentido del humor reconfortante y agudo. Así que todo son bromas y buen rollo dentro del coche. De vez en cuando, los jóvenes ponen música de ahora y los padres se dan cuenta que es maravilloso estar cerca de los jóvenes, el problema es que los jóvenes quieran estar cerca de los viejos, claro. Pero estos días están de suerte.
Al escritor le gusta pararse a comer en carretera y dejarse llevar por la improvisación. No tiene sitios predeterminados, eso que viaja con frecuencia por la A-3. Viajar es incentivar lo inesperado, lo sorprendente. Ello te sacude de la modorra de tu vida rutinaria en la gran ciudad, despierta tus sentidos y te hace rejuvenecer.
En la comida, el escritor y su mujer se interesan por los planes de sus hijos para el año próximo. No hay nada que les guste más a los hijos que hablar de lo que quieren hacer y que sus padres les escuchen, a ser posible sin opinar con esos juicios, que los hijos ya se saben de sobra. El escritor se piensa a sí mismo de joven, cuando tenía una edad parecida. Sí, envejecer es vivir dos veces.
Llegan al mar. El mar, piensa el escritor, nos recoge como afluentes suyos. Como ríos que vierten sus problemas en él, y nos despoja de todos los caparazones con que nos hemos ido vistiendo en la gran ciudad. Al escritor, ni muy playero, ni tampoco deportista del agua, bueno, ni de la tierra tampoco, lo que le gusta es mirarlo, pasear por su cinta de espuma que choca con la arena de la playa, con los pies refrescándose en él, sorprenderse con los rayos de la luna surfeando de noche en sus rizadas aguas y dejarse llevar por su inmensidad, por la inmensidad de su belleza, quiere uno decir.
Así que nada más llegar y dejar las maletas, se van al Paseo de El Albir, por esa primera estampa del mar, atardeciendo ya, hubiera merecido la pena este viaje, piensa. Con el paso de los días, sin embargo, el mar llega a ser también rutinario y anodino. Pasa como cuando compras un cuadro hermoso que te gusta, los primeros días no haces más que mirarlo, luego, quizás, ya ni reparas en él. Por eso él ama esos viajes cortos, de unos pocos días, como este, donde el embrujo del mar no pierde efecto.
DÍAS DICHOSOS EN ALICANTE (2)
Al escritor le gusta mucho, cada vez más, venir a pasar unos días a esta casa de Alicante. Se relaja y renueva en ella. Es amigable, acogedora. Está en una urbanización a mitad de camino de Altea, Alfaz del Pi y El Albir. Son unas casitas bajas de máximo dos alturas, unos bungalows, como dicen los ingleses, con una pradera a su alrededor, piscina, tenis y un club social para hacer barbacoas, celebrar cumpleaños y ver partidos de fútbol.
Al escritor, de todo esto, lo que más le gusta es la tranquilidad, el silencio que se respira por la noche, la silueta de los tejados rojos que ve desde su terraza (él vive en un segundo) y la escalera de montañas que se dibuja enfrente y que acompañan al promontorio del faro de El Albir. Esta ausencia de ascensores, de bloques altos agresivos, de tráfico, es lo que él busca. También, la sencillez de una casa escueta, con lo imprescindible para vivir. El escritor ha ido recargando su casa de Madrid, quizás porque nació y creció en una época de escasez. No le gusta tirar nada. Siempre encuentra, claro, pero, también, la presencia de tantos ornamentos, recuerdos, etc., no deja de agobiarle. Así que su mujer y él se juraron que, en esta casa de vacaciones, tendrían solo lo imprescindible. Y, quizás, piensa el escritor, ahí radica una de sus fuentes de la dicha que proporciona.
No tienen internet, ni ordenador, ni teléfono, ni buzón, no lo abren, quiere uno decir. Una cama grande y cómoda, una ola brava y azul hecha de azulejos llenos de vida en el baño principal, una cocina pequeña y coqueta, un salón con lo justo y con un par de cuadros marinos, una habitación de invitados con su cuarto de baño y una terraza hermosa y espaciosa, eso es todo. Una escalerita exterior entrañable, de piedra, para subir a ella y unos arcos en la fachada completan su imagen. Todo muy sencillo, básico. La compraron hace unos años, para cuando sus hijos les dejaran para hacer su propia vida, un apartamento de pareja, para envejecer juntos. Con una estación de tren a cinco minutos, para cuando se les haga duro ir en coche desde Madrid.
Casi siempre van solos, el escritor y su mujer y, algunas veces, sus hijos con sus parejas. Han cogido la costumbre de ir juntos los cuatro en Navidad, pero, probablemente, esto no dure. De ahí que estos días, padres e hijos de vacaciones, también hayan tenido un aroma de despedida. Por ello, todo ha sido humor, bromas y disfrutar de estar juntos.
El escritor sonríe al recordar los mensajes que se ponían en los cristales húmedos del coche. Ve una foto con el dirigido a su hijo pequeño, inmerso en exámenes para el CFA y para el proceso de selección para hacer un MBA en una prestigiosa universidad europea. Tardará mucho en volver por aquí. Es la vida, y su oleaje, piensa el escritor.
Y ratos sencillos e inolvidables, desayunando, por ejemplo, como éste que recoge este vídeo que, tras pedir permiso a su mujer, que es la discreción en persona, ilustra estas memorias literarias.
https://www.youtube.com/shorts/G8fg0kh9-i8
O ese día que fuimos a comer a un conocido restaurante de la Plaza de la Catedral de Altea, El Café de los Artistas. Antes de llegar, unos ingeniosos aprendices de paparazzi nos robaron a mi mujer y a mí una foto, sin que nos diéramos cuenta. Uno se acercó, con ella impresa en un símil de papel de periódico. Le eché un rápido vistazo y sonreí. “Podríamos hacerles otra a toda la familia, miró a nuestros hijos que nos acompañaban, en un posado como Dios manda, aquí, en el mirador.”
Nos miramos entre nosotros. “Es la voluntad, señor. ¡Vamos, es Navidad!”, nos animó. ¡Cómo no ser generoso con ellos, pensamos nosotros, es Navidad!
El mirador y el mediodía, sobre las playas de Altea y de El Albir, con su impertérrito faro al fondo, nos lo agradecieron con esa luz que todavía conservamos en nuestra retina. ¡Es Navidad!
Momentos felices de vacaciones.
El escritor se pone nostálgico. La nostalgia del mar, sin duda. Como la de hoy bajo este día plomizo, lluvioso y gris del otoño de Madrid. Así que sigue leyendo sobre el mar.
DÍAS DICHOSOS EN ALICANTE (3) – LA PLAYA DEL PARAÍSO
Una noche se toparon en Cala Finestrat con Papá Noel repartiendo sus juguetes entre los niños. Estaba metido dentro de una burbuja, junto al mar gris y el cielo azulado de la noche.
El escritor se acuerda de cuando era niño y se dormía, la víspera de los Reyes Magos, con la mente llena de alucinaciones y con ganas de despertarse al menor ruido de los camellos. Mira que ha pasado tiempo, se dice, pero es el mismo brillo el que detecta en las pupilas incandescentes de tantos pequeños de hoy. La ilusión viaja sin arrugas a través de los años, porque solo es el fruto de la pureza de los sueños. Y los mayores, que ya llevamos a nuestra espalda, una decena de trienios ejerciendo de Reyes Magos, no dejamos de regocijarnos por dentro siendo testigos de esta ilusión que se nos muestra al lado del mar.
Al día siguiente el escritor y su familia se desplazan a Elche. Su hijo quiere conocer esta ciudad. Nos explica que está en conversaciones con una empresa de allí para unirse a la misma cuando regrese de su máster. Al escritor, en principio, no le seduce mucho la idea, piensa que Elche debe ser un pueblo modesto y fuera de los circuitos empresariales más potentes. Pero se lleva dos sorpresas: Elche tiene más de 200.000 habitantes y es la 21ª ciudad más importante de España, por delante de la mayoría de capitales de provincia y en su polígono empresarial se halla una empresa muy puntera. Tan puntera que ha lanzado el primer cohete español al espacio y está tramitando el segundo. ¡Acabáramos!, no hay nada como rodearse de gente joven para volver al paraíso de las novedades y de los sueños. Así que, piensan, él y su mujer, que su casa de la playa bien pudiera convertirse en residencia de su vástago, está a menos de tres cuartos de hora en coche, y ellos tendrían un motivo más para venir a ella. Ya se verán los derroteros a los que les conduce el destino.
Comen allí y, a la vuelta, su hija les pide conducir el coche. Al paso por Villajoyosa, se desvía y les explica que les va a enseñar un gran descubrimiento que hizo el año pasado. Llegan a una playa, eso sí, bellísima y apartada, aparca el coche y mira a sus padres sonriendo, esperando su reacción. El escritor y su mujer se miran y, un tanto desconcertados, le devuelven la mirada a su hija.
–¿De verdad que no os acordáis? Pues vaya memoria.
Sus padres siguen sin caer.
–A ver, antes de esta urbanización de lujo hubo aquí una residencia. Esta es la Playa del Paraíso.
Ahora sí que caen en ello y abrazan a su hija. Saben perfectamente por qué les ha llevado hasta allí.
El banco donde trabajaba el escritor tenía una residencia de vacaciones para sus empleados y sus cónyuges, matrimonios, pero sin hijos. Allí recalaban sobre todo parejas jóvenes de recién casados. El escritor y su mujer fueron una pareja de aquellas. Estuvieron una sola vez. Y allí encargaron a su niña. Un auténtico regalo.
El escritor recuerda que cuando acordaron tener un niño fueron a su médico, para anunciarle que se ponían a ello. "Vuelvan dentro de seis meses por aquí", les sonrió. No sabía el hombre que iban a ir a aquella residencia. La residencia en sí no estaba mal, un hotel de 3/4 estrellas, pero tenía una finca paralela al mar, quizás de un kilómetro, o más, de auténtico lujo. Tenían un acceso directo, y casi privado, porque allí no había apenas nadie más, a la Playa del Paraíso, bellísima y solitaria.
Aquellas decenas de parejas jóvenes, por el día, no salían de aquella finca, el escritor recuerda sus juegos a la petanca, a los bolos, al futbolín, al tenis y sus salidas a la playa por aquella puerta de acceso directo. Después de cenar, tenían discoteca con alcohol a bajo precio, recuerda algunos momentos con copas de champagne dentro de la piscina y mucha camaradería.
Y cuando se retiraban a dormir, allí no dormía nadie. Aquellas parejas en edad se dedicaban a disfrutarse uno del otro. El aislamiento y la acústica de aquella residencia eran los típicos de la época. Así que traspasaban las paredes aquellos esfuerzos amatorios que servían de coro aleccionador a las habitaciones vecinas. No es de extrañar que el escritor y su mujer, al poco del regreso a Madrid de aquellos quince días tan especiales, hubieran de visitar al doctor. "¿Tan pronto?", les dijo sonriendo. No fueron los únicos, ni mucho menos.
Cuando fue mayor se lo contaron a su hija. "En mejor sitio no te pudimos encargar: La Playa del Paraíso, en el pueblo de La Villajoyosa". ¡Y ahora era ella quien se lo recordaba a sus padres!
Recorren toda la playa hasta el final, hablando de ello. ¡Cuántos recuerdos!
Su otro hijo escucha sin participar, claro. Hasta que su madre le cuenta que él también había venido con muchas ganas. Durante alguno de aquellos días de vino y rosas de Marbella en agosto de 1996, también cerca del mar.
Graban un vídeo de recuerdo, ya al final de la playa. El escritor lo incluye aquí, en estas memorias literarias, para que pueda recordar siempre a este sitio de El Paraíso y lo que significó para él y su familia.
https://www.youtube.com/watch?v=JSPDPIYfRTk
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Yo aún no tengo nietos, y como dice un amigo mío, como no los conozco no los echo de menos todavía, pero alguna vez he soñado jugar con ellos junto al mar, como en la novela REGRESO AL SAUCE CURVO:
Habíamos pasado el día en las playas de San Juan, para mí unas de las mejores de la región e inclusive de España.
Sí, habíamos disfrutado de un día estupendo todos, pero, sobre todo, el pequeño Germán. En dichas playas, podía adentrarse en mi compañía unos metros dentro del mar e, inclusive, con manguitos, saborear un buen baño. Luego, mientras el resto de la familia, bajo las sombrillas descansaba y charlaba, nosotros dos construíamos en la arena unos imponentes castillos, con un gran foso a su alrededor, que Germán inundaba trayendo innumerables cubos de agua.
–Abuelo, ¿y si se acaba el agua del mar?
Yo le sonreí. No quería decirle, para no desanimarlo, que el agua que él vertía en la arena del foso iría a parar otra vez al mar
–Germán, no te preocupes por eso. Lloverá. El mar te agradece tu esfuerzo, le gusta ver en su playa bonitos castillos. Está cansado de ver solo arena en ella.
–¿Y tú por qué lo sabes?
–Porque ya soy viejo. Tú tienes que vivir también mucho. Para poder hablar con el mar y entenderlo.
–Pues entonces yo también quiero ser viejo, como tú, abuelo.
–Sí, pero antes tienes que sacar muchos cubos de agua todavía.
Y, entonces, el pequeño Germán, se acercaba a la orilla con su cubo en la mano y lo llenaba de agua, si cabe con más ilusión que antes.
Ah, el mar, el mar… profundo y sabio. El escritor piensa que donde más días ha pasado junto al mar en su vida ha sido en el mar de Málaga.
Yo conocí Marbella a finales de los ochenta, en plena ebullición de su glamur. Por aquella época a mí me nombraron especialista en riesgos del sector turístico. Teníamos un cliente inmobiliario de origen árabe que tenía un fortunón allí. A mí me enviaba un Rolls con chófer a buscarme al aeropuerto y luego me invitaba a su mansión, que era un verdadero museo de arte plagado de reliquias históricas incluidos varios retablos de iglesias españolas. Pero, lo que a mí más me gustaba era sentarnos a hablar de negocios con un zumo de tomate preparado en los soportales de su mansión que daban a un jardín inmenso con una piscina gigantesca. La casa estaba sobre una colina y la visión de la piscina empalmaba con el mar como si fuera una misma superficie de agua. Ah, el mar, el mar… También contemplaba el mar de Marbella desde mi habitación en alguno de sus glamurosos hoteles: Los Monteros, Don Pepe, Puente Romano, el Marbella Club… aquellos sitios tan selectos para un tío de pueblo como yo.
Por entonces nació nuestro primer hijo, una niña, y soñaba yo en enseñarle un día aquel mundo de fascinación y de ensueño.
Poco después, se presentó mi oportunidad. Llegó la crisis inmobiliaria de principios de los noventa y las ventas se pararon en seco. Mi banco se quedó a medias de vender una urbanización de lujo en Nueva Andalucía, lo más selecto de Marbella. Y se le ocurrió venderla por semanas –el famoso time sharing de entonces– a sus clientes y también a sus empleados a precios muy atractivos. Mucha gente no confiaba en este sistema, pero el banco ofreció un producto muy seguro con inscripción en el registro de la propiedad y todo y con la gestión a su cargo.
Así que pude elegir de lo mejor: un ático dúplex frente a la gran piscina, con un salón de casi cien metros y varias terrazas. Compramos una semana y al año siguiente otra. Allí criamos a nuestros dos hijos y disfrutábamos de unas vacaciones deseadas con el mar de fondo.
Sí, días felices en aquella casa de Marbella:
https://www.youtube.com/watch?v=U-fi47vXgY4
Estuvimos unos quince años, luego el banco se salió de la gestión y decidimos nosotros también vender aquellas dos semanas a los nuevos propietarios: fue uno de los mejores negocios que he hecho en mi vida. Con aquel dinero financiamos en parte la compra de un apartamento en una nueva urbanización sobre las colinas enfrente de Sotogrande con un esquema también novedoso, yo siempre he sido vanguardista en esto, tal vez porque conocía muy bien las bondades y los riesgos. La urbanización, un pueblo precioso de casitas de colores, con unas vistas increíbles sobre Gibraltar y África, se convirtió en complejo hotelero. A los propietarios nos pagan un alquiler anual seguro y podemos usar nuestro apartamento cuando queramos a unos precios preferentes. Todos los años, sin faltar ni uno, vamos una o dos semanas allí, además de las que van nuestros hijos.
El Sur y el Mar, dos lugares sugerentes, motivantes y poéticos para mí. Cuántos recuerdos ligados a estos mares.
Ahí van algunos de ellos:
UNOS DÍAS EN EL SUR
El escritor acaba de regresar de uno de los lugares más al sur de España, justo en la frontera entre Málaga y Cádiz, frente a Sotogrande, Gibraltar y África. Se acuerda de la película del maestro Erice, El sur, todo añoranza sobre esta tierra.
Desde hace mucho necesita ir todos los años allá, aunque sea unos días solo. Recorrer los olivares de Jaén, el misterio de Granada, la luz de Málaga, la gracia de Cádiz... Todos estos lugares han tenido su sitio en su obra, la poesía del maestro sevillano Antonio Machado en El día que fuimos dioses, las callejas de Cádiz en El cazador de la Patagonia, esta frontera gaditano malagueña en ambas novelas...
Madrid tiene una luz bellísima, la luz de Velázquez, pero la de Marbella y Cádiz es inmensa. El escritor sale a la terraza de la que fue su casa de vacaciones un tiempo, ahora la gestiona un hotel, y él puede ir y nutrir su nostalgia en el mismo lugar donde fue más joven y dejarse inundar por los brillos del Estrecho que le llevan a África.
Puede bajar a la playa, una cala casi virgen, de pescadores, la llaman la cala de la Sardina, y pasar el día allí contando las olas y quién sabe si la vida. Respirar el aire y la sal, sentir el estremecimiento del agua, mirar la vida a su alrededor: ese padre, tal vez divorciado, que pasa las vacaciones con su hija de quince años que se le está yendo de las manos y no sabe qué hacer, solo le echa la bronca, esos abuelos rodeados de nietos: "Celia, quién te ha comprado ese bañador tan bonito", "Tú, abuelo", y los dos abuelos se miran entre sí, orgullosos. Esa pareja británica, él un tiarrón, tal vez de Escocia, ella, una rubia blanca y delicada, tal vez de Oxford, o de Canterbury, en ambas ciudades el escritor aprendió inglés, hace tantos años que ya no quiere recordarlo, que se miran en silencio, son una pareja reciente, todavía no saben cómo administrar esos silencios que el tiempo mete de repente entre los dos, ella saca las cartas y hace un solitario, él tira piedrecitas al agua... ¡El escritor podría escribir una novela entera con lo que está viendo! Comer en el chiringuito, "¡para mí, calamares al espeto!, ¿y para ti, reina?", luego cenar en el pueblo de pescadores, marisco de la tierra, gambas, coquinas... pasear bajo las farolas, mientras los vecinos toman el fresco y los miran pasar. Regresar a casa, aunque sea un apartamento de hotel, y disfrutar de esa compañía de tantos años, cada vez más sedosa, como si el viento del tiempo hubiera suavizado sus aristas, y dejarse llevar por ese murmullo del mar, con su voy y vengo eterno... La felicidad es una cosa simple, llena de cosas sencillas... No sé quién lo dijo..., piensa, a lo mejor no lo dijo nadie, se le ha ocurrido a él esta noche, mirando el mar nocturno del Estrecho.
Pero, hoy, el escritor ya solo pensaba en regresar. No ha escrito una sola línea estos días, solo vivido, se dice para compensar. Pero su obra le espera. El destino no es mirar el mar eternamente, sino cumplir con su misión.
Así que llega a su casa de Madrid y, tras ayudar a su mujer con las maletas, acude a su ordenador, como si de un imán magnético se tratara, que le impulsa a sentarse frente a él y continuar con su libro.
Pero, antes, no puede evitar dejar grabado el recuerdo de estos días sencillos, y felices, cuyo aroma todavía le ronda en su cabeza. Y en su corazón.
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Ah, el mar, el mar… su paz… y sus enseñanzas. El mar y su playa son como la vida y su destino.
NIÑO EN LA PLAYA
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Nostalgia del mar, sí nostalgia de sus playas, de sus olas, de sus murmullos que tú tan bien entiendes. Todo eso te lleva a una canción de hace unos años que se llama La playa, precisamente, llena de nostalgia y romanticismo. Ah, el mar y el amor…
https://www.youtube.com/watch?v=cx5qVmtfayA. Algún día hablaré también de los cruceros y sus destellos.
Y al escritor lo despierta de sus nostalgias un relámpago que le llena de claridad la habitación. Y de lucidez su mente.
No le queda otra que olvidarse del mar y sus recuerdos y preparar los siguientes días de rodaje de su documental LA HERENCIA DE PAQUITA: LA FUNDACIÓN ALICIA Y GUILLERMO.
Pero, en cuanto termine, se jura, se promete y se compromete a que se irá unos días a charlar con su mar que tanto ama. ¡Porque así sea!







