viernes, 12 de agosto de 2022

EL ASTRÓNOMO

Esta es la segunda novela que empecé a escribir. Hace más de diez años de ello. Por diversas circunstancias ha sido mi compañera fiel durante todo este tiempo, mientras le adelantaban casi una decena de libros en este período.

De nuestro mutuo aprecio y de nuestra sintonía no me cabe ninguna duda. Ha sido mi amante fiel y callada mientras yo me iba de aventura con otras obras. Ahora se enseña con orgullo. ¡No es para menos! La portadista está trabajando en la cubierta y en la digitalización del texto. Llegó su hora. Está más guapa y lozana que nunca.

Cuando llegue septiembre todo será maravilloso, decía una bonita canción de antes. Cuando llegue septiembre saldrá a la luz El Astrónomo: una dura novela negra que esconde los misterios de la negra noche.

Una novela en la que el lector disfrutará y se verá inmerso emocionalmente en una historia llena de fuerza, de violencia, de romanticismo y de humanidad. Brindo por esta novela. Será una novela principal dentro de mi obra.¡Espero con ilusión y con ansias la llegada al público lector!

Sí,  brindo hoy por ella. Por todo lo que hemos pasado juntos en estos diez últimos años. Es quien mejor me conoce. Y yo a sus personajes. ¡Va por ellos!

Así que adelante a El Astrónomo. La primera página, un exordio que reproduzco aquí.

viernes, 29 de julio de 2022

FELIZ VERANO A TODOS




Felices vacaciones y feliz descanso, amigos.
Recuerdo lo que nos dejó dicho Henry James: "Tarde de verano, para mí estas han sido siempre las tres palabras más hermosas del diccionario".
Tiempo también de lectura para los amantes de ella. Quiero contribuir modestamente a la misma: mi libro "Mil palabras para la felicidad" estará gratuitamente en Amazon unos días para el que se lo quiera llevar de vacaciones: https://amzn.to/3BXcAYz
Yo acabo de llegar de un pequeño viaje por el País Vasco. Siempre es un placer disfrutar de todo lo que nos ofrece una tierra tan variada como España y más en excelente compañía, que es lo principal. He aprovechado para tomar notas para mis futuros libros: "Mil palabras para envejecer bien" y "Memorias del sauce curvo", que destilaré en este blog cualquier día que tenga tiempo.





Mientras, en tanto se convierten en literatura, me quedo con algunos recuerdos de estas pequeñas vacaciones que, ojalá, las agendas nos permitan repetir por otras geografías.







Besos y abrazos. Pasadlo bien. Y hasta la vuelta.














jueves, 21 de julio de 2022

POEMAS DE JULIO

 






LLAMARADAS DE CALOR


Caminas abatido y lánguido

con cien piedras  sudorosas en la mochila,

entre sumideros agrietados de olvido

y olores densos a profundas letrinas.


Los pájaros deambulan borrachos,

sus alas no son ya esos abanicos,

que echan afuera la tristeza 

de los caminantes errabundos.


Las plantas amarillean

como próximos cadáveres,

mientras tú te desencuadernas

como se desencolan 

las páginas de un libro.


Solo son las cinco de la tarde,

la hora que sale 

de las puertas del infierno,

el morlaco de fuego.


Mientras tú te preguntas,

sentado en un banco del parque,

qué has hecho 

para que esté ocurriendo esto.

O qué no hiciste,

cuando todavía había tiempo.




LUNA DE JULIO







Luna, lunera, 

cascabelera,

te miraría a los ojos,

dame una escalera.


Luna, lunera,

cascabelera,

llévate esa silla,

soy tan pequeño,

casi no me eleva.


Luna, lunera,

cascabelera,

métete en mi cama,

duérmete conmigo,

lléname de estrellas.



Foto: playas del Albir, junto a Altea. Hace unos días.


jueves, 14 de julio de 2022

AQUELLOS INTERNADOS

 


Ando en preparación de tres o cuatro capítulos, al menos, para mi novela "Lejos del Sauce Curvo", que tendrán que vivirse en los internados. Concretamente en uno de Sigüenza, donde estudió el niño Germán, al que yo llamaré "Colegio del Sagrado Corazón de Jesús".

Los internados en la década de los años cincuenta, sesenta y aun setenta, cumplieron una función esencial en lo que hoy llamamos la España vaciada, entonces España rural. Dado que en las escuelas de los pueblos solamente se facilitaba la Educación Primaria, la única vía que teníamos los niños de estas localidades para cursar el Bachillerato y luego acceder a la Universidad era a través de los internados.

Los internados eran un submundo aparte dentro del mundo. Generalmente sus altos muros trataban de proteger de los impactos exteriores a aquellas gavillas de niños de diez años en adelante, arrancados prematuramente de los brazos paternos, con el fin de que recibieran una educación académica y de vida que les permitiera en el futuro divisar otras cotas que estaban más allá de las lindes de su terruño.

El problema era que estábamos protegidos, sí, pero, sobre todo,  encerrados dentro de aquel hábitat tan pequeño y tan particular. Así que cuando salíamos de allí estábamos inermes ante el mundo real que nos esperaba fuera de aquellos muros. Yo recuerdo que,  a veces, en las vacaciones, estaba deseando volver al internado para simplificar todos los problemas que se me venían encima en la calle. 

Otro aspecto fundamental era el alejamiento total de los padres a unas edades tan tempranas. Sobrevivir en la masa, sin ningún referente de apoyo, criaba en nosotros un espíritu de resistencia y resilencia sin límites. Sin nadie a quien quejarte, el teléfono prácticamente no existía, y las cartas a nuestros padres las teníamos que entregar abiertas en el buzón del colegio, nuestra lucha existencial era la mera supervivencia.  Éramos niños metidos en nuestra concha, a la que tratábamos de dotar de púas disuasorias como los erizos. Nos costaría años abrir nuestra intimidad a extraños cuando nos hiciéramos adultos, y más si intuíamos algún peligro.

Por contra, éramos trabajadores y disciplinados a más no poder. Y deportistas. Descubrimos muy pronto que, como en las universidades americanas, allí los únicos que triunfaban y recibían el reconocimiento del colegio eran los estudiantes excepcionales y los deportistas excelsos.

Yo, un niño mucho más dotado mental que físicamente, aunque también era alto y fuerte el deporte nunca me movió lo más mínimo, me aplicaba en los estudios como nadie. Sobre todo, porque el internado era un colegio privado que costaba su dinero y mis padres, sin la beca que me daba el Ministerio, me hubieran tenido que sacar de allí ipso facto si me la quitaban.  

Me apliqué tanto que fui el número uno de mi clase, cuarenta y cinco alumnos, durante los seis años que estuve  en la SAFA y casi todos los años también el número uno de las tres clases que había por curso, unos ciento treinta alumnos en total. Era muy conocido por ello y muy querido por muchos profesores. 

Veo algunas fotos de entonces y me descubro una expresión feliz, quizás inocentemente feliz.  No es que no tuviera problemas, que los tuve, tirrias de compañeros, acosos infantiles más o menos llevaderos, cambios dolorosos de amigos, etc., pero creo que, en general, fue una infancia tranquila y bonita. Los problemas vinieron luego, cuando salí de aquel submundo tan protegido donde yo dominaba los códigos para moverme sin problemas en él y tuve que enfrentarme con el mundo real, donde aquellos códigos que yo manejaba ya no servían. Quizás eso es también la adolescencia, pasar del mundo de los reyes magos a las verdades del barquero. Un doloroso tránsito.

Me apetece mucho escribir de esta época. Afortunadamente conservo muchos amigos de entonces, inclusive nos vemos todos dos veces al año, una en Madrid y otra en Sigüenza a las que intento ir, no siempre lo consigo, claro, y podré intercambiar experiencias con ellos.

Ahora me voy de vacaciones a Altea, con "El donante", al 90% ya. Los dos coautores aprovecharemos para leer tranquilamente el borrador  e ir puliéndolo. Pero ya me empieza a atraer aquel mundo de los sesenta, una de las mayores ventajas de esta edad que ya vamos teniendo es poder disfrutar de la memoria, Ah, la memoria, fuente de vida, como dijo alguien. De poder vivir lo que nos apetezca, digo yo, a través de ella, cuantas veces queramos de nuevo. A estas alturas no se puede pedir más.



Unos doce años, calculo, con uno de mis amigos de entonces, Luisvi, que llegaría a ser catedrático de química de la Universidad Complutense.



Muy sonriente, en "El Oasis", la ciudad deportiva del colegio, a un kilómetro de Sigüenza. Al fondo puede verse el castillo, muy derruido, donde a veces íbamos nosotros a jugar, y que luego se reformaría para convertirlo en uno de los Paradores Nacionales más bonitos de España. Invierno del año 71, catorce años.


domingo, 3 de julio de 2022

EL DONANTE


 Un sueño que se había puesto cuesta arriba, tras aplicarle una buena dosis de esfuerzo, como siempre, empieza a ser posible. Hoy mi musa y yo hemos completado los primeros cien folios de nuestra novela "El donante". Eso quiere decir dos terceras partes de la misma. Y, eso significa, en definitiva, que, ya cuesta abajo, la terminaremos en los próximos  tres meses, calculo. Luego, el proceso de revisión, y le pondremos el lazo en 2022, tal y como estaba previsto. Estos días estamos trabajando duro y casi en exclusiva, salvo algunos apuntes por mi parte para mis próximos libros "Lejos del sauce curvo" y "Mil palabras para envejecer bien". El cine, este año, será más relajado: la película La fuga, que tiene guión terminado en el que no participo salvo algún pequeño asesoramiento, tiene también una producción ya muy encaminada y creo que mi contribución será muy poco necesaria también, así que casi lo agradezco para centrarme en sacar adelante este proyecto de "El donante".

Me hace mucha ilusión trabajar con y para mi musa, a la que por fin logré convencer para este proyecto, apartando momentáneamente a un lado su tradicional discreción y alejamiento de los focos.

Dejar para la posteridad esta novela escrita a cuatro manos será algo muy bonito. Un recuerdo especial para nosotros dos y también para los nuestros. Es una novela comercial destinada al gran público, en este caso sí que me hace ilusión llegar a mucha gente, ya veremos cómo queda al final, pero hoy la he releído y me está gustando.

Así que estos días toca trabajo duro, porque luego llegan las vacaciones y nos hemos prometido no tocar un papel, que ya abusamos el pasado mes que pasamos unos días en Altea y en Sotogrande. Volveremos a Altea en unos días, luego un viaje especial con nuestros dos hijos al País Vasco que, curiosamente, ellos que conocen medio mundo no han estado todavía, algunos días en El Sauce Curvo y luego mi musa y yo nos iremos por Europa, en nuestro primer gran viaje tras (es un decir) la pandemia.

Pero, ahora, toca "El donante". Escribir una novela es un gran esfuerzo. Terminarla es una gran satisfacción. Y, si es en buena compañía, lo es mayúscula. ¡Vamos allá!


jueves, 30 de junio de 2022

NOSOTROS TAMBIÉN QUISIMOS SER REVOLUCIONARIOS

 





Yo creo que todos, o casi todos, los jóvenes, desde que el mundo es mundo, han pasado por una etapa de rebeldía. Al fin y al cabo vienen a un mundo creado y administrado por otros, aunque les digan que es en su beneficio.  Y, cuando ya son conscientes de sus fuerzas y derechos, léase en torno a los dieciocho años, tienen ansias por derribarlo todo. ¿Para hacer un mundo mejor? Desde luego, pero, sobre todo, un mundo donde no sean ajenos, sino protagonistas. Es la fuerza de la renovación generacional y del progreso. La vida es una carrera de relevos como las competiciones atléticas del mismo nombre, y lo que quiere un joven es que el adulto deje de liderar la marcha y le pase el testigo a él. Como eso no ocurre tan pronto como ellos quisieran, viene la época de la rebeldía, de querer destruirlo todo. En ese empeño, entre otras cosas, ejercitarán los músculos y las pericias que les servirán para cuando, de verdad, les cedan el paso y tengan que construir su propio mundo y hacer realidad sus sueños.

A nosotros también nos llegó nuestra hora. Además, en unas circunstancias que yo calificaría de excepcionales. Franco agonizaba y había también una efervescencia general por cerrar ya, cuanto antes mejor, una etapa y empezar otra, que poco menos que inauguraría el mundo: un paraíso de libertad, igualdad y fraternidad, el viejo lema de los revolucionarios franceses.

Un día de aquellos ocurrió el famoso atentado de la calle del Correo, justo al lado de la Puerta del Sol y de la mismísima Dirección General de la Seguridad, que luego, mucho más tarde, sería sede de la Comunidad de Madrid. Así que, al día siguiente, a la hora del desayuno, los cuatro miembros de aquella pandilla tan heterodoxa que formábamos los únicos chicos del femenino departamento de la "Payment Order",  acordamos echar un vistazo por allí, al fin y al cabo nos quedaba a un centenar y medio de pasos desde la sede del Banco Trasatlántico de Ahorro, que tenía, y digo tenía, porque dejó de existir hace muchos años, fagocitado en una de las innumerables fusiones que vinieron luego, su sede en uno de los primeros números de la calle de Alcalá.

Sí, aquella pandilla de jóvenes empleados de banca la formábamos cuatro tipos cuyo único pegamento era, precisamente, ser los únicos chicos en un departamento donde las chicas, jóvenes todavía pero todas mayores que nosotros, eran mayoría. Estaban lideradas por la jefa Esperanza  que era alta como una jirafa y fuerte como una jefa de regimiento o como una mamma de las películas italianas de la época. El jefe del departamento, el señor Bermúdez, al que tratábamos de usted, era un hombre de pocas palabras, aunque de buen fondo, allí todo lo resolvían las chicas, salvo cuando el tema se iba de madre que intervenía Bermúdez, no sin antes ponerse rojo como un tomate.

Para sacudirnos aquella tiranía femenina nos uníamos entre nosotros como lapas. Jacinto era el mayor del grupo, debía tener unos veintitrés, y era más de derechas que el escudo de la falange, aquel día precisamente estaba que echaba humo despotricando porque no entendía que no estuvieran ya los tanques en las calles. El siguiente en edad, unos veinte, era Rolando, al que sus padres, unos comunistas históricos, le habían puesto este nombre que significa "nacido de la tierra". Rolando era de la ORT, un sindicato más rojo que las amapolas y aquel día era objeto de nuestras bromas y chanzas,  la cafetería que habían volado los etarras en la calle del Correo se llamaba precisamente Rolando.  Luego estaba Santi que tenía unos diecinueve y, a pesar de que era solo levemente gordito y de mediana estatura, en todo lo demás era clavado al mismísimo Sancho Panza, es decir, un tipo con los pies en el suelo, sentido común y tratando de llevarse siempre algo para la andorga. Y por fin yo, que era el benjamín del grupo, al borde de los dieciocho, que no sabría muy bien cómo definirme en aquella época. Quizás solo un chico de pueblo que acababa de llegar a Madrid, muy curioso y cauto. En mi casa,  a mi madre solo le preocupaba la micropolítica familiar, es decir su marido y sus hijos y mi padre a lo único que tenía aversión era a otra guerra civil.

–Germán, lo único que le pido a Dios es que, cuando muera Franco, porque está claro que se va a morir en su cama, estos de las izquierdas tienen menos fuerza que el pelo de un calvo, no volvamos a las andadas. Le peor que hay es una guerra civil, hijo. ¡Te lo digo yo que la sufrí de niño!

Sí, gracias a muchas personas como mi padre, se haría posteriormente la Transición. Todos estaban dispuestos a ceder en algo, con tal de no llegar nunca al horror de lo que habían conocido en la Guerra. 

Así que salimos a la calle, pero apenas nos pudimos acercar.... (CONTINUARÁ)

CAPÍTULO PARA LA NOVELA: "LEJOS DEL SAUCE CURVO"

miércoles, 22 de junio de 2022

EL VIAJE ES LA RECOMPENSA

 



Sí, el viaje es la recompensa. El viaje de la vida, se entiende. Es también el título de un libro que he leído hace poco. Un libro especial, sin duda.  Aún más especial, si cabe, para mí.

Y, ahora, el fin está cerca / y así me enfrento al último telón.

He vivido una vida plena. / He viajado en todas y cada una de las carreteras.

Y más, mucho más, que eso. / Lo hice a mi manera.

Esta vieja canción de Frank Sinatra que se recoge en este texto habla de ello.

Decía que este libro es especial porque se centra en los últimos años de la vida de un hombre que sabe que va a morir en breve. La enfermedad ELA es incurable y matemática. Cada día que pasa vas perdiendo movilidad en algún músculo hasta que ya, prácticamente inmóvil, eres incapaz de respirar. Aunque tu cerebro conserva toda su lucidez hasta el último momento. Este libro está escrito por el paciente en mitad de este proceso.

Le puede pasar a cualquiera. Por ejemplo,  el autor se llamaba como yo, Francisco, y a ambos nos llamaban, Paco. Trabajó en mi misma empresa, el BBVA. Y, por un año, fue mi jefe. Podría haberme tocado a mí, el algoritmo de elección se equivocó por milésimas.

Sí, Francisco Luzón fue mi jefe en 1988, aunque entre ambos hubiera varios escalones intermedios. Él era el gran boss, el Director General de la División de Riesgos del Banco y yo todavía un pipiolo, un analista aunque con cierta experiencia ya. No tuvimos una relación estrecha. Pero sí que recuerdo que la primera vez que subí a exponer una gran operación al Consejo del Banco, te presentaban formalmente y leían una pequeña biografía tuya. Él leyó la mía y, cuando mencionó mi pueblo de nacimiento, Sacecorbo, levantó una ceja y me miró más detenidamente. Luego supe que él procedía de El Cañavate, una aldea tan minúscula como la mía,  en la provincia de Cuenca. Allí nos rodeaban a los dos 25 prohombres de la alta burguesía y nobleza vasca, la casta de Neguri.

Llegó a ser uno de los banqueros más poderosos de España y de Latinoamérica. Al año siguiente, el Gobierno lo nombró Presidente de Argentaria y posteriormente fue Vicepresidente Ejecutivo del Santander y mano derecha de Botín. Al poco de jubilarse con una pensión de 65 millones de euros, le diagnosticaron la ELA.

Por ello el libro que escribió tiene tanto mérito. Es un texto emotivo, pero directo y sin ambages. Tenía fama de ser un hombre ambicioso, amante de las medidas necesarias aunque fueran duras. Su libro es igual.

Hay hombres que luchan un día y son buenos. / Hay otros que luchan un año y son mejores. / Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. / Pero los hay que luchan toda la vida, / esos son los imprescindibles. Así, con estas sentencias de Bertold Brecht buscaba él a su equipo. A su imagen y semejanza.

El trabajo lo fue todo para él. Pero, ¿qué queda cuando el premio a todo un esfuerzo es un final como la ELA? Francisco Luzón ofrece la respuesta de que, a pesar de todo, en el viaje está la recompensa. Por otra parte, el tener fijada una fecha cierta para la muerte, te permite precisamente atender aquellos temas que quizás desatendiste hasta entonces como, en su caso, ciertas relaciones familiares. El saberse con un tiempo escaso de vida hace que, además, selecciones muy bien tus objetivos y te concentres en lo realmente importante: él creó la fundación Francisco Luzón para el tratamiento de la ELA, una de las más importantes de España y preparó la vida futura de sus hijos y nietos.

No nos damos cuenta pero, llegados a cierta edad, todos tenemos una ELA diagnosticada. Ya no viviremos un gran número de años. Nuestra fecha de caducidad cada vez está más cercana, aunque cada uno tenga la suya. Reparar aspectos desatendidos, preparar el futuro de los nuestros y disfrutar de esos últimos bombones que, además, son los que mejor saben, debiera ser un acicate suficiente para saber envejecer bien.

 Sí, en el viaje está la recompensa. A mí, además, me gusta pensar, y me gusta creer, quizás es que soy un optimista empedernido, que la vida no termina, y que la muerte solo es una cortina que, cuando descorramos, nos permitirá ver y disfrutar, otra vez, de todos aquellos que lo hicieron antes que nosotros. 

Brindo por ello y por todos aquellos que nos dejaron su testimonio para no desorientarnos en exceso en este viaje maravilloso.

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PARA EL PROYECTO: "MIL PALABRAS PARA ENVEJECER BIEN"