domingo, 22 de marzo de 2026

ESA PUÑALADA... (para el proyecto "Destellos")

 


Hoy hace un día estupendo en Madrid, con un sol primaveral y una luz que te llena el pecho de proyectos y de futuro. Pero, yo me siento triste, como siempre que el desamor se me acerca. Un amigo ha roto con su mujer o, mejor dicho, ella lo ha abandonado.

El desamor es una puñalada infame capaz de derribar a cualquiera. Y no debiera ser así. Hay miles de hombres y miles de mujeres que nos rodean a cada uno, que valen más o menos lo mismo, sin embargo, cada cual nos fijamos solo en una, o en uno. Y depositamos en él, o en ella, no solo todo lo que somos, sino todo lo que podríamos llegar a ser.

Así que cuando la perdemos, no solo perdemos a esa persona. Lo perdemos todo.

Y no hay vacuna ni consuelo en esos momentos. La vida carece de sentido alguno.

Cada uno, si lo consigue, sale de esa situación como sabe, puede o quiere. A veces, agarrándose a sucedáneos, a veces echando sobre él o sobre ella paladas y paladas de tiempo, hasta que quede repleta la sepultura donde enterró a su amor perdido.

A veces, se pierde la cabeza y uno ya no será nunca el mismo. Otras, pocas, a Dios gracias, la vida ya no tiene sentido alguno, no vale nada y, entonces, ¿para qué vivirla?

Yo he escrito mucho sobre el desamor, cada uno llevamos consigo nuestra cuota de sufrimientos y de desdichas. Y, aunque, hoy, yo me sienta tan afortunado, no puedo dejar de observar de vez en cuando las cicatrices que dejó en mi piel un día.

Ese dolor, esa desesperanza infame, que hace que sientas que no vales nada. Y, lo que es peor, que no valdrás nunca nada.

La novela “El día que fuimos dioses” es una novela de amor y desamor, quizás yo no he escrito nunca nada tan valioso sobre ellos.

Releo este libro que, por algo, fue el primero, y rescato de él dos historias sobre esa pérdida inconmensurable que a veces nos golpea con un dolor inmenso, miles de paletadas de dolor, de las que no siempre se sale ileso.


EL HOMBRE DE LA PLAZA

El autobús se encuentra repleto, hace un calor sofocante y los viajeros hablan con una vivacidad especial, pero, también, con los nervios a flor de piel, debe ser la electricidad que se va cargando en el ambiente. El autobús se ha detenido en una pequeña plaza.

Hay un hombre en la parada que observa, anhelante, cuando las puertas se abren. ¡Qué chispazo de esperanza en su mirada por un momento!, ¡y qué nube de tristeza cubre sus pupilas cuando se cierran las puertas sin que haya descendido la persona que espera!

El autobús arranca mientras se oye la voz de una viejecita.

—¡Eh, conductor!, ¡por favor!, que falto yo. ¡Déjeme bajar!

El autobús para de nuevo tras unos metros de marcha. Un pasajero exclama.

—¡A ver, señora, hay que estar atentos, que todos llevamos mucha prisa!

Otro responde.

—¿No ve que es una anciana?

El primero insiste.

—También lo era cuando se subió y seguro que no se equivocó de parada.

—Ya está, arranco en un momento —tercia el conductor.

El hombre de la plaza ha corrido con una alegría repentina y se ha apostado de nuevo junto a la salida extendiendo los brazos. Se abren las puertas y la viejecita susurra.

—Gracias, señor, deme su mano para que pueda bajar. El hombre de la parada con la sonrisa que se le va convirtiendo en mueca contesta.

—¡Cómo no, señora! Agárrese. ¡Ya está!

Desde el interior y a través de los cristales puede observarse al hombre que se ha quedado con la mirada perdida mientras el autobús arranca de nuevo.

Sí, el hombre se ha quedado solo mirando las ramas, las hojas de los árboles, envuelto en el aire denso de la tarde, envuelto en el rumor ancestral del viento, ¿qué estará musitando...?

—Tú y sólo tú —susurra para sí el hombre de la plaza—, llenas, todavía, el aire pesado de esta tarde, ¿o es sólo tu ausencia? Yo te espero, como una fuente seca, en la penumbra tormentosa. Y las hojas, mecidas por el viento, caen amarillentas y muertas ya, mientras me gritan, diciendo a los cuatro vientos, que tú no vendrás, lejana y, quizá, perdida en otros atardeceres, a esta dormida plaza donde un día nos conocimos.

Se está poniendo el Sol entre dos nubarrones negros. Y a esa hora, no muy lejos de Madrid, en un pueblecito de la Alcarria, de nombre Sacecorbo, el tío Marcel, una vez que escucha dar los tres cuartos en el reloj de la torre, comprueba el suyo, que muestra una pequeña foto cuando se abre y, sin pensárselo dos veces, se tira de cabeza directamente al pozo del corral.

El hombre de la plaza continúa hablando con el viento de su amor que no acudió esta tarde a la plaza donde un día se conocieron.

—Dime, amor, ¿tú sabes dónde fueron todos los besos que te di? Me duele hasta el aire que respiro y tú vas paseando por ahí, bendiciéndolo todo, con esa alegría de tu sonrisa que yo tan bien conozco. Es un dolor tan grande evocar todos tus reproches, la falta de comunicación que nos oscurecía, cuando ya ni hablar quieres, porque está todo tan claro entre nosotros. Veo las nubes, que vienen y van cuando quieren y hasta el aire, que se regala, me cobra cuando pasa, mientras acaricio, fugazmente, tu pelo en mi recuerdo.

Dos perros se aman, jadeantes, en una esquina. Entre tanto, empieza a llover y puede verse a los tres, coritos, en la desierta plaza y a la lluvia que va haciendo su trabajo en sus corazones, lenta y concienzudamente, en cada uno, el suyo.

—Y cuando llegue la noche que ya se aproxima —se dice en voz alta el hombre de la plaza—, el agua irá corriendo, en regatos caudalosos, hasta los profundos sumideros que nutren de nostalgia, de una tristeza infinita tu recuerdo interminable que nunca me abandona.

—Y, luego, veré en nuestra casa las noticias. Que llegarán, veloces, a través de las nubes y de los espejos, hasta las confusas y aun extrañas neblinas de los más lejanos astros, donde vivo. Y yo no acabaré de comprender nunca qué hace, a qué se dedica toda esa gente que sale en la pantalla, todos esos que pululan por ahí. Los siento tan lejanos como a los alados peces del mar de Filipinas, hasta que no griten con luminosas letras que un hombre se está muriendo en este deshabitado planeta al que tú ya no quieres venir.

A la tía Clara, que vive muy cerca del hombre de la plaza, aunque ellos no se conocen, lo que más le gusta de las noticias son los sucesos. Hoy, sin saber por qué, se levanta un poco antes de que empiecen y, luego, se pone sus gafas de mirar de cerca y deslía un macillo de cartas, amarillentas ya, que nunca contestó. Debe ser la electricidad de la borrasca. El remitente en todas ellas es el tío Marcel.

El hombre de la plaza sigue hablando en esos momentos en voz alta a los árboles que hay en ella, totalmente empapado ya de lluvia y de tristeza, sobre su amor perdido.

—Cuando la noche me envuelva en nuestra cama, todavía buscando, en los pliegues de un sueño rojo y violento, la indescifrable textura de tu perfume, sé que aún la lluvia nos unirá un momento más. Mientras, irá mojando los tejados, los patios y las avenidas, pero, también, las huellas que fuimos dejando por las resplandecientes aceras cuando, gozosos y exultantes, paseábamos nuestra dicha. E irá calando, hondo, hasta nuestros corazones, haciendo su trabajo, lenta pero concienzudamente otra vez, en cada uno, el suyo. Hasta que a ti ya no te quede nada, porque el amor siempre vuelve a quien lo tuvo. Seré, entonces ya, sólo ese arco iris luminoso que, fugazmente, tal vez aparecerá por entre las altas nubes, cuando el Sol reluzca. Seré sólo un destello entreverado, vestido con los más brillantes colores, con los colores más sentidos y orgullosos que, dulce y silenciosamente y también, a mi pesar, todavía gritará tu nombre...

El hombre de la plaza, empezó a estudiar primero filosofía y letras, pero, por esas cosas de la vida, lo dejó a mitad de carrera. El hombre de la plaza se dio cuenta que lo suyo iba de analizar la mente humana y su funcionamiento y acabó cursando psicología y luego psiquiatría clínica.

Hoy es un reputado psiquiatra, pero de qué le sirve. No puede comprender por qué su mujer lo ha abandonado, no puede entender que ya ni siquiera quiera hablar con él.

El hombre de la plaza ya sólo entiende a la lluvia y su mensaje.

El hombre de la plaza ya sólo nota cómo se le encharca el corazón, mientras ve las noticias de medianoche en la tele que hablan de una historia de amor, como la suya, una historia de dos ancianos que han muerto hoy por su mano, llamados Marcel y Clara. Y un temblor especial, un escalofrío repentino le recorre la espalda. La televisión muestra las imágenes de los bomberos sacando del pozo a Marcel. Ya las han dado en el telediario de las nueve. A esa hora Clara, que estaba viendo la televisión, se ha tirado por la ventana desde un octavo. Cuando han entrado en su casa se han encontrado la televisión puesta y un montón de cartas amarillentas sobre la mesa.

Él también vive en un octavo, y tiene la ventana abierta. Está a sólo unos pasos, justo enfrente de él. Fuera, sigue lloviendo, como antes, como siempre. Pero la lluvia ya hizo su trabajo. En cada corazón el suyo.

Dentro de poco, junto con las hojas caídas de las acacias, la lluvia arrastrará algunas gotas de sangre, reciente y roja, al sumidero. Ese sitio donde se remansan los recuerdos de los amores perdidos.

–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––


La otra se llama: VICTORITA, VICTORITA… Y fue llevada al cine en mi primera experiencia en el séptimo arte, hace catorce años ya. Un crítico la resumió como un “gran monumento al desamor”. Ahí va: https://www.youtube.com/watch?v=GNXpB4P4ueM

Veo otra vez este corto que, casi es un medio metraje, con una historia completa, aunque comprimida y me sigue gustando igual que aquel día de su estreno en la Academia de Cine de Madrid. E impactando sobremanera. Sobre todo, el monólogo final de Imanol Arias. Creo que es de lo mejor que he escrito sobre este tema.

Hoy quiero rendir homenaje a todos los que un día fuimos abandonados, ninguneados o despreciados. Probablemente, no haya nadie que se salve de la pira. Pero, el valor, la determinación y las ganas de seguir buscando el amor, ese preciado bien que no sabemos nunca a ciencia cierta en qué esquina se esconde, merecen todo el respeto y toda la admiración.

Y, también, quiero contar cómo llegué yo al mundo del cine. ¡Por pura casualidad!

Hace un par de capítulos, en el denominado “Ser un buen profesional”, contaba yo que en la empresa donde trabajaba entonces, durante, no sé, seis o siete meses, nombraban, de los 110.000 empleados que tenía el grupo en todo el mundo, un empleado del mes en cuestión. Y nos daban el título de EMBAJADOR.

A mí me seleccionaron por mi larga trayectoria en el banco, entré hecho un pipiolo, a los 17 años, y me gané una reputación de hombre equilibrado y responsable, modelo para las siguientes generaciones, lo cual no deja de producirme todavía cierto sonrojo, la verdad, y por haber publicado un año antes la novela El día que fuimos dioses.

Para hacerme este reportaje contrataron a un equipo de cinco o seis personas, imagen, sonido, realización, dirección, etc. Y me estuvieron grabando por la calle de Alcalá, la calle de los bancos, por la puerta del Banco de España y en la Casa de América, yo era entonces Director de Riesgos de Grandes Empresas en todo el continente americano.

Me llevé un ejemplar de mi novela “El día que fuimos dioses”, para mostrarlo si me preguntaban por ella y, al finalizar, quise regalársela a alguien del equipo de recuerdo. A alguien que fuera muy lector. El director de foto, Raúl Mota, –hace unos días estuvimos tomándonos un café y hablando de cine– les dijo a sus compañeros que si no tenían inconveniente se la quedaría él, y luego me dijo a mí el porqué. Su mujer, Nacha Cuevas, a la sazón asistente de dirección en la famosísima serie de televisión “Cuéntame”, estaba buscando una historia para hacer un guion y pensó que le podía gustar.

Al poco tiempo, me llamó Nacha y me dijo que le había encantado el libro y que si le autorizaba a hacer un guion para una película. Por supuesto que sí, le dije, dando palmas con las orejas, claro.

Nacha hizo el guion, yo colaboré al final con algunos retoques y a medida que nos fuimos conociendo mejor, decidimos ambos hacer un cortometraje, a modo de presentación de lo que sería el largo, un proyecto complejo y caro por su ambientación en varios países.

Yo me acordé de la historia de Victorita, que podía resultar interesante y Nacha y Raúl se encargaron de casi todo lo demás. Trajeron a una buena parte del equipo de “Cuéntame” con Imanol Arias a la cabeza y rodamos durante tres días en el Puente del Pilar de 2012.

Yo colaboré en la producción, mayormente fue un empeño altruista de todos los que participamos, y se rodó en el chalet de un amigo mío. También organicé las primeras charlas y ensayos con los actores, que hicimos en la Casa de Guadalajara, dando mi impronta de autor. Luego, colaboré, mano a mano, con la directora, Nacha Cuevas y Raúl en el rodaje y en que no se nos fueran los tiempos, Imanol solo tenía libre aquel puente y me impliqué en todo lo que surgió. Para mí fue un aprendizaje de primer orden y una experiencia inenarrable, llena de decenas de anécdotas que otro día contaré.

El cortometraje se estrenó en la Academia de Cine, como dije, en una gala preciosa, con un cóctel para más de cien personas, en la que Nacha y yo defendimos al alimón el proyecto del largo.

Fue seleccionado como uno de los cortos del año en España y se exhibió en una treintena de festivales nacionales y extranjeros. En mi novela El día que fuimos dioses, lo cuento todo en detalle.

Una reseña ilustrativa del DC SHORTS FESTIVAL, WASHINGTON, 2013.
Puntuación: 83,3 de un total de 100 puntos.

“Victorita, Victorita… es un film maravilloso acerca del amor y de la soledad. Es un muy creativo e inteligente film que hará las delicias de los espectadores y tiene giros y sorpresas, una excelente interpretación y una dirección que convierten a este film en una joya.”

El largometraje se presentó a televisión española, protagonizado también por Imanol Arias y estuvo a puntito de salir. La dichosa financiación fue el principal motivo del decaimiento: era un proyecto muy costoso y complejo.

Como digo, podría contar muchas cosas de esta experiencia. Se produjo también un Making of (o Así se hizo Victorita) donde se narra cómo fue todo y los deseos y sensaciones de los principales miembros del equipo. En total más de 40 minutos entre el corto+ el así se hizo.

Lo reveo ahora y no cambiaría nada de lo que dije y sentí en aquellos momentos. Únicamente, he corregido con el tiempo aquel exceso de kilos que muestro, fruto de mis muchas horas de trabajo de mesa en el banco.

Fue mi primera experiencia en el cine. Nunca la olvidaré.

DOCUMENTAL “ASÍ SE HIZO VICTORITA”:
https://www.youtube.com/watch?v=pMmI8KwDYZM&t=11s




En el rodaje.




Carátula del DVD, con las primeras nominacionnes.

CUANDO TE TOCA LA ALEGRÍA

 







—Ah, Arcadio, la alegría... Cuando te toca la alegría, adentro, en lo hondo, es como si te llevasen en volandas con la fuerza de las mareas, aquellas que vienen, sin duda, de los primeros mares que se inventaron al principio del tiempo. Serán, entonces, los mares de la inocencia, pero, también, de la simplicidad y aun hasta de la bondad del mirar de un niño.
¿Será porque el gozo no más nos cabe, que nos empuja a henchir otras velas, ventear otras flores, levantar otras aves, en un soplo universal que tal vez moverá el mundo? ¿O, será, simplemente, que nos unimos al latido universal de lo creado y nos inunda por ello tanto contento, tanta dicha? Yo no lo sé, cuando la alegría me toca ahí, en lo hondo, ya no existe el tiempo ni sus temores tenebrosos, sino solo, quizá, el fluido luminoso de tu existencia bajo el radiante sol que nunca se apagará.
De la novela "El día que fuimos dioses”.www.franciscorodrigueztejedor.com

viernes, 20 de marzo de 2026

ROMÁNTICOS (Para el proyecto "Destellos")



Yo, por las mañanas, lo primero que hago es escuchar música, nada de noticias que me aterricen demasiado pronto en la realidad. Mientras me afeito, escucho canciones al azar. Aunque ya sé que no es solo el azar, Youtube tiene un algoritmo y me propone una lista de ellas que pueden gustarme en base a mis escuchas previas.

Qué más da. Lo importante es que me llevan a donde quiere mi imaginación. Desarrollan mi fantasía. Me hacen sentir cosas que no me ofrecerán ninguna de las obligaciones que me esperan, acechantes, durante el resto del día.

Vivimos en un mundo muy racionalizado y muy materialista, que a mí no me parece mal, siempre que nos quede un resquicio para evadirnos y burlarnos de las reglas del poseer a todo trance y del consumo desaforado que nos marcan.

¿Qué queda del mundo de las emociones en una vida tan reglada, tan utilitarista y tan homogénea?

A mí me queda la música. Y la literatura, por supuesto. Y una empatía para observar a la gente que va a contracorriente.

Hoy estoy contento. Ya hemos finalizado la estructura y el recorrido de nuestro viaje familiar por la Coste Este de los Estados Unidos, comprados los billetes, los seguros, los trenes en los que nos desplazaremos, reservado los hoteles, algunos tour turísticos, excursiones, etc., todo un gran esfuerzo, y, quizás, por ello, el azar, quiero decir el algoritmo de youtube, me quiere premiar trayéndome de nuevo esa cancioncilla pop sobre los románticos que me gusta mucho. Ahí va: https://www.youtube.com/watch?v=blEQ39H9gL4

La primera vez que la escuché fue como una ducha estimulante y suave que me impulsaba a mirar hacia adentro y a sacar cosas que siempre habían estado ahí. Por entonces, yo escribía de vez en cuando artículos de opinión en el diario Iberoeconomía. Uno va siempre literaturizando todo lo que le ocurre, así que vertí todo lo que sentía, todo lo que pensaba en aquellos días sobre el romanticismo y el excesivo materialismo del mundo actual. Dice así:


LOS RETOS DEL MUNDO QUE VIENE: ¿ALGO MÁS QUE MATERIALISMO?

Un modo, quizás nada sofisticado, pero sí bastante preciso e identificativo del sentir general de la gente, particularmente del de la juventud, es auscultar el latido del corazón de cualquier canción popular y representativa del momento. A mí me sorprendieron hoy, y me dieron que pensar, estos sencillos versos que canta, envueltos en una musiquilla dulzona y pegadiza, María Artés y que yo escuché en la radio, mientras caían por doquier las hojas del otoño, “Dicen que los románticos han muerto, pero yo no sé si eso es del todo cierto”. ¿Qué opinan ustedes?

Ya el hecho de hacernos esta pregunta, cuando comenzamos a estar asustadísimos por la nueva crisis que llega, la incertidumbre del resultado de las enésimas elecciones, los vaivenes de la bolsa, la guerra comercial interminable de Donald Trump o el no menos interminable y tedioso proceso del Brexit, tiene su mérito. Parece ser que todavía hay tiempo para algo más que el materialismo rampante que nos rodea, también por doquier, como el otoño.

Porque si a algo se ha dedicado la humanidad en los últimos doscientos años, y con un éxito incuestionable, es a proveernos de cobertura material para nuestras crecientes e insatisfechas necesidades. Y esto es así, sin duda alguna. Aunque este éxito no oculte ni justifique desequilibrios, desigualdades y errores mil en el proceso. Veamos algunos datos sobre ello: en 1900 el PIB mundial se situaba en 1000 millones de dólares, hoy alcanza los 80 billones de dólares, un crecimiento de 30 veces en términos reales (3000 por cien).

Ello ha permitido hacer frente al incremento de la población mundial que ha pasado de los 1500 millones de personas en 1900 a los 7400 millones de individuos que hay actualmente. Y, al mismo tiempo, multiplicar por ocho la renta per cápita desde los 2000 dólares de media en 1900 a los más de 16000 dólares actuales. Esto se podría resumir en que una persona de clase media hoy, vive mejor que lo hacía por ejemplo el emperador Napoleón: mejor higiene, mayores comodidades, mejores servicios, mucha más longevidad etc.

Todo esto está muy bien y hay que continuar en esta dirección y, a la vez, incrementando de paso la justicia social. Pero, ¿no estaremos muriendo también del éxito del materialismo? Hoy todo triunfo que no se vea referido al dinero, en general no se considera verdadero éxito. ¿Ustedes creen que nuestro nivel de felicidad también se ha multiplicado treinta veces sobre el de nuestros recientes antepasados? Yo, solo comparando los tiempos de mi niñez y los actuales, me la jugaría sin dudarlo manifestando que a nivel de felicidad (que incluye no solamente el componente material de nuestra esencia, sino también el espiritual), las cosas puede que hayan mejorado, yo soy de los optimistas que creen que en términos generales el mundo siempre avanza, pero en todo caso muy, pero que muy por debajo, de lo que lo ha hecho el nivel material. ¿Será por eso que los románticos han muerto, como se preguntaba nuestra cancioncilla pop? ¿No nos estaremos pasando la vida adorando al becerro de oro o, inclusive, al oro del becerro, que es todavía peor, apartando de nuestro camino todo lo demás?

Un genial humorista de nuestro tiempo, el gran Woddy Allen, lo dice muy claro: “El dinero no da la felicidad, pero procura una sensación tan parecida, que se necesita un especialista muy avanzado para verificar la diferencia”. ¿Seremos capaces todavía de reaccionar a la inmensa ironía que destila esta reflexión? ¿O, simplemente, estamos ya tan contaminados, tan obsesionados con el metal amarillo, que aceptaríamos sin rechistar lo que decía otro gran genio del humor como Groucho Marx?: “¡Hay muchas cosas en la vida más importantes que el dinero! Pero… ¡cuestan tanto!

Quizá por ello el número de suicidios en España, y en todo el mundo, no deja de crecer paulatinamente. Ya es la primera causa de muerte violenta o externa en nuestro país. Parece que no estamos demasiado contentos con nosotros mismos. ¿Y con los demás? Las relaciones de pareja tampoco pasan por su mejor momento, con un gran y creciente número de rupturas y conflictividad, muchas veces violenta, entre sus miembros. Y con una falta de compromiso a largo plazo muy evidente. Tampoco queda tiempo para los hijos, que son algo caro y que supone mucha dedicación, por lo que a mayores rentas menor descendencia; y las personas mayores se ven abocadas en su gran mayoría a una soledad a menudo olvidada y desatendida, aunque sea bien cubierta en sus aspectos materiales.

¿Qué está pasando? ¿Nos estamos acostumbrando a vivir, de forma individual, cada uno encerrado en nuestra propia burbuja económica? ¿Manejando, como podemos, la gran frustración de no poder obtener todo lo que nos rodea y, sobre todo, de no poder alcanzarlo ya mismo? ¡Parece que lo que no sea satisfacción inmediata es frustración y fracaso! Esta es la gran creencia de nuestros tiempos, el resto de las mismas: religiones, filosofías, pensamientos críticos, etc., están bajo mínimos. Un amigo mío lo tiene muy claro: “¡Vamos a ver, el dinero a lo mejor no es Dios, pero como mínimo es la Virgen, ¿no te digo?”.

¿Cómo no se van a estar muriendo los románticos? El romanticismo quiere decir sentimientos, amor a la naturaleza frente a la civilización, como reflejo de lo puro y genuino. Sentido de la transcendencia del hombre frente a la inmediatez del corto plazo. ¡Idealismo! Solo algunas causas solidarias, el cambio climático y desarrollo sostenible, las medidas de conciliación y los horarios razonables, algunos brotes verdes en cuanto al resurgimiento de la familia, las actitudes libertarias y a contracorriente de unos pocos, parecen insuflar algo de ilusión para pelear contra toda la fuerza del metal amarillo, tan necesario por otra parte, ¡ojo!, pero en sus debidos términos.

Ya nos lo dijo el gran Alejandro Dumas, hace casi 300 años: “No estimes el dinero ni en más ni en menos de lo que vale, porque es un buen siervo y un mal amo”. Y dos mil años antes que Dumas, ya nos aconsejó Menandro de Atenas: “Bienaventurado el que tiene talento y dinero, porque empleará bien este último”. O, quizás, sea todo inclusive más sencillo, como nos recordaba hace no tanto Jackson Pollock: “La felicidad es una estación de parada entre lo poco y lo demasiado”.

“Dicen que los románticos han muerto, pero yo no sé si eso es del todo cierto”, habla la canción, que luego continúa: “Dicen que los poetas sin fortuna, ya no cantan a la luz de la luna”. Un gran filósofo como Ervin Lazslo lo decía así: “La manera en que los jóvenes viven la lucha por la supervivencia material tiene como resultado la frustración y el resentimiento”. Y uno de nuestros más afamados psiquiatras: Enrique Rojas, ponía definitivamente el dedo en la llaga: “En estos momentos, la enfermedad de Occidente es la de la abundancia: tener todo lo material y haber reducido al mínimo lo espiritual”.

Quizá por ello los jóvenes no se sienten totalmente felices. Y piden más. O, quizás, otra cosa:

“Dame una rosa que no se marchite”, pide la canción de los románticos que se mueren.

En estos momentos, de esas ya casi no nos quedan.

______________________________________

Uno, de niño, de adolescente y de joven en sus primeros albores, soñaba con ser un poeta romántico y rebelde, luchando por un amor lejano e imposible y ajeno a los intereses espurios que no tuvieran nada que ver con la pureza de sus versos. Por entonces, en el año 1971, cuando yo tenía catorce años, salió una canción que a mí me gustaba mucho: El último romántico.

La escucho de nuevo ahora, después de haber perseguido tantas zanahorias como el que más, en este mundo de trampas y falsos espejos que nos rodea, y me alegro de poder encontrarme adentro, todavía, ese reducto de romanticismo y pureza que no quiero que me abandone jamás. A lo mejor, por eso, escucho todas las mañanas esa música que me trae el azar y que, en realidad, es solo un antídoto para seguir soñando.

Ahí va este destello, que todavía me emociona, después de tanto tiempo:
https://www.youtube.com/watch?v=mRN7e3o7PSg&t=13s

Y la nostalgia de aquellos años me trae la imagen de esta foto que me hicieron en un cafetín literario de Lisboa en mis primeros turbulent twentis todavía dominados por aquel impulso romántico cuya semilla, todavía, muy adentro, permanece.




jueves, 19 de marzo de 2026

SER UN BUEN PROFESIONAL (para el proyecto "Destellos")

 


Ayer fui al fisio. Cada vez va teniendo uno más goteras. Algunas no son propias, son heredadas, en la familia de mi madre el tema de los huesos y sus artrosis viene de lejos. Menos mal que yo tengo un buen fisio, el mejor.

Lo conocí hace veinticinco años. Venía yo padeciendo de una hernia discal que me producía unos insufribles lumbagos, algunos de ellos me tenían medio paralizado y arrastrando los pies varios días. Estaba harto de todo esto, máxime cuando siempre se me producían en vacaciones. Se conoce que hacía algunos movimientos poco frecuentes o, qué se yo, durante el resto del año, tan focalizado como estaba en competir, en crecer profesionalmente, le tenía prohibido a mi cuerpo mostrar queja alguna.

Fui a un reumatólogo y me envió al cirujano. Yo no me quería operar ni por asomo. Mi hermana, que también padeció esta enfermedad, sufrió dos operaciones y dolores sin cuento, para, al final, dejarla casi como estaba, aunque a base de gimnasia diaria sí es cierto que después de muchos años se estabilizó. 

Así que me negué en redondo. El médico me miró con suficiencia. "Le dejo los papeles hechos, ya vendrá cuando no pueda aguantar los dolores". Y los dolores no cesaban, cuando ya estaba a punto de tirar la toalla, un compañero y amigo, a la sazón nuestro representante en Japón, me dijo: "Paco, no te operes sin antes visitar a este médico, tiene unas manos que hacen milagros".

Así que fui a verlo a su consulta de la calle Diego de León. Le mostré las radiografías y el doctor Reverte, médico rehabilitador, como ponía en su tarjeta, las puso al trasluz y luego me miró y con un deje rutinario me dijo: "Esta hernia es muy antigua. A lo mejor hoy no se la puedo quitar entera y tiene que venir otro día".

Yo, flipaba, claro. Empecé a pensar mientras me ponía en la camilla que este hombre era un fantasma. En cuanto me tocó fue directo al dolor. "Es aquí, ¿no?" "Síííí..." le contesté como pude, aquello me dolía la releche. "No te quejes tanto, que voy a tardar poco".

Y poco tardó. "Bueno, listo, te vienes la semana que viene, por si ha quedado algo". Yo, estaba pasmado,  Después de tantos años de sufrimiento, no sabía qué hacer ante aquel milagro, si besarle la mano, o concederle un crédito instantáneo en mi banco.

Desde entonces, un cuarto de siglo ya, ha sido el fisio de toda la familia. Sé que hemos sido unos afortunados. "Cuando encuentres un buen profesional, hay muy pocos –me decía mi amigo japonés– no lo sueltes ni por asomo".

Y es lo que hacemos. El doctor Reverte ya está jubilado, pero todavía atiende a una docena de clientes de toda la vida, cuando le llamamos. Ya somos no solo clientes sino un poco amigos. "Sabes, mi mujer se leyó ese libro que tienes de mafias... , sí, ese, El cazador de la Patagonia, ha quedado encantada". 

Encontrar un buen profesional es una  delicia. Yo cuando me topo con alguno ya no lo suelto, como digo. Siempre me ha gustado ser creativo en el mobiliario de mi casa, hacer muebles a medida, peculiares, distintos,  y esas cosas. Pude hacerlas porque el portero de mi urba me presentó a Salomé. "Es de lo que no hay, podría hacerse de oro, pero trabaja con quien quiere,  es un ebanista de primera". Nos entendimos bien y me hizo infinidad de trabajos en mi primera casa, y luego los adaptó cuando nos mudamos a la segunda. Lo llevé hasta El Sauce y también trabajó para mis padres. Ya tiene setenta y muchos, pero, de vez en cuando, todavía nos llamamos y hasta nos vemos para tomar un vino. Un profesional como la copa de un pino, con un amor a la madera como yo no he visto jamás.

Escribí hace tiempo un artículo dedicado al librero Luis Domínguez, que fue director de la librería Marcial Pons y compañero de pupitre en El Sauce Curvo,  otro profesional de raza. Se le conoce como el librero amigo. Ahí va: 




SER UN BUEN PROFESIONAL

Hay profesiones donde, desde el punto de vista del servicio al cliente, cualquier tiempo pasado fue mejor. Se me ocurren así, a vuela pluma: maestro, gasolinero, médico, recepcionista telefónico y, desde luego, librero.
El librero, antaño, no solamente se leía sus libros, los reconocía hasta por el olor. Se tomaba un café con los escritores y pulsaba su próxima obra, la calidad de su aliento. Conocía los gustos, y hasta los matices, de la afición de sus lectores, a los que atendía con el cariño, y la perspicacia, del antiguo boticario, disfrutando de la alquimia de sus infusiones y preparados.
Hoy el médico es, muchas veces, un mero tramitador de volantes a los especialistas, que no mira ni al enfermo mientras teclea en el ordenador. Y qué decir del maestro, permitiendo que sus alumnos se maten en los pasillos, sin involucrarse, porque él solo enseña matemáticas. El gasolinero ya solo es un busto parlante, una foto fija, en la ventanilla : “¿la dos, diesel? Cincuenta euros”. Y qué decir del operador telefónico, una lengua llena de cables, que no te entiende, ni te atiende jamás, mientras te preguntas por qué tu consulta nunca está en el menú de elecciones a marcar.
Algo parecido pasa hoy al librero, una especie de pasmarote junto a los anaqueles, donde duermen, aburridas, obras maestras, junto a los detergentes, a los jamones, y a los rollos de papel. Y los libros, ya sin alma, son una mera referencia en el ordenador.
Pero, en este mar uniforme de utilitarismo mercantil, de mediocridad creativa, de planicie imaginativa, todavía quedan excepciones. Olas que se levantan orgullosas y altivas en mitad del océano, empujadas por ese viento interior que no se doblega jamás. Por ese remolino que nace en las raíces profundas y antiguas del buen servicio al cliente. En el trato, en la orientación y guía por el vasto mundo editorial de hoy. En ejercer, en definitiva, con letras de molde, el oficio de librero que es, ni más ni menos, la profesión de especialista en libros. Y no, de operario de almacén, que limpia el polvo a los stocks a su cargo, por los que no tiene más interés que el clin-clin de la caja.
Por esto, y por muchas cosas más, a Luis Domínguez se le conoce como el librero amigo. Ya quedan pocos como él.
A mí, a quien siempre le unirá el hecho íntimo e importante de haber aprendido a leer juntos, cuando fui a verlo con mi primer libro bajo el brazo, todavía en borrador, me miró arqueando una de sus grandes cejas, tasándome, sopesando los gramos de escritor que había en mí. Y yo supe, entonces, que no me perdería del todo en el proceloso mundo de las apariencias, de los oropeles y de las falsas purpurinas en que se está convirtiendo, dentro y fuera de las librerías, el oficio de escribir.

–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

           Hace ya casi diez años, tratando de que mis hijos supieran lo que es ser un buen profesional, escribí con ellos el libro "Soñadores - Aprende a materializar tus sueños". Entrevistamos a veintisiete de ellos, de todos los sectores. Y aprendimos mucho los tres. Hoy, precisamente, me cuenta mi hijo que ha ido a Miami desde Filadelfia donde está concluyendo su MBA, a pasar el fin de semana con uno de ellos. Me ha hecho caso: "Cuando encuentres a un buen profesional, hay muy pocos, no lo sueltes ni por asomo."

            SOÑADORES: https://www.youtube.com/watch?v=QRmhjvlX0OU

          Yo, que siempre tuve una íntima vocación: la literatura, por esas cosas de la vida y sus necesidades, y bien aconsejado por mis padres, me formé como economista y financiero y a ello he dedicado toda mi vida. Fue un matrimonio de conveniencia, pero, como muchas veces pasa, el roce hace el cariño y aprendí a enamorarme de mi trabajo y a ser un buen profesional de ello. Por eso, le tengo tanto aprecio  a este reconocimiento que me hizo mi empresa casi al final de mi carrera, nombrándome embajador de la misma y, casi me da vergüenza decirlo, ejemplo para las nuevas generaciones. Me hicieron un vídeo que estuvo un mes en la primera página de la web interna de la empresa, para motivación de los 110.000 empleados que contaba entonces la misma.

EMBAJADOR: https://youtu.be/KFi-R2NOTyY

       Ahora homenajeo aquí a ese empeño vital  al que debiéramos entregarnos sin reserva, mientras recupero en estos años esa devoción, ese primer amor, que será también el último, que para mí ha sido escribir.

       Mientras escribo, recuerdo aquella reflexión de Thomas Carlyle: 

      "Puede considerarse bienaventurado, y no pedir mayor felicidad, el hombre que ha encontrado el trabajo que ama".






martes, 17 de marzo de 2026

LA PRIMAVERA YA ESTÁ AQUÍ. (Para el proyecto "Destellos")

 

Vuelvo de mi café de los martes Arturo Soria arriba. Sobre mí, un cielo límpido y azul. Caminamos juntos dos amigos y compañeros de hace muchos años. Me pregunta por mi nueva novela y le cuento lo que he escrito, lo que vislumbro más adelante, que no es todo. Mañana iremos los dos a una presentación de un libro de una poetisa emergente.

Unas chicas muy jóvenes cruzan el semáforo, los jerséis a la cintura, van chupando un helado y riendo, doradas por el sol. Las miramos y nos sonreímos a la vez. Poesía de mujer, cielo azul, chicas jóvenes que abandonan el jersey, pájaros alegres trinando su amor y esa luz poderosa, por fin, que es una bendición.

Sí, la primavera ha llegado. Otro año más. 

–No nos quedan tantas, Paco. Hay que aprovecharlas.

Llego a casa y hago una búsqueda rápida de otras primaveras literarias.


Y DE NUEVO LA PRIMAVERA.

Otro año vuelve a alumbrar por estas fechas el sol. Con esos bríos. Con esa potencia renovada que solo la da la primavera que ya llama a la puerta.

Como ese fogonazo de blancura. Como ese brochazo que pinta tu corazón de una claridad tan poderosa, tan definitiva, como exhibe, orgulloso, ufano, el almendro, mostrando esas galas nupciales, que son un canto a la vida que ya se prepara.
Otro año más.

Como dentro de ti. También nace imparable ese nuevo brote. Ese nuevo esqueje que espera vestirse de organza, y de espuma. Un año más.
Preparándose para ofrecer algo nuevo. A los demás. Al mundo entero. Quizá solo a ti mismo.

Pintando estos instantes luminosos que entran por la ventana con una luz esplendorosa, esperanzada, ilusionante.
Porque la naturaleza se prepara también para esa eclosión de vida, de amor. Para ese milagro renovado de volver a empezar.

Y tú, escéptico y malherido, tras este largo y duro invierno y, también aterido y marchito, enterrado bajo los cascotes de tantas crisis.levantas un párpado, arqueas una ceja, te yergues un momento, tras mirar por la ventana, y te vistes de blanco como el orgulloso almendro.

A lo mejor solo son los mismos descosidos y desgastados andrajos con los que te has arrastrado en estos meses de penumbras y de zozobras.

Solo que hoy los dora otra luz. Los baña otro horizonte.

Y tú te miras de igual a igual con el almendro. Como si ante un fiel espejo te observaras.

Es la primavera que llega
Con su imparable embrujo.
Es la primavera que incendia todo cuanto toca.
Y nadie puede esconderse de ella.


Y recuerdas el destello de esa bellísima canción de los Beatles que habla de ello: HERE COMES THE SUN

https://www.dailymotion.com/video/x9hj7t0

Dice así: "...Niña, han sido largos, fríos y solitarios inviernos / Niña, se siente como si hubieran pasado años desde que estuvo aquí / Aquí viene el sol / Aquí viene el sol / Y yo digo: todo está bien / Niña, las sonrisas regresan a las caras..."


UNA MAÑANA DE PRIMAVERA

De repente: una mañana. Tal vez ha sido por el tradicional cambio de hora. O, quién sabe por qué. Descorres el visillo que inaugura el mundo y un torrente de luz alumbra, por primera vez, esas cavernas interiores en las que has hibernado en los últimos meses.

Te preparas un café y sales a la terraza. Hay un colegio en frente y un griterío de niños reviste de una alegría inocente, extraña, imparable a los rayos de sol, que te parecen más brillantes que nunca. Dos brochazos de una blancura reluciente, desafiadora, llena de íntimo orgullo, parecen salirse del cuadro e inundan tu retina. Son esa pareja de almendros, que exhiben sus galas de fiesta que dormían en el armario, ateridas de frío y que, hoy, visten de organza, y de espuma, esa esquina del jardín.

Hay dos adolescentes que se besan al sol apoyados en la verja con los ojos cerrados. Y algo en ti, también se emociona y te conmueve: Será el milagro de la primavera. Será ese pálpito que todavía late abriéndose paso, un año más, entre tanta frustración y desesperanza. Será esa savia nueva o, al menos, renovada, que cura las heridas del cansancio, y de la desazón. Será esa nueva oportunidad que nos da la vida de participar en ese coro que llena de estruendo, y de color, la naturaleza, que nos rodea.

Un pajarillo se posa por un momento en la balaustrada y nuestras miradas se cruzan fugazmente. Luego, lleno de vivacidad, de gracia, de hermosura, en un escorzo velocísimo se lanza al espacio y me invita, o eso creo yo, a que me deje caer también al vacío, sin frenos y sin paracaídas, para columpiarnos los dos en ese rayo de sol que cruza el aire esta mañana y la llena de la pureza de cuando éramos niños.





Y qué mejor que respirar esta primavera que está llegando con este destello de música:


LAS CUATRO ESTACIONES DE VIVALDI: https://www.youtube.com/watch?v=qJLwgiulD0A


jueves, 12 de marzo de 2026

LA FAMILIA: ESE IMPULSO VITAL (Para el proyecto "Destellos").

 Me hace una ilusión tremenda este viaje a la Costa Este de Estados Unidos. Vamos con mi hija y su marido a visitar a nuestro segundo hijo, que está ya terminando su MBA en la prestigiosa universidad de Wharton, en Filadelfia.

Sí, cuando eres padre, quieres ayudar  a tus hijos a salir adelante. Yo creo que no hay placer mayor que verlos preparados para volar solos y comprobar que todos tus esfuerzos han merecido la pena. Y, cuando eres hijo, quieres que tus padres estén contentos contigo y sentirte querido y apoyado por ellos.

Hay algo de impulso vital básico,  de destino compartido, de hacer progresar el mundo en esta cadena que somos unas generaciones detrás de las otras.

Nunca habrá nadie que te quiera tanto como tus padres. Y eso es necesario para que crezcan en ti la autoconfianza y la fuerza suficiente para empujar adelante tu propia vida.

Ese depósito de amor que recibimos y que nosotros trasladamos a nuestros hijos yo creo que es el motor que, al fin y al cabo, mueve el mundo.

Y ese destino compartido, esos lazos de amor y de cariño, también conforman una institución, la institución de la familia. Que, como todas, está expuesta a cambios, a mejoras, a retos que debe asumir para seguir cumpliendo su función en cada época. 

Me acuerdo ahora de lo que escribí sobre ella para el Diario Iberoeconomía y rescato un "Short" sobre ese destino compartido, ese vivir juntos, al son de la música.  https://youtu.be/SB1UJv82PcE


LOS RETOS DEL MUNDO QUE VIENE: ¿HACIA UNA NUEVA FAMILIA O AL FIN DE LA MISMA?

Decía Confucio, el gran pensador chino, hace 500 años antes de Cristo, que “la fortaleza de una nación deriva de la fortaleza de cada uno de sus hogares”. Y uno de los emprendedores más brillantes del siglo XX, Lee Lacocca, remarcaba: “La única roca que conozco que se mantiene constante, la única institución que funciona, es la familia”. ¿Pero no creen ustedes, que la familia actual, como todo, está sujeta a revisión? ¿Serán las familias de los próximos años parecidas a las actuales? Y aún más: ¿Existirán las familias?

Para contestar a estas preguntas debiéramos empezar por respondernos primeramente a esta: ¿por qué existen y son tan importantes las familias? Porque no en todas las especies de animales la importancia de la familia es igual a la de la especie humana. Inclusive, en la mayoría, al poco de nacer los hijos, la familia como tal desaparece, quedando solo, en algunos casos, el papel protector de la madre durante un pequeño tiempo. Y, luego, nada.

El hombre nace prematuro, un niño absolutamente desvalido, y necesita el apoyo de ambos padres durante largo tiempo para salir adelante. La raíz de la palabra familia, viene de fames (hambre), la familia sería pues un grupo de personas que combaten el hambre juntos. Antiguamente el padre se encargaba de la defensa ante los depredadores y de traer comida, mientras que la madre lo hacía del cuidado de la prole y de la enseñanza. Siendo esta última también clave en la justificación de la necesidad de la familia.

Lo explica muy bien el famosísimo autor de Sapiens, Yuval Noah Harari: a diferencia del resto de animales superiores, que nacen como productos terminados (vasijas de vidrio, los llama, que si tratas de moldearlos se quiebran), equipados definitivamente con sus instintos y cultura de especie, los niños nacen como una gelatina de vidrio, pendiente de moldear, a la espera de que la cultura y valores de su familia y, posteriormente, de su entorno los vayan configurando definitivamente.

La importancia de esta vertiente educativa y moldeadora del pensamiento del niño, particularmente durante el siglo XIX, quisieron apropiársela algunos de los estados de orientación comunista, para sus propios fines, intentando sustituir la familia por una especie de amor libre sin compromiso con los hijos que pasarían a su tutela. Pero, en términos generales, la familia tradicional y monógama se ha mantenido muy mayoritaria hasta nuestros días, donde está sufriendo una serie de vaivenes importantes que la afectan.

Por una parte: el estado del bienestar de las sociedades avanzadas se ha hecho cargo de una parte importante de las funciones de la familia: cuidado de personas mayores y educación gratuita a partir de los 2 años.

Por otra parte, la revolución de la mujer y su incorporación plena y generalizada al mundo laboral, ha producido un cambio rotundo en los roles de la pareja dentro de la familia, donde ambos padres acometen, o debieran acometer, en igualdad de condiciones y sin especialización por género, todas las funciones, obligaciones y compromisos necesarios para el funcionamiento de la misma.

El reconocimiento y respeto hacia todas las minorías de orientación sexual, o vocación monoparental, diferentes a la mayoritaria hetero, ha producido también, aunque probablemente es más en la apariencia que en el fondo, un menoscabo de la imagen de la familia tradicional. Que no de la familia en sí: porque se está evidenciando que más importante que los lazos de consanguineidad de la misma es el hecho de vivir juntos y afrontar conjuntamente un mismo destino trenzado a base de compromiso a largo plazo entre sus miembros. Como lo demuestra así mismo el auge de las familias con niños adoptados.

Paralelamente, se observa una presión cultural y mediática en contra de la familia, que tiene también una raíz económica y de consumo. La familia pasa por ser la más eficiente y austera unidad económica, por uso de espacios habitables comunes y de recursos utilizables por varias personas a un tiempo, que choca directamente con la tendencia al sobreconsumo, cuando no al despilfarro, al que se inclina a veces un capitalismo exagerado en busca de su ilimitado crecimiento. La proliferación de segundas y terceras familias, con necesidad de dobles y triples viviendas y la desorganización en el manejo de las relaciones con los “ex” de todo tipo, o la proliferación de formas de vida solteras para las que se necesitan prácticamente los mismos recursos que para toda una familia, evidencian esto que comento.

Pero no es todo lo anterior, ni cada una de sus partes ni todo en su conjunto, la mayor amenaza para la supervivencia de la familia tal y como la conocemos actualmente. El mayor peligro es, sin duda, el egocentrismo, el individualismo y la falta de compromiso a largo plazo que se extiende como una gran mancha de aceite entre los jóvenes. Lo primero, no hay compromiso a largo plazo entre ellos como pareja, más bien lo rehúyen sistemáticamente. Y, en los casos que lo hay, es a menudo para conjugar los dos individualismos de ambos miembros de la misma, sin que quepa espacio para destinar energía adicional y tiempo para crear, mantener y educar una prole. Como mucho, el instinto maternal de última hora está produciendo un solo hijo de padres mayores y desganados. Hablo mayormente de España, uno de los países con menor tasa de natalidad del mundo actualmente.

Yo lo atribuyo, principalmente, a un movimiento pendular que ya han registrado otras sociedades avanzadas como Francia o Suecia, donde de esta situación que vivimos en España se ha pasado a otra donde se prima las familias con 2 ó 3 hijos. Eso sí, apoyadas decididamente por el Estado, con políticas fiscales y de conciliación adecuadas. Porque, al fin y al cabo, si no hay compromiso con la familia, ¿cómo alguien puede esperar que lo haya con su ciudad o con su nación? ¿Tiene sentido un mundo de ciudadanos encapsulados todos ellos en su propia burbuja y ensimismados en sus propias entretelas?

En nuestro reciente libro “Soñadores – Aprende a materializar tus sueños” hemos entrevistado a 27 emprendedores, si hay alguien obsesionado con su proyecto personal ese es un emprendedor. Pues bien, a pesar de ello, la respuesta general de todos ellos ha sido poner en valor la familia como el bien más preciado.

Recuerdo lo que nos dijo un joven emprendedor de solo 26 años que es uno de los más punteros actualmente en el sector de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial, Jorge Schnura: “Lo más importante en la vida es formar una familia y atreverse a depender de ella. Esto parece que no está de moda hoy en día: los jóvenes están centrados en ellos mismos, en ser independientes, ausentes de compromiso, pero es la dependencia de los demás y el compromiso, precisamente, lo que nos hace más humanos. Y vivir una vida plena”.

Así que, ese movimiento pendular que yo preveo ya está renaciendo en sectores de la juventud actual que se ven atraídos de nuevo por la familia que, como toda institución, también deberá mejorarse a sí misma, fomentando la autoestima, la justicia y el respeto de sus miembros, tanto entre la pareja como entre esta y sus hijos. Porque lo reconozcamos o no, la familia ha sido, y yo creo que sigue siendo, el gran empeño vital de todos nosotros. Ya nos lo avisó el gran literato francés André Maurois: “Sin una familia, el hombre se siente solo en el mundo, tiembla de frío”.

Y si lo que queremos es hacer un mundo mejor, la solución no ha de ser ir contra ella, como ya nos dejó dicho la gran Teresa de Calcuta: “Si quieres mejorar el mundo, ve a casa y ama a tu familia”. De amar, precisamente, va, en mi opinión, la cuestión clave de la supervivencia de la misma.

–––––––––––––––

Hay muchos momentos dorados viviendo en familia: en pareja, momentos de hermanos, de padres e hijos, de abuelos, de primos. Claro que hay situaciones también complicadas. Pero, yo echo la vista atrás y me quedo con esos momentos de oro, que pueblan de granadas espigas amarillas, los ya extensos campos de mi corazón.

Ahí va este destello: https://youtu.be/U-fi47vXgY4



HOLLYWOOD, HOLLYWOOD... (PARA EL PROYECTO "DESTELLOS")

 

Mientras preparo nuestro viaje por la Costa Este Americana, mi mente me lleva a hace dos veranos cuando, en  aquel viaje maravilloso por la Costa Oeste en el que nos recasamos en Las Vegas, también conocí de cerca aquel paraíso soñado de mi niñez: Hollywood, Hollywood... 


Cuando yo era pequeño y vivía en El Sauce Curvo el cine irrumpió con una fuerza cegadora, fue un manantial de sueños, de idealizaciones y de magia, inagotable.  Si, aquella magia...


LA MAGIA DEL CINE

La vida en el pueblo en nuestra infancia, si la viéramos con los ojos de hoy, sin duda la calificaríamos como monótona y rutinaria. Y también aislada.
Pero yo pienso asimismo en cómo veríamos con nuestros ojos de niños de entonces la vida que, luego, de mayores nos esperaba en Madrid. O en una ciudad como Madrid. Donde hay mucha gente, es cierto, aunque no sé si tan aislada también, que no tiene consciencia ni siquiera de su propia soledad. Y donde le han robado tanto tiempo que ya no le queda sino el mínimo para dormir y ver, totalmente alienada y pasiva ya, la televisión, que le mete en casa todo lo que ellos, los del sistema, quieren, sin filtro alguno.
Pero este debate daría para mucho y no estoy seguro de que nos llevara a puerto alguno. Porque cada uno tiene que vivir con su propia circunstancia y con las cartas que le han repartido en la mesa de juego y, luego, no valen excusas ni distracciones de mal pagador.

Aunque yo hoy me acuerdo, sobre todo, de muchos momentos extraordinarios que, de niño, alumbraban con una potencia desmedida la mortecina luz de la rutina y la monotonía del quehacer diario. O, a lo mejor, no eran tan extraordinarios, sino que, quién sabía por qué, los vivíamos así.

Un día vinieron los cómicos. Yo tendría cuatro o cinco años. Vinieron con un pequeño circo, qué se yo, dos leones famélicos, tristones y cuatro monos pizpiretos. Y aquellos payasos, calzados con zapatones, que se tiraban las tartas a la cabeza. Llegaron en un camión enorme, de catorce ruedas, que nosotros las contamos, una por una, varias veces, corriendo a su alrededor.
Yo llevaba sin dormir varios días, o durmiendo mal, quiero decir, preso de emociones y excitaciones sin cuento. Pero aquello del circo solo me dejó un poso de pena enjaulada, junto a los leones marchitos, y un deje de tristeza exhalada por los ojos brillantes de los payasos, maquillados de hambruna y desesperanza.
No sabía yo que la niñez, como la vida, era un desencanto permanente. Del que te recuperabas, entonces, eso sí, casi de inmediato. Con una nueva ilusión, con la que inaugurabas el mundo de nuevo, y la alegría, llena de luces, colgaba, otra vez, de los balcones de tus pupilas, tintineando como las campanillas de los caballos trotones. Porque a los pocos días vino la gente del cine.
Así que cuando, ya de noche cerrada, entramos en el salón del Ayuntamiento, el más grande del pueblo, y nos sentamos en aquellos bancos de madera, lo hicimos con el corazón expectante, mientras mirábamos fijamente a aquella pared blanca, sobre la que huían, atónitas, las arañas.
Entonces apagaron las bombillas y un chorro de luz inundó de color y de música aquella enorme pantalla de yeso blanco. A pesar de todo el tiempo transcurrido, de todas las ilusiones, de todos los desencantos, todavía me queda, adentro, aquella magia. No hay nada que me gustaría más que saber el nombre de aquella película, que no he vuelto a ver, por mucho que lo he intentado y ya no sé dónde buscar.
Había una pradera de un verde reluciente y extraño y una vaca con dos terneros tumbados en ella, durmiendo al sol. Entonces apareció una niña de cabellos dorados y vestido rojo, la niña más guapa del mundo. Tanto, que miré hacia atrás, al proyector, para buscarla entre las estrellas de polvo suspendido. Cuando regresé, enamorado, a la pantalla, un indio, en un veloz y gigante caballo, portaba en la grupa a la niña, que me miraba, pidiéndome ayuda, con el terror y la esperanza pintada en sus ojos azules.

Nunca la he olvidado. Y nunca la olvidaré. Después de todos los años que soñé con ella. Todavía, cuando veo una del Oeste, ya casi no las ponen, por un momento aparece el caballo veloz que me la trae de vuelta. Pero ya sé que solo es un instante y que nunca vuelve.
Sí, nunca he olvidado la magia del cine. Como la de la literatura. Dos árboles frondosos que echaron en mí sus primeras raíces entonces.

De la novela: "Memorias del Sauce Curvo"



       Dejo reposar un momento el viaje,  y me centro en los proyectos de cine que nos traemos entre manos. La vida me ha dado la oportunidad de trabajar en la "Fábrica de los sueños". He aprendido cómo se escribe, se produce, se dirige la magia del cine.  Ya llevamos juntos el cine y yo casi quince años, que se dice pronto.
       Y, en el verano de 2024, conocí el corazón de Hollywood. Todo ello, lo guardo en mi corazón...



     



      Junto al Teatro Dolby de Hollywood


                Con mi chica. De recién casados, de nuevo. Junto al hotel donde se rodó Pretty Woman, en Beverly Hills, con Richard Gere y Julia Roberts.
  



HOLLYWOOD, HOLLYWOOD…
Una vez me dijo el actor Imanol Arias, mientras rodábamos nuestro cortometraje Victorita, Victorita…, basado en mi novela El día que fuimos dioses, que él protagonizaba:
–Todo en el cine es mentira, excepto lo que es la película en sí, que, a veces, también lo es.
Cuando nos acercábamos a las montañas donde está el famoso cartel de Hollywood, nos dijo Nico, nuestro guía:
–Ese cartel, que se instaló en 1923, no anunciaba los estudios cinematográficos, sino que era el reclamo de venta de una urbanización que se estaba construyendo. De hecho, el primer cartel ponía Hollywoodland.
Yo pasé por alto esta inicial decepción y, cuando terminé de hacer las fotos por la ventanilla del autobús, pensé que no importaba el cartel, sino el alma de Hollywood: el Paseo de la Fama, con sus cientos de estrellas en él.
Resultó que el Hollywood Boulevard está en un barrio cutre, feo y sin gracia. El guía nos dijo:
–Vigilad vuestras carteras, hay muchos “dedos largos” que hacen el agosto, mientras los mitómanos se embelesan con las estrellas de la acera.
Y, era una acera, en verdad. Ni muy ancha ni muy cuidada. Con las estrellas de los famosos sin orden ni concierto. Nada de Paseo de la Fama, sino una acerilla cutre, cubierta con frecuencia por vendedores ambulantes.
Fuimos al famoso Teatro Dolby, donde se entregan los Oscars. Su fachada y entrada no desentonan con la acera: vulgar, y sin chispa ni gracia alguna. Tiene, junto a él, dos grandes estatuas doradas del tío Oscar. Allí me quisieron hacer una foto, que es la que pongo, a pesar de que se me nota mucho la cara de pasmo que tengo.
Yo, lo que deseaba era encontrarme con mi musa. Aquella chica de melena rubia, labios envolventes y sonrisa dulce, que había poblado muchos de mis sueños de chaval en el internado de Sigüenza. Pero, me recorrí la acera y no di con ella, me dijeron que había más de dos mil estrellas, y que en la acera de enfrente también había cielo.
Pero, mi mujer y mis hijos tenían otras urgencias menos platónicas y más prácticas: comer. Y qué mejor que hacerlo en el mítico Hard Rock Café de Hollywood. Así que allí fui, no me quedaba otra, a ponerme en la cola. Se dan mucho postín en él, crean una fila artificial de decenas de personas, pero, cuando entras, ves un montón de mesas vacías. Otra mentira más.
Allí, comes rodeado de carteles de estrellas en las paredes y te hacen una foto de regalo. Bueno, te hacen varias más, que si deseas tienes que pagar a precio de oro. La comida, correcta, sin más.
Yo, ansiaba por volver a la acera y descubrir a mi estrella. Le pregunté a un vigilante que había en la puerta. “¿Monroe? –me contestó– Esa debe ser de las antiguas, ¿no? Pues no tengo ni idea, pregunte por ahí”. Le hubiera dado una patada en semejante sitio.
Recurrí a mi hija, la más experta con el móvil de todos nosotros. “Papá, he encontrado una aplicación, donde pones el nombre de la estrella y te lleva a ella”. La aplicación en cuestión existía, pero aquel día no funcionaba eso de “llevarte a ella”.
Desesperado, el tiempo se nos echaba encima –teníamos que ir a Beverly HIlls (otro día escribiré de él), el otro barrio mítico para el séptimo arte– mi hija encontró por fin una solución manual. Consiguió una foto de la estrella de mi querida Marilyn. Se veía el suelo y un poco del edificio que estaba a su lado.
Empezamos a mirar por los cuatro puntos cardinales y creímos localizar la fachada del inmueble. Estaba lejos. Así que allí nos fuimos los dos corriendo mientras mi mujer y mi hijo buscaban al guía para pedir algo de tiempo.
Por fin, llegamos. Y allí estaba. En el suelo. No había claveles ni rosas sobre ella. Me estaba esperando con la misma sencillez e inocencia que inundaba mis sueños adolescentes.
Sólo por capturar de nuevo aquellos recuerdos, habría merecido la pena esta visita a Hollywood. Sí, Hollywood, Hollywood…

Descubrí, que no estaba en Los Ángeles, sino en algún barrio, soleado y limpio, de mi corazón.


En el Paseo de la Fama, junto a la estrella de Marilyn, a la que llegué con la lengua fuera y con el corazón en la mano.


Siempre en mi recuerdo.


Y este destello que agradecen mi retina, mis oídos y mi corazón: VIDEO HOMENAJE A MARILYN MONROE: CANDLE IN THE WIND : ELTHON JOHN: https://www.youtube.com/watch?v=RDgIF5NCHH4