lunes, 2 de marzo de 2026

EL PRIMER BESO (para el proyecto "Destellos")

 


Acabo de llegar a casa, tras un desayuno largo con un viejo amigo de El Sauce, al que hacía tiempo que no veía. La verdad es que se me acumulan encuentros con gente interesante que voy postergando comido por una agenda literaria implacable que trato de cumplir.

En su casa de la calle General Sanjurjo, ahora Santa Engracia,  organizábamos cuando teníamos dieciséis, diecisiete años, unos guateques memorables, en tanto nos crecía la barba para que nos dejaran pasar a las discos. Todo esto lo cuento, muy literaturizado, en mi novela Lejos del Sauce Curvo que él está ahora releyendo. 

Hablamos de aquellos tiempos, mientras miramos por la cristalera de la cafetería, cómo pasa la gente por las aceras, como pasaba también aquella vida de entonces por nuestros ojos. Los recuerdos nos llevan hasta un poco antes de aquello, cuando en El Sauce yo me subía a la plaza mi tocadiscos de vinilo que me había regalado mi padre por mis buenas notas, siempre sacaba buenas notas, porque si no me quitaban la beca y mi padre me ponía a trabajar, claro. Bastante ajustado iba ya el hombre para poder mantenerme en el internado, un colegio privado de la Iglesia. Sí, subía el tocadiscos al salón del ayuntamiento y allí citábamos a las chicas de catorce, quince o dieciséis y bailábamos un rato juntos, rodeados de sus madres, hermanas o abuelas. Lo cuento también en Lejos del Sauce Curvo.

Mi amigo tenía una prima de mi edad que falleció hace menos de dos años. Fue un palo para mí cuando me enteré, me impactó muchísimo y fui al tanatorio de inmediato, ni siquiera sabía que estaba enferma. No pude verla una última vez, dado que, de acuerdo con sus deseos, no permitió dejarla expuesta en el ataúd y, sobre el mismo, cerrado, solo permitió una foto luciendo toda aquella extraña belleza que poseía. Con ella, y algunas otras chicas de entonces, di yo mis primeros pasos de baile. Desde aquel tiempo conservábamos un cariño inocente y eterno que se sobreponía a la distancia y a la ausencia, apenas nos vimos posteriormente a aquellos días. Sé que era una buena lectora mía, me dijo un sobrino que en sus últimas semanas le regaló mi ultima novela: Regreso al Sauce Curvo, y que se la leyó a pesar de que estaba ya muy malita.

Ella me enseñó mis primeros pasos de baile y luego se me adelantó y me mostró también el último camino que todos recorreremos. La llevaré siempre en mi memoria. 

Sí, ha sido un desayuno largo y provechoso y, además, he estado andando una hora o más para la ida y la vuelta, haciendo ejercicio para el cuerpo pero, también, para el alma.

Llego a casa y me acuerdo entonces de aquella época, de aquella música y de aquel cine que veíamos entonces en el internado. Y de aquello que escribí también sobre aquel tiempo para Lejos del Sauce Curvo. Ahí va el destello del día de hoy:


EL PRIMER BESO

Donde yo me refugiaba para canalizar mis ensueños de belleza, juventud y chicas –y quizás también de literatura– era en el cine. Otros lo hacían en el deporte. Y, todos en general, en los ensueños de la profesión que tendríamos que elegir dentro de unos años y que marcaría nuestro destino en la vida.
A mí me llamó un día Esteban Gómez, aquel chaval mayor al que yo le daba gratis la chica del AS. Como era muy fuerte, y podía mover los rollos con facilidad, lo tenían encargado del cine del colegio.
–¿Querrías ayudarme a proyectar las películas? Yo me voy al año que viene del cole y me han dicho que vaya preparando a otro. No te preocupes por los rollos, seréis dos en vez de uno cuando yo me vaya.
Íbamos al tren todos los viernes a coger los rollos de la película de la semana que venían en unos sacos. Y luego teníamos tres sesiones: una en el seminario los sábados y dos el domingo, una a las cuatro y media para los pequeños y otra a las siete para los mayores.
Eran películas para todos los públicos pero, cuando había un beso, con frecuencia se permitía el acercamiento entre ambas bocas, y el alejamiento posterior, pero alguien había cortado los fotogramas del beso en sí. Ello provocaba no pocos murmullos y bisbiseos entre el público, sobre todo en la sesión de los mayores. A mí me preguntaba Fermín:
–No me lo niegues, os dan instrucciones, ¿eh, Germán?
No nos las daban. Ocurría que era una distribuidora católica y todo venía ya cocinado. Además, para empalmar los rollos, teníamos a veces que cortar y luego pegar con celo y todavía se notaban más los cortes, sobre todo si ocurrían por añadidura en medio de una escena interesante como la de los besos. Entre los tijeretazos que ya daba la distribuidora católica y los nuestros, chapuceros, para empalmar los rollos aquello quedaba como quedaba. Y el público mirón, compuesto y sin beso, claro.
Lo que sí nos permitíamos Esteban y yo era, cuando se terminaba la sesión, darnos el homenaje repitiendo, solo para nosotros, aquellas escenas que nos habían impactado, eso sí echando un ojo desde la cabina que no vinieran los curas.
Recuerdo una escena de lo más turbadora, inclusive para Esteban que había visto ya muchas. Fue en “Quo Vadis?” y la recuerdo como si fuera hoy: Nerón quería escarmentar a la minoría cristiana de su imperio que cada vez crecía más, inclusive entre la nobleza. Había descubierto el idilio entre una noble, Ligia, y un general romano, Marco Vinicio, ambos se acababan de convertir al cristianismo. Así que se le ocurrió, en el circo romano, que Marco Vinicio, esposado a una columna en el graderío, viera cómo Ligia, atada a otra en el centro del circo y eso sí, semi desnuda, esperaba horrorizada la suelta de un toro bravo que la embestiría de lleno. Para parecer justo y dar una pequeña oportunidad a Ligia, un guardia de esta, también cristiano, llamado Urso, desarmado, trataría de detener al toro.
Me dijo Esteban que, en la novela, Ligia estaba totalmente desnuda pero, claro, eso era imposible rodarlo en el año 1951. Así que vistieron a la bella actriz británica, Deborah Kerr, con una túnica blanca hecha de gasas transparentes que, para mayor morbo, movía el viento dejando entrever su piel blanca y delicada por todo el cuerpo. Ello, unido a la tensión de ver a su enamorado, el actor Robert Taylor, sufrir aquella afrenta y tortura y al bueno de Urso enfrentarse con el toro bravo hacían un cóctel de lo más turbador.
La vimos varias veces boquiabiertos, hasta que se asomó el bueno de don Unilo..
–Eh, los del cine, ¿hay algún problema? –y tuvimos que terminar la función, claro.

VÍDEO DE LA ESCENA DE QUO VADIS:

https://www.youtube.com/watch?v=Y4n_9S8H4J8

Todavía hoy, con la cantidad de películas que he visto, la considero una de las escenas más eróticas y turbadoras jamás filmadas en aquella época y solo encuentro explicación de que no se censurara porque se trataba de dos cristianos que se rebelaban contra la tiranía pagana de Nerón.

Al hilo de lo que veíamos, en lo que sí me instruía Esteban era en el tema de los besos y sus clases. Porque no todos eran lo mismo y era conveniente que fuera aprendiendo. Los chavales, según me explicaba Esteban, tenían que ir con la lección aprendida. Un chico analfabeto en este tema perdía muchos puntos ante su chica si se comportaba como un palurdo sin experiencia.
–Pero, si ellas tampoco tienen experiencia, ¿cómo se percatan de la falta de la tuya? –le preguntaba yo, lleno de lógica.
No sabía yo entonces que las mujeres eran ilógicas por naturaleza.
Esteban, cogido a contrapié, carraspeaba y me lo explicaba a su modo.
–Ay, Germán. Ellas cierran los ojos y solo entienden lo que sienten, ¿me sigues? Y tú te las tienes que ingeniar para que sientan, ¿está claro?
Bueno, yo claro no lo tenía, pero un chico tan espabilado en los estudios como yo, no me podía permitir parecer tan torpón en aquello. Cuando las fui conociendo de cerca, a ellas me refiero, fui entendiendo de forma meridiana las enseñanzas de mi instructor.
–Está bien, Esteban. ¿Y cuántos tipos de besos hay?
–Pues, Germán, hay muchos. Pero, para empezar, te voy a hablar de tres: el beso en la cara, ese solo se da para saludarse, ¿estamos?, y se lo dan también entre ellas, entre mujeres. No se te ocurra practicarlo fuera de ello. Eso no es de hombres, ¿me entiendes?
Yo le decía sí a todo, claro.
–Luego está el beso en los labios. Normalmente breve y con la boca cerrada. Bueno, para empezar no está mal. Ellas no se lo dan a cualquiera. Vas ganando puntos como pareja. Además, también te permite a ti darte una idea de lo que te espera más adelante, ¿estamos?
–Estamos, Esteban.
–Y luego está el interesante. Ese tiene que ser tu meta, Germán. El beso en la boca. Con la boca abierta, por supuesto. Tu chica se abandona entonces y tú puedes entrar en ella con tu lengua. Tiene una técnica, claro, hay que inclinar las cabezas cada uno a un lado, si no chocan las narices y es un desastre.
Acabáramos, aquello del amor, que a mí me parecía tan espontáneo, requería más práctica que unas maniobras militares.
–Bueno, y luego está el de tornillo, una variedad del de lengua, donde ambos cambiáis la cabeza hacia el lado opuesto y, mientras tanto, vuestras lenguas se mueven igual que un tornillo, un taladro, ¿me entiendes?
Yo estaba embobado con ese mundo submarino que había debajo de los besos. Y que no se veía en las películas, claro. Bueno, si te fijabas bien, como yo empecé a hacerlo a partir de entonces, las cosas se iban aclarando. Y yo, en mi interior, me decía, mientras los clasificaba: piquito, boca sin lengua, tornilloooo…
–Germán, esos son los que yo ya he practicado. Luego están el francés y el griego, que deben ser la hostia, aunque un poco guarros, sobre todo el último, ya sabes cómo son esos extranjeros, pero, vamos, para empezar céntrate en los primeros, ¿estamos?
¿Cómo no iba a estar? Me iba a dormir después del cine y practicaba con la almohada en la oscuridad lo que había visto en la peli. Aunque aquello no era lo mismo, claro. Ni por asomo.
Pero a través del cine llegaría yo al mundo de los besos reales, un poco más tarde.
Como dije más arriba, en la comunidad de los pequeños no salíamos nunca a la ciudad, excepto al campo de deportes, así que las chicas eran para nosotros como unos seres extraterrestres. Yo iba con Pedro Valtierra al colegio de chicas, gemelo del nuestro, que se llamaba el Sagrado Corazón de la Virgen, en vez de Jesús. Yo pedía permiso para ir a recoger la bolsa de la ropa a la estación donde paraba la trillana y él para ver a su hermana a su colegio, y nos íbamos los dos para allá. Nos pasaban al hall y, mientras esperábamos a su hermana, allí las veíamos deambular, mirándonos de hurtadillas y bisbiseando por las esquinas.
Si había suerte nos sentábamos debajo de la escalera y con disimulo mirábamos hacia arriba y les veíamos, al bajar, las rodillas, por debajo de aquel uniforme largo que llevaban. Había algunas que bajaban muy pegadas a la barandilla y entonces llegábamos a divisar una parte de los muslos. A mí, luego, me entraba el arrepentimiento, por haber robado aquel trozo de intimidad a aquellas chicas inocentes. Aunque no le decía nada a Pedro Valtierra. Solo le preguntaba.
–La semana que viene volvemos, ¿no?
Años más tarde, le comenté a Esteban en la sala de proyección, aquello de las chicas inocentes. Él me miró, como si yo no hubiera entendido nada, tras todas sus clases.
–¿Inocentes? Las chicas, desde que nacen, no son inocentes.
Recordé entonces que había veces en que cuando ya habíamos salido del colegio de chicas, saltaba como por casualidad el balón hacia la calle desde el patio. Seguro que, jugando al baloncesto, alguna mala tiradora había sobrepasado la valla, pensaba, yo, sí, inocente.
Al poco, aparecían dos chicas a recogerlo, y hablábamos un poco con ellas. Pero era imposible establecer una relación de continuidad. Cuando volvíamos otra semana ya no las encontrábamos entre aquellos cientos de chicas. Y las monjas las castigaban si veían algo raro. Con las corazonistas no había forma, nos decíamos.
Nos dimos cuenta, cuando llegamos a la comunidad de los mayores, que tampoco iban a cambiar las cosas entonces: cuando salíamos nosotros a pasear por la alameda, se recogían ellas. Y a la inversa. Los curas y las monjas lo tenían todo muy bien pensado.
Algunas se retrasaban en su cola y nosotros alcanzábamos a divisarlas de espaldas desde la otra punta del parque, entonces, giraban su cabeza y nos sonreían.
Así que no nos quedaba otra que aprovechar para ir a la sesión de las cinco al cine Capitol, donde veíamos las de dieciocho, eso sí, porque aquello era un coladero, con la mente llena de ansiedad y de deseo. Luego salíamos justo para ver la sesión del cine del colegio donde ya llegábamos encendidos. La gente protestaba, y mucho, cuando, encima, en aquellas películas para todos los públicos, les cortaban los besos, claro.
Convencidos de que con las corazonistas no había nada que hacer, nos centrábamos en las seguntinas. Y eso que aquel terreno, no es que fuera difícil, era poco menos que imposible.
Las seguntinas sabían que nosotros éramos muy mal plan porque, a los pocos meses del buen tiempo, nos iríamos de vacaciones de verano y quién sabía si volveríamos al año siguiente. Y, además, teníamos aquellos horarios de mierda, recogiéndonos los domingos a las siete de la tarde y, entre semana, solo salíamos a “las cuatro esquinas” a fumar. Éramos casi unos niños de guardería para ellas.
Algunos atrevidos se la jugaban y se juntaban con los de COU, que se podían quedar hasta las nueve de la noche los domingos, –en COU había algunos chicos de hasta 20 años, vamos, para tirarse de los pelos–. A los de COU les daba tiempo a ir a la discoteca Boris, en la alameda o al Molino, un poco más allá, que abrían a las siete, aunque cuando empezaba lo lento, a las ocho y media, se tenían que salir, ¡manda Dios! Los curas lo tenían todo muy bien pensado.
Algunos, más que atrevidos unos locos, venían a cenar a las nueve y luego, desde el dormitorio, se escapaban por la cocina que daba a una valla fácil de saltar. Cuando los pillaban, los curas agarraban un cabreo bereber y lo pagaban también con nosotros. Nosotros a los de COU, además de mucha envidia, les teníamos un tirria supina por esto. Por esto y por lo bien que se lo pasaban con las titis, según contaban. Y nosotros, a verlas venir.
Mi pandilla, una de aquellas primaveras del Bachillerato Superior, conectó con cuatro chavalas de Sigüenza que paseaban, voy y vengo, como nosotros, por la alameda, de nuestra misma edad, excepto Marga que tenía 16 años, uno más que nosotros.
Nosotros, para retenerlas, les contábamos unas trolas de aúpa, tratando de dar a nuestras vidas un lustre que no tenían ni por asomo.
Fermín, que no había montado ni en tren, decía que su padre era piloto, Mariano Sobrón, que estaba gordo como una ballena embarazada, presumía de ser socorrista en la piscina y practicar el boca a boca por los veranos y Pedro Valtierra montaba a caballo como nadie, sobre todo en las novelas del Oeste que leía, no te digo. Yo iba cambiando, desde escritor a campeón de ajedrez, pero no conseguía que Marga reparara en mí y no hacía nada más que mirar a los lados y luego a su reloj con síntomas de aburrimiento.
De repente, algo cambió cuando mencioné que yo preparaba las películas y que cortaba las escenas prohibidas. Rápidamente las cuatro chicas me rodearon en piña, por supuesto tuve que añadir que éramos los cuatro amigos el equipo de proyección del colegio.
A continuación, empezamos todos a inventarnos películas, que por supuesto ellas no conocían, y a relatarles las secuencias, todas llenas de besos y hasta de cama, que nos obligaban a cortar pero que, luego, nosotros disfrutábamos a solas.
El caso es que, una vez que rompimos el hielo, las chicas hasta se lo pasaban bien con nosotros hablando de otros muchos temas. Salimos un par de domingos con ellas y, por supuesto, teníamos la excusa perfecta para dejarlas a las siete de la tarde, debíamos ir a preparar la proyección porque si no aquellos cientos de chicos se morirían de pena.
El caso es que el siguiente domingo era la romería de la Virgen de la Salud en Barbatona y quedamos en ir los ocho juntos por el camino del pinar. Cuál sería nuestra sorpresa cuando, a mitad del trayecto, nos desviamos hacia un claro, porque querían hacer un descanso y comer algo. Allí nos sentamos y cada chica sacó un bocadillo para cada uno de nosotros. Ya nos habían repartido entre ellas. A mí me eligió Marga y me sentí en aquel momento el chico más feliz del mundo.
Entre risas y cuchicheos cada uno nos apartamos para dedicarnos a nuestra pareja. Yo no había llevado bocadillo para ella pero sí que había preparado algo. Esteban me había puesto sobre aviso.
–Invítala o regálale algo, Germán. Eso abre muchas puertas.
Nos separamos del grupo y ella se apoyó en el tronco de un pino. Entonces yo busqué mi tesoro que había preparado para ella y se lo di, metido en un saquito de tela. Era un pequeño trozo enrollado de la película “El tulipán negro”, un besito que se daban mi adorada Virna Lisi y el entonces galán del cine europeo, uno de los tíos a los que he tenido más envidia en este mundo.
Ella me había dicho el domingo anterior que estaba chiflada por Alain Delon. Como todas, pensé, bueno, peor hubiera sido con otro menos solicitado, con tanta competencia yo tenía más posibilidades, había pensado.
Le hizo una ilusión tremenda. Lo desenrolló y estuvimos viendo a través del sol los fotogramas. Luego, reparó en mí, súper agradecida. Me echó los brazos por el cuello y me empezó a besar como Virna Lisi, con aquellos besitos en los labios que habían superado la censura y habían llegado a mi tijera, por eso precisamente.
VIDEO: BESO ALAIN DELON VIRNA LISI EN TULIPAN NEGRO: https://www.youtube.com/shorts/6LF6PEmRBto

Fueron los primeros besos de amor que recibí. Yo correspondía como podía y sabía. Me fui animando, la cogí por la cintura, me acerqué y ensayé un beso con la boca abierta, como me había instruido Esteban. Ella no se sorprendió, me correspondió un momento, sentí su lengua en mis labios y no me dio tiempo a más. Me apartó suavemente por los hombros.
–Germán, Germán… todavía no estoy preparada para esto, más tarde… ¿eh?
No sé qué me gustó más, si el escuchar mi nombre de sus labios en aquellos momentos o pensar en continuar con aquello más tarde.
Volvimos al grupo, me sorprendí que fuera Mariano Sobrón el único que había pasado de la amistad a algo más con Encarni, una chica gordita y risueña, como era él. Fermín y Pedro estaban muy cortados. Y ellas, también.
Así que volvimos todos a la romería, llena de gente, envueltos en aquella alegría que sentíamos entonces, aquel contento interior, difuso y sin nombre, que nos llenaba de dicha. Y de un futuro maravilloso.
Nos despedimos a las siete, el cine nos esperaba, y pronto supimos que el futuro no iba a ser tan radiante como el que vislumbrábamos.
Al domingo siguiente, no vino Marga. Encarni me pidió hablar un momento aparte conmigo:
–Germán, a ver cómo te digo esto. Marga quería decírtelo personalmente, pero al final hemos creído que era mejor así: Marga sale con un chico de aquí desde hace tiempo, habían regañado cuando apareciste tú, que le caíste muy bien. Pero Carlos ha vuelto y se han reconciliado. Ellos se quieren, te lo digo yo. Me ha devuelto tus fotogramas de Virna Lisi –abrió su bolso y me los entregó.
Yo no sabía qué hacer con ellos en la mano. No me había dado tiempo a enamorarme de Marga, todo había sido algo suave e inicial, como nuestros besitos. Pero, en cierto modo, eran suyos.
–Devuélveselos, Encarni. Dile que son un pequeño recuerdo de aquellas horas maravillosas en la romería.

VÍDEO: ALAIN DELON Y VIRNA LISI EN EL TULIPAN NEGRO:
https://www.youtube.com/watch?v=K41dWsc2elY

Aquellos fueron mis primeros besos de amor. Y me gustaron. No tuvieron continuidad, pero eso era lo de menos, me decía. Había conocido a una chica estupenda y había sido franca, no habíamos jugado el uno con el otro. Y eso era lo importante. Porque nadie está obligado a estar con nadie de una forma íntima. Faltaría más. Pero, tampoco, a hacer creer al otro que hay algo entre ellos cuando ya no lo hay.







Y unas fotos de aquella época, vagueando por la alameda seguntina, de las pocas que conservamos de aquellos días. Las tengo a mano porque, el otro día, me las pidió uno de los amigos de entonces que sale también en ellas, porque las había extraviado y quería volver a tenerlas cerca.





viernes, 27 de febrero de 2026

LA COSIFICACIÓN (para el proyecto DESTELLOS)

 Ayer por la tarde la Federación de Jubilados de El Sauce Curvo me invitó a ver un especial de Revista de variedades, picantería y humor en el Teatro Antonio Buero Vallejo de Guadalajara.  Allí estábamos centenares de personas en nuestra tercera o cuarta edad. Y nos dieron lo que probablemente hubiéramos pedido: chicas jóvenes y guapas ligeras de ropa (y chicos para las féminas, claro), música, bailes sugerentes, escenas picantes y, sobre todo, humor, mucho humor. ¡Tan necesario para poder transitar sin demasiada amargura por las pendientes por las que ya subimos!

El humorista era genial. Como muestra, su despedida:

"Les deseo que vayan por el camino del bien..... En el otro, ¡hay un atasco!"

Sí, qué difícil es mantenerse en el camino de la ilusión, del bien pensar, de la bondad y de la generosidad cuando vas cumpliendo años y las frustraciones, las limitaciones y la falta de visibilidad y de futuro te acorralan.

A mí todo esto, como a cada autor que se precie,  me lleva a mi obra, somos unos engullidores de la realidad para literaturizarla e incorporarla a nuestra mochila literaria. Y ofrecerla así al público lector envuelta en nuestro propio padecer y sentir.

Así que me pongo a ello y mi mente me lleva a este post que escribí hace algún tiempo. En cuanto lo encuentre y lo plasme aquí como uno de mis destellos, tengo que enviar 3 libros de Trilogía del Sauce Curvo que me pidieron mis paisanos y ponerme, sin falta, con mi novela, que ya me siento hasta culpable por la tarde que no le dediqué ayer, aunque, bien pensado, también aprendí y no poco de la experiencia.

Ahí va este destello:


LA COSIFICACIÓN

Tú hay días que la sientes. A la cosificación. Es como cuentan de los alpinistas cuando, perdidos en la nieve y acosados por el frío, notan que sus miembros se van congelando, se van gangrenando, hasta que ya no los sienten en absoluto, si estos permanecen mucho tiempo así, quedan inservibles, los tienen que amputar. 

 A veces, ni se dan cuenta del proceso, con su cabeza en otra cosa, en encontrar una salida. O, quizás, llega un momento en que su mente también se cosifica, cuando se sienten irremisiblemente perdidos y se abandonan a que alguien los encuentre, tiran la toalla y se resignan a lo que pasará.

 Sí, a veces, sin apenas darte cuenta, aunque no seas alpinista ya estás medio cosificado. Son esos días en que todo te da igual, arrastrado por una inercia, por un aburrimiento repetitivo, por un déjà vu que te lleva a una inoperancia, a una resignación que te aconseja no luchar, dejarte llevar por ese vaivén somnoliento y triste que linda con la depresión.

 Vivir es mantener vivos, valga la redundancia, los recuerdos, llenarte de planes de futuro y, en el medio, en el presente, percibir todas tus capacidades funcionando a pleno rendimiento, sentir el pulso y el impulso vital que engloba a pasado, presente y futuro en una única dirección vital a la que te lleva tu ilusión y tu empuje.

 Ah, la ilusión y su hijo el empuje… 

 El tiempo es como el frío del alpinista. Te cala hasta los huesos y te va cosificando por dentro. Te va enladrillando, uniformizando y llenándote de rigidez, hasta convertirte en un ser aburrido y triste, con ganas de irte a dormir tan pronto como las gallinas.

 Y qué decir de tus facultades para afrontar el presente. Cada año oyes un poco peor, tienes más problemas con la vista y qué contar de otras cosas que no se nombran. 

 Los recuerdos se van convirtiendo en unas experiencias ajenas, manidas e inútiles. Mejor dejarlos dormir en paz, no sea el caso que se despierten y traigan a tu mente tus errores y tus pisotones atropellando a todo y a todos. Sí, es mejor acallar los remordimientos y bajar la cortina del pasado. Eso ya no tiene remedio y yo no soy el que era, te dices, así que aquí paz y después gloria.

 Respecto del futuro, pues depende. Tenías un amigo, un compañero de trabajo que lo explicaba muy bien. Te decía: “Me quedan dos años para jubilarme y me llevan a esas reuniones para planificar nuestra empresa a largo plazo, y qué quieren qué diga, a mí me apetece callarme y que me dejen ya en paz”. Eso de que te dejen en paz es el principio de la cosificación.

 Se cosifican los recuerdos. Algo tan bonito como el primer amor, el cual supone la primera gran inversión de energía de tu vida, aunque siempre sea fallido porque si no sería el último, claro, se reduce a algo trivial o frustrante. Los amores intermedios, ni los recuerdas. Y el último, va perdiendo su encanto, la gracia que un día tuvo y se va llenando de grisura, de arrugas y de previsibilidad. Como tú, si te miraras al espejo.

 La cosificación que tú sientes la vas extendiendo por tu alrededor. Hasta que todo tu paisaje resulta un paraje pedregoso y desértico. Sí, lo mejor es irse a la cama a las ocho. O tomarse ocho copas, por Dios tantas no, que el hígado también lo tienes ya cosificado.

 Sí, en esos días nefastos en que el frío, digo el tiempo, te va congelando el alma, piensas en qué será de ti, en qué quedará de ti, si es que al final queda algo. Sientes la vida como algo que empieza líquido y maleable, luminoso como el agua, y termina en una piedra marmórea, rígida, gris e inútil. Una pesada lápida, es lo que al final encerrará todo lo que fuiste y sentiste, ese pequeño cofre lleno de huesos que se disolverán en la nada.

 ¿Por qué luchar entonces, por qué pelear, cuando se acerca ese final tan evidente? A gente mucho más importante que tú, te dices, grandes escritores, políticos, artistas, que vivieron su momento luminoso, su instante de eternidad, salvo en cuatro casos, a los pocos días ya ni se les recuerda. ¿Y qué más da si a esas cuatro excepciones no se les olvida? Sus recuerdos serán, con toda probabilidad, imágenes interesadas o falsas, cuando no se les utilizará como armas arrojadizas en las luchas intervivos, que arramblan con los vestigios del pasado para consumo propio.

 Ah, la cosificación…Ah, el tiempo…, que va transformando nuestra geografía en otra nueva que viene, la de los jóvenes, que serán a su vez devorados por otra, en ese centrifugado eterno de la lavadora del mundo. Digo del tiempo, que viene a ser lo mismo.

 Tú, cuando viene la cosificación, cuando la sientes cómo te sube por las espinillas, vas corriendo a tu despacho y te pones a escribir. Has descubierto que literaturizar todo lo que ves y todo lo que te ocurre es la única forma que has encontrado para rebelarte contra ella. Porque, aunque a ti te vaya mermando, y enladrillando, nunca podrá encerrar ese espíritu libre y auténtico que se escapa por tu pluma. O eso quieres pensar, al menos.

 Hoy, después de escribir estas líneas, sientes que te apetece llevar a tu mujer al cine, a ver Babylon. Con Brad Pitt y, sobre todo, con Margot Robbie, que dicen que tiene las piernas más largas del mundo, a ver si las enseña enteras, por Dios borra eso que ya no estás para esos trotes. Sí, otra tarde de sábado que recobra su verdor, ¿su empuje?

 Hoy las gallinas, que les den a las gallinas, se irán a dormir solas. 


ACOMPÁÑENME A BABYLONhttps://www.youtube.com/watch?v=gBil8RpweBE





miércoles, 25 de febrero de 2026

DÍAS DE ESPLENDOR (PROYECTO "DESTELLOS")

 

Hoy estoy contento. Ya he escrito el primer capítulo de mi nueva novela, el más difícil. Cinco folios que me animan a coger carrerilla. Creo que es la primera vez que no sé cómo va a acabar una historia que estoy escribiendo. Lo tengo todo muy claro hasta la mitad. Luego, ya veremos. La vida es experimentar cosas nuevas, me digo. Así  que a continuar y a ir descubriendo paso a paso dónde me llevan mis personajes.

Salgo a la calle y, dentro de esta locura de tiempo que padecemos, puedo respirar ya la primavera que viene. Y no sólo yo: los almendros han decidido ya apostar por ella. ¡Qué obra de arte es un almendro en flor, por Dios! ¡Qué esplendor ofrecen a los que los miramos!

 Y yo decido también buscar en el almacén de mi memoria, y de mi literatura,  ese destello que nos ofrecen estos días especiales, llenos del estruendo de la creación que se renueva otro año más. 

Sí, días luminosos. ¡Gracias a todos estos momentos que nos ofrece la vida, y que nos dejan anonadados y agradecidos de sentirnos vivos!


DÍAS DE ESPLENDOR

Este esplendor luminoso
de la primavera
nos hipnotiza.

La alegría que renace
en los trinos de los pájaros,
la belleza y la elegancia de estos
que se pintan hoy en sus curvas delicadas
nos subyuga.

Nos conquista
la suavidad de las colinas verdes
a las que cruza un águila majestuosa,
el aire que llena nuestros pulmones
de esa intensidad indescifrable,
hecha de un aroma de íntima y total plenitud.

La belleza de las nubes,
pedazos de espuma en el cielo azul,
nos estremece,
reflejo hoy de nuestro mar interior
bañado de luz y de alegría.

Nos enamora
esa sinfonía de colores
que nos inunda los sentidos,
ese estruendoso silencioso
de la naturaleza que crece,
y se expande,
y se reproduce
a nuestro alrededor.

La caricia que hoy percibimos
en ese aire cargado de fragancias
nos estimula,
y la armonía de las piezas con las que hoy
vemos hecho el mundo,
y a nosotros mismos,
nos conmueve.

Hay días así,
contigo.

Y sentimos,
emocionados,
una alegría tan grande,
y un temor tan profundo,
que nos refugiamos bajo
un almendro lleno de flores,
anonadados e hipnotizados
por el colorido
de su estruendosa belleza.

Como si a su cobijo
nos inyectaran,
de repente,
ese suero de ilusión,
de vitalidad,
esa eficaz vacuna
que protegiera
de toda enfermedad,
y para siempre,
a los destellos de amor,
que este luminoso día de marzo
nos inundaron por un momento
el pecho
de poesía.




Y qué mejor que este "Hipnotizado”de Coldplay, que a mí me llena de plenitud y de vida. Sí, sobre todo, de ansias de vivir, desplegando la totalidad de nuestros sentidos para captar tanta belleza.

https://www.youtube.com/watch?v=WXmTEyq5nXc


martes, 24 de febrero de 2026

QUEDARÁ LA MÚSICA

 

Esta mañana no he escrito una letra. Tengo todos los martes un desayuno, que se alarga casi dos horas, con media adocena de amigos, que fuimos compañeros de trabajo durante muchos años y que llevamos otros tantos, más de una quincena ya, viéndonos una vez a la semana, ya no para recordar cosas, que nos las tenemos ya muy contadas, sino simplemente para pasar un buen rato en buena compañía. Nada más.

Como apenas me muevo, aprovecho para ir y venir andando, hora y cuarto en total. Así que, tras dedicar un tiempo a mi mujer y a mi hija, que hoy teletrabaja y ha venido a visitarnos, se me ha ido la mañana en un tris, luego, la comida, mis diez minutitos de siesta y, por fin, me pongo aquí frente al teclado.

Hoy postergo mi novela y me meto de lleno en "Destellos". Este capítulo podría ser una segunda parte de "Agapornis", pero creo que merece uno entero para él.  Ahí va:


QUEDARÁ LA MÚSICA

     Después de cenar íbamos a dar un paseo cuando nos embargó el sonido de la música. Nos llegó reverberando entre las columnas, los espejos, el murmullo de la gente deambulando por el lobby del hotel.

 

Era una música en vivo y, mientras saboreábamos un par de combinados, tú observabas a las parejas que bailaban. En esa noche de alegría, de despreocupación, de vacaciones. Y me apretabas el brazo, como sé que lo haces cuando estás contenta.

 

La orquesta, quién sabe por qué, me recordó de golpe a la del Titanic. Dentro de no muchos años no quedaría nadie de los que allí estábamos. Dónde iría toda aquella alegría, la complicidad de los cuerpos, las caricias y los besos de todas aquellas parejas, que continuarían, luego, mucho más apasionadas, sin duda, al otro lado de las puertas de las habitaciones. Todo aquel barco se estaba yendo ya a pique, escorándose lentamente hacia el abismo. Los únicos cuerdos debían ser los músicos de la orquesta que tocaban «El último vals» y nunca abandonarían la nave. Estoicos y escépticos, mientras les llegaba el agua a la rodilla.

 

Sí, sólo quedaría la música de aquella noche en el recuerdo submarino de todos nosotros, pasadas unas décadas. En el silencio eterno que sólo recorren los peces.

 

Tal vez porque me viste triste, me apretaste el brazo un poco más: «Venga, vamos a bailar».

Sí, al final sólo quedaría la música de aquella noche. La fragancia de tu cuerpo entre mis brazos. Y el susurro de tu aliento en mi oído: «Sabes que te querré eternamente».

 

Entonces me pareció que el músico del violín sonreía. Yo ya lo había visto antes. Aunque dónde, cuándo.

 

A veces, pienso que ya he estado en los sitios, que todo es una repetición de algo ya vivido. Por eso me acerqué al músico del violín: «¿Qué es todo esto?».

 

Él me sonrió de nuevo y se acercó al micrófono: «Y como despedida, esta balada de Celine Lion: “Mi corazón seguirá”».

 

Sí, al final del final sólo quedará la música.

 

    Y las estrofas que un día llenaron nuestro pecho bailarán entonces en las ondas que producen los peces: «El amor puede tocarnos una vez. Y durar toda una vida. Pase lo que pase, mi corazón seguirá…»


      A veces, no sabes por qué, ves a tu pareja, o te ven a ti, llorar de una forma extraña. En una noche llena de alegría, de despreocupación. De vacaciones.




https://www.youtube.com/watch?v=F2RnxZnubCM&t=3s








lunes, 23 de febrero de 2026

AGAPORNIS (para el proyecto Destellos)

 


Empecé con mi novela, que se denomina provisionalmente  "Tiempos de soledad", como el documental del mismo nombre. Estoy en el proceso de arranque y creación de la atmósfera de la narración. Miro por la ventana y me inspiro con mis flores de invierno: mis prímulas y mis ciclámenes. Una belleza que resiste el sol de estos días y la nieve de los pasados, como un amor excepcional.




Luego, descanso un poco y me voy a otro paisaje. El de "Destellos".  Mi homenaje a la palabra, a la música y a la imagen, a través de la literatura y del cine.  Ahí va  un nuevo capítulo:


AGAPORNIS


 Este domingo hace un día soleado, pero muy frío, casi gélido. Os levantáis tarde, desayunáis juntos y, luego, cada uno se va a hacer sus cosas. Tú te encierras en tu despacho, tienes asuntos pendientes que atender. Quedáis a las dos, listos para salir, en la puerta de la casa.

 Después de comer en un restaurante del barrio, al que soléis ir a menudo, porque hacen una sepia a la plancha que os gusta mucho, dais un paseo por los alrededores. Cogidos del brazo, muy juntitos, la temperatura lo pide. Piensas, mientras disfrutas del sol y de la conversación, tienes la suerte de que a tu mujer nunca le falta, que paseáis como una pareja antigua, como lo hacían no solo vuestros padres, sino también quizás vuestros abuelos, a la antigua usanza.

 Al cruzar un semáforo te fijas en otra pareja que os lleva veinte años, en el último trecho de la vida. Caminan como vosotros, con la diferencia de que a él se le ve ya muy torpe y ella tiene que cuidarlo y acompasar su paso a la lentitud del suyo. Pero, ni por un momento, ella se suelta de su brazo.

 Tu mujer también lo ha captado. Os cruzáis una sonrisa cómplice y ella te aprieta el brazo. “Agapornis, le dices”. “Sí, te contesta, como nosotros”. Aunque, en realidad, tu mujer y tú no os habéis dicho nada. Con palabras, quiero decir. Pero el traductor de Google es lo que interpretaría de ese cruce de vuestras miradas al verlos.

 Tú conoces bien a los agapornis. Son unos pájaros vistosos, unos loros muy pequeños, del tamaño de un gorrión o poco más. Bastante gente los tiene de mascotas. Su nombre procede de agape-ornis, “pájaro del amor, o pájaro del afecto”. Viven en pareja, de una forma que sorprende y emociona en un pájaro. Siempre pegados sus cuerpos en el mismo palo, se cuidan, se limpian y se miman el uno al otro por toda la vida. Por ello, también se los llama los pájaros inseparables, son una de las especies animales monógamas por naturaleza.

 Las personas no somos monógamas por naturaleza, la razón por la que traes a colación aquí esta pequeña viñeta es para subrayar la importancia de la pareja en el último tramo de la existencia. Aquel en que los hijos se van, la actividad profesional mengua, o desaparece, al igual que las actividades deportivas, y la movilidad te va atando a los alrededores de tu casa.

 Quedan los amigos, es cierto, y algunas aficiones, que han de mantenerse mientras el cuerpo aguante. Pero tu núcleo vital queda concentrado en ti mismo y en tu pareja si la tienes. Saber tejer con ella una serie de complicidades, de rutinas satisfactorias, de alianzas para lidiar con las limitaciones y con el tiempo, que es una pendiente siempre en descenso que os lleva irremisiblemente al último callejón sin salida, debería ser asignatura obligada en la academia de la vida.

 Hay muchos tipos de pareja, además de este tipo tradicional, al que tú llamas modo agaporni. Hoy en día, hay casi tantas variantes como parejas. Lo cual a ti no te parece mal, si los miembros lo desean así y ambos encuentran recompensa en esa relación. Inclusive parejas a tiempo parcial, o no convivientes, o abiertas. Lo importante es el vínculo preferencial de compañía de cordada, de ayuda mutua y de satisfacción cada uno con la presencia del otro. 

 La naturaleza empuja a que la efervescencia de los encuentros de amor erótico/ sexuales se vaya espaciando, aunque no tienen por qué desaparecer, también aquí se puede gozar de una serie de variantes en las que acomodarse para disfrutar de esta comunicación esencial y única entre la pareja. Pero sí es cierto que la amistad, el cariño, la complicidad de toda una vida juntos se convierte en la argamasa principal para no solo sortear, sino para seguir disfrutando del último tranco de la vida. 

 ¿Y qué hacer para que todo esto suceda en tu pareja cuando llegas a esta tercera o casi cuarta edad? Para empezar, como contestaría el niño sabiondo de la clase, lo primero, sería conservarla, claro. Eso ya sería un buen síntoma de la salud de vuestra pareja. Tú añadirías que, como en todo, unas cosas vienen a continuación y, además, generalmente son consecuencia de otras previas. Quiere decirse que hay que prepararse para ello. Ser consciente de la fase vital en la que estamos y lo que nos va a suceder después de esta. E ir tomando las medidas adecuadas para ello, claro.

 Afortunadamente, tenemos la suerte de recordar el camino que siguieron nuestros padres al que abocaremos nosotros dentro de poco y un montón de ejemplos de amigos, conocidos o, inclusive, personas anónimas del barrio, como la pareja de viejecitos agapornis, para saber lo que nos espera. De nosotros, de nuestra dedicación e inteligencia dependerá en buen grado conseguirlo.

 Tú miras a los agapornis. Y piensas en la gran inteligencia que deben de tener para un cerebro tan pequeño. Y te acuerdas de lo que te decía tu padre. “A veces, cuando no tienes dónde mirar, miras a los animales y te contestan muchas de tus preguntas”.  





Sí, quizá no tengamos que inventarlo todo.
A veces basta con mirar a los animales.

Tal vez por eso, los agapornis han terminado siendo símbolo de ese último tramo compartido: el de la compañía más allá del deseo.

Al final, no se trata de permanecer juntos cuando todo va bien, sino de aprender a seguir en el mismo palo cuando el equilibrio empieza a fallar.

Hay una estupenda canción de Adele que lo dice muy bien: "To make you feel my love" ("Para hacerte sentir a ti mi amor")

https://www.youtube.com/watch?v=4lK2eAGJvho

Quizá el amor en esta etapa ya no tenga que ver con promesas, sino con presencia. Día, a día. Contar con alguien que, cuando caiga la noche, siga ahí para secarte las lágrimas.


Hay también una preciosa canción pop española de los inicios de Miguel Bosé, él ahora que es mayor dice que es su canción más bonita, la mejor del mundo llega a afirmar. Ahí va:

TE AMARÉ: https://www.youtube.com/watch?v=8hKgyX86b-8&t=9s

"Te amaré, te amaré / a golpe de recuerdos /

Te amaré, te amaré / hasta el último momento.

Está bien prometer amor pero, tal vez este, con los años, ya no tenga que ver con promesas, sino con la decisión silenciosa de seguir estando a su lado.

Sí…  ese amor que emerge como una belleza tranquila que no promete fuegos artificiales, sino compañía cuando estos se apagan.  Tal por eso no dejamos de mirar a los agapornis, para que nunca olvidemos su secreto de vivir juntos toda una vida en el mismo palo.

jueves, 19 de febrero de 2026

HÉROES ACTUALES.

 


Ayer me llamó Ángel Custodio, uno de los protagonistas de nuestro documental "Tiempos de soledad", que dirigí en 2024. Tiene el mérito, enorme, de haber salido de la calle tras haberse convertido en un "sin techo", por un fracaso empresarial que lo dejó arruinado y endeudado  hasta las trancas con familiares y amigos. 

Lo perdió todo, su empresa, su casa, su mujer, hay un dicho que sentencia: "Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana" y no perdió la vida, intentó ahorcarse sin éxito final, porque Dios no quiso. Nunca mejor dicho, lo tenía reservado para algo muy especial: ayudar a salir de la calle a otros "sin techo" como él. 

Él lo consiguió escribiendo un libro entrañable y auténtico, "Salir de la calle". Lo imprimió como pudo y empezó a venderlo en una esquina de la Plaza de Manuel Becerra, qué casualidad, el barrio donde yo viví cuando mi familia emigró a Madrid a finales de los sesenta. El boca a boca y su enorme tesón han hecho de esta obra un auténtico best seller, aunque no figure en las listas de ventas. Se ha recorrido España entera con él en la mochila. Y se ha convertido en una figura mediática y carismática, al que entrevistan los periódicos importantes como El Mundo o las televisiones como Antena 3 en sus programas estrella.

Yo lo conocí de una manera casual cuando me documentaba para mi primera obra como director. Fue en la Plaza de Ópera, donde todos los lunes a las nueve de la noche, algunas ONG´s como "Granito a granito", repartían bocadillos a todos los "sin techo" que se acercaran por allí. Llevaba su libro en la mano y me interesé por él. Nunca olvidaré la fuerza de su mirada, su entusiasmo, su alegría, que te inundaban por dentro.

Fue uno de los protagonistas  del documental, claro. Luego, asistí a algunas charlas suyas y quise que participara en una película sobre la soledad que estábamos preparando que, al final, lo sentí mucho, no salió.

Pero, sí salió él de la calle, primero para vivir de  incógnito en un trastero, luego ha recuperado su vida, no la de antes sino una mucho más feliz, como él dice. Recuerdo cuando fuimos a rodarle allí dentro, en aquellos seis o siete metros cuadrados.

"Vamos, pero a la hora de comer, que el portero no está". "Nadie en la casa sabe que vivo allí." "Voy a meterme cuando todos duermen y con el miedo en el cuerpo".

No he visto en mi vida, vivienda, por decirlo así, amueblada con tanto cariño ni aprovechada hasta el último centímetro de la misma.

Destina una parte de las ventas de su libro a ayudar a otros "sin techo" a salir también de la calle. Él lo logró. Pocos lo consiguen. Acaban alcoholizados y dementes muchos de ellos. Y con una esperanza de vida veinte o treinta años menos que la media. La suya es una misión encomiable.

Sí, Ángel Custodio causa admiración. Tiene mucho mérito lo que hace. Yo busqué los originales de su entrevista (en el documental, por la extensión del mismo, se comprimió) y en unas horas hice con mis herramientas de edición casera un documental para él. Para que le sirva para difundir su mensaje: "Se puede, se puede", no deja de repetir.

Hemos quedado en vernos, para ponernos al día. Aunque yo ya lo estoy en gran medida. Sus noticias me llegan por las redes, por todos los lados, y me llenan de alegría . "Se puede, se puede". "Venirse abajo no es una opción", sigue insistiendo una y otra vez.

Esas inyecciones de optimismo, de autoestima, podéis encontrarlas en su libro, os vendrán, como a mí, muy bien. Os lo aseguro. 

"SALIR DE LA CALLE". Pedírselo por whatsapp al 642705668. Os los remite por correo certificado.





Y aquí está su entrevista en mi nuevo canal de YOU TUBE (si lo deseáis os podéis suscribir a él):  https://youtu.be/24SXNQ45Q6U

miércoles, 18 de febrero de 2026

ESTRELLAS


 

Cuando éramos pequeños, nos subíamos de noche al carro de heno y mirábamos las estrellas. Y yo te hablaba de mis proyectos de conocer mundo, de cruzar todos los mares.

 

Entre viaje y viaje, me paré y te pregunté: «¿Y tú?».

 

«A mí me gustaría estar así siempre, siempre», musitaste.

 

Pero yo estaba ya enfrascado en otro continente.

 

Hoy miro por estribor el rizado de las aguas con su movimiento eterno y, quién sabe por qué, me acuerdo del carro de heno y de lo más bonito que me dijeron nunca.




Vídeo sugerido: OLTRE LE RIVE. ZUCCHERO

 https://www.youtube.com/watch?v=0J4EEQTGjjw


Esta maravilla de canción tiene en su letra una estrofa que dice: 


He vagado sin rumbo ni destino / hasta el final del arcoíris /en noches empapadas de vino / hasta escuchar mi propia voz de niño.




       Sí, ya tengo decidido, el orden de mis trabajos literarios de este año. Empezaré mi novela anual y, cuando me apetezca, escribiré para "Destellos": un libro de literatura y cine. Un homenaje que me doy a mí mismo, disfrutaré buscando las imágenes y las literaturas más adecuadas para cada texto, que a mí me han emocionado en el tiempo.

      Con permiso del cine, claro, que también llama a mi puerta, aunque aún no tiene calendario, la semana que viene tenemos reunión para hablar de ello.

      Un capítulo de "Destellos" en el que estoy pensando sería: "Memoria del tiempo que se fue". Como arriba, sería una entrada del mismo.

Y una novela para que te solaces con tu memoria.

Novela MEMORIAS DEL SAUCE CURVO: ¡Recuerda y emociónate

.UNA NOVELA PARA AQUELLAS PERSONAS A LAS QUE LES IMPORTA DÓNDE NACIERON Y QUIÉNES LAS AMARON.
https://amzn.to/3hBuNkx
     .Ahora también en inglés.
 .A novel for those who care about where they were born and who love them.

https://shorturl.at/Vl8nv