domingo, 25 de octubre de 2026

EL OPTIMISMO: QUIÉRETE ASÍ. (PARA EL PROYECTO DESTELLOS)

 

El escritor, que ya tiene un carro de años a cuestas, piensa que uno de los momentos claves de la vida, donde hay que tomar una de las decisiones más importantes para vivirla, es cuando en tu juventud descubres en su totalidad las limitaciones con las que has venido a este mundo y qué harás al respecto con ellas.

El escritor en su adolescencia empezó a sentirse como un tímido casi enfermizo. Podía ser en determinados momentos tan echado para adelante como era a veces también su padre, o lo más frecuente: envolverse en aquella sensibilidad, en aquella vulnerabilidad extrema que había heredado de su madre.

Los grupos no le iban en absoluto, no se desenvolvía bien en aquella selva, ganaba mucho más en el vis a vis con otras personas, sobre todo con las chicas. Y lo de exponerse en público le daba pavor.

Entendía muy bien, en la discoteca, a aquella línea de chicos acodados en el bar tomando sus vitaminas  de autoestima y valentía antes de acercarse a la pista. Sí, el alcohol lo desinhibía y entonces él podía exhibir todas sus potencialidades que, en realidad, tenía, cuando conseguía desembarazarse  de aquella sensibilidad, rubor y vergüenza,  que le maniataba por dentro. Entonces lograba alcanzar esa pose de seguridad y decisión que le facilitaba recorrerse kilómetros en una tarde de aquellas que de otra forma le hubiera llevado años.

Pero, luego volvía a su vida cotidiana, y el alcohol desaparecía, nunca ha sido de beber diario, y tenía que lidiar entonces con las contradicciones que producía en sus amigos, y en sus amigas, que no sabían a qué carta quedarse si con el héroe resolutivo o con el apocado y ensimismado en sí mismo, nunca mejor dicho. 

También constató que sus orígenes muy humildes también tenían consecuencias. Vivía en dos mundos paralelos que nunca se tocaban: su mundo universitario, selecto, lleno de inquietudes vitales e intelectuales y el mundo de sus viejos amigos de escuela de El Sauce, mucho más pegados al sobrevivir diario y con un mínimo de ínfulas de más altos horizontes. Él nunca los mezclaba, vivía la semana con unos y el finde con otros. Otra contradicción más que se añadía a su ya desbalanceada situación personal.

Otro ángulo importante era su orientación profesional, su padre, con buen criterio, le empujó hacia una carrera práctica y de muchas salidas, economista, de la que podría vivir luego cómodamente, mientras ese mundo subterráneo de la sensibilidad y de la poesía, de la literatura en suma, que él amaba, quedaba arrumbado a sus recónditos rincones interiores, lo cual le producía no poca desazón y un sentimiento de traición a aquellos instintos vitales que él creía que eran su auténtica esencia.

Para colmo, empezó a trabajar un un banco, un negocio práctico ligado al dinero, seguro y tradicional, muy lejos de aquellas inquietudes filosófico espirituales que anidaban también en su cabeza. Aquel matrimonio universitario y laboral lo fue de conveniencia total, sin ningún enamoramiento ni pasión por su parte.

Con el tiempo, sin embargo, le fue cogiendo cariño, según dicen que ocurre con el roce y, no solamente fue un buen economista, sino que empezó a brillar en ello. Consiguió por oposición una plaza de titulado en la materia en el propio banco y no sabría decir ni cómo, si  fue suerte o inteligencia, o quizás un poco de ambas, acabó en el área más vanguardista y elitista del negocio: las grandes empresas y el mundo internacional. Eran los clientes más sofisticados, algunos de ellos inclusive superiores al banco, y este se tenía que esforzar en ser competitivo y estar a la altura con los productos más completos del mercado.

Le pusieron de analista, muchos más acorde con su carácter reflexivo y poco comercial, y acabó  siendo un especialista en riesgos complejos e importantes,  un cargo  con mucha influencia, vamos, de los que al final deciden si una operación se hace o no. 

En aquel importante área, recalaban también los más elitistas directivos y empleados de la empresa. El escritor llegó a tener en un verano dos becarios pata negra: uno, descendiente directo del fundador del banco, un conde de solera, cuyo apellido daba nombre a la sede de la empresa en Bilbao, y el hijo de uno de los fortunones inmobiliarios del Madrid de siempre. Otro verano fue el hijo de un ministro de Hacienda de la época, en fin... Y sus mejores amigos seguían siendo sus viejos compañeros de escuela de El Sauce. Otra contradicción más. A veces, salía con sus dos becarios y lo llevaban a sitios muy selectos y refinados,  donde el escritor se encontraba tan extraño que hasta añoraba los cutres antros de sus amigos pueblerinos. Pero, poco a poco, también empezó a apreciar a compañeros y directivos de la sangre de aquellos becarios y trataba de adaptarse a ellos.

Algunas noches cuando llegaba a casa, tenía tal cacao en la cabeza, sobre quién era, y quién quería ser,  que esta estaba a punto de estallarle.

La prueba de fuego para él era cuando tenía que subir al Consejo con una de aquellas operaciones millonarias de clientes rutilantes basados en países que él no conocía ni por asomo, aunque era capaz de  estudiarlos y analizarlos con una profesionalidad exquisita.

Allí se enfrentaban: por una parte su mundo de economista/banquero experto, donde tenía que exhibir una pose de seguridad y decisión ante aquellos ricachones muchos de ellos nobles y, por otra, aquella que él creía que era su esencia: la de un poeta sensible, vulnerable y blando, de orígenes muy humildes, lleno de timidez e introspección. Y, para colmo,  allí no podía haber alcohol de por medio que unciera en uno solo ambos mundos tan diferentes.

Leyó muchos libros de autoayuda, por supuesto,  para ayudarse, nunca mejor dicho, a mantenerse a flote en aquellas circunstancias y sobrellevar la presión que sentía. Él presentaba la operación porque era quien más sabía de ella, y era la política del banco que así fuese, pero antes de llegar allí tenía que pasar por varios otros comités inferiores, donde esa propuesta recibía el aval, no solamente de su jefe, si no del jefe del jefe de su jefe.  Si se la echaban para atrás a él en el Consejo, también se la denegaban a ellos. ¡La de Dios si eso ocurría!

Descubrió una fórmula en uno de aquellos libros, con la que se machacaba la noche previa, que no tenía nada que ver con preparase mejor la operación, sino con repetirse un mantra cien veces hasta que le calara por dentro hasta la médula. "Me quiero, me quiero, yo me quiero, yo soy mi mejor amigo,  yo me quiero como soy".

¡Y funcionaba! No trataba de adquirir ninguna pose, sino de aceptarse, de quererse, de tratarse bien él mismo. Entonces la cosa fluía, y salía a la luz lo buen analista que era e, inclusive, lo bien que razonaba y hablaba en público. 

Con el tiempo, lo fue aplicando a otras áreas de su vida, como sus amigos y las chicas y observó que en su mayoría le apreciaban más cuando se mostraba como era, sin tratar de ser otra persona, sino exhibiendo todo el amor que sentía por ser él mismo, por tratarse como un verdadero amigo para su propia persona. Era como si llevara un cartel que decía: mira cómo me trato yo, así quiero que me trates tú.

Y eso, piensa hoy el escritor,  es también un ejercicio de optimismo, de verte de la mejor manera posible, de aceptar tus limitaciones y atreverte a mejorarlas sin dejar de ser quién eres. De mostrarte a los demás no como alguien superior porque te has construido una imponente  coraza, pero tampoco inferior, que es lo que ocurre cuando tú mismo no te amas.

Así que no se trataba de que sobreviviera solo uno de sus dos mundos, el poético e idealista, frente al práctico y realista, sino de aceptar esa doble realidad en su persona que, bien mirado, con el tiempo, descubrió que era una doble riqueza. "Me quiero, me quiero, yo me quiero, me acepto tal y como soy..."

Alguien dijo, ahora el escritor no se acuerda quién, leyó tanto entonces, que para amar, primero hay que estar enamorado de uno mismo. Practicamos el amor con nuestra persona y una vez saciados nos enriquecemos amando a otras y recibiendo también su amor.

Estos días está escuchando muchos boleros, dentro del amplio menú de música que le gusta. Uno de ellos sintoniza con esto que piensa, que siente hoy, este día precioso de otoño, en el que acaba de regresar de una manifestación organizada por las mujeres de Ceuta, que también, cree él, se merecen un acto de apoyo y de  amor.

Así que le pone imágenes a este bolero de letra hermosísima y poética y se siente hermanado con todas aquellas personas que luchan por seguir siendo ellas mismas, y se atreven a salir del pesimismo a través de ello precisamente.  "Si tú te miras bien, con cariño, muestras el camino a los demás de cómo quieres que te miren", viene a decir. No siempre se consigue, pero la lucha merece la pena, cree hoy firmemente el escritor.

Ahí va: https://www.youtube.com/watch?v=5rzwBrU6WOE

Y rescata una foto que representa muy bien aquellos dos mundos que el creía a veces antagónicos,  que convivían dentro de él en aquella época de la que habla: está recibiendo de su director de Recursos Humanos un premio de poesía organizado por el Club de la empresa. ¡Todo es posible! ¡Quién lo diría de un banco!



sábado, 24 de octubre de 2026

BAJO LAS AGUAS (III). (PARA EL PROYECTO DESTELLOS)

 

Unos años más tarde, por Semana Santa, yo tenía veintipocos, recibimos una llamada en casa. De esas que tienen malos presagios desde que suena el timbre del teléfono.

Llegamos a El Sauce Curvo ya de noche, no al pueblo en sí, sino a los navajos, unos pequeños lagos, o charcos grandes, situados a un kilómetro del mismo, en unos arenales de donde se extraía la arena para las obras  de las casas y las carreteras. Algunos podían tener una profundiad superior a la altura de una persona.

Estaban rodeados de coches con las luces puestas alumbrando uno de los navajos y mucha gente en silencio, con el alma sobrecogida, o llorando a mares, observando a un equipo de buzos que acababan de llegar de Guadalajara. 

Los fueron sacando de uno en uno. Los dos mayores casi desnudos. Eran tres hermanos que se habían ahogado, dos niños y un adolescente de dieciocho años, en el noble empeño de sacar al pequeñín que se había caído dentro de aquellas frías aguas. Fue noticia nacional.

Eran tres primos carnales míos. Mi madre, hermana de la suya. El mayor estaba empezando ingeniería. Lo recuerdo la última vez que nos vimos, cómo me enseñaba con orgullo su facultad en la Complutense de Madrid. 

Los llevamos a casa de sus padres. A su madre la habían alejado donde vivía otra hermana. Las mujeres de la familia los estuvieron vistiendo, mientras los primos preparábamos una habitación, echando unos colchones por el suelo y cubriéndolos con unas colchas.

Los depositamos a los tres juntos. Yo era la primera vez que tenía contacto con la muerte. Me sorprendió la frialdad de los cuerpos, la rigidez de los miembros mientras los acomodábamos lo mejor que sabíamos, la crueldad inmensa de ver aquellos tres bocetos de vida,  ya sin ella.

Luego, fuimos a dar el pésame a mi tía. Estaba, deshecha, en una habitación en penumbra, la cara llena de lágrimas y el pelo revuelto. Cuando yo pasé estaba sola. Me senté a su lado y la abracé. Ella rompió a llorar, luego se separó y me miró fijamente a los ojos.

–Paco, tú que eres un buen chico, no me mentirás, ¿verdad? Me dicen que solo ha sido uno, pero yo echo de menos a tres. Por lo que más quieras, dime la verdad. Han sido tres, ¿no?

La habían protegido con aquella mentira.  A mí me hubiera gustado en aquel momento ser el hombre más sabio del mundo, pero me quedé sin palabras mirando todo su dolor.

–Dímelo, Paco. Dímelo.

Lo hice lo mejor que supe y pude.

Le di los nombres de los dos más mayores. Sabía que estaba loca por su pequeño.

–Solo han sido dos, tía. Y no se han ido. Ya están en el cielo mirándonos.

Mi tía también me miró fijamente. Por un momento, quise ver una pequeña sonrisa dentro de todo su dolor. Otra persona entró, yo le di un beso y me aparté.

Cuando salí me encontré a mi tío.

–Le he dicho que han sido solo dos. Los mayores. No sé si he hecho bien.

–Sí, muy bien, hay que decírselo poco a poco. Lo peor va a ser lo del pequeño. Y cuando los vea por última vez.

Sí, llegaron momentos terribles en las siguientes horas y durante los actos religiosos y en el cementerio. Lo  peor fue cuanto todos nos fuimos y se quedó sola en su casa con todo su dolor. Su marido y sus otros tres hijos la confortaban todo lo que podían, pero nunca es suficiente. Hay que pasarlo. Y llorarlo sin consuelo y sin fin.

A mí me impactó,  me conmovió sobremanera. Aquella injusticia que es siempre la muerte. Y más la de  forma tan prematura. Un proyecto  de vida, tres en este caso, segados casi a ras de suelo. 

No lo podía aceptar, que este mundo fuera tan cruel, tan sin sentido. Fueron días llenos de una tristeza infinita, de una melancolía por un mundo bien hecho, que se había roto en pedazos en el interior de un joven un poco mayor que ellos.

Quería salir de aquel callejón. Una noche de aquellas, entre sueños, recordé aquellos momentos con mi tía. "No se han ido, están ahí, en el cielo, mirándonos".

Me desperté y una sensación de paz me inundó por dentro. Como cuando comprendes por fin el destino de todo lo que ocurre. 

Aquel día me llegó, precisamente, un libro del Círculo de Lectores que había pedido. Eran las vidas y los pensamientos de los grandes filósofos y escritores. Lo primero que leí fue esta frase de Ghandi: "Tiene que haber otra vida, sí o sí. Porque si no esto solo sería una broma cruel".

Eso, que me habían enseñado de niño mis padres y los curas durante los seis años que estuve en el internado de la SAFA, de pronto recuperaba todo el sentido que en realidad tenía.

Elegí quedarme en el lado de la esperanza y no del pesimismo. Preferí la mejor versión de este mundo, de esta vida, y no la tristeza eterna de sentirnos desamparados  y destinados a quedar reducidos solo a polvo.

Desde entonces defiendo esta idea a capa y espada. Ante todo el mundo, pero, sobre todo, ante mí mismo, cuando la dureza de ciertos hechos hacen tambalearse mis más profundos cimientos. Nunca me ha abandonado esta idea desde entonces. Y nunca lo hará.

Fueron muchos años muy duros para mi tía y los suyos. Pero, hoy, prefiero quedarme con todos los momentos llenos de alegría, siempre fue una mujer muy alegre y divertida, y lo es todavía aunque sea muy viejecita ya,  que supo compartir luego con sus hijos, su marido y el resto de la familia cuando fue pasando el tiempo.

Dentro de unos años, cuando a ella le toque también despedirse, estoy seguro de que volverá a encontrase con sus pequeños y podrán contarse tantas, tantas cosas,  que no cabrían aquí.






viernes, 23 de octubre de 2026

BAJO LAS AGUAS (CONTINUACIÓN). PARA EL PROYECTO DESTELLOS.

 



Sí, años más tarde yo también tuve una experiencia intensa bajo las aguas.

Un día, en las vacaciones de verano, Raúl, es nombre ficticio, un chico diez años mayor que yo, me dijo que iba a enseñarle a nadar a su chica, salían, pero todavía no eran novios. La iba a llevar al pantano de Sacedón. Y me dijo que si quería ir con ellos en su coche.

Yo no tenía mucho que hacer aquella tarde y no conocía ese pantano, volveríamos a El Sauce antes del anochecer y empalmaría con nuestros primeros bailes en la plaza con música, de mi tocadiscos precisamente. Me caían bien ambos, así que me dije, ¿por qué no?

Llegamos a la orilla del pantano, nos cambiamos y nos metimos en el agua. Virginia, es nombre ficticio, estaba eufórica, pero no tenía ni idea la pobre. La cogimos cada uno de una mano y se tumbaba de bruces sobre el agua.

Así estuvimos unos minutos. En un momento determinado, al ponerse de pie, era la más bajita de los tres, y no tocar fondo, Virginia se puso muy nerviosa. Se agarró a nuestros cuellos llena de pánico. Debíamos estar en el borde de la meseta de la playa y con su movimiento acabamos los tres yéndonos hacia el interior, un brusco descenso hacia el antiguo barranco.

Descendimos agarrados con fuerza por la chica y se alejaron nuestras cabezas de la superficie. Encontramos suelo un poco más abajo y Raúl y yo nos impulsamos hacia arriba. Apenas habíamos tomado un poco de aire, volvimos a caer con Virginia dando gritos como una histérica. No se soltaba de nosotros ni por asomo.

Estuvimos descendiendo y subiendo dos o tres veces más, cada vez más cansados y tragando ya algo de agua. Raúl lo decidió. Era el mayor y quizás el único que podía hacerlo. Me empujó con fuerza hacia dentro del pantano y le cogió del brazo a su chica para que me soltara.

Yo estaba agotado y mucho más profundo ahora que antes. Una de las veces que ascendí los vi a los dos ya fuera de peligro, con Raúl abrazando a su chica que no paraba de gritar. Yo tampoco era un buen nadador, nadie me había enseñado y aquello no era una piscina sino un pequeño mar con un suelo irregular y traicionero. Por momentos me vi sin fuerzas y tragado por el abismo.
Hice un último esfuerzo, braceaba, pero no me movía del sitio. Me fue entrando un pavor inmenso. Que me agarrotaba. Que me inmovilizaba. Y que me haría hundirme sin remisión en pocos segundos más.

No sé ni cómo, pero haciendo el último esfuerzo sobrehumano conseguí acercarme algo a la orilla. Estaba ya sin fuerzas. Cerré los ojos, temiéndome lo peor, pero logré hacer suelo justito. El agua, por la boca. Respiré hondo. Y ya, caminando, salí a la playa.

Virginia ya no gritaba. Lloraba a raudales. Raúl me vio por encima de su hombro. Y me sonrió.

Nunca hablamos de ello. Y ya no lo podremos hacer jamás. Murió a principios de este año.

Al poco de aquello del pantano, se hicieron novios formales y se casaron. Seguimos siendo amigos después. Todavía lo soy hoy de Virginia.

Reflexioné mucho sobre aquello y llegué a la conclusión de que no podía responsabilizar a Raúl de lo ocurrido. Nos hubiéramos ahogado los tres e hizo lo que tenía que hacer. Salvar a la más vulnerable, aunque sabía, porque yo se lo había dicho cuando me lo propuso, que yo apenas sabía nadar. Y además la quería, claro.

Después me olvidé de aquello. Pero de lo que no me pude olvidar nunca, fue de aquel miedo intenso con el que me vi morir bajo las aguas. A partir de aquel día, si era en piscina y me cubría siempre iba pegadito a la orilla y en el mar, al que tanto amo, no dejaba de hacer pie ni por asomo.

Ahora sé por qué había olvidado aquello tan hermoso con Ignacio. Mi mente no supo elegir el mejor recuerdo de los dos que había vivido bajo las aguas. O, tal vez, mi subconsciente solo quiso protegerme y evitarme para siempre ese profundo desvalimiento, esa inmensa soledad final ante la muerte, instalando en mí un miedo atávico, un pavor inmenso a quedarme suspendido en las aguas sin el asidero firme de mis pies.

Era muy joven y no supe ver la vida con optimismo. Habían sido dos momentos victoriosos y de éxito, pero me quedó solo la parte más oscura del último.

Más vale tarde que nunca, me digo, ahora sí, lleno de alegría. Incluso me prometo que, cuando me recupere, cogeré un profesor que me enseñe a nadar y mantenerme en el agua, sin la preocupación que he sentido en todo este tiempo cuando me he atrevido a hacerlo.

Sí, la vida es solo un ejercicio de optimismo. Se puede terminar en cualquier momento. Y se terminará, queramos o no, en unos años.

Debemos aprender a elegir siempre la luz, la alegría, la esperanza. Todo lo que tenga que ocurrir no depende de nosotros. ¿Por qué amargarse prematuramente con ello?

Nos ocurrirán desgracias. Nos fallarán otras personas. O nosotros mismos. Y no podremos con la tristeza en algunos momentos de nuestra vida. Es inevitable sufrir por los impactos negativos que recibamos. Pero, será responsabilidad nuestra que estos duren más de lo imprescindible, que nos inunde la ciénaga de la tristeza permanente, Que nos hagan tomar decisiones erróneas como la que yo, un chaval tan solo, tomé aquel día. Inclusive hasta hacerme olvidar uno de los momentos más bellos de mi vida,

Aquel que me han recordado hoy.

Tuve, unos años más tarde, otro momento bajo las aguas de una tristeza inmensa, insoportable, dolorosa. De la que creció, sin embargo, una hermosa flor.

Pero, ya está bien por hoy, otro día continuaré hablando del optimismo, aquel que nace inclusive bajo la mayor de las tormentas.

TODO DEPENDE DEL COLOR CON QUE SE MIRE. (UN HOMENAJE AL OPTIMISMO, INCLUSO DEBAJO DE LAS MAYORES TORMENTAS) PARA EL PROYECTO “DESTELLOS”

 




I) BAJO LAS AGUAS.

Andaba renqueante desde las intensas jornadas de rodaje de la semana pasada, una sensación de malestar difuso, destemplanza con escalofríos frecuentes y debilidad, pero lo de ayer fue otra cosa: no podía con mi alma, como se suele decir.

Le dije a mi mujer, me voy a dar un paseo ahora que hace sol, voy contigo, me contestó, rauda y disponible como siempre. No, prefiero ir solo, luego salimos juntos, como siempre, casi todas las tardes damos un paseo y tomamos algo por el barrio.

No quería que me acompañara y me viera cómo me probaba. Quise caminar rápido, al poco, las fuerzas empezaron a fallarme y tuve que pararme a descansar. Luego, lo intenté otra vez, y lo mismo. Me costaba respirar e incluso cuando lo hacía profundamente tenía malestar en el pecho.

Me entró el mal fario. Como si me fuera a fallar ese corazón tan especial que tengo, de poeta, me dice mi cardiólogo. Volví a casa a paso de pulga y repasando mi vida, tratando de convencerme de que, aunque más corta que otras, había merecido la pena.

Dudamos entre ir a urgencias o pedir cita a primera hora con el cardiólogo. Opté por lo segundo, lo de urgencias me daba una pereza horrible y, cosa extraña para lo mal que me sentía, tenía perfectas mis constantes vitales, tensión, saturación, ritmo cardíaco, eso sí, la temperatura apenas llegaba a 35.

Así que, esta mañana, me hice en mi clínica una analítica y fuimos a la sala de espera para aguardar a que me llamaran para un ecocardiograma. Nada más sentarnos, un señor con barba sentado frente a mí me empezó a mirar con insistencia. Por fin me sonrió, se levantó y se acercó.

–Eres Paco, ¿no?
–Sí, –me fijé de nuevo en él–. Lo siento, no caigo, ¿quién eres tú?
–Ignacio Moraleda…
Volví a fijarme y entonces lo reconocí, hacía que no lo veía más de cincuenta años.
–¡De la Safa! –Dijimos los dos a la vez. Aquel internado de Sigüenza donde ambos pasamos muchos años, en mi caso seis y en el suyo siete.
Me volví hacia mi mujer para presentárselo.
Ignacio Moraleda (aquí le pongo un nombre ficticio), se introdujo él mismo.
–Tu marido me salvó una vez la vida.
Yo me quedé de piedra.
–¿Cómo? –no pude evitar mi asombro
–Ya veo que no te acuerdas…
Nos sentamos y me estuvo contando que una vez en la piscina del colegio, cuando no sabía nadar, se metió sin querer en la zona que cubría, se hundió varias veces y ya extenuado alzó una última vez los brazos para llegar a la orilla. Cuando ya estaba a punto de tirar la toalla, yo, que al parecer estaba en la escalera metálica bajando, lo enganché del brazo y lo acerqué a esta donde Ignacio se agarró como un náufrago a una tabla. Nunca lo olvidaría.

Yo ni siquiera lo recuerdo ahora. En aquella piscina había dos tipos de niños, los que sabían nadar y simulaban que se ahogaban para llamar la atención y los que apenas sabíamos o directamente éramos de secano que solo hacíamos que mirar hacia atrás para que no nos cogieran del cuello por sorpresa y nos hicieran una aguadilla. Seguro que yo estaba apalancado en la escalera para evitar que me lo hicieran a mí.

Y algo debí ver en aquel chaval, un par de años menor que yo, tal vez el último y desesperado miedo, que lo agarré antes de que desapareciera bajo las aguas rodeado de la total indiferencia de aquel enjambre de niños revoltosos y ruidosos.

Para mí debió ser solo uno de aquellos incidentes que llenaban a partes iguales de alegría y de temor mi estancia en aquella piscina tan novedosa para mí. Pero, Ignacio no lo olvidaría nunca, aunque a mí, que yo recuerde, nunca me habló de ello. O, tal vez, sí, ¡hace tanto tiempo!

Miré a Ignacio. Más allá de la barba, lo vi como a aquel niño que, aunque no éramos del mismo curso, me buscaba y quería estar conmigo. Yo lo notaba. Pero nunca lo asocié a aquel momento de la piscina del que sigo sin acordarme. Yo era muy conocido en aquella época en el colegio. Académicamente era el mejor de mi clase y probablemente del curso entero. Lo fui durante los seis años que estuve allí. Era muy precoz y despierto en aquella época. Hice la comunión un par de años antes que los chicos de mi edad, porque ya me sabía el catecismo que era el requisito imprescindible para hacerla. Si a ello le unimos el que mis padres estaban medio arruinados y me hubieran sacado de allí si perdía mi beca, no es que corriera, iba en cohete. Muchos niños se acercaban a mí, sobre todo los que tenían inquietudes intelectuales, como los otros triunfadores en el colegio, inclusive con mayor fama, los futbolistas, recibían el aplauso de aquellos que amaban el deporte.

Alguna vez recuerdo que Ignacio me llamó ya de jóvenes en Madrid y me dijo que se iba para Andalucía. ¡Y hasta hoy!

Nos contamos nuestra vida. Bueno, él me contó la suya. La mía se la sabía de memoria.
–¿Cómo va ese documental? –me preguntó por preguntar algo.
Me llevaba siguiendo durante años por redes y preguntaba por mí a otros compañeros de la SAFA. Se lo sabía todo de mi carrera profesional en el BBVA y de mis vocaciones posteriores.

De repente, me entró una alegría infinita. Yo también estaba buscando agarrarme a una tabla salvadora en aquellos momentos aciagos llenos de difusos temores sobre mi futuro. Salvar una vida y servir de faro a un viejo compañero justificaban de por sí la existencia.

En aquellos momentos, me decía, si cuando me hagan el eco me descubren que estoy en las últimas, por lo menos he creado una familia, he tenido dos hijos. Aunque a continuación rebajaba mi euforia, los hijos los he tenido porque he querido, ¿quién no ama luego a sus propios hijos? Eso no tiene mérito.

Pero esto era otra dimensión, Ignacio llevaba viviendo más de cincuenta años gracias a mí.

Y supe esta mañana que las cosas iban a terminar bien.

El ecógrafo me estuvo escudriñando de forma intensa, más que ninguna otra vez. Pero, yo seguía fuerte por dentro. Inclusive cuando se detuvo y dijo:
–Tranquilo, Francisco. Vuelvo en un momento.
Apareció al poco con su jefe. “Quiero que veas esto”, le dijo el ecógrafo. Y su superior se sentó frente a la pantalla y me escudriñó una vez más.
–Si, hay algo, pero tranquilo, tiene remedio, no es importante. Su cardiólogo le dirá, le mandamos el informe. A lo mejor ha hecho esfuerzos con una intervención tan reciente.
Yo le daba la razón en todo. Tal vez porque la llevaba. Y, sobre todo, porque estaba más contento que unas castañuelas.
–Sí, sí, es que estoy metido de hoz y coz en un proyecto de cine…
–Anda, pues no lo deje, pero con mesura. Otros a su edad están más mustios que una flor de verano.

Salí dando palmas con las orejas, aun sin saber ni lo que tenía.
Me despedí de Ignacio, ya le estaban llamando a él para sus cosas. Nos prometimos vernos en la próxima reunión de exalumnos, se iban a añadir a la nuestra algunos de los cursos inferiores.

Cuando estuve con mi cardiólogo, me explicó que tenía una inflamación en el pericardio, la bolsa que rodea al corazón, que había criado bastante líquido, parte se había pasado a los pulmones y estos no me dejaban respirar bien. Pero con un tratamiento con antiinflamatorios esperaba que en un mes o algo así recuperara la normalidad.
–¡Antes que los de Ceuta! –casi grité dando saltos de alegría.
Fui a celebrarlo con mi mujer y eso que seguía agotado, dándonos un homenaje gastronómico de cuidado, me faltó el vino para la ocasión, pero con todo el pastilleo que me esperaba, preferí dejarlo para más adelante.

Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, me invadía de forma insistente una acuciante pregunta: ¿cómo podía haber olvidado yo aquel momento importantísimo en la piscina con Ignacio? Era una sensación muy extraña.

Al poco, caí en la cuenta del por qué. Y esa es la raíz de este artículo.
Años más tarde yo también tuve una experiencia intensa bajo las aguas….

Me recuerda mi mujer que es la hora de cenar y me tengo que tomar la primera pastilla del tratamiento, así que corto. Continuará….




Frente a aquella piscina, unos años más tarde quizás. Al fondo, puede verse en ruinas el castillo, donde jugué algunas veces, que luego se convertiría en uno de los paradores más famosos de España

martes, 20 de octubre de 2026

LAS EDADES DEL AMOR (PARA EL PROYECTO “DESTELLOS”)

          


El escritor está disfrutando de unos pocos días libres. La montadora de su documental está examinando los brutos del rodaje, sincronizando imagen y sonido y haciendo una primera selección del material rodado. En breve, se los remitirá bajando la calidad de los mismos para que él pueda manejarlos. Entonces se tendrá que meter de hoz y coz a realizar un montaje provisional para que ella pueda rematarlos.

Se iba a ir a ver el mar de Alicante. Pero ayer cayeron allí más de setecientos litros por metro cuadrado, ¡por Dios!, ¡qué estamos haciendo para merecer esto! Pero, todos lo sabemos, ¿verdad? No recogemos nuestra basura, el mar se calienta, la humedad sube al cielo y luego este nos la devuelve en forma de manguerazos. ¡Hasta que aprendamos!

Así que piensa en los días que ha vivido la semana pasada, rodeado de personas mayores en la Fundación Alicia y Guillermo. Casi todas, mujeres.

–¿Por qué hay tan pocos hombres? – le pregunta a uno de los pocos que se atreve a aprender y a compartir en los talleres y actividades que ayudan a mitigar la soledad.

–Te voy a decir lo que yo creo. Hasta que se jubilan, a los hombres les llena su trabajo y a las mujeres sus hijos, su trabajo, su casa… Hay un momento en que ambos se quedan vacíos de contenido. Se acaba el trabajo y los hijos se van. Las mujeres lo resuelven mejor, hablan con otras mujeres, se mantienen activas, los hombres se frustran, pero no hacen nada, a lo mejor es que somos más aburridos…

Hablo con muchas mujeres de esto y de sus relaciones de pareja.

–Bueno, somos distintos – me dice una encantadora abuelita de más de ochenta años–. Lo importante es el respeto. Yo vengo aquí, me lo paso bien, mi marido se queda en casa con su Facebook, sus libros y sus paseos. No puedo obligarle a venir y yo tampoco quiero hacer su vida. Pero, nos respetamos y conservamos ese círculo íntimo, esa ligazón que nos envolvió desde el principio.

–Hemos pasado tanto juntos, que la vejez es solo una cosa más –me apunta otra señora, que conserva una alegría envidiable, luego me entero de que tienen tres hijos, uno vive todavía con ellos, nació con parálisis cerebral–. El amor cambia, pero siempre sigue ahí si lo riegas todos los días, como a las plantas. Yo a mi marido lo sigo encontrando el más guapo del mundo. Y así seguirá.

–Pues yo, qué quieres que te diga, estoy viviendo una etapa estupenda con mi pareja. Casi como nunca. Mientras nos respete la salud vamos a disfrutarla a tope. Nos queremos, nos cuidamos, ayudamos a nuestros hijos y uno del otro –le explica otra mujer de setenta y muchos, que va maquillada y vestida con una ropa llena de colorido y alegría –. Esto es como cuando asciendes a lo alto de una montaña y, tras el esfuerzo de toda una vida, puedes disfrutar de su luz y de sus vistas.

Sí, hay amores que se vuelven más fuertes cuando, con el paso de los años, aprenden a resistir, dice una hermosa canción que acaba de escuchar el escritor. Sí, a veces hay que dar tiempo al amor para que despliegue todo su arcoíris maravilloso de colores, de sentimientos. Y, entonces, en su plenitud, en la edad ya madura, los amantes sienten que ha sido muy bonito llegar así, a ese lugar calmo y profundo en el que se encuentran...

Al escritor le gusta mucho la letra de esta canción y decide ponerle unas imágenes adecuadas, llenas de romanticismo y luminosidad, incluso se atreve en ellas a hacerle un guiño a su pareja, quizás para compensarla en algo por su ausencia cuando se sumerja en el arduo montaje que le espera.

Ahí va. Se llama QUÉ BONITO LLEGAR ASÍ: https://www.youtube.com/watch?v=Ph3F7hztKPk

Otra señora de más de noventa años acaba de perder a su esposo el año pasado.

–Qué te voy a decir. Llevábamos setenta y cinco años juntos. Éramos, más que hermanos gemelos, unos auténticos siameses. Nosotros somos de los de antes, mi primer hombre y el último. Siempre juntos. Hablo con él todos los días. A todas las horas, quiero decir. Sigue aquí conmigo.

El escritor tiene una novela dedicada a una de estas relaciones de toda una vida. Se llama Regreso al Sauce Curvo. De ahí extrae unos párrafos:


LOS AGAPORNIS.



Los agapornis son unos pájaros vistosos, unos loros muy pequeños, del tamaño de un gorrión o poco más. Bastante gente los tiene de mascotas. Su nombre procede de agape-ornis, “pájaro del amor, o pájaro del afecto”. Viven en pareja, de una forma que sorprende y emociona en un pájaro. Siempre pegados sus cuerpos en el mismo palo, se cuidan, se limpian y se miman el uno al otro por toda la vida. Por ello, también se los llama los pájaros inseparables, son una de las especies animales monógamas por naturaleza.
Las personas no somos monógamas por naturaleza, me digo, ya de vuelta en mi despacho, quizás yo pienso en estos momentos en los agapornis solo para subrayar la importancia de la pareja en el último tramo de la existencia. Aquel en que los hijos se van del hogar, la actividad profesional mengua, o desaparece, al igual que las actividades deportivas, y la movilidad te va atando a los alrededores de tu casa.
Quedan los amigos, es cierto, y algunas aficiones, que han de mantenerse mientras el cuerpo aguante. Pero tu núcleo vital queda concentrado en ti mismo y en tu pareja, si la tienes. Saber tejer con ella una serie de complicidades, de rutinas satisfactorias, de alianzas para lidiar con las limitaciones y con el tiempo, que es una pendiente siempre en descenso que nos llevará, irremisiblemente, al último callejón sin salida, a nuestro invierno final, debería ser asignatura obligada en la academia de la vida.
Hay muchos tipos de pareja, reflexionas, además de este tipo tradicional, al que tú llamas modo agapornis. Hoy en día, hay casi tantas variantes como parejas en sí. Lo cual a ti no te parece mal, si los miembros lo desean así y ambos encuentran recompensa en esa relación.
Inclusive hay parejas a tiempo parcial, o no convivientes, o abiertas. Lo importante es el vínculo preferencial de compañía de cordada, de ayuda mutua y de satisfacción de cada uno con la presencia del otro.
La naturaleza empuja a que la efervescencia de los encuentros de amor erótico/sexuales se vaya espaciando, aunque no tienen por qué desaparecer, también aquí se puede gozar de una serie de variantes en las que acomodarse para disfrutar de esta comunicación esencial y única entre la pareja. Pero sí es cierto que la amistad, el cariño, la complicidad de toda una vida juntos, se convierte en la argamasa principal para no solo sortear, sino para seguir disfrutando del último tranco de la vida.
¿Y qué hacer para que todo esto suceda en tu pareja, cuando llegas a esta tercera o casi cuarta edad? Para empezar, como contestaría el niño sabiondo de la clase, lo primero, sería conservarla, claro. Eso ya sería un buen síntoma de la salud de vuestra pareja. Yo añadiría que, como en todo, unas cosas vienen a continuación y, además, son consecuencia de otras previas. Quiere decirse, que hay que prepararse para ello. Ser consciente de la fase vital en la que estamos, y lo que nos va a suceder después de esta. E ir tomando las medidas adecuadas para ello, claro.
Tenemos la suerte de recordar el camino que siguieron nuestros padres, al que abocaremos nosotros dentro de poco, y un montón de ejemplos de amigos, conocidos o, inclusive, personas anónimas del barrio, como la pareja de viejecitos agapornis con la que nos tropezamos en la calle, para saber lo que nos espera. De nosotros, de nuestra dedicación e inteligencia dependerá en buen grado conseguirlo.
Tú miras a los agapornis. Y piensas en la gran inteligencia que deben de tener para un cerebro tan pequeño. Y, te acuerdas de lo que te decía tu padre.

–A veces, cuando no tienes dónde mirar, miras a los animales y te contestan muchas de tus preguntas.

                                                         
                                                




El escritor se acuerda entonces de sus padres, la semana que viene, el día veintisiete de octubre, habrían hecho 75 años de casados, murieron hace unos pocos. Y de su hermana, que se casó ese mismo día de hace cuarenta y tres. Y quizás de él mismo, que ya lleva treinta y siete. ¡Cuántos agapornis!

Pero, quien diga que todo ha sido cuesta abajo y con el viento a favor, miente. Una señora de unos ochenta y cinco se lo explica muy bien.

–Pues claro que ha habido momentos malos. Nosotros hemos discutido y nos hemos dicho de todo. Inclusive hemos estado a punto de romper varias veces. Y la vejez te produce depresión y desánimo. Y las limitaciones y los achaques, mala leche. Y ver a tu pareja en sus malos ratos encienden los tuyos. Lo importante es que se conserve esa devoción, ese sentimiento de que estáis unidos para siempre. Contra viento y marea. Yo creo que eso ahora no se lleva. No aguantan nada. En mis tiempos nadie pensaba en romper. Alguna vez te quejabas a tus padres de que no te entendías con tu marido y, ¿sabes lo que te contestaban? A nosotros no vengas a quejarte, vuelve a tu casa y arreglaros.

Sí, el escritor conoce esos momentos de desencuentro, de frustración y pesimismo. Rescata algo que escribió en uno de ellos, ya en esta última etapa del camino.

CANSANCIO

Había aquella magia
tierna y azul…
Pregúntaselo a la luna,
siempre muda,
sabe de lo que hablo.

Había aquel corazón
que latía a borbotones
con el pálpito de los comienzos…
Pregúntaselo al sol,
cálido y lejano,
sabe lo que pienso.

No me digas que estoy ido,
ajeno a la realidad,
cuando me sorprendes,
con la mirada perdida,
en la ventana lluviosa y gris.

Vivo como puedo,
me mantengo prendido
de unas briznas de aquel aire…
Pregúntaselo al perfume de las rosas,
marchitas y derrotadas,
que ya no están.

Apenas me mantengo a flote,
navego en los reflejos de aquella luz,
de aquella inocencia luminosa,
sobre este mar de cansancio,
que desemboca
en ese océano inmenso
de decadencia
que nos espera.

Las horas se repiten,
como los errores,
los días van llenando de herrumbre
los orificios de las venas.

Me agarro a mi mente,
ese almacén donde guardo
todos los álbumes
de aquellas fotos
que nos hicimos.

Me sumerjo en ellas.
Son como un corazón,
infantil y alegre,
todavía sin estrenar.

No me digas
que estoy siempre en las nubes.
Yo solo quiero
beber de aquellas fuentes de ilusión,
dar cuerda otra vez al reloj
de mi cansado corazón.

Para que no se me pare
en medio del día de hoy.
Para que no se detenga
en mitad de este interminable otoño
de la vida.


Pero, dicen que el amor es como la energía, que no se destruye nunca, solo se transforma. Y, con el paso de los años, la comprensión, el respeto, el perdón, ese resorte íntimo que un día os empujó a vuestra unión es más fuerte que nunca. Al escritor le gusta mucho la música y siempre capta en ella colores, fragancias para su obra. Y está de acuerdo con lo que se dice en esta bella canción, a la que también pone unas imágenes doradas, que no ocultan los momentos malos de entre medias. Pero, hoy, quiere quedarse solo con la alegría y el optimismo de ese amor maduro que es como el vino. Al que hacen tanto bien los años…

Sí, a veces el amor es como el vino. Los años le dan más cuerpo, más consistencia, mejor aroma, más cálido bouquet. Sí, a veces el amor definitivo tarda en llegar, son necesarios muchos tropezones, profundas heridas y notorias cicatrices. Tal vez por ello, cuando llega, cuando lo identificas, emplearás toda tu experiencia en conservarlo y enriquecerlo hasta el final de vuestros días.

Ahí va: A ESTA EDAD SE QUIERE MÁS. https://www.youtube.com/watch?v=a2vYtP0HKjc&list=RDa2vYtP0HKjc&start_radio=1

El escritor entorna los ojos y se acuerda que él celebró a lo grande hace dos años su 35 aniversario de casados. Aunque fue una idea de sus hijos: los llevaron a desposarse de nuevo a Las Vegas en un viaje inolvidable. Lo más bonito fueron aquellos meses de preparación en los que se compraban la ropa y organizaban todos los detalles. Se sintieron como dos novios de nuevo.


Y, desde entonces, el escritor le dice a su doblemente mujer:
–Recuerda que somos unos recién casados. ¡En todo! Y tenemos que comportarnos como tales.


¡Y funciona! – sonríe para sí.
Quizás sea solo la forma que él tiene de seguir regando esa tan delicada flor.

Él le regaló en aquella ocasión un libro de poemas que había ido escribiendo durante todo aquel periodo de tiempo y que se llamó precisamente: Treinta y cinco gramos de oro.

De ahí entresaca uno de ellos que trata de lo que estamos hablando hoy, de lo que hablaban las abuelitas de la fundación: de toda una vida de amor.


TÚ


Si tú no estuvieras un día
volvería a ser pasto de esa nada
que se recrea en los inhóspitos desiertos
que yo tanto conocí,
antes de que apareciera tu sonrisa,
con su cálido antídoto contra la soledad
y la desesperanza.

Te convertiste en mi lanza y en mi escudo.
Y en mi acogedora carabela para surcar
los procelosos mares.
En la dulzura y en la pasión que envuelven
nuestras noches
y en la compañía discreta y abnegada
que retira las piedras del camino
para que yo no me tropiece.

Me contagiaste con tu alegría de campanas.
Con tu luz de amaneceres soñadores.
Con tu fuerza que irradia de optimismo
a los atardeceres amarillos que
empujan nuestra barca.

Sé que fui ungido por la vida
el día que te conocí.
Y que, inexplicablemente,
lejano a todo merecimiento,
lo sigue haciendo cada mañana,
regalándome el gozo de tu presencia.

Ignoro por qué te enamoraste.
Y por qué
me amas tanto y tanto cada día.

Desde hace un tiempo tan largo
que ya sé que no es ningún error,
ningún malentendido,
ni ninguna improvisación.

Vivo así de afortunado,
con el regalo de tener
a mi lado lo que
yo más quiero.
Tratando de demostrarte todo lo feliz que soy,
porque sé, además, que eso es lo único
que realmente te importa.

Mientras pasa la vida,
la nuestra,
y cada vez estamos más juntos,
frente al tiempo inmisericorde
que desnuda de hojas
los árboles de nuestro futuro.

Qué más da.
Nadie me podrá quitar lo que tuve.
Ni nada me podrá hacer olvidar lo que tengo.

Al cielo entero que nos cubre,
lo ha tejido toda esa red de lazos
en la que continuamos enredándonos
y enredándonos mientras, como digo,
se va pasando la vida
como un murmullo
de hojas de calendario
a las que voltea el aliento de tu sonrisa,
que es lo único que permanece inalterable
en este mar incierto que, según dicen,
¡ojalá!,
desemboca en la eternidad.

Ese lugar que tan bien conozco,
y que se enseña en el espejo de tus ojos.
Allí, donde radica ese secreto,
maravilloso e inexplicable,
del porqué un día nos elegimos,
el uno al otro,
y para siempre.



Hace ahora un año, el día del Rosario, sin planificación alguna, el escritor percibió un destello que le recordaba una de las cualidades de su pareja que había permanecido intacta a lo largo de aquellas casi cuatro décadas que llevaban juntos.

Su historia dice así:

CUÍDALE SU SONRISA

Una vez, de novios, hace, no sé, casi cuarenta años, me llevaste a ver a San Valentín. Había nacido cerca de tu pueblo, en las Hoces del Duratón. Fuimos a la ermita donde está enterrado, en una pequeña isla en medio del río, junto a San Frutos.

Allí nos presentamos los dos, con nuestro amor. Buscábamos protección, qué se yo, esas cosas intangibles que uno quiere tener cerca para que su amor dure toda una vida. Pase lo que pase.

Hace unos meses, unos amigos nos llevaron por primera vez a la romería del Rosario, del Villar de Sobrepeña, al lado del Duratón también. Allí, en una ermita doméstica y entrañable, me acordé de aquel lejano día y quise captar ese recuerdo. Soy un desastre, me había dejado el móvil en Madrid. Así que tuve que pedirte el tuyo. Con él te tomé unos planos improvisados, mientras que el cura nos animaba a que pidiéramos lo que más quisiéramos a la Virgen del Rosario.

Mientras grababa, me di cuenta. Tenías la misma sonrisa que en aquel lejano día ante San Valentín. Nuestro santo había hecho su trabajo y había mantenido en nosotros la esencia de aquel amor primigenio. Sólo le pedí a la Virgen que siguiera haciéndolo. Que continuara la obra de San Valentín: seguir cuidando de tu sonrisa. Y que yo supiera alimentarla para que nunca la perdieras, como no lo habías hecho en todo aquel tiempo. Los santos hacen milagros que a los humanos nos sobrepasan.


Sí, yo solo puedo contarlo: busqué aquellas imágenes de aquel tiempo de San Valentín y las mezclé con estas otras de la romería del Rosario. Casi cuarenta años entre ambas.

Toda una vida. Sí, toda una vida juntos. Aunque el mérito no sea solo mío, sino de San Valentín. O del Duratón y sus secretos, qué se yo. ¡Y qué más me da a mí, me digo en mi interior! Aquí continuamos, los dos juntos, tras todo ese tiempo, que es lo importante.

Brindo hoy para que sigamos muchas décadas más. Uno al lado del otro, siempre. Sí, nada me gustaría más. ¡Porque así sea!

VIDEOCLIP “CUIDALE SU SONRISA”: https://youtu.be/NeFRk5QYSY4

Otra viejita le dice al escritor.

–Lo importante a esta edad es que, sin que nos engañemos, sepamos dotar a los recuerdos de nuestra vida juntos de un aura de pareja especial y única. Aunque no lo seamos. Pero, ¿por qué vamos a vernos a nosotros mismos con las gafas sucias y no con un poco de cariño y de orgullo de todo lo.que hemos vivido uno al lado del otro? El agradable poso de estos recuerdos será una brisa suave de viento para empujar nuestro barco cuando lo sintamos algo empantanado en mitad del lago de la vida.

Sí, eso mismo piensa el escritor, ¡si fuéramos capaces de mirar todo el resto del tiempo que nos queda juntos con el mismo amor, con la misma ilusión que aquella que sentimos cuando nos elegimos el uno al otro para siempre, sería una forma excelente de regar esa flor tan delicada de nuestra relación.

Hay una canción que empieza precisamente así: “Sigo viendo todo con los mismos ojos…”. Para celebrar su último cumpleaños, el escritor le puso imágenes, y le hizo este regalo a su mujer. Hoy vuelve a hacérselo, para compensar, como digo, los duros días que vienen, en los que estará pensando en otras cosas.

Ahí va este bellísimo tema que habla de esa luz, de ese vínculo especial que une a toda pareja que se eligió una vez para toda la vida.

LUZ: https://www.youtube.com/watch?v=BkEJPAXKWI0

Y el escritor se acuerda de este poema, también de "Treinta y cinco gramos de oro", que habla también de esto.



HOY COMO AYER.

Tu sonrisa me seduce,
alegría y luz que sube a tus pupilas,
y a las mías, al verte.
Me seduce la armonía de tus labios.
La música de lluvia que cae sobre la tierra húmeda
que me trajeron tus pasos, me seduce.

Me seduce cuando caminas a mi lado
y vemos el mismo mundo
de forma tan diferente que nos hace reír.
Me seducen tus ojos chispeantes y risueños,
verte feliz me seduce,
acompasar nuestro paso.

Me seduce ver pasar los años contigo.

Amarnos por el día, me seduce,
con nuestras pequeñas cosas y nuestras rutinas.

Me seduce tu amor de noche,
cuando creamos nuestro mundo de dulzura y pasión,
bajo las estrellas que nos miran,
tu amor me seduce.

Me seduce ese mundo de recuerdos
de todo lo que hemos hecho juntos,
envejecer contigo me seduce.

Me seduce pensar en ti,
en tu compañía,
vivir los días que vendrán, me seduce.

Simplemente te quiero decir
que me seduces tú.
Como la primera vez que te vi,
como ayer,
como siempre,
me seduces.



     El escritor le agradece a todas las personas mayores que ha conocido en la fundación y que le llevan varios lustros en el camino de la vida y, por tanto, le merecen todo el cariño y respeto, que hayan traído a su mente estas reflexiones y estos recuerdos en este día plomizo, lluvioso y gris del otoño. Todos nos enriquecemos unos a los otros al contarnos nuestras experiencias y nuestras esperanzas.

Porque el amor, se dice el escritor, puede tener edades, pero su tiempo es siempre el mismo: eterno.

¡Porque así sea!










viernes, 16 de octubre de 2026

EL PODER DE LA MÚSICA (y II) (PARA EL PROYECTO “DESTELLOS”).

 



El escritor acaba de terminar sus tres días de rodaje seguidos en la Fundación Alicia y Guillermo. Todavía le queda uno y luego toda la labor de postproducción: montaje, músicas, etc., ya para noviembre, el ICAA nos espera para calificar antes de fin de año.

Han sigo jornadas largas, por momentos extenuantes, vamos, que ha acabado molido, máxime cuando todavía no ha cogido su estado de forma habitual. A veces se pregunta qué hace él al frente de un equipo donde hay pipiolos de 24 y 29 años que no se cansan jamás. No debe quejarse, él se lo busca y él se lo tiene que cocer, como le dice su mujer.

Pero le quedan en el zurrón tantas experiencias que no cabrían hoy en este destello. Se acuerda del grupo de Sevillanas, cien por cien mujeres, “¡por fin un hombre se atreve a entrar aquí”, le dicen, luego se abrazan a él y se hacen esta foto entrañable juntos:







Y Lula, la profesora: “la música lo es todo para mí, me acaricia el corazón. Y, cuando bailo, mente y cuerpo se llenan de una armonía conjunta y única”. También hacen ritmos latinos. Cuando las ves, te llenan de alegría y, como les dice el escritor, ¡hasta te inundan de juventud!

Se acuerda, cómo no, de Adolfo y sus canciones del recuerdo. Cuando entraron a grabar en su clase estaban cantando Suspiros de España, https://www.youtube.com/watch?v=V438C9AIakE
“Quiso Dios, con su poder
fundir cuatro rayitos de sol
y hacer con ellos una mujer…”

–¿Adolfo, qué significa la música y los recuerdos para una persona mayor?
–Los recuerdos lo son todo. Puedes no acordarte de lo que has comido hoy, pero recordar perfectamente el primer beso que diste. Y la música facilita esos recuerdos.

Una señora de ochenta y tantos, entorna los ojos y se acuerda también de su primer beso. Debía ser muy joven cuando lo dio, cuando lo recibió.

–Ah, el primer beso…. Yo estuve después enjuagándome la boca sin parar, quitándome su saliva. Pensaba que, a lo mejor, podía quedarme embarazada... No sabíamos nada de nada, nadie nos hablaba de estas cosas, pero sentíamos el amor, quizás más que ahora…

El escritor siente una ternura infinita por esta mujer que va por delante de él varios lustros en la carrera de la vida.

La música y los recuerdos… A veces, los recuerdos también son dolorosos: las heridas del amor… El escritor recuerda lo que escribió para “Los mejores 101 momentos de amor”

LA MONEDA

Siempre se me dieron bien las palabras. Y a ti los gestos. La felicidad es un arma de doble filo. Yo me escondo tras el sonido melodioso de las palabras. Tú pones tu espalda contra la pared.
La vida es una moneda de dos caras: pasado y futuro se dan la espalda. Y el presente es sólo un delgado canto que los separa por el medio.
Sí, siempre se me dieron bien las palabras. Y a ti los gestos. Tú no te acercas al teléfono. Ni yo te llamo. Echo la moneda en la máquina. Suena tu canción. Y las palabras son como navajas.
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La música a veces se alía con el corazón y empuja a los oyentes hacia la pasión, hacia el embrujo que palpita en una pareja que se busca, una noche cualquiera.

El escritor recuerda aquello que escribió un día:

TAL VEZ SEA LA MÚSICA.

Sí, tal vez sea la música. Y sus compases que nos unen con los resortes ancestrales, íntimos, irresistibles, de la atracción mutua. De la juventud y de la alegría.

Tal vez sea la noche. Que difumina los contornos de las cosas. De nosotros mismos. Hasta hacernos más tenues, más difusos. Fundiéndonos en las sombras donde la ruleta del casino reparte las cartas de la vida. Y del amor.

Y el saxo reverbera por los ángulos, llenos de sombras y de un aroma entre el alcohol y el fuego que crepita, de ese espacio que nos acerca.

Tal vez seas tú. Que pones letra, en mis ojos y en mi corazón, a ese solo lánguido y eterno de guitarra, que busca sus compases entre tu pelo.

Tal vez sea yo. Que navego, de nuevo, por las ondas de la noche, persiguiendo esa estela misteriosa de la música. Plena de ecos, de resonancias.

Sí, tal vez sea solo la música. Que nos llama. Que me llama. Golpeando con sus nudillos inocentes y eternos en las entretelas del corazón.

Mientras la noche, y su misterio, llenan de sombras, y de un ritmo dulce y cansado a la vez, ese tiempo cadencioso, interminable, eterno, que es el necesario reverso de tantos lúcidos momentos del día.

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Ah, la música, la música… y su poder anestesiante, ilusionante, la música que te envuelve y te lleva a la belleza de la vida….


Música del corazón

    No sabes qué tienen esos acordes que se han colado de rondón en el coche. Se te antoja que se acercan, y de qué modo, a la cadencia con la que se mueve íntimamente tu corazón. Debe ser la música con la que bailan emparejados, abrazados como enredaderas, tus deseos con sus correspondientes esperanzas.

    Sí, tu corazón se agita y se emociona. Son las burbujas de cuando una vez fue feliz. La chispa de tu vida, que no se ha apagado como creías. Que vuelve como una luz que emerge en estos momentos de oscuridad, de desconsuelo, de tristeza y de desvarío.

    No siempre el tiempo fue un callejón sin salida. Ese lugar donde duermen los perros huérfanos de cariño y errabundos de horizontes.

    No sabes por qué esa música se alía de una forma definitiva con este día de marzo. En el que el sol se estira más que nunca. En el que los almendros se visten de organza. Y de espuma. Y de una blancura que llena de luz, de un resplandor invencible, que llega hasta los lugares más recónditos y oscuros. Para llenarlos de una paz y alegría nuevas. Y de esa esperanza que llena los pulmones, los espacios, de un aire tan puro. Y reconfortante. Y nuevo.

    Son los acordes de aquella vez que te llevaban tus sentimientos en volandas por la calle. ¿No los recuerdas? Siempre han estado ahí. Enterrados bajo los pesados escombros de este invierno opaco, mugriento, vacío. De este tiempo desnortado, infame, que arrasa, que pringa de negrura, todo cuanto toca.
Es la música del corazón, cuya melodía retumba por los sótanos profundos, y amordazados, y callados de tu interior.

    Hoy una sintonía caprichosa del dial de la radio la ha subido a tu superficie. Y te agarras a ella como náufrago a una tabla única y salvadora.

    En este océano de infortunio y de tristeza, tú sonríes mientras despliegas tu vela blanca, henchida por el aire de esta extraña mañana, con la música del corazón, que es como un escudo poderoso, inocente y renovado, para vencer la desesperanza.

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El escritor es un amante de la música. Tras la literatura y el cine es su tercera gran afición. Inclusive trató de tocar la guitarra de joven, su padre la tocaba de oído, era músico de la rondalla de El Sauce Curvo, pero la falta de tiempo hizo que no progresara mucho. También se compró, ya de casado, un piano /órgano electrónico e hizo un curso por correspondencia. Llegó hasta donde llegó, claro.
Hoy en día, ambos instrumentos están arrumbados, esperando que alguien pulse en ellos una melodía, el escritor se promete atenderlos un año de estos.
Ahora es solo un amante pasivo de la música. Solo la escucha. La disfruta. ¡Qué bien!

Por la mañana el escritor necesita la música. Para levantar el vuelo. Para dorar de magia y de luz el arranque de cada día. Porque hay días que cuesta arrancar, ilusionarse, superar la inercia de la rutina que lleva al hastío. El escritor tiene sus gustos, acrisolados en el tiempo. Y siempre vuelve a sus orígenes, a aquellos autores que siempre le engancharon.
Hoy vuelve a Zucchero. A Diamante. Ese himno lleno de fragancias. De luz de domingo. Con el que pretende convertir este martes en algo especial. Mientras resuelve unos temas con Hacienda, ¡por Dios!, no hay cosa que le avinagre tanto, que le deprima tanto, pero no queda otra.
Siempre cuando tiene algo tedioso, piensa en el homenaje que se dará después. Hoy será pensar en los detalles del próximo viaje, ya falta poco, que hará a Italia. Ah, Italia, Italia... Allí pasó él parte de su luna de miel en aquel viaje especial, muy peculiar, e inolvidable. Y, antes del viaje, una escapada a Alicante, el escritor ya no puede más, necesita cambiar la decoración de su paisaje, abrir las ventanas, respirar nuevos aires, ver el mar...
Sí, la música siempre fue un calmante para él. Y un revulsivo. Un revitalizante para acometer el día a día con ilusión.
Ha escrito muchas cosas sobre la música. El escritor piensa que ya tiene una edad en la que puede sacar de la chistera de su obra, y de su vida, tantas palomas como necesite para dorar de luz el horizonte de este martes, de cualquier martes, inhóspito y cabrón, que aparezca en su devenir cotidiano.
Hace muchos años escribió este QUEDARÁ LA MÚSICA, que hoy relee como si tomara droga dura para levantar el ánimo de esta jornada nefasta, a la que acompaña, para que surta más efecto, con esta maravilla de DIAMANTE. Música, Italia... ¿Qué se puede pedir más?
Ahí va este brillante destello: https://www.youtube.com/watch?v=82rSzyJ5SDU.
Y, después de disfrutarlo, el escritor se sumerge, hasta contento, en sus papeles con Hacienda.


QUEDARÁ LA MÚSICA

Después de cenar íbamos a dar un paseo cuando nos embargó el sonido de la música. Nos llegó reverberando entre las columnas, los espejos, el murmullo de la gente deambulando por el lobby del hotel.

Era una música en vivo y, mientras saboreábamos un par de combinados, tú observabas a las parejas que bailaban. En esa noche de alegría, de despreocupación, de vacaciones. Y me apretabas el brazo, como sé que lo haces cuando estás contenta.

La orquesta, quién sabe por qué, me recordó de golpe a la del Titanic. Dentro de no muchos años no quedaría nadie de los que allí estábamos. Dónde iría toda aquella alegría, la complicidad de los cuerpos, las caricias y los besos de todas aquellas parejas, que continuarían, luego, mucho más apasionadas, sin duda, al otro lado de las puertas de las habitaciones. Todo aquel barco se estaba yendo ya a pique, escorándose lentamente hacia el abismo. Los únicos cuerdos debían ser los músicos de la orquesta que tocaban «El último vals» y nunca abandonarían la nave. Estoicos y escépticos, mientras les llegaba el agua a la rodilla.

Sí, sólo quedaría la música de aquella noche en el recuerdo submarino de todos nosotros, pasadas unas décadas. En el silencio eterno que sólo recorren los peces.

Tal vez porque me viste triste, me apretaste el brazo un poco más: «Venga, vamos a bailar».
Sí, al final sólo quedaría la música de aquella noche. La fragancia de tu cuerpo entre mis brazos. Y el susurro de tu aliento en mi oído: «Sabes que te querré eternamente».

Entonces me pareció que el músico del violín sonreía. Yo ya lo había visto antes. Aunque dónde, cuándo.

A veces, pienso que ya he estado en los sitios, que todo es una repetición de algo ya vivido. Por eso me acerqué al músico del violín: «¿Qué es todo esto?».

Él me sonrió de nuevo y se acercó al micrófono: «Y como despedida, esta balada de Celine Lion: “Mi corazón seguirá”».

Sí, al final del final sólo quedará la música.

Y las estrofas que un día llenaron nuestro pecho bailarán entonces en las ondas que producen los peces: «El amor puede tocarnos una vez. Y durar toda una vida. Pase lo que pase, mi corazón seguirá…»

A veces, no sabes por qué, ves a tu pareja, o te ven a ti, llorar de una forma extraña. En una noche llena de alegría, de despreocupación. De vacaciones.

––––––––––––––––––––––––––––


Ah, la música, el amor, ese regalo de la vida, cuando lo encuentras para siempre.

Al escritor el destino lo sigue castigando en Madrid, hay previsiones de diluvio en Alicante este fin de semana, pero hoy se siente afortunado, oye a su mujer por ahí preparándose para salir, le ha dicho que ha elegido una película de amor, de parejas,...

La casualidad hace que, en la espera, le llegue este destello que es como un sencillo chispazo de alegría, de amor, de vida, y, por un momento, la música le hace que se olvide del mar, y del cansancio y del trabajo ingente por hacer y le lleve a una tarde tranquila, a una cena íntima, a una película con tu pareja de siempre y siente que hoy no puede pedir nada más.

Ahí va este regalo de un amor para toda la vida envuelto en la voz única de Carla Morrison, que al escritor le conmueve esta tarde sobremanera.

https://www.youtube.com/watch?v=eFWUnHJWwCg


jueves, 8 de octubre de 2026

EL PODER DE LA MÚSICA

 

El escritor acaba de venir de una visita a la Fundación Alicia y Guillermo. La semana que viene ruedan con él de director de martes a jueves allí y en sus alrededores. Está asistiendo a la mayor parte de sus actividades  para que le conozcan y explicarles brevemente lo que van a hacer.

Hay un taller que se llama "Canciones del recuerdo", desde que lo vio en la programación le interesó. La música y su atracción, que tan bien conoce.

Tienen un profesor, un voluntario,  también mayor, pero energético, Adolfo. Nada más conocer al escritor le suelta:

–Aquí donde me ves, voy a llegar a los 120 años. 

–¿Cómo? –acierta a responder el escritor, que no está ni siquiera recuperado todavía de la ITV que acaban de hacerle a su viejo y vivido corazón

–Pues vente a mi otra clase de "Revertir el envejecimiento" –le dice–  Allí  doy las claves de todo.

Al escritor, Adolfo le cae bien. Sabe que viene con su guitarra desde lejos, enlatado en el metro:

–Voy a tener que dejar mi guitarra aquí y no quisiera porque a ver qué hago yo sin ella, pero cualquier día nos espachurran a lo dos en esos vagones que van como cuando éramos jóvenes, en los setenta.

Una vez en clase, acaricia los acordes, una docena de personas mayores rodeándole en círculo y el escritor deseando que comience este rito de la música.

–Vamos a empezar con esa que conocéis todos. ¿Os acordáis de Antonio Machín, verdad? Sí, esa, una de las más famosas: "Angelitos negros".

Y el grupo de alumnos, con su edad a cuestas, se entonan y, mirando la letra en el móvil, parece otro coro de angelitos más, o así los quiere ver el escritor, que hasta se anima, la verdad es que siempre le gustó cantar, a unir su voz a las suyas.

Esa comunión de voces, esa comunión de recuerdos, el padre del escritor, al que también le gustaba cantar, la entonaba mientras iba segando una mano en la mies y la otra en la hoz bajo un sol abrasador, es lo que más conmueve al escritor.

–Yo con la música hago sicología con mis alumnos –le había dicho Adolfo.

Cuando termina la canción, Adolfo pregunta qué les sugiere este tema a sus alumnos: la discriminación a los negros, las políticas antiinmigrantes, el acoso y el bulliyng, van desgranando uno a uno, la verdad es que el poder evocador de la música es inmenso.

Luego se arranca con "A mi manera" que popularizó, sobre todo, Frank Sinatra.

–Es una canción de despedida –les explica Adolfo–. Un resumen de la vida que ha vivido uno. Frank estaba enfermo y la cantaba con todo sentimiento. ¿Vosotros ya pensáis que habéis vivido vuestra vida?

–¡Nooooo! –gritan a coro las viejitas, no hay ni un solo hombre. Bueno, está el escritor que no es propiamente del grupo, pero grita con más fuerza si cabe esa negativa en redondo al fin de la vida.

El escritor sale de allí citándose con esas canciones del recuerdo la próxima semana, pero ya en plan profesional, con todo el equipo. 

–¡Dios mío, les vamos a invadir como a los de Ceuta! –piensa para sí el escritor imaginando los cables, las luces, las cámaras, las pértigas y cinco tíos por allí pululando por todos los sitios y cambiándolo todo de lugar.

Sí, el poder de la música. El escritor lo conoce bien. Él, por las mañanas, cuando se afeita no pone la radio, sino una selección de canciones al azar. Le estimulan, le alzan la moral, le hacen más sensible al mundo, a lo que le rodea.

Ha escuchado muchísima música en su vida. Pero, le pasa igual que con la literatura, que ha leído también mucho, pero sin orden ni concierto. Y, en el fondo, lo prefiere así, es como si tú pretendieras ordenar el tiempo y las estaciones y el día que va a hacer hoy, qué aburrimiento. Él prefiere la improvisación, la sorpresa, ver qué tecla de tu interior toca ese piano que suena hoy.

Ayer, de casualidad como digo, él escuchó una canción que hablaba de todo lo que él acaba de pasar. Este hermosísimo tema recoge los pensamientos de un hombre profundamente enamorado de su esposa. Piensa que puede morir mañana. Y no le importa hacerlo, si es mirándose a los ojos y cogido de su mano. La esperará en la otra vida para seguir allí tan enamorados o más que en esta.

"Si todo se acaba". Sí, todo se acabará un día. El escritor le pone unas imágenes a esta hermosa canción, cuya letra bien pudiera haberla escrito él mismo hace tres semanas.

Ahí va: SI TODO SE ACABA: https://www.youtube.com/watch?v=NmTBLJ0m6s8

Y la incluye donde debe estar. En el destello llamado: GRACIAS A LA VIDA: https://eldiaquefuimosdioses.blogspot.com/2026/09/gracias-la-vida-para-el-proyecto.html