martes, 20 de octubre de 2026

LAS EDADES DEL AMOR (PARA EL PROYECTO “DESTELLOS”)

          


El escritor está disfrutando de unos pocos días libres. La montadora de su documental está examinando los brutos del rodaje, sincronizando imagen y sonido y haciendo una primera selección del material rodado. En breve, se los remitirá bajando la calidad de los mismos para que él pueda manejarlos. Entonces se tendrá que meter de hoz y coz a realizar un montaje provisional para que ella pueda rematarlos.

Se iba a ir a ver el mar de Alicante. Pero ayer cayeron allí más de setecientos litros por metro cuadrado, ¡por Dios!, ¡qué estamos haciendo para merecer esto! Pero, todos lo sabemos, ¿verdad? No recogemos nuestra basura, el mar se calienta, la humedad sube al cielo y luego este nos la devuelve en forma de manguerazos. ¡Hasta que aprendamos!

Así que piensa en los días que ha vivido la semana pasada, rodeado de personas mayores en la Fundación Alicia y Guillermo. Casi todas, mujeres.

–¿Por qué hay tan pocos hombres? – le pregunta a uno de los pocos que se atreve a aprender y a compartir en los talleres y actividades que ayudan a mitigar la soledad.

–Te voy a decir lo que yo creo. Hasta que se jubilan, a los hombres les llena su trabajo y a las mujeres sus hijos, su trabajo, su casa… Hay un momento en que ambos se quedan vacíos de contenido. Se acaba el trabajo y los hijos se van. Las mujeres lo resuelven mejor, hablan con otras mujeres, se mantienen activas, los hombres se frustran, pero no hacen nada, a lo mejor es que somos más aburridos…

Hablo con muchas mujeres de esto y de sus relaciones de pareja.

–Bueno, somos distintos – me dice una encantadora abuelita de más de ochenta años–. Lo importante es el respeto. Yo vengo aquí, me lo paso bien, mi marido se queda en casa con su Facebook, sus libros y sus paseos. No puedo obligarle a venir y yo tampoco quiero hacer su vida. Pero, nos respetamos y conservamos ese círculo íntimo, esa ligazón que nos envolvió desde el principio.

–Hemos pasado tanto juntos, que la vejez es solo una cosa más –me apunta otra señora, que conserva una alegría envidiable, luego me entero de que tienen tres hijos, uno vive todavía con ellos, nació con parálisis cerebral–. El amor cambia, pero siempre sigue ahí si lo riegas todos los días, como a las plantas. Yo a mi marido lo sigo encontrando el más guapo del mundo. Y así seguirá.

–Pues yo, qué quieres que te diga, estoy viviendo una etapa estupenda con mi pareja. Casi como nunca. Mientras nos respete la salud vamos a disfrutarla a tope. Nos queremos, nos cuidamos, ayudamos a nuestros hijos y uno del otro –le explica otra mujer de setenta y muchos, que va maquillada y vestida con una ropa llena de colorido y alegría –. Esto es como cuando asciendes a lo alto de una montaña y, tras el esfuerzo de toda una vida, puedes disfrutar de su luz y de sus vistas.

Sí, hay amores que se vuelven más fuertes cuando, con el paso de los años, aprenden a resistir, dice una hermosa canción que acaba de escuchar el escritor. Sí, a veces hay que dar tiempo al amor para que despliegue todo su arcoíris maravilloso de colores, de sentimientos. Y, entonces, en su plenitud, en la edad ya madura, los amantes sienten que ha sido muy bonito llegar así, a ese lugar calmo y profundo en el que se encuentran...

Al escritor le gusta mucho la letra de esta canción y decide ponerle unas imágenes adecuadas, llenas de romanticismo y luminosidad, incluso se atreve en ellas a hacerle un guiño a su pareja, quizás para compensarla en algo por su ausencia cuando se sumerja en el arduo montaje que le espera.

Ahí va. Se llama QUÉ BONITO LLEGAR ASÍ: https://www.youtube.com/watch?v=Ph3F7hztKPk

Otra señora de más de noventa años acaba de perder a su esposo el año pasado.

–Qué te voy a decir. Llevábamos setenta y cinco años juntos. Éramos, más que hermanos gemelos, unos auténticos siameses. Nosotros somos de los de antes, mi primer hombre y el último. Siempre juntos. Hablo con él todos los días. A todas las horas, quiero decir. Sigue aquí conmigo.

El escritor tiene una novela dedicada a una de estas relaciones de toda una vida. Se llama Regreso al Sauce Curvo. De ahí extrae unos párrafos:


LOS AGAPORNIS.



Los agapornis son unos pájaros vistosos, unos loros muy pequeños, del tamaño de un gorrión o poco más. Bastante gente los tiene de mascotas. Su nombre procede de agape-ornis, “pájaro del amor, o pájaro del afecto”. Viven en pareja, de una forma que sorprende y emociona en un pájaro. Siempre pegados sus cuerpos en el mismo palo, se cuidan, se limpian y se miman el uno al otro por toda la vida. Por ello, también se los llama los pájaros inseparables, son una de las especies animales monógamas por naturaleza.
Las personas no somos monógamas por naturaleza, me digo, ya de vuelta en mi despacho, quizás yo pienso en estos momentos en los agapornis solo para subrayar la importancia de la pareja en el último tramo de la existencia. Aquel en que los hijos se van del hogar, la actividad profesional mengua, o desaparece, al igual que las actividades deportivas, y la movilidad te va atando a los alrededores de tu casa.
Quedan los amigos, es cierto, y algunas aficiones, que han de mantenerse mientras el cuerpo aguante. Pero tu núcleo vital queda concentrado en ti mismo y en tu pareja, si la tienes. Saber tejer con ella una serie de complicidades, de rutinas satisfactorias, de alianzas para lidiar con las limitaciones y con el tiempo, que es una pendiente siempre en descenso que nos llevará, irremisiblemente, al último callejón sin salida, a nuestro invierno final, debería ser asignatura obligada en la academia de la vida.
Hay muchos tipos de pareja, reflexionas, además de este tipo tradicional, al que tú llamas modo agapornis. Hoy en día, hay casi tantas variantes como parejas en sí. Lo cual a ti no te parece mal, si los miembros lo desean así y ambos encuentran recompensa en esa relación.
Inclusive hay parejas a tiempo parcial, o no convivientes, o abiertas. Lo importante es el vínculo preferencial de compañía de cordada, de ayuda mutua y de satisfacción de cada uno con la presencia del otro.
La naturaleza empuja a que la efervescencia de los encuentros de amor erótico/sexuales se vaya espaciando, aunque no tienen por qué desaparecer, también aquí se puede gozar de una serie de variantes en las que acomodarse para disfrutar de esta comunicación esencial y única entre la pareja. Pero sí es cierto que la amistad, el cariño, la complicidad de toda una vida juntos, se convierte en la argamasa principal para no solo sortear, sino para seguir disfrutando del último tranco de la vida.
¿Y qué hacer para que todo esto suceda en tu pareja, cuando llegas a esta tercera o casi cuarta edad? Para empezar, como contestaría el niño sabiondo de la clase, lo primero, sería conservarla, claro. Eso ya sería un buen síntoma de la salud de vuestra pareja. Yo añadiría que, como en todo, unas cosas vienen a continuación y, además, son consecuencia de otras previas. Quiere decirse, que hay que prepararse para ello. Ser consciente de la fase vital en la que estamos, y lo que nos va a suceder después de esta. E ir tomando las medidas adecuadas para ello, claro.
Tenemos la suerte de recordar el camino que siguieron nuestros padres, al que abocaremos nosotros dentro de poco, y un montón de ejemplos de amigos, conocidos o, inclusive, personas anónimas del barrio, como la pareja de viejecitos agapornis con la que nos tropezamos en la calle, para saber lo que nos espera. De nosotros, de nuestra dedicación e inteligencia dependerá en buen grado conseguirlo.
Tú miras a los agapornis. Y piensas en la gran inteligencia que deben de tener para un cerebro tan pequeño. Y, te acuerdas de lo que te decía tu padre.

–A veces, cuando no tienes dónde mirar, miras a los animales y te contestan muchas de tus preguntas.

                                                         
                                                




El escritor se acuerda entonces de sus padres, la semana que viene, el día veintisiete de octubre, habrían hecho 75 años de casados, murieron hace unos pocos. Y de su hermana, que se casó ese mismo día de hace cuarenta y tres. Y quizás de él mismo, que ya lleva treinta y siete. ¡Cuántos agapornis!

Pero, quien diga que todo ha sido cuesta abajo y con el viento a favor, miente. Una señora de unos ochenta y cinco se lo explica muy bien.

–Pues claro que ha habido momentos malos. Nosotros hemos discutido y nos hemos dicho de todo. Inclusive hemos estado a punto de romper varias veces. Y la vejez te produce depresión y desánimo. Y las limitaciones y los achaques, mala leche. Y ver a tu pareja en sus malos ratos encienden los tuyos. Lo importante es que se conserve esa devoción, ese sentimiento de que estáis unidos para siempre. Contra viento y marea. Yo creo que eso ahora no se lleva. No aguantan nada. En mis tiempos nadie pensaba en romper. Alguna vez te quejabas a tus padres de que no te entendías con tu marido y, ¿sabes lo que te contestaban? A nosotros no vengas a quejarte, vuelve a tu casa y arreglaros.

Sí, el escritor conoce esos momentos de desencuentro, de frustración y pesimismo. Rescata algo que escribió en uno de ellos, ya en esta última etapa del camino.

CANSANCIO

Había aquella magia
tierna y azul…
Pregúntaselo a la luna,
siempre muda,
sabe de lo que hablo.

Había aquel corazón
que latía a borbotones
con el pálpito de los comienzos…
Pregúntaselo al sol,
cálido y lejano,
sabe lo que pienso.

No me digas que estoy ido,
ajeno a la realidad,
cuando me sorprendes,
con la mirada perdida,
en la ventana lluviosa y gris.

Vivo como puedo,
me mantengo prendido
de unas briznas de aquel aire…
Pregúntaselo al perfume de las rosas,
marchitas y derrotadas,
que ya no están.

Apenas me mantengo a flote,
navego en los reflejos de aquella luz,
de aquella inocencia luminosa,
sobre este mar de cansancio,
que desemboca
en ese océano inmenso
de decadencia
que nos espera.

Las horas se repiten,
como los errores,
los días van llenando de herrumbre
los orificios de las venas.

Me agarro a mi mente,
ese almacén donde guardo
todos los álbumes
de aquellas fotos
que nos hicimos.

Me sumerjo en ellas.
Son como un corazón,
infantil y alegre,
todavía sin estrenar.

No me digas
que estoy siempre en las nubes.
Yo solo quiero
beber de aquellas fuentes de ilusión,
dar cuerda otra vez al reloj
de mi cansado corazón.

Para que no se me pare
en medio del día de hoy.
Para que no se detenga
en mitad de este interminable otoño
de la vida.


Pero, dicen que el amor es como la energía, que no se destruye nunca, solo se transforma. Y, con el paso de los años, la comprensión, el respeto, el perdón, ese resorte íntimo que un día os empujó a vuestra unión es más fuerte que nunca. Al escritor le gusta mucho la música y siempre capta en ella colores, fragancias para su obra. Y está de acuerdo con lo que se dice en esta bella canción, a la que también pone unas imágenes doradas, que no ocultan los momentos malos de entre medias. Pero, hoy, quiere quedarse solo con la alegría y el optimismo de ese amor maduro que es como el vino. Al que hacen tanto bien los años…

Sí, a veces el amor es como el vino. Los años le dan más cuerpo, más consistencia, mejor aroma, más cálido bouquet. Sí, a veces el amor definitivo tarda en llegar, son necesarios muchos tropezones, profundas heridas y notorias cicatrices. Tal vez por ello, cuando llega, cuando lo identificas, emplearás toda tu experiencia en conservarlo y enriquecerlo hasta el final de vuestros días.

Ahí va: A ESTA EDAD SE QUIERE MÁS. https://www.youtube.com/watch?v=a2vYtP0HKjc&list=RDa2vYtP0HKjc&start_radio=1

El escritor entorna los ojos y se acuerda que él celebró a lo grande hace dos años su 35 aniversario de casados. Aunque fue una idea de sus hijos: los llevaron a desposarse de nuevo a Las Vegas en un viaje inolvidable. Lo más bonito fueron aquellos meses de preparación en los que se compraban la ropa y organizaban todos los detalles. Se sintieron como dos novios de nuevo.


Y, desde entonces, el escritor le dice a su doblemente mujer:
–Recuerda que somos unos recién casados. ¡En todo! Y tenemos que comportarnos como tales.


¡Y funciona! – sonríe para sí.
Quizás sea solo la forma que él tiene de seguir regando esa tan delicada flor.

Él le regaló en aquella ocasión un libro de poemas que había ido escribiendo durante todo aquel periodo de tiempo y que se llamó precisamente: Treinta y cinco gramos de oro.

De ahí entresaca uno de ellos que trata de lo que estamos hablando hoy, de lo que hablaban las abuelitas de la fundación: de toda una vida de amor.


TÚ


Si tú no estuvieras un día
volvería a ser pasto de esa nada
que se recrea en los inhóspitos desiertos
que yo tanto conocí,
antes de que apareciera tu sonrisa,
con su cálido antídoto contra la soledad
y la desesperanza.

Te convertiste en mi lanza y en mi escudo.
Y en mi acogedora carabela para surcar
los procelosos mares.
En la dulzura y en la pasión que envuelven
nuestras noches
y en la compañía discreta y abnegada
que retira las piedras del camino
para que yo no me tropiece.

Me contagiaste con tu alegría de campanas.
Con tu luz de amaneceres soñadores.
Con tu fuerza que irradia de optimismo
a los atardeceres amarillos que
empujan nuestra barca.

Sé que fui ungido por la vida
el día que te conocí.
Y que, inexplicablemente,
lejano a todo merecimiento,
lo sigue haciendo cada mañana,
regalándome el gozo de tu presencia.

Ignoro por qué te enamoraste.
Y por qué
me amas tanto y tanto cada día.

Desde hace un tiempo tan largo
que ya sé que no es ningún error,
ningún malentendido,
ni ninguna improvisación.

Vivo así de afortunado,
con el regalo de tener
a mi lado lo que
yo más quiero.
Tratando de demostrarte todo lo feliz que soy,
porque sé, además, que eso es lo único
que realmente te importa.

Mientras pasa la vida,
la nuestra,
y cada vez estamos más juntos,
frente al tiempo inmisericorde
que desnuda de hojas
los árboles de nuestro futuro.

Qué más da.
Nadie me podrá quitar lo que tuve.
Ni nada me podrá hacer olvidar lo que tengo.

Al cielo entero que nos cubre,
lo ha tejido toda esa red de lazos
en la que continuamos enredándonos
y enredándonos mientras, como digo,
se va pasando la vida
como un murmullo
de hojas de calendario
a las que voltea el aliento de tu sonrisa,
que es lo único que permanece inalterable
en este mar incierto que, según dicen,
¡ojalá!,
desemboca en la eternidad.

Ese lugar que tan bien conozco,
y que se enseña en el espejo de tus ojos.
Allí, donde radica ese secreto,
maravilloso e inexplicable,
del porqué un día nos elegimos,
el uno al otro,
y para siempre.



Hace ahora un año, el día del Rosario, sin planificación alguna, el escritor percibió un destello que le recordaba una de las cualidades de su pareja que había permanecido intacta a lo largo de aquellas casi cuatro décadas que llevaban juntos.

Su historia dice así:

CUÍDALE SU SONRISA

Una vez, de novios, hace, no sé, casi cuarenta años, me llevaste a ver a San Valentín. Había nacido cerca de tu pueblo, en las Hoces del Duratón. Fuimos a la ermita donde está enterrado, en una pequeña isla en medio del río, junto a San Frutos.

Allí nos presentamos los dos, con nuestro amor. Buscábamos protección, qué se yo, esas cosas intangibles que uno quiere tener cerca para que su amor dure toda una vida. Pase lo que pase.

Hace unos meses, unos amigos nos llevaron por primera vez a la romería del Rosario, del Villar de Sobrepeña, al lado del Duratón también. Allí, en una ermita doméstica y entrañable, me acordé de aquel lejano día y quise captar ese recuerdo. Soy un desastre, me había dejado el móvil en Madrid. Así que tuve que pedirte el tuyo. Con él te tomé unos planos improvisados, mientras que el cura nos animaba a que pidiéramos lo que más quisiéramos a la Virgen del Rosario.

Mientras grababa, me di cuenta. Tenías la misma sonrisa que en aquel lejano día ante San Valentín. Nuestro santo había hecho su trabajo y había mantenido en nosotros la esencia de aquel amor primigenio. Sólo le pedí a la Virgen que siguiera haciéndolo. Que continuara la obra de San Valentín: seguir cuidando de tu sonrisa. Y que yo supiera alimentarla para que nunca la perdieras, como no lo habías hecho en todo aquel tiempo. Los santos hacen milagros que a los humanos nos sobrepasan.


Sí, yo solo puedo contarlo: busqué aquellas imágenes de aquel tiempo de San Valentín y las mezclé con estas otras de la romería del Rosario. Casi cuarenta años entre ambas.

Toda una vida. Sí, toda una vida juntos. Aunque el mérito no sea solo mío, sino de San Valentín. O del Duratón y sus secretos, qué se yo. ¡Y qué más me da a mí, me digo en mi interior! Aquí continuamos, los dos juntos, tras todo ese tiempo, que es lo importante.

Brindo hoy para que sigamos muchas décadas más. Uno al lado del otro, siempre. Sí, nada me gustaría más. ¡Porque así sea!

VIDEOCLIP “CUIDALE SU SONRISA”: https://youtu.be/NeFRk5QYSY4

Otra viejita le dice al escritor.

–Lo importante a esta edad es que, sin que nos engañemos, sepamos dotar a los recuerdos de nuestra vida juntos de un aura de pareja especial y única. Aunque no lo seamos. Pero, ¿por qué vamos a vernos a nosotros mismos con las gafas sucias y no con un poco de cariño y de orgullo de todo lo.que hemos vivido uno al lado del otro? El agradable poso de estos recuerdos será una brisa suave de viento para empujar nuestro barco cuando lo sintamos algo empantanado en mitad del lago de la vida.

Sí, eso mismo piensa el escritor, ¡si fuéramos capaces de mirar todo el resto del tiempo que nos queda juntos con el mismo amor, con la misma ilusión que aquella que sentimos cuando nos elegimos el uno al otro para siempre, sería una forma excelente de regar esa flor tan delicada de nuestra relación.

Hay una canción que empieza precisamente así: “Sigo viendo todo con los mismos ojos…”. Para celebrar su último cumpleaños, el escritor le puso imágenes, y le hizo este regalo a su mujer. Hoy vuelve a hacérselo, para compensar, como digo, los duros días que vienen, en los que estará pensando en otras cosas.

Ahí va este bellísimo tema que habla de esa luz, de ese vínculo especial que une a toda pareja que se eligió una vez para toda la vida.

LUZ: https://www.youtube.com/watch?v=BkEJPAXKWI0

Y el escritor se acuerda de este poema, también de "Treinta y cinco gramos de oro", que habla también de esto.



HOY COMO AYER.

Tu sonrisa me seduce,
alegría y luz que sube a tus pupilas,
y a las mías, al verte.
Me seduce la armonía de tus labios.
La música de lluvia que cae sobre la tierra húmeda
que me trajeron tus pasos, me seduce.

Me seduce cuando caminas a mi lado
y vemos el mismo mundo
de forma tan diferente que nos hace reír.
Me seducen tus ojos chispeantes y risueños,
verte feliz me seduce,
acompasar nuestro paso.

Me seduce ver pasar los años contigo.

Amarnos por el día, me seduce,
con nuestras pequeñas cosas y nuestras rutinas.

Me seduce tu amor de noche,
cuando creamos nuestro mundo de dulzura y pasión,
bajo las estrellas que nos miran,
tu amor me seduce.

Me seduce ese mundo de recuerdos
de todo lo que hemos hecho juntos,
envejecer contigo me seduce.

Me seduce pensar en ti,
en tu compañía,
vivir los días que vendrán, me seduce.

Simplemente te quiero decir
que me seduces tú.
Como la primera vez que te vi,
como ayer,
como siempre,
me seduces.



     El escritor le agradece a todas las personas mayores que ha conocido en la fundación y que le llevan varios lustros en el camino de la vida y, por tanto, le merecen todo el cariño y respeto, que hayan traído a su mente estas reflexiones y estos recuerdos en este día plomizo, lluvioso y gris del otoño. Todos nos enriquecemos unos a los otros al contarnos nuestras experiencias y nuestras esperanzas.

Porque el amor, se dice el escritor, puede tener edades, pero su tiempo es siempre el mismo: eterno.

¡Porque así sea!










viernes, 16 de octubre de 2026

EL PODER DE LA MÚSICA (y II) (PARA EL PROYECTO “DESTELLOS”).

 



El escritor acaba de terminar sus tres días de rodaje seguidos en la Fundación Alicia y Guillermo. Todavía le queda uno y luego toda la labor de postproducción: montaje, músicas, etc., ya para noviembre, el ICAA nos espera para calificar antes de fin de año.

Han sigo jornadas largas, por momentos extenuantes, vamos, que ha acabado molido, máxime cuando todavía no ha cogido su estado de forma habitual. A veces se pregunta qué hace él al frente de un equipo donde hay pipiolos de 24 y 29 años que no se cansan jamás. No debe quejarse, él se lo busca y él se lo tiene que cocer, como le dice su mujer.

Pero le quedan en el zurrón tantas experiencias que no cabrían hoy en este destello. Se acuerda del grupo de Sevillanas, cien por cien mujeres, “¡por fin un hombre se atreve a entrar aquí”, le dicen, luego se abrazan a él y se hacen esta foto entrañable juntos:







Y Lula, la profesora: “la música lo es todo para mí, me acaricia el corazón. Y, cuando bailo, mente y cuerpo se llenan de una armonía conjunta y única”. También hacen ritmos latinos. Cuando las ves, te llenan de alegría y, como les dice el escritor, ¡hasta te inundan de juventud!

Se acuerda, cómo no, de Adolfo y sus canciones del recuerdo. Cuando entraron a grabar en su clase estaban cantando Suspiros de España, https://www.youtube.com/watch?v=V438C9AIakE
“Quiso Dios, con su poder
fundir cuatro rayitos de sol
y hacer con ellos una mujer…”

–¿Adolfo, qué significa la música y los recuerdos para una persona mayor?
–Los recuerdos lo son todo. Puedes no acordarte de lo que has comido hoy, pero recordar perfectamente el primer beso que diste. Y la música facilita esos recuerdos.

Una señora de ochenta y tantos, entorna los ojos y se acuerda también de su primer beso. Debía ser muy joven cuando lo dio, cuando lo recibió.

–Ah, el primer beso…. Yo estuve después enjuagándome la boca sin parar, quitándome su saliva. Pensaba que, a lo mejor, podía quedarme embarazada... No sabíamos nada de nada, nadie nos hablaba de estas cosas, pero sentíamos el amor, quizás más que ahora…

El escritor siente una ternura infinita por esta mujer que va por delante de él varios lustros en la carrera de la vida.

La música y los recuerdos… A veces, los recuerdos también son dolorosos: las heridas del amor… El escritor recuerda lo que escribió para “Los mejores 101 momentos de amor”

LA MONEDA

Siempre se me dieron bien las palabras. Y a ti los gestos. La felicidad es un arma de doble filo. Yo me escondo tras el sonido melodioso de las palabras. Tú pones tu espalda contra la pared.
La vida es una moneda de dos caras: pasado y futuro se dan la espalda. Y el presente es sólo un delgado canto que los separa por el medio.
Sí, siempre se me dieron bien las palabras. Y a ti los gestos. Tú no te acercas al teléfono. Ni yo te llamo. Echo la moneda en la máquina. Suena tu canción. Y las palabras son como navajas.
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La música a veces se alía con el corazón y empuja a los oyentes hacia la pasión, hacia el embrujo que palpita en una pareja que se busca, una noche cualquiera.

El escritor recuerda aquello que escribió un día:

TAL VEZ SEA LA MÚSICA.

Sí, tal vez sea la música. Y sus compases que nos unen con los resortes ancestrales, íntimos, irresistibles, de la atracción mutua. De la juventud y de la alegría.

Tal vez sea la noche. Que difumina los contornos de las cosas. De nosotros mismos. Hasta hacernos más tenues, más difusos. Fundiéndonos en las sombras donde la ruleta del casino reparte las cartas de la vida. Y del amor.

Y el saxo reverbera por los ángulos, llenos de sombras y de un aroma entre el alcohol y el fuego que crepita, de ese espacio que nos acerca.

Tal vez seas tú. Que pones letra, en mis ojos y en mi corazón, a ese solo lánguido y eterno de guitarra, que busca sus compases entre tu pelo.

Tal vez sea yo. Que navego, de nuevo, por las ondas de la noche, persiguiendo esa estela misteriosa de la música. Plena de ecos, de resonancias.

Sí, tal vez sea solo la música. Que nos llama. Que me llama. Golpeando con sus nudillos inocentes y eternos en las entretelas del corazón.

Mientras la noche, y su misterio, llenan de sombras, y de un ritmo dulce y cansado a la vez, ese tiempo cadencioso, interminable, eterno, que es el necesario reverso de tantos lúcidos momentos del día.

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Ah, la música, la música… y su poder anestesiante, ilusionante, la música que te envuelve y te lleva a la belleza de la vida….


Música del corazón

    No sabes qué tienen esos acordes que se han colado de rondón en el coche. Se te antoja que se acercan, y de qué modo, a la cadencia con la que se mueve íntimamente tu corazón. Debe ser la música con la que bailan emparejados, abrazados como enredaderas, tus deseos con sus correspondientes esperanzas.

    Sí, tu corazón se agita y se emociona. Son las burbujas de cuando una vez fue feliz. La chispa de tu vida, que no se ha apagado como creías. Que vuelve como una luz que emerge en estos momentos de oscuridad, de desconsuelo, de tristeza y de desvarío.

    No siempre el tiempo fue un callejón sin salida. Ese lugar donde duermen los perros huérfanos de cariño y errabundos de horizontes.

    No sabes por qué esa música se alía de una forma definitiva con este día de marzo. En el que el sol se estira más que nunca. En el que los almendros se visten de organza. Y de espuma. Y de una blancura que llena de luz, de un resplandor invencible, que llega hasta los lugares más recónditos y oscuros. Para llenarlos de una paz y alegría nuevas. Y de esa esperanza que llena los pulmones, los espacios, de un aire tan puro. Y reconfortante. Y nuevo.

    Son los acordes de aquella vez que te llevaban tus sentimientos en volandas por la calle. ¿No los recuerdas? Siempre han estado ahí. Enterrados bajo los pesados escombros de este invierno opaco, mugriento, vacío. De este tiempo desnortado, infame, que arrasa, que pringa de negrura, todo cuanto toca.
Es la música del corazón, cuya melodía retumba por los sótanos profundos, y amordazados, y callados de tu interior.

    Hoy una sintonía caprichosa del dial de la radio la ha subido a tu superficie. Y te agarras a ella como náufrago a una tabla única y salvadora.

    En este océano de infortunio y de tristeza, tú sonríes mientras despliegas tu vela blanca, henchida por el aire de esta extraña mañana, con la música del corazón, que es como un escudo poderoso, inocente y renovado, para vencer la desesperanza.

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El escritor es un amante de la música. Tras la literatura y el cine es su tercera gran afición. Inclusive trató de tocar la guitarra de joven, su padre la tocaba de oído, era músico de la rondalla de El Sauce Curvo, pero la falta de tiempo hizo que no progresara mucho. También se compró, ya de casado, un piano /órgano electrónico e hizo un curso por correspondencia. Llegó hasta donde llegó, claro.
Hoy en día, ambos instrumentos están arrumbados, esperando que alguien pulse en ellos una melodía, el escritor se promete atenderlos un año de estos.
Ahora es solo un amante pasivo de la música. Solo la escucha. La disfruta. ¡Qué bien!

Por la mañana el escritor necesita la música. Para levantar el vuelo. Para dorar de magia y de luz el arranque de cada día. Porque hay días que cuesta arrancar, ilusionarse, superar la inercia de la rutina que lleva al hastío. El escritor tiene sus gustos, acrisolados en el tiempo. Y siempre vuelve a sus orígenes, a aquellos autores que siempre le engancharon.
Hoy vuelve a Zucchero. A Diamante. Ese himno lleno de fragancias. De luz de domingo. Con el que pretende convertir este martes en algo especial. Mientras resuelve unos temas con Hacienda, ¡por Dios!, no hay cosa que le avinagre tanto, que le deprima tanto, pero no queda otra.
Siempre cuando tiene algo tedioso, piensa en el homenaje que se dará después. Hoy será pensar en los detalles del próximo viaje, ya falta poco, que hará a Italia. Ah, Italia, Italia... Allí pasó él parte de su luna de miel en aquel viaje especial, muy peculiar, e inolvidable. Y, antes del viaje, una escapada a Alicante, el escritor ya no puede más, necesita cambiar la decoración de su paisaje, abrir las ventanas, respirar nuevos aires, ver el mar...
Sí, la música siempre fue un calmante para él. Y un revulsivo. Un revitalizante para acometer el día a día con ilusión.
Ha escrito muchas cosas sobre la música. El escritor piensa que ya tiene una edad en la que puede sacar de la chistera de su obra, y de su vida, tantas palomas como necesite para dorar de luz el horizonte de este martes, de cualquier martes, inhóspito y cabrón, que aparezca en su devenir cotidiano.
Hace muchos años escribió este QUEDARÁ LA MÚSICA, que hoy relee como si tomara droga dura para levantar el ánimo de esta jornada nefasta, a la que acompaña, para que surta más efecto, con esta maravilla de DIAMANTE. Música, Italia... ¿Qué se puede pedir más?
Ahí va este brillante destello: https://www.youtube.com/watch?v=82rSzyJ5SDU.
Y, después de disfrutarlo, el escritor se sumerge, hasta contento, en sus papeles con Hacienda.


QUEDARÁ LA MÚSICA

Después de cenar íbamos a dar un paseo cuando nos embargó el sonido de la música. Nos llegó reverberando entre las columnas, los espejos, el murmullo de la gente deambulando por el lobby del hotel.

Era una música en vivo y, mientras saboreábamos un par de combinados, tú observabas a las parejas que bailaban. En esa noche de alegría, de despreocupación, de vacaciones. Y me apretabas el brazo, como sé que lo haces cuando estás contenta.

La orquesta, quién sabe por qué, me recordó de golpe a la del Titanic. Dentro de no muchos años no quedaría nadie de los que allí estábamos. Dónde iría toda aquella alegría, la complicidad de los cuerpos, las caricias y los besos de todas aquellas parejas, que continuarían, luego, mucho más apasionadas, sin duda, al otro lado de las puertas de las habitaciones. Todo aquel barco se estaba yendo ya a pique, escorándose lentamente hacia el abismo. Los únicos cuerdos debían ser los músicos de la orquesta que tocaban «El último vals» y nunca abandonarían la nave. Estoicos y escépticos, mientras les llegaba el agua a la rodilla.

Sí, sólo quedaría la música de aquella noche en el recuerdo submarino de todos nosotros, pasadas unas décadas. En el silencio eterno que sólo recorren los peces.

Tal vez porque me viste triste, me apretaste el brazo un poco más: «Venga, vamos a bailar».
Sí, al final sólo quedaría la música de aquella noche. La fragancia de tu cuerpo entre mis brazos. Y el susurro de tu aliento en mi oído: «Sabes que te querré eternamente».

Entonces me pareció que el músico del violín sonreía. Yo ya lo había visto antes. Aunque dónde, cuándo.

A veces, pienso que ya he estado en los sitios, que todo es una repetición de algo ya vivido. Por eso me acerqué al músico del violín: «¿Qué es todo esto?».

Él me sonrió de nuevo y se acercó al micrófono: «Y como despedida, esta balada de Celine Lion: “Mi corazón seguirá”».

Sí, al final del final sólo quedará la música.

Y las estrofas que un día llenaron nuestro pecho bailarán entonces en las ondas que producen los peces: «El amor puede tocarnos una vez. Y durar toda una vida. Pase lo que pase, mi corazón seguirá…»

A veces, no sabes por qué, ves a tu pareja, o te ven a ti, llorar de una forma extraña. En una noche llena de alegría, de despreocupación. De vacaciones.

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Ah, la música, el amor, ese regalo de la vida, cuando lo encuentras para siempre.

Al escritor el destino lo sigue castigando en Madrid, hay previsiones de diluvio en Alicante este fin de semana, pero hoy se siente afortunado, oye a su mujer por ahí preparándose para salir, le ha dicho que ha elegido una película de amor, de parejas,...

La casualidad hace que, en la espera, le llegue este destello que es como un sencillo chispazo de alegría, de amor, de vida, y, por un momento, la música le hace que se olvide del mar, y del cansancio y del trabajo ingente por hacer y le lleve a una tarde tranquila, a una cena íntima, a una película con tu pareja de siempre y siente que hoy no puede pedir nada más.

Ahí va este regalo de un amor para toda la vida envuelto en la voz única de Carla Morrison, que al escritor le conmueve esta tarde sobremanera.

https://www.youtube.com/watch?v=eFWUnHJWwCg


jueves, 8 de octubre de 2026

EL PODER DE LA MÚSICA

 

El escritor acaba de venir de una visita a la Fundación Alicia y Guillermo. La semana que viene ruedan con él de director de martes a jueves allí y en sus alrededores. Está asistiendo a la mayor parte de sus actividades  para que le conozcan y explicarles brevemente lo que van a hacer.

Hay un taller que se llama "Canciones del recuerdo", desde que lo vio en la programación le interesó. La música y su atracción, que tan bien conoce.

Tienen un profesor, un voluntario,  también mayor, pero energético, Adolfo. Nada más conocer al escritor le suelta:

–Aquí donde me ves, voy a llegar a los 120 años. 

–¿Cómo? –acierta a responder el escritor, que no está ni siquiera recuperado todavía de la ITV que acaban de hacerle a su viejo y vivido corazón

–Pues vente a mi otra clase de "Revertir el envejecimiento" –le dice–  Allí  doy las claves de todo.

Al escritor, Adolfo le cae bien. Sabe que viene con su guitarra desde lejos, enlatado en el metro:

–Voy a tener que dejar mi guitarra aquí y no quisiera porque a ver qué hago yo sin ella, pero cualquier día nos espachurran a lo dos en esos vagones que van como cuando éramos jóvenes, en los setenta.

Una vez en clase, acaricia los acordes, una docena de personas mayores rodeándole en círculo y el escritor deseando que comience este rito de la música.

–Vamos a empezar con esa que conocéis todos. ¿Os acordáis de Antonio Machín, verdad? Sí, esa, una de las más famosas: "Angelitos negros".

Y el grupo de alumnos, con su edad a cuestas, se entonan y, mirando la letra en el móvil, parece otro coro de angelitos más, o así los quiere ver el escritor, que hasta se anima, la verdad es que siempre le gustó cantar, a unir su voz a las suyas.

Esa comunión de voces, esa comunión de recuerdos, el padre del escritor, al que también le gustaba cantar, la entonaba mientras iba segando una mano en la mies y la otra en la hoz bajo un sol abrasador, es lo que más conmueve al escritor.

–Yo con la música hago sicología con mis alumnos –le había dicho Adolfo.

Cuando termina la canción, Adolfo pregunta qué les sugiere este tema a sus alumnos: la discriminación a los negros, las políticas antiinmigrantes, el acoso y el bulliyng, van desgranando uno a uno, la verdad es que el poder evocador de la música es inmenso.

Luego se arranca con "A mi manera" que popularizó, sobre todo, Frank Sinatra.

–Es una canción de despedida –les explica Adolfo–. Un resumen de la vida que ha vivido uno. Frank estaba enfermo y la cantaba con todo sentimiento. ¿Vosotros ya pensáis que habéis vivido vuestra vida?

–¡Nooooo! –gritan a coro las viejitas, no hay ni un solo hombre. Bueno, está el escritor que no es propiamente del grupo, pero grita con más fuerza si cabe esa negativa en redondo al fin de la vida.

El escritor sale de allí citándose con esas canciones del recuerdo la próxima semana, pero ya en plan profesional, con todo el equipo. 

–¡Dios mío, les vamos a invadir como a los de Ceuta! –piensa para sí el escritor imaginando los cables, las luces, las cámaras, las pértigas y cinco tíos por allí pululando por todos los sitios y cambiándolo todo de lugar.

Sí, el poder de la música. El escritor lo conoce bien. Él, por las mañanas, cuando se afeita no pone la radio, sino una selección de canciones al azar. Le estimulan, le alzan la moral, le hacen más sensible al mundo, a lo que le rodea.

Ha escuchado muchísima música en su vida. Pero, le pasa igual que con la literatura, que ha leído también mucho, pero sin orden ni concierto. Y, en el fondo, lo prefiere así, es como si tú pretendieras ordenar el tiempo y las estaciones y el día que va a hacer hoy, qué aburrimiento. Él prefiere la improvisación, la sorpresa, ver qué tecla de tu interior toca ese piano que suena hoy.

Ayer, de casualidad como digo, él escuchó una canción que hablaba de todo lo que él acaba de pasar. Este hermosísimo tema recoge los pensamientos de un hombre profundamente enamorado de su esposa. Piensa que puede morir mañana. Y no le importa hacerlo, si es mirándose a los ojos y cogido de su mano. La esperará en la otra vida para seguir allí tan enamorados o más que en esta.

"Si todo se acaba". Sí, todo se acabará un día. El escritor le pone unas imágenes a esta hermosa canción, cuya letra bien pudiera haberla escrito él mismo hace tres semanas.

Ahí va: SI TODO SE ACABA: https://www.youtube.com/watch?v=NmTBLJ0m6s8

Y la incluye donde debe estar. En el destello llamado: GRACIAS A LA VIDA: https://eldiaquefuimosdioses.blogspot.com/2026/09/gracias-la-vida-para-el-proyecto.html




sábado, 3 de octubre de 2026

MIRANDO AL MAR MIENTRAS LLUEVE A CÁNTAROS (PARA EL PROYECTO "DESTELLOS")

 


MIRANDO AL MAR

“Mirando al mar soñé que estaba junto a ti...”, decía una vieja canción. Y yo me encuentro en mi despacho donde escribo, mirando la lluvia que no cesa. Y preguntándome qué he hecho yo para merecer esto, como se decía en aquella también vieja película de Pedro Almodóvar, de cuando hacía buen cine, hace mil años ya.

Sí, el castigo ha caído sobre mí. Tenía unos días reservados en mi agenda, a base de apretujar mis tareas en los días previos, para irme a cargar las pilas mirando el mar y soñando cosas bonitas y motivantes a su lado, en nuestro refugio de Alicante.

Pero ya todo es papel mojado, nunca mejor dicho, empapado, añadiría yo. Incluso he leído que las autoridades han enviado un ES-Alert para que llevemos cuidado y no nos acerquemos a la costa levantina ni por asomo

Así que no me queda otra que mirar la lluvia, cómo limpia y embellece todo cuanto toca, pero, también, cómo destroza a mis petunias alfombrando las terrazas con sus pétalos coloridos e inocentes y zarandeando sin piedad a los árboles de la urba.

Y eso que a mí no me disgusta la lluvia, es más, me parece hermosa, poética, sugerente y necesaria. Cuántos ratos me pasé de niño embelesado cómo se esparcía por los cristales. Tengo una novela, la primera que escribí, El día que fuimos dioses, donde llueve casi tanto, o más, que en el diluvio de Noé y a mí me parece que es una de las más bellas que he escrito, ahora hace quince años que se publicó, Dios cómo pasa el tiempo, tendré que hacer algo urgente para su conmemoración. Otra tarea más, aunque agradable.

Lo que pasa es que esta lluvia en concreto me separa de mi mar, ese paraíso idílico en el que yo me pierdo, me busco y, por fin, me encuentro.

Así que no me queda otro remedio que sentir su luz que entiendo tan bien, y su azul, su añil, su verde y la oscuridad sugerente y poética que lo envuelve por la noche, mientras releo todo lo que he escrito sobre él, sobre sus playas que es el paseo que más me gusta y sobre el estremecimiento que te produce cuando te abraza, cuando te muestra toda su verdad.

Ah, el mar, el mar… quién pudiera hoy estar allí.

Yo, un chico de pueblo, y de secano, tardé mucho en ver el mar.

Lo cuento en “LEJOS DEL SAUCE CURVO”:

Llegó diciembre y yo no había cogido vacaciones en el banco por aquel medio año que llevaba trabajando, así que me dieron los quince días que me correspondían. No en Navidad, claro, sino del uno al quince, para que no se me olvidara que yo allí era el último, por edad y por antigüedad.
Ya he dicho antes que, casi a mis dieciocho años, yo no había visto todavía el mar, casi me da vergüenza decirlo. Hoy, un chico a esa edad, del mar lo conoce todo salvo el fondo donde está el Titánic.
Eran otros tiempos, a mí me hizo una ilusión tremenda coger el tren Costa Brava, ¡qué nombre tan bonito y exótico, por Dios, me decía, ilusionado! Salía de Atocha a las nueve de la noche y llegaba a Barcelona a las nueve de la mañana del día siguiente, donde mi padre tenía unas tías que me enseñarían Barcelona y sus alrededores.
Nunca olvidaré cuando, al amanecer, descubrí la luz del mar, y sus olas, de un azul dorado, casi salpicaban el Costa Brava que circulaba, paralelo al agua, por el litoral de Tarragona. Fueron unos momentos mágicos e inolvidables. Dignos de haberlos vivido.
¡Solo por ellos merecía la pena haber cogido todos los días el metro para ir al banco y a la universidad!

Con el tiempo, el mar, la añoranza de él, lo fue convirtiendo en un paraíso lejano al que desear volver. Y más en las estaciones lejos del verano, donde sus playas están abigarradas de gente y es muy difícil entrar en la intimidad de sus aguas, sus arenas y sus luces.



DÍAS DICHOSOS EN ALICANTE


Cuando el escritor se dispone a plasmar en literatura estos días navideños, al sol de las playas de Alicante, para este blog literario y personal, se acuerda del libro de memorias del gran Umbral: "Días felices en Argüelles". Lo que pasa es que el escritor no se atreve a titularlos así, aunque así los sienta. La felicidad es una liebre asustadiza que, de vez en cuando, corre a nuestro lado y, en un tris, desaparece tras los arbustos. Él no quisiera que estos días desaparecieran de su recuerdo y, mucho menos, que se asustaran por el uso de ese adjetivo tan rotundo de "felices" y tardaran en volver a aparecer.
El escritor viaja en coche con su mujer y sus hijos, ya mayores, que tienen, desde hace tiempo, sus propias parejas, pero que, por diversas carambolas del destino, quieren pasar unos días de estas navidades con sus padres. Y, ellos, encantados, claro, mientras quieran estar con sus papis y estos no interfieran en las vidas de sus hijos. El escritor sigue un viejo consejo que alguien sabio le dio una vez: "Para llevarte bien con tus hijos, tú, boquita cerrada, y cartera abierta". Y él añadiría: "Y que se sientan protagonistas".
El padre del escritor, muy sabio en casi todo, no llevaba bien, sin embargo, eso de ir en el asiento de atrás del coche. "Cuando te relegan al asiento de atrás, malo" le decía. Al escritor, por contra, no solamente no le importa, sino que lo prefiere. Ir él y su mujer relajados en la parte de atrás del auto, contemplando el paisaje, que es como ver pasar la vida, se dice, mientras piensa que envejecer es cada vez más mirar, reflexionar, recordar, aconsejar, dejando la acción para los más jóvenes, los protagonistas del futuro. Así que él hace una parte del trayecto y el resto se lo reparten sus dos hijos, encantados, además.
El escritor tiene un coche grande, muy aparente, un todoterreno negro de alta gama y marca de élite. En su época de financiero se lo prestaba su empresa como vehículo de representación, él, un chico ahorrador y de pueblo, nunca hubiera hecho ese dispendio. Cuando llegó su jubilación llegó a un acuerdo muy favorable con su empresa y ahora se pasea en él y, sobre todo, contempla, orgulloso, cómo disfrutan sus hijos, domándolo, y disfrutando de un vehículo más completo que sus utilitarios. Tal vez eso les incentive, piensa él, a pencar y pencar, para perseguir sueños y ambiciones que conllevan, también, sus correspondientes zanahorias. Como él hizo.
Alejarse de Madrid es alejarse de los problemas cotidianos. Y una persona sin problemas desarrolla buen carácter y un sentido del humor reconfortante y agudo. Así que todo son bromas y buen rollo dentro del coche. De vez en cuando, los jóvenes ponen música de ahora y los padres se dan cuenta que es maravilloso estar cerca de los jóvenes, el problema es que los jóvenes quieran estar cerca de los viejos, claro. Pero estos días están de suerte.
Al escritor le gusta pararse a comer en carretera y dejarse llevar por la improvisación. No tiene sitios predeterminados, eso que viaja con frecuencia por la A-3. Viajar es incentivar lo inesperado, lo sorprendente. Ello te sacude de la modorra de tu vida rutinaria en la gran ciudad, despierta tus sentidos y te hace rejuvenecer.
En la comida, el escritor y su mujer se interesan por los planes de sus hijos para el año próximo. No hay nada que les guste más a los hijos que hablar de lo que quieren hacer y que sus padres les escuchen, a ser posible sin opinar con esos juicios, que los hijos ya se saben de sobra. El escritor se piensa a sí mismo de joven, cuando tenía una edad parecida. Sí, envejecer es vivir dos veces.




Llegan al mar. El mar, piensa el escritor, nos recoge como afluentes suyos. Como ríos que vierten sus problemas en él, y nos despoja de todos los caparazones con que nos hemos ido vistiendo en la gran ciudad. Al escritor, ni muy playero, ni tampoco deportista del agua, bueno, ni de la tierra tampoco, lo que le gusta es mirarlo, pasear por su cinta de espuma que choca con la arena de la playa, con los pies refrescándose en él, sorprenderse con los rayos de la luna surfeando de noche en sus rizadas aguas y dejarse llevar por su inmensidad, por la inmensidad de su belleza, quiere uno decir.
Así que nada más llegar y dejar las maletas, se van al Paseo de El Albir, por esa primera estampa del mar, atardeciendo ya, hubiera merecido la pena este viaje, piensa. Con el paso de los días, sin embargo, el mar llega a ser también rutinario y anodino. Pasa como cuando compras un cuadro hermoso que te gusta, los primeros días no haces más que mirarlo, luego, quizás, ya ni reparas en él. Por eso él ama esos viajes cortos, de unos pocos días, como este, donde el embrujo del mar no pierde efecto.



DÍAS DICHOSOS EN ALICANTE (2)


Al escritor le gusta mucho, cada vez más, venir a pasar unos días a esta casa de Alicante. Se relaja y renueva en ella. Es amigable, acogedora. Está en una urbanización a mitad de camino de Altea, Alfaz del Pi y El Albir. Son unas casitas bajas de máximo dos alturas, unos bungalows, como dicen los ingleses, con una pradera a su alrededor, piscina, tenis y un club social para hacer barbacoas, celebrar cumpleaños y ver partidos de fútbol.
Al escritor, de todo esto, lo que más le gusta es la tranquilidad, el silencio que se respira por la noche, la silueta de los tejados rojos que ve desde su terraza (él vive en un segundo) y la escalera de montañas que se dibuja enfrente y que acompañan al promontorio del faro de El Albir. Esta ausencia de ascensores, de bloques altos agresivos, de tráfico, es lo que él busca. También, la sencillez de una casa escueta, con lo imprescindible para vivir. El escritor ha ido recargando su casa de Madrid, quizás porque nació y creció en una época de escasez. No le gusta tirar nada. Siempre encuentra, claro, pero, también, la presencia de tantos ornamentos, recuerdos, etc., no deja de agobiarle. Así que su mujer y él se juraron que, en esta casa de vacaciones, tendrían solo lo imprescindible. Y, quizás, piensa el escritor, ahí radica una de sus fuentes de la dicha que proporciona.





No tienen internet, ni ordenador, ni teléfono, ni buzón, no lo abren, quiere uno decir. Una cama grande y cómoda, una ola brava y azul hecha de azulejos llenos de vida en el baño principal, una cocina pequeña y coqueta, un salón con lo justo y con un par de cuadros marinos, una habitación de invitados con su cuarto de baño y una terraza hermosa y espaciosa, eso es todo. Una escalerita exterior entrañable, de piedra, para subir a ella y unos arcos en la fachada completan su imagen. Todo muy sencillo, básico. La compraron hace unos años, para cuando sus hijos les dejaran para hacer su propia vida, un apartamento de pareja, para envejecer juntos. Con una estación de tren a cinco minutos, para cuando se les haga duro ir en coche desde Madrid.




Casi siempre van solos, el escritor y su mujer y, algunas veces, sus hijos con sus parejas. Han cogido la costumbre de ir juntos los cuatro en Navidad, pero, probablemente, esto no dure. De ahí que estos días, padres e hijos de vacaciones, también hayan tenido un aroma de despedida. Por ello, todo ha sido humor, bromas y disfrutar de estar juntos.
El escritor sonríe al recordar los mensajes que se ponían en los cristales húmedos del coche. Ve una foto con el dirigido a su hijo pequeño, inmerso en exámenes para el CFA y para el proceso de selección para hacer un MBA en una prestigiosa universidad europea. Tardará mucho en volver por aquí. Es la vida, y su oleaje, piensa el escritor.





Y ratos sencillos e inolvidables, desayunando, por ejemplo, como éste que recoge este vídeo que, tras pedir permiso a su mujer, que es la discreción en persona, ilustra estas memorias literarias.
https://www.youtube.com/shorts/G8fg0kh9-i8
O ese día que fuimos a comer a un conocido restaurante de la Plaza de la Catedral de Altea, El Café de los Artistas. Antes de llegar, unos ingeniosos aprendices de paparazzi nos robaron a mi mujer y a mí una foto, sin que nos diéramos cuenta. Uno se acercó, con ella impresa en un símil de papel de periódico. Le eché un rápido vistazo y sonreí. “Podríamos hacerles otra a toda la familia, miró a nuestros hijos que nos acompañaban, en un posado como Dios manda, aquí, en el mirador.”
Nos miramos entre nosotros. “Es la voluntad, señor. ¡Vamos, es Navidad!”, nos animó. ¡Cómo no ser generoso con ellos, pensamos nosotros, es Navidad!




El mirador y el mediodía, sobre las playas de Altea y de El Albir, con su impertérrito faro al fondo, nos lo agradecieron con esa luz que todavía conservamos en nuestra retina. ¡Es Navidad!


Momentos felices de vacaciones.
El escritor se pone nostálgico. La nostalgia del mar, sin duda. Como la de hoy bajo este día plomizo, lluvioso y gris del otoño de Madrid. Así que sigue leyendo sobre el mar.



DÍAS DICHOSOS EN ALICANTE (3) – LA PLAYA DEL PARAÍSO


Una noche se toparon en Cala Finestrat con Papá Noel repartiendo sus juguetes entre los niños. Estaba metido dentro de una burbuja, junto al mar gris y el cielo azulado de la noche.
El escritor se acuerda de cuando era niño y se dormía, la víspera de los Reyes Magos, con la mente llena de alucinaciones y con ganas de despertarse al menor ruido de los camellos. Mira que ha pasado tiempo, se dice, pero es el mismo brillo el que detecta en las pupilas incandescentes de tantos pequeños de hoy. La ilusión viaja sin arrugas a través de los años, porque solo es el fruto de la pureza de los sueños. Y los mayores, que ya llevamos a nuestra espalda, una decena de trienios ejerciendo de Reyes Magos, no dejamos de regocijarnos por dentro siendo testigos de esta ilusión que se nos muestra al lado del mar.





Al día siguiente el escritor y su familia se desplazan a Elche. Su hijo quiere conocer esta ciudad. Nos explica que está en conversaciones con una empresa de allí para unirse a la misma cuando regrese de su máster. Al escritor, en principio, no le seduce mucho la idea, piensa que Elche debe ser un pueblo modesto y fuera de los circuitos empresariales más potentes. Pero se lleva dos sorpresas: Elche tiene más de 200.000 habitantes y es la 21ª ciudad más importante de España, por delante de la mayoría de capitales de provincia y en su polígono empresarial se halla una empresa muy puntera. Tan puntera que ha lanzado el primer cohete español al espacio y está tramitando el segundo. ¡Acabáramos!, no hay nada como rodearse de gente joven para volver al paraíso de las novedades y de los sueños. Así que, piensan, él y su mujer, que su casa de la playa bien pudiera convertirse en residencia de su vástago, está a menos de tres cuartos de hora en coche, y ellos tendrían un motivo más para venir a ella. Ya se verán los derroteros a los que les conduce el destino.
Comen allí y, a la vuelta, su hija les pide conducir el coche. Al paso por Villajoyosa, se desvía y les explica que les va a enseñar un gran descubrimiento que hizo el año pasado. Llegan a una playa, eso sí, bellísima y apartada, aparca el coche y mira a sus padres sonriendo, esperando su reacción. El escritor y su mujer se miran y, un tanto desconcertados, le devuelven la mirada a su hija.
–¿De verdad que no os acordáis? Pues vaya memoria.
Sus padres siguen sin caer.
–A ver, antes de esta urbanización de lujo hubo aquí una residencia. Esta es la Playa del Paraíso.
Ahora sí que caen en ello y abrazan a su hija. Saben perfectamente por qué les ha llevado hasta allí.
El banco donde trabajaba el escritor tenía una residencia de vacaciones para sus empleados y sus cónyuges, matrimonios, pero sin hijos. Allí recalaban sobre todo parejas jóvenes de recién casados. El escritor y su mujer fueron una pareja de aquellas. Estuvieron una sola vez. Y allí encargaron a su niña. Un auténtico regalo.
El escritor recuerda que cuando acordaron tener un niño fueron a su médico, para anunciarle que se ponían a ello. "Vuelvan dentro de seis meses por aquí", les sonrió. No sabía el hombre que iban a ir a aquella residencia. La residencia en sí no estaba mal, un hotel de 3/4 estrellas, pero tenía una finca paralela al mar, quizás de un kilómetro, o más, de auténtico lujo. Tenían un acceso directo, y casi privado, porque allí no había apenas nadie más, a la Playa del Paraíso, bellísima y solitaria.



Aquellas decenas de parejas jóvenes, por el día, no salían de aquella finca, el escritor recuerda sus juegos a la petanca, a los bolos, al futbolín, al tenis y sus salidas a la playa por aquella puerta de acceso directo. Después de cenar, tenían discoteca con alcohol a bajo precio, recuerda algunos momentos con copas de champagne dentro de la piscina y mucha camaradería.
Y cuando se retiraban a dormir, allí no dormía nadie. Aquellas parejas en edad se dedicaban a disfrutarse uno del otro. El aislamiento y la acústica de aquella residencia eran los típicos de la época. Así que traspasaban las paredes aquellos esfuerzos amatorios que servían de coro aleccionador a las habitaciones vecinas. No es de extrañar que el escritor y su mujer, al poco del regreso a Madrid de aquellos quince días tan especiales, hubieran de visitar al doctor. "¿Tan pronto?", les dijo sonriendo. No fueron los únicos, ni mucho menos.
Cuando fue mayor se lo contaron a su hija. "En mejor sitio no te pudimos encargar: La Playa del Paraíso, en el pueblo de La Villajoyosa". ¡Y ahora era ella quien se lo recordaba a sus padres!
Recorren toda la playa hasta el final, hablando de ello. ¡Cuántos recuerdos!
Su otro hijo escucha sin participar, claro. Hasta que su madre le cuenta que él también había venido con muchas ganas. Durante alguno de aquellos días de vino y rosas de Marbella en agosto de 1996, también cerca del mar.
Graban un vídeo de recuerdo, ya al final de la playa. El escritor lo incluye aquí, en estas memorias literarias, para que pueda recordar siempre a este sitio de El Paraíso y lo que significó para él y su familia.
https://www.youtube.com/watch?v=JSPDPIYfRTk


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Yo aún no tengo nietos, y como dice un amigo mío, como no los conozco no los echo de menos todavía, pero alguna vez he soñado jugar con ellos junto al mar, como en la novela REGRESO AL SAUCE CURVO:


Habíamos pasado el día en las playas de San Juan, para mí unas de las mejores de la región e inclusive de España.

Sí, habíamos disfrutado de un día estupendo todos, pero, sobre todo, el pequeño Germán. En dichas playas, podía adentrarse en mi compañía unos metros dentro del mar e, inclusive, con manguitos, saborear un buen baño. Luego, mientras el resto de la familia, bajo las sombrillas descansaba y charlaba, nosotros dos construíamos en la arena unos imponentes castillos, con un gran foso a su alrededor, que Germán inundaba trayendo innumerables cubos de agua.

–Abuelo, ¿y si se acaba el agua del mar?
Yo le sonreí. No quería decirle, para no desanimarlo, que el agua que él vertía en la arena del foso iría a parar otra vez al mar
–Germán, no te preocupes por eso. Lloverá. El mar te agradece tu esfuerzo, le gusta ver en su playa bonitos castillos. Está cansado de ver solo arena en ella.
–¿Y tú por qué lo sabes?
–Porque ya soy viejo. Tú tienes que vivir también mucho. Para poder hablar con el mar y entenderlo.
–Pues entonces yo también quiero ser viejo, como tú, abuelo.
–Sí, pero antes tienes que sacar muchos cubos de agua todavía.
Y, entonces, el pequeño Germán, se acercaba a la orilla con su cubo en la mano y lo llenaba de agua, si cabe con más ilusión que antes.


Ah, el mar, el mar… profundo y sabio. El escritor piensa que donde más días ha pasado junto al mar en su vida ha sido en el mar de Málaga.

Conoció Marbella a finales de los ochenta, en plena ebullición de su glamur. Por aquella época, le nombraron especialista en riesgos del sector turístico. Tenían un cliente inmobiliario de origen árabe que había invertido un fortunón allí. Al escritor le enviaba un Rolls-Royce con chófer a recogerle al aeropuerto y luego le invitaba a su mansión, que era un verdadero museo de arte plagado de reliquias históricas incluidos varios retablos de iglesias españolas. Pero, lo que al escritor le gustaba más era sentarse con aquel rico inmobiliario a hablar de negocios con un zumo de tomate preparado en los soportales de su mansión que daban a un jardín inmenso con una piscina gigantesca. La casa estaba sobre una colina y la visión de la piscina empalmaba con el mar como si fuera una misma superficie de agua. Ah, el mar, el mar… También el escritor contemplaba el mar de Marbella desde su habitación en alguno de sus glamurosos hoteles: Los Monteros, Don Pepe, Puente Romano, el Marbella Club… aquellos sitios tan selectos para un tío de pueblo como él.

Por entonces nació su primer hijo, una niña, y soñaba el escritor en enseñarle un día aquel mundo de fascinación y de ensueño.

Poco después, se presentó su oportunidad. Llegó la crisis inmobiliaria de principios de los noventa y las ventas se pararon en seco. Su banco se quedó a medias de vender una urbanización de lujo en Nueva Andalucía, entre lo más selecto de Marbella, rodeada de campos de golf. Y se le ocurrió colocarla por semanas –el famoso time sharing de entonces– a sus clientes y también a sus empleados a precios muy atractivos. Mucha gente no confiaba en este sistema, pero el banco ofreció un producto muy seguro con inscripción en el registro de la propiedad y todo y con la gestión a su cargo.

Así que el escritor, ante tantas dudas del público, pudo elegir lo mejor: un ático dúplex enorme frente a la gran piscina, con un salón de casi cien metros, cuatro dormitorios, varias terrazas y solarium privado en la azotea, que incluía gimnasio, jacuzzi, tenis, piscina de invierno, etc. En fin, la repera, para aquel hijo de El Sauce. Compraron una semana y al año siguiente otra. Allí criaron a sus dos hijos y disfrutaron de unas vacaciones deseadas con el mar de fondo.






Sí, días felices en aquella casa de Marbella. No solo por la casa, ni mucho menos, tan solo un bello decorado, sino por aquella época tan bonita de sus vidas, sacando a sus hijos adelante. El escritor recuerda algunos de aquellos momentos dorados allí:
https://www.youtube.com/watch?v=U-fi47vXgY4


Estuvieron yendo a Marbella, compaginándolo con otros viajes, unos quince años, luego el banco se salió de la gestión y el escritor y su mujer decidieron también vender aquellas dos semanas a los nuevos propietarios: fue uno de los mejores negocios que habían hecho en su vida hasta entonces. Con aquel dinero financiaron en parte la compra de un apartamento en una nueva urbanización sobre las colinas enfrente de Sotogrande con un esquema también novedoso, el escritor siempre fue vanguardista en esto, tal vez porque conocía muy bien las bondades y los riesgos. La urbanización, un pueblo precioso de casitas de colores, con unas vistas increíbles sobre Gibraltar y África, se convirtió en complejo hotelero. A los propietarios les pagan un alquiler anual seguro y pueden usar su apartamento cuando quieran a unos precios preferentes. Todos los años, sin faltar ni uno, el escritor y su mujer van una o dos semanas allí, además de las que van sus hijos.

El Sur y el Mar, dos lugares sugerentes, motivantes y poéticos para él. Cuántos recuerdos ligados a estos mares.

Ahí van algunos de ellos:

UNOS DÍAS EN EL SUR

El escritor acaba de regresar de uno de los lugares más al sur de España, justo en la frontera entre Málaga y Cádiz, frente a Sotogrande, Gibraltar y África. Se acuerda de la película del maestro Erice, El sur, todo añoranza sobre esta tierra.
Desde hace mucho necesita ir todos los años allá, aunque sea unos días solo. Recorrer los olivares de Jaén, el misterio de Granada, la luz de Málaga, la gracia de Cádiz... Todos estos lugares han tenido su sitio en su obra, la poesía del maestro sevillano Antonio Machado en El día que fuimos dioses, las callejas de Cádiz en El cazador de la Patagonia, esta frontera gaditano malagueña en ambas novelas...
Madrid tiene una luz bellísima, la luz de Velázquez, pero la de Marbella y Cádiz es inmensa. El escritor sale a la terraza de la que fue su casa de vacaciones un tiempo, ahora la gestiona un hotel, y él puede ir y nutrir su nostalgia en el mismo lugar donde fue más joven y dejarse inundar por los brillos del Estrecho que le llevan a África.





Puede bajar a la playa, una cala casi virgen, de pescadores, la llaman la cala de la Sardina, y pasar el día allí contando las olas y quién sabe si la vida. Respirar el aire y la sal, sentir el estremecimiento del agua, mirar la vida a su alrededor: ese padre, tal vez divorciado, que pasa las vacaciones con su hija de quince años que se le está yendo de las manos y no sabe qué hacer, solo le echa la bronca, esos abuelos rodeados de nietos: "Celia, quién te ha comprado ese bañador tan bonito", "Tú, abuelo", y los dos abuelos se miran entre sí, orgullosos. Esa pareja británica, él un tiarrón, tal vez de Escocia, ella, una rubia blanca y delicada, tal vez de Oxford, o de Canterbury, en ambas ciudades el escritor aprendió inglés, hace tantos años que ya no quiere recordarlo, que se miran en silencio, son una pareja reciente, todavía no saben cómo administrar esos silencios que el tiempo mete de repente entre los dos, ella saca las cartas y hace un solitario, él tira piedrecitas al agua... ¡El escritor podría escribir una novela entera con lo que está viendo! Comer en el chiringuito, "¡para mí, calamares al espeto!, ¿y para ti, reina?", luego cenar en el pueblo de pescadores, marisco de la tierra, gambas, coquinas... pasear bajo las farolas, mientras los vecinos toman el fresco y los miran pasar. Regresar a casa, aunque sea un apartamento de hotel, y disfrutar de esa compañía de tantos años, cada vez más sedosa, como si el viento del tiempo hubiera suavizado sus aristas, y dejarse llevar por ese murmullo del mar, con su voy y vengo eterno... La felicidad es una cosa simple, llena de cosas sencillas... No sé quién lo dijo..., piensa, a lo mejor no lo dijo nadie, se le ha ocurrido a él esta noche, mirando el mar nocturno del Estrecho.



Pero, hoy, el escritor ya solo pensaba en regresar. No ha escrito una sola línea estos días, solo vivido, se dice para compensar. Pero su obra le espera. El destino no es mirar el mar eternamente, sino cumplir con su misión.
Así que llega a su casa de Madrid y, tras ayudar a su mujer con las maletas, acude a su ordenador, como si de un imán magnético se tratara, que le impulsa a sentarse frente a él y continuar con su libro.
Pero, antes, no puede evitar dejar grabado el recuerdo de estos días sencillos, y felices, cuyo aroma todavía le ronda en su cabeza. Y en su corazón.


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Ah, el mar, el mar… su paz… y sus enseñanzas. El mar y su playa son como la vida y su destino.


NIÑO EN LA PLAYA


     
     Ya sabes que todo en esta vida es un acto fallido. Y, hasta a veces te lo dices, inútil. Es como sacar agua del mar. Por un niño y en un pequeño cubo y almacenarla en un hoyo, que éste ha hecho en la playa. No lo resiste la lógica. Ni siquiera la ilusión. Pero él lo hace. Y, además, disfruta mientras se siente bañado por el sol y por, qué se yo, el empuje que le hace sentirse importante.
A ti, si hay algo que te atrae y por lo que luchas, es por continuar siendo un niño. Y, como él, seguir sacando agua del mar que, luego, algo que no sabe el niño sin duda, siempre vuelve a donde tú la sacaste. Y queda todo igual. Uniformado por la gran fuerza de los océanos y de las mareas. Que siguen conformando esa inmensa mancha azul, que engulle todos tus pequeños esfuerzos e ilusiones. Pero esa es otra guerra.
A ti te gusta la personal batalla de coger el cubo, llenarlo y verterlo en el hoyo que, con tanta ilusión, has hecho en la arena. Y volver, una y otra vez, a llenarlo de agua en el mar inmenso, mientras se consume una larga tarde. O, tal vez, la vida entera.
Qué más da. De alguna forma hay que pasar el tiempo. O la vida. Todo se consume y se agosta cuando cae el sol en un atardecer dorado en la playa.
Solo permanece de nosotros el esfuerzo. Por llegar. Por sentir. No sabes el qué, ni a dónde.
Sólo quedan, al caer la noche, unos vagos recuerdos y el cansancio de la lucha.
Y esos brillos que una vez sentiste. Mientras el afán y la fuerza del empuje de la ilusión, te hicieron creer que te llevaban más allá.
A lo mejor lo hicieron. Quién lo sabe. Tú no podrías jurarlo, desde luego. Sino sólo contarlo. Escribirlo.
Y, en el fondo, te sientes agradecido por ello.

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Nostalgia del mar, sí nostalgia de sus playas, de sus olas, de sus murmullos que el escritor tan bien entiende. Todo eso le lleva a una canción de hace unos años que se llama La playa, precisamente, llena de nostalgia y romanticismo. Ah, el mar y el amor…
https://www.youtube.com/watch?v=cx5qVmtfayA. Algún día hablará también de los cruceros y sus destellos. Otra forma de mirar el mar. De surcarlo y emocionarse frente a él.


       Al escritor, de repente, lo despierta de sus nostalgias un relámpago que le llena de claridad la habitación. Y de lucidez su mente.

       No le queda otra que olvidarse del mar y sus recuerdos y preparar los siguientes días de rodaje de su documental LA HERENCIA DE PAQUITA: LA FUNDACIÓN ALICIA Y GUILLERMO.

       Pero, en cuanto termine, se jura, se conjura, se promete y se compromete, a que se irá unos días a charlar con su mar que tanto ama. ¡Porque así sea!