martes, 7 de julio de 2026

TODO ESTÁ EN LA EDUCACIÓN (PARA EL PROYECTO "DESTELLOS")

 



Acabo de llegar de Londres, donde he asistido junto con mi mujer a la flamante graduación en el MBA de la London Business School de nuestro hijo Guillermo. Momentos de emoción, de orgullo, de satisfacción, de relax también, ese que te da el deber cumplido, los deberes hechos.

Han sido dos años de intenso trabajo en Londres, y también en Filadelfia, en la Wharton School. Tres, si se tiene en cuenta todo el proceso de preparación para el exigente proceso de selección de este tipo de universidades, el famoso GMAT.

Recuerdo cuando nos comentó sus intenciones. Abandonar un trabajo, bien remunerado y donde estaba muy reconocido, por la aventura de abrir las alas e intentar volar lo más alto, lo más lejos, allá, al límite de tus fuerzas, dispuesto a competir con los mejores. Yo se lo puse muy difícil, claro. Hasta que pude comprobar que no era un sueño platónico sino una intención firme y persistente, dispuesta a fajarse con las dificultades una y otra vez hasta vencerlas a todas.

Cuando tuvimos esa certeza lo hemos apoyado a muerte. Nosotros mismos hemos hecho también un MBA junto a él. Navegando por sus valles de tristeza, desánimo y soledad, ascendiendo por las laderas de su esperanza , de su fuerza y de su optimismo sin límite. Así que nos hemos graduado también con él y hacemos un poco nuestra toda su alegría y su satisfacción.




Sí, parar de trabajar y hacer un MBA de prestigio está muy bien, le decía yo, pero no sé si sabes que hay un club de "Frustrados de los MBA´s", que asciende a un 40% nada menos de los que lo terminan, que vuelven con las orejas gachas al mismo trabajo, o a otro similar al que tenían, a rodearse de los mismos compañeros que no han hecho ese esfuerzo gigantesco ni se han gastado todo su capital y además se han endeudado, salvo que les ayuden sus padres, para pagar unos estudios carísimos, y que ahora están a tu mismo nivel pero con muchos más euros en la cuenta y con el mismo futuro que tú. Sí, es una frustración enorme.

Así que no es solamente pelear con un idioma que es el de otros compañeros, pero no el tuyo, adaptarte a sus costumbres, a sus comidas, a su clima infernal, a lidiar con tu soledad lejos de tu familia y amigos, sino sobre todo a luchar porque se te reconozca debidamente lo que estás haciendo. Decenas y decenas de entrevistas exigentes compitiendo con los mejores, momentos de desánimo, de flaqueza, de pensar que te has equivocado, de sentirte cerca del "club de los frustrados"...

Todo ha terminado bien, gracias a Dios. Y tus esfuerzos, y los nuestros, han merecido mucho la pena. Tienes tu trabajo en la capital financiera del mundo, en el private equity, que es lo que te gusta, y con las condiciones de remuneración y categoría propias de un MBA Man. ¡¡¡Felicidades!!! Nosotros también nos encontramos muy felices. Pero, nada se termina, ¿Verdad? Ahora hay que continuar desarrollando una carrera profesional, aplicando todo eso que has aprendido... Sí, siempre hay que seguir pedaleando.

Y todo esto me lleva a mí, como siempre, a mi literatura, un escritor literaturiza todo lo que vive, todo lo que le ocurre. Ah, ser padre... Ese oficio maravilloso que nadie nos enseña. Y que vamos aprendiendo con el viejo método del acierto y del error.

Ah, el día soñado que asumes que eres padre. Vas a ser el mejor padre, te dices. Y tu hijo va a ser el mejor en todo.

Yo escribí una novela , "Regreso al Sauce Curvo", dedicada a la gente de mi generación. También quisimos ser los mejores padres... Ahí va este capítulo:

QUERÍAS TANTO A TU NIÑO

Sí, no le entendías ni papa, pero querías tanto a tu niño, que querías que fuera el más alto, el más listo, el más guapo. Y te frustrabas cuando no lo veías el primero en todo.
Íbamos Clara y yo a nuestro pediatra, un médico ya maduro, cerca de los sesenta –y de los sesenta mil niños que habría visto en su vida–. No se inmutaba ni aunque viera un buey volar. Auscultaba al niño, que nada más verlo empezaba a berrear, pero él era como si estuviera escuchando música clásica. Terminaba:
–Germán está bien. Lo veo el mes que viene.
–Pero, doctor –le decía Clara– ¿no le mide la cabeza? Una amiga del parque me dice que es muy importante para prevenir que no venga con meningitis.
El médico no se sulfuraba.
–¿Es su amiga, médico? Ya veo yo que su niño es normal. No se preocupe. Y no hable tanto de estas cosas con sus vecinas y amigas, que luego se pone muy nerviosa.
–Mídasela, por favor.
Y el médico cogía al metro y le medía la circunferencia del cerebro, sin prestar mucha atención.
–¿Y no la apunta, doctor, para compararla con la del mes que viene?
El médico se empezaba a sulfurar.
–A ver, Clara, ¿está preocupada por algo?
–Pues sí, doctor. Mi Germán habla menos que otros niños de su edad.
El médico empezaba a resoplar.
–Nunca he visto a un niño normal que no acabe andando, y hablando, y comiendo… ¡Pero cada uno lo hace a su ritmo! ¡Concentrándose cada vez en una cosa! ¡Si Germán habla menos, seguro que anda más, o está más espabilado en otras cosas!, ¿no es así?
-Sí, doctor, pero a mí me gustaría que también hablara más.
Al médico se lo empezaban a llevar los demonios.
–¿Y qué quiere que hagamos? ¡Que le atemos para que no ande, a ver si así habla más…! Cuando domine una cosa, pasará a la siguiente, no se preocupe…
–Claro, si el niño fuera suyo…
Ahí el médico saltaba.
–He tenido cinco, señora… ¡Y por aquí han pasado miles! ¡No me enseñe mi profesión! ¡Se lo voy a decir en dos palabras! ¿A que esas mismas señoras que le ponen los dientes largos con su niño son las mismas que también se lo ponen con su coche, con su piso, o con la madre que las parió? –acababa fuera de sí el médico.
Ahí saltaba yo, claro.
–Oiga, háblele bien a mi mujer, no pierda los papeles.
Clara miraba a Germán con adoración.
–Yo solo quiero lo mejor para mi hijo.
El médico se enternecía.
–Y yo estoy para ayudarles. ¿Recuerdan por qué no dormía el niño? Pues con todo es igual. Denle cariño y protección a Germán y dejen a la naturaleza que haga su trabajo, no se metan ahí, ya verán cómo el niño crece fuerte y sano.
Sí, eso era muy fácil decirlo, claro, pero un padre primerizo se desvela cada minuto observando si su niño cumple sus expectativas.
Eso de cumplir las expectativas era muy importante para los padres de entonces. Habíamos pasado nuestra juventud llenos de carencias y esfuerzos. Y habíamos sido tremendamente austeros con nosotros mismos. Gracias a ello, habíamos progresado, como también lo había hecho nuestro país, y por las mismas razones, y, en aquellos momentos, gracias a ello, podíamos vivir mejor que lo habían hecho nuestros padres, y estos vivían a su vez, ahora de mayores, y jubilados, mejor que nunca.
Todo lo que nosotros no habíamos tenido de niños y de jóvenes, queríamos dárselo a nuestros hijos. Los abuelos, lo mismo. Y, claro es, queríamos ver unos resultados acordes.
Sí, con el tiempo, seríamos unos padres permisivos y mimaríamos a nuestros hijos hasta decir basta, dándoles el mejor móvil, el mejor ordenador, pagándoles viajes y estancias fuera para aprender inglés, etc., y no exigiéndoles nada a cambio.
Nosotros, habíamos simultaneado trabajo con estudios y encima ayudábamos a nuestros padres en lo que nos pedían, y no nos gastábamos ni un euro, digo, ni un duro. Nosotros queríamos que nuestros hijos no pasaran por esto.
Los protegíamos y los defendíamos a capa y espada. Íbamos a los colegios y nos sulfurábamos si algún profesor se atrevía a suspender a nuestro niño o trataba de explicarnos que nuestro hijo no servía para estudiar, pero que, quizás, sí valiera para otras cosas.
–Su hijo no vale para las matemáticas. No las ve, pero tiene otras fortalezas – decía el profesor de las ídem.
–¿Que no las ve? ¿No será que usted no se esmera con él? Ahora mismo voy al rector y le pongo una queja.
–Haga usted lo que le plazca. Su obligación, como la mía, es conocer a su hijo.
–¿Qué me quiere decir? ¿Que acepte que mi hijo es tonto, porque lo diga usted?
–Allá usted, si piensa que por ser hijo suyo va a ganar el Nobel. Puede ser muy bueno en ciencias sociales, por ejemplo.
–¿Ciencias sociales? Yo quiero que sea ingeniero, como yo. Pero mucho más importante, claro. De los que mandan, lideran, que se dice ahora.
Y en este plan. Dábamos todo a nuestros hijos para que fueran mucho más que nosotros. Para que fueran la bomba.
Criamos así unos hijos con todas las facilidades, ajenos a la crítica y súper protegidos. Alejados de la práctica de la cultura del esfuerzo y de la superación, que nosotros tanto habíamos practicado, e inexpertos, en cambio, en luchar contra la frustración que la vida humana trae consigo muchas veces.
Cuando nuestros hijos llegaron a mayores, los padres teníamos, claro es, las expectativas más altas. Y no entendíamos cómo, habiéndolo tenido todo en su infancia y juventud, eran capaces luego, de adultos, de conseguir tan poco, de ser tan torpes, y tan débiles, en la lucha por la vida.
¡Qué razón tenía nuestro pediatra! ¡Y la cuidadora de El Sauce, Adela! Queríamos lo mejor para nuestros hijos, y muchas veces no supimos dárselo, porque no queríamos que sufrieran y se esforzaran, que penaran con sangre, sudor y lágrimas el éxito, como nosotros lo habíamos hecho.


Sí, hoy leo en el periódico, que la educación que les dimos a nuestros hijos, ese exceso de protección, junto a unas altas exigencias para las que no están preparados, ha sido una bomba. Los pobres se sienten a menudo frustrados porque no cumplen con nuestras expectativas y los ansiolíticos y las depresiones crecen por doquier.
Los jóvenes reciben unos salarios exiguos, craso error, mucho más bajos que el resto, lo cual, junto al hábito del consumo excesivo, muchas veces de cosas superfluas, castiga el ahorro y, por tanto, la capacidad de inversión de las nuevas generaciones, que se ven obligadas a vivir en la casa paterna, muchas veces hasta los cuarenta.
Sí, los padres competíamos entre nosotros por darles lo mejor a nuestros hijos, repudiando la cultura del esfuerzo y de la superación que a nosotros nos había llevado hasta donde estábamos.
Hoy, el temor de los políticos es que los jóvenes se desenganchen de la cosa pública, son conscientes de que en muchos casos van a vivir peor que sus padres. Y temen que sea una generación fallida.


Quizás, esta mañana, en la que el doctor Alzheimer me deja pensar claro, encuentro, en esto, una de las muchas razones por las que las parejas de hoy no quieren tener hijos.
A lo mejor, todo este negativismo que siento, solo es porque hoy noto la ausencia de mi hijo más que nunca. Me falta aquel olor suyo, de cuando lo abrazaba para llevarlo a dormir. Me faltan sus brazos, de cuando le enseñaba a caminar. Me falta su lengua de trapo, pa-pa-pá, de cuando aprendía a hablar… ¡Me falta tanto de él!
Me acerco a Clara y le cuento todo esto que me pasa. Ella me abraza y me dice al oído.
–Germán, no te sientas culpable porque él no está. Esta vida es así, no atiende las preguntas que le hacemos cuando nos roba a alguien. Solo espera que nosotros, por nosotros mismos, nos las contestemos. Quisimos a nuestro Germán. Murió con 33 años. Y hasta entonces fue una buena persona, honrado y trabajador como ninguno, creó una familia, y nos quiso mucho. Y nos dejó al pequeño Germán, que tanto te quiere.
Y a mí, con estas cálidas palabras de Clara, se me hincha, por momentos, el pecho de buenos sentimientos. Y la cabeza, de buenos pensamientos.
–Gracias, Clara. Tú eres lo mejor que me ha pasado en esta vida.
Y veo cómo Clara se ruboriza un poco. Y unas lágrimas asoman a sus ojos, aunque ella me ofrece, para que no se las note, una amplia sonrisa. Yo, me acuerdo de la que tenía entonces. En aquel cuadro del salón. ¡Me reconforta ver que ambas sonrisas son la misma!
Y me siento, todavía, como me sentía entonces: como cuando miraba aquel cuadro con Clara en la cima de su belleza y de su alegría.
Sí, hoy me siento como entonces: el hombre más afortunado del mundo.

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Nada hay comparable, no creo que pueda haberlo, a la pérdida, a la muerte de un hijo, como tratan de afrontar en mi novela sus padres: Germán, encima con problemas de alzheimer, y su adorable mujer, Clara.

Pero, cuando nuestros hijos se hacen mayores y vuelan ya solos, y más si ese vuelo los lleva muy lejos, a otras tierras, a otros idiomas, a otros vínculos emocionales tan distintos a los nuestros, a la satisfacción inmensa por sus logros se une también una sombra de tristeza, de alguna manera también los estamos perdiendo, como Clara y Germán en su novela.

Y, contra más lejos lleguen, más distante estará en el futuro su mundo del tuyo. Y esto además de mucha alegría por sus sueños, produce temor, ya digo. Y tristeza.

Pero, yo quiero pensar que algo de lo que tú sembraste quedará siempre en ellos. Y eso será la unión inmarchitable que perdurará más allá de la geografía y del tiempo.

Al día siguiente de la graduación, su prometida, una encantadora chica americana que afortunadamente habla unas palabras de español, trabajaba. Así que nuestro hijo nos llevó a dar un paseo cerca de su casa, por el mítico Hyde Park.
Y algo de esto que cuento rezuma en este destello que brilla para siempre entre el verde del césped y de los árboles de este parque lleno de vida.

RECUERDO DE HYDE PARK: https://youtu.be/_37kSMY8EBY

        



                       En el luminoso apartamento de Guille y Sofía, a dos pasos de Hyde Park.


              Los jóvenes que están llamados a liderar los negocios en los próximos años.

Y, por supuesto que volveremos muchas veces a Londres, será nuestra segunda ciudad, eso sí, los dos juntos: yo he perdido mucho inglés, pero todavía me defiendo y ella, con un inglés más básico, tiene un sentido espacial que a mí me falta, que me pierdo cada dos o tres calles. Así que siempre "together".

En casa siempre le hemos dado mucha importancia a la educación, mi mujer tras su trabajo ha hecho miles de deberes con ellos y siempre se ha encargado de que su formación académica fuera estupenda. Yo, con menos tiempo disponible, he tratado de que conocieran este mundo y se educaran en él. Recuerdo nuestra preparación conjunta para aquella vivencia inolvidable de la Ruta Quetzal y de nuestros viajes alrededor del mundo. Como este que narro abajo, que tiene que ver mucho con la educación.


    VIAJE A SINGAPUR. LA CIUDAD DEL FUTURO.

Yo había estado ya en Singapur en el año 2007, por motivos profesionales, y ya me había impresionado mucho esta ciudad que es un mini estado en sí. Me quedé un fin de semana por mi cuenta en ella y allí, en un flechazo mutuo, arrancó la escritura de mi primera novela "El día que fuimos dioses", ambientada en sus calles en su Libro I, "Lluvia en Singapur", que define el estilo literario de toda la obra.

Dieciséis años mas tarde compruebo que Singapur está en el podio de las grandes ciudades globales del planeta y quién sabe, para los gustos están los colores, si en primerísimo lugar. Para mí lo está. Y, en cualquier caso, debería ser de visita obligada para los occidentales, sobre todo para los jóvenes, para que conozcan la vanguardia de por dónde va el futuro.

Los europeos todavía nos consideramos el ombligo del mundo pero hace tiempo que ya solo somos lo que fuimos. La pujanza, la efervescencia, la ilusión y la creación de riqueza están en Asia. Y dicen que en la Costa Oeste americana, tengo pendiente una visita por allí, veremos.

Singapur te impacta con sus desarrollos espectaculares, el grandioso centro comercial y de ocio Marina Bay Sands, que no existía en mi primera visita, te deja boquiabierto, levantado en terrenos ganados al mar. Desde su terraza, con la piscina más grande y más alta del mundo, puedes disfrutar con el skyline de la ciudad, pero también de sus dos espectáculos diarios de luz, agua y sonido que congregan embobados a los visitantes. El parque y los invernaderos que lo circundan reúnen a la mayor colección de plantas tropicales del planeta. Y qué decir del Casino, del Art Science Museum, del centro comercial y de negocios. Todo ordenado y limpio, inundado de orquídeas por doquier...

No hay inversiones de esta magnitud en Europa. Pero no solo son las inversiones, la creación ingente de riqueza, hay una calidad de vida, generalizada, que supera con creces a la que ofrecen las grandes ciudades europeas. En Madrid tenemos un gran Metro, y un gran Aeropuerto, pero cuando llegas allá te das cuenta de los extras de calidad que nos faltan, simplemente van delante, y por mucho. Y a unos precios más bajos que en España. Las cosas funcionan, son más amplias, más limpias y más hermosas. Así de sencillo, así de claro. Y la gente tiene más ilusión, es más amable. Hay mucha más seguridad.

El índice de calidad de vida, la falta de corrupción, la renta per capita, más del doble que la española, la calidad de la sanidad, el índice de competitividad y eficiencia. Singapur es un referente mundial en cada uno de estos indicadores.

¿Y cuál es el secreto? Supongo que hay muchos, yo me quedo con este: Singapur encabeza el informe PISA mundial de calidad de la enseñanza. Los profesores son respetados y pagados como una de las profesiones más importantes y de más prestigio en el país. A mí, cuando regreso a España, y veo lo que hay, esto me hace reflexionar. Sin una buena educación, no hay futuro. Así de sencillo.

Por ello me alegro muchísimo que nuestros dos hijos nos hayan acompañado. Para que vean de primera mano, quién va por delante. Inclusive estuvimos en Insead, su prestigiosa escuela de negocios, que comparten con Francia. Y les proporcioné un contacto, y una reunión, a esta edad, uno es solo ya su agenda, con la General Manager del BBVA Southeast Asia, Singapur es también un centro financiero de primer orden mundial, y portuario y sanitario y de turismo de calidad...

Yo todo eso se lo reconozco, también es verdad que está en las chimbambas y que tiene un clima de mierda, también así de claro, con un grado de humedad cercano al del agua. También les reconozco que manejan la diversidad religiosa y racial, que allí es intensa, de forma envidiable. Cuando llegamos celebraban la fiesta nacional, todos unidos, y se me caía la baba: todos juntos, blancos, rubios y amarillos... Igualito que en España, vamos.

Pero uno ama a su país, más que a ningún otro y piensa, en su ingenuidad, que todavía es tiempo, que todavía tiene remedio, que tenemos una historia más importante que la de nadie y que solo nos hace falta lo que ellos tienen, una ilusión colectiva y una educación que forme a nuestros hijos para su mejor futuro. ¡Brindo por ello!

Yo probablemente no vuelva por Singapur. ¡Hay tantos otros sitios para visitar y el tiempo va menguando! Pero guardo en mi cabeza, para siempre, algunos ratos en la terraza de nuestro hotel a las tantas de la noche viendo el Sky Line de la ciudad o dándote un baño en la piscina con su temperatura tropical o rodeado de mis personajes de "El día que fuimos dioses", aquel tiempo..., todos lo llevamos en nuestro interior, pero a veces se despierta en una ciudad lejana y exótica que te lo recuerda, que te muestra que todo es posible...






Sí, fuimos a Singapur en 2023. Y en 2024 nuestros dos hijos decidieron ambos hacer un MBA

Ah, la educación, la educación, yo siempre lo he tenido muy claro. En mi libro "Mil palabras para la felicidad " hablo de ello:



LA NUEVA EDUCACIÓN Y LA FELICIDAD

Que la educación es una de las cosas más importantes de la vida creo que no le cabe duda a nadie. Es así ahora y también lo fue antes. Ya el primer filósofo griego, Hesíodo, allá por el año 700 a. C. decía: “La educación ayuda a la persona a aprender lo que es capaz de ser”. Nada más y nada menos. Y en los tiempos que vienen eso será también así. Si no más.
Pero ¿qué es educar? Proviene del latín educare que significaría “dirigir, conducir, encaminar a”. “Desarrollar las facultades intelectuales y morales”, dice la RAE. Siendo la educación: “el conjunto de habilidades o conocimientos intelectuales y morales que tiene una persona”. Casi nada, ¿verdad? Es decir, la educación es casi todo lo que somos.
Pero, ¿cómo debería ser la educación del mundo que viene, tras la revolución tecnológica a la que estamos asistiendo? En opinión de Jimmy Wales, el fundador de Wikipedia, el peso de la “educación informal”, cada vez será más importante.
¿Y a qué llamamos educación informal? Pues sería aquella que recibimos, o buscamos, o nos llega fuera del sistema tradicional: primaria, secundaria, bachillerato, grado universitario, máster, etc. Básicamente, todo el mundo de noticias, informaciones e interactuaciones con internet, redes sociales, blogs, cursos on-line etc., mucho más conectados con la comprensión y la velocidad del mundo de hoy.
En realidad, opina Jimmy Wales, el principal objetivo de la educación formal debería ser preparar e incentivar a los alumnos a saber cómo aprender. A dotarse de las herramientas para manejarse en la educación informal, ese maremágnum de información que hoy está al alcance de todo el mundo.
Admitamos que Wikipedia y otros instrumentos de la red han conseguido el mérito, no menor, de poner a disposición de cualquiera, y de manera gratuita, el conocimiento acumulado que existe sobre el mundo. Pero, también, en la red se vierten opiniones, a veces no fundadas, juicios sumarísimos, tergiversaciones, cuando no directamente falsedades con intereses ocultos, las famosas “fake news”.
¿Qué educación deberíamos recibir al respecto en el mundo que viene? La educadora y experta en tecnologías estadounidense Esther Wojcicki, afirma que la educación debería ser la clave para hacernos dueños de nuestro propio destino, el famoso empoderamiento personal. Y en una reciente entrevista concedida al BBVA, manifiesta que para ello son necesarias cuatro habilidades:
La comunicación: no solo saber cómo expresarnos nosotros, sino captar bien los mensajes de los demás, saber qué es lo que les mueve.
Sentido de la colaboración: aprender a trabajar en equipo, en un mundo tan interconectado esto es esencial.
Pensamiento crítico: saber separar el polvo de la paja en el montón de información que recibimos a diario. Tener nuestro propio criterio para diferenciar lo que es cierto y útil de lo que es solo ruido, cuando no fake news.
Creatividad: hemos de pensar que las tareas más rutinarias y automáticas pronto las coparán los robóts. Debemos cultivar la curiosidad y la innovación. Y superar el miedo al fracaso que conllevan ambas.
Anotemos que en ningún caso habla de conocimientos y preguntémonos cuál es el núcleo todavía de nuestra educación y de nuestros exámenes. Mucho por cambiar, ¿verdad?
Otro tema importantísimo es la formación en el trabajo. En el mundo que viene deberemos acostumbrarnos a vivir en un proceso continuo de aprendizaje de los nuevos paradigmas y de desaprendizaje, ojo, de los que ya no sirven. La formación no terminará en la universidad. Ahí, realmente, empezará y durará toda nuestra vida laboral, si queremos ser elegibles en los nuevos tiempos.
Y no será, esta de la formación, solo una misión de cada persona, de cada trabajador. Las empresas punteras deberán inculcárselo también en su ADN. Realmente, la formación, al final, será el elemento competitivo diferenciador entre unas plantillas y otras. Y las empresas deberán invertir cada vez más en ello, si quieren sobrevivir. Aquí no dejo de acordarme de aquel viejo visionario y emprendedor que fue Henry Ford: “Solo hay algo peor que formar a tus empleados y que se vayan. No formarlos para que se queden”. Palabra de sabio, ¿no creen?
Unas reflexiones últimas sobre la educación en la familia. En la generación que ahora tiene hijos de 20/30 años hemos sido buenos padres en unas cosas (nos hemos desvivido por ofrecer a nuestros hijos recursos que nosotros no tuvimos y también les hemos dedicado nuestro tiempo), pero hemos sido unos pésimos padres en otras: principalmente en esa sobreprotección que les hemos dado a nuestros hijos para evitarles todos los peligros, mezclada con un alto nivel de exigencia, de retorno, que correspondiera a nuestra dedicación, a nuestros desvelos por ellos. Esa mezcla ha sido una auténtica bomba de relojería: porque su resultado combina al mismo tiempo personalidades no duchas en las dificultades, junto con frustraciones derivadas de expectativas muy altas que recaen sobre ellas. La explicación de muchos fracasos de los jóvenes de hoy tiene esa raíz.
Para el futuro deberemos volver, sin embargo, al sentido primigenio de educar: encaminar, conducir a. Ese es el papel de los padres: orientar, motivar, vigilar, modular, nunca imponer o hacer el propio camino que lo deberán realizar los propios hijos. Confiar en ellos, en su libertad de elección. Y dotarlos de herramientas, no solo materiales, sino de una educación integral que realmente los empodere por dentro a ellos mismos: les haga capaces de realizar sus propios proyectos.
Yo me quedo, al efecto, con lo que resumía Ever Garrisson: “Un buen maestro –yo lo extendería a un buen padre– es una brújula que activa los imanes de la curiosidad, del conocimiento y de la sabiduría de los alumnos”.
Porque no nos olvidemos, y luego nos llamemos a andana, que “lo que se les de a los niños, los niños darán a la sociedad”, como ya advirtió el famoso psiquiatra estadounidense Karl A. Menninger.
Y todavía antes se dijo, recojo yo ahora barriendo para mi esquina literaria, el que para mí es el quid de la cuestión: aquello sobre lo que ya nos aleccionó el brillante escritor que fue Óscar Wilde: “El mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices”. No lo olvidemos.

Me viene a mi mente un destello que tanto ha hecho por la modernización de la educación en nuestro país entre el gran público. Se llama "Aprendiendo juntos", un canal de you tube. Yo lo sigo a menudo. Y no solamente porque está esponsorizado por oa que fue mi empresa durante cuarenta años, sino porque merece mucho la pena:

APRENDIENDO JUNTOS: https://www.youtube.com/watch?v=imrNJZwmY0g


    Precisamente un viejo amigo mío de mis tiempos de financiero, Patxi,  a la sazón Senior Director del BBVA todavía en activo en BBVA Londres nos acompañó en una cena posgraduación. 

     



Guillermo con su prometida, Sofía:


En la fiesta nocturna de posgraduación: 




Con sus amigos íntimos de MBA


En una excursión por Oxford donde yo hace cuarenta y cinco años gasté un mes estudiando inglés: la encontré igual que la recordaba.



 En ese monumento a los orígenes ingleses: Stonehenge.


Y, cómo no, en el castillo de Windsor, que es toda una ciudad, como no podía ser menos.


La London Business School, aprovechando el magnífico tiempo que hacía, nos obsequió en sus jardines con un delicioso cocktail a los alumnos y a sus padres. Mi mujer, siempre tan detallista, divisó un sauce cercano. Y quiso hacerme una foto en él:



Ah, la literatura, siempre la literatura...


Aunque esta semana me toca cine. Ya hablaré de ello.


Según estoy cerrando este post, mi hija, que no quiere ser menos, me dice que ya ha recogido su título del Executive MBA  en el IE University, cuya graduación celebramos hace unas semanas. Aquí queda, campeona.






martes, 30 de junio de 2026

HACIENDO LA MALETA. NOS VEMOS LA SEMANA QUE VIENE.

 

Marcho para Londres. La graduación de mi hijo Guillermo en la London Business School me espera. Creo que hará buen tiempo y todo para dar una vuelta por Londres y por Oxford. Nos vemos la semana que viene. Pasadlo bien!!

Os dejo un par de noticias recientes:

Último día con la versión en inglés gratis.

UN LIBRO NECESARIO PARA ESTE VERANO.
Edición en español: 2,99 €: https://shorturl.at/iwM6R
Edición en inglés. HOY GRATIS: https://shorturl.at/7SRIJ




Y otras dos de mis novelas a las que tengo un gran cariño están ya disponibles en las bibliotecas públicas de la provincia de Guadalajara junto con un puñado de buenas obras, según me comunican desde allí. Pues me alegro mucho de que estos libros tan de nuestra tierra estén cerca y disponibles para nuestros paisanos.



Os dejo con mi último viaje a LONDRES y lo que escribí sobre él:


ÚLTIMO VIAJE A LONDRES: ESOS HIJOS DE LA GRAN BRETAÑA.

Yo al Reino Unido he viajado mucho. Probablemente, al país que más. Estuve, de joven, dos veranos en Oxford y Canterbury estudiando inglés y otro verano hice un viaje inenarrable por todo el país, un tour solo para jóvenes internacionales con nuestra mochila y nuestra tienda de campaña, algo loco, rebelde y libertario.
Después, por motivos profesionales, he viajado muchas veces a la capital, inclusive tuve durante algunos años un pequeño equipo que me reportaba en la sucursal que mi empresa tenía allí. Es un país al que le tengo mucho cariño, inclusive a los ingleses, esos fieros leones de antaño que solo son, ahora, apenas unos domésticos gatitos.
Hacía quince años que no iba a Londres y, tal vez por ello, me ha impactado su decadencia sobremanera. Que es la decadencia de toda Europa, ¡y la nuestra!, vamos todos en el mismo barco que ellos.Ya en Londres solo es valioso lo que fue, esa gran capital del último imperio europeo. Desde entonces, no se ha hecho nada, se nota la falta de inversión en el metro, en los aeropuertos, inclusive en el mítico Heathrow que ahora está muy detrás del de Barajas. Y, sobre todo, no han invertido en ellos mismos. Londres hoy parece Islamabad, o Nueva Delhi, apenas ve uno aquellos mozos rubios y altos, aquellos hijos de la Gran Bretaña.
Nos recoge un coche en el aeropuerto de Gatwick, que está, efectivamente, a tomar por Gatwick: casi dos horas para llegar a la capital dentro de un tráfico infernal. El chófer es pakistaní, como casi todos allí, mi mujer y mi hija, muy inteligentes, me dejan delante con él. Así que me paso esas dos horas hablando con Yasuf, mientras ellas disfrutan el paisaje. Pero, al final, han sido muy interesantes y productivas.
Hablamos de la emigración, claro. “Nosotros no queremos venir aquí, estamos mejor en nuestra tierra y con nuestra gente, es muy duro dejar a tus padres y hermanos, aprender un nuevo idioma, nuevas costumbres, ¡saber conllevar este tiempo!”. El tiempo da mucho juego en las conversaciones, así que le pregunto: “¿Y cómo definirías el tiempo inglés?”. Yasuf se rasca la perilla y me habla: “A lo mejor ya lo han dicho otros, pero a mí me recuerda el carácter de las mujeres, aquí pasamos del sol a las nubes como ellas pasan de la alegría al enfado, en fin, hay que surfearlo”.
Volvemos al tema de la emigración: “Venimos porque nos necesitan. Es mentira que quieran ayudarnos, si quisieran hacerlo de verdad nos ayudarían en nuestro propio país. Todo son facilidades para venir, porque sin nosotros este país se iba a la mierda”. No le digo nada, pero me acuerdo de nuestra España, donde si no vienen cada año 500.000 emigrantes se va también a la ídem. Así que Yasuf continúa: “Esta relación de dependencia máxima que tienen con nosotros, acabará en una relación tóxica, como todas de las de esta naturaleza, acabaremos controlando este país y dominando a su gente, que serán nuestros subordinados, y su cultura desaparecerá. Ya se están dando cuenta de la situación, de ahí esos movimientos políticos contra la emigración. Pero el problema no somos nosotros, sino vosotros, que no podéis dejar de ser dependientes nuestros”.
Me sorprende la perspicacia de Yasuf, que es capaz de ver el fondo del asunto entre las neblinas que tejen nuestros políticos, a los que solo les preocupa el tiempo que falta hasta las próximas elecciones. Y el fondo del asunto es un tema de estado que requiere un tiempo largo de gestación, pero, como digo, no hay políticos de largo plazo sino solo del titular del periódico de mañana.
Todos los que hemos viajado mucho, lo tenemos muy claro. Europa es un barco que se hunde desde hace muchos años, solo es valioso lo que fue, como en Londres: esos monumentos y antigüedades de nuestros tiempos de gloria de las que ahora disfrutan, pagando, claro, (es de lo que nosotros vivimos), todos los turistas que nos visitan y que son los que ahora pitan, lideran, en este mundo nuevo.
A los imperios no los derriban, se desmoronan ellos solos: Europa no apuesta ni por sus hijos, ni por su cultura. Los traemos ambos de fuera y dentro de no mucho, ya no seremos capaces ni de reconocernos.
Y los emigrantes no tienen ninguna culpa, ojo. La tienen nuestra desidia, abulia, falta de ilusión, ensimismamiento, falta de amor al trabajo y al esfuerzo y un proyecto ilusionante y compartido.
Como me decía un amigo al que estimo: llevamos muchos años los europeos, y Occidente en general, viviendo del cuento, trabajando poco y, lo que es peor, pareciéndonos todavía mucho. E inventando señuelos, que engañan momentáneamente, para seguir manteniendo esta ficción
Sí, hace unos años descubrimos el señuelo de la globalización que, entre otras cosas, significa: en vez de producir, de trabajar nosotros, que lo hagan otros países, como China, India, etc., donde hay unos salarios de mierda, luego nosotros se los compramos a precio de la ídem y así podemos consumir mucho más sin trabajar.
Vino el Covid, se cerraron las fronteras y nos dimos cuenta de que nosotros no producíamos nada, ni siquiera mascarillas: solo éramos unos gigantes con pies de barro.
Pero, hemos descubierto otro señuelo: si la globalización es peligrosa, traigamos esos trabajadores con salarios de mierda a nuestro propio país, para hacer trabajos de la ídem que nosotros no queremos. Otra forma de vivir a costa de otros. Pero, claro, todo tiene un coste: menor cohesión social, problemas de integración, incógnitas sobre el futuro. Por lo que ya estamos pensando en lo siguiente: emigración, sí, pero, no descontrolada, quiere decirse que ahora deberá estar totalmente subordinada a nuestros intereses.
Nadie parece preocuparse del tema de fondo: esa ilusión individual y colectiva que nos mueva de nuevo a dedicar todas nuestras fuerzas por construir por nosotros mismos un presente y un futuro mejor para nuestros hijos. ¿Quién dijo hijos? Ahí está otro de los grandes problemas.
Miro lo que me gusta de Londres: esos parques, esas praderas verdes de Hyde Park, de Regents Park que la gente disfruta y ama, ese Parlamento bellísimo donde un día, hace ya mucho, se inventó la democracia, como también se inventó el fútbol y ese idioma que ya es de todos. Y veo también lo que están haciendo ahora y no me gusta: el London Eye, que me parece una horterada de cuidado, tanto como esos especie de bicitaxis chinos al descubierto, con música a todo volumen y colores chillones que ofrecen a los turistas, y que convierten al centro de la capital en una especie de Benidorm. ¡Qué pena! ¡Y lo que nos queda por ver!
Vuelvo de Londres, donde he pasado unos días soleados y a nivel personal muy felices, con las palabras de Yasuf en mi cabeza, quizás ya estaban antes, y con la pena por esta Europa cada vez más irrelevante en el mundo –Trump, Putin, Xi, nos están sacando los colores todos los días– y, sobre todo, con el dolor por la falta de un liderazgo que nos haga salir de este charco en el que chapoteamos alelados, mientras otros brillan y a nosotros cada vez nos queda menos agua.
Sí, vuelvo de Londres, esa ciudad soñada un día, que fue un faro para mí. Siento por ella, ya no admiración, sino solo ternura. Como por esos hijos de la Gran Bretaña, cada vez más escasos, en los que nos hemos ido convirtiendo todos.


LECTURA: Disfruta este verano de "Regreso al Sauce curvo", https://t.ly/05tJH. Una novela sobre el verano y el otoño de la vida: amor, suspense e historia reciente para disfrutar leyendo.






viernes, 26 de junio de 2026

LLEGA EL VERANO (PARA EL PROYECTO "DESTELLOS")

 


Me pilla la llegada del verano en mi refugio de Alicante, a donde llego, exhausto, a que el mar cure mis heridas. Ah, el mar, el mar… Los ribereños celebran el solsticio, la noche más corta del año, concentrándose en la playa hasta la madrugada, adorando la fuerza del sol encarnada en una hoguera sobre la que saltan y bailan.
Nosotros aparecemos por la Cala de Finestrat, un poco por casualidad, es la primera vez que celebramos la entrada del verano en estas tierras, que se solapa, más o menos, con la noche de San Juan y desconocíamos estas tradiciones. Es una cala entrañable y doméstica que solemos visitar, con una playa en forma de concha, una arena mullida y suave a la que visitan esta noche familias enteras, chicos y grandes con sus deseos, tan distintos, al hombro.
Hay una luna en todo lo alto que es como un faro gigantesco que lo alumbra todo. Nos dicen que han prohibido las hogueras porque la gente saltaba sobre ellas sin medir sus fuerzas, a veces sobredimensionadas por el alcohol. Ahora el rito es meterse de espaldas en el agua y contar hasta la séptima ola, mientras desgranas tus deseos y tus esperanzas ante el dios de la noche.
Nos dejamos inundar por esa música de fiesta, por ese ambiente de camaradería, por el embrujo del mar y de la luna, por la fragancia del verano que ya nos rodea por doquier. Ah, el verano, el verano…, su hedonismo y su alegría…


NOCHE DE SAN JUAN: https://youtu.be/0jZbA1tseys




Yo he escrito mucho sobre el verano, incluso le dediqué todo un libro en mi obra MIL PALABRAS PARA LA FELICIDAD. Voy hasta él y encuentro algunos destellos:

LIBRO III

VERANO, TIEMPO DE DESCANSO Y VACACIONES

“El verano es un desmesurado domingo: piensas hacer mil cosas, luego llega septiembre que es un desmesurado lunes, y no has hecho nada”
Riccardo Giannitrapani

“Casi deseo que fuéramos mariposas y viviéramos solo tres días de verano. Tres días así contigo los llenaría de más placer que el que cabe en cincuenta años”
John Keats

“Oh, verano abundante, carro de manzanas maduras, boca de fresa en la verdura, labios de ciruela salvaje, caminos de suave polvo, encima del polvo”
Pablo Neruda


VERANO

    No sé lo que tienen las estaciones. Esa compartimentación del año que, en España, tenemos la suerte de que se muestre tan acusada. Que invitan a parar, levantar la cabeza, y hacer un alto. Antes de seguir pedaleando, claro. Que eso es la vida: un verdadero tour de estaciones. De vivencias, quiere uno decir.
    Llega el verano, y uno no sabe por qué, pero lo siente, que es la manera más intuitiva y rápida de saber: ha llegado la época, el momento de disfrutar. Y de descansar, claro.
    Porque los años, los estudiantes lo saben bien, no terminan en diciembre, sino en julio. Dicen que cuando Adán y Eva fueron expulsados del paraíso y se les empezó a aplicar la fórmula: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, empezaron los años que ahora nosotros conocemos.
    Y uno se arrastra como puede, hasta llegar a las empinadas cuestas de junio, suspirando por llegar a la cima. Desde la cual comenzará un periodo lánguido de dulce descenso. Mientras el sol dora tus contornos y la brisa te acaricia con su música reconfortadora.
    Probablemente viajes a otro sitio. Donde la memoria no te recuerde tu encadenamiento a la maquinaria de la producción y de la supervivencia, encima ahora, para más inri, tan selectiva. A algún otro sitio que te permita volar de nuevo, elevarte sobre tu cutre realidad. Soñar con muchachas medio desnudas que nadan parsimoniosamente en calas doradas por el sol.



Recargar las pilas de tu ilusión, de tus nuevos proyectos. Pero sin estresarte, sobre todo sin estresarte.
    Porque el verano es época de lamerse las heridas. De vivir, por una vez al año, con ese hedonismo reparador y dulcificador de la existencia. Es época de sentir. De despertar los sentidos, tan atrofiados durante el resto del año, y descubrirse uno con todas sus potencialidades. Pero no para trabajar, ni para uncirse a ningún yugo. Sino para saborear lo bueno de estar vivo: El disfrute de la naturaleza, de la gente que te rodea, de tus sentidos que son la ventana que te comunica con el mundo. Pero, sobre todo, contigo mismo.
    ¡Bendito verano y benditas vacaciones! Que llegan, puntualmente, una vez más. Aunque sea con más cicatrices y con menos euros en la cuenta. Qué más da. Eso quedará para septiembre.
    Ahora es el momento de disfrutar. De vaguear. De descubrir que alguna vez fuimos dioses. Como antes de que existieran las estaciones. Como antes de aquel terrible: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.     Como cuando todo el año era solo un largo, larguísimo e interminable verano.


EL REY SOL: AGOSTO, AGOSTO…

Recuerdo, de niño, cuando salía al campo de La Alcarria. En el tiempo de la siega. Que doraba los campos de un oro y amarillo furiosos, infinitos.
Y, a veces, me tropezaba con las chicas y las mujeres por los caminos polvorientos. Eran como momias egipcias, vendadas de arriba a abajo, cubiertas de blanco, excepto los ojos, misteriosos y oscuros. Como pozos hondos en el interminable horizonte quemado, abrasado por el sol.
Entonces a las mujeres les gustaba la blancura en agosto. Como a las japonesas en todo el año. Quizá sabían, o intuían, lo que una vez dijo el maestro: Una mujer blanca y sin ropa, está doblemente desnuda.
Hoy me atorro, como todos, en una playa del Levante. La verdad es que el solazo frente al vaivén de las olas tiene su encanto. Esa dejadez, esa laxitud compartida, ese dominio absoluto del rey sol casan a la perfección con ese estado de ánimo que nos ofrecen los largos agostos aburridos y divertidos a un tiempo. Aburridos por el día y por la noche, ¿quién sabrá?
Y las chicas se doran, se fríen al sol, vuelta y vuelta. Desconociendo, o tal vez no, que lo mejor siempre será ese espacio blanco y doblemente desnudo entre tanto marrón de quemazones y potingues.




Pero uno aprendió hace tiempo que no se pueden, ni se deben, imponer los paisajes. Ni exteriores, ni interiores.
Sino adaptarse a ellos. Formar parte de los mismos como una pieza más del puzzle en el que agosto nos engulle a todos.
Porque es el tiempo del rey sol. En el que todo quisqui claudica, excepto que esté a la sombra o enchufe el “Air conditioning”.
Y piensa entonces, fresquito, cuánto calor debían pasar mis paisanas de La Alcarria, o las japonesas, entre otras, por lucir blanquitas. Por renunciar a inclinar la cabeza ante el rey sol.
Y yo me meto y salgo del agua, cada dos por tres. Y luego vuelvo a la sombrilla. Porque soy de los falsos morenos a los que el sol les sienta mal. Y no se doran ni aunque los lleven a la hoguera de la Santa Inquisición.
Como mucho se van poniendo rojos como un tomate. Quizá es que a uno no le gusta arrodillarse. Ni ante el rey sol. Ni ante la madre que lo parió. Agosto, agosto…
Había una canción que no sé si recuerdan: Cuando llegue septiembre, todo será maravilloso… Pues eso.

TIEMPO DE JULIO

El tiempo es la daga que esculpe
las cicatrices de tu agotado corazón.
Dejándote en él ese mensaje cifrado
con su punta de acero
que tú entiendes tan bien.

Sí, el tiempo es solo un mapa de estrías,
un cartograma de ausencias,
que espera la definitiva y última
mueca de tu dolor.

El tiempo nos consume a todos
como un monstruo de voracidad infinita,
dejando solo un reguero de recuerdos.
Como rastro de la derramada sangre
que corre por doquier.

Tú oyes su tic tac y te sientes vivo,
navegando en las ondas de los instantes dichosos
Queriendo ignorar la cercanía de la esquina,
donde caprichosamente gira el viento
del impredecible destino.

Y no hay nada que hacer
sino columpiarte en tu barca.
Mientras el viento sopla, respira,
y te lleva de aquí para allá
rayando un camino en el mar.

¿Qué quedará de ti entre la espuma de las olas?
¿Dónde irá a caer el último sudor de tu frente?
¿Quién querrá y podrá seguir tu huella?
¿Entre tanto trajín, entre tanta gente?
Te preguntas.

Y el reloj del tiempo solo te marca la hora
que él solo entiende.
Mientras cae el sol y se termina julio.
Como también se acabarán un día las flores…
Esas que tú plantaste…

O, eras tú mismo,
floreciendo,
alegre.
Con tus pétalos al viento
en mitad de la tarde…






LAS MUJERES, LOS HOMBRES Y EL VERANO

“La intuición de una mujer es más precisa que la certeza de un hombre”
Rudyard Kipling

“Quien quiera ver prosperar sus negocios, consulte a su mujer”
Benjamín Franklin

“Sin la mujer, la vida es pura prosa”
Rubén Darío

«Mirar a los ojos a una mujer, me dices mientras esparces tu mirada por el cielo estrellado de este verano, es como asomarte al brocal de un pozo. Tiemblas de miedo ante la profundidad y la intimidad de tan reducido espacio. Qué pasaría si perdieras el control. Y cayeras a lo hondo. Allí donde no hay posibilidad de recorrer sino las distancias cortas».

La atracción, y por tanto, el miedo a lo femenino no tiene límites. Eso ha sido así desde siempre. Y, quizá, por ello, esa ansia histórica de dominio de la mujer. Que no es sino un escudo defensivo para vencer el miedo. El vértigo a la intimidad, a la comunión con lo diferente, a dejarse apresar por los lazos del abrazo.

El hombre se defiende, sin embargo, tendiendo al chapuzón ligero, en lago plano, sin riesgo, y cada vez en aguas diferentes, buscando ese estremecimiento momentáneo del contacto con el agua fresca.

Tal vez para no enfrentarse a su destino: la profundidad de las aguas que empiezan a cinco metros del brocal del pozo y no terminan nunca, si miras hacia adentro.

Yo miro el cielo estrellado y me encuentro inerme ante él. Como ante los ojos de una mujer. De una mujer que te gusta y te atrae, claro. El eterno femenino. Cosas que no cambian, ni cambiarán.

Como este verano. Que es igual que todos los veranos. Que nos ofrece, de nuevo, un cielo estrellado, lleno de profundidad y de misterio.

Bajo su capa dos amigos hablan de lo que no saben. Aunque les gustaría saberlo. Mientras descorchan una botella de vino que les calienta la sangre. E incrementa la hermandad masculina, que es como una alianza de hierro, que les protege o, eso piensan, de la atracción del pozo. De ese mundo subterráneo y profundo que espera cuando la botella se termina.

Aunque, mientras se acaba, sólo existen los lagos de postales suizas. De esas aguas transparentes y calmas, donde es imposible ahogarse de pie.



UN BELLÍSIMO DÍA DE SEPTIEMBRE: EL OPTIMISMO COMO ELECCIÓN


Soy optimista. No parece muy útil ser otra cosa”
Winston Churchill

A veces pienso que el destino juega con nosotros. Somos como la hojarasca que alfombra las calles a la que el viento lleva de un sitio a otro a capricho, a su voluntad. Y entonces nos llenamos de temores, de ese miedo tan íntimo e importante que nos produce nuestra pequeñez, nuestra fragilidad.

Yo recuerdo que, de niño, me refugiaba en mis recuerdos, de cuando mi familia era feliz antes de que la golpeara el destino. Y así, lograba sobrevivir. Con la esperanza de que, otra vez, las cosas volvieran a ser como antes.

A lo mejor, de mayor, hago exactamente lo mismo. Y por eso busco a veces la felicidad entre mis recuerdos, al escribir este diario. Como si encontrara en ellos la fuerza para enfrentarme al capricho y, también quizá, a la dureza de mi destino, que vendrá en todo caso al final de mis días. Porque a veces no sé muy bien qué es lo que me pasa y por qué me pongo de vez en cuando tan triste. Ni por qué vivo como ausente, como si no quisiera mirar de frente al futuro que me espera. ¿Por qué será que me niego a aceptarlo? Mi final, nuestro final, el de todos nosotros, digo.

Y entonces me rebelo y trato de vivir lo más intensamente que puedo este trozo de vida que me resta. Y darlo todo a las personas que me rodean, a las que quiero.

Mientras, en algún rincón íntimo de mi corazón alumbra la llamita de que esto no se termina aquí. Que todo será como cuando termina el verano. Este verano que ya declina. Que habrá otro al año que viene. Tal vez en otro sitio, de otra forma. Porque si no… Y entonces me reconforta la idea de que otros muchos piensan como yo. Siento el calor de esta fraternidad de huérfanos que somos la humanidad.

E incluso siento también la sombra, lejana, casi ausente, de ese padre eterno que debió organizar todo esto, de una forma que él solo entiende. Y también decido pensar, creer, quién me lo impide, que al final, debe ser un padre bueno. Porque si no…

Sí, se está mejor en la lado de la luz, del optimismo. No porque tenga uno las cosas claras, sino porque se vive mejor. Y a eso me apunto hoy. Que es un día bellísimo de septiembre, el mes que a mí más me gusta del año.

“El hombre feliz no es el hombre que solo ríe, sino aquel cuya alma, llena de alegría y de confianza, se sobrepone y es superior a los acontecimientos”
Séneca


SERENA BARCA, SERENA FELICIDAD

...Y el mar está calmo. Horizontal. Sin borrascas a la vista. Tú contemplas el atardecer, pleno, también, de una tranquilidad sin límites.
Serena barca, serena vida. Que destila este tiempo, amarillo y azul, que no volverá.
Quintaesencia de los momentos felices, que aúnan los recuerdos dichosos con un futuro despejado hoy, pintado del rojo y amarillo de este atardecer.
Serena barca, serena felicidad. Que nos regala este tiempo que empieza de nuevo. Como todos los veranos
Y la brisa recorre todos los horizontes, que respiran la intensidad de estos instantes de calma chicha. Entre las ondas azules del mar de la tranquilidad que te envuelve hoy.
Serena barca. Tiempo denso, e intenso, que nunca pasa.
Serena barca, plena de esa paz. Reina de esa, tan anhelada, calma.


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Sí, cuántas cosas es el verano. Su inspiración es inagotable.
Y luego está el verano de la vida. La infancia duerme cerca del hogar en el frío invierno. La juventud explota, se convulsiona, vive, goza y sufre durante la primavera. El verano es la época de la madurez, de vivir un amor que cruza toda una vida, de criar unos hijos que herederán todo de ti, de devolver a tu país los réditos de tanta inversión que han realizado en tu persona. Y llega el otoño, la edad dorada de la recolección de los frutos, la época de la reflexión y del recuerdo, el tiempo de la búsqueda de un sentido a la vida antes de que esta se acabe.
Yo escribí una novela a la que tengo un cariño inmenso sobre el VERANO Y EL OTOÑO DE LA VIDA. Un día realicé un videoclip presentándola. Está dedicado a la persona que me la inspiró. Y a todos los compañeros de cordada que transitamos por estas mismas cumbres de la vida.


AH, EL VERANO DE LA VIDA. TODAVÍA LO RECUERDO. Ahí va: https://www.youtube.com/watch?v=zFtLLvoWfiA


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Sí, este año me fui a ver el mar para curarme las heridas. Una, muy profunda. Justo el sábado pasado me acerqué a Sigüenza. A pasar nuestra tradicional jornada de compañerismo y de amistad con aquellos niños del internado de la Safa con los que pasé seis intensos años y que hoy son, somos ya, unos viejos, aunque todavía jóvenes, nos creemos.
Todo fue bien, como siempre. Un placer volver a ver a tanta gente entrañable. En mi pandilla del internado, ya adolescentes, éramos seis. Llevamos acudiendo a estas jornadas desde que se convocaron hace quince años, cuatro de nosotros. Otro acudió la primera vez y luego ya no ha vuelto. Cada uno gestiona el pasado de una manera diferente. Siempre vamos los mismos, un treinta por ciento aproximadamente, el resto se alejó por las cañerías de la vida y vive por otros derroteros.
Me impactó muchísimo cuando me lo dijeron. Nuestro sexto compañero de pandilla nunca asistió. La primera vez le llamamos, pero se mostró muy distante, como si aquella época de nuestra niñez y adolescencia hubiera ocurrido en otra vida ya muy lejana para él.
A mí me visitó una vez, de jóvenes, durante las fiestas de El Sauce Curvo. Apareció de repente con unos amigos. Estaba alegre, ocurrente y vivaz como siempre. Cantamos y bebimos como entonces de chavales. Lo pasamos bien, era un chico muy alegre y muy sociable. Luego ya no supe más de él.
Ni sabré.
    Nos dejó hace un par de años. No me lo podía creer cuando me lo dijeron. En mi mente solo era todavía un chaval lleno de vida.
    Me acuerdo cuando nos íbamos a tumbarnos al lado del río más allá del paseo de las Cruces. Y divagábamos y nos vacilábamos unos a otros practicando el juego de la vida. O íbamos a entretenernos a los billares y a los futbolines enfrente del Mesón, con nuestro cigarrillo entre los labios, jugando a hacer posturas varoniles y decididas. O nos íbamos a jugar a las cartas a las tabernas del barrio medieval, cerca del castillo. Allí, lo que más hacíamos era beber de unos porrones de vino que nos servían. Las cartas nos importaban un pimiento. Solo elevábamos nuestra autoestima cantando y contando chistes, para luego enfrentarnos a aquellas seguntinas enhiestas y orgullosas que paseaban por la alameda. Él era el más lanzado de nosotros.
    Como ahora, que se ha adelantado un poco. Sí, siempre fue un poco por delante. Y nosotros le seguíamos.
    Recupero dos fotos, en la alameda precisamente, las únicas que tenemos juntos la pandilla. Me sigue llegando su vivacidad, su alegría, su atrevimiento. La vida nos va recogiendo ya uno a uno.
    Tú siempre fuiste de los primeros. Gracias, como entonces, compañero del alma, por abrir la puerta y enseñarnos el camino.
    Yo quiero compartir una última canción contigo. Una que nos ponían mucho los domingos por la mañana para levantarnos, el único día que no teníamos que estudiar. Debíamos tener catorce o quince años. No sabíamos una palabra de inglés pero la tarareábamos como podíamos y, sobre todo, nos imaginábamos ese verano que llegaría pronto, en el que podríamos hacer tantas cosas que allí, dentro de aquellos muros, y con aquellas seguntinas tan creídas, nos era imposible.
    Es una canción marchosa, alegre y un poco gamberra. Me hubiera gustado otra vez beber y cantarla contigo.
    Ahí va: In the summertime: https://www.youtube.com/watch?v=yG0oBPtyNb0