martes, 24 de febrero de 2026

QUEDARÁ LA MÚSICA

 

Esta mañana no he escrito una letra. Tengo todos los martes un desayuno, que se alarga casi dos horas, con media adocena de amigos, que fuimos compañeros de trabajo durante muchos años y que llevamos otros tantos, más de una quincena ya, viéndonos una vez a la semana, ya no para recordar cosas, que nos las tenemos ya muy contadas, sino simplemente para pasar un buen rato en buena compañía. Nada más.

Como apenas me muevo, aprovecho para ir y venir andando, hora y cuarto en total. Así que, tras dedicar un tiempo a mi mujer y a mi hija, que hoy teletrabaja y ha venido a visitarnos, se me ha ido la mañana en un tris, luego, la comida, mis diez minutitos de siesta y, por fin, me pongo aquí frente al teclado.

Hoy postergo mi novela y me meto de lleno en "Destellos". Este capítulo podría ser una segunda parte de "Agapornis", pero creo que merece uno entero para él.  Ahí va:


QUEDARÁ LA MÚSICA

     Después de cenar íbamos a dar un paseo cuando nos embargó el sonido de la música. Nos llegó reverberando entre las columnas, los espejos, el murmullo de la gente deambulando por el lobby del hotel.

 

Era una música en vivo y, mientras saboreábamos un par de combinados, tú observabas a las parejas que bailaban. En esa noche de alegría, de despreocupación, de vacaciones. Y me apretabas el brazo, como sé que lo haces cuando estás contenta.

 

La orquesta, quién sabe por qué, me recordó de golpe a la del Titanic. Dentro de no muchos años no quedaría nadie de los que allí estábamos. Dónde iría toda aquella alegría, la complicidad de los cuerpos, las caricias y los besos de todas aquellas parejas, que continuarían, luego, mucho más apasionadas, sin duda, al otro lado de las puertas de las habitaciones. Todo aquel barco se estaba yendo ya a pique, escorándose lentamente hacia el abismo. Los únicos cuerdos debían ser los músicos de la orquesta que tocaban «El último vals» y nunca abandonarían la nave. Estoicos y escépticos, mientras les llegaba el agua a la rodilla.

 

Sí, sólo quedaría la música de aquella noche en el recuerdo submarino de todos nosotros, pasadas unas décadas. En el silencio eterno que sólo recorren los peces.

 

Tal vez porque me viste triste, me apretaste el brazo un poco más: «Venga, vamos a bailar».

Sí, al final sólo quedaría la música de aquella noche. La fragancia de tu cuerpo entre mis brazos. Y el susurro de tu aliento en mi oído: «Sabes que te querré eternamente».

 

Entonces me pareció que el músico del violín sonreía. Yo ya lo había visto antes. Aunque dónde, cuándo.

 

A veces, pienso que ya he estado en los sitios, que todo es una repetición de algo ya vivido. Por eso me acerqué al músico del violín: «¿Qué es todo esto?».

 

Él me sonrió de nuevo y se acercó al micrófono: «Y como despedida, esta balada de Celine Lion: “Mi corazón seguirá”».

 

Sí, al final del final sólo quedará la música.

 

    Y las estrofas que un día llenaron nuestro pecho bailarán entonces en las ondas que producen los peces: «El amor puede tocarnos una vez. Y durar toda una vida. Pase lo que pase, mi corazón seguirá…»


      A veces, no sabes por qué, ves a tu pareja, o te ven a ti, llorar de una forma extraña. En una noche llena de alegría, de despreocupación. De vacaciones.




https://www.youtube.com/watch?v=F2RnxZnubCM&t=3s








lunes, 23 de febrero de 2026

AGAPORNIS (para el proyecto Destellos)

 


Empecé con mi novela, que se denomina provisionalmente  "Tiempos de soledad", como el documental del mismo nombre. Estoy en el proceso de arranque y creación de la atmósfera de la narración. Miro por la ventana y me inspiro con mis flores de invierno: mis prímulas y mis ciclámenes. Una belleza que resiste el sol de estos días y la nieve de los pasados, como un amor excepcional.




Luego, descanso un poco y me voy a otro paisaje. El de "Destellos".  Mi homenaje a la palabra, a la música y a la imagen, a través de la literatura y del cine.  Ahí va  un nuevo capítulo:


AGAPORNIS


 Este domingo hace un día soleado, pero muy frío, casi gélido. Os levantáis tarde, desayunáis juntos y, luego, cada uno se va a hacer sus cosas. Tú te encierras en tu despacho, tienes asuntos pendientes que atender. Quedáis a las dos, listos para salir, en la puerta de la casa.

 Después de comer en un restaurante del barrio, al que soléis ir a menudo, porque hacen una sepia a la plancha que os gusta mucho, dais un paseo por los alrededores. Cogidos del brazo, muy juntitos, la temperatura lo pide. Piensas, mientras disfrutas del sol y de la conversación, tienes la suerte de que a tu mujer nunca le falta, que paseáis como una pareja antigua, como lo hacían no solo vuestros padres, sino también quizás vuestros abuelos, a la antigua usanza.

 Al cruzar un semáforo te fijas en otra pareja que os lleva veinte años, en el último trecho de la vida. Caminan como vosotros, con la diferencia de que a él se le ve ya muy torpe y ella tiene que cuidarlo y acompasar su paso a la lentitud del suyo. Pero, ni por un momento, ella se suelta de su brazo.

 Tu mujer también lo ha captado. Os cruzáis una sonrisa cómplice y ella te aprieta el brazo. “Agapornis, le dices”. “Sí, te contesta, como nosotros”. Aunque, en realidad, tu mujer y tú no os habéis dicho nada. Con palabras, quiero decir. Pero el traductor de Google es lo que interpretaría de ese cruce de vuestras miradas al verlos.

 Tú conoces bien a los agapornis. Son unos pájaros vistosos, unos loros muy pequeños, del tamaño de un gorrión o poco más. Bastante gente los tiene de mascotas. Su nombre procede de agape-ornis, “pájaro del amor, o pájaro del afecto”. Viven en pareja, de una forma que sorprende y emociona en un pájaro. Siempre pegados sus cuerpos en el mismo palo, se cuidan, se limpian y se miman el uno al otro por toda la vida. Por ello, también se los llama los pájaros inseparables, son una de las especies animales monógamas por naturaleza.

 Las personas no somos monógamas por naturaleza, la razón por la que traes a colación aquí esta pequeña viñeta es para subrayar la importancia de la pareja en el último tramo de la existencia. Aquel en que los hijos se van, la actividad profesional mengua, o desaparece, al igual que las actividades deportivas, y la movilidad te va atando a los alrededores de tu casa.

 Quedan los amigos, es cierto, y algunas aficiones, que han de mantenerse mientras el cuerpo aguante. Pero tu núcleo vital queda concentrado en ti mismo y en tu pareja si la tienes. Saber tejer con ella una serie de complicidades, de rutinas satisfactorias, de alianzas para lidiar con las limitaciones y con el tiempo, que es una pendiente siempre en descenso que os lleva irremisiblemente al último callejón sin salida, debería ser asignatura obligada en la academia de la vida.

 Hay muchos tipos de pareja, además de este tipo tradicional, al que tú llamas modo agaporni. Hoy en día, hay casi tantas variantes como parejas. Lo cual a ti no te parece mal, si los miembros lo desean así y ambos encuentran recompensa en esa relación. Inclusive parejas a tiempo parcial, o no convivientes, o abiertas. Lo importante es el vínculo preferencial de compañía de cordada, de ayuda mutua y de satisfacción cada uno con la presencia del otro. 

 La naturaleza empuja a que la efervescencia de los encuentros de amor erótico/ sexuales se vaya espaciando, aunque no tienen por qué desaparecer, también aquí se puede gozar de una serie de variantes en las que acomodarse para disfrutar de esta comunicación esencial y única entre la pareja. Pero sí es cierto que la amistad, el cariño, la complicidad de toda una vida juntos se convierte en la argamasa principal para no solo sortear, sino para seguir disfrutando del último tranco de la vida. 

 ¿Y qué hacer para que todo esto suceda en tu pareja cuando llegas a esta tercera o casi cuarta edad? Para empezar, como contestaría el niño sabiondo de la clase, lo primero, sería conservarla, claro. Eso ya sería un buen síntoma de la salud de vuestra pareja. Tú añadirías que, como en todo, unas cosas vienen a continuación y, además, generalmente son consecuencia de otras previas. Quiere decirse que hay que prepararse para ello. Ser consciente de la fase vital en la que estamos y lo que nos va a suceder después de esta. E ir tomando las medidas adecuadas para ello, claro.

 Afortunadamente, tenemos la suerte de recordar el camino que siguieron nuestros padres al que abocaremos nosotros dentro de poco y un montón de ejemplos de amigos, conocidos o, inclusive, personas anónimas del barrio, como la pareja de viejecitos agapornis, para saber lo que nos espera. De nosotros, de nuestra dedicación e inteligencia dependerá en buen grado conseguirlo.

 Tú miras a los agapornis. Y piensas en la gran inteligencia que deben de tener para un cerebro tan pequeño. Y te acuerdas de lo que te decía tu padre. “A veces, cuando no tienes dónde mirar, miras a los animales y te contestan muchas de tus preguntas”.  





Sí, quizá no tengamos que inventarlo todo.
A veces basta con mirar a los animales.

Tal vez por eso, los agapornis han terminado siendo símbolo de ese último tramo compartido: el de la compañía más allá del deseo.

Al final, no se trata de permanecer juntos cuando todo va bien, sino de aprender a seguir en el mismo palo cuando el equilibrio empieza a fallar.

Hay una estupenda canción de Adele que lo dice muy bien: "To make you feel my love" ("Para hacerte sentir a ti mi amor")

https://www.youtube.com/watch?v=4lK2eAGJvho

Quizá el amor en esta etapa ya no tenga que ver con promesas, sino con presencia. Día, a día. Contar con alguien que, cuando caiga la noche, siga ahí para secarte las lágrimas.


Hay también una preciosa canción pop española de los inicios de Miguel Bosé, él ahora que es mayor dice que es su canción más bonita, la mejor del mundo llega a afirmar. Ahí va:

TE AMARÉ: https://www.youtube.com/watch?v=8hKgyX86b-8&t=9s

"Te amaré, te amaré / a golpe de recuerdos /

Te amaré, te amaré / hasta el último momento.

Está bien prometer amor pero, tal vez este, con los años, ya no tenga que ver con promesas, sino con la decisión silenciosa de seguir estando a su lado.

Sí…  ese amor que emerge como una belleza tranquila que no promete fuegos artificiales, sino compañía cuando estos se apagan.  Tal por eso no dejamos de mirar a los agapornis, para que nunca olvidemos su secreto de vivir juntos toda una vida en el mismo palo.

jueves, 19 de febrero de 2026

HÉROES ACTUALES.

 


Ayer me llamó Ángel Custodio, uno de los protagonistas de nuestro documental "Tiempos de soledad", que dirigí en 2024. Tiene el mérito, enorme, de haber salido de la calle tras haberse convertido en un "sin techo", por un fracaso empresarial que lo dejó arruinado y endeudado  hasta las trancas con familiares y amigos. 

Lo perdió todo, su empresa, su casa, su mujer, hay un dicho que sentencia: "Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana" y no perdió la vida, intentó ahorcarse sin éxito final, porque Dios no quiso. Nunca mejor dicho, lo tenía reservado para algo muy especial: ayudar a salir de la calle a otros "sin techo" como él. 

Él lo consiguió escribiendo un libro entrañable y auténtico, "Salir de la calle". Lo imprimió como pudo y empezó a venderlo en una esquina de la Plaza de Manuel Becerra, qué casualidad, el barrio donde yo viví cuando mi familia emigró a Madrid a finales de los sesenta. El boca a boca y su enorme tesón han hecho de esta obra un auténtico best seller, aunque no figure en las listas de ventas. Se ha recorrido España entera con él en la mochila. Y se ha convertido en una figura mediática y carismática, al que entrevistan los periódicos importantes como El Mundo o las televisiones como Antena 3 en sus programas estrella.

Yo lo conocí de una manera casual cuando me documentaba para mi primera obra como director. Fue en la Plaza de Ópera, donde todos los lunes a las nueve de la noche, algunas ONG´s como "Granito a granito", repartían bocadillos a todos los "sin techo" que se acercaran por allí. Llevaba su libro en la mano y me interesé por él. Nunca olvidaré la fuerza de su mirada, su entusiasmo, su alegría, que te inundaban por dentro.

Fue uno de los protagonistas  del documental, claro. Luego, asistí a algunas charlas suyas y quise que participara en una película sobre la soledad que estábamos preparando que, al final, lo sentí mucho, no salió.

Pero, sí salió él de la calle, primero para vivir de  incógnito en un trastero, luego ha recuperado su vida, no la de antes sino una mucho más feliz, como él dice. Recuerdo cuando fuimos a rodarle allí dentro, en aquellos seis o siete metros cuadrados.

"Vamos, pero a la hora de comer, que el portero no está". "Nadie en la casa sabe que vivo allí." "Voy a meterme cuando todos duermen y con el miedo en el cuerpo".

No he visto en mi vida, vivienda, por decirlo así, amueblada con tanto cariño ni aprovechada hasta el último centímetro de la misma.

Destina una parte de las ventas de su libro a ayudar a otros "sin techo" a salir también de la calle. Él lo logró. Pocos lo consiguen. Acaban alcoholizados y dementes muchos de ellos. Y con una esperanza de vida veinte o treinta años menos que la media. La suya es una misión encomiable.

Sí, Ángel Custodio causa admiración. Tiene mucho mérito lo que hace. Yo busqué los originales de su entrevista (en el documental, por la extensión del mismo, se comprimió) y en unas horas hice con mis herramientas de edición casera un documental para él. Para que le sirva para difundir su mensaje: "Se puede, se puede", no deja de repetir.

Hemos quedado en vernos, para ponernos al día. Aunque yo ya lo estoy en gran medida. Sus noticias me llegan por las redes, por todos los lados, y me llenan de alegría . "Se puede, se puede". "Venirse abajo no es una opción", sigue insistiendo una y otra vez.

Esas inyecciones de optimismo, de autoestima, podéis encontrarlas en su libro, os vendrán, como a mí, muy bien. Os lo aseguro. 

"SALIR DE LA CALLE". Pedírselo por whatsapp al 642705668. Os los remite por correo certificado.





Y aquí está su entrevista en mi nuevo canal de YOU TUBE (si lo deseáis os podéis suscribir a él):  https://youtu.be/24SXNQ45Q6U

miércoles, 18 de febrero de 2026

ESTRELLAS


 

Cuando éramos pequeños, nos subíamos de noche al carro de heno y mirábamos las estrellas. Y yo te hablaba de mis proyectos de conocer mundo, de cruzar todos los mares.

 

Entre viaje y viaje, me paré y te pregunté: «¿Y tú?».

 

«A mí me gustaría estar así siempre, siempre», musitaste.

 

Pero yo estaba ya enfrascado en otro continente.

 

Hoy miro por estribor el rizado de las aguas con su movimiento eterno y, quién sabe por qué, me acuerdo del carro de heno y de lo más bonito que me dijeron nunca.




Vídeo sugerido: OLTRE LE RIVE. ZUCCHERO

 https://www.youtube.com/watch?v=0J4EEQTGjjw


Esta maravilla de canción tiene en su letra una estrofa que dice: 


He vagado sin rumbo ni destino / hasta el final del arcoíris /en noches empapadas de vino / hasta escuchar mi propia voz de niño.




       Sí, ya tengo decidido, el orden de mis trabajos literarios de este año. Empezaré mi novela anual y, cuando me apetezca, escribiré para "Destellos": un libro de literatura y cine. Un homenaje que me doy a mí mismo, disfrutaré buscando las imágenes y las literaturas más adecuadas para cada texto, que a mí me han emocionado en el tiempo.

      Con permiso del cine, claro, que también llama a mi puerta, aunque aún no tiene calendario, la semana que viene tenemos reunión para hablar de ello.

      Un capítulo de "Destellos" en el que estoy pensando sería: "Memoria del tiempo que se fue". Como arriba, sería una entrada del mismo.

Y una novela para que te solaces con tu memoria.

Novela MEMORIAS DEL SAUCE CURVO: ¡Recuerda y emociónate

.UNA NOVELA PARA AQUELLAS PERSONAS A LAS QUE LES IMPORTA DÓNDE NACIERON Y QUIÉNES LAS AMARON.
https://amzn.to/3hBuNkx
     .Ahora también en inglés.
 .A novel for those who care about where they were born and who love them.

https://shorturl.at/Vl8nv








sábado, 14 de febrero de 2026

UN SAN VALENTÍN CERCANO Y PROTECTOR

 



Una vez, de novios, hace, no sé, casi cuarenta años, me llevaste a ver a San Valentín. Había nacido cerca de tu pueblo, en las Hoces del Duratón. Fuimos a la ermita donde está enterrado, en una pequeña isla en medio del río, junto a San Frutos.
Allí nos presentamos los dos, con nuestro amor. Buscábamos protección, qué se yo, esas cosas intangibles que uno quiere tener cerca para que su amor dure toda una vida. Pase lo que pase.
Hace unos meses, unos amigos nos llevaron por primera vez a la romería del Rosario, del Villar de Sobrepeña, al lado del Duratón también. Allí, en una ermita doméstica y entrañable, me acordé de aquel lejano día y quise captar ese recuerdo. Soy un desastre, me había dejado el móvil en Madrid. Así que tuve que pedirte el tuyo. Con él te tomé unos planos improvisados, mientras que el cura nos animaba a que pidiéramos lo que más quisiéramos a la Virgen del Rosario.
Mientras grababa, me di cuenta. Tenías la misma sonrisa que en aquel lejano día ante San Valentín. Nuestro santo había hecho su trabajo y había mantenido en nosotros la esencia de aquel amor primigenio. Sólo le pedí a la Virgen que siguiera haciéndolo. Que continuara la obra de San Valentín: seguir cuidando de tu sonrisa. Y que yo supiera alimentarla para que nunca la perdieras, como no lo habías hecho en todo aquel tiempo. Los santos hacen milagros que a los humanos nos sobrepasan.
Yo solo puedo contarlo: busqué aquellas imágenes de aquel tiempo de San Valentín y las mezclé con estas otras de la romería del Rosario. Casi cuarenta años entre ambas. Toda una vida. Sí, toda una vida juntos. Aunque el mérito no sea solo mío, sino de San Valentín. O del Duratón y sus secretos, qué se yo. ¡Y qué más me da a mí, me digo en mi interior! Aquí continuamos, los dos juntos, tras todo ese tiempo, que es lo importante.
Brindo hoy para que sigamos muchas décadas más. Uno al lado del otro, siempre. Sí, nada me gustaría más. ¡Porque así sea!
VIDEOCLIP “CUIDALE SU SONRISA”: https://youtu.be/NeFRk5QYSY4


martes, 10 de febrero de 2026

EL ÚLTIMO MERIDIANO

 





EL ÚLTIMO MERIDIANO

Afirmaba Confucio que se tienen dos vidas, y que la segunda empieza cuando te das cuenta de que solo tienes una. Muchas veces ese momento no llega hasta la vejez, donde reparas en el poco tiempo que te queda, donde el paisaje se despeja de tantos trampantojos que la vida superficial y falsa de hoy ha puesto delante de ti como liebres saltarinas a las que no dejas de perseguir y que te apartan de cualquier otra meditación sobre el sentido de nuestra existencia.
Dicen que la vejez es un regreso a la infancia. Y, con matices, estoy totalmente de acuerdo. Las une una forma de vivir donde solo reina, en verdad, el presente.
La vejez no se entiende sin jubilación. Y la jubilación supone bajarse del carro de la ansiedad, de la competitividad, del deseo por progresar a toda costa. Sí, la edad adulta es la edad del deseo y, por tanto, de la frustración, del sufrimiento, salvo cuatro momentos eufóricos por haber alcanzado esas metas volantes que rápidamente sustituyes por otras que están más allá, es la edad de la postergación del presente a la espera de conseguir ese futuro soñado.
Dice Navak Ravikant, estoy leyendo un libro de sus pensamientos que me encanta, que la falta de deseo lleva a la paz. Y que de esta brota la felicidad, porque en ese momento tus sentidos solo se dedican a percibir, a absorber todos los rayos luminosos que nos ofrece ese presente que se despliega como nunca a nuestros ojos.
Ojo, no seré yo, el que reniegue de todo lo conseguido por el hombre. En muchos aspectos vivimos mucho mejor que nunca. Y todos tenemos un compromiso social con nuestros semejantes: hemos de procurarles a ellos, y a nosotros mismos, mejor salud, más seguridad, mayor formación, etc. Y eso solo lo da ese trabajo esforzado y constante que realizamos durante la edad adulta.
Digamos que en la infancia creces y te preparas, en la edad adulta rindes y aportas valor a la sociedad que te rodea. En la vejez, te repliegas sobre ti mismo y te dedicas a saborear lo conseguido, a disfrutar de tu presente de una forma pacífica y relajada.
Ojalá en la adultez tuviéramos también algo de ese espacio para nosotros, lejos del ajetreo y la ansiedad por hacer y hacer. Decía Pascal que el secreto de la felicidad es saber estar media hora en tu habitación sin hacer nada. Sin morirte de ansiedad o aburrimiento. Sino solo disfrutando de tu presencia y escuchando el latido de tu corazón.
Ojalá en la vejez todo el mundo encontrara asimismo algo de esa actividad con la que completar esa maravillosa actitud contemplativa y reflexiva de la existencia. Una actividad no obligada, sin horarios y sin premios materiales, sino elegida solo porque te gusta, porque te divierte, porque crees que eres bueno en ella y disfrutas haciéndola y ofreciéndola a los demás, por si les sirve de algo.
El otro día fue mi cumpleaños, me cayeron 69 del ala. Aprovecho para daros las gracias por vuestras innumerables felicitaciones. Me di cuenta que estaba ya cruzando el último meridiano. Pero todavía disfruto en compañía de mi familia. Y haciendo lo que me gusta: escribir y ayudar a producir películas.
Y me acordé también de aquella canción entrañable de Ketama: “No estamos locos”.
Su letra dice así: No estamos locos/ que sabemos lo que queremos / vive la vida igual que si fuera un sueño…
Ojalá, jóvenes y mayores, no lo olvidemos nunca. Creo que viviríamos aún mucho mejor.


FOTO: Con Antonio Carmona, líder de Ketama, en el aeropuerto de Barajas, en una época en que viajaba mucho por motivos de trabajo, persiguiendo liebres saltarinas.


Y dos vídeos de recuerdo para este diario literario y personal, por unos días. Me quedo con las palabras finales de mi chica: "¡¡Viva la fiesta, viva la vida y vivamos nosotros!!" Porque así sea, durante muchos años.


CUMPLE DE MI MUSA: https://youtu.be/2ik1cDmyIXM

Nuestro restaurante fetiche estaba cerrado y repartimos suerte en otros dos, uno más sencillo y ruidoso, el otro, más elegante y tranquilo. Variado. Como la vida misma.

domingo, 8 de febrero de 2026

ANDANDO FEBRERO

 



¡Cómo pasa el tiempo! Levanto mi cabeza un momento de la bicicleta mientras pedaleo y me doy cuenta de que ya está bien entrado este mes tan corto.

Pasó mi cumpleaños, entrañable como siempre, con mi hijo Guillermo conectado desde Filadelfia por vídeo, en el que recibí unos regalos muy especiales, se ve que mi familia me conoce bien: una copa para un buen vino, que no falte el chocolate, me encanta, y la música, que me emociona sobremanera: entradas para ver el musical Los miserables con mi wife. Y otras cosas más intangibles que quedan en mi interior. Así que vamos con ganas a por este 2026, que ya está inscrito también en mi calendario particular.

Y vuelve el cine: tuve mi reunión con la productora habitual y hay dos proyectos en los que tengo mucho interés y voy a participar:
-un cortometraje para una fundación conocida de Madrid que apoya a las personas mayores. (Me pregunto si ya me incluyen a mí en este colectivo y por ello me involucran en él).
–Un documental de investigación sobre los problemas mentales de nuestro tiempo y sus posibles remedios, que servirá de base para una película sobre este tema.

Sí, regreso al cine. En un año ya cargado en exceso con dos proyectos literarios complejos que me van a exigir el do de pecho. Como digo, los hay que hemos nacido para pringar y, otros, que han nacido para holgar. En fin, y uno es feliz así. ¡Pues entonces, no te quejes, que diría el otro! Así, que ¡a trabajar!

Y esta tarde nos vamos a la agencia de viajes a ver si concretamos la visita a Filadelfia para ver a nuestro retoño. Un viaje en el horizonte me recarga las pilas y me llena de ilusión para continuar pedaleando en estos proyectos.

Para despedirme, os dejo con esta palabra: Sexalescencia. Que no tiene nada que ver con el sexo, ¿eh?, bueno, o sí, como todo. Sino con esta etapa que nos toca vivir a los de mi generación de sexagenarios. Pues bien, sexalescencia es la nueva denominación de esta etapa de los 60/70, que tiene que ver con la adolescencia, de ahí su nombre, ese tránsito entre la infancia y la juventud. A nosotros nos consideran ahora adolescentes también, porque transitamos desde la madurez a la vejez: muchos cambios físicos, hormonales, mentales, en fin, que Dios nos coja confesados. Yo, con lo que me quedo es con que hay que aprovechar el tiempo, que todo se acaba: en lo que va de año ya han caído cuatro personas de mi entorno y todas ellas en sus mediados setenta. Es decir, terminando su sexalescencia. Un aviso a los navegantes que surcamos esos cercanos mares.