martes, 7 de abril de 2026

¡NO DEJÉIS QUE NOS MATEN! (Para el proyecto "Destellos")

 


El otro día paseábamos por Washington. Era de noche y la ciudad se mostraba vacía a esas horas. Hay cientos de miles de funcionarios que trabajan para el Gobierno Federal que duermen fuera del DC. Pero no los más importantes, claro.

Llegamos a las cercanías de la Casa Blanca, todo lo que nos dejaron. Son tiempos de guerra y hay que tomar precauciones. Podían divisarse luces en algunos despachos del complejo que la rodea, seguro que en el Pentágono habría muchas más. Supuse que iluminarían mesas, planos, estrategias, botones que pulsar para desencadenar ataques terribles, para sembrar de destrucción lejanas ciudades que dormirían encogidas en ese momento esperándose lo peor.

Sí, son tiempos de guerra. Pensamos, inocentes de nosotros, que esta será la última o que es diferente a las demás. Todos esos miles, millones de guerras, que pueblan nuestra historia, quiero decir, el reverso negro, terrible, de nuestra memoria colectiva, siguen ahí, y vuelven, de vez en cuando, para recordarnos lo más horrible de la faz humana.

Alguien dijo, ahora no me acuerdo quién, que se tardan decenas de años de paz para construir a un hombre, pero la guerra solo necesita un segundo para degradarlo y simplificarlo en un animal sanguinario.

Hay estudios muy sesudos sobre las causas de las guerras. A mí, mientras me crece el dolor por las silenciosas y pacíficas calles de la capital del mundo, se me antoja que la única importante, que las engloba a todas, nos la dijo Thomas Mann: “La guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz”.

Y las guerras modernas son más cobardes todavía. Antes, los reyes iban al frente de sus ejércitos y caían derrotados o muertos sobre las praderas. Ahora, los mandamases actuales se sientan en mesas impolutas como las que imagino cerca de mí, se toman un té mientras extienden su índice sobre esos mapas que ya no serán los mismos a la mañana siguiente, donde todo quedará reducido a una simple estadística que estará debajo del manipulado relato que ofrecer a la prensa. Sí, la distancia aumenta la frialdad y el terror, y nos lleva a la cima de la crueldad y el desdén del ser humano hacia sus semejantes.

Sí, “La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen pero que no se masacran”, como nos dejó dicho el gran poeta francés Paul Valery.

Y la injusticia de las guerras nos la expuso de forma palmaria el político británico Arthur Neville Chamberlain: “Para hacer la paz se necesitan dos; pero para hacer la guerra basta con uno sólo”. Por eso, es muy difícil que no haya guerras. A veces, son el capricho de la vanidad, del egoísmo, o de los complejos y taras de quien puede hacerla. Ya nos dejó dicho el poeta alemán Friedrich Von Logau: “Combatirse a sí mismo es la guerra más difícil; vencerse a sí mismo es la victoria más bella”. Pero, hay quien prefiere vencer a los demás, antes que a sí mismo, claro. Ese es el problema.

Muchas guerras no empezarían si se hablaran antes las partes, si se miraran a los ojos, si se conocieran las razones de cada cual. Ya nos lo reflexionó el cantante y músico Bob Marley: “Las guerras seguirán mientras el color de la piel siga siendo más importante que el de los ojos”. Vayan sustituyendo color de la piel, por color de las creencias, de las formas de vida, de los colores de la envidia y encontrarán la raíz de muchas guerras.

Muchas veces las guerras estallan por un momento de locura de alguien que puede provocarlas. De hecho, es la razón más frecuente. “Basta el instante de un cerrar de ojos para hacer de un hombre pacífico un guerrero”, nos dejó dicho el escritor Samuel Butle.

Y una vez iniciadas, ¿cómo se terminan? A veces la espiral de destrucción, venganzas y dolor, dura años, se extiende por varias generaciones. A mayor incomunicación entre las partes, mayor rencor, violencia y profundo odio que aleja más y más la paz.

Alguien que hizo muchas lo definió muy bien: “En la guerra, como en el amor, para acabar es necesario verse de cerca” (Napoleón, emperador francés).

Sí, la única forma de prevenir las guerras es establecer lazos de complicidad, de comunicación y de diálogo con nuestros semejantes. Y la única forma de acabarlas es recuperar esos lazos lo antes posible. Volver a mirarse a los ojos. Estar cerca. Hablar. Y solventar así las diferencias.

Regreso a mi hotel en Washington. Importantes escritores reflexionaron antes que yo sobre la guerra, como puede verse arriba. A lo mejor no sirvió para nada. Pero yo, quiero volver a hacerlo, necesito hacerlo. Quizás sea lo único que pueda hacer. Y siempre sirve para algo, trato de convencerme, siquiera para hacerse uno mismo un poco menos guerrero, un poco más dialogante, un poco más pacífico, en suma.

Rememoro en mi mente un destello que a mí me impresionó mucho. De otra guerra, pero, qué más da, todas las guerras son iguales. Es una bella historia, de sentidas imágenes y una música y un canto que estremecen.

MISS SARAJEVO

Sarajevo fue una ciudad maldita, con un asedio que es el más largo en la historia moderna: cuatro largos años entre 1992 y 1996, por las fuerzas serbias tras la desintegración de Yugoeslavia.

Fue bombardeada sin piedad día tras día, masacradas sus gentes por cientos de francotiradores, violadas sistemáticamente sus mujeres en los barrios que controlaron los serbios. En mitad de tanta barbarie, en 1993, algunos ciudadanos de la resistencia quisieron decirle al mundo entero que la guerra no podría con ellos, organizaron un concurso en un sótano para decidir cuál era la mujer más bella de la ciudad. Sí, belleza frente a barbarie. Una chica de tan solo diecisiete años, Inela Nogic, con el futuro pintándose en sus ojos, ganó. Y quiso mandar, a todo el que pudiera verlo, este mensaje que titula también este artículo: ¡No dejéis que nos maten!






Dos años más tarde, en 1995, Bono, el cantante líder de U2 financió con su grupo un documental estremecedor que se llamó Miss Sarajevo. Junto con su productor Brian Eno, compusieron una bellísima canción e invitaron a cantar en ella al gran Luciano Pavarotti.

Escucho de nuevo esta canción que sirve de trasfondo a parte del documental y me conmueve, de este, la alegría de sus niños, el futuro pintado en las pupilas de Inela y, sobre todo, el grafiti estremecedor del final: “Welcome to Sarajevo” (bienvenidos a Sarajevo), la ciudad maldita donde empezó la primera guerra mundial, asediada luego en los noventa con saña y crueldad durante cuatro largos años, como dije antes. La guerra dejó tras de sí 300.000 muertos o heridos, de los cuales 40.000 fueron niños, 50.000 mujeres violadas, 300.000 personas sin hogar y 1.200.000 refugiados.
https://www.youtube.com/watch?v=gdczQ2LsY0I

En 1995 U2 y Luciano Pavarotti cantaron en Módena (Italia) “Miss Sarajevo” y, seguro, que sus versos aceleraron el fin del conflicto:
“¿Habrá un tiempo para la primera comunión? ¿Y para los árboles de la Navidad? ¿Habrá un tiempo para el lápiz de labios y para pasear por la calle mayor buscando el vestido más bonito? ¿Habrá un tiempo para los diecisiete años?… “Aquí viene ella, a recoger su corona… Todo el mundo la mira…”

Luciano Pavarotti, para mí, sin ser un experto en ópera, ni mucho menos, ha sido la voz más bonita y estremecedora que yo he escuchado nunca: me conmueven, una vez más, estos versos, sobre la paz deseada, todavía inalcanzable, pero que algún día vendrá: “Y cuanto más te pienso / más te amo / Y cuanto más te amo / más te pienso…”

“Si tú estuvieras aquí…
Si tú estuvieras aquí”

Ahí va este concierto maravilloso: https://www.youtube.com/watch?v=LWXQdw-YvVM

En 1997, U2 pudo por fin cantar Miss Sarajevo en su ciudad. Hoy es una de las más prósperas de la antigua Yugoeslavia.

Me quedo con esta bella noticia que me llena de optimismo. Porque el hombre no es solo guerra y destrucción, también anidan en su mente buenos sentimientos, esfuerzos increíbles, generosidad sin límite, valentía decidida y un amor inmenso.

Y, después de la guerra, cobran sentido las palabras finales que Bono le dirige al público en su idioma, que proceden, cómo no, de un poeta local: Ivan Gundulic.

"O lijepa, o draga, o slatka slobodo"
“Oh bella, oh querida, oh dulce libertad".

domingo, 5 de abril de 2026

DE VUELTA A MADRID!

 


Tras diez días intensos de conocer, de disfrutar en familia la Costa Este Americana, vuelta a Madrid. Siempre, cuando vuelvo de viaje, pienso: "de Madrid al cielo". Hasta que, pasado un tiempo, necesito desplazarme por otros universos, por otros cielos estrellados, hasta que vuelvo al mío, al de siempre, donde quiero estar. Y eso son los viajes: el placer de escapar, de ilusionarse, de soñar. Y, luego, el placer de volver, de seguir con tus cosas, con tus rutinas... Hasta el próximo salto. Y así se va pasando la primavera, o el verano, o el año, y quién sabe si la vida entera, llena de sus adagios y sus allegros, con sus vaivenes, con el frufrú de su oleaje, con sus idas y venidas, ¡que los viajes explican tan bien!

Lo hemos pasado estupendo y me prometo escribir de cada una de las cuatro grandes ciudades que hemos visitado. Espero cumplirlo en breve,

Hoy lo voy a dedicar a descansar. Dejo unas cuantas fotos de recuerdo y un vídeo simpático sobre un momento en la noche de Nueva York: Ahí va: https://youtu.be/N8ts7MM8FRM


Guille, motivo de este viaje. Nunca olvidaré cuando nos enseñó Harvard y el MIT en Boston. Y, por su puesto, su universidad, la mejor del mundo en finanzas: la Wharton en Filadelfia.


Con mi chica en el obelisco de Washington.


Ali y Rubén bajo los cerezos maravillosos de Central Park en Nueva York.


 Atardecer en Boston.



Fantasmeando en el autobús descubierto por Nueva York.



New York, New York... Siempre.

domingo, 22 de marzo de 2026

ESA PUÑALADA... (para el proyecto "Destellos")

 


Hoy hace un día estupendo en Madrid, con un sol primaveral y una luz que te llena el pecho de proyectos y de futuro. Pero, yo me siento triste, como siempre que el desamor se me acerca. Un amigo ha roto con su mujer o, mejor dicho, ella lo ha abandonado.

El desamor es una puñalada infame capaz de derribar a cualquiera. Y no debiera ser así. Hay miles de hombres y miles de mujeres que nos rodean a cada uno, que valen más o menos lo mismo, sin embargo, cada cual nos fijamos solo en una, o en uno. Y depositamos en él, o en ella, no solo todo lo que somos, sino todo lo que podríamos llegar a ser.

Así que cuando la perdemos, no solo perdemos a esa persona. Lo perdemos todo.

Y no hay vacuna ni consuelo en esos momentos. La vida carece de sentido alguno.

Cada uno, si lo consigue, sale de esa situación como sabe, puede o quiere. A veces, agarrándose a sucedáneos, a veces echando sobre él o sobre ella paladas y paladas de tiempo, hasta que quede repleta la sepultura donde enterró a su amor perdido.

A veces, se pierde la cabeza y uno ya no será nunca el mismo. Otras, pocas, a Dios gracias, la vida ya no tiene sentido alguno, no vale nada y, entonces, ¿para qué vivirla?

Yo he escrito mucho sobre el desamor, cada uno llevamos consigo nuestra cuota de sufrimientos y de desdichas. Y, aunque, hoy, yo me sienta tan afortunado, no puedo dejar de observar de vez en cuando las cicatrices que dejó en mi piel un día.

Ese dolor, esa desesperanza infame, que hace que sientas que no vales nada. Y, lo que es peor, que no valdrás nunca nada.

La novela “El día que fuimos dioses” es una novela de amor y desamor, quizás yo no he escrito nunca nada tan valioso sobre ellos.

Releo este libro que, por algo, fue el primero, y rescato de él dos historias sobre esa pérdida inconmensurable que a veces nos golpea con un dolor inmenso, miles de paletadas de dolor, de las que no siempre se sale ileso.


EL HOMBRE DE LA PLAZA

El autobús se encuentra repleto, hace un calor sofocante y los viajeros hablan con una vivacidad especial, pero, también, con los nervios a flor de piel, debe ser la electricidad que se va cargando en el ambiente. El autobús se ha detenido en una pequeña plaza.

Hay un hombre en la parada que observa, anhelante, cuando las puertas se abren. ¡Qué chispazo de esperanza en su mirada por un momento!, ¡y qué nube de tristeza cubre sus pupilas cuando se cierran las puertas sin que haya descendido la persona que espera!

El autobús arranca mientras se oye la voz de una viejecita.

—¡Eh, conductor!, ¡por favor!, que falto yo. ¡Déjeme bajar!

El autobús para de nuevo tras unos metros de marcha. Un pasajero exclama.

—¡A ver, señora, hay que estar atentos, que todos llevamos mucha prisa!

Otro responde.

—¿No ve que es una anciana?

El primero insiste.

—También lo era cuando se subió y seguro que no se equivocó de parada.

—Ya está, arranco en un momento —tercia el conductor.

El hombre de la plaza ha corrido con una alegría repentina y se ha apostado de nuevo junto a la salida extendiendo los brazos. Se abren las puertas y la viejecita susurra.

—Gracias, señor, deme su mano para que pueda bajar.

El hombre de la parada con la sonrisa que se le va convirtiendo en mueca contesta.

—¡Cómo no, señora! Agárrese. ¡Ya está!

Desde el interior y a través de los cristales puede observarse al hombre que se ha quedado con la mirada perdida mientras el autobús arranca de nuevo.

Sí, el hombre se ha quedado solo mirando las ramas, las hojas de los árboles, envuelto en el aire denso de la tarde, envuelto en el rumor ancestral del viento, ¿qué estará musitando...?

—Tú y sólo tú —susurra para sí el hombre de la plaza—, llenas, todavía, el aire pesado de esta tarde, ¿o es sólo tu ausencia? Yo te espero, como una fuente seca, en la penumbra tormentosa. Y las hojas, mecidas por el viento, caen amarillentas y muertas ya, mientras me gritan, diciendo a los cuatro vientos, que tú no vendrás, lejana y, quizá, perdida en otros atardeceres, a esta dormida plaza donde un día nos conocimos.

Se está poniendo el Sol entre dos nubarrones negros. Y a esa hora, no muy lejos de Madrid, en un pueblecito de la Alcarria, de nombre Sacecorbo, el tío Marcel, una vez que escucha dar los tres cuartos en el reloj de la torre, comprueba el suyo, que muestra una pequeña foto cuando se abre y, sin pensárselo dos veces, se tira de cabeza directamente al pozo del corral.

El hombre de la plaza continúa hablando con el viento de su amor que no acudió esta tarde a la plaza donde un día se conocieron.

—Dime, amor, ¿tú sabes dónde fueron todos los besos que te di? Me duele hasta el aire que respiro y tú vas paseando por ahí, bendiciéndolo todo, con esa alegría de tu sonrisa que yo tan bien conozco. Es un dolor tan grande evocar todos tus reproches, la falta de comunicación que nos oscurecía, cuando ya ni hablar quieres, porque está todo tan claro entre nosotros. Veo las nubes, que vienen y van cuando quieren y hasta el aire, que se regala, me cobra cuando pasa, mientras acaricio, fugazmente, tu pelo en mi recuerdo.

Dos perros se aman, jadeantes, en una esquina. Entre tanto, empieza a llover y puede verse a los tres, coritos, en la desierta plaza y a la lluvia que va haciendo su trabajo en sus corazones, lenta y concienzudamente, en cada uno, el suyo.

—Y cuando llegue la noche que ya se aproxima —se dice en voz alta el hombre de la plaza—, el agua irá corriendo, en regatos caudalosos, hasta los profundos sumideros que nutren de nostalgia, de una tristeza infinita tu recuerdo interminable que nunca me abandona.

—Y, luego, veré en nuestra casa las noticias. Que llegarán, veloces, a través de las nubes y de los espejos, hasta las confusas y aun extrañas neblinas de los más lejanos astros, donde vivo. Y yo no acabaré de comprender nunca qué hace, a qué se dedica toda esa gente que sale en la pantalla, todos esos que pululan por ahí. Los siento tan lejanos como a los alados peces del mar de Filipinas, hasta que no griten con luminosas letras que un hombre se está muriendo en este deshabitado planeta al que tú ya no quieres venir.

A la tía Clara, que vive muy cerca del hombre de la plaza, aunque ellos no se conocen, lo que más le gusta de las noticias son los sucesos. Hoy, sin saber por qué, se levanta un poco antes de que empiecen y, luego, se pone sus gafas de mirar de cerca y deslía un macillo de cartas, amarillentas ya, que nunca contestó. Debe ser la electricidad de la borrasca. El remitente en todas ellas es el tío Marcel.

El hombre de la plaza sigue hablando en esos momentos en voz alta a los árboles que hay en ella, totalmente empapado ya de lluvia y de tristeza, sobre su amor perdido.

—Cuando la noche me envuelva en nuestra cama, todavía buscando, en los pliegues de un sueño rojo y violento, la indescifrable textura de tu perfume, sé que aún la lluvia nos unirá un momento más. Mientras, irá mojando los tejados, los patios y las avenidas, pero, también, las huellas que fuimos dejando por las resplandecientes aceras cuando, gozosos y exultantes, paseábamos nuestra dicha. E irá calando, hondo, hasta nuestros corazones, haciendo su trabajo, lenta pero concienzudamente otra vez, en cada uno, el suyo. Hasta que a ti ya no te quede nada, porque el amor siempre vuelve a quien lo tuvo. Seré, entonces ya, sólo ese arco iris luminoso que, fugazmente, tal vez aparecerá por entre las altas nubes, cuando el Sol reluzca. Seré sólo un destello entreverado, vestido con los más brillantes colores, con los colores más sentidos y orgullosos que, dulce y silenciosamente y también, a mi pesar, todavía gritará tu nombre...

El hombre de la plaza, empezó a estudiar primero filosofía y letras, pero, por esas cosas de la vida, lo dejó a mitad de carrera. El hombre de la plaza se dio cuenta que lo suyo iba de analizar la mente humana y su funcionamiento y acabó cursando psicología y luego psiquiatría clínica.

Hoy es un reputado psiquiatra, pero de qué le sirve. No puede comprender por qué su mujer lo ha abandonado, no puede entender que ya ni siquiera quiera hablar con él.

El hombre de la plaza ya sólo entiende a la lluvia y su mensaje.

El hombre de la plaza ya sólo nota cómo se le encharca el corazón, mientras ve las noticias de medianoche en la tele que hablan de una historia de amor, como la suya, una historia de dos ancianos que han muerto hoy por su mano, llamados Marcel y Clara. Y un temblor especial, un escalofrío repentino le recorre la espalda. La televisión muestra las imágenes de los bomberos sacando del pozo a Marcel. Ya las han dado en el telediario de las nueve. A esa hora Clara, que estaba viendo la televisión, se ha tirado por la ventana desde un octavo. Cuando han entrado en su casa se han encontrado la televisión puesta y un montón de cartas amarillentas sobre la mesa.

Él también vive en un octavo, y tiene la ventana abierta. Está a sólo unos pasos, justo enfrente de él. Fuera, sigue lloviendo, como antes, como siempre. Pero la lluvia ya hizo su trabajo. En cada corazón el suyo.

Dentro de poco, junto con las hojas caídas de las acacias, la lluvia arrastrará algunas gotas de sangre, reciente y roja, al sumidero. Ese sitio donde se remansan los recuerdos de los amores perdidos.

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La otra se llama: VICTORITA, VICTORITA… Y fue llevada al cine en mi primera experiencia en el séptimo arte, hace catorce años ya. Un crítico la resumió como un “gran monumento al desamor”. Ahí va: https://www.youtube.com/watch?v=GNXpB4P4ueM

Veo otra vez este corto que, casi es un medio metraje, con una historia completa, aunque comprimida y me sigue gustando igual que aquel día de su estreno en la Academia de Cine de Madrid. E impactando sobremanera. Sobre todo, el monólogo final de Imanol Arias. Creo que es de lo mejor que he escrito sobre este tema.

Hoy quiero rendir homenaje a todos los que un día fuimos abandonados, ninguneados o despreciados. Probablemente, no haya nadie que se salve de la pira. Pero, el valor, la determinación y las ganas de seguir buscando el amor, ese preciado bien que no sabemos nunca a ciencia cierta en qué esquina se esconde, merecen todo el respeto y toda la admiración.

Y, también, quiero contar cómo llegué yo al mundo del cine. ¡Por pura casualidad!

Hace un par de capítulos, en el denominado “Ser un buen profesional”, contaba yo que en la empresa donde trabajaba entonces, durante, no sé, seis o siete meses, nombraban, de los 110.000 empleados que tenía el grupo en todo el mundo, un empleado del mes en cuestión. Y nos daban el título de EMBAJADOR.

A mí me seleccionaron por mi larga trayectoria en el banco, entré hecho un pipiolo, a los 17 años, y me gané una reputación de hombre equilibrado y responsable, modelo para las siguientes generaciones, lo cual no deja de producirme todavía cierto sonrojo, la verdad, y por haber publicado un año antes la novela El día que fuimos dioses.

Para hacerme este reportaje contrataron a un equipo de cinco o seis personas, imagen, sonido, realización, dirección, etc. Y me estuvieron grabando por la calle de Alcalá, la calle de los bancos, por la puerta del Banco de España y en la Casa de América, yo era entonces Director de Riesgos de Grandes Empresas en todo el continente americano.

Me llevé un ejemplar de mi novela “El día que fuimos dioses”, para mostrarlo si me preguntaban por ella y, al finalizar, quise regalársela a alguien del equipo de recuerdo. A alguien que fuera muy lector. El director de foto, Raúl Mota, –hace unos días estuvimos tomándonos un café y hablando de cine– les dijo a sus compañeros que si no tenían inconveniente se la quedaría él, y luego me dijo a mí el porqué. Su mujer, Nacha Cuevas, a la sazón asistente de dirección en la famosísima serie de televisión “Cuéntame”, estaba buscando una historia para hacer un guion y pensó que le podía gustar.

Al poco tiempo, me llamó Nacha y me dijo que le había encantado el libro y que si le autorizaba a hacer un guion para una película. Por supuesto que sí, le dije, dando palmas con las orejas, claro.

Nacha hizo el guion, yo colaboré al final con algunos retoques y a medida que nos fuimos conociendo mejor, decidimos ambos hacer un cortometraje, a modo de presentación de lo que sería el largo, un proyecto complejo y caro por su ambientación en varios países.

Yo me acordé de la historia de Victorita, que podía resultar interesante y Nacha y Raúl se encargaron de casi todo lo demás. Trajeron a una buena parte del equipo de “Cuéntame” con Imanol Arias a la cabeza y rodamos durante tres días en el Puente del Pilar de 2012.

Yo colaboré en la producción, mayormente fue un empeño altruista de todos los que participamos, y se rodó en el chalet de un amigo mío. También organicé las primeras charlas y ensayos con los actores, que hicimos en la Casa de Guadalajara, dando mi impronta de autor. Luego, colaboré, mano a mano, con la directora, Nacha Cuevas y Raúl en el rodaje y en que no se nos fueran los tiempos, Imanol solo tenía libre aquel puente y me impliqué en todo lo que surgió. Para mí fue un aprendizaje de primer orden y una experiencia inenarrable, llena de decenas de anécdotas que otro día contaré.

El cortometraje se estrenó en la Academia de Cine, como dije, en una gala preciosa, con un cóctel para más de cien personas, en la que Nacha y yo defendimos al alimón el proyecto del largo.

Fue seleccionado como uno de los cortos del año en España y se exhibió en una treintena de festivales nacionales y extranjeros. En mi novela El día que fuimos dioses, lo cuento todo en detalle.

Una reseña ilustrativa del DC SHORTS FESTIVAL, WASHINGTON, 2013.
Puntuación: 83,3 de un total de 100 puntos.

“Victorita, Victorita… es un film maravilloso acerca del amor y de la soledad. Es un muy creativo e inteligente film que hará las delicias de los espectadores y tiene giros y sorpresas, una excelente interpretación y una dirección que convierten a este film en una joya.”

El largometraje se presentó a televisión española, protagonizado también por Imanol Arias y estuvo a puntito de salir. La dichosa financiación fue el principal motivo del decaimiento: era un proyecto muy costoso y complejo.

Como digo, podría contar muchas cosas de esta experiencia. Se produjo también un Making of (o Así se hizo Victorita) donde se narra cómo fue todo y los deseos y sensaciones de los principales miembros del equipo. En total más de 40 minutos entre el corto+ el así se hizo.

Lo reveo ahora y no cambiaría nada de lo que dije y sentí en aquellos momentos. Únicamente, he corregido con el tiempo aquel exceso de kilos que muestro, fruto de mis muchas horas de trabajo de mesa en el banco.

Fue mi primera experiencia en el cine. Nunca la olvidaré.

DOCUMENTAL “ASÍ SE HIZO VICTORITA”:
https://www.youtube.com/watch?v=pMmI8KwDYZM&t=11s




En el rodaje.




Carátula del DVD, con las primeras nominacionnes.

CUANDO TE TOCA LA ALEGRÍA

 







—Ah, Arcadio, la alegría... Cuando te toca la alegría, adentro, en lo hondo, es como si te llevasen en volandas con la fuerza de las mareas, aquellas que vienen, sin duda, de los primeros mares que se inventaron al principio del tiempo. Serán, entonces, los mares de la inocencia, pero, también, de la simplicidad y aun hasta de la bondad del mirar de un niño.
¿Será porque el gozo no más nos cabe, que nos empuja a henchir otras velas, ventear otras flores, levantar otras aves, en un soplo universal que tal vez moverá el mundo? ¿O, será, simplemente, que nos unimos al latido universal de lo creado y nos inunda por ello tanto contento, tanta dicha? Yo no lo sé, cuando la alegría me toca ahí, en lo hondo, ya no existe el tiempo ni sus temores tenebrosos, sino solo, quizá, el fluido luminoso de tu existencia bajo el radiante sol que nunca se apagará.
De la novela "El día que fuimos dioses”.www.franciscorodrigueztejedor.com

viernes, 20 de marzo de 2026

ROMÁNTICOS (Para el proyecto "Destellos")



Yo, por las mañanas, lo primero que hago es escuchar música, nada de noticias que me aterricen demasiado pronto en la realidad. Mientras me afeito, escucho canciones al azar. Aunque ya sé que no es solo el azar, Youtube tiene un algoritmo y me propone una lista de ellas que pueden gustarme en base a mis escuchas previas.

Qué más da. Lo importante es que me llevan a donde quiere mi imaginación. Desarrollan mi fantasía. Me hacen sentir cosas que no me ofrecerán ninguna de las obligaciones que me esperan, acechantes, durante el resto del día.

Vivimos en un mundo muy racionalizado y muy materialista, que a mí no me parece mal, siempre que nos quede un resquicio para evadirnos y burlarnos de las reglas del poseer a todo trance y del consumo desaforado que nos marcan.

¿Qué queda del mundo de las emociones en una vida tan reglada, tan utilitarista y tan homogénea?

A mí me queda la música. Y la literatura, por supuesto. Y una empatía para observar a la gente que va a contracorriente.

Hoy estoy contento. Ya hemos finalizado la estructura y el recorrido de nuestro viaje familiar por la Coste Este de los Estados Unidos, comprados los billetes, los seguros, los trenes en los que nos desplazaremos, reservado los hoteles, algunos tour turísticos, excursiones, etc., todo un gran esfuerzo, y, quizás, por ello, el azar, quiero decir el algoritmo de youtube, me quiere premiar trayéndome de nuevo esa cancioncilla pop sobre los románticos que me gusta mucho. Ahí va: https://www.youtube.com/watch?v=blEQ39H9gL4

La primera vez que la escuché fue como una ducha estimulante y suave que me impulsaba a mirar hacia adentro y a sacar cosas que siempre habían estado ahí. Por entonces, yo escribía de vez en cuando artículos de opinión en el diario Iberoeconomía. Uno va siempre literaturizando todo lo que le ocurre, así que vertí todo lo que sentía, todo lo que pensaba en aquellos días sobre el romanticismo y el excesivo materialismo del mundo actual. Dice así:


LOS RETOS DEL MUNDO QUE VIENE: ¿ALGO MÁS QUE MATERIALISMO?

Un modo, quizás nada sofisticado, pero sí bastante preciso e identificativo del sentir general de la gente, particularmente del de la juventud, es auscultar el latido del corazón de cualquier canción popular y representativa del momento. A mí me sorprendieron hoy, y me dieron que pensar, estos sencillos versos que canta, envueltos en una musiquilla dulzona y pegadiza, María Artés y que yo escuché en la radio, mientras caían por doquier las hojas del otoño, “Dicen que los románticos han muerto, pero yo no sé si eso es del todo cierto”. ¿Qué opinan ustedes?

Ya el hecho de hacernos esta pregunta, cuando comenzamos a estar asustadísimos por la nueva crisis que llega, la incertidumbre del resultado de las enésimas elecciones, los vaivenes de la bolsa, la guerra comercial interminable de Donald Trump o el no menos interminable y tedioso proceso del Brexit, tiene su mérito. Parece ser que todavía hay tiempo para algo más que el materialismo rampante que nos rodea, también por doquier, como el otoño.

Porque si a algo se ha dedicado la humanidad en los últimos doscientos años, y con un éxito incuestionable, es a proveernos de cobertura material para nuestras crecientes e insatisfechas necesidades. Y esto es así, sin duda alguna. Aunque este éxito no oculte ni justifique desequilibrios, desigualdades y errores mil en el proceso. Veamos algunos datos sobre ello: en 1900 el PIB mundial se situaba en 1000 millones de dólares, hoy alcanza los 80 billones de dólares, un crecimiento de 30 veces en términos reales (3000 por cien).

Ello ha permitido hacer frente al incremento de la población mundial que ha pasado de los 1500 millones de personas en 1900 a los 7400 millones de individuos que hay actualmente. Y, al mismo tiempo, multiplicar por ocho la renta per cápita desde los 2000 dólares de media en 1900 a los más de 16000 dólares actuales. Esto se podría resumir en que una persona de clase media hoy, vive mejor que lo hacía por ejemplo el emperador Napoleón: mejor higiene, mayores comodidades, mejores servicios, mucha más longevidad etc.

Todo esto está muy bien y hay que continuar en esta dirección y, a la vez, incrementando de paso la justicia social. Pero, ¿no estaremos muriendo también del éxito del materialismo? Hoy todo triunfo que no se vea referido al dinero, en general no se considera verdadero éxito. ¿Ustedes creen que nuestro nivel de felicidad también se ha multiplicado treinta veces sobre el de nuestros recientes antepasados? Yo, solo comparando los tiempos de mi niñez y los actuales, me la jugaría sin dudarlo manifestando que a nivel de felicidad (que incluye no solamente el componente material de nuestra esencia, sino también el espiritual), las cosas puede que hayan mejorado, yo soy de los optimistas que creen que en términos generales el mundo siempre avanza, pero en todo caso muy, pero que muy por debajo, de lo que lo ha hecho el nivel material. ¿Será por eso que los románticos han muerto, como se preguntaba nuestra cancioncilla pop? ¿No nos estaremos pasando la vida adorando al becerro de oro o, inclusive, al oro del becerro, que es todavía peor, apartando de nuestro camino todo lo demás?

Un genial humorista de nuestro tiempo, el gran Woddy Allen, lo dice muy claro: “El dinero no da la felicidad, pero procura una sensación tan parecida, que se necesita un especialista muy avanzado para verificar la diferencia”. ¿Seremos capaces todavía de reaccionar a la inmensa ironía que destila esta reflexión? ¿O, simplemente, estamos ya tan contaminados, tan obsesionados con el metal amarillo, que aceptaríamos sin rechistar lo que decía otro gran genio del humor como Groucho Marx?: “¡Hay muchas cosas en la vida más importantes que el dinero! Pero… ¡cuestan tanto!

Quizá por ello el número de suicidios en España, y en todo el mundo, no deja de crecer paulatinamente. Ya es la primera causa de muerte violenta o externa en nuestro país. Parece que no estamos demasiado contentos con nosotros mismos. ¿Y con los demás? Las relaciones de pareja tampoco pasan por su mejor momento, con un gran y creciente número de rupturas y conflictividad, muchas veces violenta, entre sus miembros. Y con una falta de compromiso a largo plazo muy evidente. Tampoco queda tiempo para los hijos, que son algo caro y que supone mucha dedicación, por lo que a mayores rentas menor descendencia; y las personas mayores se ven abocadas en su gran mayoría a una soledad a menudo olvidada y desatendida, aunque sea bien cubierta en sus aspectos materiales.

¿Qué está pasando? ¿Nos estamos acostumbrando a vivir, de forma individual, cada uno encerrado en nuestra propia burbuja económica? ¿Manejando, como podemos, la gran frustración de no poder obtener todo lo que nos rodea y, sobre todo, de no poder alcanzarlo ya mismo? ¡Parece que lo que no sea satisfacción inmediata es frustración y fracaso! Esta es la gran creencia de nuestros tiempos, el resto de las mismas: religiones, filosofías, pensamientos críticos, etc., están bajo mínimos. Un amigo mío lo tiene muy claro: “¡Vamos a ver, el dinero a lo mejor no es Dios, pero como mínimo es la Virgen, ¿no te digo?”.

¿Cómo no se van a estar muriendo los románticos? El romanticismo quiere decir sentimientos, amor a la naturaleza frente a la civilización, como reflejo de lo puro y genuino. Sentido de la transcendencia del hombre frente a la inmediatez del corto plazo. ¡Idealismo! Solo algunas causas solidarias, el cambio climático y desarrollo sostenible, las medidas de conciliación y los horarios razonables, algunos brotes verdes en cuanto al resurgimiento de la familia, las actitudes libertarias y a contracorriente de unos pocos, parecen insuflar algo de ilusión para pelear contra toda la fuerza del metal amarillo, tan necesario por otra parte, ¡ojo!, pero en sus debidos términos.

Ya nos lo dijo el gran Alejandro Dumas, hace casi 300 años: “No estimes el dinero ni en más ni en menos de lo que vale, porque es un buen siervo y un mal amo”. Y dos mil años antes que Dumas, ya nos aconsejó Menandro de Atenas: “Bienaventurado el que tiene talento y dinero, porque empleará bien este último”. O, quizás, sea todo inclusive más sencillo, como nos recordaba hace no tanto Jackson Pollock: “La felicidad es una estación de parada entre lo poco y lo demasiado”.

“Dicen que los románticos han muerto, pero yo no sé si eso es del todo cierto”, habla la canción, que luego continúa: “Dicen que los poetas sin fortuna, ya no cantan a la luz de la luna”. Un gran filósofo como Ervin Lazslo lo decía así: “La manera en que los jóvenes viven la lucha por la supervivencia material tiene como resultado la frustración y el resentimiento”. Y uno de nuestros más afamados psiquiatras: Enrique Rojas, ponía definitivamente el dedo en la llaga: “En estos momentos, la enfermedad de Occidente es la de la abundancia: tener todo lo material y haber reducido al mínimo lo espiritual”.

Quizá por ello los jóvenes no se sienten totalmente felices. Y piden más. O, quizás, otra cosa:

“Dame una rosa que no se marchite”, pide la canción de los románticos que se mueren.

En estos momentos, de esas ya casi no nos quedan.

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Uno, de niño, de adolescente y de joven en sus primeros albores, soñaba con ser un poeta romántico y rebelde, luchando por un amor lejano e imposible y ajeno a los intereses espurios que no tuvieran nada que ver con la pureza de sus versos. Por entonces, en el año 1971, cuando yo tenía catorce años, salió una canción que a mí me gustaba mucho: El último romántico.

La escucho de nuevo ahora, después de haber perseguido tantas zanahorias como el que más, en este mundo de trampas y falsos espejos que nos rodea, y me alegro de poder encontrarme adentro, todavía, ese reducto de romanticismo y pureza que no quiero que me abandone jamás. A lo mejor, por eso, escucho todas las mañanas esa música que me trae el azar y que, en realidad, es solo un antídoto para seguir soñando.

Ahí va este destello, que todavía me emociona, después de tanto tiempo:
https://www.youtube.com/watch?v=mRN7e3o7PSg&t=13s

Y la nostalgia de aquellos años me trae la imagen de esta foto que me hicieron en un cafetín literario de Lisboa en mis primeros turbulent twentis todavía dominados por aquel impulso romántico cuya semilla, todavía, muy adentro, permanece.




jueves, 19 de marzo de 2026

SER UN BUEN PROFESIONAL (para el proyecto "Destellos")

 


Ayer fui al fisio. Cada vez va teniendo uno más goteras. Algunas no son propias, son heredadas, en la familia de mi madre el tema de los huesos y sus artrosis viene de lejos. Menos mal que yo tengo un buen fisio, el mejor.

Lo conocí hace veinticinco años. Venía yo padeciendo de una hernia discal que me producía unos insufribles lumbagos, algunos de ellos me tenían medio paralizado y arrastrando los pies varios días. Estaba harto de todo esto, máxime cuando siempre se me producían en vacaciones. Se conoce que hacía algunos movimientos poco frecuentes o, qué se yo, durante el resto del año, tan focalizado como estaba en competir, en crecer profesionalmente, le tenía prohibido a mi cuerpo mostrar queja alguna.

Fui a un reumatólogo y me envió al cirujano. Yo no me quería operar ni por asomo. Mi hermana, que también padeció esta enfermedad, sufrió dos operaciones y dolores sin cuento, para, al final, dejarla casi como estaba, aunque a base de gimnasia diaria sí es cierto que después de muchos años se estabilizó. 

Así que me negué en redondo. El médico me miró con suficiencia. "Le dejo los papeles hechos, ya vendrá cuando no pueda aguantar los dolores". Y los dolores no cesaban, cuando ya estaba a punto de tirar la toalla, un compañero y amigo, a la sazón nuestro representante en Japón, me dijo: "Paco, no te operes sin antes visitar a este médico, tiene unas manos que hacen milagros".

Así que fui a verlo a su consulta de la calle Diego de León. Le mostré las radiografías y el doctor Reverte, médico rehabilitador, como ponía en su tarjeta, las puso al trasluz y luego me miró y con un deje rutinario me dijo: "Esta hernia es muy antigua. A lo mejor hoy no se la puedo quitar entera y tiene que venir otro día".

Yo, flipaba, claro. Empecé a pensar mientras me ponía en la camilla que este hombre era un fantasma. En cuanto me tocó fue directo al dolor. "Es aquí, ¿no?" "Síííí..." le contesté como pude, aquello me dolía la releche. "No te quejes tanto, que voy a tardar poco".

Y poco tardó. "Bueno, listo, te vienes la semana que viene, por si ha quedado algo". Yo, estaba pasmado,  Después de tantos años de sufrimiento, no sabía qué hacer ante aquel milagro, si besarle la mano, o concederle un crédito instantáneo en mi banco.

Desde entonces, un cuarto de siglo ya, ha sido el fisio de toda la familia. Sé que hemos sido unos afortunados. "Cuando encuentres un buen profesional, hay muy pocos –me decía mi amigo japonés– no lo sueltes ni por asomo".

Y es lo que hacemos. El doctor Reverte ya está jubilado, pero todavía atiende a una docena de clientes de toda la vida, cuando le llamamos. Ya somos no solo clientes sino un poco amigos. "Sabes, mi mujer se leyó ese libro que tienes de mafias... , sí, ese, El cazador de la Patagonia, ha quedado encantada". 

Encontrar un buen profesional es una  delicia. Yo cuando me topo con alguno ya no lo suelto, como digo. Siempre me ha gustado ser creativo en el mobiliario de mi casa, hacer muebles a medida, peculiares, distintos,  y esas cosas. Pude hacerlas porque el portero de mi urba me presentó a Salomé. "Es de lo que no hay, podría hacerse de oro, pero trabaja con quien quiere,  es un ebanista de primera". Nos entendimos bien y me hizo infinidad de trabajos en mi primera casa, y luego los adaptó cuando nos mudamos a la segunda. Lo llevé hasta El Sauce y también trabajó para mis padres. Ya tiene setenta y muchos, pero, de vez en cuando, todavía nos llamamos y hasta nos vemos para tomar un vino. Un profesional como la copa de un pino, con un amor a la madera como yo no he visto jamás.

Escribí hace tiempo un artículo dedicado al librero Luis Domínguez, que fue director de la librería Marcial Pons y compañero de pupitre en El Sauce Curvo,  otro profesional de raza. Se le conoce como el librero amigo. Ahí va: 




SER UN BUEN PROFESIONAL

Hay profesiones donde, desde el punto de vista del servicio al cliente, cualquier tiempo pasado fue mejor. Se me ocurren así, a vuela pluma: maestro, gasolinero, médico, recepcionista telefónico y, desde luego, librero.
El librero, antaño, no solamente se leía sus libros, los reconocía hasta por el olor. Se tomaba un café con los escritores y pulsaba su próxima obra, la calidad de su aliento. Conocía los gustos, y hasta los matices, de la afición de sus lectores, a los que atendía con el cariño, y la perspicacia, del antiguo boticario, disfrutando de la alquimia de sus infusiones y preparados.
Hoy el médico es, muchas veces, un mero tramitador de volantes a los especialistas, que no mira ni al enfermo mientras teclea en el ordenador. Y qué decir del maestro, permitiendo que sus alumnos se maten en los pasillos, sin involucrarse, porque él solo enseña matemáticas. El gasolinero ya solo es un busto parlante, una foto fija, en la ventanilla : “¿la dos, diesel? Cincuenta euros”. Y qué decir del operador telefónico, una lengua llena de cables, que no te entiende, ni te atiende jamás, mientras te preguntas por qué tu consulta nunca está en el menú de elecciones a marcar.
Algo parecido pasa hoy al librero, una especie de pasmarote junto a los anaqueles, donde duermen, aburridas, obras maestras, junto a los detergentes, a los jamones, y a los rollos de papel. Y los libros, ya sin alma, son una mera referencia en el ordenador.
Pero, en este mar uniforme de utilitarismo mercantil, de mediocridad creativa, de planicie imaginativa, todavía quedan excepciones. Olas que se levantan orgullosas y altivas en mitad del océano, empujadas por ese viento interior que no se doblega jamás. Por ese remolino que nace en las raíces profundas y antiguas del buen servicio al cliente. En el trato, en la orientación y guía por el vasto mundo editorial de hoy. En ejercer, en definitiva, con letras de molde, el oficio de librero que es, ni más ni menos, la profesión de especialista en libros. Y no, de operario de almacén, que limpia el polvo a los stocks a su cargo, por los que no tiene más interés que el clin-clin de la caja.
Por esto, y por muchas cosas más, a Luis Domínguez se le conoce como el librero amigo. Ya quedan pocos como él.
A mí, a quien siempre le unirá el hecho íntimo e importante de haber aprendido a leer juntos, cuando fui a verlo con mi primer libro bajo el brazo, todavía en borrador, me miró arqueando una de sus grandes cejas, tasándome, sopesando los gramos de escritor que había en mí. Y yo supe, entonces, que no me perdería del todo en el proceloso mundo de las apariencias, de los oropeles y de las falsas purpurinas en que se está convirtiendo, dentro y fuera de las librerías, el oficio de escribir.

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           Hace ya casi diez años, tratando de que mis hijos supieran lo que es ser un buen profesional, escribí con ellos el libro "Soñadores - Aprende a materializar tus sueños". Entrevistamos a veintisiete de ellos, de todos los sectores. Y aprendimos mucho los tres. Hoy, precisamente, me cuenta mi hijo que ha ido a Miami desde Filadelfia donde está concluyendo su MBA, a pasar el fin de semana con uno de ellos. Me ha hecho caso: "Cuando encuentres a un buen profesional, hay muy pocos, no lo sueltes ni por asomo."

            SOÑADORES: https://www.youtube.com/watch?v=QRmhjvlX0OU

          Yo, que siempre tuve una íntima vocación: la literatura, por esas cosas de la vida y sus necesidades, y bien aconsejado por mis padres, me formé como economista y financiero y a ello he dedicado toda mi vida. Fue un matrimonio de conveniencia, pero, como muchas veces pasa, el roce hace el cariño y aprendí a enamorarme de mi trabajo y a ser un buen profesional de ello. Por eso, le tengo tanto aprecio  a este reconocimiento que me hizo mi empresa casi al final de mi carrera, nombrándome embajador de la misma y, casi me da vergüenza decirlo, ejemplo para las nuevas generaciones. Me hicieron un vídeo que estuvo un mes en la primera página de la web interna de la empresa, para motivación de los 110.000 empleados que contaba entonces la misma.

EMBAJADOR: https://youtu.be/KFi-R2NOTyY

       Ahora homenajeo aquí a ese empeño vital  al que debiéramos entregarnos sin reserva, mientras recupero en estos años esa devoción, ese primer amor, que será también el último, que para mí ha sido escribir.

       Mientras escribo, recuerdo aquella reflexión de Thomas Carlyle: 

      "Puede considerarse bienaventurado, y no pedir mayor felicidad, el hombre que ha encontrado el trabajo que ama".