lunes, 2 de marzo de 2026

EL PRIMER BESO (para el proyecto "Destellos")

 


Acabo de llegar a casa, tras un desayuno largo con un viejo amigo de El Sauce, al que hacía tiempo que no veía. La verdad es que se me acumulan encuentros con gente interesante que voy postergando comido por una agenda literaria implacable que trato de cumplir.

En su casa de la calle General Sanjurjo, ahora Santa Engracia,  organizábamos cuando teníamos dieciséis, diecisiete años, unos guateques memorables, en tanto nos crecía la barba para que nos dejaran pasar a las discos. Todo esto lo cuento, muy literaturizado, en mi novela Lejos del Sauce Curvo que él está ahora releyendo. 

Hablamos de aquellos tiempos, mientras miramos por la cristalera de la cafetería, cómo pasa la gente por las aceras, como pasaba también aquella vida de entonces por nuestros ojos. Los recuerdos nos llevan hasta un poco antes de aquello, cuando en El Sauce yo me subía a la plaza mi tocadiscos de vinilo que me había regalado mi padre por mis buenas notas, siempre sacaba buenas notas, porque si no me quitaban la beca y mi padre me ponía a trabajar, claro. Bastante ajustado iba ya el hombre para poder mantenerme en el internado, un colegio privado de la Iglesia. Sí, subía el tocadiscos al salón del ayuntamiento y allí citábamos a las chicas de catorce, quince o dieciséis y bailábamos un rato juntos, rodeados de sus madres, hermanas o abuelas. Lo cuento también en Lejos del Sauce Curvo.

Mi amigo tenía una prima de mi edad que falleció hace menos de dos años. Fue un palo para mí cuando me enteré, me impactó muchísimo y fui al tanatorio de inmediato, ni siquiera sabía que estaba enferma. No pude verla una última vez, dado que, de acuerdo con sus deseos, no permitió dejarla expuesta en el ataúd y, sobre el mismo, cerrado, solo permitió una foto luciendo toda aquella extraña belleza que poseía. Con ella, y algunas otras chicas de entonces, di yo mis primeros pasos de baile. Desde aquel tiempo conservábamos un cariño inocente y eterno que se sobreponía a la distancia y a la ausencia, apenas nos vimos posteriormente a aquellos días. Sé que era una buena lectora mía, me dijo un sobrino que en sus últimas semanas le regaló mi ultima novela: Regreso al Sauce Curvo, y que se la leyó a pesar de que estaba ya muy malita.

Ella me enseñó mis primeros pasos de baile y luego se me adelantó y me mostró también el último camino que todos recorreremos. La llevaré siempre en mi memoria. 

Sí, ha sido un desayuno largo y provechoso y, además, he estado andando una hora o más para la ida y la vuelta, haciendo ejercicio para el cuerpo pero, también, para el alma.

Llego a casa y me acuerdo entonces de aquella época, de aquella música y de aquel cine que veíamos entonces en el internado. Y de aquello que escribí también sobre aquel tiempo para Lejos del Sauce Curvo. Ahí va el destello del día de hoy:


EL PRIMER BESO

Donde yo me refugiaba para canalizar mis ensueños de belleza, juventud y chicas –y quizás también de literatura– era en el cine. Otros lo hacían en el deporte. Y, todos en general, en los ensueños de la profesión que tendríamos que elegir dentro de unos años y que marcaría nuestro destino en la vida.
A mí me llamó un día Esteban Gómez, aquel chaval mayor al que yo le daba gratis la chica del AS. Como era muy fuerte, y podía mover los rollos con facilidad, lo tenían encargado del cine del colegio.
–¿Querrías ayudarme a proyectar las películas? Yo me voy al año que viene del cole y me han dicho que vaya preparando a otro. No te preocupes por los rollos, seréis dos en vez de uno cuando yo me vaya.
Íbamos al tren todos los viernes a coger los rollos de la película de la semana que venían en unos sacos. Y luego teníamos tres sesiones: una en el seminario los sábados y dos el domingo, una a las cuatro y media para los pequeños y otra a las siete para los mayores.
Eran películas para todos los públicos pero, cuando había un beso, con frecuencia se permitía el acercamiento entre ambas bocas, y el alejamiento posterior, pero alguien había cortado los fotogramas del beso en sí. Ello provocaba no pocos murmullos y bisbiseos entre el público, sobre todo en la sesión de los mayores. A mí me preguntaba Fermín:
–No me lo niegues, os dan instrucciones, ¿eh, Germán?
No nos las daban. Ocurría que era una distribuidora católica y todo venía ya cocinado. Además, para empalmar los rollos, teníamos a veces que cortar y luego pegar con celo y todavía se notaban más los cortes, sobre todo si ocurrían por añadidura en medio de una escena interesante como la de los besos. Entre los tijeretazos que ya daba la distribuidora católica y los nuestros, chapuceros, para empalmar los rollos aquello quedaba como quedaba. Y el público mirón, compuesto y sin beso, claro.
Lo que sí nos permitíamos Esteban y yo era, cuando se terminaba la sesión, darnos el homenaje repitiendo, solo para nosotros, aquellas escenas que nos habían impactado, eso sí echando un ojo desde la cabina que no vinieran los curas.
Recuerdo una escena de lo más turbadora, inclusive para Esteban que había visto ya muchas. Fue en “Quo Vadis?” y la recuerdo como si fuera hoy: Nerón quería escarmentar a la minoría cristiana de su imperio que cada vez crecía más, inclusive entre la nobleza. Había descubierto el idilio entre una noble, Ligia, y un general romano, Marco Vinicio, ambos se acababan de convertir al cristianismo. Así que se le ocurrió, en el circo romano, que Marco Vinicio, esposado a una columna en el graderío, viera cómo Ligia, atada a otra en el centro del circo y eso sí, semi desnuda, esperaba horrorizada la suelta de un toro bravo que la embestiría de lleno. Para parecer justo y dar una pequeña oportunidad a Ligia, un guardia de esta, también cristiano, llamado Urso, desarmado, trataría de detener al toro.
Me dijo Esteban que, en la novela, Ligia estaba totalmente desnuda pero, claro, eso era imposible rodarlo en el año 1951. Así que vistieron a la bella actriz británica, Deborah Kerr, con una túnica blanca hecha de gasas transparentes que, para mayor morbo, movía el viento dejando entrever su piel blanca y delicada por todo el cuerpo. Ello, unido a la tensión de ver a su enamorado, el actor Robert Taylor, sufrir aquella afrenta y tortura y al bueno de Urso enfrentarse con el toro bravo hacían un cóctel de lo más turbador.
La vimos varias veces boquiabiertos, hasta que se asomó el bueno de don Unilo..
–Eh, los del cine, ¿hay algún problema? –y tuvimos que terminar la función, claro.

VÍDEO DE LA ESCENA DE QUO VADIS:

https://www.youtube.com/watch?v=Y4n_9S8H4J8

Todavía hoy, con la cantidad de películas que he visto, la considero una de las escenas más eróticas y turbadoras jamás filmadas en aquella época y solo encuentro explicación de que no se censurara porque se trataba de dos cristianos que se rebelaban contra la tiranía pagana de Nerón.

Al hilo de lo que veíamos, en lo que sí me instruía Esteban era en el tema de los besos y sus clases. Porque no todos eran lo mismo y era conveniente que fuera aprendiendo. Los chavales, según me explicaba Esteban, tenían que ir con la lección aprendida. Un chico analfabeto en este tema perdía muchos puntos ante su chica si se comportaba como un palurdo sin experiencia.
–Pero, si ellas tampoco tienen experiencia, ¿cómo se percatan de la falta de la tuya? –le preguntaba yo, lleno de lógica.
No sabía yo entonces que las mujeres eran ilógicas por naturaleza.
Esteban, cogido a contrapié, carraspeaba y me lo explicaba a su modo.
–Ay, Germán. Ellas cierran los ojos y solo entienden lo que sienten, ¿me sigues? Y tú te las tienes que ingeniar para que sientan, ¿está claro?
Bueno, yo claro no lo tenía, pero un chico tan espabilado en los estudios como yo, no me podía permitir parecer tan torpón en aquello. Cuando las fui conociendo de cerca, a ellas me refiero, fui entendiendo de forma meridiana las enseñanzas de mi instructor.
–Está bien, Esteban. ¿Y cuántos tipos de besos hay?
–Pues, Germán, hay muchos. Pero, para empezar, te voy a hablar de tres: el beso en la cara, ese solo se da para saludarse, ¿estamos?, y se lo dan también entre ellas, entre mujeres. No se te ocurra practicarlo fuera de ello. Eso no es de hombres, ¿me entiendes?
Yo le decía sí a todo, claro.
–Luego está el beso en los labios. Normalmente breve y con la boca cerrada. Bueno, para empezar no está mal. Ellas no se lo dan a cualquiera. Vas ganando puntos como pareja. Además, también te permite a ti darte una idea de lo que te espera más adelante, ¿estamos?
–Estamos, Esteban.
–Y luego está el interesante. Ese tiene que ser tu meta, Germán. El beso en la boca. Con la boca abierta, por supuesto. Tu chica se abandona entonces y tú puedes entrar en ella con tu lengua. Tiene una técnica, claro, hay que inclinar las cabezas cada uno a un lado, si no chocan las narices y es un desastre.
Acabáramos, aquello del amor, que a mí me parecía tan espontáneo, requería más práctica que unas maniobras militares.
–Bueno, y luego está el de tornillo, una variedad del de lengua, donde ambos cambiáis la cabeza hacia el lado opuesto y, mientras tanto, vuestras lenguas se mueven igual que un tornillo, un taladro, ¿me entiendes?
Yo estaba embobado con ese mundo submarino que había debajo de los besos. Y que no se veía en las películas, claro. Bueno, si te fijabas bien, como yo empecé a hacerlo a partir de entonces, las cosas se iban aclarando. Y yo, en mi interior, me decía, mientras los clasificaba: piquito, boca sin lengua, tornilloooo…
–Germán, esos son los que yo ya he practicado. Luego están el francés y el griego, que deben ser la hostia, aunque un poco guarros, sobre todo el último, ya sabes cómo son esos extranjeros, pero, vamos, para empezar céntrate en los primeros, ¿estamos?
¿Cómo no iba a estar? Me iba a dormir después del cine y practicaba con la almohada en la oscuridad lo que había visto en la peli. Aunque aquello no era lo mismo, claro. Ni por asomo.
Pero a través del cine llegaría yo al mundo de los besos reales, un poco más tarde.
Como dije más arriba, en la comunidad de los pequeños no salíamos nunca a la ciudad, excepto al campo de deportes, así que las chicas eran para nosotros como unos seres extraterrestres. Yo iba con Pedro Valtierra al colegio de chicas, gemelo del nuestro, que se llamaba el Sagrado Corazón de la Virgen, en vez de Jesús. Yo pedía permiso para ir a recoger la bolsa de la ropa a la estación donde paraba la trillana y él para ver a su hermana a su colegio, y nos íbamos los dos para allá. Nos pasaban al hall y, mientras esperábamos a su hermana, allí las veíamos deambular, mirándonos de hurtadillas y bisbiseando por las esquinas.
Si había suerte nos sentábamos debajo de la escalera y con disimulo mirábamos hacia arriba y les veíamos, al bajar, las rodillas, por debajo de aquel uniforme largo que llevaban. Había algunas que bajaban muy pegadas a la barandilla y entonces llegábamos a divisar una parte de los muslos. A mí, luego, me entraba el arrepentimiento, por haber robado aquel trozo de intimidad a aquellas chicas inocentes. Aunque no le decía nada a Pedro Valtierra. Solo le preguntaba.
–La semana que viene volvemos, ¿no?
Años más tarde, le comenté a Esteban en la sala de proyección, aquello de las chicas inocentes. Él me miró, como si yo no hubiera entendido nada, tras todas sus clases.
–¿Inocentes? Las chicas, desde que nacen, no son inocentes.
Recordé entonces que había veces en que cuando ya habíamos salido del colegio de chicas, saltaba como por casualidad el balón hacia la calle desde el patio. Seguro que, jugando al baloncesto, alguna mala tiradora había sobrepasado la valla, pensaba, yo, sí, inocente.
Al poco, aparecían dos chicas a recogerlo, y hablábamos un poco con ellas. Pero era imposible establecer una relación de continuidad. Cuando volvíamos otra semana ya no las encontrábamos entre aquellos cientos de chicas. Y las monjas las castigaban si veían algo raro. Con las corazonistas no había forma, nos decíamos.
Nos dimos cuenta, cuando llegamos a la comunidad de los mayores, que tampoco iban a cambiar las cosas entonces: cuando salíamos nosotros a pasear por la alameda, se recogían ellas. Y a la inversa. Los curas y las monjas lo tenían todo muy bien pensado.
Algunas se retrasaban en su cola y nosotros alcanzábamos a divisarlas de espaldas desde la otra punta del parque, entonces, giraban su cabeza y nos sonreían.
Así que no nos quedaba otra que aprovechar para ir a la sesión de las cinco al cine Capitol, donde veíamos las de dieciocho, eso sí, porque aquello era un coladero, con la mente llena de ansiedad y de deseo. Luego salíamos justo para ver la sesión del cine del colegio donde ya llegábamos encendidos. La gente protestaba, y mucho, cuando, encima, en aquellas películas para todos los públicos, les cortaban los besos, claro.
Convencidos de que con las corazonistas no había nada que hacer, nos centrábamos en las seguntinas. Y eso que aquel terreno, no es que fuera difícil, era poco menos que imposible.
Las seguntinas sabían que nosotros éramos muy mal plan porque, a los pocos meses del buen tiempo, nos iríamos de vacaciones de verano y quién sabía si volveríamos al año siguiente. Y, además, teníamos aquellos horarios de mierda, recogiéndonos los domingos a las siete de la tarde y, entre semana, solo salíamos a “las cuatro esquinas” a fumar. Éramos casi unos niños de guardería para ellas.
Algunos atrevidos se la jugaban y se juntaban con los de COU, que se podían quedar hasta las nueve de la noche los domingos, –en COU había algunos chicos de hasta 20 años, vamos, para tirarse de los pelos–. A los de COU les daba tiempo a ir a la discoteca Boris, en la alameda o al Molino, un poco más allá, que abrían a las siete, aunque cuando empezaba lo lento, a las ocho y media, se tenían que salir, ¡manda Dios! Los curas lo tenían todo muy bien pensado.
Algunos, más que atrevidos unos locos, venían a cenar a las nueve y luego, desde el dormitorio, se escapaban por la cocina que daba a una valla fácil de saltar. Cuando los pillaban, los curas agarraban un cabreo bereber y lo pagaban también con nosotros. Nosotros a los de COU, además de mucha envidia, les teníamos un tirria supina por esto. Por esto y por lo bien que se lo pasaban con las titis, según contaban. Y nosotros, a verlas venir.
Mi pandilla, una de aquellas primaveras del Bachillerato Superior, conectó con cuatro chavalas de Sigüenza que paseaban, voy y vengo, como nosotros, por la alameda, de nuestra misma edad, excepto Marga que tenía 16 años, uno más que nosotros.
Nosotros, para retenerlas, les contábamos unas trolas de aúpa, tratando de dar a nuestras vidas un lustre que no tenían ni por asomo.
Fermín, que no había montado ni en tren, decía que su padre era piloto, Mariano Sobrón, que estaba gordo como una ballena embarazada, presumía de ser socorrista en la piscina y practicar el boca a boca por los veranos y Pedro Valtierra montaba a caballo como nadie, sobre todo en las novelas del Oeste que leía, no te digo. Yo iba cambiando, desde escritor a campeón de ajedrez, pero no conseguía que Marga reparara en mí y no hacía nada más que mirar a los lados y luego a su reloj con síntomas de aburrimiento.
De repente, algo cambió cuando mencioné que yo preparaba las películas y que cortaba las escenas prohibidas. Rápidamente las cuatro chicas me rodearon en piña, por supuesto tuve que añadir que éramos los cuatro amigos el equipo de proyección del colegio.
A continuación, empezamos todos a inventarnos películas, que por supuesto ellas no conocían, y a relatarles las secuencias, todas llenas de besos y hasta de cama, que nos obligaban a cortar pero que, luego, nosotros disfrutábamos a solas.
El caso es que, una vez que rompimos el hielo, las chicas hasta se lo pasaban bien con nosotros hablando de otros muchos temas. Salimos un par de domingos con ellas y, por supuesto, teníamos la excusa perfecta para dejarlas a las siete de la tarde, debíamos ir a preparar la proyección porque si no aquellos cientos de chicos se morirían de pena.
El caso es que el siguiente domingo era la romería de la Virgen de la Salud en Barbatona y quedamos en ir los ocho juntos por el camino del pinar. Cuál sería nuestra sorpresa cuando, a mitad del trayecto, nos desviamos hacia un claro, porque querían hacer un descanso y comer algo. Allí nos sentamos y cada chica sacó un bocadillo para cada uno de nosotros. Ya nos habían repartido entre ellas. A mí me eligió Marga y me sentí en aquel momento el chico más feliz del mundo.
Entre risas y cuchicheos cada uno nos apartamos para dedicarnos a nuestra pareja. Yo no había llevado bocadillo para ella pero sí que había preparado algo. Esteban me había puesto sobre aviso.
–Invítala o regálale algo, Germán. Eso abre muchas puertas.
Nos separamos del grupo y ella se apoyó en el tronco de un pino. Entonces yo busqué mi tesoro que había preparado para ella y se lo di, metido en un saquito de tela. Era un pequeño trozo enrollado de la película “El tulipán negro”, un besito que se daban mi adorada Virna Lisi y el entonces galán del cine europeo, uno de los tíos a los que he tenido más envidia en este mundo.
Ella me había dicho el domingo anterior que estaba chiflada por Alain Delon. Como todas, pensé, bueno, peor hubiera sido con otro menos solicitado, con tanta competencia yo tenía más posibilidades, había pensado.
Le hizo una ilusión tremenda. Lo desenrolló y estuvimos viendo a través del sol los fotogramas. Luego, reparó en mí, súper agradecida. Me echó los brazos por el cuello y me empezó a besar como Virna Lisi, con aquellos besitos en los labios que habían superado la censura y habían llegado a mi tijera, por eso precisamente.
VIDEO: BESO ALAIN DELON VIRNA LISI EN TULIPAN NEGRO: https://www.youtube.com/shorts/6LF6PEmRBto

Fueron los primeros besos de amor que recibí. Yo correspondía como podía y sabía. Me fui animando, la cogí por la cintura, me acerqué y ensayé un beso con la boca abierta, como me había instruido Esteban. Ella no se sorprendió, me correspondió un momento, sentí su lengua en mis labios y no me dio tiempo a más. Me apartó suavemente por los hombros.
–Germán, Germán… todavía no estoy preparada para esto, más tarde… ¿eh?
No sé qué me gustó más, si el escuchar mi nombre de sus labios en aquellos momentos o pensar en continuar con aquello más tarde.
Volvimos al grupo, me sorprendí que fuera Mariano Sobrón el único que había pasado de la amistad a algo más con Encarni, una chica gordita y risueña, como era él. Fermín y Pedro estaban muy cortados. Y ellas, también.
Así que volvimos todos a la romería, llena de gente, envueltos en aquella alegría que sentíamos entonces, aquel contento interior, difuso y sin nombre, que nos llenaba de dicha. Y de un futuro maravilloso.
Nos despedimos a las siete, el cine nos esperaba, y pronto supimos que el futuro no iba a ser tan radiante como el que vislumbrábamos.
Al domingo siguiente, no vino Marga. Encarni me pidió hablar un momento aparte conmigo:
–Germán, a ver cómo te digo esto. Marga quería decírtelo personalmente, pero al final hemos creído que era mejor así: Marga sale con un chico de aquí desde hace tiempo, habían regañado cuando apareciste tú, que le caíste muy bien. Pero Carlos ha vuelto y se han reconciliado. Ellos se quieren, te lo digo yo. Me ha devuelto tus fotogramas de Virna Lisi –abrió su bolso y me los entregó.
Yo no sabía qué hacer con ellos en la mano. No me había dado tiempo a enamorarme de Marga, todo había sido algo suave e inicial, como nuestros besitos. Pero, en cierto modo, eran suyos.
–Devuélveselos, Encarni. Dile que son un pequeño recuerdo de aquellas horas maravillosas en la romería.

VÍDEO: ALAIN DELON Y VIRNA LISI EN EL TULIPAN NEGRO:
https://www.youtube.com/watch?v=K41dWsc2elY

Aquellos fueron mis primeros besos de amor. Y me gustaron. No tuvieron continuidad, pero eso era lo de menos, me decía. Había conocido a una chica estupenda y había sido franca, no habíamos jugado el uno con el otro. Y eso era lo importante. Porque nadie está obligado a estar con nadie de una forma íntima. Faltaría más. Pero, tampoco, a hacer creer al otro que hay algo entre ellos cuando ya no lo hay.







Y unas fotos de aquella época, vagueando por la alameda seguntina, de las pocas que conservamos de aquellos días. Las tengo a mano porque, el otro día, me las pidió uno de los amigos de entonces que sale también en ellas, porque las había extraviado y quería volver a tenerlas cerca.