Yo, por las mañanas, lo primero que hago es escuchar música, nada de noticias que me aterricen demasiado pronto en la realidad. Mientras me afeito, escucho canciones al azar. Aunque ya sé que no es solo el azar, Youtube tiene un algoritmo y me propone una lista de ellas que pueden gustarme en base a mis escuchas previas.
Qué más da. Lo importante es que me llevan a donde quiere mi imaginación. Desarrollan mi fantasía. Me hacen sentir cosas que no me ofrecerán ninguna de las obligaciones que me esperan, acechantes, durante el resto del día.
Vivimos en un mundo muy racionalizado y muy materialista, que a mí no me parece mal, siempre que nos quede un resquicio para evadirnos y burlarnos de las reglas del poseer a todo trance y del consumo desaforado que nos marcan.
¿Qué queda del mundo de las emociones en una vida tan reglada, tan utilitarista y tan homogénea?
A mí me queda la música. Y la literatura, por supuesto. Y una empatía para observar a la gente que va a contracorriente.
Hoy estoy contento. Ya hemos finalizado la estructura y el recorrido de nuestro viaje familiar por la Coste Este de los Estados Unidos, comprados los billetes, los seguros, los trenes en los que nos desplazaremos, reservado los hoteles, algunos tour turísticos, excursiones, etc., todo un gran esfuerzo, y, quizás, por ello, el azar, quiero decir el algoritmo de youtube, me quiere premiar trayéndome de nuevo esa cancioncilla pop sobre los románticos que me gusta mucho. Ahí va: https://www.youtube.com/watch?v=blEQ39H9gL4
La primera vez que la escuché fue como una ducha estimulante y suave que me impulsaba a mirar hacia adentro y a sacar cosas que siempre habían estado ahí. Por entonces, yo escribía de vez en cuando artículos de opinión en el diario Iberoeconomía. Uno va siempre literaturizando todo lo que le ocurre, así que vertí todo lo que sentía, todo lo que pensaba en aquellos días sobre el romanticismo y el excesivo materialismo del mundo actual. Dice así:
LOS RETOS DEL MUNDO QUE VIENE: ¿ALGO MÁS QUE MATERIALISMO?
Un modo, quizás nada sofisticado, pero sí bastante preciso e identificativo del sentir general de la gente, particularmente del de la juventud, es auscultar el latido del corazón de cualquier canción popular y representativa del momento. A mí me sorprendieron hoy, y me dieron que pensar, estos sencillos versos que canta, envueltos en una musiquilla dulzona y pegadiza, María Artés y que yo escuché en la radio, mientras caían por doquier las hojas del otoño, “Dicen que los románticos han muerto, pero yo no sé si eso es del todo cierto”. ¿Qué opinan ustedes?
Ya el hecho de hacernos esta pregunta, cuando comenzamos a estar asustadísimos por la nueva crisis que llega, la incertidumbre del resultado de las enésimas elecciones, los vaivenes de la bolsa, la guerra comercial interminable de Donald Trump o el no menos interminable y tedioso proceso del Brexit, tiene su mérito. Parece ser que todavía hay tiempo para algo más que el materialismo rampante que nos rodea, también por doquier, como el otoño.
Porque si a algo se ha dedicado la humanidad en los últimos doscientos años, y con un éxito incuestionable, es a proveernos de cobertura material para nuestras crecientes e insatisfechas necesidades. Y esto es así, sin duda alguna. Aunque este éxito no oculte ni justifique desequilibrios, desigualdades y errores mil en el proceso. Veamos algunos datos sobre ello: en 1900 el PIB mundial se situaba en 1000 millones de dólares, hoy alcanza los 80 billones de dólares, un crecimiento de 30 veces en términos reales (3000 por cien).
Ello ha permitido hacer frente al incremento de la población mundial que ha pasado de los 1500 millones de personas en 1900 a los 7400 millones de individuos que hay actualmente. Y, al mismo tiempo, multiplicar por ocho la renta per cápita desde los 2000 dólares de media en 1900 a los más de 16000 dólares actuales. Esto se podría resumir en que una persona de clase media hoy, vive mejor que lo hacía por ejemplo el emperador Napoleón: mejor higiene, mayores comodidades, mejores servicios, mucha más longevidad etc.
Todo esto está muy bien y hay que continuar en esta dirección y, a la vez, incrementando de paso la justicia social. Pero, ¿no estaremos muriendo también del éxito del materialismo? Hoy todo triunfo que no se vea referido al dinero, en general no se considera verdadero éxito. ¿Ustedes creen que nuestro nivel de felicidad también se ha multiplicado treinta veces sobre el de nuestros recientes antepasados? Yo, solo comparando los tiempos de mi niñez y los actuales, me la jugaría sin dudarlo manifestando que a nivel de felicidad (que incluye no solamente el componente material de nuestra esencia, sino también el espiritual), las cosas puede que hayan mejorado, yo soy de los optimistas que creen que en términos generales el mundo siempre avanza, pero en todo caso muy, pero que muy por debajo, de lo que lo ha hecho el nivel material. ¿Será por eso que los románticos han muerto, como se preguntaba nuestra cancioncilla pop? ¿No nos estaremos pasando la vida adorando al becerro de oro o, inclusive, al oro del becerro, que es todavía peor, apartando de nuestro camino todo lo demás?
Un genial humorista de nuestro tiempo, el gran Woddy Allen, lo dice muy claro: “El dinero no da la felicidad, pero procura una sensación tan parecida, que se necesita un especialista muy avanzado para verificar la diferencia”. ¿Seremos capaces todavía de reaccionar a la inmensa ironía que destila esta reflexión? ¿O, simplemente, estamos ya tan contaminados, tan obsesionados con el metal amarillo, que aceptaríamos sin rechistar lo que decía otro gran genio del humor como Groucho Marx?: “¡Hay muchas cosas en la vida más importantes que el dinero! Pero… ¡cuestan tanto!
Quizá por ello el número de suicidios en España, y en todo el mundo, no deja de crecer paulatinamente. Ya es la primera causa de muerte violenta o externa en nuestro país. Parece que no estamos demasiado contentos con nosotros mismos. ¿Y con los demás? Las relaciones de pareja tampoco pasan por su mejor momento, con un gran y creciente número de rupturas y conflictividad, muchas veces violenta, entre sus miembros. Y con una falta de compromiso a largo plazo muy evidente. Tampoco queda tiempo para los hijos, que son algo caro y que supone mucha dedicación, por lo que a mayores rentas menor descendencia; y las personas mayores se ven abocadas en su gran mayoría a una soledad a menudo olvidada y desatendida, aunque sea bien cubierta en sus aspectos materiales.
¿Qué está pasando? ¿Nos estamos acostumbrando a vivir, de forma individual, cada uno encerrado en nuestra propia burbuja económica? ¿Manejando, como podemos, la gran frustración de no poder obtener todo lo que nos rodea y, sobre todo, de no poder alcanzarlo ya mismo? ¡Parece que lo que no sea satisfacción inmediata es frustración y fracaso! Esta es la gran creencia de nuestros tiempos, el resto de las mismas: religiones, filosofías, pensamientos críticos, etc., están bajo mínimos. Un amigo mío lo tiene muy claro: “¡Vamos a ver, el dinero a lo mejor no es Dios, pero como mínimo es la Virgen, ¿no te digo?”.
¿Cómo no se van a estar muriendo los románticos? El romanticismo quiere decir sentimientos, amor a la naturaleza frente a la civilización, como reflejo de lo puro y genuino. Sentido de la transcendencia del hombre frente a la inmediatez del corto plazo. ¡Idealismo! Solo algunas causas solidarias, el cambio climático y desarrollo sostenible, las medidas de conciliación y los horarios razonables, algunos brotes verdes en cuanto al resurgimiento de la familia, las actitudes libertarias y a contracorriente de unos pocos, parecen insuflar algo de ilusión para pelear contra toda la fuerza del metal amarillo, tan necesario por otra parte, ¡ojo!, pero en sus debidos términos.
Ya nos lo dijo el gran Alejandro Dumas, hace casi 300 años: “No estimes el dinero ni en más ni en menos de lo que vale, porque es un buen siervo y un mal amo”. Y dos mil años antes que Dumas, ya nos aconsejó Menandro de Atenas: “Bienaventurado el que tiene talento y dinero, porque empleará bien este último”. O, quizás, sea todo inclusive más sencillo, como nos recordaba hace no tanto Jackson Pollock: “La felicidad es una estación de parada entre lo poco y lo demasiado”.
“Dicen que los románticos han muerto, pero yo no sé si eso es del todo cierto”, habla la canción, que luego continúa: “Dicen que los poetas sin fortuna, ya no cantan a la luz de la luna”. Un gran filósofo como Ervin Lazslo lo decía así: “La manera en que los jóvenes viven la lucha por la supervivencia material tiene como resultado la frustración y el resentimiento”. Y uno de nuestros más afamados psiquiatras: Enrique Rojas, ponía definitivamente el dedo en la llaga: “En estos momentos, la enfermedad de Occidente es la de la abundancia: tener todo lo material y haber reducido al mínimo lo espiritual”.
Quizá por ello los jóvenes no se sienten totalmente felices. Y piden más. O, quizás, otra cosa:
“Dame una rosa que no se marchite”, pide la canción de los románticos que se mueren.
En estos momentos, de esas ya casi no nos quedan.
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Uno, de niño, de adolescente y de joven en sus primeros albores, soñaba con ser un poeta romántico y rebelde, luchando por un amor lejano e imposible y ajeno a los intereses espurios que no tuvieran nada que ver con la pureza de sus versos. Por entonces, en el año 1971, cuando yo tenía catorce años, salió una canción que a mí me gustaba mucho: El último romántico.
La escucho de nuevo ahora, después de haber perseguido tantas zanahorias como el que más, en este mundo de trampas y falsos espejos que nos rodea, y me alegro de poder encontrarme adentro, todavía, ese reducto de romanticismo y pureza que no quiero que me abandone jamás. A lo mejor, por eso, escucho todas las mañanas esa música que me trae el azar y que, en realidad, es solo un antídoto para seguir soñando.
Ahí va este destello, que todavía me emociona, después de tanto tiempo:
https://www.youtube.com/watch?v=mRN7e3o7PSg&t=13s
Y la nostalgia de aquellos años me trae la imagen de esta foto que me hicieron en un cafetín literario de Lisboa en mis primeros turbulents twentis todavía dominados por aquel impulso romántico cuya semilla, todavía, muy adentro, permanece.

