jueves, 19 de marzo de 2026

SER UN BUEN PROFESIONAL (para el proyecto "Destellos")

 


Ayer fui al fisio. Cada vez va teniendo uno más goteras. Algunas no son propias, son heredadas, en la familia de mi madre el tema de los huesos y sus artrosis viene de lejos. Menos mal que yo tengo un buen fisio, el mejor.

Lo conocí hace veinticinco años. Venía yo padeciendo de una hernia discal que me producía unos insufribles lumbagos, algunos de ellos me tenían medio paralizado y arrastrando los pies varios días. Estaba harto de todo esto, máxime cuando siempre se me producían en vacaciones. Se conoce que hacía algunos movimientos poco frecuentes o, qué se yo, durante el resto del año, tan focalizado como estaba en competir, en crecer profesionalmente, le tenía prohibido a mi cuerpo mostrar queja alguna.

Fui a un reumatólogo y me envió al cirujano. Yo no me quería operar ni por asomo. Mi hermana, que también padeció esta enfermedad, sufrió dos operaciones y dolores sin cuento, para, al final, dejarla casi como estaba, aunque a base de gimnasia diaria sí es cierto que después de muchos años se estabilizó. 

Así que me negué en redondo. El médico me miró con suficiencia. "Le dejo los papeles hechos, ya vendrá cuando no pueda aguantar los dolores". Y los dolores no cesaban, cuando ya estaba a punto de tirar la toalla, un compañero y amigo, a la sazón nuestro representante en Japón, me dijo: "Paco, no te operes sin antes visitar a este médico, tiene unas manos que hacen milagros".

Así que fui a verlo a su consulta de la calle Diego de León. Le mostré las radiografías y el doctor Sobrón, médico rehabilitador, como ponía en su tarjeta, las puso al trasluz y luego me miró y con un deje rutinario me dijo: "Esta hernia es muy antigua. A lo mejor hoy no se la puedo quitar y tiene que venir otro día".

Yo, flipaba, claro. Empecé a pensar mientras me ponía en la camilla que este hombre era un fantasma. En cuanto me tocó fue directo al dolor. "Es aquí, ¿no?" "Síííí..." le contesté como pude, aquello me dolía la releche". "No te quejes tanto, que voy a tardar poco".

Y poco tardó. "Bueno, listo, te vienes la semana que viene, por si ha quedado algo". Yo, estaba pasmado,  Después de tantos años de sufrimiento, no sabía qué hacer ante aquel milagro. si besarle la mano, o concederle un crédito instantáneo en mi banco.

Desde entonces, un cuarto de siglo ya, ha sido el fisio de toda la familia. Sé que hemos sido unos afortunados. "Cuando encuentres un buen profesional, hay muy pocos –me decía mi amigo japonés– no lo sueltes ni por asomo".

Y es lo que hacemos. El doctor Sobrón ya está jubilado, pero todavía atiende a una docena de clientes de toda la vida, cuando le llamamos. Ya somos no solo clientes sino un poco amigos. "Sabes, mi mujer se leyó ese libro que tienes de mafias... , sí ese, El cazador de la Patagonia, ha quedado encantada". 

Encontrar un buen profesional es una  delicia. Yo cuando me topo con alguno ya no lo suelto. Siempre me ha gustado ser creativo en el mobiliario de mi casa, hacer muebles a medida, peculiares, distintos,  y esas cosas. Pude hacerlas porque el portero de mi urba me presentó a Salomé. "Es de lo que no hay, podría hacerse de oro, pero trabaja con quien quiere,  es un ebanista de primera". Nos entendimos bien y me hizo infinidad de trabajos en mi primera casa, y luego los adaptó cuando nos mudamos a la segunda. Lo llevé hasta El Sauce y también trabajó para mis padres. Ya tiene setenta y muchos, pero, de vez en cuando, todavía nos llamamos y hasta nos vemos para tomar un vino. Un profesional como la copa de un pino, con un amor a la madera como yo no he visto jamás.

Escribí hace tiempo un artículo dedicado al librero Luis Domínguez, compañero de pupitre en El Sauce Curvo,  otro profesional de raza. Se le conoce como el librero amigo. Ahí va: 

SER UN BUEN PROFESIONAL

Hay profesiones donde, desde el punto de vista del servicio al cliente, cualquier tiempo pasado fue mejor. Se me ocurren así, a vuela pluma: maestro, gasolinero, médico, recepcionista telefónico y, desde luego, librero.
El librero, antaño, no solamente se leía sus libros, los reconocía hasta por el olor. Se tomaba un café con los escritores y pulsaba su próxima obra, la calidad de su aliento. Conocía los gustos, y hasta los matices, de la afición de sus lectores, a los que atendía con el cariño, y la perspicacia, del antiguo boticario, disfrutando de la alquimia de sus infusiones y preparados.
Hoy el médico es, muchas veces, un mero tramitador de volantes a los especialistas, que no mira ni al enfermo mientras teclea en el ordenador. Y qué decir del maestro, permitiendo que sus alumnos se maten en los pasillos, sin involucrarse, porque él solo enseña matemáticas. El gasolinero ya solo es un busto parlante, una foto fija, en la ventanilla : “¿la dos, diesel? Cincuenta euros”. Y qué decir del operador telefónico, una lengua llena de cables, que no te entiende, ni te atiende jamás, mientras te preguntas por qué tu consulta nunca está en el menú de elecciones a marcar.
Algo parecido pasa hoy al librero, una especie de pasmarote junto a los anaqueles, donde duermen, aburridas, obras maestras, junto a los detergentes, a los jamones, y a los rollos de papel. Y los libros, ya sin alma, son una mera referencia en el ordenador.
Pero en este mar uniforme de utilitarismo mercantil, de mediocridad creativa, de planicie imaginativa, todavía quedan excepciones. Olas que se levantan orgullosas y altivas en mitad del océano, empujadas por ese viento interior que no se doblega jamás. Por ese remolino que nace en las raíces profundas y antiguas del buen servicio al cliente. En el trato, en la orientación y guía por el vasto mundo editorial de hoy. En ejercer, en definitiva, con letras de molde, el oficio de librero que es, ni más ni menos, la profesión de especialista en libros. Y no, de operario de almacén, que limpia el polvo a los stocks a su cargo, por los que no tiene más interés que el clin-clin de la caja.
Por esto, y por muchas cosas más, a Luis Domínguez se le conoce como el librero amigo. Ya quedan pocos como él.
A mí, a quien siempre le unirá el hecho íntimo e importante de haber aprendido a leer juntos, cuando fui a verlo con mi primer libro bajo el brazo, todavía en borrador, me miró arqueando una de sus grandes cejas, tasándome, sopesando los gramos de escritor que había en mí. Y yo supe, entonces, que no me perdería del todo en el proceloso mundo de las apariencias, de los oropeles y de las falsas purpurinas en que se está convirtiendo, dentro y fuera de las librerías, el oficio de escribir.

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           Hace ya casi diez años, tratando de que mis hijos supieran lo que es ser un buen profesional, escribí con ellos el libro "Soñadores - Aprende a materializar tus sueños". Entrevistamos a veintisiete de ellos, de todos los sectores. Y aprendimos mucho los tres. Hoy, precisamente, me cuenta mi hijo que ha ido a Miami desde Filadelfia donde está concluyendo su MBA, a pasar el fin de semana con uno de ellos. Me ha hecho caso: "Cuando encuentres a un buen profesional, hay muy pocos, no lo sueltes ni por asomo."

            SOÑADORES: https://www.youtube.com/watch?v=QRmhjvlX0OU

          Yo, que siempre tuve una íntima vocación: la literatura, por esas cosas de la vida y sus necesidades, y bien aconsejado por mis padres, me formé como economista y financiero y a ello he dedicado toda mi vida. Fue un matrimonio de conveniencia, pero, como muchas veces pasa, el roce hace el cariño y aprendí a enamorarme de mi trabajo y a ser un buen profesional de ello. Por eso, le tengo tanto aprecio  a este reconocimiento que me hizo mi empresa casi al final de mi carrera, nombrándome embajador de la misma y, casi me da vergüenza decirlo, ejemplo para las nuevas generaciones. Me hicieron un vídeo que estuvo un mes en la primera página de la web interna de la empresa, para motivación de los 110.000 empleados que contaba entonces la misma.

EMBAJADOR: https://youtu.be/KFi-R2NOTyY

       Ahora homenajeo aquí a ese empeño vital  al que debiéramos entregarnos sin reserva, mientras recupero en estos años esa devoción, ese primer amor, que será también el último, que para mí ha sido escribir.

       Mientras escribo, recuerdo aquella reflexión de Thomas Carlyle: 

      "Puede considerarse bienaventurado, y no pedir mayor felicidad, el hombre que ha encontrado el trabajo que ama".