Ayer estuvimos en El Sauce Curvo. Me dice mi wife que yo me meto en todos los charcos. Y lleva razón. Será porque la siento a ella detrás, añado yo, y se queda tan contenta. Yo tenía un sueño que se va a hacer realidad. Ayer quedamos con el carpintero.
Nos va a hacer un mueble que cubrirá dos paredes de una casita auxiliar que tenemos. En sus numerosas baldas pretendo ubicar un museo de recuerdos: utensilios de las últimas décadas, radiocasettes, máquinas manuales de escribir, cintas de vídeo, las botas y el gorro de a mili, qué se yo, como no tiro nada, lo tengo todo, ahora bien, a saber dónde. Pero, ya sueño con verlo en pie en unos meses.
Y es que, dónde mejor lo puedo hacer que en mi pueblo, donde tengo mis raíces y mis recuerdos más lejanos en el tiempo. Además, habrá muchas cosas de mis padres, que también eran ambos de allí, e inclusive de mis suegros. Sí, los pueblos te ofrecen pasado y presente todo junto, sobre el futuro dicen que es mejor no hablar, quizás no subsistirán en el futuro, pero esa es otra historia. Para mí, nunca morirá el mío.
En mi salón principal, tengo unos cuadros de recuerdo de la familia, los que estamos, y los que ya se fueron. Y, toda la casa, está llena de recuerdos de aquellos a los que todos días echamos de menos y, que de alguna manera, allí permanecen.
Un barco de mi suegra y un reloj de pared de mi madre.
Mis hijos, con mis padres y mis suegros (falta poner una foto de la boda de mi hija con mi yerno). en el rincón puede verse la máquina de coser Singer de mi madre, una verdadera joya, y la radio de cuando yo tenía cuatro o cinco años y me asustaba porque pensaba que había gente dentro, lo cuento en Memorias del Sauce Curvo, también se ve un juego de té de mi madre sobre la mesita. ¡Cuántos recuerdos!
Y nuestro hijos aprenden de todo esto. Y recuerdan a sus antepasados a través de los objetos que un día les pertenecieron.
Si analizáramos los principales indicadores relativos a la población o a la economía de un país desarrollado, veríamos que las ciudades ganan a los pueblos por goleada, en un proceso de absorción que parece que no tiene fin.
Sin embargo, hay algunos brotes verdes que indican que algo está cambiando. La gente empieza a preguntarse cosas. No es oro todo lo que reluce en la gran ciudad: la gente huye de los pueblos porque dicen que no quieren estar solos, pero, ¿será cierto esto que afirmaba ya en el siglo XIX el escritor Henry David Thorau: “La ciudad es un lugar donde miles de personas están solas juntas”? ¿Y qué opinan de aquello que dijo el premio Cervantes Octavio Paz: “Las ciudades modernas solo son desiertos de gente”? Esos desiertos que solo producen soledad e incomunicación, llenos de grandes bloques donde no se vive “al lado de” sino unos encima de otros, como ya nos avisaba Eduardo Galeano: “Las ciudades se han convertido en jaulas verticales”.
Algún fan urbanita podría argumentar que, en los pueblos, aparte de que no hay gente, no hay nada para disfrutar de la vida. Pero, cada vez más ciudadanos se preguntan si no será que “las ciudades solo hacen que crear necesidades artificiales que solo llevan a angustias innecesarias”, como afirmaba el filósofo Jean Jacques Rousseau o que “producen un ruido tan alto que ahoga el alma de los individuos”, como resaltaba Fernando Pessoa.
Cada vez más gente piensa en este dilema: ¿Pueblos o ciudades? Y, más ahora, donde los precios inmobiliarios están no en las nubes, sino casi en las estrellas. Y se rascan la cabeza enfrentando las ventajas e inconvenientes de los pueblos:
Ventajas:
• Tranquilidad: la ausencia de ruido, tráfico y estrés convierte a los pueblos pequeños, en auténticos refugios de paz.
• Naturaleza: el contacto diario con el entorno natural favorece la salud física y mental.
• Comunidad: aunque pequeña, la vida social en ellos es más estrecha y cercana que en las ciudades.
• Coste de vida: en general, los gastos de vivienda y alimentación son menores que en zonas urbanas.
Desventajas:
• Falta de servicios: muchos pueblos carecen de médico, escuela, farmacia o incluso tienda de alimentos.
• Aislamiento digital: aunque mejora poco a poco, la cobertura móvil o de internet es deficiente en muchas áreas.
• Escasas oportunidades laborales: salvo en sectores agrícolas o turísticos, el empleo es muy limitado.
• Envejecimiento: la mayoría de la población supera los 65 años, lo que afecta al dinamismo y sostenibilidad local.
Y el escritor de este artículo, que respeta más que nadie el libre albedrío de la gente, deja que cada cual vaya sacando sus propias conclusiones para tratar de ser lo más feliz posible, que es lo que importa. Aunque él lo tiene muy claro desde hace tiempo: él se siente como uno de los privilegiados que tiene pueblo y ciudad, que nació en una comunidad pequeña, como Sacecorbo, donde todo el mundo se conocía y tenía a toda su familia alrededor, y aprendió a vivir de la austeridad, que solo significa como todo el mundo conoce: saber disfrutar mucho más de aquello que logras alcanzar, y guardar algo también para cuando las nóminas mengüen, esto sí que es desarrollo sostenible, que está tan de moda ahora. Y aprendió también a conocer y deleitarse con la naturaleza, ¡y tantas otras cosas!
Luego, aprendió a amar a una ciudad como Madrid, abierta a todo el que llega, competitiva pero llena de meritocracia, de oportunidades, de progreso, de grandes empresas, de formación y de mucho futuro. ¡Ay, pero que también sufre de las incomodidades, contaminación, ruido, estrés y mil puñales más que se te clavan en tu interior y que pueden amargarte la vida!
Cuando eso le ocurre, él tiene su remedio, piensa el escritor, su particular farmacia, su médico de cabecera, que es coger su coche y en un pispás acercarse a su pueblo. A Sacecorbo. Asomar por el cementerio y saludar a sus padres que yacen, solo dormidos cree él, rodeados de toda esa comunidad de personas que el escritor conoció y acompañó a su último destino, de niño, siendo monaguillo, y que todavía recuerda en qué casa vivió cada una y qué circunstancias la rodearon. Esa comunidad de los que se fueron, pero que siguen ahí, esperándonos, en ese barrio que es uno más del pueblo. Ahí nos reuniremos todos los que vivimos un día juntos, que es algo que jamás te podrá ofrecer la gran ciudad.
O tomarte un café sin prisas en el bar y charlar de cosas de hace cincuenta o sesenta años con un viejo compañero de escuela con el que te une más autenticidad y verdad que con cualquiera.
Recorrer los caminos, los senderos que llevan a la Barbarija, a Monseco o al Barranco de la Hoz, que es como recorrer toda tu vida de nuevo, ligero de equipaje, respirando un aire más puro que ninguno y una luz que ya quisieran en la Puerta del Sol.
O gastar unos días en las Fiestas de San Bartolomé, o “con el hombre orquesta”, de la Asociación de vecinos y jubilados, bailando esas canciones que llevan tu corazón y tu cabeza a aquellas primeras historias de amor que te han conducido a lo que ahora eres.
Sí, el escritor, cada semana, tiene que ir a segar, a regar el césped, como otros plantan tomates y cebollas que, en realidad, son solo la excusa para ir a nuestro pueblo, para escapar de lo que tiene de cárcel la gran ciudad y reencontrarte con tu esencia, con la inocencia y la ilusión de cuando eras un niño.
Por todo esto, el escritor piensa que quienes más pueden hacer por sus pueblos, –y esto no es eximir a nuestros gobernantes en absoluto que tienen que convertir la España vaciada de oportunidades en la España llena de esperanza–, somos los que nacimos allí, los que sabemos la bondad de sus vitaminas, de sus cielos abiertos, del tiempo que va más despacio y que hace más larga la vida. Y quién sabe si más feliz.
Seguro que ese contagio llega a otros que ya se están preguntando cosas. A otros, que nunca tuvieron pueblo, y sienten, cuando nos miran, la envidia de tenerlo.
Porque regresar a los pueblos, en mayor o menor medida, es algo que no nos podemos perder. Regresar es “volver – como dice el tango– con la frente marchita/ las nieves del tiempo/ platearon mi sien/. Sentir/ que es un soplo la vida/ que veinte años no es nada/ que febril la mirada/ errante en las sombras/ te busca y te nombra. / Vivir con el alma aferrada/ a un dulce recuerdo…
Disfrutemos pues de nuestro pueblo a tope, los afortunados que lo tenemos, aunque vivamos lejos, y acérquense a ratos, si pueden, a las ciudades los que viven en él. El escritor, que ya tiene sus años, ha aprendido que en esta vida no debe quererse una cosa o la otra sino, precisamente, una cosa y la otra.
Tal vez, porque se acuerda de aquello que dijo el sabio: “el secreto de la vida feliz es tener muchas pasiones, pero ninguna dependencia”.
Así que, vivamos donde vivamos, no nos olvidemos nunca de gritar alto y fuerte, para que todo el mundo nos oiga, ¡que viva siempre también nuestro pueblo!
Porque así sea.
Y recuerdo también, cómo no, ese destello que supuso para mí realizar un pequeño videoclip para la Asociación de Vecinos de El Sauce Curvo, en homenaje a nuestro pueblo. Sacecorbo, junto con su pedanía, Canales del Ducado, no llega a los cien habitantes en estos momentos. Este vídeo lleva más de dos mil visitas en youtube. Quiero pensar que ahora es un poco más conocido que lo era antes. Se lo merece. ¡Y mucho!
https://www.youtube.com/watch?v=zgDVnjYkWt8


