Hoy hace un día estupendo en Madrid, con un sol primaveral y una luz que te llena el pecho de proyectos y de futuro. Pero, yo me siento triste, como siempre que el desamor se me acerca. Un amigo ha roto con su mujer o, mejor dicho, ella lo ha abandonado.
El desamor es una puñalada infame capaz de derribar a cualquiera. Y no debiera ser así. Hay miles de hombres y miles de mujeres que nos rodean a cada uno, que valen más o menos lo mismo, sin embargo, cada cual nos fijamos solo en una, o en uno. Y depositamos en él, o en ella, no solo todo lo que somos, sino todo lo que podríamos llegar a ser.
Así que cuando la perdemos, no solo perdemos a esa persona. Lo perdemos todo.
Y no hay vacuna ni consuelo en esos momentos. La vida carece de sentido alguno.
Cada uno, si lo consigue, sale de esa situación como sabe, puede o quiere. A veces, agarrándose a sucedáneos, a veces echando sobre él o sobre ella paladas y paladas de tiempo, hasta que quede repleta la sepultura donde enterró a su amor perdido.
A veces, se pierde la cabeza y uno ya no será nunca el mismo. Otras, pocas, a Dios gracias, la vida ya no tiene sentido alguno, no vale nada y, entonces, ¿para qué vivirla?
Yo he escrito mucho sobre el desamor, cada uno llevamos consigo nuestra cuota de sufrimientos y de desdichas. Y, aunque, hoy, yo me sienta tan afortunado, no puedo dejar de observar de vez en cuando las cicatrices que dejó en mi piel un día.
Ese dolor, esa desesperanza infame, que hace que sientas que no vales nada. Y, lo que es peor, que no valdrás nunca nada.
La novela “El día que fuimos dioses” es una novela de amor y desamor, quizás yo no he escrito nunca nada tan valioso sobre ellos.
Releo este libro que, por algo, fue el primero, y rescato de él dos historias sobre esa pérdida inconmensurable que a veces nos golpea con un dolor inmenso, miles de paletadas de dolor, de las que no siempre se sale ileso.
EL HOMBRE DE LA PLAZA
El autobús se encuentra repleto, hace un calor sofocante y los viajeros hablan con una vivacidad especial, pero, también, con los nervios a flor de piel, debe ser la electricidad que se va cargando en el ambiente. El autobús se ha detenido en una pequeña plaza.
Hay un hombre en la parada que observa, anhelante, cuando las puertas se abren. ¡Qué chispazo de esperanza en su mirada por un momento!, ¡y qué nube de tristeza cubre sus pupilas cuando se cierran las puertas sin que haya descendido la persona que espera!
El autobús arranca mientras se oye la voz de una viejecita.
—¡Eh, conductor!, ¡por favor!, que falto yo. ¡Déjeme bajar!
El autobús para de nuevo tras unos metros de marcha. Un pasajero exclama.
—¡A ver, señora, hay que estar atentos, que todos llevamos mucha prisa!
Otro responde.
—¿No ve que es una anciana?
El primero insiste.
—También lo era cuando se subió y seguro que no se equivocó de parada.
—Ya está, arranco en un momento —tercia el conductor.
El hombre de la plaza ha corrido con una alegría repentina y se ha apostado de nuevo junto a la salida extendiendo los brazos. Se abren las puertas y la viejecita susurra.
—Gracias, señor, deme su mano para que pueda bajar. El hombre de la parada con la sonrisa que se le va convirtiendo en mueca contesta.
—¡Cómo no, señora! Agárrese. ¡Ya está!
Desde el interior y a través de los cristales puede observarse al hombre que se ha quedado con la mirada perdida mientras el autobús arranca de nuevo.
Sí, el hombre se ha quedado solo mirando las ramas, las hojas de los árboles, envuelto en el aire denso de la tarde, envuelto en el rumor ancestral del viento, ¿qué estará musitando...?
—Tú y sólo tú —susurra para sí el hombre de la plaza—, llenas, todavía, el aire pesado de esta tarde, ¿o es sólo tu ausencia? Yo te espero, como una fuente seca, en la penumbra tormentosa. Y las hojas, mecidas por el viento, caen amarillentas y muertas ya, mientras me gritan, diciendo a los cuatro vientos, que tú no vendrás, lejana y, quizá, perdida en otros atardeceres, a esta dormida plaza donde un día nos conocimos.
Se está poniendo el Sol entre dos nubarrones negros. Y a esa hora, no muy lejos de Madrid, en un pueblecito de la Alcarria, de nombre Sacecorbo, el tío Marcel, una vez que escucha dar los tres cuartos en el reloj de la torre, comprueba el suyo, que muestra una pequeña foto cuando se abre y, sin pensárselo dos veces, se tira de cabeza directamente al pozo del corral.
El hombre de la plaza continúa hablando con el viento de su amor que no acudió esta tarde a la plaza donde un día se conocieron.
—Dime, amor, ¿tú sabes dónde fueron todos los besos que te di? Me duele hasta el aire que respiro y tú vas paseando por ahí, bendiciéndolo todo, con esa alegría de tu sonrisa que yo tan bien conozco. Es un dolor tan grande evocar todos tus reproches, la falta de comunicación que nos oscurecía, cuando ya ni hablar quieres, porque está todo tan claro entre nosotros. Veo las nubes, que vienen y van cuando quieren y hasta el aire, que se regala, me cobra cuando pasa, mientras acaricio, fugazmente, tu pelo en mi recuerdo.
Dos perros se aman, jadeantes, en una esquina. Entre tanto, empieza a llover y puede verse a los tres, coritos, en la desierta plaza y a la lluvia que va haciendo su trabajo en sus corazones, lenta y concienzudamente, en cada uno, el suyo.
—Y cuando llegue la noche que ya se aproxima —se dice en voz alta el hombre de la plaza—, el agua irá corriendo, en regatos caudalosos, hasta los profundos sumideros que nutren de nostalgia, de una tristeza infinita tu recuerdo interminable que nunca me abandona.
—Y, luego, veré en nuestra casa las noticias. Que llegarán, veloces, a través de las nubes y de los espejos, hasta las confusas y aun extrañas neblinas de los más lejanos astros, donde vivo. Y yo no acabaré de comprender nunca qué hace, a qué se dedica toda esa gente que sale en la pantalla, todos esos que pululan por ahí. Los siento tan lejanos como a los alados peces del mar de Filipinas, hasta que no griten con luminosas letras que un hombre se está muriendo en este deshabitado planeta al que tú ya no quieres venir.
A la tía Clara, que vive muy cerca del hombre de la plaza, aunque ellos no se conocen, lo que más le gusta de las noticias son los sucesos. Hoy, sin saber por qué, se levanta un poco antes de que empiecen y, luego, se pone sus gafas de mirar de cerca y deslía un macillo de cartas, amarillentas ya, que nunca contestó. Debe ser la electricidad de la borrasca. El remitente en todas ellas es el tío Marcel.
El hombre de la plaza sigue hablando en esos momentos en voz alta a los árboles que hay en ella, totalmente empapado ya de lluvia y de tristeza, sobre su amor perdido.
—Cuando la noche me envuelva en nuestra cama, todavía buscando, en los pliegues de un sueño rojo y violento, la indescifrable textura de tu perfume, sé que aún la lluvia nos unirá un momento más. Mientras, irá mojando los tejados, los patios y las avenidas, pero, también, las huellas que fuimos dejando por las resplandecientes aceras cuando, gozosos y exultantes, paseábamos nuestra dicha. E irá calando, hondo, hasta nuestros corazones, haciendo su trabajo, lenta pero concienzudamente otra vez, en cada uno, el suyo. Hasta que a ti ya no te quede nada, porque el amor siempre vuelve a quien lo tuvo. Seré, entonces ya, sólo ese arco iris luminoso que, fugazmente, tal vez aparecerá por entre las altas nubes, cuando el Sol reluzca. Seré sólo un destello entreverado, vestido con los más brillantes colores, con los colores más sentidos y orgullosos que, dulce y silenciosamente y también, a mi pesar, todavía gritará tu nombre...
El hombre de la plaza, empezó a estudiar primero filosofía y letras, pero, por esas cosas de la vida, lo dejó a mitad de carrera. El hombre de la plaza se dio cuenta que lo suyo iba de analizar la mente humana y su funcionamiento y acabó cursando psicología y luego psiquiatría clínica.
Hoy es un reputado psiquiatra, pero de qué le sirve. No puede comprender por qué su mujer lo ha abandonado, no puede entender que ya ni siquiera quiera hablar con él.
El hombre de la plaza ya sólo entiende a la lluvia y su mensaje.
El hombre de la plaza ya sólo nota cómo se le encharca el corazón, mientras ve las noticias de medianoche en la tele que hablan de una historia de amor, como la suya, una historia de dos ancianos que han muerto hoy por su mano, llamados Marcel y Clara. Y un temblor especial, un escalofrío repentino le recorre la espalda. La televisión muestra las imágenes de los bomberos sacando del pozo a Marcel. Ya las han dado en el telediario de las nueve. A esa hora Clara, que estaba viendo la televisión, se ha tirado por la ventana desde un octavo. Cuando han entrado en su casa se han encontrado la televisión puesta y un montón de cartas amarillentas sobre la mesa.
Él también vive en un octavo, y tiene la ventana abierta. Está a sólo unos pasos, justo enfrente de él. Fuera, sigue lloviendo, como antes, como siempre. Pero la lluvia ya hizo su trabajo. En cada corazón el suyo.
Dentro de poco, junto con las hojas caídas de las acacias, la lluvia arrastrará algunas gotas de sangre, reciente y roja, al sumidero. Ese sitio donde se remansan los recuerdos de los amores perdidos.
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La otra se llama: VICTORITA, VICTORITA… Y fue llevada al cine en mi primera experiencia en el séptimo arte, hace catorce años ya. Un crítico la resumió como un “gran monumento al desamor”. Ahí va: https://www.youtube.com/watch?v=GNXpB4P4ueM


