Acabo de llegar de Londres, donde he asistido junto con mi mujer a la flamante graduación en el MBA de la London Business School de nuestro hijo Guillermo. Momentos de emoción, de orgullo, de satisfacción, de relax también, ese que te da el deber cumplido, los deberes hechos.
Han sido dos años de intenso trabajo en Londres, y también en Filadelfia, en la Wharton School. Tres, si se tiene en cuenta todo el proceso de preparación para el exigente proceso de selección de este tipo de universidades, el famoso GMAT.
Recuerdo cuando nos comentó sus intenciones. Abandonar un trabajo, bien remunerado y donde estaba muy reconocido, por la aventura de abrir las alas e intentar volar lo más alto, lo más lejos, allá, al límite de tus fuerzas, dispuesto a competir con los mejores. Yo se lo puse muy difícil, claro. Hasta que pude comprobar que no era un sueño platónico sino una intención firme y persistente, dispuesta a fajarse con las dificultades una y otra vez hasta vencerlas a todas.
Cuando tuvimos esa certeza lo hemos apoyado a muerte. Nosotros mismos hemos hecho también un MBA junto a él. Navegando por sus valles de tristeza, desánimo y soledad, ascendiendo por las laderas de su esperanza , de su fuerza y de su optimismo sin límite. Así que nos hemos graduado también con él y hacemos un poco nuestra toda su alegría y su satisfacción.
Sí, parar de trabajar y hacer un MBA de prestigio está muy bien, le decía yo, pero no sé si sabes que hay un club de "Frustrados de los MBA´s", que asciende a un 40% nada menos de los que lo terminan, que vuelven con las orejas gachas al mismo trabajo, o a otro similar al que tenían, a rodearse de los mismos compañeros que no han hecho ese esfuerzo gigantesco ni se han gastado todo su capital y además se han endeudado, salvo que les ayuden sus padres, para pagar unos estudios carísimos, y que ahora están a tu mismo nivel pero con muchos más euros en la cuenta y con el mismo futuro que tú. Sí, es una frustración enorme.
Así que no es solamente pelear con un idioma que es el de otros compañeros, pero no el tuyo, adaptarte a sus costumbres, a sus comidas, a su clima infernal, a lidiar con tu soledad lejos de tu familia y amigos, sino sobre todo a luchar porque se te reconozca debidamente lo que estás haciendo. Decenas y decenas de entrevistas exigentes compitiendo con los mejores, momentos de desánimo, de flaqueza, de pensar que te has equivocado, de sentirte cerca del "club de los frustrados"...
Todo ha terminado bien, gracias a Dios. Y tus esfuerzos, y los nuestros, han merecido mucho la pena. Tienes tu trabajo en la capital financiera del mundo, en el private equity, que es lo que te gusta, y con las condiciones de remuneración y categoría propias de un MBA Man. ¡¡¡Felicidades!!! Nosotros también nos encontramos muy felices. Pero, nada se termina, ¿Verdad? Ahora hay que continuar desarrollando una carrera profesional, aplicando todo eso que has aprendido... Sí, siempre hay que seguir pedaleando.
Y todo esto me lleva a mí, como siempre, a mi literatura, un escritor literaturiza todo lo que vive, todo lo que le ocurre. Ah, ser padre... Ese oficio maravilloso que nadie nos enseña. Y que vamos aprendiendo con el viejo método del acierto y del error.
Ah, el día soñado que asumes que eres padre. Vas a ser el mejor padre, te dices. Y tu hijo va a ser el mejor en todo.
Yo escribí una novela , "Regreso al Sauce Curvo", dedicada a la gente de mi generación. También quisimos ser los mejores padres... Ahí va este capítulo:
QUERÍAS TANTO A TU NIÑO
Sí, no le entendías ni papa, pero querías tanto a tu niño, que querías que fuera el más alto, el más listo, el más guapo. Y te frustrabas cuando no lo veías el primero en todo.
Íbamos Clara y yo a nuestro pediatra, un médico ya maduro, cerca de los sesenta –y de los sesenta mil niños que habría visto en su vida–. No se inmutaba ni aunque viera un buey volar. Auscultaba al niño, que nada más verlo empezaba a berrear, pero él era como si estuviera escuchando música clásica. Terminaba:
–Germán está bien. Lo veo el mes que viene.
–Pero, doctor –le decía Clara– ¿no le mide la cabeza? Una amiga del parque me dice que es muy importante para prevenir que no venga con meningitis.
El médico no se sulfuraba.
–¿Es su amiga, médico? Ya veo yo que su niño es normal. No se preocupe. Y no hable tanto de estas cosas con sus vecinas y amigas, que luego se pone muy nerviosa.
–Mídasela, por favor.
Y el médico cogía al metro y le medía la circunferencia del cerebro, sin prestar mucha atención.
–¿Y no la apunta, doctor, para compararla con la del mes que viene?
El médico se empezaba a sulfurar.
–A ver, Clara, ¿está preocupada por algo?
–Pues sí, doctor. Mi Germán habla menos que otros niños de su edad.
El médico empezaba a resoplar.
–Nunca he visto a un niño normal que no acabe andando, y hablando, y comiendo… ¡Pero cada uno lo hace a su ritmo! ¡Concentrándose cada vez en una cosa! ¡Si Germán habla menos, seguro que anda más, o está más espabilado en otras cosas!, ¿no es así?
-Sí, doctor, pero a mí me gustaría que también hablara más.
Al médico se lo empezaban a llevar los demonios.
–¿Y qué quiere que hagamos? ¡Que le atemos para que no ande, a ver si así habla más…! Cuando domine una cosa, pasará a la siguiente, no se preocupe…
–Claro, si el niño fuera suyo…
Ahí el médico saltaba.
–He tenido cinco, señora… ¡Y por aquí han pasado miles! ¡No me enseñe mi profesión! ¡Se lo voy a decir en dos palabras! ¿A que esas mismas señoras que le ponen los dientes largos con su niño son las mismas que también se lo ponen con su coche, con su piso, o con la madre que las parió? –acababa fuera de sí el médico.
Ahí saltaba yo, claro.
–Oiga, háblele bien a mi mujer, no pierda los papeles.
Clara miraba a Germán con adoración.
–Yo solo quiero lo mejor para mi hijo.
El médico se enternecía.
–Y yo estoy para ayudarles. ¿Recuerdan por qué no dormía el niño? Pues con todo es igual. Denle cariño y protección a Germán y dejen a la naturaleza que haga su trabajo, no se metan ahí, ya verán cómo el niño crece fuerte y sano.
Sí, eso era muy fácil decirlo, claro, pero un padre primerizo se desvela cada minuto observando si su niño cumple sus expectativas.
Eso de cumplir las expectativas era muy importante para los padres de entonces. Habíamos pasado nuestra juventud llenos de carencias y esfuerzos. Y habíamos sido tremendamente austeros con nosotros mismos. Gracias a ello, habíamos progresado, como también lo había hecho nuestro país, y por las mismas razones, y, en aquellos momentos, gracias a ello, podíamos vivir mejor que lo habían hecho nuestros padres, y estos vivían a su vez, ahora de mayores, y jubilados, mejor que nunca.
Todo lo que nosotros no habíamos tenido de niños y de jóvenes, queríamos dárselo a nuestros hijos. Los abuelos, lo mismo. Y, claro es, queríamos ver unos resultados acordes.
Sí, con el tiempo, seríamos unos padres permisivos y mimaríamos a nuestros hijos hasta decir basta, dándoles el mejor móvil, el mejor ordenador, pagándoles viajes y estancias fuera para aprender inglés, etc., y no exigiéndoles nada a cambio.
Nosotros, habíamos simultaneado trabajo con estudios y encima ayudábamos a nuestros padres en lo que nos pedían, y no nos gastábamos ni un euro, digo, ni un duro. Nosotros queríamos que nuestros hijos no pasaran por esto.
Los protegíamos y los defendíamos a capa y espada. Íbamos a los colegios y nos sulfurábamos si algún profesor se atrevía a suspender a nuestro niño o trataba de explicarnos que nuestro hijo no servía para estudiar, pero que, quizás, sí valiera para otras cosas.
–Su hijo no vale para las matemáticas. No las ve, pero tiene otras fortalezas – decía el profesor de las ídem.
–¿Que no las ve? ¿No será que usted no se esmera con él? Ahora mismo voy al rector y le pongo una queja.
–Haga usted lo que le plazca. Su obligación, como la mía, es conocer a su hijo.
–¿Qué me quiere decir? ¿Que acepte que mi hijo es tonto, porque lo diga usted?
–Allá usted, si piensa que por ser hijo suyo va a ganar el Nobel. Puede ser muy bueno en ciencias sociales, por ejemplo.
–¿Ciencias sociales? Yo quiero que sea ingeniero, como yo. Pero mucho más importante, claro. De los que mandan, lideran, que se dice ahora.
Y en este plan. Dábamos todo a nuestros hijos para que fueran mucho más que nosotros. Para que fueran la bomba.
Criamos así unos hijos con todas las facilidades, ajenos a la crítica y súper protegidos. Alejados de la práctica de la cultura del esfuerzo y de la superación, que nosotros tanto habíamos practicado, e inexpertos, en cambio, en luchar contra la frustración que la vida humana trae consigo muchas veces.
Cuando nuestros hijos llegaron a mayores, los padres teníamos, claro es, las expectativas más altas. Y no entendíamos cómo, habiéndolo tenido todo en su infancia y juventud, eran capaces luego, de adultos, de conseguir tan poco, de ser tan torpes, y tan débiles, en la lucha por la vida.
¡Qué razón tenía nuestro pediatra! ¡Y la cuidadora de El Sauce, Adela! Queríamos lo mejor para nuestros hijos, y muchas veces no supimos dárselo, porque no queríamos que sufrieran y se esforzaran, que penaran con sangre, sudor y lágrimas el éxito, como nosotros lo habíamos hecho.
Sí, hoy leo en el periódico, que la educación que les dimos a nuestros hijos, ese exceso de protección, junto a unas altas exigencias para las que no están preparados, ha sido una bomba. Los pobres se sienten a menudo frustrados porque no cumplen con nuestras expectativas y los ansiolíticos y las depresiones crecen por doquier.
Los jóvenes reciben unos salarios exiguos, craso error, mucho más bajos que el resto, lo cual, junto al hábito del consumo excesivo, muchas veces de cosas superfluas, castiga el ahorro y, por tanto, la capacidad de inversión de las nuevas generaciones, que se ven obligadas a vivir en la casa paterna, muchas veces hasta los cuarenta.
Sí, los padres competíamos entre nosotros por darles lo mejor a nuestros hijos, repudiando la cultura del esfuerzo y de la superación que a nosotros nos había llevado hasta donde estábamos.
Hoy, el temor de los políticos es que los jóvenes se desenganchen de la cosa pública, son conscientes de que en muchos casos van a vivir peor que sus padres. Y temen que sea una generación fallida.
Quizás, esta mañana, en la que el doctor Alzheimer me deja pensar claro, encuentro, en esto, una de las muchas razones por las que las parejas de hoy no quieren tener hijos.
A lo mejor, todo este negativismo que siento, solo es porque hoy noto la ausencia de mi hijo más que nunca. Me falta aquel olor suyo, de cuando lo abrazaba para llevarlo a dormir. Me faltan sus brazos, de cuando le enseñaba a caminar. Me falta su lengua de trapo, pa-pa-pá, de cuando aprendía a hablar… ¡Me falta tanto de él!
Me acerco a Clara y le cuento todo esto que me pasa. Ella me abraza y me dice al oído.
–Germán, no te sientas culpable porque él no está. Esta vida es así, no atiende las preguntas que le hacemos cuando nos roba a alguien. Solo espera que nosotros, por nosotros mismos, nos las contestemos. Quisimos a nuestro Germán. Murió con 33 años. Y hasta entonces fue una buena persona, honrado y trabajador como ninguno, creó una familia, y nos quiso mucho. Y nos dejó al pequeño Germán, que tanto te quiere.
Y a mí, con estas cálidas palabras de Clara, se me hincha, por momentos, el pecho de buenos sentimientos. Y la cabeza, de buenos pensamientos.
–Gracias, Clara. Tú eres lo mejor que me ha pasado en esta vida.
Y veo cómo Clara se ruboriza un poco. Y unas lágrimas asoman a sus ojos, aunque ella me ofrece, para que no se las note, una amplia sonrisa. Yo, me acuerdo de la que tenía entonces. En aquel cuadro del salón. ¡Me reconforta ver que ambas sonrisas son la misma!
Y me siento, todavía, como me sentía entonces: como cuando miraba aquel cuadro con Clara en la cima de su belleza y de su alegría.
Sí, hoy me siento como entonces: el hombre más afortunado del mundo.
Yo había estado ya en Singapur en el año 2007, por motivos profesionales, y ya me había impresionado mucho esta ciudad que es un mini estado en sí. Me quedé un fin de semana por mi cuenta en ella y allí, en un flechazo mutuo, arrancó la escritura de mi primera novela "El día que fuimos dioses", ambientada en sus calles en su Libro I, "Lluvia en Singapur", que define el estilo literario de toda la obra.
Dieciséis años mas tarde compruebo que Singapur está en el podio de las grandes ciudades globales del planeta y quién sabe, para los gustos están los colores, si en primerísimo lugar. Para mí lo está. Y, en cualquier caso, debería ser de visita obligada para los occidentales, sobre todo para los jóvenes, para que conozcan la vanguardia de por dónde va el futuro.
Los europeos todavía nos consideramos el ombligo del mundo pero hace tiempo que ya solo somos lo que fuimos. La pujanza, la efervescencia, la ilusión y la creación de riqueza están en Asia. Y dicen que en la Costa Oeste americana, tengo pendiente una visita por allí, veremos.
Singapur te impacta con sus desarrollos espectaculares, el grandioso centro comercial y de ocio Marina Bay Sands, que no existía en mi primera visita, te deja boquiabierto, levantado en terrenos ganados al mar. Desde su terraza, con la piscina más grande y más alta del mundo, puedes disfrutar con el skyline de la ciudad, pero también de sus dos espectáculos diarios de luz, agua y sonido que congregan embobados a los visitantes. El parque y los invernaderos que lo circundan reúnen a la mayor colección de plantas tropicales del planeta. Y qué decir del Casino, del Art Science Museum, del centro comercial y de negocios. Todo ordenado y limpio, inundado de orquídeas por doquier...
No hay inversiones de esta magnitud en Europa. Pero no solo son las inversiones, la creación ingente de riqueza, hay una calidad de vida, generalizada, que supera con creces a la que ofrecen las grandes ciudades europeas. En Madrid tenemos un gran Metro, y un gran Aeropuerto, pero cuando llegas allá te das cuenta de los extras de calidad que nos faltan, simplemente van delante, y por mucho. Y a unos precios más bajos que en España. Las cosas funcionan, son más amplias, más limpias y más hermosas. Así de sencillo, así de claro. Y la gente tiene más ilusión, es más amable. Hay mucha más seguridad.
El índice de calidad de vida, la falta de corrupción, la renta per capita, más del doble que la española, la calidad de la sanidad, el índice de competitividad y eficiencia. Singapur es un referente mundial en cada uno de estos indicadores.
¿Y cuál es el secreto? Supongo que hay muchos, yo me quedo con este: Singapur encabeza el informe PISA mundial de calidad de la enseñanza. Los profesores son respetados y pagados como una de las profesiones más importantes y de más prestigio en el país. A mí, cuando regreso a España, y veo lo que hay, esto me hace reflexionar. Sin una buena educación, no hay futuro. Así de sencillo.
Por ello me alegro muchísimo que nuestros dos hijos nos hayan acompañado. Para que vean de primera mano, quién va por delante. Inclusive estuvimos en Insead, su prestigiosa escuela de negocios, que comparten con Francia. Y les proporcioné un contacto, y una reunión, a esta edad, uno es solo ya su agenda, con la General Manager del BBVA Southeast Asia, Singapur es también un centro financiero de primer orden mundial, y portuario y sanitario y de turismo de calidad...
Yo todo eso se lo reconozco, también es verdad que está en las chimbambas y que tiene un clima de mierda, también así de claro, con un grado de humedad cercano al del agua. También les reconozco que manejan la diversidad religiosa y racial, que allí es intensa, de forma envidiable. Cuando llegamos celebraban la fiesta nacional, todos unidos, y se me caía la baba: todos juntos, blancos, rubios y amarillos... Igualito que en España, vamos.
Pero uno ama a su país, más que a ningún otro y piensa, en su ingenuidad, que todavía es tiempo, que todavía tiene remedio, que tenemos una historia más importante que la de nadie y que solo nos hace falta lo que ellos tienen, una ilusión colectiva y una educación que forme a nuestros hijos para su mejor futuro. ¡Brindo por ello!
Yo probablemente no vuelva por Singapur. ¡Hay tantos otros sitios para visitar y el tiempo va menguando! Pero guardo en mi cabeza, para siempre, algunos ratos en la terraza de nuestro hotel a las tantas de la noche viendo el Sky Line de la ciudad o dándote un baño en la piscina con su temperatura tropical o rodeado de mis personajes de "El día que fuimos dioses", aquel tiempo..., todos lo llevamos en nuestro interior, pero a veces se despierta en una ciudad lejana y exótica que te lo recuerda, que te muestra que todo es posible...
Sí, fuimos a Singapur en 2023. Y en 2024 nuestros dos hijos decidieron ambos hacer un MBA
Ah, la educación, la educación, yo siempre lo he tenido muy claro. En mi libro "Mil palabras para la felicidad " hablo de ello:
LA NUEVA EDUCACIÓN Y LA FELICIDAD
Que la educación es una de las cosas más importantes de la vida creo que no le cabe duda a nadie. Es así ahora y también lo fue antes. Ya el primer filósofo griego, Hesíodo, allá por el año 700 a. C. decía: “La educación ayuda a la persona a aprender lo que es capaz de ser”. Nada más y nada menos. Y en los tiempos que vienen eso será también así. Si no más.
Pero ¿qué es educar? Proviene del latín educare que significaría “dirigir, conducir, encaminar a”. “Desarrollar las facultades intelectuales y morales”, dice la RAE. Siendo la educación: “el conjunto de habilidades o conocimientos intelectuales y morales que tiene una persona”. Casi nada, ¿verdad? Es decir, la educación es casi todo lo que somos.
Pero, ¿cómo debería ser la educación del mundo que viene, tras la revolución tecnológica a la que estamos asistiendo? En opinión de Jimmy Wales, el fundador de Wikipedia, el peso de la “educación informal”, cada vez será más importante.
¿Y a qué llamamos educación informal? Pues sería aquella que recibimos, o buscamos, o nos llega fuera del sistema tradicional: primaria, secundaria, bachillerato, grado universitario, máster, etc. Básicamente, todo el mundo de noticias, informaciones e interactuaciones con internet, redes sociales, blogs, cursos on-line etc., mucho más conectados con la comprensión y la velocidad del mundo de hoy.
En realidad, opina Jimmy Wales, el principal objetivo de la educación formal debería ser preparar e incentivar a los alumnos a saber cómo aprender. A dotarse de las herramientas para manejarse en la educación informal, ese maremágnum de información que hoy está al alcance de todo el mundo.
Admitamos que Wikipedia y otros instrumentos de la red han conseguido el mérito, no menor, de poner a disposición de cualquiera, y de manera gratuita, el conocimiento acumulado que existe sobre el mundo. Pero, también, en la red se vierten opiniones, a veces no fundadas, juicios sumarísimos, tergiversaciones, cuando no directamente falsedades con intereses ocultos, las famosas “fake news”.
¿Qué educación deberíamos recibir al respecto en el mundo que viene? La educadora y experta en tecnologías estadounidense Esther Wojcicki, afirma que la educación debería ser la clave para hacernos dueños de nuestro propio destino, el famoso empoderamiento personal. Y en una reciente entrevista concedida al BBVA, manifiesta que para ello son necesarias cuatro habilidades:
La comunicación: no solo saber cómo expresarnos nosotros, sino captar bien los mensajes de los demás, saber qué es lo que les mueve.
Sentido de la colaboración: aprender a trabajar en equipo, en un mundo tan interconectado esto es esencial.
Pensamiento crítico: saber separar el polvo de la paja en el montón de información que recibimos a diario. Tener nuestro propio criterio para diferenciar lo que es cierto y útil de lo que es solo ruido, cuando no fake news.
Creatividad: hemos de pensar que las tareas más rutinarias y automáticas pronto las coparán los robóts. Debemos cultivar la curiosidad y la innovación. Y superar el miedo al fracaso que conllevan ambas.
Anotemos que en ningún caso habla de conocimientos y preguntémonos cuál es el núcleo todavía de nuestra educación y de nuestros exámenes. Mucho por cambiar, ¿verdad?
Otro tema importantísimo es la formación en el trabajo. En el mundo que viene deberemos acostumbrarnos a vivir en un proceso continuo de aprendizaje de los nuevos paradigmas y de desaprendizaje, ojo, de los que ya no sirven. La formación no terminará en la universidad. Ahí, realmente, empezará y durará toda nuestra vida laboral, si queremos ser elegibles en los nuevos tiempos.
Y no será, esta de la formación, solo una misión de cada persona, de cada trabajador. Las empresas punteras deberán inculcárselo también en su ADN. Realmente, la formación, al final, será el elemento competitivo diferenciador entre unas plantillas y otras. Y las empresas deberán invertir cada vez más en ello, si quieren sobrevivir. Aquí no dejo de acordarme de aquel viejo visionario y emprendedor que fue Henry Ford: “Solo hay algo peor que formar a tus empleados y que se vayan. No formarlos para que se queden”. Palabra de sabio, ¿no creen?
Unas reflexiones últimas sobre la educación en la familia. En la generación que ahora tiene hijos de 20/30 años hemos sido buenos padres en unas cosas (nos hemos desvivido por ofrecer a nuestros hijos recursos que nosotros no tuvimos y también les hemos dedicado nuestro tiempo), pero hemos sido unos pésimos padres en otras: principalmente en esa sobreprotección que les hemos dado a nuestros hijos para evitarles todos los peligros, mezclada con un alto nivel de exigencia, de retorno, que correspondiera a nuestra dedicación, a nuestros desvelos por ellos. Esa mezcla ha sido una auténtica bomba de relojería: porque su resultado combina al mismo tiempo personalidades no duchas en las dificultades, junto con frustraciones derivadas de expectativas muy altas que recaen sobre ellas. La explicación de muchos fracasos de los jóvenes de hoy tiene esa raíz.
Para el futuro deberemos volver, sin embargo, al sentido primigenio de educar: encaminar, conducir a. Ese es el papel de los padres: orientar, motivar, vigilar, modular, nunca imponer o hacer el propio camino que lo deberán realizar los propios hijos. Confiar en ellos, en su libertad de elección. Y dotarlos de herramientas, no solo materiales, sino de una educación integral que realmente los empodere por dentro a ellos mismos: les haga capaces de realizar sus propios proyectos.
Yo me quedo, al efecto, con lo que resumía Ever Garrisson: “Un buen maestro –yo lo extendería a un buen padre– es una brújula que activa los imanes de la curiosidad, del conocimiento y de la sabiduría de los alumnos”.
Porque no nos olvidemos, y luego nos llamemos a andana, que “lo que se les de a los niños, los niños darán a la sociedad”, como ya advirtió el famoso psiquiatra estadounidense Karl A. Menninger.
Y todavía antes se dijo, recojo yo ahora barriendo para mi esquina literaria, el que para mí es el quid de la cuestión: aquello sobre lo que ya nos aleccionó el brillante escritor que fue Óscar Wilde: “El mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices”. No lo olvidemos.
APRENDIENDO JUNTOS: https://www.youtube.com/watch?v=imrNJZwmY0g
Precisamente un viejo amigo mío de mis tiempos de financiero, Patxi, a la sazón Senior Director del BBVA todavía en activo en BBVA Londres nos acompañó en una cena post graduación.
Guillermo con su prometida, Sofía:
En la fiesta nocturna de posgraduación:
Con sus amigos íntimos de MBA
En una excursión por Oxford donde yo hace cuarenta y cinco años gasté un mes estudiando inglés: la encontré igual que la recordaba.
En ese monumento a los orígenes ingleses: Stonehenge.
Y, cómo no, en el castillo de Windsor, que es toda una ciudad, como no podía ser menos.
La London Business School, aprovechando el magnífico tiempo que hacía, nos obsequió en sus jardines con un delicioso cocktail a los alumnos y a sus padres. Mi mujer, siempre tan detalista, divisó un sauce cercano. Y quiso hacerme una foto en él:
Ah, la literatura, siempre la literatura...
Aunque esta semana me toca cine. Ya hablaré de ello.
Según estoy cerrando este post, mi hija, que no quiere ser menos, me dice que ya ha recogido su título del Executive MBA en el IE University, cuya graduación celebramos hace unas semanas. Aquí queda, campeona.





















