viernes, 26 de junio de 2026

LLEGA EL VERANO (PARA EL PROYECTO "DESTELLOS")

 


Me pilla la llegada del verano en mi refugio de Alicante, a donde llego, exhausto, a que el mar cure mis heridas. Ah, el mar, el mar… Los ribereños celebran el solsticio, la noche más corta del año, concentrándose en la playa hasta la madrugada, adorando la fuerza del sol encarnada en una hoguera sobre la que saltan y bailan.
Nosotros aparecemos por la Cala de Finestrat, un poco por casualidad, es la primera vez que celebramos la entrada del verano en estas tierras, que se solapa, más o menos, con la noche de San Juan y desconocíamos estas tradiciones. Es una cala entrañable y doméstica que solemos visitar, con una playa en forma de concha, una arena mullida y suave a la que visitan esta noche familias enteras, chicos y grandes con sus deseos, tan distintos, al hombro.
Hay una luna en todo lo alto que es conm un faro gigantesco que lo alumbra todo. Nos dicen que han prohibido las hogueras porque la gente saltaba sobre ellas sin medir sus fuerzas, a veces sobredimensionadas por el alcohol. Ahora el rito es meterse de espaldas en el agua y contar hasta la séptima ola, mientras desgranas tus deseos y tus esperanzas ante el dios de la noche.
Nos dejamos inundar por esa música de fiesta, por ese ambiente de camaradería, por el embrujo del mar y de la luna, por la fragancia del verano que ya nos rodea por doquier. Ah el verano, el verano, su hedonismo y su alegría…


NOCHE DE SAN JUAN: https://youtu.be/0jZbA1tseys




Yo he escrito mucho sobre el verano, incluso le dediqué todo un libro en mi obra MIL PALABRAS PARA LA FELICIDAD. Voy hasta él y encuentro algunos destellos:

LIBRO III

VERANO, TIEMPO DE DESCANSO Y VACACIONES

“El verano es un desmesurado domingo: piensas hacer mil cosas, luego llega septiembre que es un desmesurado lunes, y no has hecho nada”
Riccardo Giannitrapani

“Casi deseo que fuéramos mariposas y viviéramos solo tres días de verano. Tres días así contigo los llenaría de más placer que el que cabe en cincuenta años”
John Keats

“Oh, verano abundante, carro de manzanas maduras, boca de fresa en la verdura, labios de ciruela salvaje, caminos de suave polvo, encima del polvo”
Pablo Neruda


VERANO

    No sé lo que tienen las estaciones. Esa compartimentación del año que, en España, tenemos la suerte de que se muestre tan acusada. Que invitan a parar, levantar la cabeza, y hacer un alto. Antes de seguir pedaleando, claro. Que eso es la vida: un verdadero tour de estaciones. De vivencias, quiere uno decir.
    Llega el verano, y uno no sabe por qué, pero lo siente, que es la manera más intuitiva y rápida de saber: ha llegado la época, el momento de disfrutar. Y de descansar, claro.
    Porque los años, los estudiantes lo saben bien, no terminan en diciembre, sino en julio. Dicen que cuando Adán y Eva fueron expulsados del paraíso y se les empezó a aplicar la fórmula: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, empezaron los años que ahora nosotros conocemos.
    Y uno se arrastra como puede, hasta llegar a las empinadas cuestas de junio, suspirando por llegar a la cima. Desde la cual comenzará un periodo lánguido de dulce descenso. Mientras el sol dora tus contornos y la brisa te acaricia con su música reconfortadora.
    Probablemente viajes a otro sitio. Donde la memoria no te recuerde tu encadenamiento a la maquinaria de la producción y de la supervivencia, encima ahora, para más inri, tan selectiva. A algún otro sitio que te permita volar de nuevo, elevarte sobre tu cutre realidad. Soñar con muchachas medio desnudas que nadan parsimoniosamente en calas doradas por el sol.



Recargar las pilas de tu ilusión, de tus nuevos proyectos. Pero sin estresarte, sobre todo sin estresarte.
    Porque el verano es época de lamerse las heridas. De vivir, por una vez al año, con ese hedonismo reparador y dulcificador de la existencia. Es época de sentir. De despertar los sentidos, tan atrofiados durante el resto del año, y descubrirse uno con todas sus potencialidades. Pero no para trabajar, ni para uncirse a ningún yugo. Sino para saborear lo bueno de estar vivo: El disfrute de la naturaleza, de la gente que te rodea, de tus sentidos que son la ventana que te comunica con el mundo. Pero, sobre todo, contigo mismo.
    ¡Bendito verano y benditas vacaciones! Que llegan, puntualmente, una vez más. Aunque sea con más cicatrices y con menos euros en la cuenta. Qué más da. Eso quedará para septiembre.
    Ahora es el momento de disfrutar. De vaguear. De descubrir que alguna vez fuimos dioses. Como antes de que existieran las estaciones. Como antes de aquel terrible: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.     Como cuando todo el año era solo un largo, larguísimo e interminable verano.


EL REY SOL: AGOSTO, AGOSTO…

Recuerdo, de niño, cuando salía al campo de La Alcarria. En el tiempo de la siega. Que doraba los campos de un oro y amarillo furiosos, infinitos.
Y, a veces, me tropezaba con las chicas y las mujeres por los caminos polvorientos. Eran como momias egipcias, vendadas de arriba a abajo, cubiertas de blanco, excepto los ojos, misteriosos y oscuros. Como pozos hondos en el interminable horizonte quemado, abrasado por el sol.
Entonces a las mujeres les gustaba la blancura en agosto. Como a las japonesas en todo el año. Quizá sabían, o intuían, lo que una vez dijo el maestro: Una mujer blanca y sin ropa, está doblemente desnuda.
Hoy me atorro, como todos, en una playa del Levante. La verdad es que el solazo frente al vaivén de las olas tiene su encanto. Esa dejadez, esa laxitud compartida, ese dominio absoluto del rey sol casan a la perfección con ese estado de ánimo que nos ofrecen los largos agostos aburridos y divertidos a un tiempo. Aburridos por el día y por la noche, ¿quién sabrá?
Y las chicas se doran, se fríen al sol, vuelta y vuelta. Desconociendo, o tal vez no, que lo mejor siempre será ese espacio blanco y doblemente desnudo entre tanto marrón de quemazones y potingues.




Pero uno aprendió hace tiempo que no se pueden, ni se deben, imponer los paisajes. Ni exteriores, ni interiores.
Sino adaptarse a ellos. Formar parte de los mismos como una pieza más del puzzle en el que agosto nos engulle a todos.
Porque es el tiempo del rey sol. En el que todo quisqui claudica, excepto que esté a la sombra o enchufe el “Air conditioning”.
Y piensa entonces, fresquito, cuánto calor debían pasar mis paisanas de La Alcarria, o las japonesas, entre otras, por lucir blanquitas. Por renunciar a inclinar la cabeza ante el rey sol.
Y yo me meto y salgo del agua, cada dos por tres. Y luego vuelvo a la sombrilla. Porque soy de los falsos morenos a los que el sol les sienta mal. Y no se doran ni aunque los lleven a la hoguera de la Santa Inquisición.
Como mucho se van poniendo rojos como un tomate. Quizá es que a uno no le gusta arrodillarse. Ni ante el rey sol. Ni ante la madre que lo parió. Agosto, agosto…
Había una canción que no sé si recuerdan: Cuando llegue septiembre, todo será maravilloso… Pues eso.

TIEMPO DE JULIO

El tiempo es la daga que esculpe
las cicatrices de tu agotado corazón.
Dejándote en él ese mensaje cifrado
con su punta de acero
que tú entiendes tan bien.

Sí, el tiempo es solo un mapa de estrías,
un cartograma de ausencias,
que espera la definitiva y última
mueca de tu dolor.

El tiempo nos consume a todos
como un monstruo de voracidad infinita,
dejando solo un reguero de recuerdos.
Como rastro de la derramada sangre
que corre por doquier.

Tú oyes su tic tac y te sientes vivo,
navegando en las ondas de los instantes dichosos
Queriendo ignorar la cercanía de la esquina,
donde caprichosamente gira el viento
del impredecible destino.

Y no hay nada que hacer
sino columpiarte en tu barca.
Mientras el viento sopla, respira,
y te lleva de aquí para allá
rayando un camino en el mar.

¿Qué quedará de ti entre la espuma de las olas?
¿Dónde irá a caer el último sudor de tu frente?
¿Quién querrá y podrá seguir tu huella?
¿Entre tanto trajín, entre tanta gente?
Te preguntas.

Y el reloj del tiempo solo te marca la hora
que él solo entiende.
Mientras cae el sol y se termina julio.
Como también se acabarán un día las flores…
Esas que tú plantaste…

O, eras tú mismo,
floreciendo,
alegre.
Con tus pétalos al viento
en mitad de la tarde…






LAS MUJERES, LOS HOMBRES Y EL VERANO

“La intuición de una mujer es más precisa que la certeza de un hombre”
Rudyard Kipling

“Quien quiera ver prosperar sus negocios, consulte a su mujer”
Benjamín Franklin

“Sin la mujer, la vida es pura prosa”
Rubén Darío

«Mirar a los ojos a una mujer, me dices mientras esparces tu mirada por el cielo estrellado de este verano, es como asomarte al brocal de un pozo. Tiemblas de miedo ante la profundidad y la intimidad de tan reducido espacio. Qué pasaría si perdieras el control. Y cayeras a lo hondo. Allí donde no hay posibilidad de recorrer sino las distancias cortas».

La atracción, y por tanto, el miedo a lo femenino no tiene límites. Eso ha sido así desde siempre. Y, quizá, por ello, esa ansia histórica de dominio de la mujer. Que no es sino un escudo defensivo para vencer el miedo. El vértigo a la intimidad, a la comunión con lo diferente, a dejarse apresar por los lazos del abrazo.

El hombre se defiende, sin embargo, tendiendo al chapuzón ligero, en lago plano, sin riesgo, y cada vez en aguas diferentes, buscando ese estremecimiento momentáneo del contacto con el agua fresca.

Tal vez para no enfrentarse a su destino: la profundidad de las aguas que empiezan a cinco metros del brocal del pozo y no terminan nunca, si miras hacia adentro.

Yo miro el cielo estrellado y me encuentro inerme ante él. Como ante los ojos de una mujer. De una mujer que te gusta y te atrae, claro. El eterno femenino. Cosas que no cambian, ni cambiarán.

Como este verano. Que es igual que todos los veranos. Que nos ofrece, de nuevo, un cielo estrellado, lleno de profundidad y de misterio.

Bajo su capa dos amigos hablan de lo que no saben. Aunque les gustaría saberlo. Mientras descorchan una botella de vino que les calienta la sangre. E incrementa la hermandad masculina, que es como una alianza de hierro, que les protege o, eso piensan, de la atracción del pozo. De ese mundo subterráneo y profundo que espera cuando la botella se termina.

Aunque, mientras se acaba, sólo existen los lagos de postales suizas. De esas aguas transparentes y calmas, donde es imposible ahogarse de pie.



UN BELLÍSIMO DÍA DE SEPTIEMBRE: EL OPTIMISMO COMO ELECCIÓN


Soy optimista. No parece muy útil ser otra cosa”
Winston Churchill

A veces pienso que el destino juega con nosotros. Somos como la hojarasca que alfombra las calles a la que el viento lleva de un sitio a otro a capricho, a su voluntad. Y entonces nos llenamos de temores, de ese miedo tan íntimo e importante que nos produce nuestra pequeñez, nuestra fragilidad.

Yo recuerdo que, de niño, me refugiaba en mis recuerdos, de cuando mi familia era feliz antes de que la golpeara el destino. Y así, lograba sobrevivir. Con la esperanza de que, otra vez, las cosas volvieran a ser como antes.

A lo mejor, de mayor, hago exactamente lo mismo. Y por eso busco a veces la felicidad entre mis recuerdos, al escribir este diario. Como si encontrara en ellos la fuerza para enfrentarme al capricho y, también quizá, a la dureza de mi destino, que vendrá en todo caso al final de mis días. Porque a veces no sé muy bien qué es lo que me pasa y por qué me pongo de vez en cuando tan triste. Ni por qué vivo como ausente, como si no quisiera mirar de frente al futuro que me espera. ¿Por qué será que me niego a aceptarlo? Mi final, nuestro final, el de todos nosotros, digo.

Y entonces me rebelo y trato de vivir lo más intensamente que puedo este trozo de vida que me resta. Y darlo todo a las personas que me rodean, a las que quiero.

Mientras, en algún rincón íntimo de mi corazón alumbra la llamita de que esto no se termina aquí. Que todo será como cuando termina el verano. Este verano que ya declina. Que habrá otro al año que viene. Tal vez en otro sitio, de otra forma. Porque si no… Y entonces me reconforta la idea de que otros muchos piensan como yo. Siento el calor de esta fraternidad de huérfanos que somos la humanidad.

E incluso siento también la sombra, lejana, casi ausente, de ese padre eterno que debió organizar todo esto, de una forma que él solo entiende. Y también decido pensar, creer, quién me lo impide, que al final, debe ser un padre bueno. Porque si no…

Sí, se está mejor en la lado de la luz, del optimismo. No porque tenga uno las cosas claras, sino porque se vive mejor. Y a eso me apunto hoy. Que es un día bellísimo de septiembre, el mes que a mí más me gusta del año.

“El hombre feliz no es el hombre que solo ríe, sino aquel cuya alma, llena de alegría y de confianza, se sobrepone y es superior a los acontecimientos”
Séneca


SERENA BARCA, SERENA FELICIDAD

...Y el mar está calmo. Horizontal. Sin borrascas a la vista. Tú contemplas el atardecer, pleno, también, de una tranquilidad sin límites.
Serena barca, serena vida. Que destila este tiempo, amarillo y azul, que no volverá.
Quintaesencia de los momentos felices, que aúnan los recuerdos dichosos con un futuro despejado hoy, pintado del rojo y amarillo de este atardecer.
Serena barca, serena felicidad. Que nos regala este tiempo que empieza de nuevo. Como todos los veranos
Y la brisa recorre todos los horizontes, que respiran la intensidad de estos instantes de calma chicha. Entre las ondas azules del mar de la tranquilidad que te envuelve hoy.
Serena barca. Tiempo denso, e intenso, que nunca pasa.
Serena barca, plena de esa paz. Reina de esa, tan anhelada, calma.


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Sí, cuántas cosas es el verano. Su inspiración es inagotable.
Y luego está el verano de la vida. La infancia duerme cerca del hogar en el frío invierno. La juventud explota, se convulsiona, vive, goza y sufre durante la primavera. El verano es la época de la madurez, de vivir un amor que cruza toda una vida, de criar unos hijos que herederán todo de ti, de devolver a tu país los réditos de tanta inversión que han realizado en tu persona. Y llega el otoño, la edad dorada de la recolección de los frutos, la época de la reflexión y del recuerdo, el tiempo de la búsqueda de un sentido a la vida antes de que esta se acabe.
Yo escribí una novela a la que tengo un cariño inmenso sobre el VERANO Y EL OTOÑO DE LA VIDA. Un día realicé un videoclip presentándola. Está dedicado a la persona que me la inspiró. Y a todos los compañeros de cordada que transitamos por estas mismas cumbres de la vida.


AH, EL VERANO DE LA VIDA. TODAVÍA LO RECUERDO. Ahí va: https://www.youtube.com/watch?v=zFtLLvoWfiA


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Sí, este año me fui a ver el mar para curarme las heridas. Una, muy profunda. Justo el sábado pasado me acerqué a Sigüenza. A pasar nuestra tradicional jornada de compañerismo y de amistad con aquellos niños del internado de la Safa con los que pasé seis intensos años y que hoy son, somos ya, unos viejos, aunque todavía jóvenes, nos creemos.
Todo fue bien, como siempre. Un placer volver a ver a tanta gente entrañable. En mi pandilla del internado, ya adolescentes, éramos seis. Llevamos acudiendo a estas jornadas desde que se convocaron hace quince años, cuatro de nosotros. Otro acudió la primera vez y luego ya no ha vuelto. Cada uno gestiona el pasado de una manera diferente. Siempre vamos los mismos, un treinta por ciento aproximadamente, el resto se alejó por las cañerías de la vida y vive por otros derroteros.
Me impactó muchísimo cuando me lo dijeron. Nuestro sexto compañero de pandilla nunca asistió. La primera vez le llamamos, pero se mostró muy distante, como si aquella época de nuestra niñez y adolescencia hubiera ocurrido en otra vida ya muy lejana para él.
A mí me visitó una vez, de jóvenes, durante las fiestas de El Sauce Curvo. Apareció de repente con unos amigos. Estaba alegre, ocurrente y vivaz como siempre. Cantamos y bebimos como entonces de chavales. Lo pasamos bien, era un chico muy alegre y muy sociable. Luego ya no supe más de él.
Ni sabré.
    Nos dejó hace un par de años. No me lo podía creer cuando me lo dijeron. En mi mente solo era todavía un chaval lleno de vida.
    Me acuerdo cuando nos íbamos a tumbarnos al lado del río más allá del paseo de las Cruces. Y divagábamos y nos vacilábamos unos a otros practicando el juego de la vida. O íbamos a entretenernos a los billares y a los futbolines enfrente del Mesón, con nuestro cigarrillo entre los labios, jugando a hacer posturas varoniles y decididas. O nos íbamos a jugar a las cartas a las tabernas del barrio medieval, cerca del castillo. Allí, lo que más hacíamos era beber de unos porrones de vino que nos servían. Las cartas nos importaban un pimiento. Solo elevábamos nuestra autoestima cantando y contando chistes, para luego enfrentarnos a aquellas seguntinas enhiestas y orgullosas que paseaban por la alameda. Él era el más lanzado de nosotros.
    Como ahora, que se ha adelantado un poco. Sí, siempre fue un poco por delante. Y nosotros le seguíamos.
    Recupero dos fotos, en la alameda precisamente, las únicas que tenemos juntos la pandilla. Me sigue llegando su vivacidad, su alegría, su atrevimiento. La vida nos va recogiendo ya uno a uno.
    Tú siempre fuiste de los primeros. Gracias, como entonces, compañero del alma, por abrir la puerta y enseñarnos el camino.
    Yo quiero compartir una última canción contigo. Una que nos ponían mucho los domingos por la mañana para levantarnos, el único día que no teníamos que estudiar. Debíamos tener catorce o quince años. No sabíamos una palabra de inglés pero la tarareábamos como podíamos y, sobre todo, nos imaginábamos ese verano que llegaría pronto, en el que podríamos hacer tantas cosas que allí, dentro de aquellos muros, y con aquellas seguntinas tan creídas, nos era imposible.
    Es una canción marchosa, alegre y un poco gamberra. Me hubiera gustado otra vez beber y cantarla contigo.
    Ahí va: In the summertime: https://www.youtube.com/watch?v=yG0oBPtyNb0