Acabo de llegar de unos días en El Sauce, en el que hemos celebrado dos días entrañables organizados por la Asociación de Jubilados. A mí mi mujer me dice que no estoy jubilado en absoluto, sino que he cambiado mi profesión de financiero por la de escritor y cineasta, a las que dedico todo mi tiempo, incluidos sábados, domingos y fiestas de guardar.
Eso puede ser cierto, que lo es, pero también es verdad que no puedo abstraerme del tiempo que ya marca mi calendario y del ritmo de un corazón ya vivido y trabajado, aunque con mucha cuerda todavía, quiero pensar.
Así que me dispongo a reflexionar sobre esto que pudiéramos llamar “El otoño de la vida” o como yo lo llamé en un artículo que escribí sobre ello, “El último meridiano”.
Pero, es absurdo que me ponga a reflexionar así, ahora, fríamente, para escribir estas líneas. ¡Qué mejor que recuperar algunas de las cosas que escribí, cuando este sentimiento me embargaba, cuando sentía el proceso de envejecer a flor de piel!
Ahí van algunas de ellas.
Hay un capítulo en Regreso del Sauce Curvo que habla de esto:
Hoy me toca hablar de él, de nuestro otoño. Esa estación que está antes de llegar al invierno de nuestra existencia, que es la última, en la que, decrépitos y marchitos –¿he llegado yo ya a ella?–, hibernamos, esperando nuestro final.
Sí, el otoño de la vida es la estación previa a la última. Es aquella que enfrentamos cuando aparece, va apareciendo, mejor dicho, poco a poco, nuestra vejez.
Nadie sabe cuándo empieza el proceso. O, al menos, cuándo nos damos cuenta de él. Tal vez, fue aquella mañana en la que nos miramos al espejo y nos observamos aquellas ojeras tan remarcadas.
O, aquella otra, en la que la piel de la cara se nos mostró áspera tras afeitarnos, inclusive tras aplicarnos el “after shave”.
O, quizás, fue aquella tarde en la que un joven se levantó de su sitio en el metro y nos miró, cediéndonos el asiento, y nosotros, extrañados, no importaba si íbamos cargados con una bolsa grande, miramos a nuestra vez para atrás, y atrás ya no había nadie….
Si, hay un día en que te das cuenta que estás cruzando el último meridiano…
EL ÚLTIMO MERIDIANO
Afirmaba Confucio que se tienen dos vidas, y que la segunda empieza cuando te das cuenta de que solo tienes una. Muchas veces ese momento no llega hasta la vejez, donde reparas en el poco tiempo que te queda, donde el paisaje se despeja de tantos trampantojos que la vida superficial y falsa de hoy ha puesto delante de ti como liebres saltarinas a las que no dejas de perseguir y que te apartan de cualquier otra meditación sobre el sentido de nuestra existencia.
Dicen que la vejez es un regreso a la infancia. Y, con matices, estoy totalmente de acuerdo. Las une una forma de vivir donde solo reina, en verdad, el presente.
La vejez no se entiende sin jubilación. Y la jubilación supone bajarse del carro de la ansiedad, de la competitividad, del deseo por progresar a toda costa. Sí, la edad adulta es la edad del deseo y, por tanto, de la frustración, del sufrimiento, salvo cuatro momentos eufóricos por haber alcanzado esas metas volantes que rápidamente sustituyes por otras que están más allá, es la edad de la postergación del presente a la espera de conseguir ese futuro soñado.
Dice Navak Ravikant, estoy leyendo un libro de sus pensamientos que me encanta, que la falta de deseo lleva a la paz. Y que de esta brota la felicidad, porque en ese momento tus sentidos solo se dedican a percibir, a absorber todos los rayos luminosos que nos ofrece ese presente que se despliega como nunca a nuestros ojos.
Ojo, no seré yo, el que reniegue de todo lo conseguido por el hombre. En muchos aspectos vivimos mucho mejor que nunca. Y todos tenemos un compromiso social con nuestros semejantes: hemos de procurarles a ellos, y a nosotros mismos, mejor salud, más seguridad, mayor formación, etc. Y eso solo lo da ese trabajo esforzado y constante que realizamos durante la edad adulta.
Digamos que en la infancia creces y te preparas, en la edad adulta rindes y aportas valor a la sociedad que te rodea. En la vejez, te repliegas sobre ti mismo y te dedicas a saborear lo conseguido, a disfrutar de tu presente de una forma pacífica y relajada.
Ojalá en la adultez tuviéramos también algo de ese espacio para nosotros, lejos del ajetreo y la ansiedad por hacer y hacer. Decía Pascal que el secreto de la felicidad es saber estar media hora en tu habitación sin hacer nada. Sin morirte de ansiedad o aburrimiento. Sino solo disfrutando de tu presencia y escuchando el latido de tu corazón.
Ojalá en la vejez todo el mundo encontrara asimismo algo de esa actividad con la que completar esa maravillosa actitud contemplativa y reflexiva de la existencia. Una actividad no obligada, sin horarios y sin premios materiales, sino elegida solo porque te gusta, porque te divierte, porque crees que eres bueno en ella y disfrutas haciéndola y ofreciéndola a los demás, por si les sirve de algo.
El otro día fue mi cumpleaños. Aprovecho para daros las gracias por vuestras innumerables felicitaciones. Me di cuenta que estaba ya cruzando el último meridiano. Pero todavía disfruto en compañía de mi familia. Y haciendo lo que me gusta: escribir y ayudar a producir películas.
Y me acordé también de aquella canción entrañable de Ketama: “No estamos locos”.
Su letra dice así: No estamos locos/ que sabemos lo que queremos / vive la vida igual que si fuera un sueño…
Ojalá, jóvenes y mayores, no lo olvidemos nunca. Creo que viviríamos aún mucho mejor.
FOTO: Con Antonio Carmona, líder de Ketama, en el aeropuerto de Barajas, en una época en que viajaba mucho por motivos de trabajo, persiguiendo liebres saltarinas.
El primer cumpleaños en el que yo comencé a hablar del último Meridiano: https://www.youtube.com/watch?v=8kli1jgXwVk
Sí, tras asumir el punto del camino donde estamos, hay que aprender a quererlo, a mirar todo lo que nos rodea con cariño. Con tanto amor que a veces estamos hasta orgullosos de la edad que tenemos, y si no, pues nos tomamos unas cuantas vitaminas de autoestima.
CULTIVANDO NUESTRA AUTOESTIMA
El otro día tuve una comida con unos entrañables compañeros de trabajo, con los que llevo quedando todos los meses en el mismo restaurante desde hace unos diez años. O más. Todos jubilados ya, claro.
Y hablamos del Año Nuevo. Y de lo que significa.
–Cada vez somos más sexagenarios –dijo uno.
Otro, que siempre está alegre y tiene unos ojos avispados y ocurrentes, le corrigió.
–Sexy-genarios.
Echamos todos una carcajada.
Yo, dentro de poco, cumplo años. La verdad es que cuando pasan las Navidades casi que me lo voy apuntando ya, para que no me dé el síncope de golpe. Todos estamos en un pañuelo, pero yo voy algunos meses por delante.
–Pues como escritor y amigo del lenguaje os puedo decir que nos queda uno de sexys. Los setenta ya son otra cosa.
– ¡Y los sesenta y nueve también! Alégrate, Paco, –me dijo el chisposo– que en unas semanas empiezas el año erótico festivo por excelencia.
Nos echamos otra carcajada también. Hay que tomarse estas cosas tan serias de hacerse viejo con el mejor humor posible.
Yo, que me rematrimonié en Las Vegas hace año y medio, más o menos, le suelo decir a mi chica que tenemos que vivir como unos recién casados, ¡y comportarnos como tales! Oye, ¡y funciona! La ilusión mueve montañas, y otras muchas cosas. Y este año que confluyen los astros erótico festivos, espero que todavía más.
Así que vine de la comida con la moral subiendo hasta las nubes y, pensando en poner este post, me acordé de otro que escribí hace algún tiempo y que acabó por redondearme la tarde. ¡Vivan los sesenta y vivan los sexygenarios! Y, si son con sesenta y nueve, mucho más. Ahí va:
FELICES SESENTA
Aunque lo parezca por el título, no voy a hablar de aquella década a la que recordamos con nostalgia, porque, para los de nuestra generación, coincidió con nuestra niñez y porque alimentó nuestra mente para siempre con aquella explosión de la música popular: los Beatles, los Rolling, y en España: el Dúo Dinámico, los Brincos, Karina o Julio Iglesias.
Escribo de algo mucho más importante y estimulante para esta generación de la que hablo y para todas las que van detrás de nosotros: tras un estudio que se ha alargado en el tiempo durante más de ochenta años, la prestigiosa Universidad de Harvard ha llegado a la conclusión de que es a los sesenta, precisamente, cuando en general la gente es más feliz.
Cuando leí la noticia me sentí el hombre más dichoso del mundo, quizás sin darme cuenta de que ya lo era, según el mencionado estudio. Pero está bien que nos lo recuerden de vez en cuando. Es estimulante y te eleva la autoestima que, con los años, tiende a flaquear, y te aumenta las ganas de vivir y de ir envejeciendo lo mejor posible.
¿Y a qué se debe esto? Dice esta concienzuda investigación que cuando llegamos a la vejez, o sus aledaños, "somos emocionalmente más sabios y esa sabiduría nos hace florecer". Nuestro cerebro da más valor a lo positivo y deja de enredarse en lo complicado y negativo que, a veces, nos atrae como un imán en nuestra juventud.
Sí, pero tus facultades ya no son las mismas, iba yo a contra replicar, pero hete aquí que, sin darme respiro, las buenas noticias me atacan hoy por todos los lados como si de una formidable alianza contra el escepticismo y el pesimismo se tratara: según el director de medicina de la Universidad George Washington, a pesar de que el cerebro de una persona en los sesenta ya no es tan rápido como en la juventud, funciona de forma mucho más armoniosa, pudiendo trabajar a la vez por fin los dos hemisferios del mismo. Por ello, con la edad, es más probable que tomemos las decisiones correctas y estemos menos expuestos a las emociones negativas que frustran nuestra felicidad.
¡Toma del frasco, Carrasco! Ya no hay excusas para cumplir años con ilusión y empuje. De hecho, este señor de Washington, del que desconozco su nombre y su dirección, por eso no le envío un regalo ya mismo, indica que las labores creativas resurgen con fuerza a los sesenta, debido a una sustancia que se acumula en el cerebro, llamada mielina, que facilita la comunicación entre las neuronas, lo que produce un incremento del rendimiento intelectual del 300%.
Cuando todavía no me había recuperado de estos dos abrazos de positivimo y optimismo recibo un whatsapp de un amigo informándome que el profesor Moncho Uri, de la Universidad de Montreal, en Canadá, ha demostrado que el cerebro de una persona mayor elige el camino que menos energía consume, corta lo innecesario y deja solo las opciones correctas para resolver el problema. Tras un estudio en el que participaron personas de diversas edades se pudo comprobar que los jóvenes se confundieron mucho al pasar las pruebas, mientras que los mayores de sesenta tomaron las decisiones correctas.
Henchido de ilusión, cojo con ímpetu el proyecto de mi novela "Lejos del sauce curvo", que no acababa de empezar y, lo que hace la autoestima, me han brotado un par de personajes y varias situaciones nuevas llenas de enjundia. Acabo en dos martillazos la declaración de la renta, que tenía enquistada con un problema irresoluble y miro por la ventana y percibo la primavera que entra en mi despacho con una luminosidad nueva.
Así que, no lo duden, gritemos alto y fuerte: ¡Felices sesenta! ¡La vida se relanza ahora!
PD: Ah, y otra cosa que me eleva la autoestima: Amazon me ha ofrecido, dentro de un pequeño grupo de escritores Beta, traducir mis libros al inglés con inteligencia artificial. También los ha pasado a audiolibro, oye, y me suenan bien. Ya nos queda menos para ser unos escritores universales, ¡a lo mejor alcanzamos al mismísimo Cervantes!
Y, para que no me baje la moral, voy a ver si convenzo a mi chica y nos fugamos unos días a nuestro refugio de Alicante. Necesito coger fuerzas para enfrentarme de verdad a las velas de la tarta que me esperan como todos los años por estas fechas.
Además de pasar unos días estupendos, lo que cogí en Alicante fue un catarrazo de aúpa, que unos días más tarde de mi cumple se convirtió en neumonía. En fin, algo siempre nos recuerda la cumbre por la que ya transitamos.
Así que algo desmejorado y con la voz tomada celebramos el cumple:
https://www.youtube.com/watch?v=SX7YY-RT-Ow
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Ah, el otoño de la vida… La naturaleza nos va preparando con su propio otoño, hace unos años escribí sobre esto. Ahí va:
OCTUBRE, OCTUBRE...
Vuelves de una pequeña y doméstica vendimia, todavía con las manos llenas de savia. Y de zumo. Regresas de liquidar la huerta, con los tomates verdes y ateridos ya de frío. Y de soledad. De recolectar las últimas manzanas, ebrias de vida ya y luchando a duras penas con la fuerza de la gravedad.
Hay algunos charcos, recuerdas, donde las avispas, errabundas de horizontes, agonizan doradas por el sol. Y luego, con las plantas arrancadas y amontonadas, para que se sequen, queda un silencio varado de resonancias, de vivencias, de estaciones marchitas que entran en el túnel duro e incierto del invierno.
Y tú te alejas de este cementerio que son los campos en otoño, donde la muerte dulce avanza por las hojas, por las ramas, pintando los paisajes de una música cadenciosa de marrones, de ocres, de amarillos, que son pinceladas que colorean la sinfonía del fin, precisamente. La acuarela de lo que se acaba. El lienzo, donde el dueño del tiempo termina el ciclo de la vida.
Sí, tú te alejas y escribes desde las Playas del Albir, donde el viento junta a capricho las nubes en figuras regorditas y misteriosas, que nacen y mueren en solo un instante luminoso, lleno de lejanía y de luz.
Y octubre llena las playas de ancianos con su otoño a cuestas y de niños que todavía no han entrado en la rueda del aprender a marchas forzadas. Y tú los miras como extremos del mismo círculo, que es una figura que no tiene extremos precisamente. Como puntos de la circunferencia de la vida que gira y gira. ¿O somos nosotros los que giramos en el eje inmutable del tiempo y sus estaciones?
Y las olas te hablan con un fru-frú de guijarros rodantes, con un zas-zas de avalanchas de agua sobre la arena, que provienen de no se sabe qué latido extraño, que bombea, sin duda, el corazón del reloj del impasible tiempo.
Alargas la mano y coges esa obra de arte, hecha de paciencia y de tiempo. Esa pequeña piedra llena de suavidad, de contornos que son como caricias, de curvas cinceladas por el tiempo. Para que se acompase mejor con la ola, para que ruede mejor. Hasta formar parte perfecta del movimiento único del tiempo.
Son los frutos del otoño. El parto final del tiempo que termina.
Y tú vas huyendo, sin saber, del campo a la playa. Como guijarro rodante, al que el otoño va persiguiendo, cincelándote también, limando tus ángulos. madurándote como a los membrillos que todavía tú no recolectaste. Acoplándote, en definitiva, con el tiempo escaso, pero único, que te ha tocado vivir.
Octubre, octubre… Sí, el otoño de la vida.
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En el otoño de la vida hay una facultad que es la que más brilla. Sí, bajas a menudo al almacén donde has guardado tantas cosas, tantos sentimientos, tantos recuerdos. Es el almacén que tiene este cartel en la puerta:
MEMORIA
A veces pienso que solo somos memoria.
Recuerdos, almacén de vida,
momentos que vivimos y se extinguieron.
Pero que hacemos que pervivan en nuestra mente.
Quizás solo es un arma, una más, de supervivencia.
Una forma de seguir estando.
De no perder lo que un día fuimos,
mientras el implacable reloj recorta cada día
el horizonte de lo que nos queda por ser.
Es un placer vivirse uno mismo
en su memoria.
Pasar una y mil veces la película
de nuestros momentos más especiales.
Y descubrir cada vez un aroma nuevo en ello.
Es, sin duda el placer de la vejez, del retiro,
de la madurez,
de no entretenerte
en lo que luego estorba.
Rememorar la vida de los que te quisieron
Y por qué fuiste tan importante
para ellos.
Repensar a los que tú amas,
y qué sería de su vida sin ti.
Revivir tus sueños,
que siempre han sido los mismos,
te alegra esta evidencia.
Disfrazados en amores platónicos al principio,
en idealismos etéreos después,
en dudas y remolinos luego
que solo eran,
ahora lo sabes,
recovecos en donde respiraba el tiempo,
para darte un descanso,
para dejar secar el barro
con el que fraguabas tu escultura.
Y todo se guarda en tu memoria.
También tus fracasos.
El lado oculto de la luna,
donde habita el vertedero
de todas las cosas que te avergüenzan.
Pero que son tan tuyas como las demás.
Sí, memoria de vida.
Observas las petunias que florecen
adornadas de belleza, de alegría.
Por debajo sus raíces estrangulan
las de las hierbas más débiles
que comparten el mismo parterre
que tú, indiferente, riegas.
La lucha por la vida,
de la que sabes tanto.
Sí, memoria de vida.
En la almohada solo quisieras pensar,
que tu paso por ella aportó un poco de inteligencia,
algo más de justicia,
o, quizás solo, que el amor rebosara un poco
por las esclusas del egoísmo
de que cada palo aguante su vela.
Sí, solo te reconoces en tu memoria.
Memoria de vida.
Que no quisieras que se perdiera,
tal vez por eso no dejas de escribir,
como Sísifo no descansaba nunca
de arrastrar su piedra.
Como la primavera no ceja
tras cada invierno,
en hacer brotar las más hermosas flores,
otro año más,
con la esperanza de que alguna no muera.
De que alguna conmueva
al corazón, impasible,
del tiempo inmisericorde,
que es quien parece mandar
en nuestra escueta película.
Sí, memoria de vida.
Memoria del tiempo
que una vez fue nuestro
y que luego se irá,
con nosotros,
donde no sabemos.
…Ah, el tiempo, el tiempo… Ese tiempo que no volverá, que nos duele a veces como cien puñales. Sentimos que nuestra vida solo es tiempo, un trozo de tiempo que vivir, y que el tiempo juega con nosotros, el tiempo: nuestro amo y señor.
VIL E INFAME
Ya sé que ganas todas las batallas.
Que camino, a rastras, de tu mano
por senderos que yo no quiero.
Y que me llevan al recodo
donde se pierde toda luz.
Ya sé que soy tu hámster
pedaleando en tu noria infinita.
Yendo a ninguna parte.
Con esa ilusión y paciencia
que deben parecerte un chiste.
Ya sé todo lo que tú me has enseñado
a golpes de dolor y de silencio.
Y que no vas a cambiar, ni a conmoverte.
Que no te temblará el pulso, ni el alma,
cuando me acerque al final de mi noche.
Ya sé que tú me has enriquecido
solo en una cosa: ese inmenso almacén
que has construido en mí,
con tu transcurrir implacable.
Y que llaman la memoria.
Ese depósito enorme
donde yo voy acumulando
como celoso perro guardián
todo lo que me va quedando,
todo lo que tú me has ido rompiendo.
Día a día, aliento a aliento.
¡Tiempo vil e infame!
Que no te cansas nunca de
hacerme más y más viejo.
Y solo sabes que llenarme
la mente de recuerdos.
Ese almizcle entrañable
de alegría y de dolor.
De todo lo que en algún momento tuve,
y, día a día,
más pronto que lento,
luchando contra tu inclemente reloj
tú has hecho
que vaya perdiendo.
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Sí, a veces el tiempo te llena de dolor, dorando y dulcificando aquel de tu juventud que no recuperarás jamás. Si te dejas embargar, no un momento sino de forma permanente, por esa nostalgia bellísima, pero, ay, inútil, la vejez es un tránsito pesimista y frustrante. Y vivir así se hace insoportable.
JUVENTUD Y MADUREZ.
—Ven aquí a reposar en este viejo corazón guerrero. Dame tu ímpetu para saciar mi desesperanza. Déjame que bese tu acné granulado y yo te ofreceré el esqueleto de mis sueños que nunca se cumplieron. Déjame tu mano con las mordidas uñas que yo te abriré las ventanas de mi corazón, que no dan a habitación alguna. Cuéntame las dudas, los miedos que te ruborizan, que yo te daré mis certezas plenas de hastío y amargura. Dame tu risa fácil y espontánea, que yo rebuscaré entre mis cajones la careta que más fácilmente te engaña.
Y cuando yo te contamine, lo más que pueda, con este veneno que llevo dentro, tú perdóname, abrázame, ensálzame, como a los héroes antiguos, viejos guerreros, cuya única verdad era su yelmo y su armadura. Agárrate a mí, corza vacilante y asustadiza, que sin el asidero de tu brazo me derrumbo. Dame la oportunidad, sin tú saberlo, de regresar, ligero e inocente, al comienzo de la vida, donde la niebla y las nubes son la misma cosa, allá en el sitio en que la tierra y el cielo se arrejuntan.
Volver, otra vez, con los ojos atónitos y anhelantes, ante aquel cartel primero. Aquel primer cruce de caminos, donde el corazón palpita como nunca y el aire que respiras cosquillea a los pulmones, mientras llega la decisión que deseas tanto y tanto temes, y palideces levemente porque solo elegirás uno de tantos horizontes.
(De mi novela “El día que fuimos dioses”)
http://www.youtube.com/watch?v=xbq9O0uD2jI
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Todos nosotros hemos conocido a gente que sabe vivir la vejez. Que no podrá ocultar las arrugas que el tiempo ha cincelado en su cuerpo, pero que mantiene ese brillo en la mirada, esa apostura que nos revuelve y nos incita a sobreponernos y a aprender a vivir y a disfrutar de nuestro último meridiano. Yo releo a menudo esta historia. Me releo a mí mismo, cuando mi moral decae.
Y me miro en este espejo…
EL ESPEJO DE LA VIDA
Cuando amaneció, después de pasar la primera noche en aquel islote, azotado sin piedad y sin descanso, por el viento y la lluvia, salió de la cueva y volvió a buscar una vez más en los restos del naufragio.
El barco se había partido en dos y se lo había tragado el abismo. Solo él, agarrado a una tumbona de cubierta y algunos enseres inútiles habían llegado a la playa.
Entonces fue cuando la vio flotando boca abajo en el agua. Con su vestido largo y extendido parecía una mariposa desmayada con las alas abiertas.
Cuando le dio la vuelta se sorprendió aún más. Era la maniquí de porcelana de la entrada del salón de baile.
…Han pasado veinte años, o tal vez, más. Hace mucho que ya no cuenta el tiempo, ni nada. Solo las extrañas bayas y los peces escuetos que necesita cada día.
En la cueva, ella exhibe su vestido de seda y organza, impecable como el primer día y, cuando es primavera, luce en su pelo unas extrañas y vivaces florecillas.
El viento silba cada día como si no se cansara nunca y él no sabe, o sí, por qué no se ha vuelto loco todavía.
En su refugio siempre hay una sonrisa cálida y también misteriosa. Una sonrisa que se eleva más allá de las negras nubes y de la desesperanza infinita.
…Hoy, en un pequeño intervalo de sol, vio un objeto brillando en las olas. Nunca llega nada a este fin del mundo donde se encuentra. Pero esta vez resultó ser un espejo que, tal vez, llevaba flotando en los mares veinte años. O más.
A él le dio una enorme alegría y, luego, un temor muy grande, cuando se lo llevó a la cara. Sabía muy bien que, con los años, uno solo es su rostro.
Si alguien lo hubiera visto entonces, lo habría notado hasta relativamente contento.
Era casi un anciano, pero el espejo le mostraba unos ojos todavía vivaces, casi juveniles. Y una sonrisa cálida y amigable, también misteriosa. Una extraña sonrisa ajena a la desesperanza.
Y una apostura galante y enhiesta: la de un vivido y experto bailarín.
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Sí, hay otra forma de ver el paso del tiempo. Comprobar la utilidad del tuyo, del nuestro, de toda una generación…
EL TIEMPO, ESA MÁQUINA DEL PROGRESO.
He recuperado esta vieja foto de cuando yo tenía diecinueve o veinte años, al hilo de un reencuentro con una compañera de aquellos tiempos. Por aquella época, el antiguo Banco de Bilbao, donde yo trabajaba, lanzó a los cuatro vientos: “El Banco de la Mujer”. Pero no por ninguna ocurrente campaña de marketing, sino porque, por primera vez en la historia de España, se permitía a la mujer tener abierta a su nombre una cuenta bancaria. Hasta entonces necesitaba también la firma del padre, si estaba soltera, o la del marido, si se había casado.
Hoy todo esto nos parece como si habláramos de las colonias. Pero no fue hace tanto. Bien lo saben todas aquellas mujeres que sufrieron hasta entonces la esclavitud económica.
El tiempo pasa. Que es algo terrible, pero también maravilloso para la vida de cualquiera. Yo no tengo ya veinte años, sino veinte arrugas más, pero, también, en compensación, un hijo que tiene ahora, precisamente, veinte años.
El tiempo es el carburante del progreso, que se alimenta de aquel y de la inteligencia y también de la justicia, que siempre es lenta y no suficiente. Por eso la máquina del progreso tira y tira de la locomotora del tiempo y de la vida, en pos de un futuro mejor y más justo.
Para mí, en el siglo pasado el acontecimiento más importante, y con diferencia, fue la revolución de la mujer que continúa todavía con virulencia hasta hoy. Donde todavía no se ha alcanzado la igualdad, ojalá no se llegue a la uniformidad, pero se está avanzando mucho y está en puertas.
En este siglo presente la revolución será la del hombre. La del nuevo hombre. Junto con la de una paternidad compartida y responsable, en la que previsiblemente el papel de la mujer, inclusive físicamente, por los adelantos técnicos, se reducirá.
Habrá que encontrar nuevos equilibrios. Y mantener, al mismo tiempo, la atracción por lo diferente. Por los ángulos y contraángulos que aporta cada cual en la pareja.
Ese será, fundamentalmente, trabajo y objetivo de los chicos y chicas que hoy tienen veinte años. A ellos también les cogerá en volandas el tren del progreso que, además, con las nuevas tecnologías, más que correr volará vertiginosamente.
Pero también a los demás, que no podremos escaparnos ni escabullirnos a pesar de que, en pocos años, hemos visto ya pasar tantas cosas. Y, de alguna manera, hemos contribuido a ello. A que pasaran.
Y esa es nuestra suerte y también nuestra carencia. Haber aportado al progreso nuestro buen hacer y nuestra inteligencia y, también, desgraciadamente, tener que lamentarnos por habernos quedado todavía a medio camino en muchas cosas.
Por ello tiene también sentido el tiempo que nos queda, para seguir empujando el tren del progreso y, cuando nos falten las fuerzas, orientar con nuestros ojos, ¡que han visto tanto!, a los que ya poseen toda la energía para conducir los tiempos nuevos.
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Me doy cuenta de que he escrito mucho sobre la vejez. Quizás donde más profundamente lo haya hecho haya sido en mi entrañable novela “Regreso al Sauce Curvo”, la novela de nuestra generación, la novela del amor maduro, la historia de esa pareja que se está haciendo icónica, una pareja de nuestro tiempo, la historia de Clara y su Germán…
–Escribe de la vejez, cariño, de las cosas buenas que también tiene esta estación, y de tu afición, de tu vocación por escribir, con la que la llenas.
Y me revuelve el pelo, y luego me da un beso para animarme.
Yo, entonces, extiendo mis dedos sobre el ordenador, y mi corazón, sobre lo que escribo. Destilo el fruto de mi experiencia, de una vida, vivida ya.
Queridos amigos:
Hace unos días leí una gran sentencia de Woody Allen: "La jubilación solo tiene sentido en quien hace trabajos que no ama, los que trabajamos en lo que nos gusta no lo dejaríamos jamás".
Yo tengo una gran suerte, lo sé, de tener como gran afición a la literatura. Aunque, a veces, me pase y literaturice todo lo que me ocurre. Aunque, en ocasiones, me abstraiga en mi mundo y la gente cercana a mí tenga que tocarme en la puerta y sacarme de él.
La literatura hace más bonito, y más profundo, y más interesante el mundo que escribimos. Los recuerdos de una vieja amistad, de un antiguo amor, de una época pasada de nuestra vida, cobran una nueva y dorada perspectiva, cuando, en realidad, quizás fueron solo grisura y cotidianidad, como es la existencia en sí: un día al lado del otro, un latido a continuación del otro, la mayoría, miméticos y reglamentados.
Pero, también, si escribimos de la actualidad, de todo lo que nos acontece, de nuestras personas más próximas, o del mundo en general que vivimos en nuestro día a día, todo se reviste de una frescura adicional, de una impronta diferenciada, de un perfume extra.
Porque, literaturizar es enriquecer, es desdoblar la realidad en dos: la rigurosa del fotógrafo y la interpretación del pintor. A mí me gusta mucho más esta última, claro, aunque no olvide la realidad en sí.
Y, queridos amigos, en el otoño de la vida, las aficiones, las que sean: horticultura, viajar, tocar la guitarra, hacer senderismo, disfrutar de los amigos..., dan una luz especial a nuestro tiempo, en el que la decadencia, el pesimismo, la soledad se acercan y nos cercan con sus tentáculos.
Porque, hacer algo que te gusta mucho, supone mostrar al mundo aquello en lo que tú disfrutas más y, probablemente, por ello, eres bueno en eso y, de ahí que sea lo mejor que tú puedes ofrecer a los demás. Y, ese sentirte útil y conectado al resto, te produce una sensación de plenitud inigualable.
Esta noche levanto mi copa y brindo por las aficiones de todos, y agradezco por tener la mía en particular, y poder disfrutar de ella.
En este día de otoño bellísimo, en el que he tenido la suerte de compartir un viaje corto con mi hijo a El Sauce Curvo, dejar unas flores en la tumba de mis padres, ponernos al día de nuestras cosas y disfrutar del otoño en una pequeña excursión por el Parque del Alto Tajo.
Porque, queridos amigos, poder disfrutar de la familia, de los jóvenes, a nuestra edad, para mí no es una afición, es más que eso: una devoción.
Sí, disfrutar de la familia… Ahí van nuestros dos últimos cumpleaños. Me quedo con las palabras finales de mi chica: "¡¡Viva la fiesta, viva la vida y vivamos nosotros!!"
Porque así sea, durante muchos años.
MI ÚLTIMO CUMPLE: https://www.youtube.com/watch?v=B7mDSzfOeXw
CUMPLE DE MI MUSA: https://www.youtube.com/watch?v=2ik1cDmyIXM
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Y me acuerdo entonces de este sencillo y sentido destello que a mí me sigue deslumbrando. Ahí están el doctor y las vitaminas para transitar con alegría, con mucha vida aún, esta estación en la que nos encontramos, la más hermosa que podemos vivir en estos momentos.
Sí, todavía tengo ganas de bailar este bolero…
Ahí va: https://youtu.be/6oXBcT5pZf0






