Amar y ganar es lo mejor. Amar y perder
es lo segundo mejor.
Willliam
Makepeace.
I
LLUEVE sobre Singapur, sí, llueve en
los confines de la Malaysia, llueve con la fuerza de las mareas, de los
espíritus de los ancestros milenarios, llueve con el poder recurrente de la
naturaleza, del dios de la lluvia que gobierna los cielos y los mares, los ríos
y las profundidades de las encharcadas cuevas. Llueve a manos llenas,
desgarrándose los odres de las nubes, llueve en tromba, en avalancha,
tejiéndose una densa cortina de lluvia y de vapor húmedo y sofocante, que lo
llena todo de vaho. Llueve como se tiene que llover, como si se acabara el
mundo, reblandeciéndose y desmoronándose todo en pedazos, hasta que no quede
nada, de tanto llover y llover.
Llueve sobre el Boat Qway, llueve sobre
sus puentes, sobre el White Brigde y sobre el Black Bridge también, que son
como inmóviles, atónitas gacelas enormes, llueve sobre los rascacielos, sobre
su alma de cristal y acero, que se derrama en lágrimas abundantes que
desdibujan sus contornos, llueve sobre el verde de los parques, sobre el casino
y sobre la noria gigante de Mun-Tao, llueve sobre los perros y las cucarachas,
sobre los pájaros de colores, llueve también sobre ti. Llueve aunque te cubras,
llueve aunque te escondas, llueve y llueve sobre todo lo creado y sobre todo lo
por venir, llueve simplemente como siempre, como toda la vida, llueve hasta que
se harte de llover y llover.
Llueve sobre las calles, sobre las
aceras y las avenidas, llueve sobre los adoquines, sobre las obras y las
alcantarillas, un filipino mugriento y reseco repara el pavimento, se llama
Marcos Filippo, aunque casi nadie sabe su nombre, es más fácil llamarle:
—¡Eh, tú, filipino! —o también—, ¡ven
aquí, filipino de mierda!
Marcos Filippo se
sienta un minuto en el bordillo para tomar un bocado y beber algo. Cuando los
cielos se abren y comienza la lluvia torrencial está tan cansado, tan abatido,
pero no solo hoy, sino desde toda la vida, que ni se levanta siquiera,
observando cómo la lluvia le destroza en un momento el bocadillo. Entonces se
pone en pie y, con aire majestuoso, se quita la camisa mientras las chicas de
elegantes trajes de chaqueta del distrito financiero corren bajo sus paraguas a
los soportales de la plaza. Y se mantiene así, erguido, enhiesto como un
mástil, en la desierta calle, mientras el agua, tibia, le baja en placenteros
chorros por la cara, por el pecho y por la espalda, y los pies, que son como
gastadas garras, se hunden dos palmos en el agua que corre, calle abajo, a
reunirse con el mar.
Llueve dentro de las casas, de los
hoteles, de los hospitales, de los corazones, es la estación de las lluvias,
llueve por doquier, y, aunque no llueva, también llueve, porque el alma, sin
consuelo, tiene ganas de llover y llover.
—Yo te di todo mi amor, pero para ti no
ha sido bastante. Te di toda mi ilusión, toda mi inocencia, me abrí sin
esclusas, me ofrecí sin resistencia alguna, sino con hambre de fusionarme en
ti, de darte todo lo que soy, pero para ti no fue suficiente —musita quedamente
un muchacho larguirucho que camina empapado de lluvia y de sentimiento por el
parque.
Llueve
y llueve sobre el parque de Saint Andrew’s Church donde los árboles rinden sus
brazos, vencidos y abatidos, bebiéndose por todas las hojas su derrota.
—Yo sin ti no soy nada —susurra Chow,
que así se llama el muchacho—, yo después de ti no sé ni lo que soy, solo
quiero desangrarme dulcemente como un obediente corderillo ofrecido en
sacrificio de nuestro amor.
Llueve sin misericordia sobre esa joven
cabeza adolescente, sobre ese muchacho sin paraguas ni cobijo alguno, llueve
sobre sus rasgos todavía sin perfilar, llueve con indiferencia sobre el boceto
de su cuerpo que camina errabundo bajo el agua, llueve sobre él como sobre
cualquier árbol anónimo del parque, brumoso y verde, llueve sin piedad. Llueve
sobre las lágrimas, que brotan de las cuevas profundas del sentimiento a la
llamada del señor del agua, llorar caminando bajo la lluvia es un acto inútil,
nadie, ni tú mismo te das cuenta, llorar bajo la lluvia es como llover sobre
mojado, llorar bajo la lluvia es como doblar tu dolor.
—A mí no me importa el dolor, es más,
prefiero que todo se llene de dolor, se inunde de dolor en una gran riada, a mí
me gusta que llueva y llueva, sin perdón y sin descanso, con persistencia, con
monotonía, hasta que se ablande el duro corazón de la persona amada, a mí me
gusta que llueva y llueva y, si es preciso, que llueva sin fin.
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