RELATO EN AMÉRICA: "ARRIBA, EN LAS MONTAÑAS"
Cuando te vi por primera vez en mi Coffee Café, Hillary, lo supe, lo supe como tantas otras veces. Lo supe porque se me aceleró el corazón y me empezaron a temblar y a sudar las manos. Por eso me acerqué y te pregunté si te gustaba subir a las montañas. ¡Ah, las montañas! Pero a ti, Hillary, las montañas te daban igual, a ti lo que te gusta es escribir como yo lo hago, con esa mezcla de crueldad y lirismo que yo entiendo tan bien. Así que, por una vez, he hecho una excepción y no me arrepiento, ni me arrepentiré jamás.
He pedido dos días libres, como siempre, para que todo salga bien. Te recogeré en mi viejo Cadillac y cruzaremos por el puente de Brooklyn, mientras el agua del río nos mira tierna y azul. Te llevaré hasta el embarcadero y allá tomaremos el barco donde se suben las parejas de enamorados para ver cómo se pone el Sol por detrás de la Estatua de la Libertad, mientras se dicen al oído que se querrán siempre. Entonces, nos cogeremos de la mano y ya el día entero llevaremos con nosotros toda esa alegría con la que juegan los niños.
Pasearemos, casi de noche, por Central Park tropezándonos con las ardillas mientras nos besamos una y mil veces apoyándonos en los viejos troncos de los dormidos árboles. Tal vez cenemos allí mismo, en el Blue Ribbon, y nos leamos uno al otro, nuestros cuentos y nuestros relatos, a la luz temblorosa de las velas. Entonces me preguntarás, triste y dichosa, por qué todavía no escribes tan bien como yo. Y yo te susurraré, mientras te acaricio lentamente la rodilla por debajo del mantel:
—Ya lo harás, todavía no tienes el alma tan llena de amargura, tan llena de desesperanza. Porque escribir no es nada, sólo es, tal vez, dibujar las flores más hermosas, pintarlas con el dedo, mientras recorres con tu mano las aguas rizadas y temblorosas del mar, que se adormece cuando los atardeceres amarillos. ¡Ah, los atardeceres amarillos!, ¿te acuerdas?
Luego, cuando ya todo lo cubra una magia dulce y azul, te llevaré a mi casa y a allí nos amaremos como quizá lo hacían las primeras parejas al comienzo de los tiempos, cuando se inventó el mundo y el tiempo era nuevo y no se gastaba jamás.
Entonces, sólo un momento después, mientras tú miras distraída por la ventana cómo las sombras de la noche y las luces de las farolas juegan con el rumor del viento y con las hojas de las acacias de mi calle, yo cogeré el cuchillo grande y, aunque se me parta el corazón, lo haré como tantas otras veces. Luego, te meteré en la bolsa de cuerpo entero, absolutamente desnuda y con la herida lavada y limpia, cerraré la cremallera y dormirás como una desmayada sirena unas horas en el fondo del congelador, rodeada de los peces de extraños mares, que tenemos abajo, en el restaurante.
Antes del amanecer, cogeremos de nuevo el viejo Cadillac y nos iremos juntos a las montañas más altas, las que están en Colorado. Y, a la sombra de la más imponente de ellas, la que llaman Elbert Mountain, pasaremos de nuevo la noche juntos en una pequeña cueva rocosa que hay en la ladera.
Yo encenderé el fuego y oiremos en silencio el chisporroteo de las llamas mientras el cansancio puede más que el dolor, que el frío helado y que el sufrimiento de mi alma.
Cuando llegue el nuevo día te sacaré de la bolsa y te buscaré tu sitio definitivo, aquél donde sólo llegue la luz de algunos rayos de Sol, los más débiles y temblorosos de la mañana. Los suficientes para que yo pueda verte, pero sin que a ti te hagan daño, ni puedan maliciar ni corromper jamás la belleza de muñeca helada que tú tienes. Allí estarás también con tus amigas del alma, Hillary, que también iban por el Coffee Café.
Con Lucy, ¿recuerdas?, que era mandona como pocas en la cama, pero tan tierna y juguetona que sus ojos se llenaban con la luz que tienen todos los espejos.
Y con Ann, a la que no olvido ni olvidaré jamás. Tenía ese cuerpo suave y profundo, que era igual que el mar de sus grandes ojos oscuros, bajo cuyas aguas duermen los peces con unos sueños dulces y amarillos.
Entonces yo os miraré de nuevo, mientras los cristales de escarcha de vuestros ojos me ofrecen, otra vez, la luz brillante de los momentos que vivimos juntos.
Y aquí arriba, en las montañas donde yo me subo, en esta cueva donde yo guardo los momentos que no olvidaré jamás, podré soñar de nuevo con vosotras, todas las veces que yo quiera, sin que el tiempo os lleve nunca de mi lado, ni pueda convertiros jamás en seres extraños.
Mientras, caen unos copos de nieve grandes y misteriosos que cubren todo el valle, allá abajo, de una blancura tremenda, de una blancura eterna y llena de pureza, que a mí me hace llorar...
Acabo de volver de una viaje por la Costa Este Americana y me he acordado de este relato que yo escribí hace unos años, ambientado en Nueva York y en Colorado y que fue galardonado por el Grupo Literario Arrendajos con una noche de hotel y una cena maravillosa en el Eurostars Hotel de Toledo para mi wife y para mí.
Está dedicado a Hillary, Lucy in th Sky with Diamons y a Ann Riverside, nombres ficticios bajo los que se escondían mis compañeros del banco: Félix, otro escritor como yo al que recojo en mi libro La pasión por escribir y dos compañeras: Lucía y Ana. Fuimos juntos varios años a un curso de inmersión en inglés que nuestra empresa hacía en un pueblecito junto a Ciudad Real, en el que estaba prohibido hablar en español. Lo pasábamos muy bien, teníamos hasta discoteca, y muchos juegos, uno era el Coffe Café, y ellos, además, tenían la paciencia de leerme y escucharme mis entonces primeros balbuceos literarios. Yo les escribí este relato para que nunca olvidaran todos aquellos buenos ratos que pasamos juntos.
ALGUNAS FOTOS DE MI RECIENTE VIAJE POR LA COSTA ESTE.
Por las calles de Nueva York.
Rezando ante la Bolsa de Nueva York para que nos dé muchas alegrías.
En los jardines que rodean la Casa Blanca:
En la Universidad de Harvard, en Boston, Masachusets, junto a la estatua de su fundador.





