viernes, 16 de enero de 2026

ATRAVESANDO EL INVIERNO

 

El invierno avanza y nos empuja a meternos en el nuevo año de lleno. Pasado mañana se marcha mi hijo Guillermo a la Wharton de Filadelfia, seis horas de diferencia horaria, menos tiempo para comunicarnos, pero no dudo que estaremos cerca como siempre. Su madre y él andan ya a tope con la maleta.

Y yo me acuerdo cuando hace unos cuantos inviernos, durante la Filomena, limpiábamos los dos nuestras terrazas de nieve y luego lo celebrábamos con Wilson. ¡Qué tiempos!  Siempre quedarán en nuestro recuerdo










En cuanto le despidamos, si el tiempo no lo impide, de momento están previstas fuertes lluvias, pero todo cambia mucho en invierno, me fugo con mi chica a nuestro refugio de Alicante. Los dos solos. Me acuerdo de este poema que escribí hace algún tiempo, para una colección que se llamaría Poemas de invierno. Ahí va: 


POEMAS DE INVIERNO: SOLOS TÚ Y YO.

Se irá este sol de noviembre
que dora los sauces,
se quebrará la paz
de estos momentos felices.

Caerá la lluvia helada
sobre nuestras sonrisas
inocentes.
Esas que se besaron
en las esquinas
de este momento de luz.

Huirán las cigüeñas
dejando sus nidos vacíos
sobre las altas y desiertas
y solitarias torres.

Pasará el tiempo
detrás de las cortinas
donde dormimos nosotros
y nuestros sueños de futuro.

Y las calles se llenarán de nieve y silencio otra vez.

Sólos tú y yo
en el duro invierno,
helado y callado,
de nuevo.
Resistiendo en nuestra madriguera.

El sol se ocultará días y días.
El calor huirá tras los últimos tizones
en la chimenea.
Y solo se escuchará
cómo cae la lluvia contra la ventana
y esparce sus lágrimas en ella.

Encogidos por el frío
nos apretaremos el uno contra el otro,
y nos cubriremos de besos,
con la manta del amor
y con el aliento del deseo.

Caerá la noche larga.
Y nos dormiremos abrazados,
soñando con la primavera.
Apostaremos
porque el mañana
se seguirá aliando con nosotros,
una vez más.

Cuando el sueño nos gane,
cuando cerremos los cansados ojos,
cuando, ausentes y desvalidos,
la oscuridad nos convierta
a nosotros
prácticamente
en nada,
nuestro amor resistirá
por los dos.

Y vencerá de nuevo,
como tantas otras veces,
a ese helado
y duro
invierno
que ya se acerca.


Y cómo no, el invierno nos empuja cuesta arriba por las rampas que llevan a febrero, la pendiente tras los fastos y excesos navideños es dura. Hace unos inviernos también escribí sobre ello:


CUESTA DE ENERO

Creo que hay algo en la naturaleza que tiende siempre al equilibrio. A cada expansión, sucede una contracción, a cada allegro un adagio, a cada tormenta un arco iris, a cada primaveraverano un otoñoinvierno…

La cuesta de enero tiene algo de esto, sin duda. Su origen inicial fue el necesario ajuste de cinturón tras los fastos y gastos navideños. Pero para mí ya significa mucho más: es el proceso de ajuste general entre los sueños navideños y de principio de año y la dureza de la realidad de los anodinos días siguientes, entre la ilusión de la consecución de tus proyectos programados para todo el año y la necesidad de grandes dosis de energía para conseguirlos, entre la alegría de las celebraciones y de las promesas e intenciones y el pico y pala que te esperan apoyados en el quicio de la puerta…

Acabo de recibir una carta avisándome de algo que yo ya sabía, por ello no dejo de extrañarme del gran impacto que me ha producido. Me vienen a decir en ella, poco más o menos, que ya he trabajado bastante y que me llegó el tiempo de la jubilación, quiere decirse de la holganza y del dolce far niente.

Así que a mi cuesta de enero tradicional de todos los años le ha surgido una alternativa poderosa: cambiar el sufrimiento y el esfuerzo que supone conseguir retos más o menos difíciles, por el suave balanceo de ver pasar los días mirando el vaivén de las olas de la vida plácida, descansada y dedicada a ti mismo y a los que te rodean.

Todo ello, unido a diversos problemillas de salud, las goteras ya empiezan a aparecer, y al aldabonazo de la fecha en cuestión, el póker irrepetible: 2/2/22, está suponiendo un verdadero toque de atención a mi conciencia, tal vez para que esta, como la naturaleza, también busque su propio equilibrio.

Así que siguiendo el famoso: “Todo cambia, nada permanece”, que explicitó hace ya 2500 años el filósofo griego Heráclito, me dispongo a soltar, al menos momentáneamente, los trastos de la faena y me largo unos días a la playa a descansar y a ver lo que me pide el cuerpo. A digerir, en definitiva, todo esto que me está pasando a raíz de traerme el cartero la misiva que me recuerda que ya llega el 2/2/22.

Seguro que el mar con su sabio oleaje me traerá a la mente la receta adecuada para el próximo tiempo, que supongo no distará mucho de la que recojo yo en mi reciente libro: “La felicidad es una parada intermedia entre lo poco y lo demasiado”. Los tiempos cambian y nosotros, con ellos, también.




Enero, enero.... siempre ha sido para mí el último mes del año, y no el primero. Cumplo los años a principio de febrero, así que tiene para mí algo de resumen, de nostalgia y de restañarme las heridas. Espero volver de Alicante con las pilas puestas ¡y con ganas de pelea! Porque así sea.