viernes, 27 de febrero de 2026

LA COSIFICACIÓN (para el proyecto DESTELLOS)

 Ayer por la tarde la Federación de Jubilados de El Sauce Curvo me invitó a ver un especial de Revista de variedades, picantería y humor en el Teatro Antonio Buero Vallejo de Guadalajara.  Allí estábamos centenares de personas en nuestra tercera o cuarta edad. Y nos dieron lo que probablemente hubiéramos pedido: chicas jóvenes y guapas ligeras de ropa (y chicos para las féminas, claro), música, bailes sugerentes, escenas picantes y, sobre todo, humor, mucho humor. ¡Tan necesario para poder transitar sin demasiada amargura por las pendientes por las que ya subimos!

El humorista era genial. Como muestra, su despedida:

"Les deseo que vayan por el camino del bien..... En el otro, ¡hay un atasco!"

Sí, qué difícil es mantenerse en el camino de la ilusión, del bien pensar, de la bondad y de la generosidad cuando vas cumpliendo años y las frustraciones, las limitaciones y la falta de visibilidad y de futuro te acorralan.

A mí todo esto, como a cada autor que se precie,  me lleva a mi obra, somos unos engullidores de la realidad para literaturizarla e incorporarla a nuestra mochila literaria. Y ofrecerla así al público lector envuelta en nuestro propio padecer y sentir.

Así que me pongo a ello y mi mente me lleva a este post que escribí hace algún tiempo. En cuanto lo encuentre y lo plasme aquí como uno de mis destellos, tengo que enviar 3 libros de Trilogía del Sauce Curvo que me pidieron mis paisanos y ponerme, sin falta, con mi novela, que ya me siento hasta culpable por la tarde que no le dediqué ayer, aunque, bien pensado, también aprendí y no poco de la experiencia.

Ahí va este destello:


LA COSIFICACIÓN

Tú hay días que la sientes. A la cosificación. Es como cuentan de los alpinistas cuando, perdidos en la nieve y acosados por el frío, notan que sus miembros se van congelando, se van gangrenando, hasta que ya no los sienten en absoluto, si estos permanecen mucho tiempo así, quedan inservibles, los tienen que amputar. 

 A veces, ni se dan cuenta del proceso, con su cabeza en otra cosa, en encontrar una salida. O, quizás, llega un momento en que su mente también se cosifica, cuando se sienten irremisiblemente perdidos y se abandonan a que alguien los encuentre, tiran la toalla y se resignan a lo que pasará.

 Sí, a veces, sin apenas darte cuenta, aunque no seas alpinista ya estás medio cosificado. Son esos días en que todo te da igual, arrastrado por una inercia, por un aburrimiento repetitivo, por un déjà vu que te lleva a una inoperancia, a una resignación que te aconseja no luchar, dejarte llevar por ese vaivén somnoliento y triste que linda con la depresión.

 Vivir es mantener vivos, valga la redundancia, los recuerdos, llenarte de planes de futuro y, en el medio, en el presente, percibir todas tus capacidades funcionando a pleno rendimiento, sentir el pulso y el impulso vital que engloba a pasado, presente y futuro en una única dirección vital a la que te lleva tu ilusión y tu empuje.

 Ah, la ilusión y su hijo el empuje… 

 El tiempo es como el frío del alpinista. Te cala hasta los huesos y te va cosificando por dentro. Te va enladrillando, uniformizando y llenándote de rigidez, hasta convertirte en un ser aburrido y triste, con ganas de irte a dormir tan pronto como las gallinas.

 Y qué decir de tus facultades para afrontar el presente. Cada año oyes un poco peor, tienes más problemas con la vista y qué contar de otras cosas que no se nombran. 

 Los recuerdos se van convirtiendo en unas experiencias ajenas, manidas e inútiles. Mejor dejarlos dormir en paz, no sea el caso que se despierten y traigan a tu mente tus errores y tus pisotones atropellando a todo y a todos. Sí, es mejor acallar los remordimientos y bajar la cortina del pasado. Eso ya no tiene remedio y yo no soy el que era, te dices, así que aquí paz y después gloria.

 Respecto del futuro, pues depende. Tenías un amigo, un compañero de trabajo que lo explicaba muy bien. Te decía: “Me quedan dos años para jubilarme y me llevan a esas reuniones para planificar nuestra empresa a largo plazo, y qué quieren qué diga, a mí me apetece callarme y que me dejen ya en paz”. Eso de que te dejen en paz es el principio de la cosificación.

 Se cosifican los recuerdos. Algo tan bonito como el primer amor, el cual supone la primera gran inversión de energía de tu vida, aunque siempre sea fallido porque si no sería el último, claro, se reduce a algo trivial o frustrante. Los amores intermedios, ni los recuerdas. Y el último, va perdiendo su encanto, la gracia que un día tuvo y se va llenando de grisura, de arrugas y de previsibilidad. Como tú, si te miraras al espejo.

 La cosificación que tú sientes la vas extendiendo por tu alrededor. Hasta que todo tu paisaje resulta un paraje pedregoso y desértico. Sí, lo mejor es irse a la cama a las ocho. O tomarse ocho copas, por Dios tantas no, que el hígado también lo tienes ya cosificado.

 Sí, en esos días nefastos en que el frío, digo el tiempo, te va congelando el alma, piensas en qué será de ti, en qué quedará de ti, si es que al final queda algo. Sientes la vida como algo que empieza líquido y maleable, luminoso como el agua, y termina en una piedra marmórea, rígida, gris e inútil. Una pesada lápida, es lo que al final encerrará todo lo que fuiste y sentiste, ese pequeño cofre lleno de huesos que se disolverán en la nada.

 ¿Por qué luchar entonces, por qué pelear, cuando se acerca ese final tan evidente? A gente mucho más importante que tú, te dices, grandes escritores, políticos, artistas, que vivieron su momento luminoso, su instante de eternidad, salvo en cuatro casos, a los pocos días ya ni se les recuerda. ¿Y qué más da si a esas cuatro excepciones no se les olvida? Sus recuerdos serán, con toda probabilidad, imágenes interesadas o falsas, cuando no se les utilizará como armas arrojadizas en las luchas intervivos, que arramblan con los vestigios del pasado para consumo propio.

 Ah, la cosificación…Ah, el tiempo…, que va transformando nuestra geografía en otra nueva que viene, la de los jóvenes, que serán a su vez devorados por otra, en ese centrifugado eterno de la lavadora del mundo. Digo del tiempo, que viene a ser lo mismo.

 Tú, cuando viene la cosificación, cuando la sientes cómo te sube por las espinillas, vas corriendo a tu despacho y te pones a escribir. Has descubierto que literaturizar todo lo que ves y todo lo que te ocurre es la única forma que has encontrado para rebelarte contra ella. Porque, aunque a ti te vaya mermando, y enladrillando, nunca podrá encerrar ese espíritu libre y auténtico que se escapa por tu pluma. O eso quieres pensar, al menos.

 Hoy, después de escribir estas líneas, sientes que te apetece llevar a tu mujer al cine, a ver Babylon. Con Brad Pitt y, sobre todo, con Margot Robbie, que dicen que tiene las piernas más largas del mundo, a ver si las enseña enteras, por Dios borra eso que ya no estás para esos trotes. Sí, otra tarde de sábado que recobra su verdor, ¿su empuje?

 Hoy las gallinas, que les den a las gallinas, se irán a dormir solas. 


ACOMPÁÑENME A BABYLONhttps://www.youtube.com/watch?v=gBil8RpweBE





miércoles, 25 de febrero de 2026

DÍAS DE ESPLENDOR (PROYECTO "DESTELLOS")

 

Hoy estoy contento. Ya he escrito el primer capítulo de mi nueva novela, el más difícil. Cinco folios que me animan a coger carrerilla. Creo que es la primera vez que no sé cómo va a acabar una historia que estoy escribiendo. Lo tengo todo muy claro hasta la mitad. Luego, ya veremos. La vida es experimentar cosas nuevas, me digo. Así  que a continuar y a ir descubriendo paso a paso dónde me llevan mis personajes.

Salgo a la calle y, dentro de esta locura de tiempo que padecemos, puedo respirar ya la primavera que viene. Y no sólo yo: los almendros han decidido ya apostar por ella. ¡Qué obra de arte es un almendro en flor, por Dios! ¡Qué esplendor ofrecen a los que los miramos!

 Y yo decido también buscar en el almacén de mi memoria, y de mi literatura,  ese destello que nos ofrecen estos días especiales, llenos del estruendo de la creación que se renueva otro año más. 

Sí, días luminosos. ¡Gracias a todos estos momentos que nos ofrece la vida, y que nos dejan anonadados y agradecidos de sentirnos vivos!


DÍAS DE ESPLENDOR

Este esplendor luminoso
de la primavera
nos hipnotiza.

La alegría que renace
en los trinos de los pájaros,
la belleza y la elegancia de estos
que se pintan hoy en sus curvas delicadas
nos subyuga.

Nos conquista
la suavidad de las colinas verdes
a las que cruza un águila majestuosa,
el aire que llena nuestros pulmones
de esa intensidad indescifrable,
hecha de un aroma de íntima y total plenitud.

La belleza de las nubes,
pedazos de espuma en el cielo azul,
nos estremece,
reflejo hoy de nuestro mar interior
bañado de luz y de alegría.

Nos enamora
esa sinfonía de colores
que nos inunda los sentidos,
ese estruendoso silencioso
de la naturaleza que crece,
y se expande,
y se reproduce
a nuestro alrededor.

La caricia que hoy percibimos
en ese aire cargado de fragancias
nos estimula,
y la armonía de las piezas con las que hoy
vemos hecho el mundo,
y a nosotros mismos,
nos conmueve.

Hay días así,
contigo.

Y sentimos,
emocionados,
una alegría tan grande,
y un temor tan profundo,
que nos refugiamos bajo
un almendro lleno de flores,
anonadados e hipnotizados
por el colorido
de su estruendosa belleza.

Como si a su cobijo
nos inyectaran,
de repente,
ese suero de ilusión,
de vitalidad,
esa eficaz vacuna
que protegiera
de toda enfermedad,
y para siempre,
a los destellos de amor,
que este luminoso día de marzo
nos inundaron por un momento
el pecho
de poesía.




Y qué mejor que este "Hipnotizado”de Coldplay, que a mí me llena de plenitud y de vida. Sí, sobre todo, de ansias de vivir, desplegando la totalidad de nuestros sentidos para captar tanta belleza.

https://www.youtube.com/watch?v=WXmTEyq5nXc


martes, 24 de febrero de 2026

QUEDARÁ LA MÚSICA (Para el proyecto "Destellos")

 

Esta mañana no he escrito una letra. Tengo todos los martes un desayuno, que se alarga casi dos horas, con media adocena de amigos, que fuimos compañeros de trabajo durante muchos años y que llevamos otros tantos, más de una quincena ya, viéndonos una vez a la semana, ya no para recordar cosas, que nos las tenemos ya muy contadas, sino simplemente para pasar un buen rato en buena compañía. Nada más.

Como apenas me muevo, aprovecho para ir y venir andando, hora y cuarto en total. Así que, tras dedicar un tiempo a mi mujer y a mi hija, que hoy teletrabaja y ha venido a visitarnos, se me ha ido la mañana en un tris, luego, la comida, mis diez minutitos de siesta y, por fin, me pongo aquí frente al teclado.

Hoy postergo mi novela y me meto de lleno en "Destellos". Este capítulo podría ser una segunda parte de "Agapornis", pero creo que merece uno entero para él.  Ahí va:


QUEDARÁ LA MÚSICA

     Después de cenar íbamos a dar un paseo cuando nos embargó el sonido de la música. Nos llegó reverberando entre las columnas, los espejos, el murmullo de la gente deambulando por el lobby del hotel.

 

Era una música en vivo y, mientras saboreábamos un par de combinados, tú observabas a las parejas que bailaban. En esa noche de alegría, de despreocupación, de vacaciones. Y me apretabas el brazo, como sé que lo haces cuando estás contenta.

 

La orquesta, quién sabe por qué, me recordó de golpe a la del Titanic. Dentro de no muchos años no quedaría nadie de los que allí estábamos. Dónde iría toda aquella alegría, la complicidad de los cuerpos, las caricias y los besos de todas aquellas parejas, que continuarían, luego, mucho más apasionadas, sin duda, al otro lado de las puertas de las habitaciones. Todo aquel barco se estaba yendo ya a pique, escorándose lentamente hacia el abismo. Los únicos cuerdos debían ser los músicos de la orquesta que tocaban «El último vals» y nunca abandonarían la nave. Estoicos y escépticos, mientras les llegaba el agua a la rodilla.

 

Sí, sólo quedaría la música de aquella noche en el recuerdo submarino de todos nosotros, pasadas unas décadas. En el silencio eterno que sólo recorren los peces.

 

Tal vez porque me viste triste, me apretaste el brazo un poco más: «Venga, vamos a bailar».

Sí, al final sólo quedaría la música de aquella noche. La fragancia de tu cuerpo entre mis brazos. Y el susurro de tu aliento en mi oído: «Sabes que te querré eternamente».

 

Entonces me pareció que el músico del violín sonreía. Yo ya lo había visto antes. Aunque dónde, cuándo.

 

A veces, pienso que ya he estado en los sitios, que todo es una repetición de algo ya vivido. Por eso me acerqué al músico del violín: «¿Qué es todo esto?».

 

Él me sonrió de nuevo y se acercó al micrófono: «Y como despedida, esta balada de Celine Lion: “Mi corazón seguirá”».

 

Sí, al final del final sólo quedará la música.

 

    Y las estrofas que un día llenaron nuestro pecho bailarán entonces en las ondas que producen los peces: «El amor puede tocarnos una vez. Y durar toda una vida. Pase lo que pase, mi corazón seguirá…»


      A veces, no sabes por qué, ves a tu pareja, o te ven a ti, llorar de una forma extraña. En una noche llena de alegría, de despreocupación. De vacaciones.




https://www.youtube.com/watch?v=F2RnxZnubCM&t=3s








lunes, 23 de febrero de 2026

AGAPORNIS (para el proyecto Destellos)

 


Empecé con mi novela, que se denomina provisionalmente  "Tiempos de soledad", como el documental del mismo nombre. Estoy en el proceso de arranque y creación de la atmósfera de la narración. Miro por la ventana y me inspiro con mis flores de invierno: mis prímulas y mis ciclámenes. Una belleza que resiste el sol de estos días y la nieve de los pasados, como un amor excepcional.




Luego, descanso un poco y me voy a otro paisaje. El de "Destellos".  Mi homenaje a la palabra, a la música y a la imagen, a través de la literatura y del cine.  Ahí va  un nuevo capítulo:


AGAPORNIS


 Este domingo hace un día soleado, pero muy frío, casi gélido. Os levantáis tarde, desayunáis juntos y, luego, cada uno se va a hacer sus cosas. Tú te encierras en tu despacho, tienes asuntos pendientes que atender. Quedáis a las dos, listos para salir, en la puerta de la casa.

 Después de comer en un restaurante del barrio, al que soléis ir a menudo, porque hacen una sepia a la plancha que os gusta mucho, dais un paseo por los alrededores. Cogidos del brazo, muy juntitos, la temperatura lo pide. Piensas, mientras disfrutas del sol y de la conversación, tienes la suerte de que a tu mujer nunca le falta, que paseáis como una pareja antigua, como lo hacían no solo vuestros padres, sino también quizás vuestros abuelos, a la antigua usanza.

 Al cruzar un semáforo te fijas en otra pareja que os lleva veinte años, en el último trecho de la vida. Caminan como vosotros, con la diferencia de que a él se le ve ya muy torpe y ella tiene que cuidarlo y acompasar su paso a la lentitud del suyo. Pero, ni por un momento, ella se suelta de su brazo.

 Tu mujer también lo ha captado. Os cruzáis una sonrisa cómplice y ella te aprieta el brazo. “Agapornis, le dices”. “Sí, te contesta, como nosotros”. Aunque, en realidad, tu mujer y tú no os habéis dicho nada. Con palabras, quiero decir. Pero el traductor de Google es lo que interpretaría de ese cruce de vuestras miradas al verlos.

 Tú conoces bien a los agapornis. Son unos pájaros vistosos, unos loros muy pequeños, del tamaño de un gorrión o poco más. Bastante gente los tiene de mascotas. Su nombre procede de agape-ornis, “pájaro del amor, o pájaro del afecto”. Viven en pareja, de una forma que sorprende y emociona en un pájaro. Siempre pegados sus cuerpos en el mismo palo, se cuidan, se limpian y se miman el uno al otro por toda la vida. Por ello, también se los llama los pájaros inseparables, son una de las especies animales monógamas por naturaleza.

 Las personas no somos monógamas por naturaleza, la razón por la que traes a colación aquí esta pequeña viñeta es para subrayar la importancia de la pareja en el último tramo de la existencia. Aquel en que los hijos se van, la actividad profesional mengua, o desaparece, al igual que las actividades deportivas, y la movilidad te va atando a los alrededores de tu casa.

 Quedan los amigos, es cierto, y algunas aficiones, que han de mantenerse mientras el cuerpo aguante. Pero tu núcleo vital queda concentrado en ti mismo y en tu pareja si la tienes. Saber tejer con ella una serie de complicidades, de rutinas satisfactorias, de alianzas para lidiar con las limitaciones y con el tiempo, que es una pendiente siempre en descenso que os lleva irremisiblemente al último callejón sin salida, debería ser asignatura obligada en la academia de la vida.

 Hay muchos tipos de pareja, además de este tipo tradicional, al que tú llamas modo agaporni. Hoy en día, hay casi tantas variantes como parejas. Lo cual a ti no te parece mal, si los miembros lo desean así y ambos encuentran recompensa en esa relación. Inclusive parejas a tiempo parcial, o no convivientes, o abiertas. Lo importante es el vínculo preferencial de compañía de cordada, de ayuda mutua y de satisfacción cada uno con la presencia del otro. 

 La naturaleza empuja a que la efervescencia de los encuentros de amor erótico/ sexuales se vaya espaciando, aunque no tienen por qué desaparecer, también aquí se puede gozar de una serie de variantes en las que acomodarse para disfrutar de esta comunicación esencial y única entre la pareja. Pero sí es cierto que la amistad, el cariño, la complicidad de toda una vida juntos se convierte en la argamasa principal para no solo sortear, sino para seguir disfrutando del último tranco de la vida. 

 ¿Y qué hacer para que todo esto suceda en tu pareja cuando llegas a esta tercera o casi cuarta edad? Para empezar, como contestaría el niño sabiondo de la clase, lo primero, sería conservarla, claro. Eso ya sería un buen síntoma de la salud de vuestra pareja. Tú añadirías que, como en todo, unas cosas vienen a continuación y, además, generalmente son consecuencia de otras previas. Quiere decirse que hay que prepararse para ello. Ser consciente de la fase vital en la que estamos y lo que nos va a suceder después de esta. E ir tomando las medidas adecuadas para ello, claro.

 Afortunadamente, tenemos la suerte de recordar el camino que siguieron nuestros padres al que abocaremos nosotros dentro de poco y un montón de ejemplos de amigos, conocidos o, inclusive, personas anónimas del barrio, como la pareja de viejecitos agapornis, para saber lo que nos espera. De nosotros, de nuestra dedicación e inteligencia dependerá en buen grado conseguirlo.

 Tú miras a los agapornis. Y piensas en la gran inteligencia que deben de tener para un cerebro tan pequeño. Y te acuerdas de lo que te decía tu padre. “A veces, cuando no tienes dónde mirar, miras a los animales y te contestan muchas de tus preguntas”.  





Sí, quizá no tengamos que inventarlo todo.
A veces basta con mirar a los animales.

Tal vez por eso, los agapornis han terminado siendo símbolo de ese último tramo compartido: el de la compañía más allá del deseo.

Al final, no se trata de permanecer juntos cuando todo va bien, sino de aprender a seguir en el mismo palo cuando el equilibrio empieza a fallar.

Hay una estupenda canción de Adele que lo dice muy bien: "To make you feel my love" ("Para hacerte sentir a ti mi amor")

https://www.youtube.com/watch?v=4lK2eAGJvho

Quizá el amor en esta etapa ya no tenga que ver con promesas, sino con presencia. Día, a día. Contar con alguien que, cuando caiga la noche, siga ahí para secarte las lágrimas.


Hay también una preciosa canción pop española de los inicios de Miguel Bosé, él ahora que es mayor dice que es su canción más bonita, la mejor del mundo llega a afirmar. Ahí va:

TE AMARÉ: https://www.youtube.com/watch?v=8hKgyX86b-8&t=9s

"Te amaré, te amaré / a golpe de recuerdos /

Te amaré, te amaré / hasta el último momento.

Está bien prometer amor pero, tal vez este, con los años, ya no tenga que ver con promesas, sino con la decisión silenciosa de seguir estando a su lado.

Sí…  ese amor que emerge como una belleza tranquila que no promete fuegos artificiales, sino compañía cuando estos se apagan.  Tal por eso no dejamos de mirar a los agapornis, para que nunca olvidemos su secreto de vivir juntos toda una vida en el mismo palo.

jueves, 19 de febrero de 2026

HÉROES ACTUALES. (Para el proyecto "Destellos")

 


Ayer me llamó Ángel Custodio, uno de los protagonistas de nuestro documental "Tiempos de soledad", que dirigí en 2024. Tiene el mérito, enorme, de haber salido de la calle tras haberse convertido en un "sin techo", por un fracaso empresarial que lo dejó arruinado y endeudado  hasta las trancas con familiares y amigos. 

Lo perdió todo, su empresa, su casa, su mujer, hay un dicho que sentencia: "Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana" y no perdió la vida, intentó ahorcarse sin éxito final, porque Dios no quiso. Nunca mejor dicho, lo tenía reservado para algo muy especial: ayudar a salir de la calle a otros "sin techo" como él. 

Él lo consiguió escribiendo un libro entrañable y auténtico, "Salir de la calle". Lo imprimió como pudo y empezó a venderlo en una esquina de la Plaza de Manuel Becerra, qué casualidad, el barrio donde yo viví cuando mi familia emigró a Madrid a finales de los sesenta. El boca a boca y su enorme tesón han hecho de esta obra un auténtico best seller, aunque no figure en las listas de ventas. Se ha recorrido España entera con él en la mochila. Y se ha convertido en una figura mediática y carismática, al que entrevistan los periódicos importantes como El Mundo o las televisiones como Antena 3 en sus programas estrella.

Yo lo conocí de una manera casual cuando me documentaba para mi primera obra como director. Fue en la Plaza de Ópera, donde todos los lunes a las nueve de la noche, algunas ONG´s como "Granito a granito", repartían bocadillos a todos los "sin techo" que se acercaran por allí. Llevaba su libro en la mano y me interesé por él. Nunca olvidaré la fuerza de su mirada, su entusiasmo, su alegría, que te inundaban por dentro.

Fue uno de los protagonistas  del documental, claro. Luego, asistí a algunas charlas suyas y quise que participara en una película sobre la soledad que estábamos preparando que, al final, lo sentí mucho, no salió.

Pero, sí salió él de la calle, primero para vivir de  incógnito en un trastero, luego ha recuperado su vida, no la de antes sino una mucho más feliz, como él dice. Recuerdo cuando fuimos a rodarle allí dentro, en aquellos seis o siete metros cuadrados.

"Vamos, pero a la hora de comer, que el portero no está". "Nadie en la casa sabe que vivo allí." "Voy a meterme cuando todos duermen y con el miedo en el cuerpo".

No he visto en mi vida, vivienda, por decirlo así, amueblada con tanto cariño ni aprovechada hasta el último centímetro de la misma.

Destina una parte de las ventas de su libro a ayudar a otros "sin techo" a salir también de la calle. Él lo logró. Pocos lo consiguen. Acaban alcoholizados y dementes muchos de ellos. Y con una esperanza de vida veinte o treinta años menos que la media. La suya es una misión encomiable.

Sí, Ángel Custodio causa admiración. Tiene mucho mérito lo que hace. Yo busqué los originales de su entrevista (en el documental, por la extensión del mismo, se comprimió) y en unas horas hice con mis herramientas de edición casera un documental para él. Para que le sirva para difundir su mensaje: "Se puede, se puede", no deja de repetir.

Hemos quedado en vernos, para ponernos al día. Aunque yo ya lo estoy en gran medida. Sus noticias me llegan por las redes, por todos los lados, y me llenan de alegría . "Se puede, se puede". "Venirse abajo no es una opción", sigue insistiendo una y otra vez.

Esas inyecciones de optimismo, de autoestima, podéis encontrarlas en su libro, os vendrán, como a mí, muy bien. Os lo aseguro. 

"SALIR DE LA CALLE". Pedírselo por whatsapp al 642705668. Os los remite por correo certificado.





Y aquí está su entrevista en mi nuevo canal de YOU TUBE (si lo deseáis os podéis suscribir a él):  https://youtu.be/24SXNQ45Q6U

miércoles, 18 de febrero de 2026

ESTRELLAS (Para el proyecto "Destellos")


 

Cuando éramos pequeños, nos subíamos de noche al carro de heno y mirábamos las estrellas. Y yo te hablaba de mis proyectos de conocer mundo, de cruzar todos los mares.

 

Entre viaje y viaje, me paré y te pregunté: «¿Y tú?».

 

«A mí me gustaría estar así siempre, siempre», musitaste.

 

Pero yo estaba ya enfrascado en otro continente.

 

Hoy miro por estribor el rizado de las aguas con su movimiento eterno y, quién sabe por qué, me acuerdo del carro de heno y de lo más bonito que me dijeron nunca.




Vídeo sugerido: OLTRE LE RIVE. ZUCCHERO

 https://www.youtube.com/watch?v=0J4EEQTGjjw


Esta maravilla de canción tiene en su letra una estrofa que dice: 


He vagado sin rumbo ni destino / hasta el final del arcoíris /en noches empapadas de vino / hasta escuchar mi propia voz de niño.




       Sí, ya tengo decidido, el orden de mis trabajos literarios de este año. Empezaré mi novela anual y, cuando me apetezca, escribiré para "Destellos": un libro de literatura y cine. Un homenaje que me doy a mí mismo, disfrutaré buscando las imágenes y las literaturas más adecuadas para cada texto, que a mí me han emocionado en el tiempo.

      Con permiso del cine, claro, que también llama a mi puerta, aunque aún no tiene calendario, la semana que viene tenemos reunión para hablar de ello.

      Un capítulo de "Destellos" en el que estoy pensando sería: "Memoria del tiempo que se fue". Como arriba, sería una entrada del mismo.

Y una novela para que te solaces con tu memoria.

Novela MEMORIAS DEL SAUCE CURVO: ¡Recuerda y emociónate

.UNA NOVELA PARA AQUELLAS PERSONAS A LAS QUE LES IMPORTA DÓNDE NACIERON Y QUIÉNES LAS AMARON.
https://amzn.to/3hBuNkx
     .Ahora también en inglés.
 .A novel for those who care about where they were born and who love them.

https://shorturl.at/Vl8nv








sábado, 14 de febrero de 2026

UN SAN VALENTÍN CERCANO Y PROTECTOR (para el proyecto "Destellos")

 



Una vez, de novios, hace, no sé, casi cuarenta años, me llevaste a ver a San Valentín. Había nacido cerca de tu pueblo, en las Hoces del Duratón. Fuimos a la ermita donde está enterrado, en una pequeña isla en medio del río, junto a San Frutos.
Allí nos presentamos los dos, con nuestro amor. Buscábamos protección, qué se yo, esas cosas intangibles que uno quiere tener cerca para que su amor dure toda una vida. Pase lo que pase.
Hace unos meses, unos amigos nos llevaron por primera vez a la romería del Rosario, del Villar de Sobrepeña, al lado del Duratón también. Allí, en una ermita doméstica y entrañable, me acordé de aquel lejano día y quise captar ese recuerdo. Soy un desastre, me había dejado el móvil en Madrid. Así que tuve que pedirte el tuyo. Con él te tomé unos planos improvisados, mientras que el cura nos animaba a que pidiéramos lo que más quisiéramos a la Virgen del Rosario.
Mientras grababa, me di cuenta. Tenías la misma sonrisa que en aquel lejano día ante San Valentín. Nuestro santo había hecho su trabajo y había mantenido en nosotros la esencia de aquel amor primigenio. Sólo le pedí a la Virgen que siguiera haciéndolo. Que continuara la obra de San Valentín: seguir cuidando de tu sonrisa. Y que yo supiera alimentarla para que nunca la perdieras, como no lo habías hecho en todo aquel tiempo. Los santos hacen milagros que a los humanos nos sobrepasan.
Yo solo puedo contarlo: busqué aquellas imágenes de aquel tiempo de San Valentín y las mezclé con estas otras de la romería del Rosario. Casi cuarenta años entre ambas. Toda una vida. Sí, toda una vida juntos. Aunque el mérito no sea solo mío, sino de San Valentín. O del Duratón y sus secretos, qué se yo. ¡Y qué más me da a mí, me digo en mi interior! Aquí continuamos, los dos juntos, tras todo ese tiempo, que es lo importante.
Brindo hoy para que sigamos muchas décadas más. Uno al lado del otro, siempre. Sí, nada me gustaría más. ¡Porque así sea!
VIDEOCLIP “CUIDALE SU SONRISA”: https://youtu.be/NeFRk5QYSY4


martes, 10 de febrero de 2026

EL ÚLTIMO MERIDIANO

 





EL ÚLTIMO MERIDIANO

Afirmaba Confucio que se tienen dos vidas, y que la segunda empieza cuando te das cuenta de que solo tienes una. Muchas veces ese momento no llega hasta la vejez, donde reparas en el poco tiempo que te queda, donde el paisaje se despeja de tantos trampantojos que la vida superficial y falsa de hoy ha puesto delante de ti como liebres saltarinas a las que no dejas de perseguir y que te apartan de cualquier otra meditación sobre el sentido de nuestra existencia.
Dicen que la vejez es un regreso a la infancia. Y, con matices, estoy totalmente de acuerdo. Las une una forma de vivir donde solo reina, en verdad, el presente.
La vejez no se entiende sin jubilación. Y la jubilación supone bajarse del carro de la ansiedad, de la competitividad, del deseo por progresar a toda costa. Sí, la edad adulta es la edad del deseo y, por tanto, de la frustración, del sufrimiento, salvo cuatro momentos eufóricos por haber alcanzado esas metas volantes que rápidamente sustituyes por otras que están más allá, es la edad de la postergación del presente a la espera de conseguir ese futuro soñado.
Dice Navak Ravikant, estoy leyendo un libro de sus pensamientos que me encanta, que la falta de deseo lleva a la paz. Y que de esta brota la felicidad, porque en ese momento tus sentidos solo se dedican a percibir, a absorber todos los rayos luminosos que nos ofrece ese presente que se despliega como nunca a nuestros ojos.
Ojo, no seré yo, el que reniegue de todo lo conseguido por el hombre. En muchos aspectos vivimos mucho mejor que nunca. Y todos tenemos un compromiso social con nuestros semejantes: hemos de procurarles a ellos, y a nosotros mismos, mejor salud, más seguridad, mayor formación, etc. Y eso solo lo da ese trabajo esforzado y constante que realizamos durante la edad adulta.
Digamos que en la infancia creces y te preparas, en la edad adulta rindes y aportas valor a la sociedad que te rodea. En la vejez, te repliegas sobre ti mismo y te dedicas a saborear lo conseguido, a disfrutar de tu presente de una forma pacífica y relajada.
Ojalá en la adultez tuviéramos también algo de ese espacio para nosotros, lejos del ajetreo y la ansiedad por hacer y hacer. Decía Pascal que el secreto de la felicidad es saber estar media hora en tu habitación sin hacer nada. Sin morirte de ansiedad o aburrimiento. Sino solo disfrutando de tu presencia y escuchando el latido de tu corazón.
Ojalá en la vejez todo el mundo encontrara asimismo algo de esa actividad con la que completar esa maravillosa actitud contemplativa y reflexiva de la existencia. Una actividad no obligada, sin horarios y sin premios materiales, sino elegida solo porque te gusta, porque te divierte, porque crees que eres bueno en ella y disfrutas haciéndola y ofreciéndola a los demás, por si les sirve de algo.
El otro día fue mi cumpleaños, me cayeron 69 del ala. Aprovecho para daros las gracias por vuestras innumerables felicitaciones. Me di cuenta que estaba ya cruzando el último meridiano. Pero todavía disfruto en compañía de mi familia. Y haciendo lo que me gusta: escribir y ayudar a producir películas.
Y me acordé también de aquella canción entrañable de Ketama: “No estamos locos”.
Su letra dice así: No estamos locos/ que sabemos lo que queremos / vive la vida igual que si fuera un sueño…
Ojalá, jóvenes y mayores, no lo olvidemos nunca. Creo que viviríamos aún mucho mejor.


FOTO: Con Antonio Carmona, líder de Ketama, en el aeropuerto de Barajas, en una época en que viajaba mucho por motivos de trabajo, persiguiendo liebres saltarinas.


Y dos vídeos de recuerdo para este diario literario y personal, por unos días. Me quedo con las palabras finales de mi chica: "¡¡Viva la fiesta, viva la vida y vivamos nosotros!!" Porque así sea, durante muchos años.


CUMPLE DE MI MUSA: https://youtu.be/2ik1cDmyIXM

Nuestro restaurante fetiche estaba cerrado y repartimos suerte en otros dos, uno más sencillo y ruidoso, el otro, más elegante y tranquilo. Variado. Como la vida misma.

domingo, 8 de febrero de 2026

ANDANDO FEBRERO

 



¡Cómo pasa el tiempo! Levanto mi cabeza un momento de la bicicleta mientras pedaleo y me doy cuenta de que ya está bien entrado este mes tan corto.

Pasó mi cumpleaños, entrañable como siempre, con mi hijo Guillermo conectado desde Filadelfia por vídeo, en el que recibí unos regalos muy especiales, se ve que mi familia me conoce bien: una copa para un buen vino, que no falte el chocolate, me encanta, y la música, que me emociona sobremanera: entradas para ver el musical Los miserables con mi wife. Y otras cosas más intangibles que quedan en mi interior. Así que vamos con ganas a por este 2026, que ya está inscrito también en mi calendario particular.

Y vuelve el cine: tuve mi reunión con la productora habitual y hay dos proyectos en los que tengo mucho interés y voy a participar:
-un cortometraje para una fundación conocida de Madrid que apoya a las personas mayores. (Me pregunto si ya me incluyen a mí en este colectivo y por ello me involucran en él).
–Un documental de investigación sobre los problemas mentales de nuestro tiempo y sus posibles remedios, que servirá de base para una película sobre este tema.

Sí, regreso al cine. En un año ya cargado en exceso con dos proyectos literarios complejos que me van a exigir el do de pecho. Como digo, los hay que hemos nacido para pringar y, otros, que han nacido para holgar. En fin, y uno es feliz así. ¡Pues entonces, no te quejes, que diría el otro! Así, que ¡a trabajar!

Y esta tarde nos vamos a la agencia de viajes a ver si concretamos la visita a Filadelfia para ver a nuestro retoño. Un viaje en el horizonte me recarga las pilas y me llena de ilusión para continuar pedaleando en estos proyectos.

Para despedirme, os dejo con esta palabra: Sexalescencia. Que no tiene nada que ver con el sexo, ¿eh?, bueno, o sí, como todo. Sino con esta etapa que nos toca vivir a los de mi generación de sexagenarios. Pues bien, sexalescencia es la nueva denominación de esta etapa de los 60/70, que tiene que ver con la adolescencia, de ahí su nombre, ese tránsito entre la infancia y la juventud. A nosotros nos consideran ahora adolescentes también, porque transitamos desde la madurez a la vejez: muchos cambios físicos, hormonales, mentales, en fin, que Dios nos coja confesados. Yo, con lo que me quedo es con que hay que aprovechar el tiempo, que todo se acaba: en lo que va de año ya han caído cuatro personas de mi entorno y todas ellas en sus mediados setenta. Es decir, terminando su sexalescencia. Un aviso a los navegantes que surcamos esos cercanos mares.






viernes, 6 de febrero de 2026

LA PRIMERA NOVIA

 

LA PRIMERA NOVIA

            Mi pandilla y yo vivíamos entonces en la época de imitación de los mayores. Todo lo que veíamos lo copiábamos al instante, con el afán de experimentar en nosotros mismos aquellas sensaciones tan difusas y tan extrañas en las que debía consistir ser mayor, que era algo tan deseado y, al mismo tiempo, tan lejano para nosotros.
      Bebíamos a escondidas, fumábamos, nos peleábamos como ellos, jugábamos a sus juegos, sobre todo a las cartas con dinero, aunque en menores cantidades por supuesto, y menospreciábamos e ignorábamos, como hacían ellos, a los más pequeños que nosotros, claro.
       Pero en los temas amorosos no pasábamos todavía de la fase de observación de lo que hacían los mayores.
       Íbamos al baile del Callejón del Horno y clasificábamos a las parejas por la intensidad con la que bailaban, como ya expliqué. Y, cuando detectábamos a unos tortolitos, los torturábamos con ahínco.
      Lo más frecuente era pasar a su lado mientras les tirábamos “pegotes”, que eran unas bolas llenas de suaves pinchos provenientes de una planta común, parecida al cardo, que crecía por los caminos. Se pegaban, particularmente bien, en prendas de lana, muy habituales en otoño y en invierno.
      Los miembros de la acaramelada pareja, concentrados sin duda en los cálidos sentimientos que experimentaban sus cuerpos y sus corazones, ni lo notaban. Cuando acababan de bailar tenían las espaldas y el culo lleno de bolas. A veces no se daban cuenta hasta que hacían un descanso en el baile y se sentaban en alguno de los bancos y sillas que había alrededor del salón. Ahí sí que los sentían, claro.
      Entonces, el chico, aparentemente enfadado, miraba por los alrededores y amagaba como que se levantaba a perseguirnos,  mientras exclamaba.
     - ¡Malditos críos!  
      Aunque en el fondo, tanto la chica, aunque ella de pronto se escandalizara, como el chico, estuvieran orgullosos de haber sido elegidos por los críos como los más efusivos de la noche. Luego, se iban discretamente a un rincón y se quitaban el uno al otro, los pegotes de sus cuerpos, como el pago de un precio mínimo que debían efectuar tras el disfrute de un rato tan agradable bailando ambos tan  juntitos.
      Recuerdo a  una pareja particularmente embobada y hasta transfigurada que no se hubiera desenlazado ni aunque hubieran empezado a tañer las campanas, que estaban allí al lado, avisando que venía la aviación a bombardear el pueblo.
      A estos les llenamos los bolsillos de pequeñas piedras y guijarros. Al chico los dos bolsillos de la chaqueta, con medio quilo de piedras cada uno y a la chica los dos bolsillitos de su rebeca azul, que acabaron reventados por el peso. ¡Pues nada, ni por esas! Acabaron casándose al poco, claro. Supongo que para dejar de estar abrasados por aquella pasión tan absorbente como placentera.
      Para los casos más peliagudos teníamos al pequeño Agus. Le llamábamos el pequeño Agus, pero no porque fuera pequeño de edad, tendría sus ocho o nueve añitos como nosotros, sino porque en un momento determinado su organismo decidió no crecer y se quedó convertido en un auténtico tapón. Hasta que sus padres, muy preocupados, acabaron llevándolo a Guadalajara a que lo examinaran a fondo y le recetaron unas vitaminas con las que, unos años más tarde, consiguió despegar un poco.
      Pues bien, el pequeño Agus, aprovechando su estatura, era el experto en lo que denominábamos “el restregón”.  Lo mandábamos por los rincones donde recalaban las parejas particularmente enceladas y allí con una pequeña linterna las examinaba de cintura para abajo.
      Cuando detectaba las manchas típicas del “restregón” venía  todo alborozado a contárnoslo, sobre todo porque tampoco eran tan frecuentes como nosotros hubiéramos deseado.
       Entonces ejecutábamos nuestra estrategia, diseñada para estos casos, que era tan terrible como la que hubieran utilizado los más abyectos inquisidores.
      Desenrollábamos nuestro pequeño cartel y luego le pegábamos por las esquinas unos trozos de celo.
      A continuación, teniendo ya perfectamente identificada a la pareja infractora, les colgábamos el cartel en la espalda. A ser posible en la espalda de ambos, con un letrero cada uno, porque considerábamos culpables a los dos.  Aunque, puestos a elegir, más a la chica que, quién sabía por qué, concentraba siempre todas las culpas de aquella educación un tanto machista que era no poco infrecuente entonces.
        Les solíamos poner: “ ¡Guarros!”, “Cerdos”, o lindezas similares.
        Entonces, cuando se daban cuenta, la chica iba corriendo al perchero a ponerse el abrigo y ocultar las evidencias y el chico montaba en cólera y nos perseguía por el salón hasta que nosotros alcanzábamos la puerta y huíamos a toda velocidad para llegar a la fuente  y  rememorar allí, una y otra vez, nuestra hazaña.
     El pobre Agus que era, por su estatura, el que menos corría, sufría a veces las iras del mozo, que le alcanzaba y plantaba al pobre un par de tortas que le dejaban la cara calentita para toda la noche. Nosotros lo consolábamos cuando se reunía con nosotros en la fuente y lo coronábamos como héroe del “restregón”, sin que muchos de nosotros supiéramos, a ciencia cierta, en qué consistía aquel bochornoso espectáculo de las manchas.
      Con las chicas de nuestra edad, sin embargo, nos cortábamos como la leche con el vinagre y éramos, la mayor parte de las veces, todo lo contrario a héroes resueltos y decididos. A veces nos íbamos a jugar con ellas, pero todos sus juegos acababan en secretos,  risitas y cuchicheos y nosotros entonces nos sentíamos nerviosos y un tanto desorientados y siempre terminábamos tirándoles algo: agua, pegotes, arroz y similares para aliviar aquella tensión que sufríamos y sacudirnos de encima aquel complejo de inferioridad y de inexperiencia que, de una manera envolvente y difusa, experimentábamos a su lado.
     Sí,  una cosa eran las heroicidades de la pandilla  en grupo y otra, muy distinta, lidiar con aquellos incipientes sentimientos amorosos que empezaban a embargarnos en presencia de aquellas damas diminutas y, también, con los procesos de emulación de lo que veíamos, o intuíamos que hacían los chicos mayores con las personas del otro sexo.
      Además el ruido ambiente, o la rumorología, o el chismorreo, o las ganas de liarnos, o quién sabía qué, no hacía nada más que complicarlo todo, atenazándonos todavía más en la incapacidad de expresar aquellos incipientes balbuceos amorosos.
      Recuerdo muy bien la primera novia que tuve, a nivel de rumor, claro. Se llamaba Consuelito. Y todo fue porque una tarde salí de la escuela  hablando con ella.
      Al día siguiente subí a la plaza a jugar al arrime, juego que consistía en lanzar una moneda o una chapa contra una pared y tratar de quedar lo más cerca posible de la misma. Nosotros, en la plaza, jugábamos contra el frontón, que era la pared por excelencia.
      Estaban por allí Julián, mis primos Jesulín, Ricardo y Javierito, Angelín el hijo del carpintero,  el pequeño Agus y también el pecoso Chema, junto con su primo, el  otro tanto pecoso y rubiato Bertín que, últimamente, se unía bastante a nuestro grupo.
     Me alegré mucho de verlos, de hecho esperaba encontrarlos por allí.
    - Qué, ¿jugamos al arrime? – dije, a modo de saludo,  sacando del bolsillo mis chapas.
     Pero noté algo extraño. El pequeño Agus se empezó a reír con aquella risilla nerviosa que tenía, tapándose la boca con la mano. Y Jesulín empezó a mirar a lo alto, casi al campanario, huyendo su mirada de la mía.
     Entonces supe que tenía que mirar en dirección contraria a la de mi primo Jesulín, es decir, al frontón. Seguro que allí había escrito algo. Algo sobre mí, claro. Porque el frontón era como la gacetilla del pueblo, donde se recogían todos los rumores o seudo rumores que  se producían, sobre todo entre los chicos y los jóvenes.
     Y, efectivamente, allí estaba: “Consuelito y Germán son novios”.



      Inclusive vi, tirado en el suelo, el trozo de yeso blanco, con el que el gracioso de turno había escrito en la pared del frontón.
     - ¿Habéis visto quién lo ha hecho? – les pregunté, sobre todo mirando a mi primo Jesulín, pero no a los ojos, claro, porque me los huía permanentemente.
      - Nosotros, no – dijo Agus con aquel plural que quería representar a todos, porque, desde luego, el pequeño Agus, Papa no era.
       Entonces, ante el persistente silencio del resto, me acerqué al frontón y con el mismo trozo de yeso, borré lo que estaba escrito.
       Por fin Jesulín habló.
      - Germán, pues es una chica muy maja.
       Entonces me lancé sobre él con una furia desmedida. Menos mal que estaban mis otros dos primos y nos separaron.
      Jesulín se puso condescendiente.
      -Bueno, bueno, Germán, olvidemos el asunto. Qué,  ¿jugamos al arrime,…?  Pero con la pelota.
       Yo estaba que me subía por las paredes. Como aquel rumor se consolidara iba listo. Además, con lo tímido que me sabía que era, iba a sufrir lo indecible.
       Así que estuve de acuerdo en empezar rápidamente a jugar y desviar la atención de todo aquello.
       El arrime con la pelota consistía en hacer unos hoyos en el suelo, junto al frontón. Uno por cada jugador y luego tratar de embocar desde una distancia de unos diez metros una pelota de goma, cada jugador en su hoyo.
      El juego no tenía complicación. Pero el que perdía tenía una penitencia dolorosa.
     Yo era bastante bueno y embocaba con facilidad. Pero aquel día estaba desconcentrado al máximo y no daba pie con bola, nunca mejor dicho. Así que quedé inclusive por detrás del pequeño Agus, que era un desastre y siempre perdía.
     Bertín me señaló con el dedo.
     - Germán, ¡a la pared!
     El que perdía debía ponerse, apoyado de espaldas contra el frontón, con los brazos en cruz. El resto de los jugadores tenían que lanzar la pelota y tratar de darle en alguna de las dos palmas de las manos.
     Tenían tres intentos, si fallaban, sustituían después al penado. La verdad es que había algunos malos lanzadores y donde te daban era en la cara y en sitios peores.
     Yo me puse  de espaldas contra el frontón con los brazos abiertos.
     - ¡A ver la puntería que tenéis, sobre todo tú, Agus! – les dije.
     Entonces Agus se preparó a la distancia convenida.
     Con lo pequeño que era lanzaba la bola con todas sus fuerzas para compensar su baja estatura.
     La pelota, lejos de alcanzar mis manos, que probablemente estaban  muy altas para él, me dio en la entrepierna. Sentí un dolor intenso y mareante y caí de rodillas en el suelo.
      Entonces fue cuando oí la voz de Consuelito que pasaba por allí con su hermana.
     - ¡ A ver, brutos! ¡ Dejad a Germán ya, que vais a matarlo!
     Y se acercó a donde yo estaba con su hermana pequeña.
     Los chicos se quedaron pasmados. Aunque mucho menos que yo, que no sabía qué hacer, ni qué decir.
     - ¿Te encuentras bien Germán? ¿Quieres que te acompañe a tu casa?
     - No, no, Consuelito. Estoy bien. Ya sabes que es solo un juego
     Así que me levanté como si no hubiera pasado nada, aunque aquello me dolía la repera.
      - Adiós, Consuelito – le dije, acompañando mi voz con un gesto de que se retirara – Vamos a seguir jugando. Adiós – volví  a repetir, deseando que se esfumara como por arte de magia.
       Afortunadamente su hermana pequeña vino en mi ayuda.
      - Sí, vámonos, Consuelito, que  si no llegaremos tarde.
      Todavía no había desaparecido Consuelito por la esquina, cuando se oyó la risita de mi primo Jesulín.
       - Oh, amor, ¿te han hecho daño estos brutos?
     Entonces me lancé sobre él y lo tiré al suelo, lleno de una furia inconmensurable.  Allí le borré a golpes aquella risa de mofa. O, tal vez,  hubiera en ella también de algo de  envidia.
      Mi primo tampoco se defendía mucho y capeaba el temporal como podía.
      Nos separaron de nuevo, y el juego se acabó entonces de forma radical, sin reanudación posible. Pero aquello de “Consuelito y Germán son novios” volvió a aparecer  no solo en el frontón, sino también en el Chorlite y en el lavadero.
     A mí, Consuelito no me caía mal.  Inclusive hubiéramos sido buenos amigos si no hubiera ocurrido aquello. Pero, a partir de entonces, cuando la veía me entraba una timidez paralizante. A veces me la encontraba por la calle y  cambiaba de dirección con tal de no cruzarme con ella.
     Y peor era cuando empezaba el choteo de los chicos de la pandilla.
     - Mira, Germán, por ahí va tu novia. Hoy lleva unas trenzas muy bonitas.
     Sin que yo supiera entonces definirlo, hoy  calificaría a todo aquello como una presión mediática asfixiante.
      Yo lo pasaba realmente mal. Y creo que Consuelito, también.
      Un día Jesulín, que notaba que el tema se estaba pasando de castaño oscuro y me veía sufrir, se me acercó y me dijo.
      - Germán, tenemos que buscar a otros novios, para que dejen de fijarse en vosotros.
       La verdad es que Jesulín tenía también a veces buenas ideas.  Prácticas y resolutivas. Aunque de mayor me confesó que, en aquella ocasión, solo lo hizo porque tenía miedo de que al final Consuelito me separara de él.
      Así que no se nos ocurrió mejor idea que “liar” al pecoso Bertín con Sagi, la aguerrida lideresa de las chicas. Y lo que son las cosas, a Sagi no parecía disgustarle la idea pero, al atrevido Bertín le dio tal síncope, que empezó a recluirse en su barrio del Chorlite y no bajaba a la plaza ni por asomo.
       Lo cierto es que la presión sobre Consuelito y sobre mí bajó notablemente, aunque a Bertín se le veía al hombre, por el contrario, totalmente apesadumbrado. Con su nombre en todas las paredes. La verdad es que Jesulín y yo no parábamos de escribir.
      Un día me lo encontré por su barrio y hablamos. Como dos  “expertos novios”.
      - Germán, y tú qué haces. Porque yo, aparte de sufrir estos chismorreos, no sé lo que es ser novios. Me estoy cansando y eso que no he empezado. ¿Y tú cómo lo llevas?
       - Bertín, nosotros ya no somos novios, ni siquiera estamos ya en las paredes.  Lo hemos dejado – últimamente mentía con una naturalidad extraordinaria –   Pero, bueno, vosotros que sí lo sois debéis empezar como todo el mundo, con los besos y todo eso.
       - Sí, así en frío parece fácil. Pero luego, yo es que veo a Sagi y se me caen los pantalones. Del susto, quiero decir. Y eso que lo ensayo todas las noches para proponérselo al día siguiente. Pero por la mañana me entra el canguelo y sé que tampoco se lo voy a decir.
        Sí, no era fácil. Ni siquiera para Bertín, que tenía un aplomo y un arrojo fuera de lo común.
         Jesulín y yo dejamos de pintar su nombre en las paredes y, poco a poco, empezó Bertín a aparecer otra vez por la plaza, tan serio y aplomado como siempre.

        Un día, pasado ya algún tiempo, me encontré con Consuelito en la fuente. Íbamos cada uno con nuestro botijo. Aquel día me encontraba relajado y tampoco veía a testigos no deseados a mi alrededor que me cohibieran. Así que no huí de ella como en otras ocasiones.
        Llenamos cada uno nuestro botijo en los caños y luego nos quedamos uno frente a otro mirándonos.
       Yo no sabía qué decir. Así que solté lo primero que me vino a la mente.
       - Esta fuente la hizo mi bisabuelo, siendo alcalde. Mira.
       Y le enseñé la leyenda que había escrita al lado de la puerta del depósito del agua. Allí figuraba el nombre de mi bisabuelo y la fecha: 02-05-1911.
        Ella leyó en silencio aquellas letras. Nos habíamos quedado juntos, al resguardo de la pared del depósito del agua.
       - Yo creo que ya no somos novios, ¿verdad? – me dijo mirando al suelo.
        - Bueno, pero lo fuimos – le dije, sorprendiéndome de haberlo dicho.
         Entonces extendió una de sus manos y se la llevó al pelo. Cogió una horquilla  y me la dio.
         -Para que tengas un recuerdo mío.
         Yo no tenía nada que regalarle.
         Entonces me decidí dando un paso de gigante.
          - Yo te regalo esto – y me acerqué y le di un beso en la mejilla.
          Ella se dio la vuelta y, mientras se agachaba a coger el botijo, la oí.
          - Gracias, Germán.
           La vi marcharse por el camino, mientras recordaba aquellas dos palabras mágicas que me había dicho y me pareció la niña más bonita del mundo.
           Ahora que ya no éramos novios hasta me apetecía que lo fuéramos.
           Apenas tuvimos la oportunidad de volver a vernos. Sus padres se marcharon a Barcelona, como otros más de los emigrantes pioneros que, por aquel entonces,  se decidían a abandonar el pueblo, buscando nuevos horizontes.

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