martes, 24 de febrero de 2026

QUEDARÁ LA MÚSICA

 

Esta mañana no he escrito una letra. Tengo todos los martes un desayuno, que se alarga casi dos horas, con media adocena de amigos, que fuimos compañeros de trabajo durante muchos años y que llevamos otros tantos, más de una quincena ya, viéndonos una vez a la semana, ya no para recordar cosas, que nos las tenemos ya muy contadas, sino simplemente para pasar un buen rato en buena compañía. Nada más.

Como apenas me muevo, aprovecho para ir y venir andando, hora y cuarto en total. Así que, tras dedicar un tiempo a mi mujer y a mi hija, que hoy teletrabaja y ha venido a visitarnos, se me ha ido la mañana en un tris, luego, la comida, mis diez minutitos de siesta y, por fin, me pongo aquí frente al teclado.

Hoy postergo mi novela y me meto de lleno en "Destellos". Este capítulo podría ser una segunda parte de "Agapornis", pero creo que merece uno entero para él.  Ahí va:


QUEDARÁ LA MÚSICA

     Después de cenar íbamos a dar un paseo cuando nos embargó el sonido de la música. Nos llegó reverberando entre las columnas, los espejos, el murmullo de la gente deambulando por el lobby del hotel.

 

Era una música en vivo y, mientras saboreábamos un par de combinados, tú observabas a las parejas que bailaban. En esa noche de alegría, de despreocupación, de vacaciones. Y me apretabas el brazo, como sé que lo haces cuando estás contenta.

 

La orquesta, quién sabe por qué, me recordó de golpe a la del Titanic. Dentro de no muchos años no quedaría nadie de los que allí estábamos. Dónde iría toda aquella alegría, la complicidad de los cuerpos, las caricias y los besos de todas aquellas parejas, que continuarían, luego, mucho más apasionadas, sin duda, al otro lado de las puertas de las habitaciones. Todo aquel barco se estaba yendo ya a pique, escorándose lentamente hacia el abismo. Los únicos cuerdos debían ser los músicos de la orquesta que tocaban «El último vals» y nunca abandonarían la nave. Estoicos y escépticos, mientras les llegaba el agua a la rodilla.

 

Sí, sólo quedaría la música de aquella noche en el recuerdo submarino de todos nosotros, pasadas unas décadas. En el silencio eterno que sólo recorren los peces.

 

Tal vez porque me viste triste, me apretaste el brazo un poco más: «Venga, vamos a bailar».

Sí, al final sólo quedaría la música de aquella noche. La fragancia de tu cuerpo entre mis brazos. Y el susurro de tu aliento en mi oído: «Sabes que te querré eternamente».

 

Entonces me pareció que el músico del violín sonreía. Yo ya lo había visto antes. Aunque dónde, cuándo.

 

A veces, pienso que ya he estado en los sitios, que todo es una repetición de algo ya vivido. Por eso me acerqué al músico del violín: «¿Qué es todo esto?».

 

Él me sonrió de nuevo y se acercó al micrófono: «Y como despedida, esta balada de Celine Lion: “Mi corazón seguirá”».

 

Sí, al final del final sólo quedará la música.

 

    Y las estrofas que un día llenaron nuestro pecho bailarán entonces en las ondas que producen los peces: «El amor puede tocarnos una vez. Y durar toda una vida. Pase lo que pase, mi corazón seguirá…»


      A veces, no sabes por qué, ves a tu pareja, o te ven a ti, llorar de una forma extraña. En una noche llena de alegría, de despreocupación. De vacaciones.




https://www.youtube.com/watch?v=F2RnxZnubCM&t=3s