Acabo de terminar el guion de nuestro documental, ayer me di una verdadera paliza.
Me faltan las preguntas para las entrevistas al equipo de la Fundación, a los voluntarios y a las personas mayores que alguna vez se sintieron solas y encontraron compañía en ellos.
Ah, la soledad… Ayer me llamó precisamente un amigo que se sentía también solo. Ya lo conocemos en este libro, en el capítulo sobre el desamor: ESA PUÑALADA, lo títulé.
Su mujer, que lo abandonó hace un tiempo, quiere volver. Y mi amigo me llama para comentarme que qué opino yo.
Y yo no digo nada. Solo escucho. Porque sé que, en realidad, no busca mi opinión, sino solo hablar, contármelo, desahogarse. Verbalizar todo lo que le está pasando, oírse a sí mismo, y ver, desde fuera, cómo le suena todo, para decidir qué hacer.
Ah, las segundas vueltas. Las segundas oportunidades. El amor es simple, pero en la frontera entre él y su ausencia hay tantas esquinas, tantos recovecos…
Yo he escrito mucho sobre él. Sobre el desamor. El amor a veces vuelve, sí, y otras es mejor que no volviera.
En mi novela “El cazador de la Patagonia”, su protagonista, Isaac, a quien llaman “El mero” (el mejor disparando, en español latinoamericano), quiere salir del mundo de las mafias en el que habita. Ha encontrado una niña abandonada, Alicia, a la que adoptado como suya y ha encontrado a una mujer, guapa y compleja como todas, con las que querría formar una familia cuando todo termine y vuelva a ser una persona normal.
Yo volví junto a Celia. Había llorado todo aquel rato.
–Sólo soy una miserable atrapada entre esos monstruos. Esto es demasiado grande para mí. Pensé que podría sacar algo y me pasé de lista. Esa es la verdad y me importa poco que me creas o no.
De repente, la creí. Y, además, quise creerla.
–¿Tienes a dónde ir, hasta que acabe todo? –le pregunté limpiándole las lágrimas con mi pañuelo.
Ella me lo pidió y se quedó con él.
–No te preocupes por mí. Envíame un mensaje y estaré aquí cuando vuelvas… si es que vuelves.
Entonces me pareció ver a la auténtica Celia: cansada y desvalida. Que, en el fondo, era como yo. Y como Ali. Tres mimbres para hacer un buen cesto. Para crear una familia. Con todo el tiempo por delante. En el futuro.
Me acerqué y le acaricié el rostro.
Ella se arrebujó en mi hombro.
–No hagas eso... –me susurró.
–¿Por qué? –le sonreí con cariño.
–Porque me podría venir abajo... He peleado tanto... sola. No sé si puedo aguantarlo más... necesito… Creo que necesito que alguien por una maldita vez cuide de mí, para variar...
Yo le levanté la cara y me zambullí en aquellos ojos que eran como el mar. Calmos, negros y dulces.
Entonces la besé y ella se derrumbó entre mis brazos, llena de estremecimientos.
Ali, cuando se lo dije, comprendía y asumía, es más me animaba a hacerlo, el que saliera de España después de todo lo que había ocurrido. Y ella se uniría conmigo luego gustosa. Y seríamos una familia. Hasta ahí todo bien. Pero lo que no aguantaba ni por asomo era lo mío con Celia.
–No insistas más Ali. Lo hago porque lo siento así. Ya me entenderás cuando seas mayor– le decía con toda mi capacidad de convicción y de ternura mirándola a los ojos.
Pero ella se ponía como un basilisco. Se enrabietaba y gritaba llena de dolor y de desconsuelo.
–¡Esa! ¡Esa es una zorra! ¡Un putón verbenero! ¡No sé cómo no lo ves!
Eso me decía. Y lindezas semejantes. Pero, cuanto más la oía, más defendía yo en mi interior a Celia. Ali no podía sentir lo que yo había sentido cuando la abrazaba en La Caleta y notaba su total desvalimiento, su fragilidad y su absoluta verdad.
Por eso mismo no necesitaba ya defenderla más ante ella. Porque Alicia no la conocía, o no lo suficiente, y tampoco podía sentir lo que era un amor de verdad. Era muy pequeña para saberlo. Me centraba en hablarle de nuestro futuro juntos.
-–¡No puedo llevarte ahora conmigo Ali, créeme! Vendré a por ti cuando me sienta seguro. Y entonces podremos vivir los tres fenomenal.
Pero ella seguía llena de enfado, de rabia y de frustración.
–¿No ves que no te quiere? ¡Yo no pienso vivir con ésa! ¡Antes me quedo sola! -gritaba entre llantos.
Llegó un momento en que yo desistí de convencerla. Era muy evidente que resultaba imposible que aceptara de buen grado la situación. La de separarnos momentáneamente, quiero decir, y que yo me marchara con Celia. Así que me centré en los aspectos prácticos para que todo quedara lo mejor posible.
–Mira, Ali, aquí en esta bolsa –le dije señalando la de cuero negro– te dejo casi todo el dinero. Acabo de mandarle un mensaje al casero de que mañana le pagarás tres meses por adelantado. Aunque aquí te queda para vivir años… Escucha, ¡Escúchame Ali!... –casi le tenía que gritar para que me hiciera algún caso- Si un día hay algún problema…
Ella ni siquiera me miraba, volvía la cabeza y se tapaba los oídos. Aunque en el fondo yo sabía que me escuchaba. Era un pulso el que me echaba que yo no podía dejarle ganar. Porque no era posible en aquellos momentos.
Sí, era Celia, sin duda, aquella mujer que se divisaba en el chiringuito de la Playa de la Victoria, que había venido puntual a nuestra cita.
Aunque, ella, de medio lado, mirando al mar, probablemente no me veía en aquellos momentos.
La llamé y Celia se giró. Estaba hablando por teléfono con el móvil. En cuanto me vio colgó.
Estaba guapísima. Aunque un poco seria. Con aquel semblante un tanto trágico que ponía ante las grandes decisiones.
Yo, rápidamente, aceleré el paso y, poniendo la bolsa sobre una de las sillas, me senté a su lado. Estábamos solos.
La miré a los ojos, a los labios. Al pelo, un tanto azulado, ahora con el sol.
–¿Con quién hablabas? –le dije.
Me sonrió como solo ella sabía hacerlo.
–Con Belmonte –contestó–. Le he pedido que me recoja algunas cosas –añadió.
Yo quería hablarle de nuestro futuro juntos.
Abrí la bolsa que había dejado junto a ella. Se veían unos fajos de billetes y todos los bonos al portador metidos en bolsitas de plástico.
Yo estaba radiante. Con aquello podíamos iniciar una vida nueva donde nosotros quisiéramos. Lejos de allí.
–¿Nos vamos? –más que preguntar, afirmé.
Ella miró al paseo marítimo y a la calzada, por donde circulaban los coches.
Y luego me miró a mí. Y tragó saliva.
–¿A dónde? –dijo un tanto nerviosa.
Yo le ofrecí un mundo de seguridad, de esperanza y de futuro. Que estaba esperándonos.
–Al aeropuerto. Cogeremos el primer avión. Cuanto más lejos, mejor –le dije mirándola a los ojos.
Ella bajó un momento la cabeza y luego volvió a mirar al paseo y a la calle, antes de volver a poner sus ojos en mí.
–Me temo que no... lo siento, Isaac. Tengo que cuidarme yo sola.
No me lo dijo ni con un gramo de pena, ni tampoco con alegría. Solo desprendía una frialdad llena de distancia.
Yo me quedé un momento sin palabras. ¡No me lo podía creer!
Pero era mi Celia la que estaba allí. Así que intenté acariciarle la cara para que reparara de nuevo en mí. Ahora, desviando la mirada de mis ojos, se había puesto a observar el mar.
De repente los oí. Y me giré hacia la calle donde antes había estado mirando Celia. Aparecieron tres coches de policía haciendo sonar las sirenas.
Se salieron de la calzada y, subiéndose en la acera, entraron en el paseo que daba a la playa y se desplegaron en abanico frente al chiringuito.
De repente, miré a Celia y lo entendí todo. Ella desvió la mirada de nuevo.
–Robert, Fran, yo… ¿con quién estás? –le dije, mientras me palpaba mis dos pistolas–. ¿Quién es ahora el jefe?
Pero Celia no contestó. Se la veía muy incómoda, como si no me conociera.
Comenzaron a salir de los coches media docena de hombres uniformados con Darío al frente.
Yo reparé en el móvil de Celia que estaba en la mesa. Lo iluminé y vi la última llamada. Era precisamente a Darío.
Inquirí a Celia, mirándola a los ojos, mientras me sacaba la Glock y la Beretta y las mantenía listas por debajo de la mesa.
Ella me contestó aguantando mi mirada.
–Siempre necesito protección –me dijo.
No era verdad. Los demás necesitábamos protección frente a ella, pensé, por fin clarividente.
En un momento me di cuenta de todo. Cuando ya nada tenía remedio.
Los hombres de Darío se acercaban
Entonces la vi. A Alicia. Justo detrás de ellos. Saliendo de detrás de una furgoneta. Mirando asombrada lo que pasaba.
–¡Eh, Mero! –gritó Darío, con su pistola en la mano.
El resto de los policías también sacó sus armas.
Yo me puse en pie, mientras Celia se alejaba de allí. Y levanté mis dos automáticas contra ellos.
Alicia empezó a gritar, corriendo hacia mí.
- ¡No, no, no…! ¡Espera…!
Y su voz empezó a ser inaudible entre el ruido de los disparos.
Sí, mi amigo me dice que fue traicionado, que se sintió así aquel día. Y, sin embargo, está sopesando volver a darle una oportunidad. Solo si ella ha cambiado, si no va a volver a ocurrir, si viene de verdad… Porque, a lo mejor, ella también lo ha pasado mal, ha sufrido, ha sido demasiado dolorosa esa decisión de romper con él. Las viejas promesas que se piden, y tal vez se hacen, cuando se vuelve.
En El dia que fuimos dioses, Eva Sanlúcar ha quedado en el Aeropuerto de Madrid-Barajas con su novio, Nando, una relación para ella de amor-amistad que nunca se atrevió, o consiguió, clarificar.
Él la esperará allí para irse juntos a Asia y comenzar allí una nueva vida. Ah... el cambio que busca el enamorado para huir del sitio donde las cosas no funcionan.
Y ella llama a un amigo común, Guillermo, para que le diga a Nando que no irá, que no puede marcharse con él.
Así fue cómo me dispuse a esperar a Guillermo Garmendia, metida en mi coche y pensando en Nando. Con la mirada perdida / y rodeada de noche / acaricio el filo / de la navaja abierta. / Aquí / en nuestro dulce nido / bajo la luna llena. / Y cuando se consuma / la mortal herida / y la navaja hunda / en tu dormido pecho / hasta la empuñadura. / Me quedaré en silencio / en la otra orilla / con el alma rota / y mirando lejos / a la triste Luna.
Cuando llegó Guillermo y se sentó a mi lado rompí a sollozar, temblando de los pies a la cabeza.
—No puedo Guille, no puedo irme con él. Tú me comprendes, ¿verdad?
Guillermo Garmendia me abrazó contra su pecho y me estrechó fuerte contra él.
—Eva, yo sí te comprendo. La vida está llena de renunciaciones.
En el reverso del billete de avión le escribí a Nando unas letras.
«No puede ser, Nando. Te he querido todo lo que he podido, que ha sido muchísimo. Vive sin mí, como yo lo haré sin ti. Eva.»
—Llévaselo Guille, yo no tendría fuerzas. Ahora mismo me voy a Sevilla, ya no podría estudiar aquí, ¿sabes? Y no volveré a Madrid en mucho tiempo.
—Eva, ¿esperarás mi llamada?
—Sí, Guille, esperaré tu llamada. Me marcharé nada más hablar contigo.
A la mañana siguiente, a poco de la madrugada me llamó Guille.
—Todo está hecho ya —me dijo con una voz cansada.
—¿Cómo ha ido? —le pregunté.
—Estaba allí, en el mostrador de British Airways, y allí se quedó. Se le heló la sonrisa y luego arreguñó en su mano tu nota. Otro que ya sabe, como nosotros, que el mundo no está bien hecho, ¿verdad?
No le contesté a Guille su pregunta. Simplemente le dije.
—Adiós, gracias.
Colgué y cerré mis maletas.
Cuando me iba sonó el teléfono de nuevo, una vez y otra, hasta tres. Miré el reloj. Eran las siete y treinta, la hora límite antes del embarque. Luego el teléfono enmudeció ya para siempre.
A veces, la ruptura se produce por unas circunstancias difíciles y ajenas a la voluntad de ambos. O porque alguno de los dos no hizo lo suficiente por superarlas. Muchos años más tarde, en El Astrónomo, Alejandro, que acaba de recibir una noticia terrible sobre su salud, levanta el teléfono y llama a su antiguo amor, Irene. Ambos habían hecho, cuando se comprometieron, un viaje inolvidable por el camino de Santiago de Galicia.
Aquella noche tumbados al borde del camino, permanecisteis en silencio, contemplando el firmamento, hermosísimo y majestuoso, embriagados por su belleza, la misma que sentíais en aquel momento en vuestro interior. Rezasteis, en lo más profundo de vuestras almas, para que aquella bóveda luminosa os protegiera ante cualquier infortunio que os asediara en el futuro. Ya lo había escrito el escocés Stevenson, al que desconocíais por entonces: «No pido otra cosa que el cielo sobre mí y el camino bajo mis pies. ¡Qué grande sentirlo! ¡Y, más grande aún, creer que lo estás viviendo!».
Tampoco habíais leído a Óscar Wilde, sentíais que aquello que escribió no os concernía. Vivíais la suerte de esa juventud primeriza, llena de empuje, inocente y temeraria. «Todos llevamos dentro el cielo y el infierno», había dicho.
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CAPÍTULO 37
Irene y tú habíais elegido la cafetería más próxima, Riofrío, justo enfrente, en el arranque de Génova con la Plaza de Colón, tal vez porque los dos queríais llegar cuanto antes y empezar a hablar de aquellos años de ausencia, veintitrés nada menos.
Solicitasteis un rincón tranquilo y allí, Irene y tú, os acomodasteis en un sofá de rinconera que rodeaba a una mesita baja donde yacían dos cervezas, los restos de unos aperitivos y dos cafés todavía humeantes. Se produjo el silencio entre vosotros.
–¿Recuerdas las tardes que pasábamos aquí, en esta misma mesa, Irene?
–Sí, claro. ¿Cómo iba a olvidarlo? No sé si trabajará aquel camarero tan patoso, ¿cómo se llamaba? –Irene sonrió con los restos de la dulzura de su juventud, mezclada con la dureza que la vida había vertido en los últimos veintitrés años– ...Ah sí, se llamaba Carlos; Carlos II, El Hechizado, le pusimos nosotros..., ¿te acuerdas?
–¡Claro que me acuerdo! Pues no, no lo he visto, será ya una reliquia. ¿Tú eres consciente del tiempo transcurrido desde entonces, Irene?
–Tampoco tanto, Alejandro... Bueno, sí... Veintitrés años –hablaba Irene, con nostalgia y tristeza.
–Aquí preparamos nuestro viaje al Camino de Santiago... –la interrumpiste, tu rostro reflejó la ilusión y luego la nostalgia, aunque al final se revistió con la mueca de un inmenso dolor–. ¡Maldigo aquellos fuegos artificiales! ¡No sabes cuánto, Irene!
Irene permaneció en silencio. Luego, alargó una mano dubitativa hasta su taza de café casi topándose con ella. Intentó agarrarla torpemente del asa mientras que hacías ademán de acercársela, te detuviste al ver que alzaba su café y se lo llevaba a la boca. Se reflejó en tu rostro un rictus de dolor.
Tu mente te condujo en un segundo al Camino de Santiago veintitrés años atrás. Concretamente al pueblo de Padrón, donde celebraban las fiestas y, como cierre de las mismas, se organizaron unos fuegos artificiales espectaculares. Os faltaba solo una jornada, mucho más corta que las anteriores, para arribar a Santiago a las doce de la mañana, con tiempo para escuchar la misa del peregrino en la catedral compostelana y os apetecía un poco de diversión en aquella vuestra última noche de Camino.
En las afueras, la gente, situada a una prudente distancia, observaba los fuegos artificiales que una máquina depositada en el suelo lanzaba al cielo a intervalos de tiempo regulares. Cada lanzamiento producía murmullos de admiración. El cielo y la luz y las explosiones eran un buen antídoto contra la depresión del fin de fiestas. Había chicos jóvenes con cervezas y combinados en la mano y parejas abrazándose y besándose bajo la noche estrellada, cruzada de punta a cabo por los estampidos y las luminiscencias de los fuegos.
Os sentíais radiantes y felices. Aquella noche era la culminación del viaje en el que os habíais conocido más a fondo, lejos de decepcionaros, habíais confirmado vuestra mutua elección. Una elección que sería para siempre.
Estabais apoyados contra el tronco de un pino, que tenía adosada a su corteza la típica concha del Camino de Santiago. Aquella antigua concha os vinculaba con todas las parejas que desde tiempo inmemorial se habrían detenido en aquel viejo árbol. Reparasteis en ello al unísono y os besasteis y, luego, para romper aquella solemnidad, le susurraste frases atrevidas al oído en un clima de complicidad y apasionamiento.
De repente, la máquina lanzadora se detuvo. Pasados los primeros momentos, la gente se preguntó qué sucedía, todavía no se había alcanzado la tradicional cadena de explosiones que suponía el clímax del fin de fiestas. Después, se incrementaron los murmullos de expectación por lo que ocurría y un joven de la comisión organizadora alzó la voz, dirigiéndose al operario de los fuegos.
–¡¡Eh!! ¿Qué pasa? Todavía falta más...
No acabó la frase.
Se produjo una explosión ensordecedora y la máquina saltó por los aires hecha pedazos. A su alrededor, se formó una gran nube de humo y de luces de colores. Menos mal que todo el mundo se hallaba a una prudente distancia y el operario manipulaba la máquina telemáticamente. Si no, hubiera provocado una catástrofe. Irene, sorprendida y asustada por la explosión, se abrazó a ti, llena de espasmos. Cuando cesaron las explosiones ella siguió pegada a ti. La oíste en un susurro:
–Alejandro, Alejandro, algo me pasa...
–¿Qué es, cariño, qué te ocurre...?
–Ha sido en los ojos. Ya parece que se me va... –luego se los restregó y los abrió de nuevo–. Ha debido ser el susto.
Irene te miró con los ojos humedecidos y con un anormal temblor en sus pupilas.
CAPÍTULO 38
En la cafetería Riofrío, Irene había levantado sus ojos hacia los tuyos. A ti te recordaron los de aquel día en el Camino de Santiago. Todavía eran bellos, pero mostraban una mirada sin dirección. Tú sabías que apenas distinguían sombras, un rastro mínimo de luz que huía por las esquinas o, después de tantos años, ni eso siquiera.
Había cambiado la expresión de su cara. Albergaba un trasfondo de inocente ternura, inclusive sus ojos conservaban un aire soñador. Pero sus facciones se habían endurecido. Un rictus de amargura marcaba su boca y un aire de resignación su barbilla.
–¡Malditos fuegos artificiales...! –exclamaste, más para ti que para ella.
Ella habló con el rescoldo de bondad y de inocencia que todavía le quedaba. Probablemente se esforzó para encontrarlo en su interior. Su voz sonó cariñosa y sin rencor hacia ti.
–Lo que sucedió habría ocurrido en otro momento, Alejandro. Mis ojos eran el problema. Habían sufrido otros desprendimientos de retina en mi familia, pero nunca piensas que te ocurrirá a ti –notaste la amargura que asomaba por las comisuras de su boca, ella dirigió sus pensamientos hacia lo que sentía veintitrés años atrás–. Aquellos fuegos artificiales fueron muy bonitos. Casi nunca sueño con imágenes, Alejandro... Ahí sí que se notan los cinco lustros transcurridos... De vez en cuando, se cuelan los colores de aquellos fuegos y de nuestro cielo estrellado. Mi memoria ha borrado toda luz... Los ciegos soñamos de otra manera, a mí todavía me quedan aquellas estrellas, Alejandro... Y te lo agradezco...
Te emocionaste, hasta tal punto que las lágrimas intentaron asomar a tus ojos, aunque de un manotazo las escondiste en sus madrigueras. Te acercaste y le cogiste la mano a Irene. Ella te dejó hacer.
–Irene, Irene... fui un cobarde. Un jodido cobarde. No te convencí para que te quedaras a mi lado. Te hubiera querido igual. Te quería tanto... No, no, tú me querías tanto... Me he sentido culpable desde entonces, de no merecer tu amor, de no ayudarte, de no poder convencerte de que podíamos haber afrontado juntos tu enfermedad... La culpa, la culpa, Irene... Han sido veintitrés años de culpa.
Ella puso la otra mano encima de las dos que teníais unidas.
–Tú no la tuviste, Alejandro, ninguna culpa. Yo hubiera seguido a tu lado, pero...
–Entonces... ¡tú hubieras seguido a mi lado! ¡Qué dulces y reparadoras suenan tus palabras! ¿Por qué no lo hiciste si lo deseabas? ¿Quién tuvo la culpa si no fui yo?
Tú sabías de quién había sido la culpa. Y no querías que ella supiera que tú ya lo sabías. Irene tardó unos momentos en contestar. Y luego musitó unas palabras, aunque no evitó que aquel rictus de amargura de su boca se acentuara un poco más.
–¿Qué tal está tu madre?
–La enterramos hace unos días. Llevaba ya varios meses con un cáncer terminal.
Irene permaneció en un silencio incómodo para ambos, no quiso conocer más detalles. Por fin, tras unos segundos eternos, te preguntó:
–¿Y nunca te habló de mí?
De repente, notaste otra vez que tu madre se interponía entre tú e Irene.
–Lo sé todo, Irene, ¡todo! Lo dejó escrito en una nota, para que la leyera cuando hubiera muerto.
–¿Todo, todo?
–Creo que sí. En ella relataba que se ocupó de convencerte de que yo no te quería y que serías una carga. Ella no te deseaba cerca de mí. Ya había perdido a mi hermano que se fue a vivir a Nueva Zelanda. Mi padre se hallaba hemipléjico de un ictus y era para ella una pesada carga que duró quince años. No quería otra hipoteca adicional en la familia. Escribió que te había dicho cosas terribles para alejarte de mí.
–¿Sabes lo que llegó a decirme cuando ya no veía apenas?
–No.
–Me dijo que si no desaparecía de tu vida, un día me tiraría por las escaleras, por el hueco del ascensor o la ventana.
–Por Dios, no pudo ser tan cruel.
–Lo fue. Aunque todavía no lo suficiente, esa amenaza no era bastante para alejarme de ti. Estaba dispuesta a permanecer contigo hasta que me matara. Porque mi vida sin ti no tenía ningún sentido.
–Irene, Irene..., no sabes lo feliz que me hacen tus palabras. A pesar de todo. Me sentía culpable de no haber permanecido a tu lado. Y de abandonarte a tu suerte, aunque fueras tú la que desapareciste... ¿Por qué me dejaste? ¿Qué te contó mi madre para que me abandonaras?
Irene abrió las esclusas de un pantano de agua corrompida y turbia.
–Me dijo que facilitaría que alguien me violara, sería muy fácil, me decía, acercando su voz a mi oído. Y luego te diría que había sido consentido. Pero me mantuve firme. Como vio que no era suficiente para alejarme, me dijo que si teníamos hijos, nunca podría protegerlos, que los mataría con sus propias manos. Allí entendí por fin que no existía ningún futuro para nosotros.
–Por Dios, Irene, es terrible. Mi madre debió enloquecer. Siento muchísimo todo lo que te hizo sufrir. ¿Por qué no me lo dijiste?
–No podía decirte nada, ella lo negaría todo y temía que si te lo contaba, te pondrías en mi contra. En el fondo, sabía que alejarte de tu madre suponía asimismo alejarte de tu padre, que te necesitaba. La mejor alternativa para todos era mi marcha. El quedarme ciega fue un golpe del destino que lo cambiaba todo. No me quedó más remedio que asumirlo. Así que te escribí aquella carta en la que te decía que no te quería.
La carta que habías leído mil veces, que no olvidarías, jamás.
Os quedasteis en silencio.
–Alejandro ... No te entristezcas. Ninguno de los dos ha de culpabilizarse. Tú quisiste que quedara un bonito recuerdo entre nosotros. No las dificultades, las frustraciones, el mal rollo, que hubieran venido si hubiéramos seguido... Y así ha sido, Alejandro. Guardo un bonito recuerdo de aquella época y de aquel viaje maravilloso. Ha pasado mucho tiempo, no te atormentes más.
Bebiste un trago de tu consumición, lamentaste que no fuera Old Ripy.
–He quemado mi vida, Irene. ¡Si supieras lo infeliz que he sido...! Me sentía culpable de que tú no te sintieras suficientemente querida por mí en tu situación y optaras por abandonarme. Y culpable de no insistir lo suficiente para que te quedaras. Y, mucho más tarde, cuando el tiempo y la distancia ya habían hecho su trabajo entre nosotros, intenté justificar lo sucedido. Pero no pude. Me fue imposible olvidarte.
Irene fue a hablar, alargaste tu mano y pusiste tu índice sobre sus labios.
–No he hecho más que atormentarme todos estos años. Luchar por olvidarte, sin conseguirlo. Intentar pensar que yo estaba mejor sin ti, y que tú, ciega, nunca podrías contemplar mi cara, ni cómo envejecía contigo, ni ver a nuestros hijos imaginarios crecer. Ni podrías cuidar de ellos... Con esos cimientos traté de construir un edificio en el que no tuvieras ningún valor para mí. ¿Sabes lo que me repetía cada minuto? ¡Que nunca podríamos mirar el cielo igual que aquella noche! ¡Ni encontrar juntos nuestra Estrella Polar! En realidad, nunca compartiría ya nada maravilloso contigo y tú tampoco me aportarías jamás nada mágico como aquella noche, Irene. ¡Mi problema es que, después de beberme cientos de botellas de bourbon, no he conseguido olvidarte!
Te quedaste en silencio tras esparcir todo tu dolor. Deseando que tus palabras hubieran sido reparadoras, un bálsamo reconfortante y tonificante para el lastimado corazón de Irene. Al final, ella te consoló.
–No te atormentes, Alejandro. Han pasado veintitrés años. Fue una decisión muy dura. Muchos habrían hecho lo que tú... Yo no te lo puse fácil. Y tu madre seguro que ha sufrido tanto o más que tú –sí, tu madre, pensaste en aquel momento, también había pagado una factura muy alta, con tu hermano, con tu padre y contigo, contemplando tu tristeza–. Al destino se le fue la mano con nosotros, Alejandro. Nada más.
Tú querías seguir escanciando tu dolor y frustración.
–Me quedé vacío, Irene. ¿Sabes cómo me llaman...? El astrónomo. Me paso las noches mirando las estrellas, buscando lo que no tengo. Lo que desapareció para siempre.
Hiciste una pausa mientras diste otro trago al café frío.
–Irene, cuando la vida te golpea así, de este modo tan terrible, tan cruel, y tienes que seguir trabajando, hablando con la gente como si nada hubiera ocurrido, viviendo como un hipócrita, acabas pensando que, a lo mejor, no eres el único que se siente así y que, los que te rodean, son unos cadáveres andantes, lo que pasa es que lo disimulan, como tú mismo. Por eso me empezó a gustar descubrir las miserias de los demás, bajo su impecable fachada. Sus debilidades y secretos. Descubrir quiénes eran en el fondo, yo me sentía un sepulcro blanqueado. Por eso me hice policía, aunque no se lo haya dicho jamás a nadie. Y disfrutaba con ello. O, al menos, así era menos consciente de mi dolor. Al comprobar que todo el mundo sufría, mi desgarro resultaba más llevadero.
Tu semblaste era como una foto del dolor acrisolado en el tiempo, rezumaba desesperanza y amargura.
Levantaste la cabeza y miraste a Irene a los ojos. ¡Y algo ocurrió!
Ojalá ella hubiera podido verte, pues en los tuyos brilló una luz llena de admiración y reconocimiento.
Le dijiste lo que estabas pensando:
–Me doy cuenta que hay estrellas que están en la tierra, no en el cielo. Como tú, Irene, capaz de perdonar. Como Gustavo, un padre que conocí que dio la vida por su hijo enfermo, Leonardo, que brilláis para todos nosotros, los mediocres, que no somos nada, zombis anónimos y sin vida...
Irene buscó a tientas tu mano.
–Alejandro ... Tienes que perdonarte. Ha transcurrido mucho tiempo y aprendí a vivir sin ojos. Eres un buen hombre, al que el destino jugó una mala pasada...
Te recostaste en el pecho de Irene, que pasó su brazo por tus hombros.
– No, Irene. El destino te la jugó a ti. Yo no estuve a la altura... ¡Lo siento tanto...! ¡Por ti y por mí!
–Alejandro ... Dejémoslo en que al destino se le fue un poco la mano con nosotros. ¿De qué sirve quejarse eternamente? Ni el camarero Carlos II El Hechizado, ¿recuerdas?, que era feo y patoso como nadie se quejaba tanto… –terminó Irene riéndose, relajada.
¿Por qué con ella era todo tan fácil?, no pudiste dejar de repetirte en tu interior, mientras escuchabas cómo se reía.
CAPÍTULO 39
Luego salisteis a la calle. Por un momento te sentiste de retorno a aquel entonces. Fueron unos instantes maravillosos mientras paseabais juntos.
Pero quizás había que caminar primero por la realidad del hoy, hablar de tantas cosas que no habíais tocado aún. Irene dobló su bastón blanco y se cogió de tu brazo. El Paseo de Recoletos estaba lleno de luces. Era un cielo terrenal y acogedor que os reunía de nuevo. Cuando llegasteis al cruce con la calle Prim, Irene comentó con desenvoltura.
–Ahí está la ONCE. Donde trabaja mi marido. Mi ex, quiero decir...
Se hizo el silencio. Rápidamente, cogiste ese hilo de intimidad que te ofrecía.
–Irene, no he querido preguntarte nada... No tengo ningún derecho. ¿Qué ha sido de tu vida?, me gustaría tanto saber de ti...
Irene siguió con su tono desenvuelto.
–Seguro que siendo detective ya lo sabes...
Te estremeciste y tardaste en reponerte.
–Algo sé. Pero no lo que quiero saber, cómo te sientes.
Irene abandonó aquel tono intrascendente y adoptó otro propio de lo que erais vosotros en aquellos momentos: dos viejos amigos, antiguos amantes en el pasado.
–Me casé con un ciego de nacimiento. Él es un directivo de la ONCE. La cosa no funcionó. Tal vez busqué lo opuesto a ti... –a Irene le tembló la voz al decirlo–... No ha sido fácil para mí. Nuestro viaje me marcó. Aunque lo intenté, nunca olvidé la luz que sentí contigo cuando mirábamos las estrellas, tumbados en el bosque. Tal vez porque fue la última vez que las vi... –luego respiró profundamente y añadió con un poso de resignación–, pero aprendí a vivir sin ellas. ¿Qué otra cosa podía hacer?... ¿Y tú?
Tú la atrajiste contra ti, mientras caminabais más lentamente.
–Me casé. Después de muchos años solitarios. Hace relativamente poco. Fue un desastre... Nos divorciamos a los pocos años.
Luego hiciste una pausa larga y todavía ralentizaste más tu marcha.
–Irene, ¿no te preguntas por qué te he llamado después de tanto tiempo?
–Sí. Pero sabía que me lo dirías.
–No tenía derecho a llamarte... A pesar de lo que te he echado de menos. Después de todo lo cobarde que fui, no...
Respiraste hondo y musitaste con un hilo de voz.
–...Me muero, Irene. Me muero...
Te detuviste al fin, asimilando tus palabras. Levantaste la cabeza y miraste a lo lejos. Una luna enorme se alzaba por encima del Palacio de Cibeles.
Irene no dijo nada. Solo se abrazó contra tu pecho.
Otra vez aquella sensación de refugio que tenía su cuerpo al abrazarla. Así que continuaste ya muy cerca de su oído.
–Es genético. Tendencia irreversible a la muerte súbita, lo llaman. En mi caso la tendencia ya ha llegado donde debía. Puede sucederme en cualquier instante. No quería marcharme sin verte una última vez.
Le habías levantado mientras la barbilla, sin atreverte a dar el siguiente paso. Ella lo dio por ti. Se puso de puntillas y te besó en los labios. Entonces la besaste con toda la pasión del mundo. Ella sintió lo mismo que tú. Cuando os separasteis, te susurró:
–Alejandro... Somos libres. Me gustaría pasar este tiempo que nos queda contigo. Nos lo merecemos.
Por respuesta, la besaste de nuevo. Estabais en mitad de la acera, bajo los árboles del Paseo del Prado. Junto a la llama permanente del Monumento al Soldado Desconocido, que chisporroteaba con una viveza nueva.
Por fin musitaste, con los ojos victoriosos sobre el malhadado destino:
–Sí, Irene, nos lo merecemos. Siento que regresa la felicidad –la abrazabas y la besabas de nuevo, levantándola del suelo con la fuerza de un chaval–. Quiero que lo sepas...
Entonces, con ella en vilo, empezaste a girar, a dar vueltas sobre vosotros mismos bajo la luna enorme y las estrellas de las farolas del Paseo del Prado.
Gritabas. Y la gente que se cruzaba, se detenía un momento a vuestro lado. Os miraba con admiración y, quizás, con un poco de envidia...
Un taxi se detuvo junto a la casa de Irene. La muchacha salió del coche tanteando con su bastón. Accediste a la calle por el otro lado del vehículo y os despedisteis con un largo beso junto al portal. Luego Irene metió la llave en la cerradura y abrió la puerta de la casa. Después se giró, agitó su mano con una despedida, se introdujo dentro del portal sin dar la luz y desapareció.
Volviste al taxi y éste inició la maniobra para dar la vuelta y regresar por donde había venido, mientras escuchabas en tu interior las palabras de Irene, llenas de esperanza.
–Alejandro, mañana mando a mi madre de vuelta a Oviedo y me mudo a tu casa. ¡Me tienes que enseñar tu telescopio y contarme cómo son las estrellas...!
Este final tan feliz, no es el final de El astrónomo, como bien sabe todo aquel que lo ha leído. Aunque podía haberlo sido. Se lo merecían Alejandro e Irene.
Tal vez mi amigo piensa que ellos también se lo merecen, darse una segunda oportunidad. Pero, todavía duda, reflexiona, se pone condiciones a sí mismo, se las pone a ella.
Ah, el amor y la búsqueda de él, su presencia y su ausencia.
Entonces me acuerdo de este destello, de esta canción hermosísima y clarividente a la que yo le he puesto imágenes.
Ahí va: https://youtu.be/VdApUdMwbrg

