El escritor acaba de terminar sus tres días de rodaje seguidos en la Fundación Alicia y Guillermo. Todavía le queda una y luego toda la labor de postproducción: montaje, músicas, etc. ya para noviembre, el ICAA nos espera para calificar antes de fin de año.
Han sigo jornadas largas, por momentos extenuantes, vamos que ha acabado molido, máxime cuando todavía no ha cogido su estado de forma habitual. A veces se pregunta qué hace él al frente de un equipo donde hay pipiolos de 24 y 29 años que no se cansan jamás. No debe quejarse, él se lo busca y él se lo tiene que cocer, como le dice su mujer.
Pero le quedan en el zurrón tantas experiencias que no cabrían hoy en este destello. Se acuerda del grupo de Sevillanas, cien por cien mujeres, “¡por fin un hombre se atreve a entrar aquí”, le dicen, luego se abrazan a él y se hacen esta foto entrañable juntos:
Y Lula, la profesora: “la música lo es todo para mí, me acaricia el corazón. Y, cuando bailo, mente y cuerpo se llenan de una armonía conjunta y única”. También hacen ritmos latinos. Cuando las ves, te llenan de alegría y, como les dice el escritor, ¡hasta te inundan de juventud!
Se acuerda, cómo no, de Adolfo y sus canciones del recuerdo. Cuando entraron a grabar en su clase están cantando Suspiros de España, https://www.youtube.com/watch?v=V438C9AIakE
“Quiso Dios, con su poder
fundir cuatro rayitos de sol
y hacer con ellos una mujer…”
–¿Adolfo, qué significa la música y los recuerdos para una persona mayor?
–Los recuerdos lo son todo. Puedes no acordarte de lo que has comido hoy, pero recordar perfectamente el primer beso que diste. Y la música facilita esos recuerdos.
Una señora de ochenta y tantos, entorna los ojos y se acuerda también de su primer beso. Debía ser muy joven cuando lo dio, cuando lo recibió.
–Ah, el primer beso…. Yo estuve después enjuagándome la boca sin parar, quitándome su saliva. Pensaba que, a lo mejor, podía quedarme embarazada... No sabíamos nada de nada, nadie nos hablaba de estas cosas, pero sentíamos el amor, quizás más que ahora…
El escritor siente una ternura infinita por esta mujer que va por delante de él varios lustros en la carrera de la vida.
La música y los recuerdos… A veces, los recuerdos también son dolorosos: las heridas del amor… El escritor recuerda lo que escribió para “Los mejores 101 momentos de amor”
LA MONEDA
Siempre se me dieron bien las palabras. Y a ti los gestos. La felicidad es un arma de doble filo. Yo me escondo tras el sonido melodioso de las palabras. Tú pones tu espalda contra la pared.
La vida es una moneda de dos caras: pasado y futuro se dan la espalda. Y el presente es sólo un delgado canto que los separa por el medio.
Sí, siempre se me dieron bien las palabras. Y a ti los gestos. Tú no te acercas al teléfono. Ni yo te llamo. Echo la moneda en la máquina. Suena tu canción. Y las palabras son como navajas.
––––––––––––––––––––
La música a veces se alía con el corazón y empuja a los oyentes hacia la pasión, hacia el embrujo que palpita en una pareja que se busca, una noche cualquiera.
El escritor recuerda aquello que escribió un día:
TAL VEZ SEA LA MÚSICA.
Sí, tal vez sea la música. Y sus compases que nos unen con los resortes ancestrales, íntimos, irresistibles, de la atracción mutua. De la juventud y de la alegría.
Tal vez sea la noche. Que difumina los contornos de las cosas. De nosotros mismos. Hasta hacernos más tenues, más difusos. Fundiéndonos en las sombras donde la ruleta del casino reparte las cartas de la vida. Y del amor.
Y el saxo reverbera por los ángulos, llenos de sombras y de un aroma entre el alcohol y el fuego que crepita, de ese espacio que nos acerca.
Tal vez seas tú. Que pones letra, en mis ojos y en mi corazón, a ese solo lánguido y eterno de guitarra, que busca sus compases entre tu pelo.
Tal vez sea yo. Que navego, de nuevo, por las ondas de la noche, persiguiendo esa estela misteriosa de la música. Plena de ecos, de resonancias.
Sí, tal vez sea solo la música. Que nos llama. Que me llama. Golpeando con sus nudillos inocentes y eternos en las entretelas del corazón.
Mientras la noche, y su misterio, llenan de sombras, y de un ritmo dulce y cansado a la vez, ese tiempo cadencioso, interminable, eterno, que es el necesario reverso de tantos lúcidos momentos del día.
–––––––––––––––––––––––––––––––––––
Ah, la música, la música… y su poder anestesiante, ilusionante, la música que te envuelve y te lleva a la belleza de la vida….
Música del corazón
No sabes qué tienen esos acordes que se han colado de rondón en el coche. Se te antoja que se acercan, y de qué modo, a la cadencia con la que se mueve íntimamente tu corazón. Debe ser la música con la que bailan emparejados, abrazados como enredaderas, tus deseos con sus correspondientes esperanzas.
Sí, tu corazón se agita y se emociona. Son las burbujas de cuando una vez fue feliz. La chispa de tu vida, que no se ha apagado como creías. Que vuelve como una luz que emerge en estos momentos de oscuridad, de desconsuelo, de tristeza y de desvarío.
No siempre el tiempo fue un callejón sin salida. Ese lugar donde duermen los perros huérfanos de cariño y errabundos de horizontes.
No sabes por qué esa música se alía de una forma definitiva con este día de marzo. En el que el sol se estira más que nunca. En el que los almendros se visten de organza. Y de espuma. Y de una blancura que llena de luz, de un resplandor invencible, que llega hasta los lugares más recónditos y oscuros. Para llenarlos de una paz y alegría nuevas. Y de esa esperanza que llena los pulmones, los espacios, de un aire tan puro. Y reconfortante. Y nuevo.
Son los acordes de aquella vez que te llevaban tus sentimientos en volandas por la calle. ¿No los recuerdas? Siempre han estado ahí. Enterrados bajo los pesados escombros de este invierno opaco, mugriento, vacío. De este tiempo desnortado, infame, que arrasa, que pringa de negrura, todo cuanto toca.
Es la música del corazón, cuya melodía retumba por los sótanos profundos, y amordazados, y callados de tu interior.
Hoy una sintonía caprichosa del dial de la radio la ha subido a tu superficie. Y te agarras a ella como náufrago a una tabla única y salvadora.
En este océano de infortunio y de tristeza, tú sonríes mientras despliegas tu vela blanca, henchida por el aire de esta extraña mañana, con la música del corazón, que es como un escudo poderoso, inocente y renovado, para vencer la desesperanza.
–––––––––––––––––––––––––––––––––––
El escritor es un amante de la música. Tras la literatura y el cine es su tercera gran afición. Inclusive trató de tocar la guitarra de joven, su padre la tocaba de oído, era músico de la rondalla de El Sauce Curvo, pero la falta de tiempo hizo que no progresara mucho. También se compró, ya de casado, un piano /órgano electrónico e hizo un curso por correspondencia. Llegó hasta donde llegó, claro.
Hoy en día, ambos instrumentos están arrumbados, esperando que alguien pulse en ellos una melodía, el escritor se promete atenderlos un año de estos.
Ahora es solo un amante pasivo de la música. Solo la escucha. La disfruta. ¡Qué bien!
Por la mañana el escritor necesita la música. Para levantar el vuelo. Para dorar de magia y de luz el arranque de cada día. Porque hay días que cuesta arrancar, ilusionarse, superar la inercia de la rutina que lleva al hastío. El escritor tiene sus gustos, acrisolados en el tiempo. Y siempre vuelve a sus orígenes, a aquellos autores que siempre le engancharon.
Hoy vuelve a Zucchero. A Diamante. Ese himno lleno de fragancias. De luz de domingo. Con el que pretende convertir este martes en algo especial. Mientras resuelve unos temas con Hacienda, ¡por Dios!, no hay cosa que le avinagre tanto, que le deprima tanto, pero no queda otra.
Siempre cuando tiene algo tedioso, piensa en el homenaje que se dará después. Hoy será pensar en los detalles del próximo viaje, ya falta poco, que hará a Italia. Ah, Italia, Italia... Allí pasó él parte de su luna de miel en aquel viaje especial, muy peculiar, e inolvidable. Y, antes del viaje, una escapada a Alicante, el escritor ya no puede más, necesita cambiar la decoración de su paisaje, abrir las ventanas, respirar nuevos aires, ver el mar...
Sí, la música siempre fue un calmante para él. Y un revulsivo. Un revitalizante para acometer el día a día con ilusión.
Ha escrito muchas cosas sobre la música. El escritor piensa que ya tiene una edad en la que puede sacar de la chistera de su obra, y de su vida, tantas palomas como necesite para dorar de luz el horizonte de este martes, de cualquier martes, inhóspito y cabrón, que aparezca en su devenir cotidiano.
Hace muchos años escribió este QUEDARÁ LA MÚSICA, que hoy relee como si tomara droga dura para levantar el ánimo de esta jornada nefasta, a la que acompaña, para que surta más efecto, con esta maravilla de DIAMANTE. Música, Italia... ¿Qué se puede pedir más?
Ahí va este brillante destello: https://www.youtube.com/watch?v=82rSzyJ5SDU.
Y, después de disfrutarlo, el escritor se sumerge, hasta contento, en sus papeles con Hacienda.
QUEDARÁ LA MÚSICA
Después de cenar íbamos a dar un paseo cuando nos embargó el sonido de la música. Nos llegó reverberando entre las columnas, los espejos, el murmullo de la gente deambulando por el lobby del hotel.
Era una música en vivo y, mientras saboreábamos un par de combinados, tú observabas a las parejas que bailaban. En esa noche de alegría, de despreocupación, de vacaciones. Y me apretabas el brazo, como sé que lo haces cuando estás contenta.
La orquesta, quién sabe por qué, me recordó de golpe a la del Titanic. Dentro de no muchos años no quedaría nadie de los que allí estábamos. Dónde iría toda aquella alegría, la complicidad de los cuerpos, las caricias y los besos de todas aquellas parejas, que continuarían, luego, mucho más apasionadas, sin duda, al otro lado de las puertas de las habitaciones. Todo aquel barco se estaba yendo ya a pique, escorándose lentamente hacia el abismo. Los únicos cuerdos debían ser los músicos de la orquesta que tocaban «El último vals» y nunca abandonarían la nave. Estoicos y escépticos, mientras les llegaba el agua a la rodilla.
Sí, sólo quedaría la música de aquella noche en el recuerdo submarino de todos nosotros, pasadas unas décadas. En el silencio eterno que sólo recorren los peces.
Tal vez porque me viste triste, me apretaste el brazo un poco más: «Venga, vamos a bailar».
Sí, al final sólo quedaría la música de aquella noche. La fragancia de tu cuerpo entre mis brazos. Y el susurro de tu aliento en mi oído: «Sabes que te querré eternamente».
Entonces me pareció que el músico del violín sonreía. Yo ya lo había visto antes. Aunque dónde, cuándo.
A veces, pienso que ya he estado en los sitios, que todo es una repetición de algo ya vivido. Por eso me acerqué al músico del violín: «¿Qué es todo esto?».
Él me sonrió de nuevo y se acercó al micrófono: «Y como despedida, esta balada de Celine Lion: “Mi corazón seguirá”».
Sí, al final del final sólo quedará la música.
Y las estrofas que un día llenaron nuestro pecho bailarán entonces en las ondas que producen los peces: «El amor puede tocarnos una vez. Y durar toda una vida. Pase lo que pase, mi corazón seguirá…»
A veces, no sabes por qué, ves a tu pareja, o te ven a ti, llorar de una forma extraña. En una noche llena de alegría, de despreocupación. De vacaciones.
––––––––––––––––––––––––––––

