martes, 20 de octubre de 2026

LAS EDADES DEL AMOR

          


El escritor está disfrutando de unos pocos días libres. La montadora de su documental está examinando los brutos del rodaje, sincronizando imagen y sonido y haciendo una primera selección del material rodado. En breve, se los remitirá bajando la calidad de los mismos para que él pueda manejarlos. Entonces se tendrá que meter de hoz y coz a realizar un montaje provisional para que ella pueda rematarlos.

Se iba a ir a ver el mar de Alicante. Pero ayer cayeron allí más de setecientos litros por metro cuadrado, ¡por Dios!, ¡qué estamos haciendo para merecer esto! Pero, todos lo sabemos, ¿verdad? No recogemos nuestra basura, el mar se calienta, la humedad sube al cielo y luego este nos la devuelve en forma de manguerazos. ¡Hasta que aprendamos!

Así que piensa en los días que ha vivido la semana pasada, rodeado de personas mayores en la Fundación Alicia y Guillermo. Casi todas, mujeres.

–¿Por qué hay tan pocos hombres? – le pregunta a uno de los pocos que se atreve a aprender y a compartir en los talleres y actividades que ayudan a mitigar la soledad.

–Te voy a decir lo que yo creo. Hasta que se jubilan a los hombres les llena su trabajo y a las mujeres sus hijos, su trabajo, su casa… Hay un momento en que ambos se quedan vacíos de contenido. Se acaba el trabajo y los hijos se van. Las mujeres lo resuelven mejor, hablan con otras mujeres, se mantienen activas, los hombres se frustran, pero no hacen nada, a lo mejor es que somos más aburridos…

Hablo con muchas mujeres de esto y de sus relaciones de pareja.

–Bueno, somos distintos – me dice una encantadora abuelita de más de ochenta años–. Lo importante es el respeto. Yo vengo aquí, me lo paso bien, mi marido se queda en casa con su Facebook, sus libros y sus paseos. No puedo obligarle a venir y yo tampoco quiero hacer su vida. Pero, nos respetamos y conservamos ese círculo íntimo, esa ligazón que nos envolvió desde el principio.

–Hemos pasado tanto juntos, que la vejez es solo una cosa más –me apunta otra señora, que conserva una alegría envidiable, luego me entero de que tienen tres hijos, uno vive todavía con ellos, nació con parálisis cerebral–. El amor cambia, pero siempre sigue ahí si lo riegas todos los días, como a las plantas. Yo a mi marido lo sigo encontrando el más guapo del mundo. Y así seguirá.

–Pues yo, qué quieres que te diga, estoy viviendo una etapa estupenda con mi pareja. Casi como nunca. Mientras nos respete la salud vamos a disfrutarla a tope. Nos queremos, nos cuidamos, ayudamos a nuestros hijos y uno del otro –le explica otra mujer de setenta y muchos, que va maquillada y vestida con una ropa llena de colorido y alegría –. Esto es como cuando asciendes a lo alto de una montaña y tras el esfuerzo de toda una vida, puedes disfrutar de su luz y de sus vistas.

Sí, hay amores que se vuelven más fuertes cuando, con el paso de los años, aprenden a resistir, dice una hermosa canción que acaba de escuchar el escritor. Sí, a veces hay que dar tiempo al amor para que despliegue todo su arcoíris maravilloso de colores, de sentimientos. Y, entonces, en su plenitud, en la edad ya madura, los amantes sienten que ha sido muy bonito llegar así, a ese lugar calmo y profundo en el que se encuentran...

Al escritor le gusta mucho la letra de esta canción y decide ponerle unas imágenes adecuadas, llenas de romanticismo y luminosidad, incluso se atreve en ellas a hacerle un guiño a su pareja, quizás para compensarla en algo por su ausencia cuando se sumerja en el arduo montaje que le espera.

Ahí va. Se llama QUÉ BONITO LLEGAR ASÍ: https://www.youtube.com/watch?v=Ph3F7hztKPk

Otra señora de más de noventa años acaba de perder a su esposo el año pasado.

–Qué te voy a decir. Llevábamos setenta y cinco años juntos. Éramos, más que hermanos gemelos, unos auténticos siameses. Nosotros somos de los de antes, mi primer hombre y el último. Siempre juntos. Hablo con él todos los días. A todas las horas, quiero decir. Sigue aquí conmigo.

El escritor tiene una novela dedicada a una de estas relaciones de toda una vida. Se llama Regreso al Sauce Curvo. De ahí extrae unos párrafos:


LOS AGAPORNIS.



Los agapornis son unos pájaros vistosos, unos loros muy pequeños, del tamaño de un gorrión o poco más. Bastante gente los tiene de mascotas. Su nombre procede de agape-ornis, “pájaro del amor, o pájaro del afecto”. Viven en pareja, de una forma que sorprende y emociona en un pájaro. Siempre pegados sus cuerpos en el mismo palo, se cuidan, se limpian y se miman el uno al otro por toda la vida. Por ello, también se los llama los pájaros inseparables, son una de las especies animales monógamas por naturaleza.
Las personas no somos monógamas por naturaleza, me digo, ya de vuelta en mi despacho, quizás yo pienso en estos momentos en los agapornis solo para subrayar la importancia de la pareja en el último tramo de la existencia. Aquel en que los hijos se van del hogar, la actividad profesional mengua, o desaparece, al igual que las actividades deportivas, y la movilidad te va atando a los alrededores de tu casa.
Quedan los amigos, es cierto, y algunas aficiones, que han de mantenerse mientras el cuerpo aguante. Pero tu núcleo vital queda concentrado en ti mismo y en tu pareja, si la tienes. Saber tejer con ella una serie de complicidades, de rutinas satisfactorias, de alianzas para lidiar con las limitaciones y con el tiempo, que es una pendiente siempre en descenso que nos llevará, irremisiblemente, al último callejón sin salida, a nuestro invierno final, debería ser asignatura obligada en la academia de la vida.
Hay muchos tipos de pareja, reflexionas, además de este tipo tradicional, al que tú llamas modo agapornis. Hoy en día, hay casi tantas variantes como parejas en sí. Lo cual a ti no te parece mal, si los miembros lo desean así y ambos encuentran recompensa en esa relación.
Inclusive hay parejas a tiempo parcial, o no convivientes, o abiertas. Lo importante es el vínculo preferencial de compañía de cordada, de ayuda mutua y de satisfacción de cada uno con la presencia del otro.
La naturaleza empuja a que la efervescencia de los encuentros de amor erótico/sexuales se vaya espaciando, aunque no tienen por qué desaparecer, también aquí se puede gozar de una serie de variantes en las que acomodarse para disfrutar de esta comunicación esencial y única entre la pareja. Pero sí es cierto que la amistad, el cariño, la complicidad de toda una vida juntos, se convierte en la argamasa principal para no solo sortear, sino para seguir disfrutando del último tranco de la vida.
¿Y qué hacer para que todo esto suceda en tu pareja, cuando llegas a esta tercera o casi cuarta edad? Para empezar, como contestaría el niño sabiondo de la clase, lo primero, sería conservarla, claro. Eso ya sería un buen síntoma de la salud de vuestra pareja. Yo añadiría que, como en todo, unas cosas vienen a continuación y, además, son consecuencia de otras previas. Quiere decirse, que hay que prepararse para ello. Ser consciente de la fase vital en la que estamos, y lo que nos va a suceder después de esta. E ir tomando las medidas adecuadas para ello, claro.
Tenemos la suerte de recordar el camino que siguieron nuestros padres, al que abocaremos nosotros dentro de poco, y un montón de ejemplos de amigos, conocidos o, inclusive, personas anónimas del barrio, como la pareja de viejecitos agapornis con la que nos tropezamos en la calle, para saber lo que nos espera. De nosotros, de nuestra dedicación e inteligencia dependerá en buen grado conseguirlo.
Tú miras a los agapornis. Y piensas en la gran inteligencia que deben de tener para un cerebro tan pequeño. Y, te acuerdas de lo que te decía tu padre.

–A veces, cuando no tienes dónde mirar, miras a los animales y te contestan muchas de tus preguntas.

                                                         
                                                




El escritor se acuerda entonces de sus padres, la semana que viene, el día veintisiete de octubre, habrían hecho 77 años de casados, murieron hace unos pocos. Y de su hermana que se casó ese mismo día de hace cuarenta y tres. Y quizás de él mismo que ya lleva treinta y siete. ¡Cuántos agapornis!

Pero, quien diga que todo ha sido cuesta abajo y con el viento a favor, miente. Una señora de unos ochenta y cinco se lo explica muy bien.

–Pues claro que ha habido momentos malos. Nosotros hemos discutido y nos hemos dicho de todo. Inclusive hemos estado a punto de romper varias veces. Y la vejez te produce depresión y desánimo. Y las limitaciones y los achaques, mala leche. Y ver a tu pareja en sus malos ratos encienden los tuyos. Lo importante es que se conserve esa devoción, ese sentimiento de que estáis unidos para siempre. Contra viento y marea. Yo creo que eso ahora no se lleva. No aguantan nada. En mis tiempos nadie pensaba en romper. Alguna vez te quejabas a tus padres de que no te entendías con tu marido y, ¿sabes lo que te contestaban? A nosotros no te quejes, vuelve a tu casa y arreglaros.

Sí, el escritor conoce esos momentos de desencuentro, de frustración y pesimismo. Rescata algo que escribió en uno de ellos, ya en esta última etapa del camino.

CANSANCIO

Había aquella magia
tierna y azul…
Pregúntaselo a la luna,
siempre muda,
sabe de lo que hablo.

Había aquel corazón
que latía a borbotones
con el pálpito de los comienzos…
Pregúntaselo al sol,
cálido y lejano,
sabe lo que pienso.

No me digas que estoy ido,
ajeno a la realidad,
cuando me sorprendes,
con la mirada perdida,
en la ventana lluviosa y gris.

Vivo como puedo,
me mantengo prendido
de unas briznas de aquel aire…
Pregúntaselo al perfume de las rosas,
marchitas y derrotadas,
que ya no están.

Apenas me mantengo a flote,
navego en los reflejos de aquella luz,
de aquella inocencia luminosa…

Sobre este mar de cansancio,
que desemboca
en ese océano inmenso
de decadencia
que nos espera.

Las horas se repiten,
como los errores,
los días van llenando de herrumbre
los orificios de las venas.

Me agarro a mi mente,
ese almacén donde guardo
todos los álbumes
de aquellas fotos
que nos hicimos.

Me sumerjo en ellas.
Son como un corazón,
infantil y alegre,
todavía sin estrenar.

No me digas
que estoy siempre en las nubes.
Yo solo quiero
beber de aquellas fuentes de ilusión,
dar cuerda otra vez al reloj
de mi cansado corazón.

Para que no se me pare
en medio del día de hoy.
Para que no se detenga
en mitad de este interminable otoño
de la vida.


Pero, dicen que el amor es como la energía, que no se destruye nunca, solo se transforma. Y con el paso de los años, la comprensión, el respeto, el perdón, ese resorte íntimo que un día os empujó a vuestra unión es más fuerte que nunca. Al escritor le gusta mucho la música y siempre capta en ella colores, fragancias para su obra. Y está de acuerdo con lo que se dice en esta bella canción, a la que también pone unas imágenes doradas, que no ocultan los momentos malos de entre medias. Pero, hoy, quiere quedarse solo con la alegría y el optimismo de ese amor maduro que es como el vino. Al que hacen tanto bien los años…

Sí, a veces el amor es como el vino. Los años le dan más cuerpo, más consistencia, mejor aroma, más cálido bouquet. Sí, a veces el amor definitivo tarda en llegar, son necesarios muchos tropezones, profundas heridas y notorias cicatrices. Tal vez por ello, cuando llega, cuando lo identificas, emplearás toda tu experiencia en conservarlo y enriquecerlo hasta el final de vuestros días.

Ahí va: A ESTA EDAD SE QUIERE MÁS. https://www.youtube.com/watch?v=a2vYtP0HKjc&list=RDa2vYtP0HKjc&start_radio=1

El escritor entorna los ojos y se acuerda que él celebró a lo grande hace dos años su 35 aniversario de casados. Aunque fue una idea de sus hijos: los llevaron a esposarse de nuevo a Las Vegas en un viaje inolvidable. Lo más bonito fueron aquellos meses de preparación en los que se compraban la ropa y organizaban todos los detalles. Se sintieron como dos novios de nuevo.


Y, desde entonces, el escritor le dice a su doblemente mujer:
–Recuerda que somos unos recién casados. ¡En todo! Y tenemos que comportarnos como tales.
¡Y funciona! – sonríe para sí.
Quizás sea solo la forma que él tiene de seguir regando esa tan delicada flor.

Él le regaló en aquella ocasión un libro de poemas que había ido escribiendo durante todo aquel periodo de tiempo y que se llamó precisamente: Treinta y cinco gramos de oro.

De ahí entresaca uno de los poemas que trata de lo que estamos hablando hoy, de lo que hablaban las abuelitas de la fundación: de toda una vida de amor.


Tú
Si tú no estuvieras un día
volvería a ser pasto de esa nada
que se recrea en los inhóspitos desiertos
que yo tanto conocí,
antes de que apareciera tu sonrisa,
con su cálido antídoto contra la soledad
y la desesperanza.

Te convertiste en mi lanza y en mi escudo.
Y en mi acogedora carabela para surcar
los procelosos mares.
En la dulzura y en la pasión que envuelven
nuestras noches
y en la compañía discreta y abnegada
que retira las piedras del camino
para que yo no me tropiece.

Me contagiaste con tu alegría de campanas.
Con tu luz de amaneceres soñadores.
Con tu fuerza que irradia de optimismo
a los atardeceres amarillos que
empujan nuestra barca.

Sé que fui ungido por la vida
el día que te conocí.
Y que, inexplicablemente,
lejano a todo merecimiento,
lo sigue haciendo cada mañana,
regalándome el gozo de tu presencia.

Ignoro por qué te enamoraste.
Y por qué
me amas tanto y tanto cada día.

Desde hace un tiempo tan largo
que ya sé que no es ningún error,
ningún malentendido,
ni ninguna improvisación.

Vivo así de afortunado,
con el regalo de tener
a mi lado lo que
yo más quiero.
Tratando de demostrarte todo lo feliz que soy,
porque sé, además, que eso es lo único
que realmente te importa.

Mientras pasa la vida,
la nuestra,
y cada vez estamos más juntos,
frente al tiempo inmisericorde
que desnuda de hojas
los árboles de nuestro futuro.

Qué más da.
Nadie me podrá quitar lo que tuve.
Ni nada me podrá hacer olvidar lo que tengo.

Al cielo entero que nos cubre,
lo ha tejido toda esa red de lazos
en la que continuamos enredándonos
y enredándonos mientras, como digo,
se va pasando la vida
como un murmullo
de hojas de calendario
a las que voltea el aliento de tu sonrisa,
que es lo único que permanece inalterable
en este mar incierto que, según dicen,
¡ojalá!,
desemboca en la eternidad.

Ese lugar que tan bien conozco,
y que se enseña en el espejo de tus ojos.
Allí, donde radica ese secreto,
maravilloso e inexplicable,
del porqué un día nos elegimos,
el uno al otro,
y para siempre.



Hace ahora un año, el día del Rosario, sin planificación alguna, el escritor percibió un destello que le recordaba una de las cualidades de su pareja que había permanecido intacta a lo largo de aquellas casi cuatro décadas que llevaban juntos.

Su historia dice así:

Una vez, de novios, hace, no sé, casi cuarenta años, me llevaste a ver a San Valentín. Había nacido cerca de tu pueblo, en las Hoces del Duratón. Fuimos a la ermita donde está enterrado, en una pequeña isla en medio del río, junto a San Frutos.

Allí nos presentamos los dos, con nuestro amor. Buscábamos protección, qué se yo, esas cosas intangibles que uno quiere tener cerca para que su amor dure toda una vida. Pase lo que pase.

Hace unos meses, unos amigos nos llevaron por primera vez a la romería del Rosario, del Villar de Sobrepeña, al lado del Duratón también. Allí, en una ermita doméstica y entrañable, me acordé de aquel lejano día y quise captar ese recuerdo. Soy un desastre, me había dejado el móvil en Madrid. Así que tuve que pedirte el tuyo. Con él te tomé unos planos improvisados, mientras que el cura nos animaba a que pidiéramos lo que más quisiéramos a la Virgen del Rosario.

Mientras grababa, me di cuenta. Tenías la misma sonrisa que en aquel lejano día ante San Valentín. Nuestro santo había hecho su trabajo y había mantenido en nosotros la esencia de aquel amor primigenio. Sólo le pedí a la Virgen que siguiera haciéndolo. Que continuara la obra de San Valentín: seguir cuidando de tu sonrisa. Y que yo supiera alimentarla para que nunca la perdieras, como no lo habías hecho en todo aquel tiempo. Los santos hacen milagros que a los humanos nos sobrepasan.
Yo solo puedo contarlo: busqué aquellas imágenes de aquel tiempo de San Valentín y las mezclé con estas otras de la romería del Rosario. Casi cuarenta años entre ambas.

Toda una vida. Sí, toda una vida juntos. Aunque el mérito no sea solo mío, sino de San Valentín. O del Duratón y sus secretos, qué se yo. ¡Y qué más me da a mí, me digo en mi interior! Aquí continuamos, los dos juntos, tras todo ese tiempo, que es lo importante.


Brindo hoy para que sigamos muchas décadas más. Uno al lado del otro, siempre. Sí, nada me gustaría más. ¡Porque así sea!

VIDEOCLIP “CUIDALE SU SONRISA”: https://youtu.be/NeFRk5QYSY4

Otra viejita le dice al escritor.

–Lo importante a esta edad es que, sin que nos engañemos, sepamos dotar a los recuerdos de nuestra vida juntos de un aura de pareja especial y única. Aunque no lo seamos. Pero, ¿por qué vamos a vernos a nosotros mismos con las gafas sucias y no con un poco de cariño y de orgullo de nosotros mismos? El agradable peso de estos recuerdos será una brisa suave de viento para empujar nuestro barco cuando lo sintamos algo empantanado en mitad del lago de la vida.

Sí, eso mismo piensa el escritor, ¡si fuéramos capaces de mirar todo el resto del tiempo que nos queda juntos con el mismo amor, con la misma ilusión, que aquello que sentimos cuando nos elegimos el uno al otro para siempre, sería una forma excelente de regar esa flor tan delicada de nuestra relación.

Hay una canción que empieza precisamente así: “Sigo viendo todo con los mismos ojos…”. Para celebrar su último cumpleaños, el escritor le puso imágenes, y le hizo este regalo a su mujer. Hoy vuelve a hacérselo, para compensar, como digo, los duros días que vienen, en los que estará pensando en otras cosas.

Ahí va esta bellísima canción que habla de esa luz, de ese vínculo especial que une a toda pareja que se eligió una vez para toda la vida.

LUZ: https://www.youtube.com/watch?v=BkEJPAXKWI0

Y el escritor se acuerda de este poema, también de "Treinta y cinco gramos de oro", que habla también de esto

HOY COMO AYER.

Tu sonrisa me seduce,
alegría y luz que sube a tus pupilas,
y a las mías, al verte.
Me seduce la armonía de tus labios.
La música de lluvia que cae sobre la tierra húmeda
que me trajeron tus pasos, me seduce.

Me seduce cuando caminas a mi lado
y vemos el mismo mundo
de forma tan diferente que nos hace reír.
Me seducen tus ojos chispeantes y risueños,
verte feliz me seduce,
acompasar nuestro paso.

Me seduce ver pasar los años contigo.

Amarnos por el día, me seduce,
con nuestras pequeñas cosas y nuestras rutinas.

Me seduce tu amor de noche,
cuando creamos nuestro mundo de dulzura y pasión,
bajo las estrellas que nos miran,
tu amor me seduce.

Me seduce ese mundo de recuerdos
de todo lo que hemos hecho juntos,
envejecer contigo me seduce.

Me seduce pensar en ti,
en tu compañía,
vivir los días que vendrán, me seduce.

Simplemente te quiero decir
que me seduces tú.
Como la primera vez que te vi,
como ayer,
como siempre,
me seduces.



     El escritor le agradece a todas las personas mayores que ha conocido en la fundación y que le llevan varios lustros en el camino de la vida y por tanto le merecen todo el cariño y respeto,  que hayan traído a su mente estas reflexiones y estos recuerdos en este día plomizo, lluvioso y gris del otoño. Todos nos enriquecemos unos a los otros al contarnos nuestras experiencias y nuestras esperanzas.

Porque el amor, se dice el escritor, puede tener edades, pero su tiempo es siempre el mismo: eterno. ¡Porque así sea!