I) BAJO LAS AGUAS.
Andaba renqueante desde las intensas jornadas de rodaje de la semana pasada, una sensación de malestar difuso, destemplanza con escalofríos frecuentes y debilidad, pero lo de ayer fue otra cosa: no podía con mi alma, como se suele decir.
Le dije a mi mujer, me voy a dar un paseo ahora que hace sol, voy contigo, me contestó, rauda y disponible como siempre. No, prefiero ir solo, luego salgo contigo, como siempre, casi todas las tardes damos un paseo juntos y tomamos algo por el barrio.
No quería que me acompañara y me viera cómo me probaba. Quise caminar rápido, al poco, las fuerzas empezaron a fallarme y tuve que pararme a descansar. Luego, lo intenté otra vez, y lo mismo. Me costaba respirar e incluso cuando lo hacía profundamente tenía malestar en el pecho.
Me entró el mal fario. Como si me fuera a fallar ese corazón tan especial que tengo, de poeta, me dice mi cardiólogo. Volví a casa a paso de pulga y repasando mi vida tratando de convencerme de que, aunque más corta que otras, había merecido la pena.
Dudamos entre ir a urgencias o pedir cita a primera hora con el cardiólogo. Opté por lo segundo, lo de urgencias me daba una pereza horrible y, cosa extraña, tenía perfectas mis constantes vitales, tensión, saturación, ritmo cardíaco, eso sí, la temperatura apenas llegaba a 35.
Así que, esta mañana, me hice en mi clínica una analítica y fuimos a la sala de espera para aguardar a que me llamaran para un ecocardiograma. Nada más sentarnos, un señor con barba sentado frente a mí me empezó a mirar con insistencia. Por fin me sonrió, se levantó y se acercó.
–Eres Paco, ¿no?
–Sí, –me fijé de nuevo en él–. Lo siento, no caigo, ¿quién eres tú?
–Ignacio Moraleda…
Volví a fijarme y entonces lo reconocí, hacía que no lo veía más de cincuenta años.
–¡De la Safa! –Dijimos los dos a la vez. Aquel internado de Sigüenza donde ambos pasamos muchos años, en mi caso 6 y en el suyo 7.
Me volví hacia mujer para presentárselo.
Ignacio Moraleda (aquí le pongo un nombre ficticio), se introdujo él mismo.
–Tu marido me salvó una vez la vida.
Yo me quedé de piedra.
–¿Cómo?
–Ya veo que no te acuerdas…
Nos sentamos y me estuvo contando que una vez en la piscina del colegio, cuando no sabía nadar, se metió sin querer en la zona que cubría, se hundió varias veces y ya extenuado alzó una última vez los brazos para llegar a la orilla. Cuando ya estaba a punto de tirar la toalla, yo, que al parecer estaba en la escalera metálica bajando, lo agarré del brazo y lo acerqué a esta donde Ignacio se agarró como un náufrago a una tabla. Nunca lo olvidaría.
Yo ni siquiera lo recuerdo ahora. En aquella piscina había dos tipos de niños, los que sabían nadar y simulaban que se ahogaban para llamar la atención y los que apenas sabíamos o directamente éramos de secano que solo hacíamos que mirar hacia atrás para que no nos agarraran por detrás y nos hicieran una aguadilla. Seguro que yo estaba agarrado a la escalera para evitarlo.
Y algo debí ver en aquel chaval, un par de años menor que yo, tal vez el último y desesperado miedo, que lo agarré antes de que desapareciera bajo las aguas rodeado de la total indiferencia de aquel enjambre de niños revoltosos y ruidosos.
Para mí debió ser solo uno de aquellos incidentes que llenaban a partes iguales de alegría y de temor mi estancia en aquella piscina tan novedosa para mí. Pero, Ignacio no lo olvidaría nunca, aunque a mí, que yo recuerde, nunca me habló de ello. O tal vez, sí, ¡hace tanto tiempo!
Miré a Ignacio. Más allá de la barba lo vi como aquel niño que, aunque no éramos del mismo curso, me buscaba y quería estar conmigo. Yo lo notaba. Pero nunca lo asocié a aquel momento de la piscina del que sigo sin acordarme. Yo era muy conocido en aquella época en el colegio. Académicamente era el mejor de mi clase y probablemente del curso entero. Lo fui durante los seis años que estuve allí. Era muy precoz y despierto en aquella época. Hice la comunión un par de años antes que los chicos de mi edad, porque ya me sabía el catecismo que era el requisito imprescindible para hacerla. Si a ello le unimos el que mis padres estaban medio arruinados y me hubieran sacado de allí si perdía mi beca, no es que corriera, iba en cohete. Muchos niños se acercaban a mí, sobre todo los que tenían inquietudes intelectuales, como los otros triunfadores en el colegio, inclusive con mayor fama, los futbolistas, recibían el aplauso de aquellos que amaban el deporte.
Alguna vez recuerdo que Ignacio me llamó ya de jóvenes en Madrid y me dijo que se iba para Andalucía. ¡Y hasta hoy!
Nos contamos nuestra vida. Bueno, él me contó la suya. La mía se la sabía de memoria.
–¿Cómo va ese documental? –me preguntó por preguntar algo.
Me llevaba siguiendo durante años por redes y preguntaba por mí a otros compañeros de la SAFA. Se lo sabía todo de mi carrera profesional en el BBVA y de mis vocaciones posteriores.
De repente, me entró una alegría infinita. Yo también estaba buscando agarrarme a una tabla salvadora en aquellos momentos aciagos llenos de difusos temores sobre mi futuro. Salvar una vida y servir de faro a un viejo compañero justificaban de por sí la existencia.
En aquellos momentos, me decía, si cuando me hagan el eco me descubren que estoy en las últimas, por lo menos he creado una familia, he tenido dos hijos. Aunque a continuación rebajaba mi euforia, los hijos los he tenido porque he querido, ¿quién no ama luego a sus propios hijos? Eso no tiene mérito.
Pero esto era otra dimensión, Ignacio llevaba viviendo más de cincuenta años gracias a mí. Y supe esta mañana que las cosas iban a terminar bien.
El ecógrafo me estuvo escudriñando de forma intensa, más que ninguna otra vez. Pero, yo seguía fuerte por dentro. Inclusive cuando se detuvo y dijo:
–Tranquilo, Francisco. Vuelvo en un momento.
Apareció al poco con su jefe. “Quiero que veas esto”, le dijo el ecógrafo. Y su superior se sentó frente a la pantalla y me escudriñó una vez más.
–Si, hay algo, pero tranquilo, tiene remedio, no es importante. Su cardiólogo le dirá, le mandamos el informe. A lo mejor ha hecho esfuerzos con una intervención tan reciente.
Yo le daba la razón en todo. Tal vez porque la llevaba. Y, sobre todo, porque estaba más contento que unas castañuelas.
–Sí, sí, es que estoy metido de hoz y coz en un proyecto de cine…
–Anda, pues no lo deje, pero con mesura. Otros a su edad están más mustios que una flor de verano.
Salí, dando palmas con las orejas, aun sin saber ni lo que tenía.
Me despedí de Ignacio, ya le estaban llamando a él para sus cosas. Nos prometimos vernos en la próxima reunión de exalumnos, se iban a añadir a la nuestra algunos de los cursos inferiores.
Cuando estuve con mi cardiólogo, me explicó que tenía una inflamación en el pericardio, la bolsa que rodea al corazón, que había criado bastante líquido, parte se había pasado a los pulmones y estos no me dejaban respirar bien. Pero con un tratamiento con antiinflamatorios esperaba que en un mes o algo así recuperara la normalidad.
–¡Antes que los de Ceuta! –casi grité dando saltos de alegría.
Fui a celebrarlo con mi mujer y eso que seguía agotado, dándonos un homenaje gastronómico de cuidado, me faltó el vino para la ocasión, pero con todo el pastilleo que me esperaba, preferí dejarlo para más adelante.
Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, me invadía de forma insistente una acuciante pregunta: ¿cómo podía haber olvidado yo aquel momento importantísimo en la piscina con Ignacio? Era una sensación muy extraña.
Al poco, caí en la cuenta del por qué. Y esa es la raíz de este artículo.
Años más tarde yo también tuve una experiencia intensa bajo las aguas….
Me recuerda mi mujer que es la hora de cenar y me tengo que tomar la primera pastilla del tratamiento, así que corto. Continuará….
Frente a aquella piscina, unos años más tarde quizás. Al fondo, puede verse en ruinas el castillo, donde jugué algunas veces, que luego se convertiría en uno de los paradores más famosos de España

