viernes, 23 de octubre de 2026

BAJO LAS AGUAS (CONTINUACIÓN). PARA EL PROYECTO DESTELLOS.

 



Sí, años más tarde yo también tuve una experiencia intensa bajo las aguas.


Un día, en las vacaciones de verano, Raúl, es nombre ficticio, un chico diez años mayor que yo, me dijo que iba a enseñarle a nadar a su chica, salían, pero todavía no eran novios. La iba a llevar al pantano de Sacedón. Y me dijo que si quería ir con ellos en su coche.

Yo no tenía mucho que hacer aquella tarde y no conocía ese pantano, volveríamos a El Sauce antes del anochecer y empalmaría con nuestros primeros bailes en la plaza con música, de mi tocadiscos precisamente. Me caían bien ambos, así que me dije, ¿por qué no?

Llegamos a la orilla del pantano, nos cambiamos y nos metimos en el agua. Virginia, es nombre ficticio, estaba eufórica, pero no tenía ni idea la pobre. La cogimos cada uno de una mano y se tumbaba de bruces sobre el agua.

Así estuvimos unos minutos. En un momento determinado, al ponerse de pie, era la más bajita de los tres, y no tocar fondo, Virginia se puso muy nerviosa. Se agarró a nuestros cuellos llena de pánico. Debíamos estar en el borde de la meseta de la playa y con su movimiento acabamos los tres yéndonos hacia el interior, un brusco descenso hacia el antiguo barranco.

Descendimos agarrados con fuerza por la chica y se alejaron nuestras cabezas de la superficie. Encontramos suelo un poco más abajo y Raúl y yo nos impulsamos hacia arriba. Apenas habíamos tomado un poco de aire, volvimos a caer con Virginia dando gritos como una histérica. No se soltaba de nosotros ni por asomo.

Estuvimos descendiendo y subiendo dos o tres veces más, cada vez más cansados y tragando ya algo de agua. Raúl lo decidió. Era el mayor y quizás el único que podía hacerlo. Me empujó con fuerza hacia dentro del pantano y le cogió del brazo a su chica para que me soltara.

Yo estaba agotado y mucho más profundo ahora que antes. Una de las veces que ascendí los vi a los dos ya fuera de peligro, con Raúl abrazando a su chica que no paraba de gritar. Yo tampoco era un buen nadador, nadie me había enseñado y aquello no era una piscina sino un pequeño mar con un suelo irregular y traicionero. Por momentos me vi sin fuerzas y tragado por el abismo.
Hice un último esfuerzo, braceaba, pero no me movía del sitio. Me fue entrando un pavor inmenso. Que me agarrotaba. Que me inmovilizaba. Y que me haría hundirme sin remisión en pocos segundos más.

No sé ni como, pero haciendo el último esfuerzo sobrehumano conseguí acercarme algo a la orilla. Estaba ya sin fuerzas. Cerré los ojos, temiéndome lo peor, pero logré hacer suelo justito. El agua, por la boca. Respiré hondo. Y ya, caminando, salí a la playa.

Virginia ya no gritaba. Lloraba a raudales. Raúl me vio por encima de su hombro. Y me sonrió.

Nunca hablamos de ello. Y ya no lo podremos hacer jamás. Murió a principio de este año.

Al poco de aquello del pantano, se hicieron novios formales y se casaron. Seguimos siendo amigos después. Todavía lo soy hoy de Virginia.

Reflexioné mucho sobre aquello y llegué a la conclusión de que no podía responsabilizar a Raúl de lo ocurrido. Nos hubiéramos ahogado los tres e hizo lo que tenía que hacer. Salvar a la más vulnerable, aunque sabía porque yo se lo había dicho cuando me lo propuso, que yo apenas sabía nadar. Y además la quería, claro.

Después me olvidé de aquelle. Pero de lo que no me pude olvidar nunca, fue de aquel miedo intenso con el que me vi morir bajo las aguas. A partir de aquel día, si era en piscina y me cubría siempre iba pegadito a la orilla y en el mar, al que tanto amo, no dejaba de hacer pie ni por asomo.

Ahora sé por qué había olvidado aquello tan hermoso con Ignacio. Mi mente no supo elegir el mejor recuerdo de los dos que había vivido bajo las aguas. O, tal vez, mi subconsciente solo quiso protegerme y evitarme para siempre ese profundo desvalimiento, esa inmensa soledad final ante la muerte, instalando en mí un miedo atávico, un pavor inmenso a quedarme suspendido en las aguas sin el asidero firme de mis pies.

Era muy joven y no supe ver la vida con optimismo. Habían sido dos momentos victoriosos y de éxito, pero me quedó solo la parte más oscura del último.

Más vale tarde que nunca, me digo, ahora sí, lleno de alegría. Incluso me prometo que cuando me recupere, cogeré un profesor que me enseñe a nadar y mantenerme en el agua, sin la preocupación que he sentido en todo este tiempo cuando me he atrevido a hacerlo.

Sí, la vida es solo un ejercicio de optimismo. Se puede terminar en cualquier momento. Y se terminará, queramos o no, en unos años.

Debemos aprender a elegir siempre la luz, la alegría, la esperanza. Todo lo que tenga que ocurrir no depende de nosotros. ¿Por qué amargarse prematuramente con ello?

Nos ocurrirán desgracias. Nos fallarán otras personas. O nosotros mismos. Y no podremos con la tristeza en algunos momentos de nuestra vida. Es inevitable sufrir por los impactos negativos que recibamos. Pero, será responsabilidad nuestra que estos duren más de lo imprescindible, que nos inunde la ciénaga de la tristeza permanente, Que nos hagan tomar decisiones erróneas como la que yo, un chaval tan solo, tomé aquel día. Inclusive hasta hacerme olvidar uno de los momentos más bellos de mi vida,

Aquel que me han recordado hoy.

Tuve, unos años más tarde, otro momento bajo las aguas de una tristeza inmensa, insoportable, dolorosa. De la que creció, sin embargo, una hermosa flor.

Pero, ya está bien por hoy, otro día continuaré hablando del optimismo, aquel que nace inclusive bajo la mayor de las tormentas.