Unos años más tarde, por Semana Santa, yo tenía veintipocos, recibimos una llama en casa. De esas que tienen malos presagios desde que suena el timbre del teléfono.
Llegamos a El Sauce Curvo ya de noche, no al pueblo en sí, sino a los navajos, unos pequeños lagos, o charcos grandes, situados a un kilómetro del mismo, en unos arenales de donde se extraía la arena para las obras de las casas y las carreteras. Algunos podían tener una profundiad superior a la altura de una persona.
Estaban rodeados de coches con las luces puestas alumbrando uno de los navajos y mucha gente en silencio, con el alma sobrecogida, o llorando a mares, observando a un equipo de buzos que acababan de llegar de Guadalajara.
Los fueron sacando de uno en uno. Los dos mayores casi desnudos. Eran tres hermanos que se habían ahogado, dos niños y un adolescente de dieciocho años, en el noble empeño de sacar al pequeñín que se había caído dentro de aquellas frías aguas. Fue noticia nacional.
Eran tres primos carnales míos. Mi madre, hermana de la suya. El mayor estaba empezando ingeniería. Lo recuerdo la última vez que nos vimos, cómo me enseñaba con orgullo su facultad en la Complutense de Madrid.
Los llevamos a casa de sus padres. A su madre se la habían llevado donde vivía otra hermana. Las mujeres de la familia los estuvieron vistiendo, mientras los primos preparábamos una habitación, echando unos colchones por el suelo y cubriéndolos con unas colchas.
Los depositamos a los tres juntos. Yo era la primera vez que tenía contacto con la muerte. Me sorprendió la frialdad de los cuerpos, la rigidez de los miembros mientras los acomodábamos lo mejor que sabíamos, la crueldad inmensa de ver aquellos tres bocetos de vida, ya sin ella.
Luego, fuimos a dar el pésame a mi tía. Estaba, deshecha, en una habitación en penumbra, la cara llena de lágrimas y el pelo revuelto. Cuando yo pasé estaba sola. Me senté a su lado y la abracé. Ella rompió a llorar, luego se separó y me miró fijamente a los ojos.
–Paco, tú que eres un buen chico, no me mentirás ¿verdad? Me dicen que solo ha sido uno, pero yo echo de menos a tres. Por lo que más quieras, dime la verdad. Han sido tres, ¿no?
La habían protegido con aquella mentira. A mí me hubiera gustado en aquel momento, ser el hombre más sabio del mundo, pero me quedé sin palabras mirando todo su dolor.
–Dímelo, Paco. Dímelo.
Lo hice lo mejor que supe y pude.
Le di los nombres de los dos más mayores. Sabía que estaba loca por su pequeño.
–Solo han sido dos, tía. Y no se han ido. Ya están en el cielo mirándonos.
Mi tía también me miró fijamente. Por un momento, quise ver una pequeña sonrisa dentro de todo su dolor. Otra persona entró yo le di un beso y me aparté.
Cuando salí me encontré a mi tío.
–Le he dicho que han sido solo dos. Los mayores. No sé si he hecho bien.
–Sí, muy bien, hay que decírselo poco a poco. Lo peor va a ser lo del pequeño. Y cuando los vea por última vez.
Sí, llegaron momentos terribles en las siguientes horas y durante los actos religiosos y en el cementerio. Lo peor fue cuanto todos nos fuimos y se quedó sola en su casa con todo su dolor. Su marido y sus otros tres hijos la confortaban todo lo que podían, pero nunca es suficiente. Hay que pasarlo. Y llorarlo sin consuelo y sin fin.
A mí me impactó, me conmovió sobremanera. Aquella injusticia que es siempre la muerte. Y más la de forma tan prematura. Un proyecto de vida segado casi a ras de suelo.
No lo podía aceptar, que este mundo fuera tan cruel, tan sin sentido. Fueron días llenos de una tristeza infinita, de una melancolía por un mundo bien hecho, que se había roto en pedazos en el interior de un joven un poco mayor que ellos.
Quería salir de aquel callejón. Una noche de aquellas, entre sueños, recordé aquellos momentos con mi tía. "No se han ido, están ahí, en el cielo, mirándonos".
Me desperté y una sensación de paz me inundó por dentro. Como cuando comprendes por fin el destino de todo lo que ocurre.
Aquel día me llegó, precisamente, un libro del Círculo de Lectores que había pedido. Eran las vidas y los pensamientos de los grandes filósofos y escritores. Lo primero que leí fue esta frase de Ghandi: "Tiene que haber otra vida, sí o sí. Porque si no solo sería una broma cruel".
Eso, que me habían enseñado de niño mis padres y los curas durante los seis años que estuve en el internado de la SAFA, de pronto recuperaba todo el sentido que en realidad tenía.
Elegí quedarme en el lado de la esperanza y no del pesimismo. Preferí la mejor versión de este mundo, de esta vida, y no la tristeza eterna de sentirnos desamparados y destinados a quedar reducidos solo a polvo.
Desde entonces defiendo esta idea con capa y espada. Ante todo el mundo, pero, sobre todo, ante mí mismo, cuando la dureza de ciertos hechos hacen tambalearse tus más profundos cimientos. Nunca me ha abandonado esta idea desde entonces. Y nunca lo hará.
Fueron muchos años muy duros para mi tía y los suyos. Pero, hoy, prefiero quedarme con todos los momentos llenos de alegría, siempre fue una mujer muy alegre y divertida, y lo es todavía aunque sea muy viejecita ya, que supo compartir luego con sus hijos, su marido y el resto de la familia cuando fue pasando el tiempo.
Dentro de unos años, cuando a ella le toque también despedirse, estoy seguro de que volverá a encontrase con sus pequeños y podrán contarse tantas, tantas cosas, que no cabrían aquí.
