domingo, 25 de octubre de 2026

EL OPTIMISMO: QUIÉRETE ASÍ. (PARA EL PROYECTO DESTELLOS)

 

El escritor, que ya tiene un carro de años a cuestas, piensa que uno de los momentos claves de la vida, donde hay que tomar una de las decisiones más importantes para vivirla, es cuando en tu juventud descubres en su totalidad las limitaciones con las que has venido a este mundo y qué harás al respecto con ellas.

El escritor en su adolescencia empezó a sentirse como un tímido casi enfermizo. Podía ser en determinados momentos tan echado para adelante como era a veces también su padre, o lo más frecuente: envolverse en aquella sensibilidad, en aquella vulnerabilidad extrema que había heredado de su madre.

Los grupos no le iban en absoluto, no se desenvolvía bien en aquella selva, ganaba mucho más en el vis a vis con otras personas, sobre todo con las chicas. Y lo de exponerse en público le daba pavor.

Entendía muy bien, en la discoteca, a aquella línea de chicos acodados en el bar tomando sus vitaminas  de autoestima y valentía antes de acercarse a la pista. Sí, el alcohol lo desinhibía y entonces él podía exhibir todas sus potencialidades que, en realidad, tenía, cuando conseguía desembarazarse  de aquella sensibilidad, rubor y vergüenza,  que le maniataba por dentro. Entonces lograba alcanzar esa pose de seguridad y decisión que le facilitaba recorrerse kilómetros en una tarde de aquellas que de otra forma le hubieran llevado años.

Pero, luego volvía a su vida cotidiana, y el alcohol desaparecía, nunca ha sido de beber diario, y tenía que lidiar entonces con las contradicciones que producía en sus amigos, y en sus amigas, que no sabían a qué carta quedarse si con el héroe resolutivo o con el apocado y ensimismado en sí mismo, nunca mejor dicho. 

También constató que sus orígenes muy humildes, también tenían consecuencias. Vivía en dos mundos paralelos que nunca se tocaban: su mundo universitario, selecto, lleno de inquietudes vitales e intelectuales y el mundo de sus viejos amigos de escuela de El Sauce, mucho más pegados al sobrevivir diario y con un mínimo de ínfulas de más altos horizontes. Él nunca los mezclaba, vivía la semana con unos y el finde con otros. Otra contradicción más a su ya desbalanceada situación personal.

Otro ángulo importante era su orientación profesional, su padre, con buen criterio, le empujó hacia una carrera práctica y de muchas salidas, economista, de la que podría vivir luego cómodamente, mientras ese mundo subterráneo de la sensibilidad y de la poesía, de la literatura en suma, que él amaba, quedaba arrumbado a sus recónditos rincones interiores, lo cual le producía no poca desazón y un sentimiento de traición a aquellos instintos vitales que él creía que eran su auténtica esencia.

Para colmo, empezó a trabajar un un banco, un negocio práctico ligado al dinero, seguro y tradicional, muy lejos de aquellas inquietudes filosófico espirituales que anidaban también en su cabeza. Aquel matrimonio universitario y laboral lo fue de conveniencia total, sin ningún enamoramiento ni pasión por su parte.

Con el tiempo, sin embargo, le fue cogiendo cariño, según dicen que ocurre con el roce y, no solamente fue un buen economista, sino que empezó a brillar en ello. Consiguió por oposición una plaza de titulado en la materia en el propio banco y no sabría decir ni cómo, si  fue suerte o inteligencia, o quizás un poco de ambas, acabó en el área más vanguardista y elitista del negocio: las grandes empresas y el mundo internacional. Eran los clientes más sofisticados, algunos de ellos inclusive superiores al banco, y este se tenía que esforzar en ser competitivo y estar a la altura con los productos más completos del mercado.

Le pusieron de analista, muchos más acorde con su carácter reflexivo y poco comercial, y acabó  siendo un especialista en riesgos complejos e importantes,  con mucha influencia, vamos, los que al final deciden si una operación se hace o no. 

En aquel importante área, recalaban también los más elitistas directivos y empleados de la empresa, El escritor llegó a tener en un verano dos becarios pata negra: uno, descendiente directo del fundador del banco, un conde de solera, cuyo apellido daba nombre a la sede de la empresa en Bilbao, y el hijo de uno de los fortunones inmobiliarios del Madrid de siempre. Otro verano fue el hijo de un ministro de Hacienda de la época, en fin... Y sus mejores amigos seguían siendo sus viejos compañeros de escuela de El Sauce. Otra contradicción más. A veces, salía con sus dos becarios y le llevaban a sitios tan selectos  y refinados  donde se encontraba tan extraño que hasta añoraba los cutres antros de sus amigos pueblerinos. Pero, poco a poco, también empezó a apreciar a compañeros y directivos de la sangre de aquellos becarios y trataba de adaptarse a ellos.

Algunas noches cuando llegaba a casa, tenía tal cacao en la cabeza, sobre quién era, y quién quería ser,  que esta estaba a punto de estallar.

La prueba de fuego para él era cuando tenía que subir al Consejo con una de aquellas operaciones millonarias de clientes rutilantes basados en países que él no conocía ni por asomo, aunque era capaz de  estudiarlos y analizarlos con una profesionalidad exquisita.

Allí se enfrentaban: por una parte su mundo de economista/banquero experto, donde tenía que exhibir una pose de seguridad y decisión ante aquellos ricachones muchos de ellos nobles y, por otra, aquella que él creía que era su esencia: la de un poeta sensible, vulnerable y blando, de orígenes muy humildes, lleno de timidez e introspección. Y, para colmo,  allí no podía haber alcohol de por medio que unciera en uno solo ambos mundos tan diferentes.

Leyó muchos libros de autoayuda, por supuesto,  para ayudarse, nunca mejor dicho, a mantenerse a flote en aquellas circunstancias y sobrellevar la presión que sentía. Él presentaba la operación porque era quien más sabía de ella, y era la política del banco que así fuese, pero antes de llegar allí tenía que pasar por varios otros comités inferiores, donde esa propuesta recibía el aval, no solamente de su jefe si no del jefe del jefe de su jefe.  Si se la echaban para atrás, también se la denegaban a ellos. ¡La de Dios!

Descubrió una fórmula en uno de aquellos libros, con la que se machacaba la noche previa, que no tenía nada que ver con preparase mejor la operación, sino con repetirse un mantra cien veces hasta que le calara por dentro hasta la médula. "Me quiero, me quiero, yo me quiero, yo soy mi mejor amigo,  yo me quiero como soy".

¡Y funcionaba! No trataba de adquirir ninguna pose, sino de aceptarse, de quererse, de tratarse bien él mismo. Entonces la cosa fluía, y salía a la luz lo buen analista que era e, inclusive lo bien que razonaba y hablaba en público. 

Con el tiempo, lo fue aplicando a otras áreas de su vida, como sus amigos y las chicas y observó que en su mayoría le apreciaban más cuando se mostraba como era, sin tratar de ser otra persona, sino exhibiendo todo el amor que sentía por ser él mismo, por tratarse como un verdadero amigo para su propia persona. Era como si llevara un cartel que decía: mira cómo me trato yo, así quiero que me trates tú.

Y eso, piensa hoy el escritor,  es también un ejercicio de optimismo, de verte de la mejor manera posible, de aceptar tus limitaciones y atreverte a mejorarlas, sin dejar de ser quién eres. De mostrarte a los demás no como alguien superior porque te has construido una imponente  coraza, pero tampoco inferior, que es lo que ocurre cuando tú mismo no te amas.

Así que no se trataba de que sobreviviera uno de sus dos mundos, el poético e idealista, frente al práctico y realista, sino de aceptar esa doble realidad en su persona que, bien mirado, con el tiempo, descubrió que era una doble riqueza. "Me quiero, me quiero, yo me quiero, me acepto tal y como soy..."

Alguien dijo, ahora no me acuerdo quién, leí tanto entonces, que para amar, primero hay que estar enamorado de uno mismo, practicamos el amor con nuestra persona y una vez saciados nos enriquecemos amando a otras y recibiendo también su amor.

Estos días estoy escuchando muchos boleros, dentro del amplio menú de música que me gusta. Uno de ellos sintoniza con esto que pienso, que siento hoy, este día precioso de otoño, en el que acabo de regresar de una manifestación organizada por las mujeres de Ceuta, que también, creo yo, se merecen un acto de apoyo y de  amor.

Así que le pongo imágenes a este bolero de letra hermosísima y poética y me siento hermanado con todas aquellas personas que luchan por seguir siendo ellas mismas, y se atreven a salir del pesimismo a través de ello precisamente.  "Si tú te miras bien, con cariño, muestras el camino a los demás de cómo quieren que te miren", viene a decir. No siempre se consigue, pero la lucha merece la pena, cree hoy firmemente el escritor.

Ahí va: https://www.youtube.com/watch?v=5rzwBrU6WOE

Y rescato una foto que representa muy bien aquellos dos mundos que yo creía a veces antagónicos,  que convivían dentro de mí en aquella época de la que hablo: estoy recibiendo del mi director de Recursos Humanos un premio de poesía organizado por el Club de la empresa. ¡Todo es posible! ¡Quién lo diría de un banco!