jueves, 21 de septiembre de 2017

RABIOSA ACTUALIDAD



REFLEXIONES SOBRE  LA RABIOSA ACTUALIDAD

Es la primera vez que rompo la regla que me impuse hace años. No hablar nunca de la rabiosa actualidad.
No merece la pena.  Ya están los profesionales del momento para ello. Pero vivimos un momento especial, casi peligroso.

Yo soy, o me gustaría ser, un escritor de horizontes.  De  perspectivas. De tendencias.  De íntimos sedimentos y querencias.

Lo que pasa es que me duele mucho lo que está pasando.  Seguro que como a muchos más, aunque no sean escritores.

Lo de Cataluña es grave. Y penoso. Duele.

Lo que más duele es que hay gente que, en vez de sumar, resta. Mal  negocio.

Supongo que el prurito. Y el orgullo,  mal entendido, es la contrapartida.

Yo no soy un político, por Dios. Ni me gustaría serlo. No tengo esa vocación. Aunque respeto esa profesión, como a cualquier otra.

Simplemente no entiendo lo que pasa, y me gustaría que reflexionáramos lo siguiente:

1.-  Hemos de perder el miedo a lo diferente. Al final todos dormimos en una sola cama y nos sentamos de la misma forma en el mismo váter.  Y nos moriremos todos, unos detrás de los otros, persiguiendo los mismos sueños. Y las mismas dudas...  Y da igual si nos expresamos mejor, o más cómodos, en una lengua que en otra. En el mundo que viene lo más preciado será la capacidad de comunicarnos con los  demás.

2.-  El hombre es un ser social. Ya lo dijo Aristóteles. Y eso significa que, para crecer, deberemos integrarnos en una sociedad  que está por encima de nosotros como individuos. Y nuestra sociedad local, cercana, deberá integrase en otras, más lejanas. Más amplias.




3.- Yo, como escritor,  un ser eminentemente individual, independiente y crítico, desconfío de los políticos. De los malos políticos, quiero decir. De aquellos que, en vez de que pase su pueblo a la historia, quieren  pasar ellos,  alzándose sobre un montón de sufrimiento y, tal vez, de cadáveres. Estos no me interesan en absoluto. Me gustan los políticos que buscan sumar, engrandecer, ampliar horizontes., que sus representados vivan bien y tengan toda la información para continuar haciéndolo. Lo contrario, me parece mezquino, ruin, cercenante, amputador, pobre, en definitiva.

4.-  Yo no manejo todas las estadísticas , todos los datos;  me muevo por el instinto, por las experiencias cercanas. Viajo, orgulloso, por las Españas,  y veo que las ciudades están cuidadas, con las plazas llenas de fuentes, de jardines, de rosas. Nada es perfecto, lo sé. Ha habido una crisis terrible, lo sé también. Pero no me trago el cuento de que ahora todo es un desastre. Hablo con unos y con otros, jóvenes y, sobre todo, mayores, pregúntesele a estos últimos en confianza: vivimos como nunca.  Y, encima, la crisis, en sus coletazos más profundos, parece quedar atrás. Hay que reparar a los dañados ahora. Sin falta.

5.- España es uno de los países más importantes de la historia universal.  Quizá de los diez países más importantes o, incluso, de los cinco.  No es un mal negocio ser español.  Habrá muchos errores en nuestra historia, sin duda. Que habrá que juzgar con los ojos de aquel tiempo. No del de ahora, ojo.

6.- España es un país complejo. Muy antiguo, pero con un  nacimiento peculiar.  Conozcámoslo y respetémoslo. Respetemos el conjunto, tan valioso. Y respetemos las partes, tan valiosas también. Respeto mutuo, esa es la palabra.

7.- Es muy fácil destruir, desvalorar, echar por la borda tantos encuentros, tantos momentos vividos juntos.  Construir lleva su tiempo, su empeño. Sus siglos. Llamo aquí a los construidores, a los reformadores,  a lo sumadores. Y desllamo a los héroes momentáneos, a los orgullosos, a los narcisistas,  a los que  son miopes, sin gafas correctoras algunas.

8.- ¿Por qué no aprovechar ese acervo común de una de las naciones más importantes del mundo de todos los tiempos? ¿Por qué no reconocer el empeño, la dedicación, la impronta, el trabajo, la singularidad de sus partes?

9.- ¿Por qué no olvidarnos de esos políticos que viven, medran, pensando en su próxima cita electoral? Por qué no pensar en nosotros. Çon quién nos relacionamos,  a quién amamos. A  quién estamos haciendo sufrir.  De quién vamos a divorciarnos y por qué. Cambiemos a aquellos políticos que siembran problemas en vez de soluciones.

10.- Estamos en el club de los quince países más prósperos, y más justos, y más cultos, y con más futuro, del mundo. Nos lo merecemos después de nuestra larga historia de esfuerzo, de trabajo y de dedicación. No lo desaprovechemos  por ver quién la tiene más grande.  Que es lo que nos proponen algunos politicastros para ocultar su inoperancia, su falta de habilidad,  su intención de ocultar sus desmanes o por pasar a la historia, ellos piensan que por héroes y la historia los juzgará, quizá, por narcisistas, prevaricadores y por arrimar el ascua a su sardina.

Ustedes y yo somos libres. No nos dejemos llevar por los cantos de sirena de quienes quieren representarnos, sin ganarse nuestra confianza a base de buena información, interés en sumar, en crecer, en engrandecer. Mientras nos ofrecen  un culto a su imagen, detrás de palabras vacías  y de historias que nada tienen que ver con el mundo de hoy.


Escrito para el blog: www.eldiaquefuimosdioses.blogspot.com y redes sociales.


sábado, 9 de septiembre de 2017

BAJO EL AGUA



Grace y Derek son dos jóvenes malayos pobres, que no tienen apenas nada, excepto quizá el uno al otro. A sus respectivos padres, que viven o malviven cada uno por su lado, les pasa, más o menos, lo mismo, toda su vida han sido pobres como ratas y, probablemente, les ocurre a sus abuelos, aunque en realidad no saben ni qué fue de ellos. Trabajan en el McDonald’s, en la parte de atrás, su chino es corto y pueblerino y no digamos su inglés, a pesar de los nombres que les pusieron sus padres, en el que apenas sobreviven, insuficiente en todo caso para atender al público. Así que limpian, descargan, ordenan las mesas y también fríen las patatas y hacen las hamburguesas si es necesario. Allí se conocieron y allí siguen, tratándose con indiferencia, no sea que acaben por separarlos y repartirlos en establecimientos diferentes, el negocio, ya se sabe, requiere atención máxima, lo que se consigue estando un poco enfurruñado y hasta cabreado, todo lo contrario a las ensoñaciones, divagaciones y hasta emociones placenteras que suele producir el contacto con tu pareja, por la que te sientes alucinadamente colgado.
     Los sábados hacen el turno de noche y, como es un establecimiento grande, céntrico y muy visitado, no cierra hasta las tres de la mañana y ellos luego tienen que recoger, embalar, ordenar, limpiar las máquinas y dejar todo listo para el día siguiente, así que, en torno a las cuatro menos cuarto salen a la calle. Últimamente lo tienen muy claro, no tienen casa propia, ni coche, para estar un rato juntos, así que se dirigen en el autobús nocturno a la isla de Sentosa, unida a Singapur a través de un corto puente. Sentosa es un sitio de ocio, de pasárselo bien. A esa hora las discotecas de lujo, Attica, Four Roses, Bali, siempre de bote en bote, empiezan a ser abandonadas. Grace y Derek, cogidos de la mano, se acercan a la salida y observan a los jóvenes, vestidos a la última, peinados, teñidos, con cuidadoso descuido y dejando su fragancia de ochenta dólares tras de sí, mientras recogen sus deportivos y arrancan con aceleración y estrépito. Ellos no tienen dinero para entrar y, además, aunque lo tuvieran, en las más chic hay que hacerse socio previamente, vivimos juntos pero no revueltos ¿eh?, así que Derek y Grace solo pretenden dejarse invadir por la atmósfera de lujo, misterio, glamour de estos jóvenes europeos, americanos, asiáticos con caché, y respirar un momento su perfume vagaroso, mágico, mientras olvidan, fugazmente, la cebolla y el ketchup esparcidos por sus prendas y por su cuerpo.

Luego se acercan a una playa tranquila y esperan los albores del nuevo día. Hoy, como hace luna llena, se quitan ya sus ropas entre risas y cosquillas y, antes de que estén absolutamente desnudos, empieza a llover, a diluviar como si se les rompiera el cielo encima. Entonces, todavía quitándose el último zapato, o la braguita, corren gritando y riendo hasta entrar en el mar.
—¡No me salpiques! —le dice ella con sorna.
     — ¡Date prisa que nos mojamos! —le grita él en el mismo juego.
     Cuando se zambullen en el mar se encuentran ya a salvo, se abrazan y se besan bajo la cúpula de la superficie del agua, que tiembla bajo los impactos de la lluvia y, allá arriba, una luna misteriosa y joven se coloca una flor en el pelo.




     Llueve sobre las playas de Sentosa, sobre los jardines y los campos de golf, llueve sobre las estrellas numerosas de los hoteles, sobre los balnearios y las clínicas de spa, llueve sobre la ruleta de los casinos donde se reparte la suerte de la vida. Grace todavía recuerda, de niña, cuando su padre y su madre eran felices, luego todo se fue complicando, un churumbel tras otro hasta cinco, todo ello antes de los veinticuatro años, los trabajos que van y vienen y las deudas aumentando.
— Cuando te das cuenta —se desahoga la madre de Grace un día con ella—, tienes una montaña sobre ti, que te aprisiona, que te ahoga y de la que no te podrás liberar en el resto de tu vida. Viene entonces la época de los reproches a tu pareja, por ti estamos así, si tú cambiaras, si tú hicieras, solo el alcohol alivia el sufrimiento, la falta de perspectivas, luego vienen las discusiones, las agresiones, las separaciones, todo es una cuesta abajo sin fin.
Los ojos niños y tiernos de Grace lo recuerdan muy bien, ¡pobres papás!
—Por un momento nos sentimos afortunados, como dioses, jóvenes y fuertes, nos bañábamos juntos en las playas de Sentosa —prosigue ahora su madre, nostálgica, pero con un brillo especial en la mirada—, nos bañábamos de noche con la luna llena, o al amanecer y, cuando llovía, nos acurrucábamos bajo el agua, nos besábamos, hacíamos el amor y sacábamos nuestras cabezas a respirar, mientras la lluvia resbalaba por nuestras caras, muy juntas, y nos mirábamos con adoración. ¿Qué nos pasó después?

A veces, Grace, cuando está debajo del agua abrazada a Derek, en las mismas playas de Sentosa en las que un día se bañaba su madre, se acuerda de ella y se pone repentinamente triste, le entra el mal fario y, cuando sacan la cabeza a respirar, ella está llorando a lágrima viva, aunque él, tal vez, no se da ni cuenta. Entonces ella le echa los brazos por el cuello y le dice, al oído, temblando y estremeciéndose, con mucho sentimiento.
—¡Abrázame fuerte, Derek. Abrázame fuerte, amor mío! —mientras la lluvia los golpea una y otra vez con persistencia y resbala, luego, sinuosamente, por corazones tan blancos y tan inocentes.

     Llueve sobre el distrito de los negocios como llueve sobre el resto de los barrios, llueve con indiferencia, con mansedumbre, con monotonía en la manzana de los capitales blancos. Llueve sobre los empleados y directivos de las oficinas, de las factorías, de las tiendas, de las humildes hamburgueserías y llueve también sobre sus familias que tienen asimismo blancos sueños. Llueve como toda la vida, como toda la muerte, sobre el esfuerzo y las ganas de mantenerse en pie. Llueve de esta forma sobre la ciudad entera. O casi.

Y llueve sin pestañear, formando una cortina interminable de agua, de silencio y de sopor sobre la esquina de los capitales blanqueados, llueve sobre sus rascacielos, que son altos, pero no tanto como las nubes y se mojan igual, llueve sobre los capitales pendientes de blanqueo y llueve también sobre los que por mucho que llueva y llueva no se blanquearán jamás. Llueve sobre su dinero, que nunca es papel mojado, llueve sobre su oro, sobre sus diamantes, que brillan y brillan por siempre jamás, llueve sobre la riqueza que no tiene la claridad del agua, sobre su poder, que parece que lo compra y lo vende todo, lo inunda todo, todo está inundado ya, así que el cielo que haga lo que quiera —piensan los que están a cubierto en mansiones encaladas de blanco—, que pare, o que siga y siga, que no deje de llover y llover.

De "El día que fuimos dioses": En Amazon y principales librerías digitales.
Échale un vistazo:


domingo, 20 de agosto de 2017

LA PRIMERA NOVIA




LA PRIMERA NOVIA

            Mi pandilla y yo vivíamos entonces en la época de imitación de los mayores. Todo lo que veíamos lo copiábamos al instante, con el afán de experimentar en nosotros mismos aquellas sensaciones tan difusas y tan extrañas en las que debía consistir ser mayor, que era algo tan deseado y, al mismo tiempo, tan lejano para nosotros.
      Bebíamos a escondidas, fumábamos, nos peleábamos como ellos, jugábamos a sus juegos, sobre todo a las cartas con dinero, aunque en menores cantidades por supuesto, y menospreciábamos e ignorábamos, como hacían ellos, a los más pequeños que nosotros, claro.
       Pero en los temas amorosos no pasábamos todavía de la fase de observación de lo que hacían los mayores.
       Íbamos al baile del Callejón del Horno y clasificábamos a las parejas por la intensidad con la que bailaban, como ya expliqué. Y, cuando detectábamos a unos tortolitos, los torturábamos con ahínco.
      Lo más frecuente era pasar a su lado mientras les tirábamos “pegotes”, que eran unas bolas llenas de suaves pinchos provenientes de una planta común, parecida al cardo, que crecía por los caminos. Se pegaban, particularmente bien, en prendas de lana, muy habituales en otoño y en invierno.
      Los miembros de la acaramelada pareja, concentrados sin duda en los cálidos sentimientos que experimentaban sus cuerpos y sus corazones, ni lo notaban. Cuando acababan de bailar tenían las espaldas y el culo lleno de bolas. A veces no se daban cuenta hasta que hacían un descanso en el baile y se sentaban en alguno de los bancos y sillas que había alrededor del salón. Ahí sí que los sentían, claro.
      Entonces, el chico, aparentemente enfadado, miraba por los alrededores y amagaba como que se levantaba a perseguirnos,  mientras exclamaba.
     - ¡Malditos críos!  
      Aunque en el fondo, tanto la chica, aunque ella de pronto se escandalizara, como el chico, estuvieran orgullosos de haber sido elegidos por los críos como los más efusivos de la noche. Luego, se iban discretamente a un rincón y se quitaban el uno al otro, los pegotes de sus cuerpos, como el pago de un precio mínimo que debían efectuar tras el disfrute de un rato tan agradable bailando ambos tan  juntitos.
      Recuerdo a  una pareja particularmente embobada y hasta transfigurada que no se hubiera desenlazado ni aunque hubieran empezado a tañer las campanas, que estaban allí al lado, avisando que venía la aviación a bombardear el pueblo.
      A estos les llenamos los bolsillos de pequeñas piedras y guijarros. Al chico los dos bolsillos de la chaqueta, con medio quilo de piedras cada uno y a la chica los dos bolsillitos de su rebeca azul, que acabaron reventados por el peso. ¡Pues nada, ni por esas! Acabaron casándose al poco, claro. Supongo que para dejar de estar abrasados por aquella pasión tan absorbente como placentera.
      Para los casos más peliagudos teníamos al pequeño Agus. Le llamábamos el pequeño Agus, pero no porque fuera pequeño de edad, tendría sus ocho o nueve añitos como nosotros, sino porque en un momento determinado su organismo decidió no crecer y se quedó convertido en un auténtico tapón. Hasta que sus padres, muy preocupados, acabaron llevándolo a Guadalajara a que lo examinaran a fondo y le recetaron unas vitaminas con las que, unos años más tarde, consiguió despegar un poco.
      Pues bien, el pequeño Agus, aprovechando su estatura, era el experto en lo que denominábamos “el restregón”.  Lo mandábamos por los rincones donde recalaban las parejas particularmente enceladas y allí con una pequeña linterna las examinaba de cintura para abajo.
      Cuando detectaba las manchas típicas del “restregón” venía  todo alborozado a contárnoslo, sobre todo porque tampoco eran tan frecuentes como nosotros hubiéramos deseado.
       Entonces ejecutábamos nuestra estrategia, diseñada para estos casos, que era tan terrible como la que hubieran utilizado los más abyectos inquisidores.
      Desenrollábamos nuestro pequeño cartel y luego le pegábamos por las esquinas unos trozos de celo.
      A continuación, teniendo ya perfectamente identificada a la pareja infractora, les colgábamos el cartel en la espalda. A ser posible en la espalda de ambos, con un letrero cada uno, porque considerábamos culpables a los dos.  Aunque, puestos a elegir, más a la chica que, quién sabía por qué, concentraba siempre todas las culpas de aquella educación un tanto machista que era no poco infrecuente entonces.
        Les solíamos poner: “ ¡Guarros!”, “Cerdos”, o lindezas similares.
        Entonces, cuando se daban cuenta, la chica iba corriendo al perchero a ponerse el abrigo y ocultar las evidencias y el chico montaba en cólera y nos perseguía por el salón hasta que nosotros alcanzábamos la puerta y huíamos a toda velocidad para llegar a la fuente  y  rememorar allí, una y otra vez, nuestra hazaña.
     El pobre Agus que era, por su estatura, el que menos corría, sufría a veces las iras del mozo, que le alcanzaba y plantaba al pobre un par de tortas que le dejaban la cara calentita para toda la noche. Nosotros lo consolábamos cuando se reunía con nosotros en la fuente y lo coronábamos como héroe del “restregón”, sin que muchos de nosotros supiéramos, a ciencia cierta, en qué consistía aquel bochornoso espectáculo de las manchas.
      Con las chicas de nuestra edad, sin embargo, nos cortábamos como la leche con el vinagre y éramos, la mayor parte de las veces, todo lo contrario a héroes resueltos y decididos. A veces nos íbamos a jugar con ellas, pero todos sus juegos acababan en secretos,  risitas y cuchicheos y nosotros entonces nos sentíamos nerviosos y un tanto desorientados y siempre terminábamos tirándoles algo: agua, pegotes, arroz y similares para aliviar aquella tensión que sufríamos y sacudirnos de encima aquel complejo de inferioridad y de inexperiencia que, de una manera envolvente y difusa, experimentábamos a su lado.
     Sí,  una cosa eran las heroicidades de la pandilla  en grupo y otra, muy distinta, lidiar con aquellos incipientes sentimientos amorosos que empezaban a embargarnos en presencia de aquellas damas diminutas y, también, con los procesos de emulación de lo que veíamos, o intuíamos que hacían los chicos mayores con las personas del otro sexo.
      Además el ruido ambiente, o la rumorología, o el chismorreo, o las ganas de liarnos, o quién sabía qué, no hacía nada más que complicarlo todo, atenazándonos todavía más en la incapacidad de expresar aquellos incipientes balbuceos amorosos.
      Recuerdo muy bien la primera novia que tuve, a nivel de rumor, claro. Se llamaba Consuelito. Y todo fue porque una tarde salí de la escuela  hablando con ella.
      Al día siguiente subí a la plaza a jugar al arrime, juego que consistía en lanzar una moneda o una chapa contra una pared y tratar de quedar lo más cerca posible de la misma. Nosotros, en la plaza, jugábamos contra el frontón, que era la pared por excelencia.
      Estaban por allí Julián, mis primos Jesulín, Ricardo y Javierito, Angelín el hijo del carpintero,  el pequeño Agus y también el pecoso Chema, junto con su primo, el  otro tanto pecoso y rubiato Bertín que, últimamente, se unía bastante a nuestro grupo.
     Me alegré mucho de verlos, de hecho esperaba encontrarlos por allí.
    - Qué, ¿jugamos al arrime? – dije, a modo de saludo,  sacando del bolsillo mis chapas.
     Pero noté algo extraño. El pequeño Agus se empezó a reír con aquella risilla nerviosa que tenía, tapándose la boca con la mano. Y Jesulín empezó a mirar a lo alto, casi al campanario, huyendo su mirada de la mía.
     Entonces supe que tenía que mirar en dirección contraria a la de mi primo Jesulín, es decir, al frontón. Seguro que allí había escrito algo. Algo sobre mí, claro. Porque el frontón era como la gacetilla del pueblo, donde se recogían todos los rumores o seudo rumores que  se producían, sobre todo entre los chicos y los jóvenes.
     Y, efectivamente, allí estaba: “Consuelito y Germán son novios”.



      Inclusive vi, tirado en el suelo, el trozo de yeso blanco, con el que el gracioso de turno había escrito en la pared del frontón.
     - ¿Habéis visto quién lo ha hecho? – les pregunté, sobre todo mirando a mi primo Jesulín, pero no a los ojos, claro, porque me los huía permanentemente.
      - Nosotros, no – dijo Agus con aquel plural que quería representar a todos, porque, desde luego, el pequeño Agus, Papa no era.
       Entonces, ante el persistente silencio del resto, me acerqué al frontón y con el mismo trozo de yeso, borré lo que estaba escrito.
       Por fin Jesulín habló.
      - Germán, pues es una chica muy maja.
       Entonces me lancé sobre él con una furia desmedida. Menos mal que estaban mis otros dos primos y nos separaron.
      Jesulín se puso condescendiente.
      -Bueno, bueno, Germán, olvidemos el asunto. Qué,  ¿jugamos al arrime,…?  Pero con la pelota.
       Yo estaba que me subía por las paredes. Como aquel rumor se consolidara iba listo. Además, con lo tímido que me sabía que era, iba a sufrir lo indecible.
       Así que estuve de acuerdo en empezar rápidamente a jugar y desviar la atención de todo aquello.
       El arrime con la pelota consistía en hacer unos hoyos en el suelo, junto al frontón. Uno por cada jugador y luego tratar de embocar desde una distancia de unos diez metros una pelota de goma, cada jugador en su hoyo.
      El juego no tenía complicación. Pero el que perdía tenía una penitencia dolorosa.
     Yo era bastante bueno y embocaba con facilidad. Pero aquel día estaba desconcentrado al máximo y no daba pie con bola, nunca mejor dicho. Así que quedé inclusive por detrás del pequeño Agus, que era un desastre y siempre perdía.
     Bertín me señaló con el dedo.
     - Germán, ¡a la pared!
     El que perdía debía ponerse, apoyado de espaldas contra el frontón, con los brazos en cruz. El resto de los jugadores tenían que lanzar la pelota y tratar de darle en alguna de las dos palmas de las manos.
     Tenían tres intentos, si fallaban, sustituían después al penado. La verdad es que había algunos malos lanzadores y donde te daban era en la cara y en sitios peores.
     Yo me puse  de espaldas contra el frontón con los brazos abiertos.
     - ¡A ver la puntería que tenéis, sobre todo tú, Agus! – les dije.
     Entonces Agus se preparó a la distancia convenida.
     Con lo pequeño que era lanzaba la bola con todas sus fuerzas para compensar su baja estatura.
     La pelota, lejos de alcanzar mis manos, que probablemente estaban  muy altas para él, me dio en la entrepierna. Sentí un dolor intenso y mareante y caí de rodillas en el suelo.
      Entonces fue cuando oí la voz de Consuelito que pasaba por allí con su hermana.
     - ¡ A ver, brutos! ¡ Dejad a Germán ya, que vais a matarlo!
     Y se acercó a donde yo estaba con su hermana pequeña.
     Los chicos se quedaron pasmados. Aunque mucho menos que yo, que no sabía qué hacer, ni qué decir.
     - ¿Te encuentras bien Germán? ¿Quieres que te acompañe a tu casa?
     - No, no, Consuelito. Estoy bien. Ya sabes que es solo un juego
     Así que me levanté como si no hubiera pasado nada, aunque aquello me dolía la repera.
      - Adiós, Consuelito – le dije, acompañando mi voz con un gesto de que se retirara – Vamos a seguir jugando. Adiós – volví  a repetir, deseando que se esfumara como por arte de magia.
       Afortunadamente su hermana pequeña vino en mi ayuda.
      - Sí, vámonos, Consuelito, que  si no llegaremos tarde.
      Todavía no había desaparecido Consuelito por la esquina, cuando se oyó la risita de mi primo Jesulín.
       - Oh, amor, ¿te han hecho daño estos brutos?
     Entonces me lancé sobre él y lo tiré al suelo, lleno de una furia inconmensurable.  Allí le borré a golpes aquella risa de mofa. O, tal vez,  hubiera en ella también de algo de  envidia.
      Mi primo tampoco se defendía mucho y capeaba el temporal como podía.
      Nos separaron de nuevo, y el juego se acabó entonces de forma radical, sin reanudación posible. Pero aquello de “Consuelito y Germán son novios” volvió a aparecer  no solo en el frontón, sino también en el Chorlite y en el lavadero.
     A mí, Consuelito no me caía mal.  Inclusive hubiéramos sido buenos amigos si no hubiera ocurrido aquello. Pero, a partir de entonces, cuando la veía me entraba una timidez paralizante. A veces me la encontraba por la calle y  cambiaba de dirección con tal de no cruzarme con ella.
     Y peor era cuando empezaba el choteo de los chicos de la pandilla.
     - Mira, Germán, por ahí va tu novia. Hoy lleva unas trenzas muy bonitas.
     Sin que yo supiera entonces definirlo, hoy  calificaría a todo aquello como una presión mediática asfixiante.
      Yo lo pasaba realmente mal. Y creo que Consuelito, también.
      Un día Jesulín, que notaba que el tema se estaba pasando de castaño oscuro y me veía sufrir, se me acercó y me dijo.
      - Germán, tenemos que buscar a otros novios, para que dejen de fijarse en vosotros.
       La verdad es que Jesulín tenía también a veces buenas ideas.  Prácticas y resolutivas. Aunque de mayor me confesó que, en aquella ocasión, solo lo hizo porque tenía miedo de que al final Consuelito me separara de él.
      Así que no se nos ocurrió mejor idea que “liar” al pecoso Bertín con Sagi, la aguerrida lideresa de las chicas. Y lo que son las cosas, a Sagi no parecía disgustarle la idea pero, al atrevido Bertín le dio tal síncope, que empezó a recluirse en su barrio del Chorlite y no bajaba a la plaza ni por asomo.
       Lo cierto es que la presión sobre Consuelito y sobre mí bajó notablemente, aunque a Bertín se le veía al hombre, por el contrario, totalmente apesadumbrado. Con su nombre en todas las paredes. La verdad es que Jesulín y yo no parábamos de escribir.
      Un día me lo encontré por su barrio y hablamos. Como dos  “expertos novios”.
      - Germán, y tú qué haces. Porque yo, aparte de sufrir estos chismorreos, no sé lo que es ser novios. Me estoy cansando y eso que no he empezado. ¿Y tú cómo lo llevas?
       - Bertín, nosotros ya no somos novios, ni siquiera estamos ya en las paredes.  Lo hemos dejado – últimamente mentía con una naturalidad extraordinaria –   Pero, bueno, vosotros que sí lo sois debéis empezar como todo el mundo, con los besos y todo eso.
       - Sí, así en frío parece fácil. Pero luego, yo es que veo a Sagi y se me caen los pantalones. Del susto, quiero decir. Y eso que lo ensayo todas las noches para proponérselo al día siguiente. Pero por la mañana me entra el canguelo y sé que tampoco se lo voy a decir.
        Sí, no era fácil. Ni siquiera para Bertín, que tenía un aplomo y un arrojo fuera de lo común.
         Jesulín y yo dejamos de pintar su nombre en las paredes y, poco a poco, empezó Bertín a aparecer otra vez por la plaza, tan serio y aplomado como siempre.
        Un día, pasado ya algún tiempo, me encontré con Consuelito en la fuente. Íbamos cada uno con nuestro botijo. Aquel día me encontraba relajado y tampoco veía a testigos no deseados a mi alrededor que me cohibieran. Así que no huí de ella como en otras ocasiones.
        Llenamos cada uno nuestro botijo en los caños y luego nos quedamos uno frente a otro mirándonos.
       Yo no sabía qué decir. Así que solté lo primero que me vino a la mente.
       - Esta fuente la hizo mi bisabuelo, siendo alcalde. Mira.
       Y le enseñé la leyenda que había escrita al lado de la puerta del depósito del agua. Allí figuraba el nombre de mi bisabuelo y la fecha: 02-05-1911.
        Ella leyó en silencio aquellas letras. Nos habíamos quedado juntos, al resguardo de la pared del depósito del agua.
       - Yo creo que ya no somos novios, ¿verdad? – me dijo mirando al suelo.
        - Bueno, pero lo fuimos – le dije, sorprendiéndome de haberlo dicho.
         Entonces extendió una de sus manos y se la llevó al pelo. Cogió una horquilla  y me la dio.
         -Para que tengas un recuerdo mío.
         Yo no tenía nada que regalarle.
         Entonces me decidí dando un paso de gigante.
          - Yo te regalo esto – y me acerqué y le di un beso en la mejilla.
          Ella se dio la vuelta y, mientras se agachaba a coger el botijo, la oí.
          - Gracias, Germán.
           La vi marcharse por el camino, mientras recordaba aquellas dos palabras mágicas que me había dicho y me pareció la niña más bonita del mundo.
           Ahora que ya no éramos novios hasta me apetecía que lo fuéramos.
           Apenas tuvimos la oportunidad de volver a vernos. Sus padres se marcharon a Barcelona, como otros más de los emigrantes pioneros que, por aquel entonces,  se decidían a abandonar el pueblo, buscando nuevos horizontes.



Del libro: "Memorias del Sauce Curvo".