¿Cuánto sabemos
los hombres de la otra mitad del mundo? Pues probablemente mucho menos de lo
que creemos y, desde luego, mucho menos de lo que necesitaríamos saber . Para
que las cosas fueran mucho mejor entre nosotros, digo: más estimulantes, más
equilibradas, más divertidas, más
enriquecedoras, más gratificantes en
suma.
El otro día, por
San Valentín precisamente, me regalaron unas entradas mis hijos, ¡con un par!, para
que invitara a su madre, mi mujer, y fuéramos juntos, se conoce que ellos
también habían estado con sus parejas, para ver, precisamente, “Lo que sé de
las mujeres”, del brillante monologuista Fernando García-Torres, en la “Chocita
del Loro” de la Gran Vía madrileña. Y el local, no tan pequeño, estaba atestado
hasta los topes de parejas. Con ganas de saber también, supongo. Y de pasárselo
bien, claro. Y de ambas cosas nos llevamos llena la mochila.

Me sorprendió y
me dio mucho que pensar una de las brillantes “enseñanzas” de este monologuista
sevillano-catalán al que le auguro una brillante trayectoria. Decía el cómico: “Las
mujeres son más inteligentes, más complejas, pero los hombres somos más
simples, más felices”. Si esto fuera verdad, ¿será por esa simpleza que se nos
atribuye? Ponle a un hombre una buena cerveza, un partidito de fútbol en la
tele con los amigos y, sobre todo, a su mujer guapa, y dispuesta, para después,
para la noche, y tendrás al hombre más feliz del mundo.
Pero, ¿y qué pasa
con las mujeres? Pues que, tal vez, todo se complica. Pero ¿por qué todo se
complica, nos preguntamos los hombres? Pues porque, nos decía el cómico, en su
cabeza hay muchas cosas más: su hijo que ha suspendido matemáticas, la
asistenta que no ha venido esa mañana, el frigorífico que está medio vacío, su
madre que está triste y, sobre todo, tú, su pareja, que no le has dicho nada
agradable hoy. Ni san siquiera quizá te hayas dado cuenta de su situación.
Poner todos esos astros en línea es complicado, claro. Sobre todo si el astro principal, que eres tú,
estás mirando hacia otro lado.
Pero, cuando el
universo se alía contigo, o, mejor, tú más bien con él, y tienes a tu mujer
contenta, la alegría, y la generosidad, y la vida, y la felicidad, que puede
darte una mujer así, es incomparable…
Como decía,
salimos todos de allí felices y contentos. ¡Y con las pilas puestas! Hasta que
la propia vida y sus circunstancias y desgastes, nos conviertan otra vez, como
decía André Maurois, en dos barquitas en el mar, que cuando intentan acercarse
chocan por las olas…
Pero, afortunadamente, pienso yo también, siempre nos quedarán remansos como la Chocita
del Loro, donde reinventarse, donde venir a aprender, y a recordar, por qué un
día nos elegimos como la mejor opción posible.