jueves, 12 de marzo de 2026

HOLLYWOOD, HOLLYWOOD... (PARA EL PROYECTO "DESTELLOS")

 

Mientras preparo nuestro viaje por la Costa Este Americana, mi mente me lleva a hace dos veranos cuando, en  aquel viaje maravilloso  por la Costa Oeste en el que nos recasamos en Las Vegas, también conocí de cerca aquel paraíso soñado de mi niñez: Hollywood, Hollywood... 


Cuando yo era pequeño y vivía en El Sauce Curvo el cine irrumpió con una fuerza cegadora, fue un manantial de sueños, de idealizaciones y de magia, inagotable.  Si, aquella magia...


LA MAGIA DEL CINE

La vida en el pueblo en nuestra infancia, si la viéramos con los ojos de hoy, sin duda la calificaríamos como monótona y rutinaria. Y también aislada.
Pero yo pienso asimismo en cómo veríamos con nuestros ojos de niños de entonces la vida que, luego, de mayores nos esperaba en Madrid. O en una ciudad como Madrid. Donde hay mucha gente, es cierto, aunque no sé si tan aislada también, que no tiene consciencia ni siquiera de su propia soledad. Y donde le han robado tanto tiempo que ya no le queda sino el mínimo para dormir y ver, totalmente alienada y pasiva ya, la televisión, que le mete en casa todo lo que ellos, los del sistema, quieren, sin filtro alguno.
Pero este debate daría para mucho y no estoy seguro de que nos llevara a puerto alguno. Porque cada uno tiene que vivir con su propia circunstancia y con las cartas que le han repartido en la mesa de juego y, luego, no valen excusas ni distracciones de mal pagador.

Aunque yo hoy me acuerdo, sobre todo, de muchos momentos extraordinarios que, de niño, alumbraban con una potencia desmedida la mortecina luz de la rutina y la monotonía del quehacer diario. O, a lo mejor, no eran tan extraordinarios, sino que, quién sabía por qué, los vivíamos así.

Un día vinieron los cómicos. Yo tendría cuatro o cinco años. Vinieron con un pequeño circo, qué se yo, dos leones famélicos, tristones y cuatro monos pizpiretos. Y aquellos payasos, calzados con zapatones, que se tiraban las tartas a la cabeza. Llegaron en un camión enorme, de catorce ruedas, que nosotros las contamos, una por una, varias veces, corriendo a su alrededor.
Yo llevaba sin dormir varios días, o durmiendo mal, quiero decir, preso de emociones y excitaciones sin cuento. Pero aquello del circo solo me dejó un poso de pena enjaulada, junto a los leones marchitos, y un deje de tristeza exhalada por los ojos brillantes de los payasos, maquillados de hambruna y desesperanza.
No sabía yo que la niñez, como la vida, era un desencanto permanente. Del que te recuperabas, entonces, eso sí, casi de inmediato. Con una nueva ilusión, con la que inaugurabas el mundo de nuevo, y la alegría, llena de luces, colgaba, otra vez, de los balcones de tus pupilas, tintineando como las campanillas de los caballos trotones. Porque a los pocos días vino la gente del cine.
Así que cuando, ya de noche cerrada, entramos en el salón del Ayuntamiento, el más grande del pueblo, y nos sentamos en aquellos bancos de madera, lo hicimos con el corazón expectante, mientras mirábamos fijamente a aquella pared blanca, sobre la que huían, atónitas, las arañas.
Entonces apagaron las bombillas y un chorro de luz inundó de color y de música aquella enorme pantalla de yeso blanco. A pesar de todo el tiempo transcurrido, de todas las ilusiones, de todos los desencantos, todavía me queda, adentro, aquella magia. No hay nada que me gustaría más que saber el nombre de aquella película, que no he vuelto a ver, por mucho que lo he intentado y ya no sé dónde buscar.
Había una pradera de un verde reluciente y extraño y una vaca con dos terneros tumbados en ella, durmiendo al sol. Entonces apareció una niña de cabellos dorados y vestido rojo, la niña más guapa del mundo. Tanto, que miré hacia atrás, al proyector, para buscarla entre las estrellas de polvo suspendido. Cuando regresé, enamorado, a la pantalla, un indio, en un veloz y gigante caballo, portaba en la grupa a la niña, que me miraba, pidiéndome ayuda, con el terror y la esperanza pintada en sus ojos azules.

Nunca la he olvidado. Y nunca la olvidaré. Después de todos los años que soñé con ella. Todavía, cuando veo una del Oeste, ya casi no las ponen, por un momento aparece el caballo veloz que me la trae de vuelta. Pero ya sé que solo es un instante y que nunca vuelve.
Sí, nunca he olvidado la magia del cine. Como la de la literatura. Dos árboles frondosos que echaron en mí sus primeras raíces entonces.

De la novela: "Memorias del Sauce Curvo"



       Dejo reposar un momento el viaje,  y me centro en los proyectos de cine que nos traemos entre manos. La vida me ha dado la oportunidad de trabajar en la "Fábrica de los sueños". He aprendido cómo se escribe, se produce, se dirige la magia del cine.  Ya llevamos juntos el cine y yo casi quince años, que se dice pronto.
       Y, en el verano de 2024, conocí el corazón de Hollywood. Todo ello, lo guardo en mi corazón...



     



      Junto al Teatro Dolby de Hollywood


                Con mi chica. De recién casados, de nuevo. Junto al hotel donde se rodó Pretty Woman, en Beverly Hills, con Richard Gere y Julia Roberts.
  



HOLLYWOOD, HOLLYWOOD…
Una vez me dijo el actor Imanol Arias, mientras rodábamos nuestro cortometraje Victorita, Victorita…, basado en mi novela El día que fuimos dioses, que él protagonizaba:
–Todo en el cine es mentira, excepto lo que es la película en sí, que, a veces, también lo es.
Cuando nos acercábamos a las montañas donde está el famoso cartel de Hollywood, nos dijo Nico, nuestro guía:
–Ese cartel, que se instaló en 1923, no anunciaba los estudios cinematográficos, sino que era el reclamo de venta de una urbanización que se estaba construyendo. De hecho, el primer cartel ponía Hollywoodland.
Yo pasé por alto esta inicial decepción y, cuando terminé de hacer las fotos por la ventanilla del autobús, pensé que no importaba el cartel, sino el alma de Hollywood: el Paseo de la Fama, con sus cientos de estrellas en él.
Resultó que el Hollywood Boulevard está en un barrio cutre, feo y sin gracia. El guía nos dijo:
–Vigilad vuestras carteras, hay muchos “dedos largos” que hacen el agosto, mientras los mitómanos se embelesan con las estrellas de la acera.
Y, era una acera, en verdad. Ni muy ancha ni muy cuidada. Con las estrellas de los famosos sin orden ni concierto. Nada de Paseo de la Fama, sino una acerilla cutre, cubierta con frecuencia por vendedores ambulantes.
Fuimos al famoso Teatro Dolby, donde se entregan los Oscars. Su fachada y entrada no desentonan con la acera: vulgar, y sin chispa ni gracia alguna. Tiene, junto a él, dos grandes estatuas doradas del tío Oscar. Allí me quisieron hacer una foto, que es la que pongo, a pesar de que se me nota mucho la cara de pasmo que tengo.
Yo, lo que deseaba era encontrarme con mi musa. Aquella chica de melena rubia, labios envolventes y sonrisa dulce, que había poblado muchos de mis sueños de chaval en el internado de Sigüenza. Pero, me recorrí la acera y no di con ella, me dijeron que había más de dos mil estrellas, y que en la acera de enfrente también había cielo.
Pero, mi mujer y mis hijos tenían otras urgencias menos platónicas y más prácticas: comer. Y qué mejor que hacerlo en el mítico Hard Rock Café de Hollywood. Así que allí fui, no me quedaba otra, a ponerme en la cola. Se dan mucho postín en él, crean una fila artificial de decenas de personas, pero, cuando entras, ves un montón de mesas vacías. Otra mentira más.
Allí, comes rodeado de carteles de estrellas en las paredes y te hacen una foto de regalo. Bueno, te hacen varias más, que si deseas tienes que pagar a precio de oro. La comida, correcta, sin más.
Yo, ansiaba por volver a la acera y descubrir a mi estrella. Le pregunté a un vigilante que había en la puerta. “¿Monroe? –me contestó– Esa debe ser de las antiguas, ¿no? Pues no tengo ni idea, pregunte por ahí”. Le hubiera dado una patada en semejante sitio.
Recurrí a mi hija, la más experta con el móvil de todos nosotros. “Papá, he encontrado una aplicación, donde pones el nombre de la estrella y te lleva a ella”. La aplicación en cuestión existía, pero aquel día no funcionaba eso de “llevarte a ella”.
Desesperado, el tiempo se nos echaba encima –teníamos que ir a Beverly HIlls (otro día escribiré de él), el otro barrio mítico para el séptimo arte– mi hija encontró por fin una solución manual. Consiguió una foto de la estrella de mi querida Marilyn. Se veía el suelo y un poco del edificio que estaba a su lado.
Empezamos a mirar por los cuatro puntos cardinales y creímos localizar la fachada del inmueble. Estaba lejos. Así que allí nos fuimos los dos corriendo mientras mi mujer y mi hijo buscaban al guía para pedir algo de tiempo.
Por fin, llegamos. Y allí estaba. En el suelo. No había claveles ni rosas sobre ella. Me estaba esperando con la misma sencillez e inocencia que inundaba mis sueños adolescentes.
Sólo por capturar de nuevo aquellos recuerdos, habría merecido la pena esta visita a Hollywood. Sí, Hollywood, Hollywood…

Descubrí, que no estaba en Los Ángeles, sino en algún barrio, soleado y limpio, de mi corazón.


En el Paseo de la Fama, junto a la estrella de Marilyn, a la que llegué con la lengua fuera y con el corazón en la mano.


Siempre en mi recuerdo.


Y este destello que agradecen mi retina, mis oídos y mi corazón: VIDEO HOMENAJE A MARILYN MONROE: CANDLE IN THE WIND : ELTHON JOHN: https://www.youtube.com/watch?v=RDgIF5NCHH4