El otro día paseábamos por Washington. Era de noche y la ciudad se mostraba vacía a esas horas. Hay cientos de miles de funcionarios que trabajan para el Gobierno Federal que duermen fuera del DC. Pero no los más importantes, claro.
Llegamos a las cercanías de la Casa Blanca, todo lo que nos dejaron. Son tiempos de guerra y hay que tomar precauciones. Podían divisarse luces en algunos despachos del complejo que la rodea, seguro que en el Pentágono habría muchas más. Supuse que iluminarían mesas, planos, estrategias, botones que pulsar para desencadenar ataques terribles, para sembrar de destrucción lejanas ciudades que dormirían encogidas en ese momento esperándose lo peor.
Sí, son tiempos de guerra. Pensamos, inocentes de nosotros, que esta será la última o que es diferente a las demás. Todos esos miles, millones de guerras, que pueblan nuestra historia, quiero decir, el reverso negro, terrible, de nuestra memoria colectiva, siguen ahí, y vuelven, de vez en cuando, para recordarnos lo más horrible de la faz humana.
Alguien dijo, ahora no me acuerdo quién, que se tardan decenas de años de paz para construir a un hombre, pero la guerra solo necesita un segundo para degradarlo y simplificarlo en un animal sanguinario.
Hay estudios muy sesudos sobre las causas de las guerras. A mí, mientras me crece el dolor por las silenciosas y pacíficas calles de la capital del mundo, se me antoja que la única importante, que las engloba a todas, nos la dijo Thomas Mann: “La guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz”.
Y las guerras modernas son más cobardes todavía. Antes, los reyes iban al frente de sus ejércitos y caían derrotados o muertos sobre las praderas. Ahora, los mandamases actuales se sientan en mesas impolutas como las que imagino cerca de mí, se toman un té mientras extienden su índice sobre esos mapas que ya no serán los mismos a la mañana siguiente, donde todo quedará reducido a una simple estadística que estará debajo del manipulado relato que ofrecer a la prensa. Sí, la distancia aumenta la frialdad y el terror, y nos lleva a la cima de la crueldad y el desdén del ser humano hacia sus semejantes.
Sí, “La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen pero que no se masacran”, como nos dejó dicho el gran poeta francés Paul Valery.
Y la injusticia de las guerras nos la expuso de forma palmaria el político británico Arthur Neville Chamberlain: “Para hacer la paz se necesitan dos; pero para hacer la guerra basta con uno sólo”. Por eso, es muy difícil que no haya guerras. A veces, son el capricho de la vanidad, del egoísmo, o de los complejos y taras de quien puede hacerla. Ya nos dejó dicho el poeta alemán Friedrich Von Logau: “Combatirse a sí mismo es la guerra más difícil; vencerse a sí mismo es la victoria más bella”. Pero, hay quien prefiere vencer a los demás, antes que a sí mismo, claro. Ese es el problema.
Muchas guerras no empezarían si se hablaran antes las partes, si se miraran a los ojos, si se conocieran las razones de cada cual. Ya nos lo reflexionó el cantante y músico Bob Marley: “Las guerras seguirán mientras el color de la piel siga siendo más importante que el de los ojos”. Vayan sustituyendo color de la piel, por color de las creencias, de las formas de vida, de los colores de la envidia y encontrarán la raíz de muchas guerras.
Muchas veces las guerras estallan por un momento de locura de alguien que puede provocarlas. De hecho, es la razón más frecuente. “Basta el instante de un cerrar de ojos para hacer de un hombre pacífico un guerrero”, nos dejó dicho el escritor Samuel Butle.
Y una vez iniciadas, ¿cómo se terminan? A veces la espiral de destrucción, venganzas y dolor, dura años, se extiende por varias generaciones. A mayor incomunicación entre las partes, mayor rencor, violencia y profundo odio que aleja más y más la paz.
Alguien que hizo muchas lo definió muy bien: “En la guerra, como en el amor, para acabar es necesario verse de cerca” (Napoleón, emperador francés).
Sí, la única forma de prevenir las guerras es establecer lazos de complicidad, de comunicación y de diálogo con nuestros semejantes. Y la única forma de acabarlas es recuperar esos lazos lo antes posible. Volver a mirarse a los ojos. Estar cerca. Hablar. Y solventar así las diferencias.
Regreso a mi hotel en Washington. Importantes escritores reflexionaron antes que yo sobre la guerra, como puede verse arriba. A lo mejor no sirvió para nada. Pero yo, quiero volver a hacerlo, necesito hacerlo. Quizás sea lo único que pueda hacer. Y siempre sirve para algo, trato de convencerme, siquiera para hacerse uno mismo un poco menos guerrero, un poco más dialogante, un poco más pacífico, en suma.
Rememoro en mi mente un destello que a mí me impresionó mucho. De otra guerra, pero, qué más da, todas las guerras son iguales. Es una bella historia, de sentidas imágenes y una música y un canto que estremecen.
MISS SARAJEVO
Sarajevo fue una ciudad maldita, con un asedio que es el más largo en la historia moderna: cuatro largos años entre 1992 y 1996, por las fuerzas serbias tras la desintegración de Yugoeslavia.
Fue bombardeada sin piedad día tras día, masacradas sus gentes por cientos de francotiradores, violadas sistemáticamente sus mujeres en los barrios que controlaron los serbios. En mitad de tanta barbarie, en 1993, algunos ciudadanos de la resistencia quisieron decirle al mundo entero que la guerra no podría con ellos, organizaron un concurso en un sótano para decidir cuál era la mujer más bella de la ciudad. Sí, belleza frente a barbarie. Una chica de tan solo diecisiete años, Inela Nogic, con el futuro pintándose en sus ojos, ganó. Y quiso mandar, a todo el que pudiera verlo, este mensaje que titula también este artículo: ¡No dejéis que nos maten!
Dos años más tarde, en 1995, Bono, el cantante líder de U2 financió con su grupo un documental estremecedor que se llamó Miss Sarajevo. Junto con su productor Brian Eno, compusieron una bellísima canción e invitaron a cantar en ella al gran Luciano Pavarotti.
Escucho de nuevo esta canción que sirve de trasfondo a parte del documental y me conmueve, de este, la alegría de sus niños, el futuro pintado en las pupilas de Inela y, sobre todo, el grafiti estremecedor del final: “Welcome to Sarajevo” (bienvenidos a Sarajevo), la ciudad maldita donde empezó la primera guerra mundial, asediada luego en los noventa con saña y crueldad durante cuatro largos años. La guerra dejó tras de sí 300.000 muertos o heridos, de los cuales 40.000 fueron niños, 50.000 mujeres violadas, 300.000 personas sin hogar y 1.200.000 refugiados.
https://www.youtube.com/watch?v=gdczQ2LsY0I
En 1995 U2 y Luciano Pavarotti cantaron en Módena (Italia) “Miss Sarajevo” y, seguro, que sus versos aceleraron el fin del conflicto:
“¿Habrá un tiempo para la primera comunión? ¿Y para los árboles de la Navidad? ¿Habrá un tiempo para el lápiz de labios y para pasear por la calle mayor buscando el vestido más bonito? ¿Habrá un tiempo para los diecisiete años?… “Aquí viene ella, a recoger su corona… Todo el mundo la mira…”
Luciano Pavarotti, para mí, sin ser un experto en ópera, ni mucho menos, ha sido la voz más bonita y estremecedora que yo he escuchado nunca: me conmueven, una vez más, estos versos, sobre la paz deseada, todavía inalcanzable, pero que algún día vendrá: “Y cuanto más te pienso / más te amo / Y cuanto más te amo / más te pienso…”
“Si tú estuvieras aquí…
Si tú estuvieras aquí”
Ahí va este concierto maravilloso: https://www.youtube.com/watch?v=LWXQdw-YvVM
En 1997, U2 pudo por fin cantar Miss Sarajevo en su ciudad. Hoy es una de las más prósperas de la antigua Yugoeslavia.
Me quedo con esta bella noticia que me llena de optimismo. Porque el hombre no es solo guerra y destrucción, también anidan en su mente buenos sentimientos, esfuerzos increíbles, generosidad sin límite, valentía decidida y un amor inmenso.
Y, después de la guerra, cobran sentido las palabras finales que Bono le dirige al público en su idioma, que proceden, cómo no, de un poeta local: Ivan Gundulic.
"O lijepa, o draga, o slatka slobodo"
“Oh bella, oh querida, oh dulce libertad".

