Acabo de ver “Las gratitudes”, basada en la novela de Delphine de Vigan, en el teatro de La abadía. Y no dejo de pensar en las pocas veces que nos sentimos afortunados, agradecidos a la vida. Agradecidos a todas las personas que nos han querido y nos quieren. Agradecidos a la vida y todo lo que nos ofrece. Sí, gracias a la vida, como dice la famosa canción de Mercedes Sosa.
A veces una persona mayor, en sus últimos días, como en esta obra, o alguien a quien la vida ha repartido unas cartas difíciles son capaces de sentir ese agradecimiento íntimo y vital por el solo hecho de vivir. Y esta actitud es contagiosa. A mí me contagia. Y me estimula, cuando la percibo. Me hace apartar los ojos de mi ombligo y mirar el mundo, y sentirme parte de él, una estrella diminuta en la belleza infinita, inconmensurable del universo.
Y me acuerdo, entonces, de un amigo escritor como yo, que es ciego, pero no de nacimiento, sino que fue perdiendo vista paulatinamente, que es mucho peor, hasta perderla toda cuando tenía poco más de veinte años. No podría yo imaginarme sin mi ojos. Antes preferiría que me cortaran una mano, o las dos, o ambas piernas, o quedar inmóvil y paralizado para siempre. Todo, antes que perder mis ojos. Mi conexión con el mundo.
Hace algún tiempo yo escribí algo para él. Ahí va.
La niña se llama Celia. Hoy ha ido a la playa de la Malvarrosa como todos los domingos por la mañana, después de misa.
Mientras su madre va a hacer la comida la manda a ella a la playa. Para que juegue y, sobre todo, se haga cargo y cuide de sus tres hermanos pequeños.
Se lo pasan muy bien en la playa los cuatro jugando a saltar sobre las olas, sobre todo cuando hace algo de viento como hoy.
El sol reverbera sobre el mar, que es una paleta de azules y verdes entre turquesa y añil. Y, en las crestas de las olas, el sol saca unos remolinos dorados entre la espuma y las salpicaduras y las piernas de sus tres hermanos pequeños que saltan sobre las acometidas del agua.
El pequeñín se agarra de la mano a uno de sus hermanos, mientras éste, el más alto de ellos, desde el agua llama a su hermana Celia y la invita a que se meta con ellos.
Celia pasea por la playa. Lleva un vestido blanco ribeteado en mangas y cuello con una orla roja. Y el cabello rubio al viento haciendo juego con la luz de las olas.
Hoy no se ha metido en el mar con sus hermanos. Ni lo hará. Pasea silenciosa y concentrada por la arena, mientras mira de reojo que nada les pase.
Hoy le ha contado a su madre lo que se descubrió anoche. Ya sabe que habrá algunos días todos los meses que no podrá jugar como una niña con sus hermanos y las olas.
Tal vez por eso le cruza una apariencia por el rostro que no llega a ser tristeza.
Sino una inquietud esperanzada y recóndita que la llena de futuro. Y, también, ay, de una ligera nostalgia que sus hermanos no comprenden y, tal vez por eso, no paran de llamarla, mientras juegan con esa luz, que ella tanto ama.
La “Niña en la playa”, de Joaquín Sorolla, se subastó recientemente en Londres por 1 millón de euros.
Y yo escribo hoy estas líneas a petición de mi buen amigo Jesús Alberto Gil Pardo, escritor donde los haya e invidente, que me pide hoy en Facebook que le recuerde cómo eran los colores que él tras 30 años de ceguera teme olvidar. Apoyándome en algún cuadro de alguno de sus pintores favoritos. Espero que haya acertado, Alberto y, aunque desconozco si la historia que está en el cuadro ocurrió como yo la cuento, los dos sabemos que donde no llega la vista, siempre llegará la imaginación. Un fuerte abrazo.
Sí, ser ciego puede ser terrible, aunque algunos, admirables, saben encontrar todavía la belleza de la vida. Están agradecidos a ella.
Me acuerdo entonces de este “Destello”, que explica muy bien lo que es sentirse ciego, en un documental premiadísimo que narra la historia del escritor John Hull, quien, tras perder la vista en 1983, documentó sus experiencias en unas cintas de audio. Está en inglés, pero puede subtitularse en español en “Configuración-Subtítulos-Traducción automática-español”: https://www.youtube.com/watch?v=0LoOWpWHMQw&t=376s.
Yo escribí, para mi libro “Los mejores 101 momentos de amor”, la historia de mi amigo Alberto, y de mi amiga Elena, ambos invidentes. Elena trabajaba en mi banco. Yo la conocí cuando me llamó para felicitarme por mi nombramiento como “Embajador del BBVA”, por mi larga trayectoria en la empresa y, sobre todo, por haber escrito mi novela “El día que fuimos dioses”.
“Un placer conocerte -me dijo-, yo también soy embajadora”.
“Igualmente-le contesté–por qué te han nombrado a ti?
“Soy ciega, trabajo de telefonista, seguro que te he cogido alguna llamada alguna vez”.
Me quedé impactado. Y más cuando la conocí. Mis méritos me parecían nimios.
Ella me presentó a Alberto, entonces Responsable de Bibliotecas de la ONCE.
Yo escribí para ellos, y para mí, para todos los lectores, su bella historia:
HUELLAS DE LUZ
Ella nació en un pueblecito de Toledo, donde sus padres, maestro y ama de casa, la bautizaron con el bello nombre de Elena. Aunque ellos probablemente no lo supieran, Elena significa en griego: «brillante como el Sol». Pero los ojos de la niña Elena no brillaban como los de los demás niños. Eran ojos apagados, cargados de miopía y escasos de luz. Elena lo que más recuerda de cuando era niña, en Toledo y luego en Cuenca donde a su padre lo destinaron de maestro, eran los muñecos de nieve. Hacerlos con sus padres y hermanos y, luego, verlos al sol, cómo brillaban. Hasta que iban perdiendo sus contornos y entonces se derretían y se convertían en agua que huía por los sumideros. Como cuando ella se duchaba.
Aquel día, que ella no ha olvidado ni olvidará jamás, después de ducharse se secó el pelo delante del espejo. El vaho no la dejaba ver bien, todo le resultaba muy confuso. Hasta que limpió con la toalla la pátina de humedad y entonces se vio en el cristal con toda la nitidez con que ella podía. Observó su ojo derecho, entre morado y púrpura, que parecía como el de un boxeador maltratado.
Sus padres acabaron llevándola al doctor Barraquer, en Barcelona, la eminencia española de los problemas de la vista. No había nada que hacer. Ya se sabe, desprendimiento de retina, ceguera total en ese ojo. Tenía once años y aquel mismo día a España, curiosamente, se le ofrecía la oportunidad de encender la luz de la libertad, tras cuarenta años de dictadura.
Pero para la niña Elena los siguientes años no serían propicios para la libertad y el desarrollo personal sino todo lo contrario. Su ojo izquierdo también se iba debilitando. Su sitio en la escuela era estar pegadita a la pizarra, para poder distinguir los exponentes. Y en el patio, ella intuía que ninguna chica quería jugar, pero lo hacían, a regañadientes, porque ella era la hija del maestro. Así que no le llamaban cuatro ojos, no, pero seguro que cuchicheaban a sus espaldas.
Cada vez tenía que echarse más gotas. Los chicos le preguntaban a menudo qué tal. Pero luego en la discoteca ella quedaba en un rincón o sentada en una silla toda la noche.
No sabría decir cuándo se quedó totalmente a oscuras. Su ojo izquierdo fue languideciendo como un candil sin brea. Hasta que al final se apagó la luz totalmente. En cierto modo fue una liberación. Por el reconocimiento y la asunción definitiva que había que hacer de su problema.
Y ahí tuvo un poquito de suerte. O sus padres atinaron con la decisión. Con el cariño la habían arropado siempre. De las dos posibles soluciones: mantenerla con ellos en el pueblo y quedar a su completo cuidado o afiliarla a la ONCE, eligieron la segunda. Y ahí empezó una segunda vida para Elena, casi ya con veinte años.
Entras en un mundo de sensaciones nuevas y aprendes a suplir la falta de un sentido, tal vez el más importante, con otros. Oyes los espacios. Aquí el hueco de una puerta, ahí el vano de una ventana, la brisa del viento que cambia bajo un puente, o el murmullo de las hojas que te explica el día de hoy. Y practicas la amistad de ese amigo, pintado de blanco, que deberás tener siempre al lado. Hasta que os conocéis a fondo.
Cuando ya tienes confianza te atreves a salir con él a la calle. Elena reservó ese momento para un terreno que conocía. Y una noche les dijo a sus padres en el pueblo. «Yo voy a por la botella del vino». Y, decidida cogió su bastón blanco. «¡Vamos, amigo!».
El amigo no le falló, fue la lluvia reciente la que hizo que resbalara y se rasgara el codo. Y se quebrara también, un poco, la confianza que había vendido a sus padres. Supo entonces que empezaba una batalla que no terminará nunca: la de demostrar que puede manejarse sola, que puede hacer vida como los demás, que puede ofrecer, orgullosa, su valía a quienes tanto le han ayudado, a quienes tanto debe. A pesar de las dificultades, a pesar de los retrocesos.
A aquellos que le dieron la vida, que dedican todos sus desvelos a su Elenita, les querría decir muy alto una sola cosa: que ha merecido la pena. Y que sigue mereciéndola, cada día. Porque cada día les sorprende y se fija metas un poco más ambiciosas.
Por ello se hizo telefonista en la ONCE. Por ello consiguió, luego, entrar en el BBVA y ser la imagen sonora del Banco cuando llamas. Y lo debe hacer tan bien que, recientemente, ha sido nombrada, nada más y nada menos, que Embajadora destacada del BBVA. Por ello quiso hacerse también universitaria y sacar una carrera estudiando lo que más le gusta: Pedagogía. Nada fácil, pero lo consiguió. Tardó entre unas cosas y otras casi diez años. A veces tenía que dejarlo hasta que hubiera disponibles libros de texto en braille. Y ha conseguido convivir, como una más, con la gente que ve, tener buenos amigos en el mundo de la luz y en el de la oscuridad.
Le gustaría hacer tantas cosas. Recuperar aquel tiempo perdido y gris de su adolescencia, sentirse útil. Ayudar. Devolver a otros toda la ayuda que ella ha recibido. Tal vez por ello participa con una energía sin igual en tareas de voluntariado. Quisiera que los niños que nacen hoy con dificultades puedan vivir mejor que vivió ella.
Dentro de unos años se prejubilará, pero no se piensa quedar en casa. Hará otra carrera, trabajará en una ONG. Sólo una sombra cruza por su rostro: sus padres, con los que vive, comienzan a ser mayores, pero no contempla ni por asomo el momento del adiós. Querría devolverles tanto.
Elena y la pasión por vivir. La pasión por la familia. Elena y la pasión por los amigos, por viajar. Recuerda la primera vez que viajó sola. Fue en un autobús en Valencia y nunca llegó a su destino. Salió de su casa y su hermana se la encontró de vuelta de nuevo cuando subió en la parada de su calle. Era el autobús circular y Elena no había decidido todavía dónde bajarse. Hoy conoce medio mundo y te puede describir perfectamente a qué huelen Las Hoces del Duratón o las calles de Cracovia.
Yo cuando veo a Elena, me parece una persona muy valiosa. Que brilla tanto como su nombre dice. Como el Sol. Y, por un momento, los que estamos a su lado, podemos reparar en la luz, como antes no lo habíamos hecho jamás y vernos, a nosotros mismos, como un universo iluminado y brillante lleno de infinitas posibilidades.
Él fue a nacer en un pueblo del Moncayo soriano, hace 46 años, donde le bautizaron con un nombre muy bonito, que proviene del alemán Adalbreicht, o Adalberto, y que, de forma contraída se convierte en Alberto: «El que brilla por su nobleza».
Pero, aparte del nombre, pocas cosas bonitas traía el pequeño Alberto. Para empezar, nació con seis dedos, un defecto que puede producirse en pueblos pequeños, como los castellanos, donde el matrimonio se establece a veces con parientes próximos. Pero esa rareza no era lo relevante, hoy sólo quedan las cicatrices. Otro gen más importante nació dañado: y las células de la retina no se regenerarían e irían muriendo paulatinamente.
Al añito, más o menos, sus padres se empezaron a dar cuenta. El niño era más torpe que otros al agarrar las cosas, o se chocaba continuamente con los objetos. Particularmente de noche, o con poca luz, donde la visión en estos casos es muy escasa.
Empezó entonces un peregrinaje por los médicos de los contornos. Y por los curanderos. Cualquier persona que pudiera darles algo de luz, nunca mejor dicho, y que alumbrara las apagadas pupilas de su retoño era buscado, per-seguido con ahínco por sus padres, que sacaban el dinero de donde podían. Cuando Alberto tenía dos años más o menos, acudieron a Barcelona y el doctor Barraquer les explicó lo que iría pasando.
Alberto recuerda su infancia de forma bipolar. A un lado el amor incondicional de sus padres y hermano y al otro, la marginación, unas veces larvada y otras directa que sufría sobre todo por el resto de los niños. En los pueblos hay que ser avispado, buscarse bien y rápido la vida. Y al que se queda atrás, pues que se lo lleve la corriente. Alberto no podía jugar por la noche y llevaba unas horribles gafas. A veces los niños no le esperaban y Alberto se quedaba solo, caminando al oscurecer, o lloviendo, cuando volvía de la escuela.
Así que Alberto leía. Y también quería ser misionero. Por esa cosa tan curiosa de querer dar ayuda el que lo necesita tanto.
Sus padres lo enviaron a un colegio religioso a los doce años. Pero sólo logró estar allí uno: los sacerdotes de verdad no quisieron que continuara, porque no podía hacer vida comunitaria. Lo que sí hacía era leer continuamente. Leía tanto que una vez le tapiaron de libros sus compañeros por todos los lados, sin que se diera cuenta.
Alberto recuerda todos aquellos años como de una dureza extrema: cada año veía un poco menos y cada año se sentía más marginado. Recuerda las fiestas de su pueblo, llenas de música y alegría donde él acababa siempre en un rincón llorando.
Y en aquellos momentos de dolor, de frustración, de angustia y de impotencia, Alberto sólo hacía que repetir una y otra vez el mismo juramento: «Seré algo en la vida. Y, entonces, recordará toda esta gente quién estuvo una vez a su lado, aunque solo». Pero, paralelamente, él siempre guardaría también cariño hacia ellos.
Por ello arremetió como un toro contra la carrera que siempre quiso hacer: estudió Geografía e Historia, con el fin de hacerse arqueólogo, con tal intensidad que acabó perdiendo la poca vista que le quedaba. Tiene libros quemados a la luz del flexo que se lo recuerdan.
Y lo consiguió. Era un universitario. Era una forma de resarcirse de todos los ratos de soledad, andando a trompicones, abandonado por sus compañeros en el camino de la escuela. O viendo cómo lloraban sus padres cuando tuvo que abandonar el colegio de religiosos, o no le aceptaban en alguna excursión. Él era un problema. Y causaba dolor y llanto a los que más quería.
Él les compensaría con creces, a sus padres, en forma de orgullo por todo lo que ellos habían pasado. Claro que lo haría: sería el único propósito de toda su vida. Su única pasión.
Pero, ahora estaba ciego. E ingresó en la ONCE. Para él fue una liberación. Había tocado fondo, así que sólo habría una cosa ya: remontar. Allí le enseñaron a no sentirse un inútil. Y él aprendió que, si otros lo hacían, si eran capaces de desenvolverse por su cuenta, él también lo haría.
Pero es muy duro el bastón. Y, además, es para siempre. Alberto no ve nada. Pero todavía puede sentir la claridad. Y recordar cómo eran los colores. Aunque de alguno no se recuerda: como el color pistacho. Sí, fue muy duro la primera vez que salió a la calle con su bastón.
Fue en Zaragoza. Sentía el estruendo de los coches cada vez más cerca, como si se fueran a abalanzar sobre él en la acera. Así que pegaba su espalda a la pared y se quedaba petrificado, tanteando con su bastón, solo, indefenso y a oscuras. Aunque él no lo sabía un monitor iba detrás.
Pero en la ONCE, dada su preparación universitaria rápidamente lo pusieron delante. Con 24 años le nombraron Jefe Administrativo en Lérida, con ciegos, videntes y secretaria a su cargo. Las pasó canutas, dice, para enfrentarse a todo ello, un chico de pueblo como él, sin experiencia. A veces se pasaba metido todo el fin de semana en la habitación del hostal, armándose de valor para la semana siguiente. Ése fue sólo el principio, luego vino una carrera dilatada, siempre en la ONCE: Coordinador provincial de Servicios Sociales, Director, Jefe de Recursos Humanos, moviéndose siempre de un lugar a otro. Hasta que hace poco encontró el sitio que estaba buscando inconscientemente desde siempre: Técnico de Biblioteca en Madrid, con la misión de acercar la cultura a las personas invidentes.
Y en este entorno de cultura y de sosiego ha desarrollado la que, sin duda, es su vocación más profunda. Aquella que nació en sus ratos de soledad, cuando le tapiaban de libros. Tras sus muchas lecturas le ha llegado el momento de escribir.
Después de practicar en su blog literario, en estos días ha publicado su primer libro. ¿Quisieran saber ustedes cómo se llama? Pues miren el título de esta historia y lo sabrán.
Elena y Alberto. Dos huellas de luz. Dos personas enormes hechas a sí mismas. Yo me alegro mucho de haberlas conocido. Y les agradezco de corazón haberme permitido conocer algo de sus vidas y milagros, nunca mejor dicho.
Sus vidas dejarán huella. Como las de tantos otros que se enfrentan a condiciones adversas y tienen el coraje de superarlas. Porque tienen la pasión por vivir, por ayudar tanto como les han ayudado.
Yo he visto sus huellas llenas de luz, de esfuerzo, de constancia, de valor. Y eso hace que me sienta bien, mejor, que afronte también, con energía, con decisión, mis propios retos. Y eso es dejar huella. Ser marcas brillantes en el sendero, por donde todos transitamos, antorchas que llevan los mejores, los que están acostumbrados a no derrumbarse, ni atemorizarse, ante tanta oscuridad.

