PÁGINAS ROTAS DEL DIARIO DE
UN ESCRITOR
Al escritor
nadie le dice cuándo tiene que escribir y mucho menos lo que tiene que
escribir. Las cosas que tiene que decir ya las dirá cuando llegue su tiempo,
porque el tiempo es el mejor amigo del escritor. El tiempo va cincelando lenta,
pero concienzudamente, los personajes que el escritor se inventa. Aunque él no
lo sabe, son los trozos de su alma rota, que él se esfuerza en zurcir, sin
remedio, aunque tal vez con esperanza.
Cuando
el escritor coge su pluma ya nada ni nadie podrá detenerlo jamás. Es su destino
el que lo llama de una forma inapelable e inexorable. A lo mejor es que ya
tiene su alma repleta de amargura, o de serenidad, o, tal vez, de ansiedad y
locura, de gozo y bienestar profundo, pero, en cualquier caso, a ese potrillo
que le ha crecido en su interior ya no lo puede sujetar más y mucho menos
domar. ¿No oyes desde fuera sus relinchos?
El
escritor abre entonces la puerta del establo, o eso cree él al menos, y sale
afuera el caballo alazán, que ya no potrillo. Sale trotando, alegre, a pisar
las flores de la pradera y a dormir libre bajo la luna, a pastar la hierba
fresca y tierna de las umbrías y a montar las grupas agrestes y cálidas de las
yeguas.
El
escritor lo ve marchar entonces, tal vez con el corazón henchido de gran
orgullo o, tal vez, con la nostalgia de la irreparable pérdida. No es verdad,
no es verdad. Solo es pura ilusión o, quizá, la dulce inocencia. ¿No lo ves
acaso tú, cómplice lector, de jinete en su montura, con las riendas rotas y
perdiéndose en el horizonte de la colina?
Porque
el destino del escritor es ofrecer su verdad al mundo, relinchar libre y
desnudo en la pradera. Hasta que un día lo mate el rayo, o lo descabalgue el miedo, la muerte lenta o
la locura. Pero aún quedará entonces el eco de su voz, que retumbará por entre
los personajes que todavía le sobrevivan. Aún quedarán, en la hierba, esas
gotas de rocío, ese hilillo de sangre que conduce hasta donde él abreva.
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