Acabas de volver de cenar en un restaurante del barrio. Llueve a mares, a cántaros. Llueve como antes de que se inventara el mundo. Llueve a placer. Llueve y llueve, como en tu novela El día que fuimos dioses. Llueve por doquier.
Hace una noche de invierno. La gente camina escondida bajo los paraguas. Las terrazas, vacías, con las sillas sin recoger. Los coches, faltos de empatía, no aminoran cuando te ven y te ponen perdido. Llueve y llueve sin perdón y sin descanso. Llueve porque le toca, y aquí paz y después gloria. Es inútil llorar bajo la lluvia, nadie te ve y, además, la lluvia se ríe de ti. Sí, una noche de invierno, brumosa y dura, como las de siempre.
Tú escribiste de una de estas noches:
UNA NOCHE DE INVIERNO
Llegas a casa aterido de frío. Y de soledad. Los amores, desperdigados y lejos. Tú sabes cuán lejos. Metes la llave en la cerradura. La puerta se abre. Y notas un calor extraño. De un hogar que creías marchito.
Pero todo funciona. Todo está en su sitio de nuevo. Ella ha vuelto. Hay un florero lleno de rosas en el salón y la calefacción puesta.
Te quitas el abrigo y dejas que escurra el paraguas. El loro en su jaula, con el silencio pétreo de la anochecida, te mira impertérrito. Y tú a él. Te gustaría saber qué ha pasado. Todo lo que él guarda en su memoria observadora y callada.
Antes de llegar al armario ves su nota. «He vuelto». «Eso ya lo sé», respondes en voz alta, como haría el loro, si hablara. Las preguntas sin embargo se quedan en tu interior. "¿Por qué?" "¿Dónde estás?". Y, sobre todo, «¿hasta cuándo?».
Entonces el pestillo vuelve a girar y aparece ella. Más hermosa que nunca. O tan hermosa como siempre, te corriges a continuación.
«Estás empapado», la escuchas. «Anda, ven».
El tiempo es una sucesión de estaciones. La abrazas mientras miras por el cristal cómo llueve en silencio. La vida es una sucesión de regresos. Y de despedidas. Mañana no hará sol. Y pasado mañana tampoco. Lo has consultado con tu móvil. Hace sólo unos pocos años todavía tendrías la incertidumbre de la sorpresa. Hoy hasta la lluvia y las nubes obedecen a la tecnología.
Hoy es una noche de invierno. Y ella duerme entre tus brazos. Mientras la lluvia musita su dulce melodía tras los cristales. Es verdad. Mañana no hará sol. Y tú no sabes lo que pasará mañana. Hay una nota en el aparador: «He vuelto», dice.
Pero no es la primera vez. Tampoco es la primera noche de este invierno.
En febrero llueve mucho. Y las parejas vuelven a su nido. Y encienden la calefacción.
Nadie entiende por qué se enfrían, se acatarran, los corazones. Y por qué, cuando el viento silba y se abren los paraguas, todo parece empezar de nuevo.
El invierno lo sabe bien y el loro mete su cabeza bajo el ala. Y se dispone a dormir.
Todo está en su sitio. Otra vez.
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Si fuera posible
atravesar esta oscuridad.
Si fuera posible
huir de esta prisión,
escapar.
Romper estos lazos invisibles,
elevarme sobre la ciénaga,
poder volar.
Ir atrás en el tiempo,
si fuera posible,
volver a respirar.
Perderme entre la gente,
sin rastros del pasado,
vivir como un niño,
volver a empezar.
No me digas que sueñe,
que cree mundos nuevos,
que me vuelva a levantar.
Sólo quiero cerrar los ojos,
apagar la luz,
de este desván.
Solo quiero ser libre,
con otras cadenas,
en otro lugar.
Volver a ser cobarde.
Perder la cabeza de nuevo,
que sea otra vez lunes
…y escapar
Solo quiero eso,
escapar de aquí,
contigo,
huir los dos muy lejos
y buscar el mar.

