Ayer estuve en El Sauce Curvo, segando y regando el césped, una excusa como otra cualquiera para acercarme al pueblo donde nací, respirar su aire, más puro que ninguno, y capturar ese sentido circular de la existencia que tanto impregna a los que vamos siendo ya un poco más que maduros. Mientras segaba, entró un primo mío unos años mayor que yo y le pedí que me comentara novedades del pueblo, no voy tanto como quisiera y a veces no estoy totalmente al día. Se rascó la cabeza buscando qué contarme y de repente vi cómo su cara se ponía triste: “Otro que ha caído, Paco, de mi misma edad. El Susi, ¿te acuerdas?”. Como no me iba a acordar, fue secretario del ayuntamiento durante muchísimos años.
Sin poderlo evitar, ambos hicimos un recuento de toda la gente de nuestra edad que ya no estaba con nosotros. Bueno, sí que estaba, pero en ese otro barrio del pueblo en el que, dentro de unos años, o, mañana mismo, ¿quién lo sabe?, acabaremos residiendo nosotros.
Y sentimos los dos, esa unión de las personas que caminan en la misma cordada y también, por supuesto, la de aquellos que nos precedieron por poco en completar el ciclo de la vida.
Llego a casa y me acuerdo de un artículo que escribí hace unos años, para un libro que todavía no he terminado, afortunadamente, que se llama: “Yo también me iré”. Ahí va.
LA COMUNIDAD:
Dicen que sentirte parte de un grupo, de una comunidad de personas afines, te reconforta sobremanera, te alivia la sensación de soledad, eleva tu autoestima y da un sentido más amplio a tu existencia, más allá de tus cuatro paredes interiores.
Yo, últimamente, y cada vez más, debe ser cuestión de los números del calendario, me siento parte de esa comunidad fraternal, de ese grupo tan frágil y especial de "homo sapiens" al que llamamos "humanidad".
Lo que ocurre es que últimamente para mí este grupo es más amplio de lo que era antes. Ahora incluyo en él también a los muertos, quizás porque, por cuestiones de calendario, como decía más arriba, me encuentro cada vez más próximo a ellos.
Ayer estuve en mi pueblo, El Sauce Curvo, me conmueve cuando llego al mismo y paso junto al cementerio, al lado de la carretera y al comienzo del casco urbano. Mis padres y mis abuelos están allí, pero también muchos de mis tíos, algún primo ya y mucha gente que yo conocí y traté en mi niñez y también más adelante. Sus tumbas y mausoleos son sus casas; los pasillos, las calles; y todo el camposanto un barrio más del pueblo. Forman parte de él, como forman parte de mi vida, igual que el resto de los vecinos que viven un poco más abajo, en casas más grandes y que están vivos.
Los saludo cuando paso, puedo hablar con ellos, construir fluidos diálogos entre nosotros, sentirlos, percibir sus vidas a través del recuerdo que ellas han dejado en mí. Exactamente igual que cuando saludo a alguien en la calle y le pregunto por su vida y me cuenta sus novedades.
Me siento cada vez más unido a los muertos. ¿Qué les separan de nosotros? Solo un poco de tiempo. Muy poco (comparado con la historia del mundo). En 25 años me reuniré con ellos, eso si la cosa va bien, si no, antes. Es como si se hubieran ido de viaje, o hubieran cogido unas vacaciones. En nada volveremos a estar juntos de nuevo, no porque ellos vuelvan a donde nosotros estamos, sino porque nosotros iremos a verlos.
Nosotros, los vivos, somos unos pocos, comparados con todos los muertos que en la historia han sido. La muerte es el estado mayoritario de nuestra comunidad, del grupo de los homo sapiens, pero también de otros grupos parecidos al nuestro como los animales y las plantas que también ocupan su sitio en nuestro recuerdo. Puedo sentir el palpitar de los corderos domésticos, de los gatos, de los perros que latían junto a mi niñez, también el olor de los ciruelos, de los manzanos, de los rosales, de la lavanda... todo eso que murió, pero que formaba parte de mí.
Me alegro de ser parte de esa comunidad global, que incluye también a los muertos. Visto así, me enriquece mucho más, me reconforta, me tranquiliza, me acompaña, sé cuál es mi destino en no muchos años: visitar su barrio, su casa, descansar en la pradera, recuperar todo lo que perdí, que formó parte de mi vida en algún momento, completarme, ayudar desde allí a los vivos con la impronta de nuestro recuerdo, como ellos me están ayudando ahora a mí mismo, esperarlos con los brazos abiertos cuando les toque también a ellos el dulce tránsito.
Por eso envejecer no es el tranco final que te prepara para desaparecer, sino justamente aquel que te conduce al principio de la vida plena y duradera, con todos los que vivieron y con todo lo que antes vivió en ti.
Me gusta eso que tienen los pueblos de reflejar en su micromundo el mundo global. El mundo completo. Ver las dos comunidades de vivos y muertos, los dos barrios colindantes que forman parte de un solo caserío. "Se fue para el otro barrio", dice el dicho popular. Y así es. En El Sauce Curvo, solo subir una pequeña cuesta y ya estás en el distrito de al lado.
En aquel donde solo tienes sobre ti el cielo azul de día y el universo estrellado de noche. Y todo ese mundo de recuerdos que fuiste acumulando mientras viviste es, entonces, la totalidad de tu esencia. Formas parte armónica de la comunidad de la vida, rodeado de la compañía de todo lo que una vez vivió, mientras esperas que se reintegren en él todos los que dejaste en el otro barrio. Ese en el que solo empleas 90 años, ¡en el mejor de los casos!, frente a toda la eternidad.
¡Cuánto me reconforta ser miembro de esta comunidad de la vida!
Deberíamos ir más a menudo a los pueblos, para no olvidar estas cosas tan sencillas, tan hondas y tan importantes, que a veces nos tapa, con su neblina, el ajetreo de la gran ciudad o, lo que es peor, la depresiva inercia nuestra de amargarnos en exceso porque el calendario siga engrosando nuestros ya abultados números.
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Y llego a casa, rescato este artículo y me acuerdo entonces de este “destello” maravilloso, una de las canciones más bellas jamás escrita. Y no lo digo yo, sino la prestigiosa revista “Rolling Stone”. Ahí va: “Tears in Haeven” (Lágrimas en el cielo), del maestro, uno de los mejores guitarristas de la música moderna, Eric Clapton.
https://www.youtube.com/watch?v=b_z5nj0At1Y
Sí, el cielo es ese otro barrio con el que soñamos, donde se acabarán nuestras penas y nos encontraremos con todos nuestros seres queridos. Un día llegó Eric Clapton a su casa en Nueva York, y la encontró llena de policías, también había una ambulancia con la sirena puesta. Se acercó y no lo podía creer. Su hijo, Conor, de cuatro añitos, se acababa de caer, accidentalmente, desde el piso 53 del rascacielos donde vivía con sus padres.
La asistenta estaba haciendo limpieza y abrió un ventanal. Conor estaba jugando a esconderse en diversos sitios de la casa y, corriendo, tropezó y acabó cayendo por el vano.
Sí, el cielo fue el refugio de Eric Clapton para digerir aquella tragedia, para encontrar un sentido a la existencia. El maestro Ghandi nos dejó dicho: “Si no hubiera otra vida, esta solo sería una broma macabra”. Yo creo en ella. A veces me llaman iluso, a mí me da igual. El que la haya o no, no depende de mí. Pero, sí, la ilusión que te llena de esperanza el pecho para continuar dando pasos hacia el abismo. Con el anhelo pintado en tus ojos por volver a ver a todos aquellos que un día compartieron su vida con nosotros.

