lunes, 19 de junio de 2023

UN REGALO DE VERANO

 


Llegan estos días de junio. Entra el verano: "Era verde el silencio. / Morada era la luz./ Temblaba el mes de Junio / como una mariposa", nos dejó dicho Neruda. 

"Es un placer atravesar el río en vacaciones con las sandalias en la mano", añadía el poeta japonés Yosa Buson.

Dicen también que el verano es cuando todo español lee un libro. Ojalá fueran dos. O más.

En este empeño, por unos días estará, a cero euros, nuestra novela "El donante", una historia conmovedora que está teniendo una tremenda aceptación entre el público lector. Ojalá guste también al que todavía no la haya leído.

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En ella se ofrece también el link para ver, a un precio simbólico, la hermosa película "Aquí y ahora, vida" que hicimos  (yo participé como guionista y productor ejecutivo) el año pasado, con el trasfondo del cáncer infantil,  y que fue premiada con la Medalla Platino Educa de la solidaridad por el Círculo de Escritores Cinematográficos de España.

¡Feliz verano a todos!



viernes, 16 de junio de 2023

GESTIONAR EL PASADO


Ando inmerso de lleno en mi nueva novela "Lejos del Sauce Curvo" y con retraso, los compromisos, las distracciones y las dificultades de toda novela, me hacen ir por debajo del water line. Espero que este finde, que me espera de trabajo, trabajo, trabajo, me recupere.


Así que repito este post de 2018 tras otro sabroso encuentro con mis compañeros de internado que acabamos de mantener la semana pasada. No cambiaría ni una coma. Añado para este blog literario y personal, algunas nuevas fotos que nos hicimos y también que me regalaron para la ocasión y algunas otras de la entrada de "Aquellos internados" del pasado año. Todo ello para refrescarme toda aquella etapa que duró seis años y pueda enriquecer, como se merece, esta nueva novela dedicada a aquel tiempo brumoso y fundamental de nuestras raíces.


LA IMPORTANCIA DEL PASADO







LA IMPORTANCIA DEL PASADO


            Acabo de volver de mi pueblo natal, Sacecorbo, (al que yo, literariamente, denominé “El sauce curvo”, en el libro que, poco a poco,  se está convirtiendo en un clásico, “Memorias del sauce curvo”: será nombrado a la vuelta del verano, qué alegría, como uno de los libros del día de Amazon en todo el mundo de habla española).

            Allí pasé yo los primeros 10 años de mi vida. Y algo tienen aquellos paisajes: desde el color del cielo, de un azul rabioso en esta época, a la fragancia del aire, lleno de pureza, y de limpieza, y de paz, que una suerte de renovación interior, íntima,  te envuelve al poco de pisarlos.

            Y esto que me ocurre a mí, también les pasa a otros, a muchos, diría yo, cuando vuelven a toparse con los espacios primigenios que les vieron pasar revestidos de infancia, esa edad a la que el inmenso poeta Rilke calificó como la única patria del hombre.

            La segunda parte de mi infancia, ya pisando también la raya de la adolescencia, yo la pasé en el internado de la Sagrada Familia de Sigüenza, la famosísima SAFA. 

            Y, quizá, por esto que decía arriba, todos los años, desde hace ya diez, nos reunimos los viejos compañeros de curso de la SAFA. Y recorremos aquellas calles, arrastrando nuestro exceso de kilos y nuestra progresiva falta de pelo. Pero, sobre todo, poniéndonos al día y sacando lustre a todos los kilos de recuerdos que acumulamos.

            Porque no se puede, ni se debe, vivir de espaldas al pasado, máxime a partir de cierta edad en  que éste es ya el trozo más grande de la tarta de la vida.

             Yo creo que los años más importantes de una persona son los últimos, donde tú puedes destilar toda tu experiencia y tu sabiduría, en el caso de que las hayas alcanzado. Pero los años más entrañables, más íntimos, más nuestros siempre serán los de la infancia. 

             Quizá, por ello, y yo lo compruebo un día tras otro con mis padres que andan ya por los 93, nuestra memoria, donde nosotros grabamos lo que nos acontece,  cuando llega cierta edad, y se le llena el disco duro, prefiere borrar lo más reciente y conservar, sin embargo, si cabe todavía con más nitidez aún, nuestros primeros años.

            Yo creo que es porque la infancia viene a resultar como las tablas, como la puerta de chiqueros por la que salió un día a la plaza el noble toro a comenzar su faena, y  en la que busca cobijo luego,  cuando ya está vislumbrando el fin de su horizonte.

            Porque, al igual que con el tiempo vas atesorando experiencia y sabiduría, también vas acumulando frustraciones, desgastes y equivocaciones mil que han jalonado también tu devenir.

              Convirtiéndose entonces la infancia en esa época dorada, donde todavía tú llevabas la ropa limpia que olía solo a inocencia y a pureza, y donde tú puedes volver otra vez a buscar estas cualidades, porque un día las tuviste,  y quisieras añadirlas a esa visión tan realista, cuando no pesimista, que el implacable tiempo ha ido pintando en tu alma.

            Un antiguo filósofo, ahora no me acuerdo cual, decía que el pasado no debe ser un sofá donde tumbarse y solazarse, sino un trampolín para lanzarnos hacia el futuro y que seamos más buenos, y más sabios, y más justos en él. Como quizá pensamos que lo fuimos en la infancia.

            Tal vez por eso, en estos encuentros, donde gestionamos el pasado, nos gusta tanto intercambiarnos fotos de aquel tiempo,  como estas que recogen momentos de mis quince años en la alameda seguntina con mis entrañables amigos de entonces.


            Escrito para el blog de : www.franciscorodrigueztejedor.com



AQUELLOS INTERNADOS

 

Ando en preparación de tres o cuatro capítulos, al menos, para mi novela "Lejos del Sauce Curvo", que tendrán que vivirse en los internados. Concretamente en uno de Sigüenza, donde estudió el niño Germán, al que yo llamaré "Colegio del Sagrado Corazón de Jesús".

Los internados en la década de los años cincuenta, sesenta y aun setenta, cumplieron una función esencial en lo que hoy llamamos la España vaciada, entonces España rural. Dado que en las escuelas de los pueblos solamente se facilitaba la Educación Primaria, la única vía que teníamos los niños de estas localidades para cursar el Bachillerato y luego acceder a la Universidad era a través de los internados.

Los internados eran un submundo aparte dentro del mundo. Generalmente sus altos muros trataban de proteger de los impactos exteriores a aquellas gavillas de niños de diez años en adelante, arrancados prematuramente de los brazos paternos, con el fin de que recibieran una educación académica y de vida que les permitiera en el futuro divisar otras cotas que estaban más allá de las lindes de su terruño.

El problema era que estábamos protegidos, sí, pero, sobre todo,  encerrados dentro de aquel hábitat tan pequeño y tan particular. Así que cuando salíamos de allí estábamos inermes ante el mundo real que nos esperaba fuera de aquellos muros. Yo recuerdo que,  a veces, en las vacaciones, estaba deseando volver al internado para simplificar todos los problemas que se me venían encima en la calle. 

Otro aspecto fundamental era el alejamiento total de los padres a unas edades tan tempranas. Sobrevivir en la masa, sin ningún referente de apoyo, criaba en nosotros un espíritu de resistencia y resilencia sin límites. Sin nadie a quien quejarte, el teléfono prácticamente no existía, y las cartas a nuestros padres las teníamos que entregar abiertas en el buzón del colegio, nuestra lucha existencial era la mera supervivencia.  Éramos niños metidos en nuestra concha, a la que tratábamos de dotar de púas disuasorias como los erizos. Nos costaría años abrir nuestra intimidad a extraños cuando nos hiciéramos adultos, y más si intuíamos algún peligro.

Por contra, éramos trabajadores y disciplinados a más no poder. Y deportistas. Descubrimos muy pronto que, como en las universidades americanas, allí los únicos que triunfaban y recibían el reconocimiento del colegio eran los estudiantes excepcionales y los deportistas excelsos.

Yo, un niño mucho más dotado mental que físicamente, aunque también era alto y fuerte el deporte nunca me movió lo más mínimo, me aplicaba en los estudios como nadie. Sobre todo, porque el internado era un colegio privado que costaba su dinero y mis padres, sin la beca que me daba el Ministerio, me hubieran tenido que sacar de allí ipso facto si me la quitaban.  

Me apliqué tanto que fui el número uno de mi clase, cuarenta y cinco alumnos, durante los seis años que estuve  en la SAFA y casi todos los años también el número uno de las tres clases que había por curso, unos ciento treinta alumnos en total. Era muy conocido por ello y muy querido por muchos profesores. 

Veo algunas fotos de entonces y me descubro una expresión feliz, quizás inocentemente feliz.  No es que no tuviera problemas, que los tuve, tirrias de compañeros, acosos infantiles más o menos llevaderos, cambios dolorosos de amigos, etc., pero creo que, en general, fue una infancia tranquila y bonita. Los problemas vinieron luego, cuando salí de aquel submundo tan protegido donde yo dominaba los códigos para moverme sin problemas en él y tuve que enfrentarme con el mundo real, donde aquellos códigos que yo manejaba ya no servían. Quizás eso es también la adolescencia, pasar del mundo de los reyes magos a las verdades del barquero. Un doloroso tránsito.

Me apetece mucho escribir de esta época. Afortunadamente conservo muchos amigos de entonces, inclusive nos vemos todos dos veces al año, una en Madrid y otra en Sigüenza a las que intento ir, no siempre lo consigo, claro, y podré intercambiar experiencias con ellos.

Ahora me voy de vacaciones a Altea, con "El donante", al 90% ya. Los dos coautores aprovecharemos para leer tranquilamente el borrador  e ir puliéndolo. Pero ya me empieza a atraer aquel mundo de los sesenta, una de las mayores ventajas de esta edad que ya vamos teniendo es poder disfrutar de la memoria, Ah, la memoria, fuente de vida, como dijo alguien. De poder vivir lo que nos apetezca, digo yo, a través de ella, cuantas veces queramos de nuevo. A estas alturas no se puede pedir más.



Unos doce años, calculo, con uno de mis amigos de entonces, Luisvi, que llegaría a ser catedrático de química de la Universidad Complutense.



Muy sonriente, en "El Oasis", la ciudad deportiva del colegio, a un kilómetro de Sigüenza. Al fondo puede verse el castillo, muy derruido, donde a veces íbamos nosotros a jugar, y que luego se reformaría para convertirlo en uno de los Paradores Nacionales más bonitos de España. Invierno del año 71, catorce años.


NUEVAS FOTOS:


Con mis amigos de entonces Luisvi y Damián, en el reciente encuentro en el Parador de Sigüenza. Éramos seis en la pandilla, de los que solemos ir normalmente cuatro, falló Juanjo "el valenciano".



Me pasaron estas fotos, que yo tenía traspapeladas, de mis compañeros de clase de sexto, mi último año en Sigüenza. Yo soy el quinto por la derecha de la última fila.


Y de la clase de quinto, donde soy el quinto por la derecha de la segunda fila.

Me han mandado también dos vídeos magníficos.

Todo ello nutre mi memoria y mi nostalgia. 

Espero que sepa destilar todo aquel tiempo que guardo en la bodega de mi corazón.


miércoles, 7 de junio de 2023

SIETE DÍAS.

 


Hoy, 7 de junio, cumplo siete días desde que empecé a escribir mi próxima novela: "Lejos del Sauce Curvo". Para mí la primera semana que inicio una nueva obra es la más importante. En ella le coges el pulso, el tono, la textura a la narración. Si das con ellos, te sientes gratificado por dentro, ya todo será fácil. No quiere decirse que no vaya a ser duro, escribir una novela de 300 páginas siempre lo es, pero sí fácil.

Yo estoy feliz porque he empezado con buen pie y, además, cumpliendo mi meta de cinco folios por día, así que ya llevo 35. Antes del sábado terminaré la estancia de Germán, el protagonista, en un internado de Sigüenza, uno ficticio parecido al que yo mismo estuve. Ha sido una inundación de recuerdos, como si soltara una presa interior. Recuerdos de hace más de medio siglo. El sábado iré a Sigüenza al XIV encuentro de la promoción de COU del año 73-74, casi nada.  Todavía nos seguimos reuniendo. Iremos como sesenta de mi curso, que no está nada mal.  A mí me vendrá como anillo al dedo, claro.

Decía Fernando Pessoa que “Tenemos todos dos vidas:la verdadera, que es la que soñamos en la infancia, y que continuamos soñando, adultos, en un sustrato de niebla; y la falsa, que es la que vivimos en convivencia con los demás, que es la práctica, la útil, aquella en que terminan por meternos en un cajón”.

Escribir sobre la infancia y juventud es volver a esa vida en la que soñamos alguna vez. Y aunque no se hayan cumplido todos los sueños, nos quedan a muchos buenos recuerdos. Por eso continuamos yendo a Sigüenza, donde todavía sobreviven algunos profesores de entonces, que también comerán con nosotros.

Mientras tanto, en Madrid, seguimos viviendo esta primavera alocada, que a mí no me disgusta.


Aquí, bajo un cielo cargado de lluvia que, sin embargo, se abrió de repente por el oeste, dejando pasar un rayo de sol que me hizo cerrar los ojos.



Las begonias, los abetos, los olivos, las hiedras... la sinfonía de vida y color de la primavera.


Para los amantes de la novela romántica, no puedo dejar de recomendaros EL DONANTE

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miércoles, 31 de mayo de 2023

¡POR FIN!

 




Al escritor le gustaría disponer del cien por cien de su tiempo para dedicárselo a su obra. A concebirla, a alumbrarla, a pulirla, a darla a conocer... Todo el tiempo es poco para su obra.

Pero el escritor tiene obligaciones, y se ha de ocupar de mil cosas. Las cosas dan su trabajo. El escritor ha cambiado de ordenador, el viejo Mac con el que ha escrito prácticamente todos sus libros, y todos sus guiones, ya no podía más. Ha sido doloroso cambiarlo. ¡Tantos recuerdos, tantos momentos sentado enfrente de él! Pero aparte de la nostalgia, cambiar de ordenador en un escritor es algo tremendamente complicado. No puede perder los borradores de todas sus obras, ni la infinidad de proyectos que ha empezado y que están esperándolo. Ni tampoco los miles de fotos que ha hecho para documentarse o simplemente para conservar su recorrido vital de los últimos lustros. Todo hay que pasarlo con cuidado al nuevo ordenador, organizarlo de nuevo. 

El escritor también tiene familia. Y amigos. Y conservar a la gente que quiere también requiere su tiempo. Y qué decir de sus finanzas, de sus gestiones, de sus impuestos, de sus pequeñas posesiones. A veces el tiempo se conjura para abducirlo en otras cosas y dejarlo sin hora alguna para dedicarse a lo que más le atrae: su obra.

Pero por fin ha llegado el momento. El escritor se ha plantado ante todo y ante todos y mañana, uno de junio, jueves, empezará, ¡por fin!, Lejos del Sauce Curvo. Tiene unas inmensas ganas. Siente el bulle bulle volcánico de otras veces en su interior. La lava le asciende y ha de verterla en el papel.

Escribirá, como siempre, el principio y el final. Y, entre ellos, navegará al libre albedrío que le dicten sus personajes, respetando, eso sí, una mínima estructura, que ya tiene, a su lado, en un papel.

A cinco páginas por día, sin dejar ni uno, esto último es muy importante, en dos meses tendrá 300 páginas: una novela completa, en su primer borrador.

Se he dejado una semana, una sola, de colchón. Porque, el día ocho de agosto, se va con su familia de vacaciones a Singapur y Malasia. Y le han prohibido terminantemente llevarse consigo ni ordenador ni manuscrito alguno. La única forma de no hacerlo es haber terminado antes la primera versión de su novela. ¡Dios le ayude! Se enfrenta otra vez al siempre ímprobo esfuerzo de escribir 75000 palabras, un poco más viejo y un poco más cansado, pero siente que la ilusión por este libro no ha decaído un ápice.

Así que se pone a ello en cuerpo y alma, aunque no ha conseguido quitar de su agenda no pocas obligaciones que sí o sí tiene que atender. Pero, ya sueña con llegar al ocho de agosto con los deberes cumplidos y poder descansar del esfuerzo.  Y, también, enseñarle a su familia la ciudad donde nació "El día que fuimos dioses"... para el escritor todos los caminos le llevan a su obra.

 "¡En fin! ¡Cumplamos con nuestro destino!", se dice, enamorado. Mientras apaga su nuevo ordenador y se marcha a dormir, para mañana estar muy despierto y productivo. ¡Que así sea!

martes, 23 de mayo de 2023

VIAJE A JORDANIA





Acabo de regresar de este país, pequeño, pobre y joven, como lo definió nuestro guía jordano, un tipo peculiar y entrañable y, sobre todo, cariñoso y servicial, como yo creo que son, en general, sus gentes. Un país desértico como pocos, al que, sin embargo, da su nombre el río Jordán.
Ordenaré, con tiempo, todos mis apuntes, pero así, a vuela pluma, puedo anticipar que no defrauda a sus visitantes. Como digo, la gente es encantadora, despliega un amor a sus turistas como aquella España de los sesenta y setenta, orgullosa de enseñar sus tesoros que no son pocos en Jordania. Máxime, tras dos años de pandemia, donde lo han pasado tremendamente mal.
Es el país acogedor por excelencia de Oriente Medio: con centenares de miles de refugiados palestinos, también sirios e iraquíes, con todos ellos hace frontera. Tal vez por ello lo he encontrado un país tolerante que lucha por actualizar sus tradiciones: muchas chicas conduciendo con desparpajo por sus calles, pocos velos y una hacendosidad que se percibe por doquier.
Por historia, por arte, por monumentos, por paisajes, su riqueza es extraordinaria. El turista regresa con la mente inundada de tradición, de exotismo, de antigüedad y de ese perfume íntimo que solo lo da lo auténtico.
Gerasa te lleva al esplendor de la gran civilización romana, Betania a los recodos del Jordán, ya solo un riachuelo, poco mayor que el Manzanares, donde Juan el Bautista bautizó a Jesús y donde mucha gente se bautiza hoy en día sumergiéndose en él como si de un pequeño Ganges se tratara. El Mar Muerto, con el Jordán moribundo, muere cada día un poco más. Ya está a cuatrocientos metros bajo el nivel del mar, encogiéndose cada día que pasa. Nosotros nos dimos sus barros y sus pócimas buscando la eterna juventud, que también se nos muere, mientras sus aguas, calmas como pocas, nos miraban con tanto cariño como escepticismo.
Petra es un fogonazo abrasador y luminoso del que no te recuperas. Caminas por su desfiladero con el alma encogida de misterio. Estremeciéndote por si los nabateos salen de nuevo de sus tumbas y te expulsan a flechazos de su valle, como debieron hacer miles de veces con quienes osaban invadirlo. La Puerta de los Tesoros te espera, como faro capital de la Ciudad Rosa.
Los beduinos fundaron Jordania, ya solo quedan unos diecisiete mil, según nos dicen. Sus jaimas se ven, dispersas, por los paisajes rocosos y arenosos que rodean al Desierto Rojo. El que dicen es el más bello del mundo: el Wadi Rum. Ahora conducen veloces 4x4, donde los turistas nos subimos y juegan con nosotros en una carrera alocada donde el viento y las dunas nos hacen niños de nuevo como si de un parque de atracciones se tratara.
Un tren desvencijado y desconchado apenas se mantiene sobre una vía vetusta. Son algunos vagones del Hiyaz, aquella vía férrea que pretendía unir el Gran Damasco con La Meca y que fue abortada por Laurence de Arabia y por los propios beduinos que no digieren bien que nadie cruce sus desiertos. De repente, el tren se pone en marcha echando un humo negro y denso, como los del Far West. Los beduinos se acercan en camellos y rememoran cómo lo atacaban hace décadas. El tren ya no cruza el desierto, es verdad, pero las jaimas de lujo para turistas ricos que desean dormir con las limpias estrellas sobre sus cabezas empiezan a inundar el paisaje. Las placas fotovoltaicas y los molinillos de viento acechan también por los alrededores.
Sí, Jordania es un país joven, pequeño y pobre. Y para progresar tiene que vender un poco de su alma al diablo. Como todos.
A mí me gusta este país. Le faltan muchas cosas. Pero en él me doy más cuenta de aquellas que nos sobran a nosotros. Tiene la alegría en sus niños, que nos rodean con toda la curiosidad del mundo, que ya no logramos recordar nosotros, cargados de tantos souvenirs y de todas las obligaciones que nos esperan, acechantes, a la vuelta.


ALGUNAS FOTOS:





En la Puerta de los Tesoros de Petra.




En el castillo de Shobak. Con unos niños beduinos, que acampaban junto con sus padres y otros seis hermanos en su jaima, en los alrededores del castillo, amables pero enhiestos y orgullosos, con un pelo y unas pestañas tan negras como nunca he visto.






Mi chica en el desierto de WADI RUM y junto al tren de la antigua vía del HIYAZ.





martes, 9 de mayo de 2023

UN VIAJE EN AUTOMÓVIL

 No hay nada más agradable que dejarse llevar. Como el agua del río, que discurre por el cauce a impulsos de inercia y de espuma. Como las nubes, cuyo destino es pasar, creando esas figuras gorditas, gigantes y, sobre todo, fugaces, que adornan por momentos el artesonado del cielo.

 El automóvil corta el viento y separa el mundo en dos mitades: la tuya y la mía. O quizá, es sólo la cremallera que engarza nuestras dos realidades para siempre. Aunque nunca es para siempre, ¿verdad? Pero quién sabe.

 Miro tu perfil mientras conduces. Tus manos firmes al volante, controlando nuestro destino. Las mismas que anoche se colgaban de mi cuello como alegres enredaderas. Tu pelo descansa tranquilo sobre tus hombros en ese elegante bucle. Yo sé que en la oscuridad es sólo un nido de susurros, un bosque cálido donde se pierde mi aliento.

 Y las nubes pasan, sí, son como un palio alto y hermoso, bajo cuya bóveda inocente nosotros paseamos nuestro amor. Hay un oleaje verde y dorado que acuna las orillas. Y, cuando cruzamos el río por el puente, un destello luminoso nos hace ese guiño que señala a los elegidos del momento, a los que pasan por allí. Y, sobre todo, a los que son capaces de verlo.

 De repente suena en la radio una canción antiquísima que, curiosamente, habla sólo de hoy. Con esos acordes cadenciosos que se sobreponen al ruido del motor y que hacen que tú te gires y me dediques esa sonrisa, única en el mundo, «El día que me quieras…»



 

Acabo de venir de un viaje a la costa. Reparador y estimulante. En muy buena compañía. Quería escribir unas líneas sobre ello pero, como seguramente les ocurre a otros escritores con una amplia obra ya, algo que escribiste hace años toma cuerpo de nuevo en la experiencia presente. Y eso es lo que me ocurre. Así que aquí os he dejado este "Viaje en automóvil" que fue publicado por la Editorial Alhulia en 2014 para la antología "Los mejores 101 momentos de amor". 

Alguien dijo que el mayor premio de los viajes, de los buenos viajes, es la satisfacción del retorno a casa. 
Y así es, descansado y con la mente dispuesta a nuevos proyectos. ¡Vamos a ello!


lunes, 1 de mayo de 2023

FELICES SESENTA

 

Aunque lo parezca por el título, no voy a hablar de aquella década a la que recordamos con nostalgia, porque, para los de nuestra generación, coincidió con nuestra niñez  y porque alimentó nuestra mente para siempre con aquella explosión de la música popular: los Beatles, los Rolling, y en España: el Dúo Dinámico, los Brincos, Karina o Julio Iglesias. 

Escribo de algo mucho más importante y estimulante para esta generación de la que hablo y para todas las que van detrás de nosotros: tras un estudio que se ha alargado en el tiempo durante más de ochenta años, la prestigiosa Universidad de Harvard ha llegado a la conclusión de que es a los sesenta, precisamente, cuando en general la gente es más feliz.

Cuando leí la noticia me sentí el hombre más dichoso del mundo, quizás sin darme cuenta de que ya lo era, según el mencionado estudio. Pero está bien que nos lo recuerden de vez en cuando. Es estimulante y te eleva la autoestima que, con los años, tiende a flaquear, y te aumenta las ganas de vivir y de ir envejeciendo lo mejor posible. 

¿Y a qué se debe esto? Dice esta concienzuda investigación que cuando llegamos a la vejez, o sus aledaños, "somos emocionalmente más sabios y esa sabiduría nos hace florecer". Nuestro cerebro da más valor a lo positivo y deja de enredarse en lo complicado y negativo que, a veces, nos atrae como un imán en nuestra juventud.

Sí, pero tus facultades ya no son las mismas, iba yo a contrareplicar, pero hete aquí que, sin darme respiro, las buenas noticias me atacan hoy por todos los lados como si de una formidable alianza contra el escepticismo y el pesimismo se tratara: según el director de medicina de la Universidad George Washington, a pesar de que el cerebro de una persona en los sesenta ya no es tan rápido como en la juventud, funciona de forma mucho más armoniosa, pudiendo trabajar a la vez por fin los dos hemisferios del mismo. Por ello, con la edad, es más probable que tomemos las decisiones correctas y estemos menos expuestos a las emociones negativas que frustran nuestra felicidad.

¡Toma del frasco, Carrasco! Ya no hay excusas para cumplir años con ilusión y empuje. De hecho, este señor de Washington, del que desconozco su nombre y su dirección, por eso no le envío un regalo ya mismo, indica que las labores creativas resurgen con fuerza a los sesenta, debido a una sustancia que se acumula en el cerebro, llamada mielina, que facilita la comunicación entre las neuronas, lo que produce un incremento del rendimiento intelectual del 300%.

Cuando todavía no me había recuperado de estos dos abrazos de positivimo y optimismo recibo un whatsapp de un amigo informándome que el profesor Moncho Uri, de la Universidad de Montreal, en Canadá, ha demostrado que el cerebro de una persona mayor elige el camino que menos energía consume, corta lo innecesario y deja solo las opciones correctas para resolver el problema. Tras un estudio en el que participaron personas de diversas edades se pudo comprobar que los jóvenes se confundieron mucho al pasar las pruebas, mientras que los mayores de sesenta tomaron las decisiones correctas.

Henchido de ilusión, cojo con ímpetu el proyecto de mi novela "Lejos del sauce curvo", que no acababa de empezar y, lo que hace la autoestima, me han brotado un par de personajes y varias situaciones nuevas llenas de enjundia. Acabo en dos martillazos la declaración de la renta, que tenía enquistada con un problema irresoluble y miro por la ventana y percibo la primavera que entra en mi despacho con una luminosidad nueva.

Así que, no lo duden, gritemos alto y fuerte: ¡Felices sesenta! ¡La vida se relanza ahora!



Para: MIL PALABRAS PARA ENVEJECER BIEN.